XVIIIEL MASSACHUSETTSILA VIDA SOCIALAl acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo nuevo á mi esquemageneral del país. No tratándose de estadística sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras ciudades representativas, es un factornégligeable. Es posible que, para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que, después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce cuando se llega de Méjico.La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos; fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de iniciación. Sería indispensable un añode libre y activa permanencia para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable, sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos, únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado, sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de la Unión.Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto, el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante meses, con el solo objeto dehaber vistolas poblaciones y parajes célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono.Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau; en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente, de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la reacción personal del sentimiento.En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias provechosas.Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea. Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis, libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á los soldados anónimos:¡Indiana’s silent victors!Pero aun antes de la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su cruzadaen ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá; y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha caído sin interrupción durante una semana, yel blanco sudario que envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción, tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable ambiente del calorífero.He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos, deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor (gracias al socorridounlimited ticket): Detroit, Cleveland, Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massisQuam properant...[56]Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica. Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya, Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad, vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara el universo de dioses y héroes ...Pero son ociosas las miradas hacia atrás, y casi impíos estos votos regresivos, si en las comarcas antes felices de la vieja Europa la pobreza creciente impone su ley de bronce, y en la misma patria del arte se han secado las poéticas fuentes del pasado al cierzo realista del presente. Bien hacen las tribusproletarias en desdeñar la gleba empobrecida, si es cierto que la exuberante Cibeles americana brinde á las bocas ávidas un seno henchido y desbordante de savia nutricia ... Pero ¡ay! ¡ilusión más triste que la vieja realidad! También la estrechez y la miseria han asomado hoy en los territorios casi vírgenes ayer. Las minas y fábricas conocen las huelgas dolorosas, ya motivadas por la escasez del salario, ya por el exceso de producción. Estos Estados Unidos, que ostentaban orgullosos su desarrollo material, han crecido en efecto con velocidad portentosa, pero también han madurado con asombrosa rapidez; en el mundo nuevo, lo propio que en el viejo, los problemas solemnes é ineludibles comienzan á surgir; las mismas exigencias se formulan aquí, sin que las atenúen, como allá, las tradiciones de la raza y el amor de la patria venerable. La madrastra se ha tornado para muchos tan estéril como la madre; y en Chicago y Pittsburg, en Brooklyn y Filadelfia, como en Birmingham y Roubaix, millares de trabajadores sin trabajo, bajo el viento y la nieve, tienden al transeunte sus pobres manos ateridas que, no sabiendo ya levantarse al cielo en ademán de súplica, se cierran hacia la tierra en actitud de amenaza.Boston.La capital del Massachusetts y metrópoli de la Nueva Inglaterra cuenta 500.000 habitantes (900.000 con los suburbios); es, después de Nueva York, el gran emporio comercial del Atlántico; en su inmenso puerto, más de 10.000 buques cargan y descargan anualmente 4 millones de toneladas, que representan un intercambio exterior de 150 millones de dollars;posee 4000 fábricas industriales; después de Londres, es el primer mercado de lanas del globo; tiene 60 bancos nacionales en actividad, y, en las cercanías del Correo y la Municipalidad, el tráfico deWashington streetno es inferior al de Broadway; por fin, relativamente á su población, es la ciudad más rica de los Estados Unidos, como es la más antigua y la primera en gloria histórica. Ahora bien: Boston oculta, por así decirlo, elbusinessque Chicago ostenta; se muestra más orgullosa de sus escuelas y librerías que de sus talleres y depósitos. Como un millonario de tradición y gusto, ella no lleva al visitante ante su caja de hierro, sino á su Biblioteca y galería artística; y en los clubs, en los hoteles, en las reuniones sociales—hasta en las salas de redacción de los diarios,—conoceréis que os toman por un viajero «de distinción» si os dirigen al pronto esta pregunta:What do you think of our public schools?[57]El Massachusetts ocupa, en efecto, el primer puesto en los Estados Unidos, no sólo en la educación primaria y superior, sino tambien en la cultura general. Mejor dicho, la preocupación y el amor de las disciplinas intelectuales forman su característica, como el comercio en New York, la especulación en Chicago y la política en Washington. Desde este punto de vista excepcional hay que mirar á Boston, aceptando con docilidad y complacencia la actitud que ella misma elige, no sólo porque es más noble y elevado este rasgo sobresaliente, sino porque presenta el resumen más exacto de su fisonomía.El aspecto de la vieja capital es marcadamente inglés, más aún que el de Filadelfia. Desde la cúpula dorada deStateHouse, que domina la colina comunal en que se agrupara la primera población, se contempla el vasto panorama de la calada bahía, con sus importantes distritos suburbanos de Charlestown, East y South Boston, Roxbury, Brookline, Cambridge, que son otras tantas ciudades. Se tiene al fin bajo los ojos algo que no sea el eterno tablero rectangular salpicado de enormesbuildingsadvenedizos: las calles oblicuas se retuercen irregularmente, como las arterias de un organismo, obedeciendo á una ley más profunda que la regla y el compás de un ingeniero; los parques sinuosos—the lungs, como aquí se dice—parecen en efecto «pulmones» vitales y no simples polígonos verdes. Del tumultuoso oleaje petrificado, surgen islotes que son verdaderos monumentos, reliquias históricas impregnadas de humanidad y tradición, y cuyo costo venal no puede valorarse: templos, museos, academias, casas consistoriales, hospicios, mercados, colegios seculares, que algo recuerdan ó remedan con su estilo, y que me guardaré de enumerar ó describir.Bien sé que no se trata sino de una «Atenas» puritana y colonial, y que fuera excesivo pedir á los peregrinos delMayflowerel fino gusto de nuestra raza: no es de la opulenta Boston de quien se ha dicho que le infligió la suerte eldono infelice di bellezza[58]; y no me empeñaré en demostrar que la estatua del coronel Prescott ó el obelisco de Bunker Hill sean de muy distinto orden estético que otros adefesios americanos. Con todo, y no