IV

Tenía Tristán una amiguita, una niña parlera y alegre que, cierta tarde, le fué á visitar acompañando á una señora joven y rubia, muy hermosa, que se llamaba María.

Cuando la dama y la nena entraron en el modesto gabinete de la calle de Vicálvaro, un sugestivo perfume de vida elegante se expandió en la estancia, y Eva se ruborizó con el bochorno de su pobre ajuar... Mirando en torno, quedó confusa y disgustada, sin agradecer la visita.

Abrazáronse las señoras con mutua cortedad, mientras los dos niños se amistaban con la mirada y la sonrisa, y se eclipsaban, cogidos de la mano, por la casa adelante...

Con alguna precipitación, dijo, al sentarse, María:

—He venido porque me dijeron que estábais preocupados por la salud del pequeño... como ya sé lo que es apenarse por los hijos, me acordaba mucho de vosotros y deseaba veros... quise traer á Lali para quejugase un rato con Tristán... pero le encuentro animadito... eso no será cosa de cuidado...

La timidez cariñosa y simpática de aquel exordio, suscitó en la conciencia de Eva un involuntario remordimiento; casi conquistada por la cordialidad de María, respondió:

—Pero va siendo muy larga esta dolencia y me inspira mucho recelo... Cada día está el niño más flojo... A las horas del recargo da pena mirarle...

—Un poquito de anemia... en cuanto avance la primavera ya verás cómo se repone...

—Al contrario, el verano de Madrid le daña mucho...

Quedaron silenciosas, como si ambas temiesen avanzar en la conversación. Al fin María, indecisa, observó:

—Tampoco este año podréis ir á la Montaña, si Diego no tiene vacaciones...

—Aunque las tuviera, no iríamos—dijo Eva, amargado el acento, fijos con tenacidad los ojos en la mezquina estera del piso.

Arriesgándose con precauciones en la dificultad de aquel diálogo, propuso María:

—En ese caso me podías confiar al nene; yo le llevaría con mucho gusto y le cuidaría como si fuera hijo mío...

Alzáronse vivamente los negros ojos y, puestos con asombro sincero en los azules, Eva contestó, conmovida á su pesar:

—Gracias..., gracias..., te lo agradezco...

—Y aceptas, ¿no es verdad?

—Tú no has pensado lo que me ofreces...; un niñoenfermo y triste da mucho que hacer..., perturba y molesta en todas partes...

—Pues te aseguro que en mi casa no molestaría. Para mí sería un entretenimiento...; para Lali, un encanto...

—¿Y para tu marido?

—Gracián apenas estará con nosotras este verano..., tiene proyectado un largo viaje... Además, los niños le gustan, y él nunca interviene en las cosas que yo dispongo.

—Sí..., tú tienes libertad para todo..., tienes placeres y caprichos..., haces bien en aprovecharte de la felicidad...

—¡La felicidad!—suspiró María con una sonrisa indefinible.

—Yo—añadió Eva sordamente—no la conozco más que de nombre..., para mí sólo ha tenido una mueca burlona...

—Para muchos la tiene, hija mía..., no hables así, por Dios..., en tu casa hay un tesoro raro y envidiable...

—¿Un tesoro, dices?

—Sí..., tenéis amor...

—¿Amor?..., ¡qué inocente eres!..., ¿lo has creído de veras?... Amor... ¡no conozco á ese caballero!...

—Calla, calla, mujer, Diego te adora...

—Nada me importa de él.

—¿Qué estás diciendo, Eva?

—Me atormenta... Me hace desgraciada...

—Sufres y deliras... Diego es bueno...

Precipitada Eva en aquella insólita confidencia, irascible y desmesurada, arguyó:

—¡Diego es bueno!...Esas mismas palabras las dijiste una noche enLas Palmeras, hace ya siete años..., las dos éramos solteras, ¿te acuerdas bien?... Entonces pude creerte; conocías á Diego mejor que yo... Hoy le conozco yo mejor que nadie y no me convence tu benevolencia...

Aterraba María la frente, angustiada y sorprendida.

Siempre creyó que Eva no amaba mucho á su marido, pero estaba muy lejos de suponer que le aborreciera.

Se repuso de aquella sorpresa en un triste silencio, mientras Eva deshilachaba, nerviosa, el fleco de su pelerina de punto.

Después, con paciencia y con dolor, habló María suavemente.

Su voz cristalina y dulce no encalmó el ánimo en borrasca de su amiga, pero fué tan discreta y tan afable que apaciguó, al menos, la adustez amenazadora del moreno rostro.

Sugestionada Eva por el fluyente caudal de aquella noble palabra, dejóse llevar por extraño sentimiento de confianza, único en la vidriosa amistad que profesaba á María.

Confesó la penosa estrechez en que se hallaban, y en los arranques de aquella impulsiva franqueza sintió un placer satánico en acumular sobre Diego quejas y culpas.

Tendióle María su mano pródiga en beneficios, y con exquisita delicadeza le ofreció en aquel trance el buen auxilio de su fortuna.

Soberbia la menesterosa, nada quiso aceptar, y aunsintiera, al cabo, un pesar repentino de haber confiado su lamentable secreto á la oculta rival de sus ambiciones.

El matiz velado y profundo de los consuelos que le brindaban, las inflexiones sentimentales de la voz hialina y triste, nada íntimo y personal revelaron á Eva, ignorante para descubrir pudorosos achaques de corazón, incapaz de leer duelos ocultos en una mirada empañecida ó en una sonrisa punzadora.

Muy hábil á la sazón María para adivinar cuitas ajenas, advirtió la turbación creciente de su amiga y apresuróse á enveredar la conversación por menos escabroso camino, tomándola otra vez en el punto donde había quedado rota y porfiando en invitar á Tristán para veranear en el Norte.

—Muchas gracias—repetía Eva—, pero no puede ser...

—¿Por qué te niegas?... Te lo ofrezco con toda mi alma. Y si Diego se embarcase pronto, como dices, tú también podías venirte con el niño..., me harías un gran favor. Voy á pasar el verano sola con Lali y doña Cándida... Piénsalo bien y decídete. Nos iremos en junio, hasta septiembre... Ya verás qué bien le prueba á Tristanito..., anímate... Le llevaremos á la playa y á la aldea, le cuidaremos mucho..., se pondrá fuerte...

Ingenua y efusiva, María dejaba suelto el corazón en su verbo piadoso.

Luchando entre la gratitud y el encono, Eva seguía diciendo...

—No puede ser..., gracias..., gracias...

También Tristán y Lali habían celebrado una íntima confidencia, una confidencia sensacional, hecha sin rodeos ni disimulos, con sedienta curiosidad de niños y llaneza infantil, encantadora y bárbara.

La primera en romper el fuego de preguntas fué la niña, vivaracha y comunicativa.

Mirando á su acompañante con mucha atención, le preguntó callandito:

—¿Te llamas tú Tristán, porque estás triste?

—No—dijo gravemente el niño—, yo estoy triste porque estoy malo... Me llamo Tristán porque es un nombre de novela, muy bonito.

—¿De novela?... No sé lo que es «novela»... Yo me llamo Eulalia, pero todos me dicen Lali... ¿te gusta ese nombre?

—Algo, ya me gusta...

—Y dí; ¿tienes muchos juguetes?

—Tengo pocos, ¿y tú?

