XVIII

Y á todo esto, la bella Rosita empezó á mostrarse distraída y contristada. Hasta se podía jurar que lloraba en silencio.

Cuando hacía de muñeca jugando con Lali, quedábase tan silenciosa y parada como el mismobebéde celuloide.

Corría la pequeña á sacudirla por los hombros, le alzaba la barbilla con sus manitas enanas, y decíale:

—¡Pero, mujer, te has vuelto lela; ya no sabes jugar!...

Ella entonces se disculpaba sonriendo para ocultar su turbación, pero no lograba componer con la placentería de otras veces la farsa pueril de la muñeca mimosa.

El rumor de ciertos pasos, el metal de ciertas voces, le hacían á Rosita ruborizarse y temblar; y doña Cándida, detrás de sus espejuelos escrutadores y de las erizadas agujas de su calceta, la observaba con recelo, murmurando:

—¡Ay, Dios mío!...

Una tarde de aquellas, cuando ya en el hotelito de la calle de Goya se disponía el anual viaje á la Montaña, Rosita se divirtió mucho con un pequeño suceso que la puso de buen humor, y durante algunas horas escampó de su frente la nube aciaga que la oscurecía.

Sucedió que, yendo la doncella á llevar á casa de los de Coronado una carta de la señorita, al subir la escalera de servicio encontróse de cara con uno que descendía; y este «uno», que era joven y malandante, por las trazas, la miró con despacio, y exclamó:

—¡Rosita!

A cuya voz la joven respondió con aire divertido y asombro en la mirada:

—¡Simón!... ¡Tú por aquí!...

Como si el pobreNenúfarfuera una planta exótica en casa de los marqueses, y aun en la populosa villa y corte...

Aunque Rosita llevaba algunos años avecindada en Madrid, y aunque por broma y risa deseara encontrarse con el poeta bohemio, no lo había logrado hasta aquel instante. Así que, muy risueña y picarilla, pegó con él la hebra con la mejor voluntad del mundo, y le baqueteó lindamente con burlas y compasiones, que para todo ello se prestaba el apocado y lastimoso aspecto deNenúfar.

El cual contemplaba á Rosita con cierta emoción y con un embeleso que al crecer por minutos, se mezclaba con un recuerdo bochornoso, porque en el diogenismo del aventurero galán, aquella mala partida,dolosamente jugada á la niña montañesa, había dejado una extraña comezón de remordimiento.

No era maloNenúfar; era sólo un mísero ambulante de la vida, propenso siempre á bajar mucho y á subir poco en las marejadas sociales. Como él mismo lo había confesado ingenuamente, su destino menguado le obligaba á «hacer deNenúfar, de poeta modernista y de otras cosas peores»...

La aparición radiante de Rosita y su ingenioso palique le demostraron pronto que la joven había crecido en belleza y sagacidad de una manera sorprendente.

Y trató en vano de explicar los graves motivos que le habían obligado á dejar incumplidas sus promesas matrimoniales.

Ella le atajaba, pronta y zarandera, con réplicas agudas, tan burlonas, que el mozo, confundido, se sentía picado en su amor propio y abrumado. Así le tuvo preso y abatido largo rato la joven, hasta que humilde y fino como un guante, ofrecióle el trovero nuevamente su mano.

Por la escalera abajo rodó la risa franca de la moza, yNenúfar, asido á la barandilla con la angustia del que se siente vacilar, le dijo:

—He dejado el periodismo y la poesía, que tienen muchas quiebras; pienso ahora trabajar seriamente... Voy á poner, en sociedad con otro, una gran sastrería...

—Pues ya sé yo—le interrumpió Rosita sin dejar de reir—quién será tu primer parroquiano...

Y le miraba con detención y condolencia el traje.

—Pero díme, Rosa hechicera—murmuróNenúfar—, si serás mi mujer; ¡mi mujercita, mi consuelo y mi bien!...

—Cállate, hijo; para un sastre me parece muy florido el discurso... A mí los industriales no me gustan... Además, los tiempos han cambiado; ya soy otra...

—Dame, al menos, una leve esperanza...

—Voy de prisa... Me he detenido mucho... Si quieres dos pesetas...

Y se puso á buscarlas en su portamonedas elegante.

Dos chispazos de codicia y enojo se asomaron al famélico rostro del galán. Tartamudo y cobarde, profirió:

—Me tratas como á un pobre mendigo; no te molestes, no...

Pero tendía con avidez su mano avillanada.

Puso en ella Rosita la limosna, y con mucho donaire y garabato le dijo adiós, subiendo á todo escape, para ahorrarle el sonrojo de su dádiva.

En dos brincosNenúfarse plantó en la taberna de la esquina, y más hambriento que enamorado, se consoló de las ironías de la muchacha, gastando su moneda alegremente...

Ya Rosita no supo del bohemio desde aquel punto y hora...

Con el pretexto de preguntar por la salud de Tristanito, Gracián hizo una visita á la calle de Vicálvaro, escogiendo la hora en que solía Diego estar fuera de casa.

Eva le recibió con sobresalto; mas él, habilidoso y precavido, le habló muy finamente, sin descubrir del todo sus intentos; sólo se vislumbraban un poquito, como si el manto de razón y prudencia que los envolvía fuése alzado en descuido inconsciente por un soplo violento de pasión.

Pero, inquieta, luchando con el orgullo de su limpio linaje y sus instintos ambiciosos, tenía la hermosa todo el aspecto de una delincuente; y la culpa, ya esquiciada en su indefenso corazón, se le asomó á los ojos hechiceros con un fuego sombrío.

Como el nene seguía mucho mejor y estaba ya resuelto su traslado á la Montaña, se habló de este propósito con el tácito acuerdo de una deliciosa temporada de intimidad en el remoto valle.

La visita, que pudo bien pasar por una correcta fórmula de cumplido, tomó el aire malsano de furtiva confidencia, que dejó en el ánimo de Eva un estimulante amargor de aventura prohibida.

Aliviada en la pena de ver enfermo al niño, y disfrutando aquellos días de cierta holgura con el producto que Diego le entregó de la novela, se iluminó la vida, toda exterior, de aquella mujer, y un desatado anhelo de placeres la llevó á consentir en la idea del pecado.

La actitud indiferente y despreciativa de su marido la tenía suspensa.

Revelábase su vanidad ante el sumo desdén que en él veía, y un vago sentimiento indefinible la obligaba á bajar los ojos y la voz en su presencia.

Por primera vez desde su matrimonio tuvo Diego paz en su casa; pero la triste paz del desamor, una calma penosa y desabrida de hogar abandonado.

Para que Eva, á costa de todo, se lanzase al placer de la abundancia, con libertad y gusto, era preciso que su esposo partiese cuanto antes.

Ya Villamor había recibido de América ventajosos ofrecimientos como fruto de sus gestiones de literato emigrante. Desde Buenos Aires, un gran periódico español le prometía sueldo cuantioso, y otras publicaciones americanas solicitaban su firma que, mediante una lenta labor de periodismo, se iba haciendo un envidiable puesto en la prensa mundial.

Y al recobrar su confianza en el escritor, Eva creía muy prudente no romper en absoluto con el marido. Pero era menester que fuése Diego quien se humillase á ella.

