Flores de sangre y sol, en cuyos labios,la pura esencia del amor se bebe...
Flores de sangre y sol, en cuyos labios,la pura esencia del amor se bebe...
Flores de sangre y sol, en cuyos labios,la pura esencia del amor se bebe...
Flores de sangre y sol, en cuyos labios,
la pura esencia del amor se bebe...
MientrasNenúfardemostraba su sagacidad de hambriento solicitando los apetitosos favores de Rosita y cultivando los de Clara, más refinados y exquisitos, Gracián, que hacía las cosas en grande, se apoderaba, en el concurrido salón deLas Palmeras, de la admiración y el aplauso de todas las mujeres, derrochando sus artes y enamorándolas «por turno»...
Su apostura elegante, su continente varonil, su gracejo y su elocuencia le daban un indiscutible dominio en sociedad, donde jugaba con el propio prestigio como con una baraja, en temerarios alardes de buena fortuna, ganando siempre.
Al «mundo», á esa monstruosa entidad anónima que amedrenta á muchos hombres de talento positivo, le tenía Gracián deslumbrado con el brillo audaz de sus ojos, las vibrantes ondulaciones de su voz y el gallardo gesto de su persona. Y el terrible mundo, engañado como un niño, había tomado por admirable existencia la farsa seductora en que Gracián vivía.Mujeres fascinadas y hombres necios ó cándidos aseguraban que Gracián era un gran artista, un negociante genial, «un águila y un ruiseñor»; como decíaNenúfar, unsuperhombre...
Debajo de la estupenda fábula sólo había un perfecto comediante, un salteador de buenos caminos, disfrazado con arte de imaginarias virtudes. Cierto día apareció en la corte con aires de fortuna y distinción, diciendo que venía de París, en cuya Universidad había estudiado varias facultades. Como parecía rico y era guapo, y se decía «de buena familia», fué admitido en muy selectos círculos, logrando la amistad de personas influyentes. Tomóle bajo su protección la marquesa de Coronado, con harto detrimento de la honra y los dineros del marqués, y aquel mozo de origen oscuro subió como la espuma.
Graves disgustos costó á la de Coronado su flaqueza. Gracián no era lo que parecía. Hombre sin escrúpulos, dominante y codicioso, frío de corazón como la nieve, sólo atendía á su propio medro y á la satisfacción de su naturaleza inconstante y caprichosa.
La imaginación hacía en él las veces del sentimiento. Fabricábase un mundo de imágenes y ficciones, de rasgos fabulosos y aventuras fantásticas, y era en su pensamiento tan natural la mentira como un hecho vivo y presente. Mentía por necesidad y deporte, ejerciendo con la falsedad un arte sutilísimo, poseyendo de tal modo sus propias invenciones que las incorporaba á su vida haciéndolas reales á fuerza de creerlas y practicarlas.
Todo su poder estaba en la palabra, en aquella palabra encendida siempre en pasajeros entusiasmos; después de hablar mucho, embriagándose con ficticios ardores, quedábase como vacío. Desfloraba todas las cosas, hastiándose de ellas en cuanto las poseía.
Llegó la marquesa á conocerle á fondo cuando ya se hallaba hechizada por la sugestión de tan extraño carácter. Sufrió en silencio engaños y humillaciones, arrastrando como un castigo aquel amor culpable lleno de ingratitudes y amarguras.
Gracián no paraba mientes en tales cosas; dispuesto á la caza de «una buena dote» que supliese la vacuidad de su imaginaria fortuna, mariposeaba entre las mujeres aun en presencia de su amiga, la de Coronado, con una brillante y elegantísima insolencia...
Nutrióse con nuevos elementos la tertulia de los marqueses. La colonia madrileña de la playa encontraba desanimadas y «cursis» las veladas del Casino, y, tácitamente, acordaron los más distinguidos veraneantes asistir á las que enLas Palmerasse habían improvisado, encadenadas con jiras y paseos por los alrededores del balneario.
Aprovechando en aquellas gratas reuniones el conato de un silencio, la sonora voz de Gracián comenzaba con hábil estrategia un curioso relato; agrupábanse los señores complacidos en torno al orador, y al compás de un acento que repetía: «convenido... convenido...» las frentes varoniles se inclinaban en señal de aprobación; todas las atenciones quedaban sumisas al poderoso farsante, y todas las damas soñaban con ser la favorita de aquel galante taumaturgo...
Al fin, una noche presentó el marqués enLas Palmerasá Diego Villamor. Era el poeta un muchacho de aspecto simpático, de facciones finas y aniñadas, el pelo rubio, los ojos zarcos, la boca sonriente, mediana la estatura, tímida la expresión. Había en su figura cierta nativa elegancia; pero el busto algo encorvado y la mirada indecisa dábanle un aire de prematura vejez, de cansancio ó de tristeza.
Al penetrar en el salón una picante brisa de curiosidad agitó las ligeras cabecitas de las niñas veraneantes. Clara fué la única que le miró con ceño; las demás le brindaron protectoras sonrisas y placentera conversación.
Diego no se mostró muy comunicativo, y el lisonjero recibimiento que se le hacía pareció acrecentar su natural timidez y envolverle en un amago de inquietante torpeza. Con graciosa amabilidad salió la marquesa al encuentro de aquel malestar embarazoso, y tomando gentilmente el brazo del poeta, fuése á iniciarle en la amistad de las muchachas, contándole, con llaneza señoril, las menudas intrigas y bagatelas de aquel salón de verano.
La insinuante benevolencia de la dama no logró disipar la turbación del artista, y sólo cuando entre los grupos bullangueros columbró la delicada figura de María, sintióse Diego acompañado en la tertulia y guiado hacia un rostro amigo.
Juntos compartieron ambos jóvenes en el mismo valle natal las plácidas intimidades de la infancia, y, más tarde, al abrigo de una amistad serena, Diego le había regalado á María muchos ramos de rosas en las lindes del huerto, muchas rimas sinceras, improvisadas con ese arte primicial y balbuciente de la adolescencia, inculto y bravo perfume del corazón. Fué María su primera musa, la reveladora de sus primeras emociones, un delicado ensueño hecho carne y belleza de mujer. Ella había sonreído siempre sin coquetería ni complicidad al embeleso encendido en los ojos miopes del poeta; y ahora, en el ambiente frívolo de aquella sala abierta al mundo, también le sonrió, ingenua y bondadosa, como en los solitarios caminos de la aldea.
Logró Diego sentarse á su lado y ofrecerle, un poco anhelante, la rosa pequeña y linda que llevaba en el ojal.
—No es tan bonita como las de nuestro valle, ¿te acuerdas?—le dijo.
—Sí... allá arriba tú me las buscabas muy hermosas—respondió levemente la muchacha.
Pero en vano Diego perseguía los celestes ojosabsortos en la rosa. La niña blanca, de casta belleza, la musa de los lejanos senderos, alzó sobre la florecilla sus pupilas acariciadoras para dejarlas caer sin cautela en la sugestión de otras audaces. Siguiendo el camino de aquella mirada, comprendió el poeta que á su amiga la estaba Gracián enamorando.
Y se sintió otra vez solo en la tertulia, extraño y triste en aquella sociedad ligera...