—Yo tengo un palacio de muñecas y muchas cosasmás... ¿No te acuerdas que una vez fuiste á mi casa y te lo enseñé todo?... Hace ya mucho tiempo... todavía «no estabas de pantalones»...

—Se me ha olvidado—pronunció Tristán, lentamente.

Habían llegado al comedor, y en un rincón, dentro de una caja de madera, fueron á buscar los juguetes del niño: una escopeta, un juego de bolos, un sable, dos carritos...

—Y caballos, ¿no tienes?—preguntó Lali.

—Caballos, no... se me han roto. Tengo un rompecabezas... mira.

Abrió una cajita cromada, y los dos se arrodillaron en el suelo, examinando con mucho interés los taquitos cuadriculados, con trazos en colores, de diversas figuras.

—¿Los armo, para que los veas?—interrogó Tristán, galante.

—Sí..., ármalos... debe ser muy difícil...

Y mirando las manitas exangües de su amigo, agitadas sobre los tacos, Lali añadió:

—Tienes las manos flacas... ¿por qué no te curan de ese mal que tienes?

Suspenso Tristán volvió hacia la niña su cara inteligente y dolorosa, murmurando:

—Ha dicho mi madre que me voy á morir...

Ondularon las tinieblas de sus rizos en torno al perfil trágico y puro, y Lali abrió con espanto sus dorados ojos sobre la desconsolada expresión del niño paciente.

Pronta y resuelta, determinó:

—Pues no te mueras aunque ella lo diga... Díle tú á Dios que no quieres morirte.

—¡Pero si mamá lo dice llorando!... ¡Si es Dios el que quiere!...

El pensamiento de la chiquilla saltó rápido á otra idea, con vuelo de mariposa, y exclamó Lali:

—¡Todas las mamás lloran!...

Hincados de rodillas, juntos y absortos, se miraron largamente, hasta que Tristán sentenció, con una lógica terrible:

—Cuando tú seas mayor... también llorarás...

Ya no era María la niña tímida y curiosa que ávidamente secreteara con los celestes horizontes.

Los desengaños sufridos abrieron para ella á lo largo del camino, por encima del mismo cielo, alto y codicioso rumbo al vuelo de la fantasía.

A la inocente paloma del valle le habían nacido, por un milagro de penas, potentes y soberanas alas de condor...

El fracaso moral de su boda, aquel tremendo error de su inexperiencia, que la esclavizaba á una cadena perpetua de dolores, halló á María dotada de viriles energías, de arrestos portentosos, en aquella naturaleza tan femenina y dulce.

Era el vergel de su alma, donde las brisas de la ilusión entraron triunfalmente, un terreno feraz que las lágrimas habían fecundizado.

Se hizo fuerte en las trincheras de sus virtudes íntimas, y su mirada, pensativa y serena, no se posaba ilusa, como otras veces, en el mudable encanto del firmamento, avizorando señales de pasajeros goces,sino que, valiente y firme, caía al otro lado del celaje, más allá de la vida, detrás del secreto oscuro de la muerte, esperanzada con la suprema ambición de una felicidad desconocida, imperecedera.

Soñaba siempre María, soñaba mucho, altiva y divinamente... ¿qué alma descollante no sueña y delira en la humana prisión?...

Hizo el dolor descubrimientos prodigiosos en aquel temperamento esquisito; hirió cuerdas de callados sentimientos, y toda el alma excepcional de aquella mujer vibró en acorde infinito de sobrehumanos anhelos.

Entonces fué María santa, con una santidad romántica y secreta, que por adelantado le ofrecía el excelso placer de la inmortalidad. Fué artista con la sublime inspiración de un arte nativo, de superior linaje.

Su corazón, sediento de inextinguibles amores, ebrio de pesares, fabricóse una vida interior de refinada hermosura; una vida tocada con la púrpura gallarda del sacrificio, aureolada con rojas flores de pasión divina; rosas de calvario, galas inmarchitables deleterno jardín.

Vertidos en la inmensidad sus sentimientos, derramados en lo infinito, como incienso del mundo, escogido para Dios; descendían sobre los seres y las cosas en vórtice generoso, y se prodigaban á todo lo bello, á todo lo noble y triste del camino.

María amaba mucho, amaba insaciablemente los graves y sombríos misterios de la eternidad, los peregrinos secretos de la naturaleza... las humanas bellezas... los humanos dolores.

Había hecho de su intensa desventura un culto ferviente y extraño, y se entregaba á él con amarga voluptuosidad, con ese morboso placer, delirante y aciago, que se ha llamado muchas veces «la coquetería del dolor».

Y esta singular criatura, toda amor y tristeza, abrasada en oculta llama de ardientes sentimientos, divinizada en una interior obra de arte espiritual, pasaba por el mundo en traza gentil de mujer dichosa, escondiendo con rubores de alma púdica el doble fondo de su martirizada existencia.

Ocupaba con bizarría su puesto de honor en los salones madrileños, y se la veía con frecuencia en sociedad, donairosa y risueña, elegante y encantadora, muy bien avenida, al parecer, con los achaques de la vida mundana.

Era su aspecto el de una de esas mujeres infantiles, dispuestas siempre á perdonar y á sonreir, crédulas y sencillas; una discreta mujercita sin malicias ni pasiones, muy devota del bienestar exterior; buena y prudente, que sacrificaba su amor propio y hasta su dignidad de esposa á las dulzuras de la paz doméstica, y se conformaba con una felicidad decorativa.

Sólo una perspicaz observación, una ciencia maestra en desdoblar corazones, lograse descubrir detrás de aquella apariencia jovial y apacible otra segunda vida artística y doliente.

Ahora, en los celestiales ojos de María, la imperturbable mirada azul parecía llegar de muy lejos, de remoto paraje de maravilla, donde hubiese tomado un misterioso baño de emoción.

Fulgía la luz de aquellos ojos con encanto inefable y nuevo, y donde se posaba iba dejando el don de una gracia pura y triste, el jirón impalpable de una nostalgia divina, que pudiera llamarse «el mal del cielo»...

Placíase Gracián en la buena suerte que le había deparado aquella boda afortunada con mujer encumbrada y rica, tan sumisa y complaciente.

Él también, como el vulgo, consideraba á María desde el punto de vista de una criatura pasivamente bondadosa, una esposa de lujo, inofensiva y bella.

Mirábala con cierto compasivo agrado y con una superioridad protectora que tenía mucho de humillante y despectiva.

La trataba con una cortesanía chabacana, entre galante y desdeñosa, algo irónica siempre y siempre glacial. A menudo la llamabapobrecillay le acariciaba las mejillas como á una nena, paternalmente. Era con ella indiferente y rumboso, y no se tomaba el trabajo de ocultarle sus más escandalosos devaneos. Aquel gran cómico, ciego de soberbia, no podía suponer quela pobrecillale profesaba un absoluto desprecio y que, con una clarividencia extraordinaria, había profundizado todo el vacío de la fantástica existencia, ruidosa y deslumbrante, que tanto le envanecía.

Pocos meses de matrimonio le bastaron á la joven para conocer dolorosamente la fatuidad de su marido y descubrir, bajo aquella exterioridad fascinadora, un fondo de bastardas pasiones y un huero corazón. Tan cierta quedó la triste de su grave desventura, que ni siquiera soñó con hallarle algún remedio. Sumióse en ella con valentía y, siendo tan inmerecida y traidora, la supo disimular entunicada como una contrariedad cualquiera, de esas que ruedan sobre una florida juventud sin entorpecer el camino de la dicha.