A pesar del continente grave del esposo y del desdén supremo con que la trataba por la vez primera, ella suponía que aun el poder de su hermosura le pudiera rendir embelesado y dócil á todos sus designios...

Sólo las imprescindibles palabras cambiaban los esposos; cosas referentes al niño ó al viaje trazado á la montaña; pero Eva procuraba que aquellas frases suyas fuesen tanto comedidas y dulces como Diego las pudiera querer para mediadoras de una convencional avenencia. Su primera medida salvadora, en tan rara ocasión, fué empujar á Tristán hacia su padre y conseguir que el niño depusiera algo de la pasiva hostilidad que, por instigación de ella, le había manifestado siempre.

Diego, que adoraba á su hijo, al ver que el nene le demostraba afecto como nunca, sentíase abrumado por el terror de perderle, tal vez en breves días, y quedarse solo en el mundo, solo y triste en la cumbre lozana de la vida, sin ver colmado el insaciable anhelo de su alma sedienta de ternuras.

Entonces era cuando, velando el sueño de Tristán, ponía su atormentada frente entre las manos y cerraba los ojos para mirar su existencia interior llena de afanes, para jurar fidelidad y amores á una musa hecha con añoranzas, toda bella, un conjunto de arcángel y mujer.

Llegó junio caballero, muy sofocado, pleno de alegría. Las familias veraneantes prodigaban sus visitas ó tarjetas despidiéndose de los amigos.

También Eva salió á sus despedidas, con un traje flamante, muy bonito; era de tonos claros y en las mangas y el escote llevaba guarniciones transparentes; el sombrero, jovial y gracioso, adornado con flores y cerezas, tendía sus alas con misterio sobre el bello semblante de la dama, y una sonrisa alegre, mucho tiempo extinguida en aquel rostro, le daba ahora más encanto y realce.

Hizo varias visitas, aquel día, y, después de algunas vacilaciones, ya casi anocheciendo, fué á despedirse de María Ensalmo.

Encontró á la puerta del hotel el coche en que María regresaba de paseo con Lali; pero Eva no se turbó, humillada y molesta como otras veces por el boato de su amiga, sino que, con mucho agrado y libertad, la saludó y besó á la nena.

Un poco recelosa se retrajo la niña hacia su madre, y ésta disimuló un movimiento de extrañeza viendo á la de Villamor tan solícita y engalanada.

Juntas subieron la alfombrada escalera de mármol orillada de palmeras frondosas, y cruzando un vestíbulo de lujoso paramento, entraron en la elegantísima pieza donde la señora de la casa solía recibir.

Desde su postrera visita, ya lejana, halló Eva en aquel recinto artísticas novedades; pero no puso en ellas con envidia los ojos, sino que las contemplaba con delectación, tal como si de ellas se adueñase ó se estuviese recreando en el propósito de adquirir unas preciosidades parecidas.

Entretanto, María buscaba mentalmente los motivos de la mudanza de Eva, y sin dar con ellos, la oyó decir:

—Quería darte las gracias por tus atenciones antes de marchar, y anunciarte que vamos á ser vecinas este verano; yo también voy á la Montaña, por fin. A Diego parece que se le van arreglando sus asuntos, y como los médicos dicen que es indispensable llevar al niño al campo, ya lo tenemos todo dispuesto para salir de aquí antes que arrecie el calor...

—Entonces, ¿ya Diego no se embarca?—interrumpió María alegremente.

Y Eva se apresuró á decir:

—Sí, sí; está decidido á emprender el viaje, pero aguarda que se reponga el nene.

Se quedaron silenciosas las dos, y Lali, que ceñía con un bracito el cuello de su madre, preguntó con mucho interés:

—¿Va Tristanito al pueblo, á la casa aquella que está cerrada siempre?

—Sí, preciosa; vais á estar muy cerquita; los jardines lindan por una tapia de madreselva y boj—le replicó María.

—Ya, ya me acuerdo; es por aquel lado donde tú dices que siendo chiquitina jugabas mucho... ¡qué contenta estoy! Me asomaré á llamar á Tristanito entre las flores...

Cortó la niña su gozoso discurso como si un repentino temor le acometiese, y, con viveza encantadora, se acercó á Eva, afirmando:

—Yo no tiré á Tristán aquella tarde...

—No, hija mía—repuso la señora sonriente—, él sólo se cayó, porque es muy torpe, y á ti el susto te hizo llorar, ¡pobrecita!...

Y muy halagadora la dió un beso. Luego dijo, teniéndola abrazada:

—Allí, en la aldea, jugaréis libremente el día entero. Tristán te quiere mucho.

Alegre la chiquilla, se soltó de los brazos de la dama exclamando:

—Ahora mismo se lo voy á contar á doña Cándida y á Rosa.

Y batiendo palmas corrió fuera del camarín.

—Ya sé—dijo María—que en el Retiro los niños suelen verse, y que el tuyo se cayó la otra tarde... ¿Se hizo daño?

—Nada, mujer; pero como está delicado y mimoso, llora por cualquiera cosita... Tu nena se asustó. Los dos se quieren mucho.

—Cierto. Lali habla constantemente de tu niño... Y, díme, Eva: ¿no puedes evitar que Diego marche?

—No lo intento siquiera; es su deber probar todos los medios de salir adelante con la vida... Ya es hora que le cumpla.

—Pero dicen que ha escrito una novela magistral, digna hermana de aquella que le dió tanto renombre. La publicación de esa obra sería para tu marido la consagración definitiva de su fama de literato, y pudiera en España...

—La literatura se paga en América mucho mejor que aquí. Ya ves cómo otros escritores de prestigio emigran también.

—Sí; sobre todo á la Argentina; pero van muchos en viaje de exploración para hacer propaganda de sus obras con el pretexto simpático de las conferencias internacionales... Preparan su mercado, conquistan un público y se vuelven á su tierra.

—Pero mi marido no está en situación de hacer excursiones artísticas que cuestan mucho dinero. Él fijará allí su residencia para trabajar.

—¡Pobre Diego!—murmuró María con acento levísimo.

Eva no había oído esta exclamación, ó fingió no escucharla. Con serenidad y reposo continuó diciendo:

—Algunos españoles, compañeros suyos, residen allá, le animan y le facilitan el viaje. No todos los artistas nuestros que han cruzado los mares vuelven tan pronto como tú supones... y Diego va para quedarse.

Indiferente, al parecer, preguntó María:

—¿Lleva mucho bagaje literario?

—Poca cosa... La novela, ya vendida, y un librito de versos.

—Serán muy hermosos—aseguró con devoción la dama rubia.

—No sé, porque á mi la poseía me causa tedio, en rimas, en paisajes y en amores.

—Yo, siendo de buena ley, la adoro en todas las formas.

—Pues yo—añadió Eva con desdén—estoy por lo positivo. No creo que las ilusiones, las quimeras y las sensiblerías puedan darnos la felicidad.

Con sosiego de meditación ó de plegaria, María murmuró:

—Acaso la felicidad es una quimera, acaso la ilusión es lo único cierto de la vida.