También Eva se hallaba sola en aquel instante. Con frecuencia, al lado suyo hacíase un vacío desdeñoso por parte de las muchachas, que no acababan de perdonarle su hermosura, ni el orgullo con que la ostentaba. María en aquellas ocasiones acudía bondadosa cerca de la bella desairada, sin que Eva mostrase agradecer semejante favor, ni ofenderse con las otras crueles displicencias. Bajo el escudo de su recia altivez sonreía como una esfinge; atenta sólo á sus planes de conquista, contemplaba en silencio el «campo de batalla», como un experto general, y era precisamente María el blanco de sus temores. Delante de la niña rubia, desplegaba Luis Galán sus más necias y petulantes sonrisas; quemabaNenúfarel incienso de sus conceptuosos madrigales; modulaba su harmoniosa voz el «superhombre», y hasta la voz ronca del marquesito, al resonar junto á María, se apagaba dulcemente, como el suspiro de un violoncello.
Eva, despechada, conteníase á duras penas...; ¿iban á ser también para la «niña romántica» los obsequios de Villamor?...
Sin duda le nacieron inquietas alas á esta pregunta insidiosa, porque voló á lo largo del salón, posándose en los oídos de las señoritas veraneantes, y la alarma de esta sospecha llegó hasta la dueña de la casa que había puesto los ojos en Diego con la secreta intención de fraguar un desquite...
Por cierto que los ardientes ojos de la marquesa parecía que habían llorado...
Rosa, la doncellita gentil, le contó áNenúfaraquella tarde que el señorito Gracián había discutido acaloradamente con la señora marquesa en un escondido rincón del parque...
—Sé que es usted un gran poeta... y un hombre excesivamente modesto—decía Gracián, clavando sus ojos de águila en los tímidos ojos de Villamor.
Bajo la cruda sugestión de aquella mirada vaciló el poeta, respondiendo con voz insegura:
—Muchas gracias..., usted me favorece demasiado.
Sonrió Gracián, un poco burlón, y repuso con aire entre protector y desdeñoso:
—La modestia excesiva, la timidez, es cómo una niebla del talento.Audaces fortuna juvat.Los hombres, amigo mío, para cumplir una elevada misión, necesitamos hacernos duros y valerosos. No basta con tener talento, se necesita fuerza para imponerle. Todo gran pensamiento es agresivo, cortante, eficaz como una espada...
—¿Es usted poeta?—murmuró Diego, embelesado por las palabras sonoras de Gracián.
—Sí..., algo poeta..., pero un poeta de acción... Yo no hago poesía..., la vivo. Los viajes, los negocios, las realidades, son mis poemas... ¿Qué mejor estrofaque un pensamiento dominador que en un instante se hace dueño del mundo? Aborrezco la vida sedentaria, y le confieso á usted que no admiro esa poesía del surco, ocioso canto de cigarras en la pereza del verano... Ya que tiene usted talento y es poeta de verdad, abandone el rincón de su provincia, láncese al mundo, suelte esa timidez un tanto rústica de su persona y... algún día me dará las gracias por el consejo. Es usted muy joven..., según parece. Vaya usted por de pronto á Madrid, escriba para la Prensa y los teatros, busque usted el gran público, la popularidad, los halagos de la fortuna, las grandes emociones de la vida, el dinero y la gloria. Roto el hielo, consagrado el nombre, todo lo demás le será dado por añadidura.
La tertulia del marqués hallábase pendiente de los labios de Gracián. Aquella voz limpia y armoniosa, aquel tono de energía y suficiencia, capaces de vestir con brillantes galas los conceptos más falsos y vacíos, producían un efecto seguro en el frívolo auditorio. Estaba el marqués radiante; triste y conmovida la marquesa; entusiasmadas las niñas y hecho un puro caramelo el optimista López. María callaba pensativa; á su lado Eva ponía una sonrisa en el duro semblante, y Pizarro, el eterno disidente, repetía en un rincón:
—Palabras... palabras... palabras...
—Yo no sirvo para la lucha—decía Diego con ingenua sencillez—, mi mundo acaba tras de las tapias de mi huerto. No me seducen otras glorias... El amor y la poesía se reducen á un nido... ¿Por qué buscar tan lejos lo que está dentro del corazón?
Las humildes frases del poeta causaron una emoción extraña. Decíalas con voz fina y temblorosa; los ojos miopes brillaban con ardiente luz.
Gracián, un poco sorprendido, refutó victoriosamente las razones del vate, volcando sobre el trémulo mozo un aluvión de frases elocuentes, y mortificándole de paso con algunas ironías poco piadosas. Diego intentó responderle; mas la sugestión de aquellos ojos, clavados en él con fuerza, cortóle las alas del discurso, y calló al fin, balbuciendo torpes y débiles disculpas, azorado al descubrir en los rostros femeninos ciertas sonrisas mal disimuladas. Huyó á esconder su derrota en un rincón de la sala, donde fué acogido cordialmente por el gruñón de Pizarro.
Elsuperhombre, luego de haber «inutilizado» á Villamor, según frase de Clarita Infante, paseó con regalo sus finezas conquistadoras por todas las damas de la tertulia, y decidióse por fin, con seriedad extraña, á enamorar á María.
Con sus saltitos de pájaro y sus atrevidas intromisiones, Teresita Vidal descubrió el galanteo. Unos comentarios maliciosos volaron como dardos por la estancia cuando el descubrimiento «se hizo público», y sólo Luisa Ramírez tuvo para esta noticia sensacional un franco gesto de indiferencia que rodó en las murmuraciones como rara nota de bondad.
Pero en estos rumores sibilantes, levantados á la sombra de habituales sonrisas, no había tanto despecho ni tanto furor como en el maligno silencio con que Eva acogió la certidumbre de que Gracián se constituía en pretendiente «oficial» de María Ensalmo.
Durante algunos días acarició Eva la esperanza de aquella singular conquista; en elflirteogalante de Gracián hubo para ella halagos y promesas, y atizada su vanidad, fomentada su ambición, vióse vencida de improviso por la mansa hermosura de aquella niña contemplativa y dulce.
Altanera y rabiosa—es porque tiene dote—había pensado.
La amargura del desengaño irreparable cinceló en su cara morena una mueca despreciativa, y fué un vaso henchido de cólera su corazón, mucho más combatido por los celos que el de la abandonada marquesa de Coronado...
En aquella tormenta de sus ilusiones, apremiada por los años y la vergonzante pobreza, Eva Guerrero miró frente á frente á Diego Villamor, aprovechando aquel instante en que el poeta, fácilmente vencido por Gracián, se sintió forastero y desorientado en la velada deLas Palmeras, sin más apoyo que la adusta cordialidad de Pizarro.
No era Diego un extraño para Eva; vecinos de la misma ciudad, conocíanse todo lo que el retraimiento del artista lo había consentido. Admirábala él siempre por hermosa; ella no le había prestado nunca gran atención por considerarle pobre, pero últimamente el nombre de Villamor había corrido por España con entusiasta elogio, y el triunfo de su reciente novela le abría dilatados horizontes. Se le auguraba un puesto eminente en el mundo literario, y esto ya no era grano de anís.
En aquella misma sala había dicho doña Manuela,con sobrada razón, que Diego era «un buen partido», y haciendo Eva un rápido recuento de los méritos del mozo en sus aptitudes «para ganar dinero», vióle poderoso y encumbrado en plazo breve, «figurando» en Madrid como un personaje, en salones, ateneos y academias, rota al fin la corteza de aquel pícaro carácter tímido y bonachón...