Y cuando más engreído con sus triunfos huecos y falsos, Gracián se dignaba hacer á su esposa la merced de una caricia ó de una atención, celaba ella en sus encalmados ojos todo el desdén que le inspiraba aquel baratero de la vida, y con una disciplinada sonrisa hacía guardia á los pesares de su corazón abandonado.

En las constantes vigilias de aquel corazón, un rayo de luz brillaba misericordioso y alegre. Era el sol de los ojos de Lali, de la nena reidora y charlatana, ave graciosa que poblaba de trinos y vuelos, el bosque sombrío de los pensamientos de María.

Era Lali una encantadora criatura de seis años, hermosa como sus padres, traviesa y juguetona, dueña de un corazoncito angelical.

Rubios tenía los cabellos y dorados los ojos, llenos de luz temblorosa y riente, de cálida luz fulgurante como un gajo de sol.

Horas enteras se pasaba María arrullando sus ensueños tristes con la placentera vocecilla de Lali, que hablaba con su muñeca y con doña Cándida, indistintamente, en garla gentil.

Una dócil cortina de damasco separaba la habitación de la niña del saloncito donde su madre tenía siempre una labor interrumpida y un libro abierto y un búcaro con flores nuevas...

Aquella tarde llovía, y la nena, que no había podido hacer su habitual paseo, traveseaba incansable entre dos butacas próximas al balcón.

En una estaba sentada doña Cándida, meditabunda y suspirante, tejiendo una calceta erizada de agresivas agujas; en otra se recostaba el granbebéde celuloide, con los inmóviles ojos de turquesa muy espantados, y los bracitos extendidos, hirsuta la cabellera de lino pálido, y un poco chafada la seda rosa del traje. Sin duda estaba asustado de la riña que Lali dirigía sobre su inanimada persona.

Con la más sincera indignación, sermoneaba la niña:

—Si no me obedeces, te castigaré sin merienda... En ti mando yo, y no se me replica... Ya sabes que no tienes papá...

Cambió de tono, y comentarió rencorosa:

—Ni falta que te hace... Los papás son unos señores muy malos... muy tontos... muy feos...

Una voz varonil protestó á la puerta del gabinete, con risueña jactancia.

—¿Cómo es eso, mentirosilla? ¿somos feos todos los papás?

Se volvió la niña hacia el reproche insinuante; y saltando al cuello de Gracián, le respondió dentro de un beso mimoso:

—Tú eres guapo.

—Pues, ¿entonces?...

—Lo decía en broma, para engañar áMimí.

—¿Cuánto me quieres?... A ver...

—Te quiero cientos... miles...

La acarició el padre con ufanía, orgulloso de la proceridad de aquella criatura, que era un alarde vivo de la existencia de él; y salió de la estancia engreído y jovial, tirándole besos á la nena, que le decía:

—Ven temprano... ninguna noche te veo... ¡Por las noches no tengo papá!...

Apenas se extinguieron en el corredor los firmes pasos de Gracián, fuése la niña á levantar el tapiz medianero con el saloncito de su madre, y hallóla con el bordado caído sobre las rodillas y los ojos errantes y distraídos, embebecida en una meditación tenaz.

Corrió Lali hacia ella con los brazos abiertos, trepó á su regazo, y le dijo en un «escucho» ingenuo y fervoroso:

—A ti te quiero millones... mucho más queá él... montones de veces más... ¡Te quiero mundos y mares y cielos de cariño!...

Y nerviosa, vibrante, la besaba en los párpados sumisos, en la dulce boca enmudecida y en la aureola de los cabellos.

Cuando Lali se cansaba de hablárselo todo sola, cuando se aburría de la mudez de doña Cándida y de la inmovilidad deMimí, solía preguntar á su madre:

—¿Dejas á Rosita jugar conmigo?

Siempre María contestaba que sí, y Rosita, aquella niña aldeana y hermosa que hemos conocido hace siete años en la quinta deLas Palmeras, convertida ahora en mujer garrida y lozana, hacíase pequeña y revoltosa como Lali, á fuerza de fingir que lo era, y de remedar con infantil regocijo llantos de nena castigada, acentos y mimos de nena mañosa.

En los días inclementes del invierno, cuando no llegaba muy arropada y valiente alguna amiguita á jugar con Lali, Rosa representaba á las mil maravillas su papel de muñeca viva y mimosa, en el gabinetito confortable, cerca de los vigilantes espejuelos de doña Cándida, que, entre uno y otro suspiro, sonreía con beatitud contemplando á su niña tan divertida y alegre.

Dos años llevaba Rosa al inmediato servicio de Lali, en descansada labor, que consistía únicamente en arreglar las habitaciones de la minúscula señorita, coser y planchar su ropa, y aun la deMimí; ordenar sus armarios y sus juguetes; vestirla, desnudarla, y, en determinadas ocasiones, oficiar, como ya hemos dicho, de muñeca de carne, llorona y traviesa, á quien indefectiblemente había que encerrar en el cuarto oscuro.

Con tal acierto y adhesión cumplía la muchacha estos menesteres, que sus cuidados y compañía llegaron á hacerse indispensables cerca de la pequeña, y María cobró singular afecto á esta mocita hábil y donosa, que sabía con tan buena gracia complacer á Lali, obedecer á doña Cándida y poner en los más vulgares detalles de su obligación una nota de condescendencia y de dulzura, llena de solicitud, para la señora de la casa.

Años atrás, cuando el poeta bohemio de nuestra historia dió impunemente un sablazo al bolsillo y al corazón de Rosita, quedóse la muchacha por algún tiempo alicaída y tristona y hasta un poco intercadente de salud.

Amustiáronse los colores ufanos de sus mejillas, y con aciaga nube se amortiguó en sus ojos gitanos el brillo rutilante.

Andaba taciturna por la aldea y desoía con creciente desdén los amantes requerimientos de los mozos que bien la querían.

Llegaron sus padres á preocuparse del aspecto adolecido de la joven, hablaron de llevársela al médico, y en voz baja se lamentaron:—¡Ay, la nuestra hija..., si nos la habrán dañado en la ciudad!

Más de cuatro mozas, envidiosas de la belleza de Rosita, subrayaron con sonrisa perversa el sentimiento con que se comentaba en el pueblo que á lamuchacha le hubiese probado tan mal la buena vida entre señores.

Pero en cuanto una de estas sonrisas perniciosas hirió á la moza en pleno rostro, se le encendieron en las mejillas dos ruborosos claveles y se levantó su orgullo por encima de los achaquillos de su corazón.

Ya Rosa no hurtó á las romerías su gentil presencia, ni dejó de asistir por la noche á las deshojas, y los domingos al «corro».

Con vanidad nueva y vengativa se prendió sus galas finas de la ciudad, y era cosa admirable en los festivos días verla caminito de la parroquia, á la hora solemne de la misa mayor, con su falda oscura y ceñida, su mantilla de blonda, entoldando la cara morena, y su blusa plisada y elegante, como la de una señorita.

La diversidad de sonrisas que la persiguieron entonces ya no la hacían enrojecer, eran síntomas patentes de admiración en los mozos y de celos en las muchachas.