residiendo la fealdad de las cosasútilessino en la presencia de elementos incoherentes ó inapropiados, compréndese cómo los años y el desuso tengan una virtud armonizadora; y por esto, sin duda, se desprende paramí no sé qué belleza moral y pensativa de la abandonadaOld State Housey del macizoFaneuil Hall, regalo agradecido de un hugonote francés que, con su morada de refugio, legó al Massachusetts la cuna de su futura libertad[59].Reina armonía profunda entre el carácter material de la población y la índole de sus habitantes. El mismo sello de bienestar tranquilo, de lujo sólido, de honrada placidez y satisfacción interna, se deja ver en las gentes, los edificios y las instituciones. ElHubestá en su quicio, y los puntos de la circunferencia giran debidamente alrededor del centro de gravedad. Poco se habla aquí de monstruosas fortunas improvisadas por «reyes» de tal ó cual industria ó especulación, pero sí de muchas posiciones holgadas, debidas al largo trabajo metódico, al equilibrado presupuesto casero y, como en Europa, á la fácil economía: las cajas de ahorros (Saving banks) tenían el año pasado más de 90 millones de dollars en depósito. Pero, lo que vale más aún y es más europeo: no se habla delbusinessfuera del escritorio. Los comerciantes y banqueros tienen á tanta honra ser admitidos enSt. Botolph Club, donde dominan los abogados,clergymeny literatos, como en el aristocráticoSomerset, que blasona de sangre azul (blue blood), es decir, de una inmigración un poco anterior á las otras. Por lo demás, muchos bostonianos pertenecen á uno y otro, y en la misma noche he visitado, fuera de los nombrados, el democráticoSuffolky elPapyrusliterario con las mismas personas. Á este propósito consignaré un detalle significativo.Llegaba á Boston provisto hasta el recargo de cartas de introducción para diferentes funcionarios y particulares; estapaper currencyde la recomendación circula tan abundante en la América del norte como en la del sud; regularmente no tiene más efecto útil que mantener las relaciones de cortesía entre mandante y mandatario, desempeñando el portador (¡cuente V. con un amigo!very glad!) un papel análogo al del cartero en día de Año nuevo. En general, una sola, bien elegida, es suficiente, como basta una vela encendida para que se trasmitan lumbre todos los del entierro. Una hora después de mi llegada é instalación en la excelenteAdams House(¡plan europeo!), fuí á entregar personalmente en la redacción delPilotla única carta que de Buenos Aires traía para Boston, dejando dormir en mi maleta todas las demás, dirigidas á personajes encumbrados. La persona destinataria[60]me recibió con una cordialidad que todavía me conmueve, y me presentó allí mismo al primer redactor, Mr. James J. Roche, que ha sido mi agradable compañero y guía eficacísimo en la simpática población. No he necesitado más para que se me abrieran de par en par las puertas de los hogares, de los clubs, de los establecimientos públicos—y formar parte, durante unas semanas, del Todo-Boston ilustrado y social. No digo que en otras partes la incorporación sea más difícil—al contrario—pero se trata de Boston, delHubcivilizado de los Estados Unidos, y he querido hacer una excepción para lo que es de suyo excepcional.Tampoco debe exagerarse la característica escolar de la antigua metrópoli puritana, ó deducir de ello que se muestrepoco amiga de diversiones y elegancias ligeras. En ninguna ciudad americana es más «activa» la vida de club para los hombres, de funciones sociales, artísticas y caritativas para las señoras—fuera, por supuesto, del paseo á las tiendas óshoppingque, en todos los tiempos y regiones, constituye elbonheur des dames. Es broma gastada en toda la Unión, aquello de los inseparableseye-glassesde las muchachas bostonienses: es la pura verdad que ni por sus lentes ni por su belleza y frescura se diferencian sensiblemente de las de San Francisco ó Baltimore. Más distinguidas en general que las del Oeste, menos estrepitosas que las de Nueva York, las reuniones mundanas de Boston nada pierden en punto á brillo y alegría por acercarse más á las europeas. Pero es cierto que aquí se respira en todas partes una atmósfera moral de seriedad y anhelo educativo. Menudean las conferencias científicas, literarias y pedagógicas, casi siempre públicas y gratuítas. Son casi diarias las audiciones musicales de las varias sociedades de profesores ó aficionados; y los programas clásicos de laHändel and Haydn Society, los cuartetos de laHarvard musical Association, sobre todo las ejecuciones de laBoston Symphony Orchestra, revelan una cultura artística tan profunda como difundida. Existen, sin duda, espectáculos teatrales para todos los gustos,—y no revela el peor de todos el éxito inagotable de Jefferson enRip Van Winkle, ó el de Dailey enA country Sport, la celebrada farsa de Columbia Theatre,—empero, para juzgar del espíritu dominante, debe asistirse á una representación de Irving y Ellen Terry en el Globe Theatre, y comprobar la atención respetuosa, el silencio admirativo de la cuajada muchedumbre ante elMerchantde Shakespeare ó elBecketde Tennyson; Irving, envejecido y tísico, sólo ha conservado la dicción admirable; pero Ellen Terry,aunque también bastante pasada y marchita, guarda siempre su extraña gracia de leyenda sajona, su encanto fantástico de mujer-niña shakespeariana. Sobre todo, es tan perfecta é inteligente la restauración decorativa de la obra maestra, que la función teatral se convierte en una solemnidad literaria y artística. Como en Bayreuth, la sala está á obscuras durante la representación; la mejor sociedad ocupa los balcones y la platea, en traje de calle: visiblemente, se ha venido á escuchar, no á exhibirse; y tan distante está este público de una «Gran Ópera» mundana, como el actor y literato inglés del ridículocabotinagede un Coquelin.Los clubs que he frecuentado revelan carácter análogo, hasta en sus mismos instantes de relativounconstraint, después de media noche; aun entonces están más concurridas las salas de lectura y conversación que las de poker, y si seindulgeun poco en elbrandy and soda, es casi siempre con un fin recomendable y para estimular una discusión intelectual. Casi todos ellos tienen excelentes restaurants, sin exceptuar elNew-England Woman’s Club; el deSomersetlo tiene especial para señoras, á más de un lujososupper-room. Por supuesto que en las comidas periódicas de otras asociaciones, como las del sábado delPapyrus Club, reina franca alegría, si bien no me ha parecido que degenerase el humor en elhorse-playde otras francachelas profesionales, entre las cuales ocupan el primer rango—es decir, el piso bajo—las delClover Clubde Filadelfia[61].La recepción delSt. Botolph, á que asistí, fué al contrario un modelo de cordial urbanidad; se sentaban á la mesa lujosa, al lado del gobernador R., abogados, jueces, banqueros, periodistas, artistas, en fraternal igualdad, y agregaré de paso—como rasgo del espíritu bostoniense—que, á pesar de estar presentes varios extranjeros «de distinción», tocóle al más humilde la derecha del presidente, sólo porque le presentara el periodista y ex presidente del club Mr. J. Jeffrey Roche, á título deliterary man[62]. Antes de llegar á los postres, el presidente me advirtió caritativamente en voz baja que me iba á «llamar» (to call), y así tuve tiempo de «improvisar» mentalmente las cuatro frases en mal inglés con que correspondí á su brindis amable. Después de los saludos á los huéspedes y sus respuestas agradecidas, se inició de un borde