Muy armada con todo el poder de sus hechizos, fuése Eva Guerrero hasta el rincón del poeta; le desafió «á lucha brava y singular» tendiéndole traidoramente el lazo y asegurándole primero con palabritas de miel. Sitióle al fin, con formidable asedio, disimulando entre gorjas y burlas incitantes, y Diego, maravillado, engañado, seducido, rindió sin gran defensa su alma exquisita, su noble alma, soñadora de huertos y de nidos...
Ya Gracián era novio de María. Las veraneantes en estado de merecer, dejando como cosa fatal aquellos graves casos de pasión, dedicáronse á otros menudos enredos, y consiguieron poner ceñuda y triste á la burlona Clara Infante, asegurándole que tenía una rival, y queNenúfarle era infiel en la misma quinta deLas Palmeras.
Teresita empezaba á divertirse un poco viendo errar sin destino la nítida sonrisa de Galán, y observando en Rafaelito síntomas alarmantes de locura amorosa.
Y cuando los dúos de las incautas parejas eran celebrados en el salón con ingeniosas travesuras, de aquel rincón del parque donde la marquesa y Gracián habían discutido airadamente, entró en la sala un viento de escándalo que impulsó á Benigna hacia su madre, para decirle, inverecunda y perversa:
—¿No habías tú pensado en Luis Galán... para un caso... como éste?
Miró á su hija la dama, sin pestañear siquiera, durante un largo minuto, y volviendo á otro lado la cabeza con aquel aire de altiva dignidad que le era propio, hallóse con el inofensivo semblante de López, que maquinalmente silabeaba:
—Convenido... perfectamente...
Y en el hueco de una ventana doña Cándida, adormecida y lastimosa, balbucía:
—¡Ay... Dios mío!...
En aquella mísera cárcel de su pecho tenía Rafaelito Coronado un compasivo corazón. A ratos sentía el mozo, por allá dentro, ciertos barruntos de hidalguía y hasta un poco de romanticismo sentimental.
Poseído de una de estas crisis interiores, halló á su prima sentada en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la niña blanca y dulce, estremecióla con su voz tonante.
—Maruja preciosa; díme si es cierto, de toda certeza, que tú seas novia de Gracián...
Ruborizada y sorprendida, quedóse María en silencio, con los divinos ojos un poco acobardados.
—Es cierto... por desgracia—tronó entonces el bronco acento.
—¿Por desgracia?—interrogó la niña, alzando vivamente la cabeza.
Aplació Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal confianza la breve mano de su prima, casi al oído, le rogó.
—Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con Gracián... Desconfía de él... y de «ellas»... y de todos en esta casa, menos de doña Cándida y de mí...
Y apenas dicho esto, giró sobre sus pies deformes y desapareció en el vestíbulo.
Vióle á poco María en el jardín, como si buscara ó soñara alguna cosa... Arrancaba las flores, las mordía, las estrujaba y las iba sembrando muertas por los caminos.
Le miraba la niña, suspensa, con un vago terror, y sólo cuando le vió hundirse en el misterio del parque, suspiró aliviada, como si despertase de una lúgubre pesadilla.
Acodóse en el mármol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante expresión llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas respondieron á la callada consulta.
La vasta llanura del Cantábrico era toda una mancha azul, cuajada de sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece que está escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y magnífica quebrábase en la orilla levemente, con blando embatir de olas y espumas que sonaban á rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte, con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y bodas delante de Dios...
Absorta en la grandeza del espectáculo, sintió María estremecerse su corazón en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasía con descansadosgiros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave y augural repetía en lo hondo de la conciencia «¡desconfía de él!»
—¿Por qué?, ¿por qué recelar siempre?—preguntábase la niña enamorada—¿Es acaso la vida una emboscada perpetua? ¿Es el amor tan ciego que ni valerse de las alas sabe? ¿Por qué temer cuando la tierra luce un espléndido traje de gala, y se está la mar dormida en excelsa quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...
—¿Por qué sufrir, Dios mío—suspiraba María—cuando la vida es una mañana de sol, y el alma una dulce llama de amores?
Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecías, y en las azules contemplaciones de la muchacha quedó flotando, trágica y amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...
Debajo de la terraza se rebullían unas faldas y unos cuchicheos. Las hijas del marqués salían á la sazón con Clara y Teresa hacia el balneario.
Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes transparentes, muy bonitos y escandalosos.
Charlaban y reían, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontró, viniendo del jardín con una opulenta carga de flores para adornar los aposentos. Detuvo Clara á la doncella con desgarrado impulso y preguntóle, llena de cólera:
—Díme tú... muchachuela... ¿de veras te has figurado que los caballeros que vienen á esta casa te cortejan á ti?
Al oir tal, quedó la chica inmóvil y absorta, gentilmente abrazada á sus hermanas las flores. Después, un poco encendido el semblante y algo quebrada la voz, replicó altanera:
—El que viene á esta casa á cortejarme no es un caballero... es... Simón Ruiz.
Tornóse de cera el rostro de Clarita; pugnó iracunda por desatar su lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la llevaron jardín afuera, ordenando á la moza, con fingida severidad, que callara y siguiera su camino.
Obedeció ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valentía, los finos escalones. Agitada y trémula de celos y de orgullo, fué dejando caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y así, en la escalinata de honor deLas Palmeras, testigo de aquella escena bochornosa, quedó triunfante con un rastro de flores, en plena gloria de sol, la huella donosa de Rosita...
Al caer la noche sobre la costa, los contertulios de la quinta salían al jardín y se iban disgregando en galantes parejas, bajo el quieto dosel de los árboles.
Pálida la luna en un cielo de tersa limpidez, asomábase por los claros de la fronda, poniendo su gentil resplandor en los misteriosos andenes.
Había un perfil desasosegado en las sombras enlazadas bajo la fantástica luz; un perfil rebelde, que tan pronto parecía el de un sólo cuerpo que dulcemente ambulase en la paz de la senda, como partido en dos airadas figuras, simulaba un grupo combatiente y furioso, desesperándose en la calma enervante de la noche.
EranNenúfary Clara, que agriamente reñían, paseando por el jardín. Decíanse agravios y quejas, discutían con mal recatado enojo; mas luego, un rayo indiscreto de la luna los dibujaba en el césped, inmóviles, y amistados en lagotera plática...
Por la alameda central, á toda luz, discurrían lentamente María y Gracián, coloquiando en traza de novios, más atentos al rumor de sus palabras que á la tranquila belleza de la noche.
Cerca de ellos, Diego y Eva, sentados en rústico sofá, se decían amores quedamente, con apasionada unción.
Y en otra arbolada calle, un poco más sombría, la risa de plata de Luisa Ramírez hacía contrapunto al vozarrón de Rafael.
Las señoritas de la casa acompañaban á los demás amigos, y, al través de los grupos pintorescos, Pizarro protestaba del calor, de la luna y de los novios, mientras que á López le parecía todo de perlas.
Hojas, flores y brisas, refrigeradas por el aliento bienhechor de la noche, escuchaban curiosas las carcajadas y los diálogos de aquellos felices huelguistas de la playa... También con las brisas y las flores, Rosita la doncella andaba escuchando entre los árboles...
Sonaron lánguidamente las cuerdas de un piano. Por las ventanas abiertas del salón cayeron á la sombra del parque unas divinas notas de cristal. La silueta romántica de Schumann paseó un momento por el jardín umbroso, cantando con delicada voz susLágrimas secretas, susNoches de angustia...
Era, sin duda, una mano de mujer, nerviosa y sentimental, la que pulsaba las teclas del piano.