Halló Rosa un placer desconocido en la ostentación altiva con que se impuso en la aldea, y se distrajeron mucho sus pesares con aquel triunfante juego de femenil vanidad.

Como no era cosa grave el mal de su corazón, con aquellos estimulantes y aquellas diversiones fuése mejorando hasta sanar casi del todo, sin que le quedase otro daño, acaso incurable, que el de un aborrecimiento mortal á las toscas labores de la aldea y una afición fuerte y decidida á las cosas delicadas y bellas que había conocido en la opulenta casa de Coronado.

Aguda y espabilada, como buena montañesa, apenas se libertó del arrullo falaz con queNenúfarla había encantusado, reconoció que el bohemio era un contrabandista de amor, explotador profesional de mujeres crédulas.

Gozóse de haber sido con él cauta y previsora, y ni siquiera se dolió del timo rastrero de los cinco duros.

Pero de aquella exótica aventura de amores con «un poeta», le quedó á la pobre aldeana una exaltación sentimental que la despegaba con hastío profundo de su miserable existencia campesina.

A la vez que se le ajaban sus vestidos señoriles, veía con desconsuelo cómo las ásperas herramientas del campo encallecían otra vez sus manos menudas y aspaban su cuerpo floreciente.

Un rebelde sentimiento de protesta se alzó en su espíritu inquieto y ansioso. Miraba con terror á las mujeres, jóvenes de años, acabadas ya y envejecidas, segada en flor su belleza por los duros azares de la vida labradora. Con espanto volvía los ojos en torno suyo, y notaba que, de repente, se le había entenebrecido el camino antes risueño de su juventud. Antaño le parecía benigno y grato su mísero hogar, y, de pronto, hallóle todo negro por el humo de las paredes, todo tiznado de fealdad y de tristeza...

Y el sendero del monte, ¿no era antes azul?... Ella lo hubiera jurado así; pero ved cómo se le aparecía bruno y miedoso, serpenteando sin rumbo ni esperanza entre crueles malezas que desgarraban á tirones de bárbaro esfuerzo la gracia juvenil de las leñadoras.

Pues, ¿y las mieses?... Rosa las había conocidollenas de encantos; prometedoras en la primavera, granadas en el estío, pródigas en el otoño... Y se le volvieron otras; se le volvieron inhumanas y feroces, tendidas en el valle como implacable maldición que la obligase á vivir en acecho sobre la tierra; á vivir encorvada, sudorosa, jadeante, marchita sin haber florecido en toda su hermosura...

Ya Rosa no tuvo sosiego ni alegría.

El deseo de grandeza, sembrado en su alma, creció con la privación absoluta de los dones apetecidos, y determinó en aquel espíritu inculto y delicado un verdadero delirio, ambicioso de cosas bellas y sutiles, una loca pasión de arte que la enardecía y la martirizaba.

Mucho tiempo luchó la moza con aquella constante fascinación.

Quiso vencerla, y buscándole un remedio heroico, dió palabra de casamiento á un guijarreño mozalbete de las cercanías que andaba por ella perdido de amores. Era un bravo trabajador y tenía su poco de hacienda y su fama de «buen partido».

Gran contento causó á los padres de Rosa aquel suceso inesperado que rompía la terca obstinación con que la joven rechazaba todos los proyectos de boda que se le habían ofrecido; y aunque la vieron sobresaltada y ansiosa, achacáronlo á emociones propias del noviazgo.

Se aproximaba la boda rápidamente, cuando en una trágica hora de cobardía Rosa cayó en los brazos de su madre hecha un mar de lágrimas, confesándole que su novio le inspiraba una invencible repulsión, y afirmando entre sollozos:

—No me caso con él, madre, no me puedo casar... es imposible.

Se sucedieron lamentables escenas de dolor y despecho entre las familias de los apalabrados mozos; anduvieron sueltos por las callejas los chismes y los comentarios, y la bella Rosita, desesperada y confusa, intentó salir de la aldea, huyendo de una vida que se le había hecho insoportable y de un ambiente que le era contrario.

La montaraz aldehuela de Rosa colgaba en la serranía, en las inmediaciones del valle donde radicaba el noble solar de la familia de Ensalmo; y era, precisamente, la actual dueña del palacio quien llevó á la linda zagala en años anteriores á la quinta deLas Palmeras, durante un veraneo de los marqueses.

A despecho de las hablillas de los vecinos lugarejos, donde Rosa había cobrado fama de necia y de inconstante, agradábale á María aquella labradora despierta y agraciada, de finos ademanes y rápida comprensión, hábil y paciente para las prolijas labores de doncella.

Cuando al romper bruscamente su concertado casamiento, la muchacha acudió á María buscando su favor para salir del pueblo, halló á la señora fácil de conquistar y gustosa para otorgarle protección.

Finalizaba el verano, y admitida Rosa al servicio de Lali, bajo las órdenes inmediatas de doña Cándida,fuése la aldeanita aventurera muy alegre á Madrid con sus nuevos señores.

En un par de meses cortesanos volvió á ser Rosita la primorosa criatura que enamoró áNenúfaren el norteño arenal; su tez morena, artísticamente soleada, se suavizó con el buen trato y brilló sedosa en las manos chiquitinas y en el peregrino rostro; se le animó en los ojos y en la sonrisa el gozo de la libertad soñada, y, con el peinado moderno y el vestido elegante, toda su armoniosa figura quedó detallada y perfecta, seduciendo con una insinuante nota de frescura campesina, aroma sugestivo de silvestre flor.

Muchos golosos tuvo en la Corte aquel palmito gentil, y galanes de varias categorías cortejaron con rendimiento á la niña montañesa; pero, advertida por su señora con prudente discreción, y aleccionada por el desengaño, á ninguno consintió ella con palabras ni actitudes, y en la ronda de sus pretendientes cobró pronto renombre de arisca y orgullosa.

Lo que á Rosita le entusiasmaba en aquella existencia blanda y amable que tanto ambicionó, no era, por cierto, el despertar pasiones amorosas, sino el saber que las merecía y el sentir en su mimada hermosura el seductor halago de la lisonja.

Ella quería, sobre todo, verse linda y adornada en el espejo; tocar y mirar cosas bonitas, gustar manjares finos, aspirar olores delicados.

Sentíase dichosa con dormir en albo lecho, con pisar fonjes tapices, con escuchar un lenguaje escogido y galano.

Padecía una obsesión aguda de belleza, y dondequiera que la hallase—mejor ó peor definida, según su intuición artística se la hacía sentir—, allí posaba los ojos en recreo sutilísimo, tan largamente, que el objeto acariciado por sus admiraciones persistía en la ausencia del mismo, por mucho tiempo, surgiendo en el vacío, amorfo y tentador, á recibir el idólatra culto de la obsesa.

Mayo triunfaba en un engarce de magníficos días, y Tristanito aterraba sus débiles ojos acobardados por la intensa luz de aquel cielo índigo y deslumbrador.

Todas las tardes le llevaba su madre al Retiro á respirar el aire embalsamado en la urbana fronda, pero Tristán ni reía, ni jugaba, ni hacía otra cosa que enlazar sus manos de cera en actitud de meditación y abatir la desmayada cabeza cuyos rizos de azabache parecían rendirle con un peso abrumador.