—Tú eres romántica; hubieras hecho con mi marido una buena pareja... En algún tiempo te hizo la corte; aun guarda muchos versos dedicados á ti.

Eva no advirtió que su amiga estaba un poco emocionada, porque se entretuvo pensando que de veras María y Diego se completaban mucho, y ella en cambio...

Paseó por el gabinete una mirada codiciosa, y en la sima profunda de sus ojos brilló una centella de perversidad. Lanzando á la conversación, sin cuidado ninguno, el nombre que tenía en los labios, preguntó:

—Y Gracián, ¿cuándo marcha á ese largo viaje al extranjero?

—Le ha suspendido para el otoño; dice que está cansado y va á pasar el verano en el campo con nosotros... Hará excursiones frecuentes á la ciudad y visitas áLas Palmeraspara no aburrirse tanto.

—La aldea es una cosa muy aburrida y triste.

—Así dice Gracián...

—La otra tarde le he visto en el Retiro con la niña.

—Nunca sale con ella; solamente esa tarde que dices fué á llevarla en busca de Tristán. Lali me dijo...

Un poco acelerada, á pesar suyo. Eva atajó las palabras de su amiga para explicarle su encuentro con Gracián y su detenida plática en el complaciente rincón del parque, suponiendo que la niña hubiese contado todos los detalles de la entrevista.

Pero Lali, sin malicia ninguna y atenta á sus antojos infantiles, refirió únicamente que ella misma le suplicó á su padre que la llevara al sitio donde otras veces encontraban á Tristán.

Y así, fué tan ociosa la explicación de Eva, que María, mirándola en silencio, sintió crecer la turbación extraña que en su espíritu dejaba siempre el trato con aquella mujer incomprensible.

En este punto embarazoso de la visita, Gracián se hizo anunciar discretamente, y á poco entró en la estancia con un feliz gesto de vanidad y triunfo.

Tomó entonces la conversación giros alegres, y recayó en el próximo viaje de ambas familias á un mismo pueblo montañés.

—Pueblo de pesca—exclamó Gracián, festivo—; yo creo, señoras, que debemos tomarle á pequeñas dosis, en clase de medicina corporal, pero con precaución, para que el ánimo quede ileso de nostalgias y enfermizos decaimientos... Debemos ir con frecuencia á la playa de la ciudad, que va á estar muy animada, según mis noticias.

—Yo estoy invitada enLas Palmerascon mucho empeño—dijo la de Villamor, y dirigiéndose á María, que permanecía silenciosa, añadió:—Tú irás también.

—No le tengo cariño á aquella casa—respondió, la señora con un tono muy desusado en ella.

Eva, con intención astuta, se apresuró á decir:

—Creí que guardaría para ti adorables recuerdos...

Y dirigió á Gracián una mirada, viva y fugaz, como estival relámpago.

Después continuó hablando con su amiga:

—¿No estás con tus tíos en buenas relaciones?

—Ni buenas, ni malas... Siempre les he querido poco.

—Pues á ti bien te quieren.

—Me quiere Rafael.

—¿Y eres ingrata?—interrogó, muerta de risa, Eva.

Sin alterarse ni dejar de mirar atentamente la punta fina de su bota imperial, María dijo:

—No soy ingrata, que también le quiero yo.

—Ya lo oye usted, Gracián—exclamó Eva, un poquito burlona.

Y éste, con sorna, aseguró riendo:

—Me está dando un cuidado terrible esa noticia.

Indiferente á estas bromas punzantes, la dama rubia seguía contemplando con suma atención sus botitas menudas, y Eva, picada por aquella actitud y aquel mutismo, dijo de pronto, con penetrante acento:

—Pues yo iré á divertirme áLas Palmerassi el niño sigue bien.

Y se levantó para marcharse.

—Procuraremos que se divierta usted—repuso con intención Gracián.

Y, muy galante, quiso acompañarla, porque era ya de noche, y una mujer bonita, sola por la calle en Madrid...

Aceptó Eva sin excusa la interesada oferta, y entonces á María se le ocurrió decir:

—También va áLas PalmerasCasilda Manrique.

La miró Gracián con fijeza y encono, replicando:

—Y hará una excursión á tu casa del valle; en honor suyo daremos una fiesta.

La de Villamor, poco enterada de mundanas intrigas en aquel tiempo, sintióse llena de curiosidad por descubrir aquélla, cuyo velo se alzaba casualmente ante sus ojos.

María la preguntó, sin contestarle nada á su marido:

—¿Qué título le pone á su novela Diego?

—Uno muy triste:Caminos de dolor...

Ya en el vestíbulo, Rosita, un poco pálida, le presentó el sombrero al señorito y abrió la rica puerta de bisagras de bronce y esmerilados cristales.

Extremando los cumplidos con Eva, se la llevó del brazo el caballero. Bajaban la elegante escalera muy alegres, en ovante coloquio; y sola en su cuarto, María se acercó á la ventana abierta sobre un breve jardín lleno de flores, y alzó al cielo los ojos, murmurando:

—¡Caminos de dolor... crueles caminos!

Fuera del radio de la villa, huyendo hacia la hoz, la casa de Ensalmo señoreaba el valle montañés, un valle triste y hermoso, acosado por nieblas y montes, cruzado por el ferrocarril en trágica senda lograda entre abismos y torrentes, que más parece alarde fantástico de la imaginación que obra posible de ingeniería.

La población histórica y blasonada que llama suyo á este valle, quédase á lo lejos tendida en más llano y espacioso terreno, con cimera de torres y de cruces que en conventos y torres gallardean, dándole al pueblo un carácter fuerte y vetusto, con algo de austeridad y mucho de altivez clásica.

Esta villa ilustre que vejeta orgullosa de sus recuerdos, ufana de sus escudos y blasones, nada quiso con el ferrocarril pregonero de modernas industrias, y bien hallada con su quieta vida de antaño, le vió pasar á la distancia sin importársele un ardite sus humos y sus silbidos, mirándole de soslayo, con grave ceño, zigzaguear por las montañas como un monstruo fugitivo que no hallase la salida en la cántabra cordillera.

Semejante á las que en la villa dormían solitarias esperando algún fugaz veraneo de señores caprichosos, la casa de María daba la impresión de haberse escapado del poblado recinto, curiosa de ver el tren, de atisbar la carretera ó de asomarse al Besaya en sus cauces tormentosos.

El azar ó el orgullo la pusieron como reina en el medio del valle, y en su clase de solariega fué conocida en la comarca con el nombre pomposo de «el palacio de arriba». Era antigua y severa como casona hidalga, con muros de avellanadas piedras, robusta puerta de toscos herrajes, grandes y recios balcones, volados aleros llenos de nidos de golondrinas, blasón raído por la lluvia y comido por el musgo, ancho zaguán y altiva portalada. En los callados aposentos del edificio flotaba el gran espíritu de antaño, ese aroma del tiempo que perdura en los vetustos muebles y en los gastados artesones como el soplo inmaterial de un alma. Y aderezando aquellas estancias silenciosas, mueblaje escaso y macizo de venerables tallas y oscuro color; antiguos cueros y sedas marchitas; lienzos crepusculares donde emergían un rostro pálido, unos ojos ardientes, una mano aristocrática; amén de muchos libros en pergamino, algunas armas ociosas, y viejos paramentos apolillados por cuyos desgarrones asomaban los hierros de un cofre ó los marfiles de un bargueño.