Al escuchar aquellas notas alzóse Diego Villamor del escaño rústico, mirando con sorpresa hacia las ventanas de la quinta, que proyectaban en la sombra del parque la viva luz de los salones. De repente lavoz de Schumann se apagó en un sollozo, y tras la pausa de un amplio silencio musical vibraron los acordes delClaro de luna, el tristeadagiode la sonata de Beethoven. Las graves y profundas armonías causaron al poeta una impresión conmovedora. Sacudióle aquella ráfaga como un latigazo inclemente recibido al desnudo en pleno corazón; todo el dolor y la tristeza de la vida lloraban en aqueladagiocomo unde profundiscantado á orillas de un lecho nupcial, á la luz piadosa de la noche...
Notando Eva la emoción de Diego, echóse á reir alborozada, burlándose del poeta con aceradas frases...
La vertiginosa rueda de sensaciones, que en vorágine silenciosa giraba en la arboleda, tuvo entonces un extraño engranaje de pensamientos, y también María sintió, alarmada, que un tremante acento de dolor se acordaba á los sones del piano con las cálidas ternezas de Gracián.
Una superstición callada y penosa dolió en dos corazones al mismo tiempo con lancinante acometida.
La marquesa, en tanto, sentada en el salón ante la clave, desgranaba las notas dulcemente y Galán, muy rendido á su lado, volvía con lentitud las hojas de la partitura, luciendo una sonrisa intensa y blanca, como la del teclado marfileño sumiso á los hábiles dedos de la señora.
Arreciaba el calor; todo el oro solar caído en cálidos torrentes durante el día caldeaba la arena de la playa y tostaba la densa copa de los pinares. En la costa bravía, y en los gayos jardines ribereños, yacían las flores con desmayo estival, desabrochados los hondos cálices, entregadas á la caricia ardiente de la luz.
Descendía la tarde sobre el Cantábrico con exquisita diafanidad; llegada era, sin duda, la solemne hora que inspiró al poeta los alados versos:
«Harto acaso de vidasserenóse ya el mar, las costas callan;cansadas ó dormidassus turbulentas olas no batallan.Y si la playa suena,si mueve el agua espumas y rumores,su voz sobre la arenano amaga muertes, que suspira amores»...
«Harto acaso de vidasserenóse ya el mar, las costas callan;cansadas ó dormidassus turbulentas olas no batallan.Y si la playa suena,si mueve el agua espumas y rumores,su voz sobre la arenano amaga muertes, que suspira amores»...
«Harto acaso de vidasserenóse ya el mar, las costas callan;cansadas ó dormidassus turbulentas olas no batallan.
«Harto acaso de vidas
serenóse ya el mar, las costas callan;
cansadas ó dormidas
sus turbulentas olas no batallan.
Y si la playa suena,si mueve el agua espumas y rumores,su voz sobre la arenano amaga muertes, que suspira amores»...
Y si la playa suena,
si mueve el agua espumas y rumores,
su voz sobre la arena
no amaga muertes, que suspira amores»...
El salón de los marqueses abrió sus puertas de par en par sobre el parque frondoso, y la familia, con sushabituales amigos, buscaba en animados grupos la regalada sombra del boscaje.
En el palique de aquella gente ociosa y novelera, pasto de toda malsana curiosidad, eran tema favorito las bodas de Eva y de María. Juzgadas tales bodas como ciertas é irremediables, las mocitas casaderas que estaban en turno hiciéronse benévolas y afectuosas alrededor de los novios.
Decíase de ellos, no sólo que formaban dos gallardas parejas, sino que la conveniencia de ambos enlaces era visible y acertada. Con su hermosa cabeza de Apolo, su ciencia de la vida y su trato seductor, Gracián Soberano era el marido ideal para la noble niña acaudalada, indefensa y tímida paloma. Y la colmada hermosura de Eva Guerrero, su hidalgo linaje y su dominio de los salones, digna corona serían del poeta.
Ufana y ambiciosa, maquinando grandezas y esplendores, quiso Eva asomarse á las puertas del porvenir. Soñó una vida muelle y regalada en la corte; un trono para su belleza en aquella sociedad aristocrática; una existencia de triunfo y de placer... Y el novio artista, hechizado por el mismo sueño y abrasado por Eva en un incendio voraz de los sentidos, ponía sobre su cabeza todos los deseos desbocados del corazón de aquella mujer, duro corazón rebelde al dolor de la vida, sólo inclinado y dócil á la ambición y á la lisonja.
En la atormentada juventud de Diego, Eva ejercía una mortal fascinación. Con ser en sus novelas Diego un agudo psicólogo, carecía de todo sentido práctico. Hízole el dolor poeta, pero no le enseñó á vivir ni le adiestró en los crueles engaños del mundo. Empujadopor la enlutada soledad de su niñez, cayó de rodillas en la negra noche del sufrimiento, delante del eterno manantial donde lágrimas y penas fluyen con el incesante lamento de la vida. Aplicó sus labios febriles al humano caudal, abierta el alma, sediento el corazón; y de sus años de abandono y pequeñez alzóse con la sagrada lira entre las manos, derretido el pecho en piedades y ternuras, llena la imaginación de luces y de sombras. Colmada su inspiración en el raudal saludable del llanto, sus canciones eran al propio tiempo viriles y sentimentales, tempestuosas á veces, á veces serenas y apacibles, impregnadas siempre en la poesía norteña, romántica y triste. Sollozaba en sus versos el Cantábrico, gemían los robledales montañeses, é iba la niebla prendiendo sus gasas de pena en pena por el mundo.
Niño y poeta, Diego Villamor, entregado precozmente á la soledad y al silencio, cayó deslumbrado á los pies de Eva. Todos los sentimientos puros engendrados por la desgracia en su pecho sin hiel, fueron á decorar como devota ofrenda el pecho vacío de la hermosa. Y allí abatieron sus alas trémulos y heridos, sin hallar un asequible rincón de piedad en la altiva muralla de carne, hecha mármol. Su alma de artista quedóse rendida y suspensa delante de aquella escultura viva y lozana, que le era prometida en amoroso brindis de traidor beleño. Y en su sed de vivir, sintió el poeta, nacido, como todos los poetas, para sufrir y amar, estremecerse las dos raíces de la vida: el deseo y la esperanza.
La esperanza y el deseo rutilaban, también, en lasazules pupilas de María Ensalmo, en aquellas sosegadas pupilas que sabían mucho de lágrimas. Un tumulto de sensaciones nuevas movía inquietudes y afanes en el quieto remanso de su espíritu, y, acaso, lenta y sutil, una brisa de orgullo mecía el plantel de ilusiones de su juventud en flor. Crédula y soñadora, las alas de su fantasía se quemaron presto en el halo de superioridad y grandeza que la alta crónica mundana ponía en las sienes de Gracián. Fué con alegría infantil su dama predilecta en el íntimo veraneo de la quinta; fué después con secreta delicia, su enamorada, y al fin, con férvida rendición, su prometida esposa.
Quería Gracián llevar á término el noviazgo con las ardientes prisas de una recia pasión, y el marqués de Coronado, como tutor de la novia, intervino complaciente en las negociaciones matrimoniales, acortando caminos y diligencias.
Así quedó cautiva al primer vuelo aquella blanca paloma del hondo valle montañés. Y así, cuando ya las florestas agonizaban y los días serenos eran idos, florecían los azahares en la pura meditación de una frente, y unos horizontes risueños se abrían á las preguntas curiosas de una mirada.