En el temblor angustioso de su mirada había un fúnebre señuelo, y sus labios descoloridos mostraban, al sonreir, una trágica mueca de sufrimiento y de fatiga.

Eva seguía con dolor desesperado el avance de aquella consunción invencible que aniquilaba á la criatura, y á menudo tenía arrebatos de protesta rebelde contra el destino, y hasta contra Dios y sus santos.

En su paseo cotidiano habían buscado la madre y el niño un paraje predilecto donde solían sentarse; y, á una hora habitual, Lali aparecía en la avenida umbrosa, corriendo hacia Tristán con júbilo manifiesto.

Al contemplarla, saltarina y alegre, sentía Eva un impulso de acometividad hacia la niña, tan ciego y airado, que hubiérase complacido en arañarle la cara de color de rosa y en desgarrarle á tirones el vestidito elegante.

Muchas veces la pequeña, con el vago presentimiento de un peligro, se detenía en su carrera hacia Tristán, y quedábase, temerosa y ruborizada, ante la extraña expresión de la señora.

En cambio, el enfermito había cobrado á Lali un cariño apasionado. Consentía en salir, por el sólo afán de encontrarla; hablaba de ella obstinadamente, y la nombraba, delirante, en sus ratos de fiebre.

La risueña hermosura de la niña constituía para Tristán una visión de magia encantadora; y Eva, por complacerle, soportaba el tormento de verlos juntos y de comparar, con amarguísimo despecho, el acuitado semblante de su hijo, con la ufana galanía de Lali.

Una tarde de estas que decimos, la diaria entrevista de los dos pequeños terminó borrascosamente por la iracunda intervención de Eva.

Engañado por una fugaz llamarada de alegría, quiso Tristán correr á la par de la nena, que parecía hermana de las mariposas y las brisas.

Flojo y torpe cayó de bruces, y levemente se hirió en una mano.

Volaba Lali á socorrerle, compungida y cuidadosa,cuando Eva acudió hacia ellos muy alterada. Empujó á la niña con violencia, y alzando al caído profirió duramente:

—Se acabaron los juegos con esa chiquilla; cada uno por su lado...

Con las dos manitas, confusa y desconsolada, se cubrió Lali el rostro sofocado, y fuése hacia doña Cándida, que más lejos se aparecía, y que sin saber de qué se trataba la recibió suspirando: ¡Ay, Dios mío! Y con sus manos cenceñas se puso á alisarle los cabellos, desordenados y sedosos.

Eva, entretanto, se alejaba por el medio de la arbolada calle, altivo el continente, veloz el paso. Como adorno de su sombrero, cimeando la altanera figura de la dama, balanceábase un ave hostil, que ofrecía en aquel instante un singular aspecto de fiereza: plumaje, garras y pico tomaban una actitud fosca y amenazante sobre la erguida frente de la dama.

Casi en volandas iba el pobre Tristán, aferrado al brazo redondo y firme de su madre; sollozaba con hondo sentimiento, y afanoso volvía la mirada hacia el sitio donde Lali se había quedado.

Después de andar buen trecho en esta forma, compadecida Eva de la aflicción del niño y temerosa de su cansancio, acortó la marcha y trató de consolarle.

—No llores más—empezó á decir—; te va á doler la cabeza y tendrás hoy mayor recargo..., no llores; yo te buscaré con quién jugar.

—Quiero á Lali—gemía Tristán sin consuelo.

—¿Y por qué á ella únicamente, hijo? Es una alborotada, no me gusta esa niña, te hace sudar y fatigartesiguiéndola, te hace caer, ya ves, te ha lastimado...

—Ella no, fuí yo solo, que tropecé.

—Pero, ¿por qué la quieres tanto?, díme...

Se detuvo Eva, se inclinó hacia el niño lloroso y con su pañuelo le enjugó las lágrimas.

Más calmado, con rara elocuencia y acento ferviente, Tristán replicó:

—Ella está hecha de alegría y de sol, sabe correr..., sabe reir..., parece que está toda llena de oro y de flores... ¡La quiero..., la quiero!...

Y tendía sus manos de lirio hacia el paraje, ya invisible, donde la niña solía buscarle.

Conmovida y absorta la madre, interrogó:

—Entonces tú, ¿cómo eres?

—Yo soy enfermo y triste; una pena que tengo no sé dónde me va creciendo y me hace llorar... ¡Voy á morirme!

—No, no, calla.

—Tú misma lo has dicho.

—¿Cuándo?

—Una noche... Dijiste que papá tendría la culpa, ¿te acuerdas?

Turbada y dolorida, murmuró la madre vagamente:

—De nada quiero acordarme...

Y ambos siguieron el camino desalentados y mudos.

En casa de los marqueses de Coronado se discutían las ventajas de veranear aquel año en la quinta deLas Palmeras.

Había opiniones diversas y empate en la votación del proyecto, porque la marquesa y su hijo abogaban por la conveniencia de una temporada de reposo en la saludable y hermosa playa norteña, mientras que Isabel y Benigna, torciendo el gesto, preferían adolecer públicamente de alguno de los achaques de moda cuya curación se inicia en Vichy, avanza en Carlsbad, se consolida en Baden, y luego se reproduce al año siguiente como pretexto de una nueva peregrinación por los balnearios preferidos entre los incurables enfermos que el ocio y la abundancia producen.

Como no llegasen los de Coronado á una avenencia en sus discusiones, Benigna propuso con aire retozón:

—Podemos consultarle á papá el caso...

Todos, sin disimulo, rieron la gracia, y fué cierto que don Agustín recibió la consulta. Tomó en seriosu intervención en las decisiones familiares, y galantemente votó en favor de la marquesa, que apoyaba sus deseos en el motivo poderoso de hallarse muy cansada y abatida para emprender un veraneo de lujo.

Era verdad que la dama había perdido su proverbial buen humor; mostrábase desmedrada y triste, y hasta un poco devota.

Decíase que, últimamente, desconfiando ya del poder de su hermosura, que iba en declinación, su íntima existencia licenciosa tenía horas de tormento desesperado.

Decíase que Luis Galán, después de haberla consagrado algunos años de constancia, había cortado traidoramente sus relaciones con ella, apenas logrado un importante favor en dinero de la «amorosa» incorregible, que no se llamaba en vano Generosa de la Dádiva.

Pero ¡suelen «decirse» tantas cosas!...

Sólo se sabía con seguridad que la marquesa rezaba mucho y estaba alicaída; y que Luis Galán había desaparecido del círculo elegante llamado la «buena sociedad madrileña», donde la sonrisa inalterable de aquel buen mozo mereciera privilegio de patente exclusiva.

Ya decidido el viaje á la Montaña, hubieron de resignarse á él las señoritas de Coronado y hasta trataron filosóficamente de buscarle atractivos.

Evocaron las risueñas jornadas de la quinta, que hacía siete años se habían deslizado como un sueño en la juventud inquieta y turbia de las dos hermanas.

Del tumulto de sus memorias surgía con extrañezay singularidad aquel recuerdo de un solo estío, de playa modesta, entre jardines melancólicos y brava costa, y desfilaban con un penetrante aroma de juventud alegre las imágenes de todo aquel verano tranquilo y dulce, sin grandes cotillones, sin aventuras sonadas, meses raros y fugitivos que brindaron á la agitada vida de estas dos mujeres un alto apacible y una ráfaga bienhechora de salud y poesía. Desdoblando pensamientos y membranzas con una vaga tristeza y una remota ilusión, Isabel y Benigna quisieron á todo trance adornar de promesas el porvenir, y se miraron una á otra desconfiadas y marchitas, sin brillo los ojos y sin risa los labios.