A esta grave mansión le hacían la corte, puestas árespetuosa distancia, algunas viviendas labradoras, y como dama de honor la acompañaba, muchos años hacía, una casita burguesa cuyo jardín mediaba con el parque de Ensalmo por un florido lindero. Era esta casa la única hacienda que Diego Villamor había podido salvar de las voraces manos de su esposa.

Por casualidad ó premeditación, las dos familias á quienes el campo separaba con una linde en flor, llegaron á la Montaña con pocas horas de diferencia, y desde luego los niños iniciaron tan íntimas y dulces relaciones, que el trato entre ambos matrimonios quedó abierto bajo los mejores auspicios. Eva lo procuraba así. Gracián, por su parte, apercibióse á conquistar la voluntad de Diego, que nunca muy cordial se la mostrara; y con la frecuencia de sus visitas é invitaciones, se manifestó con los de Villamor solícito y amable en alto grado.

Pero este vulgar sistema de congraciar al marido cuya mujer se persigue, pudo Gracián ponerle en juego muy pocos días, porque fué el caso singular que, estando Diego avaricioso de su amada tierra y contento con ver mejor que nunca al niño, dijo de pronto que tenía que volverse á Madrid inmediatamente. Dispuso su maleta, y tomó el tren en la estación que distaba un kilómetro apenas de la finca.

¿Por qué Diego se alejaba de aquel modo inesperado y brusco?... Iba conmovido, agitado, ¿qué fuerza le ahuyentaba?

Que eran celos creyó Eva, feliz con inspirarlos y orgullosa.

Gracián supuso que era una atroz cobardía de rival, abandonando la plaza apenas descubierto un enemigo formidable.

Algo decayó entonces su interés en conquistar á Eva, viéndose incapacitado en el papel del «amigo traidor»; que aunque la hazaña no era nueva ni airosa, á Gracián le sedujo como aventura jamás llevada á cabo, porque tal vez ni en lances amorosos ni en otras lides, fuése el portento aquel más que «un pobre hombre», afortunada parodia de Rostchild yDon Juan.

Nunca imaginara el poeta que aquel descanso apacible en el valle natal hubiera de ser tan breve. Mientras luchó en la corte, en lucha mezquina y triste, sostúvole la esperanza de dar reposo á su cuerpo y á su espíritu con la vida sedante de la montaña. Mas, apenas llegado al campesino hogar, vió deshecha la última ilusión, que ni aun entonces le consintió sosiego su mala fortuna.

Sucedió hallándose una tarde en el jardín las familias vecinas gozando la dulzura del ambiente.

—Yo no conozco el parque—dijo Eva.

Y Gracián, muy atento, la invitó á recorrerle.

—Quédate tú conmigo—rogó á Diego, María.

Él, un poco turbado y muy alegre, sentóse al lado suyo mientras la otra pareja se alejaba.

Absortos en la plácida quietud del paisaje parecían estar los dos amigos; pero no, que miraban fijamente, obstinados sin duda en una idea, el camino que seguían Eva y Gracián.

Ya tocaron los paseantes el lindero del bosque; se internaron en él... se borraron en la sombra.

—¡Qué silencio!—suspiró María.

—Sí; ¡qué paz y qué belleza la del valle!

—El valle tuyo y mío... ¿No te acuerdas cuando éramos aquí los dos felices?

Ni ella puso en duda que Diego fuése ahora desgraciado, ni él trató de negar que María fuera infeliz. La miró á los ojos mucho, mucho, como aquella sola vez que en largo tiempo se acercó á mirarla, y dijo únicamente:

—Siempre me acuerdo.

Sosteniendo la mirada del poeta se le llenaron á María los ojos de lágrimas.

—¿Sufres mucho? ¿es de veras?—interrogó él, con anhelo piadoso.

—No cabe en las palabras lo que sufro...

—¿Por qué no me lo cuentas y te alivias?... Como hermanos hemos vivido aquí; ten confianza en mi amistad; ya sabes cuánto te quiero.

—Tú también sufres...

—Pero soy hombre, y puedo con mi pena y la tuya.

—¿Y te vas á marchar lejos y solo, cargado con dos penas?... ¡Pobre Diego!...

—Si tú me compadeces ya no seré tan pobre... ¿Tienes lástima para mí?

—¿Lástima sólo?... Y cariño también; y admiración; llorando he aprendido á quererte... Ahora sé todo lo que vales...

—¡Qué alegría, que alegría tan loca!—exclamó Diego á solas con su alma.

—Ya no me compadezcas—dijo en seguida con expresión radiante—, soy dichoso.

Incrédula, María, replicóle:

—¿Dichoso?... No lo creo... Es que lo sueñas...

—¡Sueño divino del amor de un ángel!

—¿Amor?... ¿Amor?... ¡Ay, Diego, me da espanto esa palabra hermosa!... Yo te quiero como una hermana tuya; como tu compañera de infortunio...—Y en voz muy leve,—pero no con amor... de ese que dices—añadió suspirando.

—Pues yo—dijo el poeta, con un ímpetu entre plácido y fiero—yo te adoro desde que eras chiquita como Lali; creció mi amor contigo, y tus desdenes dormido le dejaron en mi pecho durante algunos años; ya despertó, María; está despierto, lozano como nunca, brota flores, lágrimas y cantares... Perdona si soy poco valiente y te lo digo en la primera hora bendita en que tus ojos me miran con piedad y con ternura... Perdona y no rechaces mi confesión...

—Tal vez te engañas, Diego—murmuró ella temblando.

—He querido engañarme suponiendo que esto que yo sentía eran sólo fuegos fatuos de la imaginación; el recuerdo personificado del valle montañés; algo de romanticismo nebuloso, de espuma sentimental; pero he sentido en el alma el estremecimiento de unas hondas raíces, la voz íntima y fuerte del verdadero amor, ese sublime arrebato de los sentimientos, ese alimento sobrehumano ansioso de la eternidad...

—Me das miedo; no hables así... Acaso yo misma provoqué tu confidencia... He sido una imprudente.

—No; mi secreto ha volado á buscarte no sé cómo, no te debe inquietar; él te revela que por encima de todo dolor y de todo obstáculo hay quien sigue con amor y respeto las huellas de tu vida, que hay un hombre en el mundo á quien le duele en el alma la injusta suerte de una mujer tan noble y tan hermosa...

Trastornada, con las manos cruzadas sobre el pecho, ella exclamó:

—¡Dios mío!...

—Díme que no te ofendo con amarte de esta manera delicada y pura.

—¿Ofenderme?... Si me obligas á una gratitud inmensa, á una devoción constante... Pero temo que ofendamos á Dios.

—No temas nada. Este es un cariño amasado con todo lo más exquisito y noble que puede haber en el fondo de mi naturaleza, y que tiene, para mayor santidad, la levadura del dolor; es un desinteresado cariño que nada quiere para sí, que sólo pide un poco de clemencia á cambio del consuelo que te ofrece.