Corría el mes de Octubre. Flotaba el celaje bajo y ceñudo; las gaviotas, agoreras y tenaces, volaban en anchas curvas sobre las olas, y el estruendo de la marejada confundía su voz en los pinares con el duro ventar. Balanceábanse entre las nieblas de la bahía las sombras de los barcos, trágicas sombras en la tristeza enorme de los crepúsculos.
Allá, en la playa, los hoteles parecían dormidos, con los párpados de sus persianas caídos encima de puertas y balcones; las vistosas casetas de los baños, desmanteladas ya, se aselaban en lo alto, apretadas y tímidas, contra las garras de espuma con que la mar subía por la arena. De la festiva decoración de aquellos lugares de placer sólo quedaban algunas toscas cifras grabadas en los troncos de los pinos, huellas de amoríos fugaces; el esqueleto ingrato de algún ramaje triunfal, ó el trapo roto de alguna flámula, oscilando al viento en la desolación de los arcos desnudos. Las tardes breves se desmadejaban con aflicciónen la montaña y en la costa, sobre jardines marchitos y viviendas cerradas; muertas las hojas, gris la marina, y amarillo el paisaje.
Unicamente la quinta deLas Palmerasdaba señales de vida en aquella otoñal decoración. Los de Coronado aguardaban el próximo enlace de María, para asistir al dichoso acontecimiento antes de regresar á Madrid.
Rezongaban las niñas y renegaban de los novios; pero Rafaelito, el dios de la casa, se había puesto al lado de sus padres en aquel deseo, menos acaso por cumplir un deber de familia que por asonantar su vozarrón con la risa musical de Luisa Ramírez.
El marqués, muy interesado en el Casino con algunas serias partidas debaccarat, no se impacientaba gran cosa en aquella desapacible espera. Y su satéliteNenúfar, habíase convertido, con el mayor desenfado, en huésped de la quinta, apenas su protector se lo indicó al cerrarse las fondas veraniegas. También Clara se prestó generosa á compartir con las de Coronado la cruel prolongación del veraneo, en aquella dura soledad deLas Palmeras, sin excursiones ni tertulias, desatadas sobre la marina ribera todas las tristezas del Norte.
Huídas con septiembre las últimas veladas del estío, ya las niñas no tenían para divertirse ni siquiera las genialidades de Pizarro, el primer fugitivo de la costa, ni los dichos un tanto grotescos de doña Manuela, ni aun los suspiros lastimosos de doña Cándida.
A poco de esconderse María en su hidalga casona del valle á preparar sus desposorios, fuése Gracián á la corte con igual propósito, en apariencia; y desfilaron también otros íntimos de los marqueses, entre ellos Teresita Vidal. Eva y Diego se recluyeron en la ciudad vecina para tejer á solas, sin testigos burlones, sus magníficos proyectos. Y la graciosa y bella Luisa Ramírez se dejó galantear en su casa por Rafaelito, con más regalo y holgura que en la quinta deLas Palmeras, donde se halló un poco descentrada y recelosa cuando se fué iniciando en algunas intimidades de aquella gente cuyo trato era nuevo para ella. El más rezagado veraneante de la temporada había sido Luis Galán. Cuando la última puerta hospitalaria se hubo cerrado, blanquearon los dientes del buen mozo entre los disciplinados rizos de su barba, en sonriente despedida, y las desenvueltas niñas de Coronado hicieron en presencia de su madre algunas cínicas manifestaciones de duelo...
Sucedía esto á la hora en que una tímida puesta de sol inflamaba el confín remoto del Cantábrico; y aquel fugitivo rubor del horizonte llegó á la quinta mundana como un rojo destello de ira, como una protesta silenciosa, que la pureza del mar y del cielo mandaban á la tierra miserable.
Ignorado quedó el motivo que retuvo áNenúfarcerca de sus ilustres amigos, en la destemplanza otoñal de la ribera. Pudo ser una condescendencia de gratitud hacia el marqués, una doble exigencia de amor, ó un acoso inclemente del hambre. Díjose por entonces que había perdido en Madrid la plaza que tenía en un periódico, y que ya no le quedaban de sus glorias literarias más que el blando pseudónimo deNenúfar, la gardenia contrahecha, y un traje de verano, á grandes rayas, un poco desvaído de color, y á trozos algo «sonriente»...
Lo cierto era que el pobreNenúfarandaba escalofriado y macilento por los desiertos parajes de la playa y por las estancias de la quinta, soportando estoico y glacial las mordaces cuchufletas de Rafael mientras le tendía la mano importuna en demanda de un cigarrillo.
Cuando más triste era su semblante, más apiadada y crédula se le mostraba Rosa. Hábil y falaz, arriesgaba él promesas de matrimonio que ya la moza iba encontrando llanas y hacederas. Desenmascarado Simón Ruiz, se le aparecía como un infeliz señorito de capa caída, humilde plañidero de salones, que se ganaba la vida «sacando de su cabeza» historietas y coplas, lo mismo que otro jornalero saca piedras de la mina ó las machaca en el camino real. Ya los mozos de su clase le parecían á Rosa ignorantes y soeces, y adiestrándose en traducir el pintoresco lenguaje deNenúfar, hallaba insípidos y groseros los requiebros de los menestrales que se peinaban para ella. Su altanera cabecita urdió una quimera sensacional, y vióse emparejada con el poeta por la vida adelante, vestida de señorita estrafalaria, al estilo de su esposo, con guantes y sombrero, con entrada libre en las casas distinguidas, y con práctica donosa en el uso de raras y sonoras frases.
Admitido, al fin, el programa de boda, acordaron ambos realizarle en la próxima primavera, y, entre tanto, la prometida esposa exigió que su futuro dejase de obsequiar á la señorita Clara, con quien no quería ella compartir ni una sola mirada del poeta. A todo accedió él, muy rendido y complaciente; pero aconsejando á la niña un cuidadoso disimulo de aquellos planes, para que nadie en la quinta impidiese las furtivas entrevistas de los novios.
Embaída Rosita la bella, y astuto el cesante literato, buscábanse al anochecer bajo el mustio dosel de los pinares, desafiando con denuedo los gélidos rafagazos del vendabal. Estaba ella rebosando de orgullo como «novia formal» del señorito, yNenúfarventilaba su mal humor con el aire mimoso de las palabras de Rosita.
—Háblame «en francés»... ó en lo que sea... ¡anda!—díjole, en una cita la muchacha, al truhán de su novio—Háblame en esa moda que dices se estila ahora en libros y en papeles...
—Impoluta y viripotente Rosita—contestóNenúfarcon mucha seriedad—¡cuántome gustas!... ¡qué olímpico espectáculo me ofrendas en este lugar soledoso!...
—Oso...—repitió el eco en la concavidad de una peña vecina.
—Afinojado á tus pies en el lindor de la boscuria, yo olvidaría del mundo los aferes...
—Eres—resonó en la roca, apenas el galán se dió un respiro.
—Embeleñado con el monorítmico...
—Mico—dijo al punto el sonoro espacio.
Soltó Rosita los cascabeles de una jovial carcajada, y con sabia simplicidad objetó:
—El eco se está burlando de ti... Primero te llamóoso, bien clarito; y ahora, con mucha gracia, te ha espetado:eres... mico...