Con el presentimiento de un fracaso, lentamente formaron las dos hermanas un plan de invitaciones y un programita de fiestas. Era preciso atraer hacia el arenal cantábrico un buen plantel de amigos alegres, y prepararse una agradable temporada enLas Palmeras.

El recuento de amistades disponibles para este caso suscitó desconsoladoras memorias y arrojó un total de nombres nuevos en nuestra narración. Ni uno solo de aquellos que en la hospitalaria quinta hemos conocido estaba al propicio alcance del iniciado convite.

Clara Infante, casada con un banquero catalán y separada de su marido al mes de la boda, viajaba á la sazón por el extranjero, bien acompañada, según decían procaces lenguas.

Pizarro, el famoso descontentadizo, había vuelto, desilusionado como nunca, de un largo viaje á las Américas y, en protesta bizarra á sus reniegos contratodos los países y todas las civilizaciones, trataba de tomar parte en una expedición al Polo Norte, y vivía encerrado en el cuarto de una fonda, sosteniendo fantástica correspondencia con unos señores noruegos y una dama rusa, que eran de la partida en proyecto. La sinrazón de sus antojos hacíale olvidar que tiritaba en el estío cantábrico y que hasta los más dulces climas eran hostiles á su intemperancia.

El poeta de ocasión,Nenúfar, no había logrado salir á flote de su reciente naufragio social y con prudente discreción se había eclipsado en el horizonte luminoso de sus amistades aristocráticas.

Las señoritas de Coronado no ornamentarían su salón montañés con la belleza rubia de María Ensalmo, ni con la morena hermosura de Eva Guerrero, y tampoco Teresita Vidal llevaría áLas Palmerasla nota extraña de su juventud aburrida y achacosa. ¡Pobre Teresita!...

Cuando las hojas cayeron, dos años hacía, su entierro blanco y pomposo bajó lentamente por la calle de Alcalá buscando el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena... Piando inquieta y saltarina como un pajarito, había dado el salto mortal una tarde de otoño, quedándose repentinamente inmóvil en el sofá donde se rebullía fastidiada y quejosa.

La trágica quietud dejó en su rostro aniñado una mueca de hastío, y en sus labios irónicos unas gotas de sangre descolorida.

Con más vanidad que misericordia la vistieron un traje de gala, espléndido en encajes y flores, tan escaso en el escote y en las mangas como sobrado en lacola... Encajes, flores y telas, junto con la carne mísera, todo ello se acomodó con desahogo en un metro de ataúd, porque el cuerpo de Teresita, que siempre fué endeble y menudo, entre las garras de la muerte quedóse tan pequeño y mermado, que era casi imposible suponerle veinticinco años de edad. Las amigas de la joven recordaban con terror aquella postrera visita que le hicieron al borde de la grancama imperial, bajo la macilenta luz de los cirios crepitantes. Sobre el engalanado cadáver de Teresita, la mundana adulación, que ni á los muertos respeta, lanzó una frase en son de halago: «parece una novia»... Aquella lisonja servil sonó á comparación impía y burlesca, con crueldad de sátira, allí donde la muerte, abrazada á una miserable figurilla de mujer, ponía espanto y atrición en los más insensibles corazones. Isabel y Benigna no pudieron olvidar su pavor y su asombro al cerciorarse de que aquella muñequita de cera, encogida y helada, insensible y dura á la sérica delicia del vestido admirable, era la vivaracha y mimosa Teresita Vidal. Y al pensar en las invitaciones para un nuevo veraneo enLas Palmeras, en la memoria triste de las antiguas amistades quedó flotando la visión de aquel metro de ataúd lujoso, de aquel entierro blanco que en la dulce tarde otoñal pasó por la vida hacia el lívido misterio del sepulcro.

Arrancándose el recuerdo de tan medroso lance, dijo Isabel á su hermana:

—De aquel año feliz que memoramos, sólo una amiga encontraremos en la costa: Luisa Ramírez...

—Y un amigo, López—repuso Benigna sonriendo.

—Sí; queda López «todavía», y... ¿quién sabe?...—murmuró Isabel con singular acento. Cambiando de expresión, exclamó después:

—¿Sabes que Rafaelito acabará por casarse con Luisa?

—Así lo temo.

—Estoy pasmada de la duración de ese cariño.

—Es que el amor sentimental dicen que puede hacerse crónico...

—¡Ay, qué miedo, hija!...

—¿Pero tú creías á Rafael capaz de una constancia semejante?

—¡Qué había de creer yo, criatura!

—Ese amor es un milagro.

—Es una majadería. Rafael puede hacer una boda brillante; puede escoger entre la flor y nata de los buenos partidos; sin ir más lejos, Casilda Manrique, condesa y millonaria, está loquita por él.

—Y por Gracián...

—Calla, mujer, eso es aparte...

Hubo un silencio malicioso y risueño; luego, Benigna reanudó el palique.

—Oye; á mí se me figura que Rafael, á ratos, también se enamora un poco de María.

—Lo que has notado es lástima, no es amor.

—¿Lástima? ¿Y de qué?

—Cosas raras de ese chico. ¿No sabes que resulta romántico y piadoso?... Se le antoja que María es desgraciada.

—¡Si dijera que es boba!... Podía ser hoy «la primera» mujer de Madrid.

—Ya lo creo... Mira que ha tenido perseguidores...

—Y los que tiene.

—Pero es inabordable.

—Así lo afirma Rafael, que la admira mucho; pero no hay que fiarse de las apariencias. Esas señoras que al parecer no han roto un plato en su vida, no me inspiran simpatías ni confianza.

—También Eva es una virtud incorruptible.

—Tampoco es santo de mi devoción; la encuentro demasiado orgullosa y demasiado bonita.

—Y tiene un marido insoportable de poesía y sentimentalismo.

—Dicen que Diego se embarca...

—Y el chiquillo se les muere...

—Han sido desgraciados.

—Pues á ella no le faltarían consuelos si quisiera; á Gracián le gusta mucho...

—Todas le gustan á Gracián.

—Pero ahora la predilecta es Casilda Manrique.

Quedáronse un punto calladas las dos señoritas, y de pronto Benigna exclamó triunfante:

—Tengo una magnífica idea.

—A ver...

—Si Casilda viniera con nosotros á la Montaña, teníamos ya seguras las visitas y las diversiones. Ella serviría de gran reclamo á nuestratournée; tal vez Rafaelito cayera en la tentación de pretenderla formalmente y al fin quedase roto su pertinaz idilio con Luisa, esa extraña afición con amenaza de boda, que á todas nos disgusta.

Dijo Isabel pesimista:

—La Manrique no irá áLas Palmeras, hija mía; tiene un plan de veraneo «que quita el sentido»...

Maliciosa y porfiada, Benigna insinuó:

—Si sabe que Gracián va por allí, irá contenta, de seguro.

—Pero él va solamente á dejar á María en su casa del valle.

—Si Casilda está en la playa, Gracián nos hará una visita.

—Tienes razón; eres maga.

Una risa pícara y sagaz comentarió el coloquio.