—Mis desgracias te atraen...

—Y tus virtudes; la hermosura admirable de tu alma; la gallardía con que llevas la cruz que te atormenta...

—Es mi deber...

—Pero un deber en forma de suplicio; un deber que te oprime y te maltrata... Tú me has dado un ejemplo de fortaleza y de valor, tan grande, que me has cambiado en otro hombre útil y valeroso. La desesperación que me consumía es arrogancia ahora; yame siento capaz de acometer las empresas más altas, de luchar y vencer en nobles lides.

—Calla, calla; parece que deliras...

—Mi elocuencia te parece un delirio. A mí también me asombra esta divina fiebre de inspiración que late en mis palabras. Todo el tumulto de mis sentimientos se me agolpa en el corazón, encendido en la eterna llama del amor, y me siento feliz y poderoso.

—Estás alucinado, estás enfermo... Me vas á contagiar con tu locura—balbució María, presa de ansiedad y emoción.

—Estoy redimido por ti; el aliento ideal de tu espíritu ha penetrado en el mío, y esta comunión de nuestras almas me ha dado la fuerza. Has despertado el profundo sentimiento religioso que en mí dormía, el anhelo del sacrificio... Me has revelado mi propio corazón, alumbrándole con la luz de la verdad.

—Y en tanto el mío, va quedando en tinieblas...

—¿En tinieblas el tuyo?... No, María, nunca la sombra te podrá oscurecer.

—Pues tus palabras caen sobre mi vida como una niebla que me envuelve toda.

—Puede ser una niebla que te oculte los abrojos fatales del sendero.

—O el abismo que me acecha traidor...

—¿Desconfías de mí?

—De esa pasión que cuentas desconfío... ¡y también de la mía!—clamó ella con la voz amargada y sollozante.

Entonces Diego, con exaltado acento de ternura, exclamó:

—¡Tu pasión!... ¡Bendito sea este divino hallazgo de dos almas! No me sorprende, yo le presentía; he venido á este valle tuyo y mío con la ilusión celestial de quien acude á una cita de amor siempre esperada.

Alzóse María de su asiento, demudada y tremulante.

—Yo no te he dado cita... ¿Cuándo?... ¡nunca!... De veras que estás loco...

—No me la dió tu boca, ni tu mano, ni tus ojos siquiera. Me la dió tu alma, no lo niegues; la mía te buscaba por voluntad de Dios, por impulso irresistible y santo; y la tuya, piadosa y obediente al supremo designio, me citó en este huerto memorable á la luz de la luna... ¿No te acuerdas?

Como evocado por el devoto acento del artista, un haz de luna espació en el paisaje su reflejo, heraldo de la noche.

Tendióse en las montañas la tristeza infinita del atardecer cántabro, esa lenta y profunda declinación del día, que produce en las almas sentimentales un sacudimiento de lágrimas y oraciones.

Señalándole á María el astro que bajaba por el cielo, Diego murmuró:

—Ya acude como testigo.

Y ella, seducida por la aparición encantandora, vacilante, repuso:

—Me haces perder el juicio. Eso que dices, ¿ha sucedido acaso, ó es un romance de los que tú inventas?

—Es un trozo de poesía palpitante que arranco de nuestra existencia, y te le ofrezco... Un romance parece por lo hermoso, y tú y yo le vivimos.

Sacudió la señora su cabeza rubia como para librarse de aquella fascinación, y afirmó luego:

—No se vive en romance; estamos hablando muchos desatinos... La vida es un tormento que hay que resistir con firmeza.

—¿Y si Dios nos envía el inefable consuelo del amor?

—Amor culpable Dios no le bendice.

—Yo no te ofrezco un amor condicional y transitorio, fiado á la hora presente, un amor de ocasión y de venganza que Dios no puede consentir; te estoy hablando de nuestra boda espiritual, del santo desposorio de nuestros corazones. El sufrimiento une las almas con lazos mucho más firmes que los de la dicha... ¡Deja que nos enlacen nuestras penas!

Sentada otra vez en el banco junto á Diego, con una voz adelgazada y lenta, María murmuró:

—¡Es imposible!

Y él, henchido de gozo al verla conmovida y vibrante.

—No tiembles—le decía—, no te asustes de mí; yo soy tu amigo y tu hermano, además de adorarte con toda mi alma de hombre y de poeta, con todo cuanto hay en ella de eterno y de divino... Estábamos predestinados el uno para el otro, y hemos peregrinado entre dolores para amarnos mejor y ser más buenos... Ya el destino se cumple y aquí estamos en la cita de amor, cita de boda...

María, con los ojos errantes en el cielo, abismada en deliquio sentimental, confirmó:

—Sí, se cumple el destino...

Ebrio de felicidad quiso el poeta besar las lindas manos de la dama, pero ella, volviendo de su éxtasis, le dijo con entereza y con dulzura:

—Ni siquiera la punta de los dedos.

Él entonces, humilde y reverente, se arrodilló á besarle el borde del vestido.

Hacia el lado del bosque se oyó rumor de risas y palabras, y María inquietóse murmurando:

—¡Ya vuelven!...

—¡Así nunca volvieran!—profirió Diego, y se levantó con el semblante húmedo, de lágrimas quizá, ó del rocío de algunas florecillas que al inclinarse acarició en la hierba.

Un suspiro de la noche se deslizó sobre los campos y aromó la vida.

En el celaje sereno se extendieron las estrellas con mansedumbre de bendición sacerdotal.

Horas intensas y milagrosas fueron para María las que siguieron á su «cita de amor» con el poeta.

Toda la noche la pasó celando sus sentimientos, en desafío con una tormenta de impresiones, bajo la cual temblaban su conciencia y su corazón.

Sola en su estancia, sola en su lecho, con los ojos cerrados y el alma abierta, sintióse desfallecer de miedo y de felicidad. Era al principio su miedo oscuro y silencioso, sin voz y sin imagen, un pavor inconsciente, con sensación de vértigo; y su felicidad era precisa y luminosa, era un halago desconocido y puro, que la mecía como en una hamaca y la cantaba con la voz de Diego romances deliciosos, colmados de promesas y glorias y alegrías. En su espíritu diáfano aquella dicha nueva y potente no podía quedar indefinida ni confusa, y así al nacer ya tuvo un nombre, una forma y hasta un destino; fué la realización de sus callados anhelos, el sazonado fruto de su corazón, cultivado en secreta vida de arte espiritual, la recompensa de sus inmerecidos padeceres. Fué el amor con toda su fuerza, con toda su hermosura; pero ¡ay!, que desde la celsitud de este amor pleno, el vértigo agitaba sobre María sus alas amenazadoras con un pánico soplo de exterminio... Enemiga de las sombras, diestra en luchar con los fantasmas de la imaginación, esforzábase ella en descubrir la traza y origen de aquel miedo, que la hacía temblar, como una hoja, en la altura sublime de la felicidad. Miraba en torno, y una luz celeste bañaba su conciencia y su corazón, ¡corazón y conciencia que temblaban en el baño de luz!... Aquel terror funesto, ¿de dónde venía? La atracción del abismo le dió á la enamorada la respuesta. Venía de la tierra, de lo humano... El peligro era cierto, la amenaza inexorable... ¿Que cómo se llamaba aquel peligro?... No lo supo María; ¿pecado?, ¿deshonor?, ¿traición?... No atinó con el nombre, pero lo mismo daba; cualquiera de aquellas cosas tristes, todas juntas acaso; el espíritu escudriñador y noble sólo encontró la boca del abismo, el lugar oscuro de donde emergía la trágica sentencia... ¿De quién era la voz que sentenciaba contra la inocente pasión recién nacida? Era una voz oculta, atrayente y fatal; voz sorda y varia, que tan pronto parecía gemir sumisa y feble como ronca gritar con acentos brutales. Atento, muy atento el oído, María escuchó la voz amenazante, fijos los ojos en el secreto arcano donde echa sus raíces el dolor; y acertó quién hablaba con voces poderosas y altivas, con roncos gritos y gemidos truncados; era la vida, la naturaleza, cuanto hay en la criatura de miserable y perecedero...