Quedóse la muchacha contemplando al tenorio, algo corrido por la singular bromita, y su agudeza de observación le sugirió rápidamente la idea de que, en efecto,Nenúfarera un mico... Esmirriado, melenudo, vestido con vergonzante ridiculez... ¡era un mico!...
Pero la vena romántica de la muchacha lanzó á escape su cálido chorro de fantasía sobre la desnuda realidad, y con fervor de ilusa corrigió la inconscientemeditación, diciéndose: ¡qué ha de ser un mico... es un «poeta modernista»!...
Y aun temblaba en el aire la libre locura de su risa burlona cuando, tornando á su embeleso sentimental, susurró:
—De todo lo que hablaste, sólo entendí:me gustas mucho...
Tendió él la mano avara hacia la niña; pero ella, por instintiva delicadeza, tomaba muy en serio su papel de «novia para casarse» y esquivaba los atrevimientos del mozo, pensando con desdén que tales libertades eran para consentidas por una doña Clara, canija y fea, sin pudor ni esperanzas..., no por ella, la gentil Rosa, codicia de cien futuros maridos...
Vencedora y ufana, sin dejarse alcanzar, le fué diciendo:
—Se hace de noche, cuéntame pronto aquello que empezaste...
Muchas cosas le hubiera contadoNenúfaren regalada intimidad, al encubridor amparo de los pinos, pero estaba seguro de que era imposible hacer entrar en su vereda de lobo á aquella cordera montesina. Chasqueado el muy pícaro, pensó ganar en la partida lo que buenamente cayera, y así, otra tarde, en el mismo lugar, le dijo á Rosa con grave continente:
—Vuelvo á la corte... Al despedirme de ti, preciosa, quiero jurarte que vivirás siempre en mi pensamiento.
—Miento—replicó implacable la irónica resonancia.
Azoróse Rosita, algo miedosa, y el embaucador empezó á hablar callandito, enojado con el eco.
—En mi pensamiento vivirás como reina absoluta, hasta que vuelva á buscarte con los papeles en la mano...
—¿Pero de veras te vas?
—Sí; parten ya los marqueses para la boda de su sobrina, y yo no puedo quedarme sin llamar la atención... Y lo peor es, que temo no recibir mañana el dinero que necesito para llegar á Madrid...
HablabaNenúfar«en castellano», reposadamente, y miraba á Rosita con ansiedad.
—¿Y quién te manda ese dinero?
Tras una breve vacilación se hizo traviesa y divertida la expresión deNenúfar, para responder:
—Pues... no sé si tú le habrás oído nombrar... un señor de muchas campanillas, un tal Don Homero... que hace versos conmigo...
—¿Don Homero?... No... no caigo... ¡Si fuera Don Honorio!... A ese le conozco mucho porque va á mi pueblo todos los veranos...
Recreándose en la credulidad de la muchacha, muy risueño,Nenúfardijo al punto:
—Este no ha ido nunca á tu pueblo... me parece... Es un señor muy distraído...Aliquando dormitat...y si no se acuerda de mandarme á tiempo esos cuartos, voy á pasar mañana un sofocón...
—Yo tengo cinco duros... si fueran bastantes...
Pronto y alegre respondió el bohemio:
—Sí, con cinco duros ya me puedo arreglar... En cuanto llegue á Madrid se los cobro á mi socio, y te los remito...
Con la satisfacción del triunfo había levantado lavoz el galancete, y la costanera roca se apresuró á repetir:
—Mito...
Quedó el eco prendido en el espacio como una advertencia ó como un reproche; pero Rosita no pudo recoger el extraño aviso, ignorando que «mito» fuése una palabra expresiva y útil, acaso sentenciada en los aires para ella.
YNenúfarno estaba para reparar en coincidencias acústicas, gozoso de no sacar vacías sus aprovechadas manos, en aquella singular aventura veraniega.
Junto á la verja blasonada, el automóvil de los marqueses, un doble faetón magnífico, estaba dispuesto. Ocupáronle las señoras mientras el marqués montaba en el Panhard de su hijo, que esperaba también.
Partían camino del valle hermoso y triste donde María Ensalmo levantaba el altar de sus bodas. Iban las damas alegres porque muy pronto regresarían á su amado Madrid; parecía que la marquesa había envejecido un poco; mas la albura sutilísima del velo que nimbaba su semblante y la volubilidad graciosa de su palabra, dábanle en aquel momento una traza juvenil y placentera.
López, el incansable amigo provinciano, última visita deLas Palmeras, había acudido á despedir á los viajeros, y contempló á la marquesa con tan intenso arrobo, que hasta sus tercas muletillas le temblaron cobardes en los labios.
Loqueaban Isabel y Benigna embromando á Rafaelito, que estaba callado y mustio, y Clara Infante, un poco distraída, miraba con obstinación hacia el recodo lejano del jardín.
Por aquel lado apareció Rosita la doncella portadora de un ramillete de pálidas flores otoñales. Ella también partía aquella tarde para su aldea, á esperar en vano al andante caballero de sus quimeras. La preciosa carita de la muchacha estaba algo llorosa; bien temprano aquel día pagó la inocente cinco duros, casi todo su capital, por una burbuja de ilusión. Camino de Madrid ibaNenúfaren un coche de tercera, dispuesto á sumergirse de nuevo en la oscuridad, hasta que una ventada de la suerte le trajese otra vez á los salones para escribir melosas crónicas y recitar versos.
Ofreció Rosita las últimas flores del jardín á la marquesa y á sus hijas, sin reservar ninguna para Clara.
Desde el lujoso tren, la señorita se inclinó hacia la moza, y le pagó el desaire con estas palabras crueles:
—Espérale sentada... ¡idiota!... ¡ya estás fresca!...
Vivamente, replicó Rosita á media voz:
—Vaya usted corriendo á ver si le alcanza...que yo no le he dado más que cinco duros...
Partió rápido el automóvil como si al conjuro de aquella réplica mordiente volase en pos de algo muy precioso y difícil de rescatar, perdido, tal vez bajo las hojas que en la arbolada ribera tejieron al amor dulces doseles, hojas agostadas ya como un despojo de muertas alegrías...
Quedaron solos, frente á frente, Rosita y López, á la par de la verja.
Dentro de la quinta preparaba el viaje á Madrid la servidumbre, precediendo á los señores, y las puertas se plegaban con estrépito en la muda quietud de las fachadas.
Por decir algo, acertó López á decir:
—Perfectamente...
Y bajo la densa brumazón del horizonte, flotaron, como un comentario maligno y sentimental, una sonrisa y un suspiro de Rosita la bella...
—¡Qué guapa eres!—le decía el niño levantando hacia ella el pálido semblante—¿Por qué yo, madre, no tengo como tú la cara de color de rosa?... Cuando vamos por la calle todos te miran y te echan flores... ¡Eres tan linda..., tan alta..., tan fuerte!...
Y en la vocecilla apasionada del pequeño tembló con las últimas palabras una inconfesa ambición de fortaleza y poderío..., el oculto dolor de su debilidad enfermiza y achacosa.
No advirtió Eva que un acento apesarado lloraba secreto en las ponderativas frases de aquella infantil devoción.
Aceptó el homenaje de su hijo con sonrisa enigmática y, sin contestar á la pregunta triste, murmuró:
—Sí..., muy linda..., muy fuerte... ¡y muy elegante!... Hace un año que llevo puesto el mismo vestido...
Y rió con acritud, bajo una torva mirada que recorrió la estancia, posándose con hostilidad en el humilde mobiliario.