al otro de la mesa un fuego graneado de chuscadas en prosa y verso, para nosotros incomprensibles, pues estribaban casi siempre en los nombres y apodos de los comensales; y á poco circuló de mano en mano la monumentalloving-cupde plata, en que cadagood fellow, después de un gran saludo á la concurrencia, absorbía de pie su trago de champagne. Terminada la sobremesa, y en vista de que eran apenas las doce de la noche, se nos llevó en procesión alSuffolk, que pasa por ser el club menos «convencional» de Boston. Y, bajo la nieve espesa que caía en silencio, la larga comitiva, formada en parejas mancomunadas contra el hielo resbaladizo, se desenvolvía, negrasobre blanco, por las aceras de la ciudad pedagógica y puritana.Antes de resumir las impresiones diversas que han producido en mí las escuelas y facultades del Massachusetts, no dejaré de mencionar sus numerosas bibliotecas públicas y especiales que, junto á las Sociedades científicas y literarias, á los Conservatorios de música y Museos de bellas artes ó historia natural, completan el organismo educativo, y constituyen en conjunto lo que con legítimo orgullo se denomina el cerebro y el espíritu de la ciudad—the brain and the mind of the city.Cuando la visité, no estaba la Biblioteca pública instalada aún en su palacio en construcción de Dartmouth street, con sus regios salones y sus bóvedas ennoblecidas por las «Musas» de Puvis de Chavannes; pero ya, en su antiguo y relativamente estrecho local, frente alCommon, era sin duda, no sólo la mejor de los Estados Unidos, sino una de las instituciones más bellas é imponentes del mundo civilizado. No constituyen, como en la Biblioteca del Congreso, la ancha base de su riqueza cuantitativa, unos trescientos mil volúmenes oficiales é informes administrativos, sino que figuran en su masa enciclopédica, además de las producciones fundamentales de la ciencia, la historia y la literatura de todos los países, verdaderos tesoros bibliográficos, dignos algunos de emular los de laBibliothèque Nationaleó delBritish Museum. Casi todos los escritores del Massachusetts han legado una parte ó el todo de su librería á la pública: Everett, su primer presidente, 1000 volúmenes; Bowditch, 2500; Ticknor, 7500, con su inapreciable colección española; otros han multiplicado las donaciones en dinero, ó adquirido valiosas librerías para regalarlas: así los 12,000 volúmenes del fondo Barton,que comprende todas las ediciones de Shakespeare y algunas rarísimas de la antigua literatura francesa. Con todo, lo realmente admirable en el establecimiento, es el servicio interno, así de la casa central como de sus nueve sucursales. Entre sus 150 empleados hay más de 100 mujeres, jóvenes casi todas y admitidas por concurso; en los salones de lectura estudian en silencio centenares de personas, de todas las edades y condiciones; pero el servicio mayor de la Biblioteca consiste en los préstamos á domicilio, que pasan de 1.300.000 obras anuales, de las cuales sólo se pierden ó reemplazan por deterioro, según me afirma elChief Librarian, unos 800 volúmenes (exactamente 1 por 16.000). No hay catálogo completo encuadernado; pero sí grupos de tarjetas ó fichas, ordenados en el doble orden alfabético y por materias, y que cada lector puede consultar libremente en los casilleros que rodean las mesas: economía en el servicio y comodidad en la investigación.Además de la Biblioteca pública, hay otras muy importantes: la del Ateneo (160.000 volúmenes), la de la Sociedad histórica (33.000 volúmenes y 82.000 folletos); la deState House(65.000); la de Derecho (20.000); la importantísima de Harvard, en Cambridge (450.000) y veinte más, anexas á instituciones diversas, representando una masa bibliográfica igual á la de París, en proporción del número de habitantes, pero muy superior por los servicios prestados y la circulación. Después de estudiar el mecanismo y marcha de las instituciones anexas á la educación propiamente dicha, el viajero menos profesional adivina ya que el sistema escolar de la región ha de responder á todas las espectativas y merecer su reputación universal. Compréndese, por otra parte, que no me sea posible describirlo prolijamente en estos apuntes ligeros,y debo limitarme á formular el juicio somero que numerosas visitas me han sugerido, debiendo agradecer la amable cooperación que todos los funcionarios me han prestado, algunos con sus explicaciones orales, otros con el envío de varias colecciones de textos clásicos.
XVIIIEL MASSACHUSETTSILA VIDA SOCIALAl acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo nuevo á mi esquemageneral del país. No tratándose de estadística sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras ciudades representativas, es un factornégligeable. Es posible que, para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que, después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce cuando se llega de Méjico.La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos; fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de iniciación. Sería indispensable un añode libre y activa permanencia para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable, sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos, únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado, sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de la Unión.Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto, el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante meses, con el solo objeto dehaber vistolas poblaciones y parajes célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono.Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau; en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente, de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la reacción personal del sentimiento.En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias provechosas.Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea. Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis, libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á los soldados anónimos:¡Indiana’s silent victors!Pero aun antes de la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su cruzadaen ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá; y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha caído sin interrupción durante una semana, yel blanco sudario que envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción, tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable ambiente del calorífero.He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos, deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor (gracias al socorridounlimited ticket): Detroit, Cleveland, Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massisQuam properant...[56]Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica. Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya, Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad, vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara el universo de dioses y héroes ...Pero son ociosas las miradas hacia atrás, y casi impíos estos votos regresivos, si en las comarcas antes felices de la vieja Europa la pobreza creciente impone su ley de bronce, y en la misma patria del arte se han secado las poéticas fuentes del pasado al cierzo realista del presente. Bien hacen las tribusproletarias en desdeñar la gleba empobrecida, si es cierto que la exuberante Cibeles americana brinde á las bocas ávidas un seno henchido y desbordante de savia nutricia ... Pero ¡ay! ¡ilusión más triste que la vieja realidad! También la estrechez y la miseria han asomado hoy en los territorios casi vírgenes ayer. Las minas y fábricas conocen las huelgas dolorosas, ya motivadas por la escasez del salario, ya por el exceso de producción. Estos Estados Unidos, que ostentaban orgullosos su desarrollo material, han crecido en efecto con velocidad portentosa, pero también han madurado con asombrosa rapidez; en el mundo nuevo, lo propio que en el viejo, los problemas solemnes é ineludibles comienzan á surgir; las mismas exigencias se formulan aquí, sin que las atenúen, como allá, las tradiciones de la raza y el amor de la patria venerable. La madrastra se ha tornado para muchos tan estéril como la madre; y en Chicago y Pittsburg, en Brooklyn y Filadelfia, como en Birmingham y Roubaix, millares de trabajadores sin trabajo, bajo el viento y la nieve, tienden al transeunte sus pobres manos ateridas que, no sabiendo ya levantarse al cielo en ademán de súplica, se cierran hacia la tierra en actitud de amenaza.Boston.La capital del Massachusetts y metrópoli de la Nueva Inglaterra cuenta 500.000 habitantes (900.000 con los suburbios); es, después de Nueva York, el gran emporio comercial del Atlántico; en su inmenso puerto, más de 10.000 buques cargan y descargan anualmente 4 millones de toneladas, que representan un intercambio exterior de 150 millones de dollars;posee 4000 fábricas industriales; después de Londres, es el primer mercado de lanas del globo; tiene 60 bancos nacionales en actividad, y, en las cercanías del Correo y la Municipalidad, el tráfico deWashington streetno es inferior al de Broadway; por fin, relativamente á su población, es la ciudad más rica de los Estados Unidos, como es la más antigua y la primera en gloria histórica. Ahora bien: Boston oculta, por así decirlo, elbusinessque Chicago ostenta; se muestra más orgullosa de sus escuelas y librerías que de sus talleres y depósitos. Como un millonario de tradición y gusto, ella no lleva al visitante ante su caja de hierro, sino á su Biblioteca y galería artística; y en los clubs, en los hoteles, en las reuniones sociales—hasta en las salas de redacción de los diarios,—conoceréis que os toman por un viajero «de distinción» si os dirigen al pronto esta pregunta:What do you think of our public schools?[57]El Massachusetts ocupa, en efecto, el primer puesto en los Estados Unidos, no sólo en la educación primaria y superior, sino tambien en la cultura general. Mejor dicho, la preocupación y el amor de las disciplinas intelectuales forman su característica, como el comercio en New York, la especulación en Chicago y la política en Washington. Desde este punto de vista excepcional hay que mirar á Boston, aceptando con docilidad y complacencia la actitud que ella misma elige, no sólo porque es más noble y elevado este rasgo sobresaliente, sino porque presenta el resumen más exacto de su fisonomía.El aspecto de la vieja capital es marcadamente inglés, más aún que el de Filadelfia. Desde la cúpula dorada deStateHouse, que domina la colina comunal en que se agrupara la primera población, se contempla el vasto panorama de la calada bahía, con sus importantes distritos suburbanos de Charlestown, East y South Boston, Roxbury, Brookline, Cambridge, que son otras tantas ciudades. Se tiene al fin bajo los ojos algo que no sea el eterno tablero rectangular salpicado de enormesbuildingsadvenedizos: las calles oblicuas se retuercen irregularmente, como las arterias de un organismo, obedeciendo á una ley más profunda que la regla y el compás de un ingeniero; los parques sinuosos—the lungs, como aquí se dice—parecen en efecto «pulmones» vitales y no simples polígonos verdes. Del tumultuoso oleaje petrificado, surgen islotes que son verdaderos monumentos, reliquias históricas impregnadas de humanidad y tradición, y cuyo costo venal no puede valorarse: templos, museos, academias, casas consistoriales, hospicios, mercados, colegios seculares, que algo recuerdan ó remedan con su estilo, y que me guardaré de enumerar ó describir.Bien sé que no se trata sino de una «Atenas» puritana y colonial, y que fuera excesivo pedir á los peregrinos delMayflowerel fino gusto de nuestra raza: no es de la opulenta Boston de quien se ha dicho que le infligió la suerte eldono infelice di bellezza[58]; y no me empeñaré en demostrar que la estatua del coronel Prescott ó el obelisco de Bunker Hill sean de muy distinto orden estético que otros adefesios americanos. Con todo, y no residiendo la fealdad de las cosasútilessino en la presencia de elementos incoherentes ó inapropiados, compréndese cómo los años y el desuso tengan una virtud armonizadora; y por esto, sin duda, se desprende paramí no sé qué belleza moral y pensativa de la abandonadaOld State Housey del macizoFaneuil Hall, regalo agradecido de un hugonote francés que, con su morada de refugio, legó al Massachusetts la cuna de su futura libertad[59].Reina armonía profunda entre el carácter material de la población y la índole de sus habitantes. El mismo sello de bienestar tranquilo, de lujo sólido, de honrada placidez y satisfacción interna, se deja ver en las gentes, los edificios y las instituciones. ElHubestá en su quicio, y los puntos de la circunferencia giran debidamente alrededor del centro de gravedad. Poco se habla aquí de monstruosas fortunas improvisadas por «reyes» de tal ó cual industria ó especulación, pero sí de muchas posiciones holgadas, debidas al largo trabajo metódico, al equilibrado presupuesto casero y, como en Europa, á la fácil economía: las cajas de ahorros (Saving banks) tenían el año pasado más de 90 millones de dollars en depósito. Pero, lo que vale más aún y es más europeo: no se habla delbusinessfuera del escritorio. Los comerciantes y banqueros tienen á tanta honra ser admitidos enSt. Botolph Club, donde dominan los abogados,clergymeny literatos, como en el aristocráticoSomerset, que blasona de sangre azul (blue blood), es decir, de una inmigración un poco anterior á las otras. Por lo demás, muchos bostonianos pertenecen á uno y otro, y en la misma noche he visitado, fuera de los nombrados, el democráticoSuffolky elPapyrusliterario con las mismas personas. Á este propósito consignaré un detalle significativo.Llegaba á Boston provisto hasta el recargo de cartas de introducción para diferentes funcionarios y particulares; estapaper currencyde la recomendación circula tan abundante en la América del norte como en la del sud; regularmente no tiene más efecto útil que mantener las relaciones de cortesía entre mandante y mandatario, desempeñando el portador (¡cuente V. con un amigo!very glad!) un papel análogo al del cartero en día de Año nuevo. En general, una sola, bien elegida, es suficiente, como basta una vela encendida para que se trasmitan lumbre todos los del entierro. Una hora después de mi llegada é instalación en la excelenteAdams House(¡plan europeo!), fuí á entregar personalmente en la redacción delPilotla única carta que de Buenos Aires traía para Boston, dejando dormir en mi maleta todas las demás, dirigidas á personajes encumbrados. La persona destinataria[60]me recibió con una cordialidad que todavía me conmueve, y me presentó allí mismo al primer redactor, Mr. James J. Roche, que ha sido mi agradable compañero y guía eficacísimo en la simpática población. No he necesitado más para que se me abrieran de par en par las puertas de los hogares, de los clubs, de los establecimientos públicos—y formar parte, durante unas semanas, del Todo-Boston ilustrado y social. No digo que en otras