¡Noche trágica y grande! Toda entera la vivió María en lucha denodada entre luz y tinieblas, triunfando en el placer más exquisito al borde de una sima de llanto.

Ni una duda, ni una confusión, dejaron su huella sombría en el drama silencioso de aquella mujer. Ningún mal artificio la envolvió en sus lazos engañosos, que ella salió valiente á encontrar los riesgos de su pasión y de su dicha. Segura de que en el amor no se vive sin dolores, escogió de éstos los más puros, y sobre la santa desgarradora de su carne joven y hermosa señaló á su corazón un camino blanco y triste, una alta senda de sacrificios y renunciamientos.

Guardaría su amor como una joya espiritual, en avaro secreto, todo para ella, ¿qué otra cosa más suya, más eternamente suya que aquel fuego sagrado encendido en su corazón?... Así oculto el tesoro, nadie se le podría dañar ni perseguir, y aposentaría en su pecho, hasta la muerte, aquella gran tristeza, llena de extraña dicha...

Alboreciendo ya, por el balcón entreabierto al aire libre de la sierra, penetró la claridad, tímidamente, en el hondo aposento de María.

Del huerto y de las campas la ofrenda del aroma se deslizó también hasta el dormitorio, y adquirió la beatitud de la alborada una inocente expresión de plegaria infantil.

Por cumbres y veredas montaraces las esquilas sonoras del ganado dejaban una estela de vida brava y saludable.

La campanita aguda de la Virgen del Camino tocóelAngelus, y la mañana, desembozándose sobre la vega en lánguido desperezo, quedó mecida en un místico acento de oración.

Rezó María al son de la campana, incorporada en su lecho, con las rubias trenzas flotantes y la mirada llorosa.

Su ruego, triste y dulce, tenía arrullo de lágrimas, fervores de alabanza y de resignación, cálidos tonos de jurada promesa. Apenas le pronunció, el gozo de la paz descendió sobre ella y su alma, sana y fuerte, se apacentó á la luz de un divino consuelo.

Alto el sol en los cielos, sintió María en sus manos, tendidas sobre la colcha, unos besos muy dulces y mimosos. Despertó sobresaltada... Le tembló en los labios un nombre, en pugna entre el sueño y la realidad; y, ruborizada, toda estremecida, miró alrededor. Los besos eran de Lali, que la contemplaba sonriente, en una larga caricia de sus ojos dorados.

—¡Hija mía!—murmuraron los labios temblorosos, y Lali quedó envuelta en abrazo frenético.

Sorprendida la nena por la vehemencia de aquel abrazo, preguntó:

—¿Me quieres más que ayer?

—Siempre más, ángel mío... ¡Si tú supieras cuánto!...

Abrió la niña anchamente los ojos, con gentil mueca de placer, diciendo:

—¡Qué gusto que me quieras así!

Besó otra vez las manos de su madre, trémulas todavía, y alzando sobre ella un dedito muy mono y chiquitín, la riñó:

—¡Dormilona; son las once del día, y tú en la cama!

Corrió al balcón entornado, y abriéndole, traviesa, el cuarto se llenó con sol de cielo y con sol de los ojos de la niña...

En la región abrupta de Cantabria el gozo del verano, breve y único en la naturaleza, se viste de alegría salvaje que arrebata y conmueve, por lo extraña en un país donde, igual que las almas, valles, montes y cielos tienen siempre un halo de pesadumbre, una luz de crepúsculo y ensueño que parece trenzada con lágrimas y nieblas por el ángel de la melancolía. ¡Y hasta en el pleno triunfo del estío, con el atardecer y la alborada, la cántabra tristeza se estremece en los paisajes y los corazones!

Nimbó á María el esplendor de julio radiando en su aposento, y poseída del inmenso alborozo de la hora, sintió que su existencia se llenaba de sol.

La pareció la vida nueva, dorada y sonriente como las pupilas de Lali; el valle era distinto, un valle de leyenda y fantasía, quimérico lugar donde las más acariciadas ilusiones tomaban forma y nombre en realidades llenas de poesía y sentimiento...

Tan bella como nunca, con fulgores de pasión y de heroísmo en el semblante, acudió María, horas después, al proyectado paseo de la jornada.

La víspera habían convenido Diego y Gracián en ir hacia Reinosa, por las hoces, que Eva no conocía.

Salieron á las cinco de la tarde, cuando ya en el hondo camino que iban á seguir había caído la sombra huraña de la cordillera.

En un grupo amistoso iban los cuatro, y hubiérasepodido suponer que la dama morena y el galán caballero que la codiciaba, se divertían audazmente á costa de la señora rubia y el poeta, á juzgar por algunas miradas y sonrisas, algunas frases dobles y mordientes, saturadas de malicia y desdén.

Pero difícil era imaginar que detrás de la apariencia inofensiva de los don burlados, palpitaba una historia de gallardo amor, que era el tremendo desquite, la venganza providencial y magnífica de aquel mezquino antojo de Gracián y aquella loca vanidad de Eva.

Percatados de la mundana broma de que eran objeto, Diego y María saboreaban el encanto sutil de tener en sus manos el castigo de aquella burla tan vulgar y frívola; porque la posesión de la venganza que no se ha buscado ni se realiza, es un fino placer que no desdeñan los más delicados temperamentos... Grano de sal ática y sabrosa que sazona la vida, ¿á qué espíritu luchador y noble le habrá sido extraño?; en la eterna farándula del mundo su sabor agridulce pone siempre una amarga sonrisa de escepticismo, una mueca de piadosa ironía en las más bellas almas, bajo los apacibles antifaces...

Gracián, el poderoso, estaba ajeno de tener á su lado un goce superior que jamás gustaría. Ponderando la majestad augusta del paisaje, se encaró con Diego para decirle con protector acento algo insidioso:

—El ruiseñor montañés debiera de cantarnos esta hermosura espléndida...

Ya no era Diego el tímido doncel á quien Gracián confundía con sus ojos dominadores y su oratoria relumbrante; miró al buen mozo fijamente, y contestó muy serio:

—Estoy cantando.

—Pues no oigo nada...