—Ya lo sé—dijo el niño con precoz razonamiento—, es que papá gana muy poco y somos pobres... Pero no te pongas triste, que si yo crezco ganaré mucho más que mi padre y te compraré muchos vestidos y muebles y adornos... Ya verás..., si yo me pongo bueno..., si me hago un hombre...
Y quebróse la voz prometedora en un silencio pensativo, como el compás de espera de una música doliente.
A los lados de la carita, bella y lánguida, los rizos nazarenos cayeron sobre los hombros débiles del niño, con una ondulación sombría, que hizo más intensa y lamentable la blancura anémica del rostro.
En los profundos ojos de Tristán, africanos y hermosos como los de su madre, brillaba una extraña ansiedad, mezcla de altivez y de miedo.
Atenta la señora á sus íntimas preocupaciones, tocada en el corazón por otros cuidados, no reparó en la macilenta expresión de la criatura ni se dolió de aquella traza lamentable más que para decir:
—Te pondrías bueno si fueras los veranos á una playa..., si tomaras los costosos reconstituyentes que te mandan los médicos..., si tuvieras regalo y diversiones como otros niños delicados... Así..., con la vida de mendigos que estamos haciendo..., te morirás...
—¿Que me moriré, dices?—clamó el niño—¿Es de veras, madre?... ¿Dices de veras que me voy á morir?... ¿cuándo?... ¿pronto?... Tengo miedo, mamá; mucho miedo..., mucho frío..., no quiero, no quiero morirme...
Y se refugió, loco de terror, en el regazo de su madre.
Dulcificóse en ella la fiera sonrisa y se amansó el acento indómito, al recibir al niño sobre su corazón.
Acariciándole, con blanda voz sumisa, le calmaba:
—No te asustes, hijo; lo he dicho... por decir... Tú sanarás... serás alto y fuerte como yo... ganarás mucho dinero, y entonces viviremos juntos y solos... seremos felices...
—¿Y papá?
—«Ese»—pronunció Eva con lenta voz cortante y helada—tiene bastante compañía con sus coplas... le dejaremos en paz con la poesía...
—¿Y no le daremos nada de nuestra riqueza?
—No le hace falta, tonto... Para soñar y llorar y componer poemas, conuna mesa de pintado pinoya es feliz tu padre... Nada le debemos; mira lo que él nos da... ya ves cómo nos abandona... Vivimos años hace en este horrible piso interior, sin sol y casi sin aire... yo no tengo ropa decente que vestirme... tú no tienes remedios eficaces para tu enfermedad... comemos mal... pasamos una vida miserable y odiosa...
Apenado el niño por aquel relato acusador, que ya de otras veces conocía, preguntó impaciente:
—¿Y por qué á mi padre le gusta soñar y llorar?... ¿Lo sabes tú?... ¿Estará también enfermo como yo, ó es que no quiere trabajar?
En vibrante discurso, que el niño era incapaz de comprender, la dama, enardecida en sus querellas, fué diciendo:
—¿Trabajar?... no sabe... no quiere... está fuera deeste mundo... padece «el mal sagrado de los poetas», el estúpido «mal de Leopardi» y otros locos por el estilo... una enfermedad muy cómoda, sin duda, pero que debía estar penada por las leyes... por lo menos en los hombres casados... porque mientras ellos plañen y suspiran, y en traza de orates escrutan los misterios humanos y divinos, su casa se empobrece y su familia arrastra una existencia vergonzosa...
Hablaba Eva con furia mal contenida, con despecho mordiente, y sus magníficos ojos radiaban soberbios bajo un liviano cristal de lágrimas.
Iba entrando la noche despacito por la estancia; avanzaba sigilosa por los rincones, y prendía su manto invisible encima de los muebles y los muros.
Miraba Tristán muy pensativo cómo las impalpables tinieblas iban creciendo en torno.
Ya sólo á la vera del balcón se tendía, moribundo y cobarde, un retazo de claridad.
Levantó el niño la meditación de sus ojos sobre los vidrios descubiertos, y detuvo la tímida ansiedad de su mirada en un pedacito de cielo hermoso que aparecíase clemente, al borde de un tejado vecino.
También Eva, en inconsciente persecución de la luz, había vuelto su rostro enojado hacia la azul maravilla...
Todo el cuarto quedó en la sombra, y el niño se había dormido, escalofriado y suspirante, en los maternales brazos.
Alzóse Eva del sofá con la carga leve y penosa del hijo enfermo, y le acostó con cuidado en la cama, abrigándole solícita.
Inclinada sobre él, quiso observarle, un poco alarmada por el creciente abatimiento de la criatura, y por el febril sopor que le postraba, cada tarde atormentado y quejoso.
Era la oscuridad casi completa, y la madre sólo vió, bajo el manto sin pliegues de la sombra, blanquear la menuda carita como un exvoto de cera, yacente en un altar negro.
Apartóse de la cama con movimiento brusco y otra vez se dejó caer en el sofá, colérica y agitada. De nuevo su alterado rostro volvióse hacia el jirón celeste que se asomaba en lo alto de la vidriera.
Suspendido sobre la negrura del gabinete, el pedacito azul de la excelsa mentira, daba al silencioso cuadro una nota de luz y de alegría, tan lejana, tan pequeña, de tan desgarrador contraste, que Eva no pudo sustraerse al influjo de aquella intensa impresión, y rebelde al dolor sombrío de su pobre estancia, clavó con reto audaz sus endrinos ojos en la remota promesa celestial. Largo rato, con brava expresión, estuvo desafiando á la divina esperanza del horizonte. De pronto se levantó, brutal y amenazadora, y cerró con un golpe violento las maderas del balcón. A tientas volvió al sofá, hundióse en él desesperada, y rompió á llorar ruidosamente... Sentíase impotente contra la infinita tristeza que de aquel imposible azul descendía sobre su vida oscura.
Giró la puerta con precaución, y se encendió en el gabinete un globo de luz roja y tímida.
Demudado y ansioso, Diego preguntó en el dintel:
—¿Por qué lloras así?..., ¿qué sucede?, ¿está el niño peor?
Alzóse Eva altiva entre sus gemidos, y tras la cortina de su llanto brilló fugitivo el gozo cruel de verse sorprendida en aquella desolación que justificase una escena borrascosa entre ella y su marido.
—Pasa lo de siempre—contestó en son de guerra—, que esta vida es intolerable y que el niño se morirá por tu culpa.
—¿Por mi culpa?—balbució Diego—, ¿tú sabes lo que dices, mujer? ¿Tanto me odias que pretendes infamarme con el más horrible de los delitos?
Hablaba sorda y amargamente, y se le fué acercando bajo la indecisa luz de la lámpara, como magnetizado por el abismo de los tenebrarios ojos que le acechaban.
Cada vez más erguida y arrogante, Eva repuso:
—No, si yo no te odio... Si lo que yo tengo de ti es lástima..., mucha lástima... Me pareces sencillamente ridículo con tu aire de doctrino y tus debilidades infantiles.
—¿Pero qué es lo que quieres?..., ¿qué exiges de mí?... ¿No hice cuanto pude por darte la felicidad?...
—Buena felicidad la tuya... Un amor desharrapado y miserable que sólo sabe suspirar..., un hogar mustio y frío, asilo de toda pobreza..., un espíritu temblón y cobarde, lleno de preocupaciones y timideces... Guarda tu felicidad y saboréala tú solo... Yo no la quiero.