partes la incorporación sea más difícil—al contrario—pero se trata de Boston, delHubcivilizado de los Estados Unidos, y he querido hacer una excepción para lo que es de suyo excepcional.Tampoco debe exagerarse la característica escolar de la antigua metrópoli puritana, ó deducir de ello que se muestrepoco amiga de diversiones y elegancias ligeras. En ninguna ciudad americana es más «activa» la vida de club para los hombres, de funciones sociales, artísticas y caritativas para las señoras—fuera, por supuesto, del paseo á las tiendas óshoppingque, en todos los tiempos y regiones, constituye elbonheur des dames. Es broma gastada en toda la Unión, aquello de los inseparableseye-glassesde las muchachas bostonienses: es la pura verdad que ni por sus lentes ni por su belleza y frescura se diferencian sensiblemente de las de San Francisco ó Baltimore. Más distinguidas en general que las del Oeste, menos estrepitosas que las de Nueva York, las reuniones mundanas de Boston nada pierden en punto á brillo y alegría por acercarse más á las europeas. Pero es cierto que aquí se respira en todas partes una atmósfera moral de seriedad y anhelo educativo. Menudean las conferencias científicas, literarias y pedagógicas, casi siempre públicas y gratuítas. Son casi diarias las audiciones musicales de las varias sociedades de profesores ó aficionados; y los programas clásicos de laHändel and Haydn Society, los cuartetos de laHarvard musical Association, sobre todo las ejecuciones de laBoston Symphony Orchestra, revelan una cultura artística tan profunda como difundida. Existen, sin duda, espectáculos teatrales para todos los gustos,—y no revela el peor de todos el éxito inagotable de Jefferson enRip Van Winkle, ó el de Dailey enA country Sport, la celebrada farsa de Columbia Theatre,—empero, para juzgar del espíritu dominante, debe asistirse á una representación de Irving y Ellen Terry en el Globe Theatre, y comprobar la atención respetuosa, el silencio admirativo de la cuajada muchedumbre ante elMerchantde Shakespeare ó elBecketde Tennyson; Irving, envejecido y tísico, sólo ha conservado la dicción admirable; pero Ellen Terry,aunque también bastante pasada y marchita, guarda siempre su extraña gracia de leyenda sajona, su encanto fantástico de mujer-niña shakespeariana. Sobre todo, es tan perfecta é inteligente la restauración decorativa de la obra maestra, que la función teatral se convierte en una solemnidad literaria y artística. Como en Bayreuth, la sala está á obscuras durante la representación; la mejor sociedad ocupa los balcones y la platea, en traje de calle: visiblemente, se ha venido á escuchar, no á exhibirse; y tan distante está este público de una «Gran Ópera» mundana, como el actor y literato inglés del ridículocabotinagede un Coquelin.Los clubs que he frecuentado revelan carácter análogo, hasta en sus mismos instantes de relativounconstraint, después de media noche; aun entonces están más concurridas las salas de lectura y conversación que las de poker, y si seindulgeun poco en elbrandy and soda, es casi siempre con un fin recomendable y para estimular una discusión intelectual. Casi todos ellos tienen excelentes restaurants, sin exceptuar elNew-England Woman’s Club; el deSomersetlo tiene especial para señoras, á más de un lujososupper-room. Por supuesto que en las comidas periódicas de otras asociaciones, como las del sábado delPapyrus Club, reina franca alegría, si bien no me ha parecido que degenerase el humor en elhorse-playde otras francachelas profesionales, entre las cuales ocupan el primer rango—es decir, el piso bajo—las delClover Clubde Filadelfia[61].La recepción delSt. Botolph, á que asistí, fué al contrario un modelo de cordial urbanidad; se sentaban á la mesa lujosa, al lado del gobernador R., abogados, jueces, banqueros, periodistas, artistas, en fraternal igualdad, y agregaré de paso—como rasgo del espíritu bostoniense—que, á pesar de estar presentes varios extranjeros «de distinción», tocóle al más humilde la derecha del presidente, sólo porque le presentara el periodista y ex presidente del club Mr. J. Jeffrey Roche, á título deliterary man[62]. Antes de llegar á los postres, el presidente me advirtió caritativamente en voz baja que me iba á «llamar» (to call), y así tuve tiempo de «improvisar» mentalmente las cuatro frases en mal inglés con que correspondí á su brindis amable. Después de los saludos á los huéspedes y sus respuestas agradecidas, se inició de un borde al otro de la mesa un fuego graneado de chuscadas en prosa y verso, para nosotros incomprensibles, pues estribaban casi siempre en los nombres y apodos de los comensales; y á poco circuló de mano en mano la monumentalloving-cupde plata, en que cadagood fellow, después de un gran saludo á la concurrencia, absorbía de pie su trago de champagne. Terminada la sobremesa, y en vista de que eran apenas las doce de la noche, se nos llevó en procesión alSuffolk, que pasa por ser el club menos «convencional» de Boston. Y, bajo la nieve espesa que caía en silencio, la larga comitiva, formada en parejas mancomunadas contra el hielo resbaladizo, se desenvolvía, negrasobre blanco, por las aceras de la ciudad pedagógica y puritana.Antes de resumir las impresiones diversas que han producido en mí las escuelas y facultades del Massachusetts, no dejaré de mencionar sus numerosas bibliotecas públicas y especiales que, junto á las Sociedades científicas y literarias, á los Conservatorios de música y Museos de bellas artes ó historia natural, completan el organismo educativo, y constituyen en conjunto lo que con legítimo orgullo se denomina el cerebro y el espíritu de la ciudad—the brain and the mind of the city.Cuando la visité, no estaba la Biblioteca pública instalada aún en su palacio en construcción de Dartmouth street, con sus regios salones y sus bóvedas ennoblecidas por las «Musas» de Puvis de Chavannes; pero ya, en su antiguo y relativamente estrecho local, frente alCommon, era sin duda, no sólo la mejor de los Estados Unidos, sino una de las instituciones más bellas é imponentes del mundo civilizado. No constituyen, como en la Biblioteca del Congreso, la ancha base de su riqueza cuantitativa, unos trescientos mil volúmenes oficiales é informes administrativos, sino que figuran en su masa enciclopédica, además de las producciones fundamentales de la ciencia, la historia y la literatura de todos los países, verdaderos tesoros bibliográficos, dignos algunos de emular los de laBibliothèque Nationaleó delBritish Museum. Casi todos los escritores del Massachusetts han legado una parte ó el todo de su librería á la pública: Everett, su primer presidente, 1000 volúmenes; Bowditch, 2500; Ticknor, 7500, con su inapreciable colección española; otros han multiplicado las donaciones en dinero, ó adquirido valiosas librerías para regalarlas: así los 12,000 volúmenes del fondo Barton,que comprende todas las ediciones de Shakespeare y algunas rarísimas de la antigua literatura francesa. Con todo, lo realmente admirable en el establecimiento, es el servicio interno, así de la casa central como de sus nueve sucursales. Entre sus 150 empleados hay más de 100 mujeres, jóvenes casi todas y admitidas por concurso; en los salones de lectura estudian en silencio centenares de personas, de todas las edades y condiciones; pero el servicio mayor de la Biblioteca consiste en los préstamos á domicilio, que pasan de 1.300.000 obras anuales, de las cuales sólo se pierden ó reemplazan por deterioro, según me afirma elChief Librarian, unos 800 