Sobre el cristal zarco de los cielos ni una nube pasaba.

La tarde, en su lenta caída, se desmayaba en el horizonte, como si el mirífico celaje la detuviese con un largo beso de despedida...

Gracián aparentaba dejarse llevar por Lali, que le tiraba del brazo con impaciencia, repitiendo:

—Es por aquí, anda; si tardamos un poco más se habrán marchado.

Sonreía el caballero, y tarareaba en voz queda una liviana canción aprendida entre los bastidores de un teatrillo.

Dieron la vuelta al estanque, tomaron hacia la derecha, y en el más adoselado y fragante rincón del Retiro, vieron á una señora y á un nene, sentados en un banco.

Ella parecía leer alguna cosa insulsa en un periódico, mientras que el nene parecía descifrar algún misterio tenebroso en la arena fina del camino, tantosus ojos se fijaban en el suelo, inquisitivos y asustados.

Dos movimientos de distintos afanes se produjeron en el banco, cuando se detuvieron ante él, la niña y el caballero.

Maravillado y feliz, Tristán dijo únicamente:

—¡Lali!

Y tendió los brazos hacia su amiguita con un impulso de fascinación.

Eva exclamó con sincero asombro:

—¡Ah!...

Y se quedó confusa y risueña ante el rendido saludo de Gracián. El cual, á guisa de explicación, dijo con un acento insinuante:

—La niña me ha contado que usted viene todas las tardes á este sitio, y hoy he querido que ella me guiase hasta el lugar dichoso donde usted se esconde, cada día más bella y más esquiva...

Los dos pequeños, cogidos del brazo, se alejaban alegres, y su infantil confidencia se trenzaba en el dulce silencio de la fronda, con el perlado rumor de una fontana vecina...

Tardaba la señora en recobrarse de su sorpresa, y parecía indecisa en la manera que debía adoptar para responder al gentil caballero.

Era verdad que Eva, entonces, no se mostraba siempre halagadora y afable con sus amigos, como cuando Gracián la conoció. La natural dureza de su semblante hermoso habíase acentuado con un gesto arisco, y por la noche huraña de sus ojos pasaban con frecuencia relámpagos de amenazadora tempestad. Ponía la mirada como un puñal sobre todas las mujeresá quienes consideraba felices, y en los hombres que la admiraban vengábase con furioso desdén de aquellos otros galanes que siendo ella soltera y bonita, la habían dejado olvidada á un lado del camino, sola y pobre, arrojándola, al pasar, la limosna de una flor galante.

Y el rencor ardiente que la sociedad le inspiraba, iba defendiéndola, mejor que su escasa virtud, del acecho de algunos cortejantes, codiciosos de sus encantos.

Desamorada y ambiciosa, su alma pequeña se llenó de tentaciones y de iras, sin que á su honor le quedase más amparo que el escudo frío de la soberbia. Detrás de una defensa tan endeble, Eva pensó que entre aquellos que la deseaban, sólo uno merecía el sacrificio de su reputación; acaso el que menos la perseguía. Era Gracián.

La conquista de aquel hombre significaba para ella el triunfo, el poder y la venganza... Tres grandes ansias para un mezquino corazón.

Cuando hubo meditado unos instantes, Eva, mirando de hito en hito á Gracián, se echó á reir entre irónica y burlesca.

Pero él, sin desconcertarse, muy gozoso y complacido, sentóse en el banco, mira que te mira á la señora.

Pasó el jocundo proceso de la risa, prevaleció el de las miradas, y las frases de una plática, ingeniosa y difícil, tendieron el vuelo con recato en el propicio rincón del parque.

Sutilizando mañosamente la intención de sus palabras con la habilidad de quien conociese á fondo las flaquezas de aquella mujer, Gracián desplegó ante ella todo un plan de conquista, cimentándole en una supuesta simpatía de muchos años y en una constante admiración.

Justificó el silencio que hasta entonces se impusiera con el profundo respeto profesado á la amiga y á la dama; y rellenó este párrafo sentimental con unaporción de vulgaridades, que hallaron eco de novedad y de emoción, en su voz conqueridora y regalada.

Se lamentó de que la juventud fuera tan breve, de que las buenas horas amigas de la belleza y del amor tuviesen una duración fugaz... y de que hubiera tantos maridos indignos de tener mujeres hermosas, remisos y torpes para colmarlas de halagos y de placeres.

Tales maridos, á juicio de Gracián, no merecían fidelidad ni consideración ninguna.

Y al hablar así, con expresión mensurada y pía, el libertino caballero se mostraba ecuánime y razonador, como si pudiera escupir al cielo impunemente, y ejemplarizar con su vida el tipo admirable de unperfecto casado.

Quedó el discurso redondito y brillante, hinchado como un globo; y arrollada por él, se debatía Eva débilmente en las trincheras de su vanidad. Callada en los toques pasionales de la oración, asintió con amargura cuando las frases de Gracián iban contra Diego, ó contra la infelicidad de que ella se creía colmada.

Y engolfados en el malabarismo de aquel juego peligroso, vieron con extrañeza que la tarde se había muerto y que había nacido la noche.

Temerosos de la oscuridad creciente, volvían ya los niños, juntos y callados, despacito, porque Tristán se fatigaba mucho.

Eva, asombrada de su descuido, se levantó con presteza, y corrió á tocar la frente de su hijo, que ardía y se doblaba.

La crisis fatal del enfermo señalaba su hora cruel, y era preciso volver á casa en seguida.

Gracián propuso salir por el paseo delAngel Caído, que estaba próximo, y tomar un coche para que el niño fuése con reposo.

Al paso lento de Tristán, avanzando por la sombra del parque entre la desbandada de los paseantes rezagados, todavía el caballero halló manera de avizorar señales de su buena ó mala ventura en el comienzo de aquella andanza.

Presa en el embaimiento de tan finas redes, Eva no supo mostrarse impervia en aquella tentadora ocasión, y entre deslumbrada y satisfecha dejó caer una esperanza en los anhelos de su amigo...

Iba Lali muy pensativa y un poco pesarosa. Tristán tropezaba á cada instante, sin tino y sin fuerzas, y por los azules senderos de la noche paseaba su luz purísima el astro amoroso del silencio.

Caminos de dolorse titulaba un libro que Diego estaba fabricando con pedazos de su corazón de poeta y rasgos admirables de su pluma genial.

Ya tocaba á su término el manuscrito, cuando Tristán, una noche, una noche azul de Mayo, al regresar de paseo con su madre, cayó rendido por abrasadora fiebre, agravado en su lenta enfermedad de una manera alarmante.

Consultada una vez más en el proceso largo de aquella cuita, la ciencia inexorable dijo su última palabra sobre la inocente cabeza del niño. Sólo un milagro le podía salvar, y la hechura de aquel milagro correspondía por derecho propio, en caso feliz, al aire libre y serrano de la campiña.

Con acrimonia insolente Eva preguntó á su marido, señalando al enfermo:

—¿Qué vas á hacer? ¿le dejas morir ó intentas salvarle?

Mirándole Diego con espanto, murmuró unas palabras incompletas, que sonaron á lamento y á rugido, y huyó á encerrarse en el escondite donde laboraba y sufría en sus horas inclementes de hogar.

Pero su mujer le persiguió implacable; entró en la habitación detrás de él, y afilando la voz y la mirada, como quien aguza un acero homicida, le dijo:

—Es que si no quieres salvarle tú yo le salvaré... Soy hermosa y... No lo olvides.