—Porque estará usted sordo para ciertos cantares—dijo Diego con tal entonación que á Gracián se le quedó helada entre los labios una blanda sonrisa mofadora.

Para disimular su desagrado preguntó á las damas:

—Y ustedes, ¿oyen algún cantar?

—Yo también estoy sorda para cánticos—murmuró Eva á media voz.

María, un poco pálida, se estuvo silenciosa, tal vez escuchando la cantiga secreta; y por iniciativa prudente de Gracián, la conversación tomó distinto rumbo.

Pero quedó algo tirante la cordialidad entre los dos señores. Por encima de su carácter sereno y retraído, Diego devolvía á Gracián burlas y sátiras, en ataque certero más que en defensa tolerante.

Gracián se reportaba cortésmente, como si en clase de rival afortunado quisiera mostrarse generoso con su víctima. Y á cada momento miraba al poeta con menos osadía, con el vago recelo de que aquel hombre fuése más que un ruiseñor, acaso un ave altiva con garras temibles, como los azores que rasgaban el espacio sobre aquellas montañas altaneras, encumbrando la gloria de sus giros hasta el celaje remoto.

El paseo fué largo, á través de una senda tortuosa y trágica que Diego conocía. Los accidentes de la vereda brava sobre el río, desatado en el cauce profundo de las hoces, se prestaron complacientes á los íntimos coloquios del amor y la tristeza y también á los vanos juegos de la coquetería y el capricho.

Eva y Gracián parecía que llevaban prisa; se adelantaban de sus compañeros con tanta ligereza de paso como de conversación y sentimientos. Iban veloces, impacientes, livianos. Cuando se habían alejado largo trecho de la otra pareja, deteníanse un momento á esperarla, y sin llegar á reunirse con ella volvían á correr sobre el camino, encorvado y peligroso, encima del Besaya, que gemía en hervores torrenciales.

María y Diego caminaban despacio y abstraídos en el lenguaje de sus corazones, que subía á los labios, á los ojos, á la cumbre dorada de la cordillera y al mismo cielo, luminoso y puro, para bajar después, tremante y angustiado, al fondo del torrente, estremecido en sus crenchas de verberantes espumas.

Fué María la más diligente y animosa para romper el encanto de los primeros instantes de soledad, en que entablaron las miradas un mudo lenguaje de inquietud.

—Es necesario—dijo, con un treno dulcísimo en la voz—que ya no hablemos nunca como anoche.

—Entonces me condenas á no verte jamás.

—No; que hablaremos como hermanos y amigos.

—¿Lo exiges?

—Te lo ruego.

—Para obedecerte será preciso que huya de tu lado.

—¿Tan poco valor tienes?

—A veces el huir es una hazaña de valor y honradez.

—¿No decías que era posible un amor sin delito entre los dos?

—Ayer habló el poeta; hoy el hombre no teme al amor absoluto que tú llamas delito, pero el caballero tiembla al pensar que su pasión arroje una sombra, un dolor nuevo sobre tu santa vida.

—Sí, sí; dolor y sombra, y pecado también, nos amenazan, Diego.

—Amor de este linaje todo lo ennoblece y Dios lo mira con piedad; al mundo temo, y le temo por ti.

—A una mujer que atropella su honor, que falta á sus deberes, ni Dios ni el mundo pueden perdonarla.

—El honor... el deber...—murmuró Diego—mi conciencia vacila en esta lucha atroz de sentimientos que pugnan con todas las arraigadas creencias de mi vida, y estoy odiando ese montón de leyes y convencionalismos que atan un corazón á perpetuo yugo sin dejarle más esperanza que la muerte.

—Son decretos del cielo los que atan así los corazones—protestó María con mansedumbre.

—No; son absurdos lazos con que el mundo encadena. El amor es un sentimiento que nace libre por ley divina.

Una llama de ansia rebelde prendióse en estas frases, y la mansa voz imploró desgarradora:

—No hables así, por compasión; tus palabras atraen como la sima. Al escucharte, el vértigo me envuelve y me sacude, y me invade una loca tentación de lanzarme á las regiones de esa pasión desatinada que oscurece conciencias y caminos, y vuelve las creencias al revés... Tú no querrás perderme, condenarme, hacerme llorar siempre sin consuelo...

—¡No, no, jamás!—prometió el artista con vehemencia ardorosa.

Estaban en un tajo del sendero florecido en las peñas. Abajo, muy abajo, el río sollozaba entre juncales, despeñado en el fondo de las hoces.

—Mira—dijo empañecida la suplicante voz de la mujer—, mira cómo atrae esa hermosura trágica del torrente, esa profundidad de la sima con misterio de tumba... Oye cómo las aguas parece que dan gritos y nos llaman para contarnos un atroz secreto... A poco que estuviéramos mirando, curiosos como ahora y anhelantes, el vértigo nos empujaría y no habría salvación para nosotros.

Y una mano, frágil y nítida como las espumas del Besaya, tendíase hacia el precipicio en profético ademán.

Diego, espavorecido, se apoderó con fuerza de la mano breve, la detuvo en las suyas protectoras, y ofreció con acento seguro:

—Haré lo que tú quieras, lo que mandes, no pienses en peligros ni en desgracias que te vengan por mí. Mañana regresaré á Madrid con el pretexto de alguna urgencia literaria; activaré los preparativos de mi viaje á América y en septiembre me embarcaré.

—Sufrirás mucho—se lamentó la enamorada triste.

—Eso es lo que deseo: sufrir hasta desgarrarme las entrañas, y saborear el excelso placer de vivir muriendo por amor tuyo.

—¿Tanto, tanto me quieres?—averiguó temblando el clavel de la boca de María.

Con abrasada voz, exclamó Diego:

—Con un amor tan fuerte y decisivo que lleva dentro todos los amores divinos y humanos... Te quiero como quise á mi madre, como adoro á mi hijo, como venero á Dios... y además, más todavía... mucho más.

Palideció el clavel de los labios preguntones, al proferir:

—Calla, calla; blasfemas...

Pero la voz de fuego, interrogaba.

—Y tú, ¿me quieres mucho?

Quedó muda la boca roja y dulce, y al cabo de un silencio torturante, respondió con firmeza:

—Sí; te quiero también inmensamente.

Diego, transfigurado, fervoroso, murmuró:

—Pues no llores, no padezcas sin buscar las dulzuras benditas del dolor. Tenemos en nuestros corazones el secreto de la felicidad, que no consiste en unabienandanza pacífica, sino que es el ejercicio de todas las facultades del alma, la lucha heroica de todos los sentimientos, en torno á una gran pasión... Sólo aquellos que aman mucho saben lo que es felicidad...

—Y aunque pasen los años—dijo ella, avara de la prometida ventura—, ¿me querrás siempre?

—Para los sentimientos eternos el tiempo no existe, y el mío es de los que alcanzan más allá del tiempo y de la muerte.

Cayeron estas graves palabras del poeta en el hondo misterio de la sima y se acordaron con la eterna canción de las aguas, con esa estrofa inmortal que rueda por el mundo en cadencia de plegarias, arrullos y sollozos, besos interminables, y silbos desesperados de agonía; porque tal vez sea la voz humana á quien Dios ha confiado la misión de perpetuar toda la poesía, el dolor y la gloria de los grandes amores que pasan por la tierra peregrinos y errantes en las almas...