volúmenes (exactamente 1 por 16.000). No hay catálogo completo encuadernado; pero sí grupos de tarjetas ó fichas, ordenados en el doble orden alfabético y por materias, y que cada lector puede consultar libremente en los casilleros que rodean las mesas: economía en el servicio y comodidad en la investigación.Además de la Biblioteca pública, hay otras muy importantes: la del Ateneo (160.000 volúmenes), la de la Sociedad histórica (33.000 volúmenes y 82.000 folletos); la deState House(65.000); la de Derecho (20.000); la importantísima de Harvard, en Cambridge (450.000) y veinte más, anexas á instituciones diversas, representando una masa bibliográfica igual á la de París, en proporción del número de habitantes, pero muy superior por los servicios prestados y la circulación. Después de estudiar el mecanismo y marcha de las instituciones anexas á la educación propiamente dicha, el viajero menos profesional adivina ya que el sistema escolar de la región ha de responder á todas las espectativas y merecer su reputación universal. Compréndese, por otra parte, que no me sea posible describirlo prolijamente en estos apuntes ligeros,y debo limitarme á formular el juicio somero que numerosas visitas me han sugerido, debiendo agradecer la amable cooperación que todos los funcionarios me han prestado, algunos con sus explicaciones orales, otros con el envío de varias colecciones de textos clásicos.
EL MASSACHUSETTS
LA VIDA SOCIAL
Al acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo nuevo á mi esquemageneral del país. No tratándose de estadística sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras ciudades representativas, es un factornégligeable. Es posible que, para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que, después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce cuando se llega de Méjico.
La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos; fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de iniciación. Sería indispensable un añode libre y activa permanencia para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable, sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos, únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado, sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de la Unión.
Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto, el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante meses, con el solo objeto dehaber vistolas poblaciones y parajes célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.
Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono.Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau; en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente, de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la reacción personal del sentimiento.
En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias provechosas.
Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea. Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis, libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á los soldados anónimos:¡Indiana’s silent victors!Pero aun antes de la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su cruzadaen ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá; y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.
Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha caído sin interrupción durante una semana, yel blanco sudario que envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción, tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable ambiente del calorífero.
He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos, deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor (gracias al socorridounlimited ticket): Detroit, Cleveland, Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:
Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massisQuam properant...[56]
Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica. Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya, Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad, vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara el universo de dioses y héroes ...
Pero son ociosas las miradas hacia atrás, y casi impíos estos votos regresivos, si en las comarcas antes felices de la vieja Europa la pobreza creciente impone su ley de bronce, y en la misma patria del arte se han secado las poéticas fuentes del pasado al cierzo realista del presente. Bien hacen las tribusproletarias en desdeñar la gleba empobrecida, si es cierto que la exuberante Cibeles americana brinde á las bocas ávidas un seno henchido y desbordante de savia nutricia ... Pero ¡ay! ¡ilusión más triste que la vieja realidad! También la estrechez y la miseria han asomado hoy en los territorios casi vírgenes ayer. Las minas y fábricas conocen las huelgas dolorosas, ya motivadas por la escasez del salario, ya por el exceso de producción. Estos Estados Unidos, que ostentaban orgullosos su desarrollo material, han crecido en efecto con velocidad portentosa, pero también han madurado con asombrosa rapidez; en el mundo nuevo, lo propio que en el viejo, los problemas solemnes é ineludibles comienzan á surgir; las mismas exigencias se formulan aquí, sin que las atenúen, como allá, las tradiciones de la raza y el amor de la patria venerable. La madrastra se ha tornado para muchos tan estéril como la madre; y en Chicago y Pittsburg, en Brooklyn y Filadelfia, como en Birmingham y Roubaix, millares de trabajadores sin trabajo, bajo el viento y la nieve, tienden al transeunte sus pobres manos ateridas que, no sabiendo ya levantarse al cielo en ademán de súplica, se cierran hacia la tierra en actitud de amenaza.
Boston.
La capital del Massachusetts y metrópoli de la Nueva Inglaterra cuenta 500.000 habitantes (900.000 con los suburbios); es, después de Nueva York, el gran emporio comercial del Atlántico; en su inmenso puerto, más de 10.000 buques cargan y descargan anualmente 4 millones de toneladas, que representan un intercambio exterior de 150 millones de dollars;posee 4000 fábricas industriales; después de Londres, es el primer mercado de lanas del globo; tiene 60 bancos nacionales en actividad, y, en las cercanías del Correo y la Municipalidad, el tráfico deWashington streetno es inferior al de Broadway; por fin, relativamente á su población, es la ciudad más rica de los Estados Unidos, como es la más antigua y la primera en gloria histórica. Ahora bien: Boston oculta, por así decirlo, elbusinessque Chicago ostenta; se muestra más orgullosa de sus escuelas y librerías que de sus talleres y depósitos. Como un millonario de tradición y gusto, ella no lleva al visitante ante su caja de hierro, sino á su Biblioteca y galería artística; y en los clubs, en los hoteles, en las reuniones sociales—hasta en las salas de redacción de los diarios,—conoceréis que os toman por un viajero «de distinción» si os dirigen al pronto esta pregunta:What do you think of our public schools?[57]
El Massachusetts ocupa, en efecto, el primer puesto en los Estados Unidos, no sólo en la educación primaria y superior, sino tambien en la cultura general. Mejor dicho, la preocupación y el amor de las disciplinas intelectuales forman su característica, como el comercio en New York, la especulación en Chicago y la política en Washington. Desde este punto de vista excepcional hay que mirar á Boston, aceptando con docilidad y complacencia la actitud que ella misma elige, no sólo porque es más noble y elevado este rasgo sobresaliente, sino porque presenta el resumen más exacto de su fisonomía.