Diego, espavorecido, se llevó las manos al pecho y después á la frente; en seguida las apoyó en la mesa, buscando sostén para su cuerpo vacilante.

Estaba mudo y desemblantado; parecía un difunto puesto de pie en macabra ficción.

Avanzando hacia él con la feroz complacencia de aquel tormento que causaba, Eva insistió:

—¿No respondes?

Como si entonces recobrase la vida, Diego se estremeció y miró en torno.

Había tal expresión de sorpresa y novedad en su semblante, que hubiérasele creído despierto de un sueño ó vuelto de un desmayo en extraño paraje, y á punto de preguntar, como en las novelas:

¿Dónde estoy?...

Pero no preguntó cosa alguna, sino que dijo á guisa de réplica:

—Ya se acabó todo... Por fin, ya está roto; ya está deshecho, caído...

—¿Cuál está deshecho y caído?—preguntó Eva, creyendo que su marido se hubiese vuelto loco.

—El ídolo que un día levanté engañado por las melodiosas mentiras de tu boca... Me arrastré hacia tubelleza con bárbaro regocijo, con deseo tempestuoso; y te quise con tan insensato afán, que sólo ahora te desprecio bastante.

—¿Que me desprecias, has dicho?

—Sí; ya estoy libre de tus cadenas: ya soy otra vez mío... Ya no me inspiras más que lástima... Me acusas de pobreza, á mí, que tengo dos inestimables tesoros: sentimiento y arte... De indigente me tratas, á mí, que tengo una eterna fortuna: la gloria... ¿Y eres tú la que me culpas de necesitado, criatura mísera sin otro bien que tu carne hecha de tierra?... ¿Qué gracia inmarchitable posees, díme? ¿Qué don inmortal?... Me diste una deleznable hermosura á cambio de mi corazón, y ahora me amenazas con quitarme tu hermosura... Es que ya no la quiero, es tuya únicamente; puedes venderla si te place... Yo te la había pagado demasiado cara. Me has devuelto el precio que por ella te di; estamos en paz... Vete, mujer, vete y no temas mi enojo... Te compadezco.

Eva trataba de hablar, roja de furor; pero el marido asióla por un brazo con firmeza, y la condujo hasta la puerta de la estancia.

—Con un alma, con un corazón, con sentimiento y poesía no se come—pudo ella proferir sordamente.

—No es sazonado pan lo que te ha faltado; galas y trenes ambicionas, y yo, loco de mí, te daba el alma. ¡Un alma imperecedera por una terrenal hermosura no alumbrada por el divino soplo del amor!... Te haces justicia, mujer; me devuelves mi tesoro y te quedas con tu belleza... Véndela en su justo valor; por ella te darán lo que apeteces: piedras, metales, baratijas...

Abrió la puerta, y débilmente llegó hasta ellos una voz humilde y gemidora, como de cristal roto.

Era Tristanito que lloraba...

Entonces Diego, solevantado y tremulante, murmuró al oído de su esposa.

—Pero no pongas por pretexto de tu infamia la vida de ese ángel; si con dinero se salva, yo le salvaré.

—¡Mamá, mamá, tengo miedo!—clamó el nene.

Empujando suavemente á la madre, Diego añadió con acento profundo.

—Vete á sufrir al lado de tu hijo... Vete á llorar, criatura. La vida no es placer; sólo penando se vive plenamente... Deja que el santo dolor llene tu espíritu, para que no quede vacía la obra de Dios...

Y era cierto que el poeta había recobrado su libertad.

Las palabras imprudentes de Eva fueron como un hachazo decisivo que cortase á cercén la última raíz, ya enferma, de aquel amor hecho sólo de humano deleite.

Al sentirse redimido de su cautiverio, gozó el artista una exaltación triunfante y reparadora, el dulce halago interior de una paz profunda.

Su espíritu, atrofiado en la cárcel de la pasión sensual, se bañó de gracia pura y libre, y desatóse ligero de la tierra, asunto y glorioso, como antaño volara.

Tuvo un anhelo infantil aquella alma liberta; quiso volver á los abiertos caminos donde sufrió cantando y amó idealmente; añoró su primera musa, la casta ilusión de ojos azules y cándida sonrisa... Vestida con ropajes pulcros y nuevos, fuése á buscarla, peregrinante por los invisibles surcos que los grandes amores han dejado en la inmensidad.

Pero ¡ay! que el alma curiosa del poeta desconoció los amigos vergeles de otros días; y hallólos abandonados y mudos... Solitaria entonces, meditó.

Y no se puede meditar en las nubes sin grave peligro de caída... Allá por las altas veredas del ensueño, es preciso viajar, vuela que te vuela, sin detenerse un punto...

La cavilación del artista dió en tierra con sus afanes; y en la realidad de la vida, Diego hizo memoria...

La aldeana musa de su mocedad, rubia y sonriente como un arcángel, tuvo un corazoncito enamorado que se prendó de un hombre; y á la sazón aquel primer sueño del poeta, era una dama muy bella, un poco triste, festejada y poderosa, puesta por el destino á una enorme distancia del artista...

Ya tentado á reflexionar en las cosas irremediables y trágicas del mundo, Diego recordó que una vez, una sola vez en mucho tiempo, se acercó á la amada ilusión de su adolescencia, convertida en señora gentil, reina de salones; y la miró á los ojos tanto, tanto, que ella se ruborizó mientras él se asustaba de haber descubierto en las azules pupilas ideales un secreto dolorido.

Villamor se sorprendía de que al despertar él, sano y libre á la vida del arte bello y del sentimiento puro, despertase con tenacidad en su mente la dormida memoria de aquel suceso.

Y como los poetas tienen á menudo ideas muy extravagantes, quiso Diego festejar la asunción de su espíritu encarcelado, con un voto solemne que adunase su nueva existencia artística con aquel recuerdo punzante y las otras remotas añoranzas. Así juró, que ya para siempre su inspiración tendría la forma ideal de una dama esbelta de pensativos ojos zarcos y cabellera de oro; una criatura á quien se le pudiese llamar callandito:¿María?...y que con seráfica voz sin sonidos, respondiera:¿qué quieres?; una mujer que mostrase la firmeza escultural de su carne bañada en beato resplandor de santidad; un ángel que llorar supiera los santos dolores del amor, con lágrimas llenas de aromas y rumores...

Y era lo extraño, que Diego hacía aquellos votos singulares y se recreaba serenamente en aquellas sutiles maquinaciones, velando el sueño doliente de su hijo en noche de vigilia y de pobreza.

Tenía apoyados los codos sobre su mesa de labor, la cara entre las manos, cerrados los ojos, y en torno desparramadas las últimas páginas de su novelaCaminos de dolor.

El manuscrito, que era un primor de estilo y originalidad, una obra intensa y emocionante, dolorosa como la vida, estaba ya vendido á un editor afortunado que daba por él la suma precisa para que Tristanito fuése á pedir el milagro de la salud á las tónicas brisas de las montañas.

Diego esperaría que se decidiese la suerte de su hijo, y, salvándole ó perdiéndole, partiría á lueñes tierras americanas, errante y soñador con su lira y su arte, acompañado por aquella imagen dulce y hermosa á quien había jurado fidelidad romántica.


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