La tarde moribunda se recostó á la sombra de los montes.

Eva y Gracián hicieron por fin un alto decisivo para entrar en la vega con los rezagados paseantes. Marchaban los cuatro en extraña conturbación, como si llevasen el peso de una noticia sorprendente... En tan rara actitud les halló la luna al asomarse al llano; la luna llena, que mostraba en la redonda faz un gran asombro...

Un beso muy largo á su hijo, y á su mujer un ruego así:

—Quisiera que me dieses á menudo noticias de Tristán.

—Pero, ¿vas de viaje?... ¿Cuándo?... ¿A dónde?—preguntó Eva, atónita.

Y Diego, con voz sin inflexiones ni matices, dijo:

—Mañana, en el correo que pasa por Santacruz á las ocho, vuelvo para Madrid. Entre los periódicos llegados encuentro ahora una noticia que me fuerza á marchar.

—¿Volverás pronto?—insinuó, queriendo ser amable, la señora.

—Ya veremos—repuso el desertor evasivamente. Y no hubo medio de hacerle dar más explicaciones sobre su repentina determinación.

En vano Eva mariposeaba en torno del viajero mostrándose solícita para ayudarle en sus preparativos. Él, mudo y serio, diólos por terminados con prestezay se retiró á su cuarto sin más despedida que decir: «adiós», levemente.

Una hora antes, al dar las buenas noches en el jardín de Ensalmo, toda su alma se ofrendó á María en una llama intensa de los ojos y en un acento roto de la voz.

Fingiendo inesperada la partida, dejó Diego en su casa un recado despidiéndose de los señores vecinos, y María vió con impasible rostro la chanza con que Gracián comentarió el suceso, á la siguiente mañana, calificando de fuga aquel viaje. Tan alta risa armó, y mostróse tan despreocupado en sus burlas y alusiones, que los ojos azules y apacibles se clavaron en él un largo rato, fijos, fijos y desdeñantes con una expresión que obligó al osado á pestañear con cautela, como si el sol le diese en la cara de lleno.

Después de haber evitado con precaución el dardo lancinante de aquella mirada, por dos veces seguidas se volvió Gracián á contemplar á su mujer, dudando si lo que en ella le sorprendía era altivez, amenaza ó desprecio. Lo que fuése le sentaba tan bien á la dama rubia, que su esposo, mirándola, añadió á la sorpresa del descubrimiento una desusada admiración; y aunque la quiso hablar galante y fino, ella se alejó lentamente con traza distraída. La blancura espumosa de su bata dejó flotando en el pasillo oscuro una nota gentil, que se llevó prendidas las curiosas pupilas de Gracián. Luego que se esfumó el encanto de la silueta, aquellas pupilas, confusas en la sombra, dejaron reflejar un pensamiento vanidoso que expresaba:—Acaso María será capaz de sentir celos... Y una sonrisa dilatada y feliz, glosó este comentario.

A la misma hora, Eva desgranaba en sus labios burlones un gesto cruel de satisfacción, suponiendo, como Gracián, que Diego se marchaba celoso y lastimado y que María estaba muy cerca de sentir un tormento semejante.

Entretanto, el poeta se alejaba sumiso á uno de los dolores más vivos del amor: el de la ausencia.

Otra vez era esclavo Diego, pero ahora con una esclavitud definitiva y solemne de cuanto había en él de más escogido y envidiable. Aquel amor de ensueño y de nostalgia había madurado insensiblemente al sol de las penas, y ahora se mostraba en toda su razón y plenitud, revelado y confeso en el abandono de la ocasión tentadora. La fuerza interior, la ansiedad espiritual que habían llevado á Diego á ser poeta, hacían explosión en el sentimiento impetuoso que le llevaba hacia María. Bajo la apariencia tranquila de aquel hombre, un alma tempestuosa y romántica saciaba sus voraces deseos en el fruto sabroso de aquella pasión. Tan fuertes eran los anhelos de aquella alma descollante y bravía, que no se los aplacaron ni el arte, ni la gloria, ni el dolor. Ahora, su inagotable ternura hallaba cauce cumplido, y se desataban en ambiciones inmensas. Las incertidumbres, las prohibiciones, los deseos contenidos, las cadenas inquebrantables, encendían, castigaban, depuraban aquel amor, y le convertían en la más alta y sutil felicidad. Pero, al mismo tiempo, todas aquellas zozobras y aquellos obstáculos asaeteaban el corazón del amante en un suplicio violento. Huía la tierra, su amada tierra de Cantabria, puesta ya entre él y María comouna barrera; luego, montes, ciudades, llanuras, iban á separarlos; y por si esto fuera poco, el mar inmenso y misterioso, como sepultura del mundo, se tendería en medio de los dos, para siempre quizá... Bajo la punzada dolorosa de esta idea, todas las hieles posadas en el corazón, todas las humanas rebeldías se levantaban contra Diego para hacerle desear aquella mujer que era su única ventura. Contemplábala cada vez más admirable, llena de sentimiento y de gracia, de ternura y de piedad, arrebatada por la ardiente pasión que les unía, viviendo dentro de él con el alma y el pensamiento, pulcra y castísima como la paloma de San Juan de la Cruz, y le parecía que desear la dicha encarnada en aquella ideal criatura, era en él legítimo y santo.

Para más refinado martirio de la ansiosa fiebre de amor, el tren, después de correr como un loco por las entrañas de los montes, asomábase una y otra vez al diminuto valle, donde se erguía, con señorío de reina, la casa de Ensalmo, junto á la casita de Villamor. Colgado el camino férreo sobre las bravas hoces, en revueltas inverosímiles y temerarias, por tres veces pasó el convoy encima de la estación de Santacruz. Subiendo, subiendo siempre empinadas laderas, atravesando túneles y salvando precipicios, volvía á contemplar, en una y otra curva ascendente, la vega amable, tributaria de la noble casa de María. En un balcón, circundado de rosas, distinguió Diego perfectamente la figura esbelta de su amada... Aquél era su dormitorio, aquél su cuerpo grácil, envuelto en un ropaje blanco... Era ella, ella misma, que perseguíaal tren con sus ojos azules y clementes; ella, que alzaba en el copo de nieve de su mano un albo lienzo para decir: Adiós... Adiós...

Todo el profundo lecho del Besaya estaba señalado con una neblina triste y leve que á Diego le parecía nube de llanto. La mañana era pálida y dulce, de cántabra hermosura melancólica.

La mano vacilante del poeta respondió en la ventanilla, agitando un pañuelo, al adiós que le enviaban desde el trono de rosas del balcón...

Penetró el convoy en un túnel tenebrario, y después de una carrera negra y silbante salió á un llano espacioso, dejando atrás las imponentes hoces de Bárcena y la vega tributaria del solar de Ensalmo.

En aquella ancha llanura, que parecía sonreir gratamente á la vida, sintió Diego una brusca sensación de soledad y de abandono, como si la humanidad toda hubiese fenecido y él fuera el único superviviente de la catástrofe.


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