El aspecto de la vieja capital es marcadamente inglés, más aún que el de Filadelfia. Desde la cúpula dorada deStateHouse, que domina la colina comunal en que se agrupara la primera población, se contempla el vasto panorama de la calada bahía, con sus importantes distritos suburbanos de Charlestown, East y South Boston, Roxbury, Brookline, Cambridge, que son otras tantas ciudades. Se tiene al fin bajo los ojos algo que no sea el eterno tablero rectangular salpicado de enormesbuildingsadvenedizos: las calles oblicuas se retuercen irregularmente, como las arterias de un organismo, obedeciendo á una ley más profunda que la regla y el compás de un ingeniero; los parques sinuosos—the lungs, como aquí se dice—parecen en efecto «pulmones» vitales y no simples polígonos verdes. Del tumultuoso oleaje petrificado, surgen islotes que son verdaderos monumentos, reliquias históricas impregnadas de humanidad y tradición, y cuyo costo venal no puede valorarse: templos, museos, academias, casas consistoriales, hospicios, mercados, colegios seculares, que algo recuerdan ó remedan con su estilo, y que me guardaré de enumerar ó describir.
Bien sé que no se trata sino de una «Atenas» puritana y colonial, y que fuera excesivo pedir á los peregrinos delMayflowerel fino gusto de nuestra raza: no es de la opulenta Boston de quien se ha dicho que le infligió la suerte eldono infelice di bellezza[58]; y no me empeñaré en demostrar que la estatua del coronel Prescott ó el obelisco de Bunker Hill sean de muy distinto orden estético que otros adefesios americanos. Con todo, y no residiendo la fealdad de las cosasútilessino en la presencia de elementos incoherentes ó inapropiados, compréndese cómo los años y el desuso tengan una virtud armonizadora; y por esto, sin duda, se desprende paramí no sé qué belleza moral y pensativa de la abandonadaOld State Housey del macizoFaneuil Hall, regalo agradecido de un hugonote francés que, con su morada de refugio, legó al Massachusetts la cuna de su futura libertad[59].
Reina armonía profunda entre el carácter material de la población y la índole de sus habitantes. El mismo sello de bienestar tranquilo, de lujo sólido, de honrada placidez y satisfacción interna, se deja ver en las gentes, los edificios y las instituciones. ElHubestá en su quicio, y los puntos de la circunferencia giran debidamente alrededor del centro de gravedad. Poco se habla aquí de monstruosas fortunas improvisadas por «reyes» de tal ó cual industria ó especulación, pero sí de muchas posiciones holgadas, debidas al largo trabajo metódico, al equilibrado presupuesto casero y, como en Europa, á la fácil economía: las cajas de ahorros (Saving banks) tenían el año pasado más de 90 millones de dollars en depósito. Pero, lo que vale más aún y es más europeo: no se habla delbusinessfuera del escritorio. Los comerciantes y banqueros tienen á tanta honra ser admitidos enSt. Botolph Club, donde dominan los abogados,clergymeny literatos, como en el aristocráticoSomerset, que blasona de sangre azul (blue blood), es decir, de una inmigración un poco anterior á las otras. Por lo demás, muchos bostonianos pertenecen á uno y otro, y en la misma noche he visitado, fuera de los nombrados, el democráticoSuffolky elPapyrusliterario con las mismas personas. Á este propósito consignaré un detalle significativo.
Llegaba á Boston provisto hasta el recargo de cartas de introducción para diferentes funcionarios y particulares; estapaper currencyde la recomendación circula tan abundante en la América del norte como en la del sud; regularmente no tiene más efecto útil que mantener las relaciones de cortesía entre mandante y mandatario, desempeñando el portador (¡cuente V. con un amigo!very glad!) un papel análogo al del cartero en día de Año nuevo. En general, una sola, bien elegida, es suficiente, como basta una vela encendida para que se trasmitan lumbre todos los del entierro. Una hora después de mi llegada é instalación en la excelenteAdams House(¡plan europeo!), fuí á entregar personalmente en la redacción delPilotla única carta que de Buenos Aires traía para Boston, dejando dormir en mi maleta todas las demás, dirigidas á personajes encumbrados. La persona destinataria[60]me recibió con una cordialidad que todavía me conmueve, y me presentó allí mismo al primer redactor, Mr. James J. Roche, que ha sido mi agradable compañero y guía eficacísimo en la simpática población. No he necesitado más para que se me abrieran de par en par las puertas de los hogares, de los clubs, de los establecimientos públicos—y formar parte, durante unas semanas, del Todo-Boston ilustrado y social. No digo que en otras partes la incorporación sea más difícil—al contrario—pero se trata de Boston, delHubcivilizado de los Estados Unidos, y he querido hacer una excepción para lo que es de suyo excepcional.
Tampoco debe exagerarse la característica escolar de la antigua metrópoli puritana, ó deducir de ello que se muestrepoco amiga de diversiones y elegancias ligeras. En ninguna ciudad americana es más «activa» la vida de club para los hombres, de funciones sociales, artísticas y caritativas para las señoras—fuera, por supuesto, del paseo á las tiendas óshoppingque, en todos los tiempos y regiones, constituye elbonheur des dames. Es broma gastada en toda la Unión, aquello de los inseparableseye-glassesde las muchachas bostonienses: es la pura verdad que ni por sus lentes ni por su belleza y frescura se diferencian sensiblemente de las de San Francisco ó Baltimore. Más distinguidas en general que las del Oeste, menos estrepitosas que las de Nueva York, las reuniones mundanas de Boston nada pierden en punto á brillo y alegría por acercarse más á las europeas. Pero es cierto que aquí se respira en todas partes una atmósfera moral de seriedad y anhelo educativo. Menudean las conferencias científicas, literarias y pedagógicas, casi siempre públicas y gratuítas. Son casi diarias las audiciones musicales de las varias sociedades de profesores ó aficionados; y los programas clásicos de laHändel and Haydn Society, los cuartetos de laHarvard musical Association, sobre todo las ejecuciones de laBoston Symphony Orchestra, revelan una cultura artística tan profunda como difundida. Existen, sin duda, espectáculos teatrales para todos los gustos,—y no revela el peor de todos el éxito inagotable de Jefferson enRip Van Winkle, ó el de Dailey enA country Sport, la celebrada farsa de Columbia Theatre,—empero, para juzgar del espíritu dominante, debe asistirse á una representación de Irving y Ellen Terry en el Globe Theatre, y comprobar la atención respetuosa, el silencio admirativo de la cuajada muchedumbre ante elMerchantde Shakespeare ó elBecketde Tennyson; Irving, envejecido y tísico, sólo ha conservado la dicción admirable; pero Ellen Terry,aunque también bastante pasada y marchita, guarda siempre su extraña gracia de leyenda sajona, su encanto fantástico de mujer-niña shakespeariana. Sobre todo, es tan perfecta é inteligente la restauración decorativa de la obra maestra, que la función teatral se convierte en una solemnidad literaria y artística. Como en Bayreuth, la sala está á obscuras durante la representación; la mejor sociedad ocupa los balcones y la platea, en traje de calle: visiblemente, se ha venido á escuchar, no á exhibirse; y tan distante está este público de una «Gran Ópera» mundana, como el actor y literato inglés del ridículocabotinagede un Coquelin.
Los clubs que he frecuentado revelan carácter análogo, hasta en sus mismos instantes de relativounconstraint, después de media noche; aun entonces están más concurridas las salas de lectura y conversación que las de poker, y si seindulgeun poco en elbrandy and soda, es casi siempre con un fin recomendable y para estimular una discusión intelectual. Casi todos ellos tienen excelentes restaurants, sin exceptuar elNew-England Woman’s Club; el deSomersetlo tiene especial para señoras, á más de un lujososupper-room. Por supuesto que en las comidas periódicas de otras asociaciones, como las del sábado delPapyrus Club, reina franca alegría, si bien no me ha parecido que degenerase el humor en elhorse-playde otras francachelas profesionales, entre las cuales ocupan el primer rango—es decir, el piso bajo—las delClover Clubde Filadelfia[61].La recepción delSt. Botolph, á que asistí, fué al contrario un modelo de cordial urbanidad; se sentaban á la mesa lujosa, al lado del gobernador R., abogados, jueces, banqueros, periodistas, artistas, en fraternal igualdad, y agregaré de paso—como rasgo del espíritu bostoniense—que, á pesar de estar presentes varios extranjeros «de distinción», tocóle al más humilde la derecha del presidente, sólo porque le presentara el periodista y ex presidente del club Mr. J. Jeffrey Roche, á título deliterary man[62]. Antes de llegar á los postres, el presidente me advirtió caritativamente en voz baja que me iba á «llamar» (to call), y así tuve tiempo de «improvisar» mentalmente las cuatro frases en mal inglés con que correspondí á su brindis amable. Después de los saludos á los huéspedes y sus respuestas agradecidas, se inició de un borde al otro de la mesa un fuego graneado de chuscadas en prosa y verso, para nosotros incomprensibles, pues estribaban casi siempre en los nombres y apodos de los comensales; y á poco circuló de mano en mano la monumentalloving-cupde plata, en que cadagood fellow, después de un gran saludo á la concurrencia, absorbía de pie su trago de champagne. Terminada la sobremesa, y en vista de que eran apenas las doce de la noche, se nos llevó en procesión alSuffolk, que pasa por ser el club menos «convencional» de Boston. Y, bajo la nieve espesa que caía en silencio, la larga comitiva, formada en parejas mancomunadas contra el hielo resbaladizo, se desenvolvía, negrasobre blanco, por las aceras de la ciudad pedagógica y puritana.
Antes de resumir las impresiones diversas que han producido en mí las escuelas y facultades del Massachusetts, no dejaré de mencionar sus numerosas bibliotecas públicas y especiales que, junto á las Sociedades científicas y literarias, á los Conservatorios de música y Museos de bellas artes ó historia natural, completan el organismo educativo, y constituyen en conjunto lo que con legítimo orgullo se denomina el cerebro y el espíritu de la ciudad—the brain and the mind of the city.
Cuando la visité, no estaba la Biblioteca pública instalada aún en su palacio en construcción de Dartmouth street, con sus regios salones y sus bóvedas ennoblecidas por las «Musas» de Puvis de Chavannes; pero ya, en su antiguo y relativamente estrecho local, frente alCommon, era sin duda, no sólo la mejor de los Estados Unidos, sino una de las instituciones más bellas é imponentes del mundo civilizado. No constituyen, como en la Biblioteca del Congreso, la ancha base de su riqueza cuantitativa, unos trescientos mil volúmenes oficiales é informes administrativos, sino que figuran en su masa enciclopédica, además de las producciones fundamentales de la ciencia, la historia y la literatura de todos los países, verdaderos tesoros bibliográficos, dignos algunos de emular los de laBibliothèque Nationaleó delBritish Museum. Casi todos los escritores del Massachusetts han legado una parte ó el todo de su librería á la pública: Everett, su primer presidente, 1000 volúmenes; Bowditch, 2500; Ticknor, 7500, con su inapreciable colección española; otros han multiplicado las donaciones en dinero, ó adquirido valiosas librerías para regalarlas: así los 12,000 volúmenes del fondo Barton,que comprende todas las ediciones de Shakespeare y algunas rarísimas de la antigua literatura francesa. Con todo, lo realmente admirable en el establecimiento, es el servicio interno, así de la casa central como de sus nueve sucursales. Entre sus 150 empleados hay más de 100 mujeres, jóvenes casi todas y admitidas por concurso; en los salones de lectura estudian en silencio centenares de personas, de todas las edades y condiciones; pero el servicio mayor de la Biblioteca consiste en los préstamos á domicilio, que pasan de 1.300.000 obras anuales, de las cuales sólo se pierden ó reemplazan por deterioro, según me afirma elChief Librarian, unos 800 volúmenes (exactamente 1 por 16.000). No hay catálogo completo encuadernado; pero sí grupos de tarjetas ó fichas, ordenados en el doble orden alfabético y por materias, y que cada lector puede consultar libremente en los casilleros que rodean las mesas: economía en el servicio y comodidad en la investigación.
Además de la Biblioteca pública, hay otras muy importantes: la del Ateneo (160.000 volúmenes), la de la Sociedad histórica (33.000 volúmenes y 82.000 folletos); la deState House(65.000); la de Derecho (20.000); la importantísima de Harvard, en Cambridge (450.000) y veinte más, anexas á instituciones diversas, representando una masa bibliográfica igual á la de París, en proporción del número de habitantes, pero muy superior por los servicios prestados y la circulación. Después de estudiar el mecanismo y marcha de las instituciones anexas á la educación propiamente dicha, el viajero menos profesional adivina ya que el sistema escolar de la región ha de responder á todas las espectativas y merecer su reputación universal. Compréndese, por otra parte, que no me sea posible describirlo prolijamente en estos apuntes ligeros,y debo limitarme á formular el juicio somero que numerosas visitas me han sugerido, debiendo agradecer la amable cooperación que todos los funcionarios me han prestado, algunos con sus explicaciones orales, otros con el envío de varias colecciones de textos clásicos.