Retrocedió el artista avergonzado y trémulo, como si aquellas frases descomedidas le abofeteasen el rostro... Con herido acento murmuraba:
—¡Ah criatura malvada y pequeña!..., ¡cómo sabes meter el puñal en el corazón y apretarle allí clavado!... ¿Por qué antes no te conocí como te conozco ahora?... Te amé como un insensato... Tus ironías, tus burlas, me desgarraban el alma dulcemente... Te entregué el tesoro de mi fe y de mi amor para que tú lo arrojes con desprecio...
—Injúriame, ya que no puedes disculparte—gimió ella indómita.
De nuevo el marido avanzó desesperado.
—¿Injuriarte yo?... Si digo la verdad... la triste y tremenda verdad... ¡Cómo te he querido, mujer!... ¡Todavía te quiero!... ¡Si tú supieras lo que sufro... lo que sufro por ti!...
—Yo no tengo ventaja ninguna con tus sufrimientos sentimentales, inútiles... lo que quiero es no sufrir yo...
—Pero, ¿qué me pides?... He trabajado con perseverancia y con afán; si no he vencido siempre, si no he llegado hasta donde tú querías, no soy el responsable de mis fracasos... Tal vez si me hubieras alentado con ternura y con piedad... si me hubieran sostenido en la lucha tus manos con amor...
—Cúlpame de tu incapacidad, de tu apocamiento... ¡cúlpame... anda!—le interrumpió Eva provocativa.
También él le clavó entonces una mirada desafiadora; y de cerca, muy de cerca, echándole á la cara las palabras, atropelladas y punzantes, afirmó:
—Sí, te culpo... Te culpo del fracaso material de nuestra vida... del callado divorcio de nuestras almas... Yo quería ponerte tan en alto que ni un soplo de dolor ni de tristeza pudiera alcanzarte... Soñaba para ti una felicidad nueva, una vida colmada de goces... Al fundar este hogar, pensaba en mi hijo... en el hijo que ya presentía... quería hacer con él y contigo una obra de arte humano... Pero tú has roto mi corazón, has destrozado mi destino... has sido el enemigo malo aposentado en mi casa y alimentado con la sangre de mis venas. Buscaba en ti el calor de un alma profunda y escogida, la dulce compañera que me ayudase á caminar, que completase mi naturaleza y compartiese conmigo el pan y la sal de la vida... y sólo hallé en tus brazos desdenes y egoísmos... ambiciones, mezquindades... Sometiéndome á tus caprichos, erré en mis vocaciones artísticas... me desorienté y me perdí... Robaste mi serenidad para el trabajo,me empujaste, anulado y decaído, perdida la fe y la salud... Derrochaste el modesto patrimonio de mis padres... has sembrado en mi casa la discordia y en mi hijo la semilla del desamor... Y aun te quejas... aun te alzas contra mí como una víbora y me llenas el corazón de veneno...
Fuése la culpable respaldando en el sofá, y por un momento la sorpresa de aquella formidable acusación la contuvo silenciosa y despreciativa, hasta que de nuevo se refugió en el llanto como en la única defensa de su derrota.
Desahogando en lágrimas su coraje, lloraba con fuerza, lloraba con rabia, con el rostro bellísimo entre las manos.
El hermoso cuerpo, desmazalado sobre el diván, se estremecía con la dura congoja. Aquellos senos divinamente modelados, aquella cintura flexible, doblábanse bajo el peso del busto tembloroso. Toda la peregrina fábrica de la opulenta figura, libre y tremante bajo la suave estofa de la bata, se retorcía con angustia...
La desencadenada tempestad de gemidos despertó al niño de su letargo febril. Abrió los ojos asustado, y con incertidumbre de pesadilla levantó el pávido semblante sobre la escena dolorosa.
Diego, vuelto de espaldas, había entreabierto la puerta del balcón y miraba al cielo con el alma transida de dolor y de cólera.
En lo alto de la vidriera, al borde del vecino tejado, la luna pálida y redonda giraba en el pedazo de quimera azul...
Largos meses habían corrido sin que Eva y María se visitaran.
Recién casadas las dos, habíanse tratado con alguna intimidad en su primera temporada madrileña.
Después Eva fuése retrayendo de la amistad de María sin razón ni pretexto.
Veíanse con frecuencia en casa de los marqueses de Coronado, pero, en secreta hostilidad, Eva se distanciaba de su gentil paisana con débil disimulo.
A medida que aquélla consumía con irreflexivo alarde el pequeño patrimonio de su marido, dolíale con más acerba humillación la fastuosa existencia que disfrutaba María, y mal dormidas memorias de antaño levantaban entre ambas mujeres un sutil y firme valladar de pasiones.
En nadie como en María envidiaba la ambiciosa morena el lujo seductor y la aparente felicidad...
Al morir doña Manuela, con afectuosa compasión quiso María olvidar el inexplicable alejamiento de suamiga, y en las horas de duelo la acompañó, sencilla y buena.
Pero aliviado el luto de su madre, disculpóse una y otra vez Eva de asistir á fiestas ni reuniones en el primoroso hotelito de la calle de Goya, y encerróse también María en prudente reserva, sin menudear sus visitas á la calle Vicálvaro.
Ultimamente, la amable señora oyó en casa de sus tíos unas tristes lamentaciones sobre la situación de Eva y Diego.
Decíase que agotada en absoluto la herencia del esposo, había llegado la miseria á visitarles con todo su fatal cortejo de pesadumbres... Que Diego, acobardado ante la perspectiva de tener que sostener con la pluma una difícil apariencia de bienestar, trataba de emigrar á América en busca de mejores mercados para sus producciones literarias... En pugna con sus aptitudes artísticas, tentado por la codicia del lucro ó por el aguijón de la necesidad, había estrenado en el teatro obras ligeras y vulgares, que fracasaron sin ruido ni esperanza... Se agotaba y se consumía el poeta en la redacción de un periódico, oscurecido y afanoso, elaborando pacotillas amenas y efectistas informaciones, para llevar á su casa un pedazo de pan ingrato... Mostrábase Eva esquiva y ceñuda, y el niño, enfermizo siempre, decaía amorbado y mustio, cada vez más lastimoso...
Todo esto se habló en «un lunes» de los marqueses de Coronado, al extremo del salón donde se habían reunido algunas personas que conocían al desgraciado matrimonio.
Entre ellas estaba María, que escuchaba, callada y triste, el relato que la curiosidad glosaba con efímera condolencia: «¡Pobre mujer, tan hermosa!»... «¡Pobre muchacho, tan artista!»... Así decían unos y otros á flor de labio, maquinalmente, sin que ninguna frase naciera de un piadoso latido del corazón...
También Gracián, que se apoyaba negligente en una artística columna, lanzó á la conversación su breve comentario.
—Lástima de mujer—dijo.
Y un relámpago de ruin maquinación brilló en sus ojos atrevidos.
Sólo María, la silenciosa y bella, abrió el alma á la compasión de las relatadas amarguras.
Las saboreaba enternecida, pensando: Les falta lo que á mí me sobra, y yo carezco de lo que ellos tienen... pero mi pobreza no lleva remedio como la suya... Yo quisiera darles alivio y consuelo... Eva nunca me ha querido bien, pero sufre, sufre mucho y acaso podré alegrarla... Además, Diego es mi amigo de toda la vida... el buen amigo que en el alto valle me buscaba las rosas más bonitas, y para mí componía las más dulces canciones... Vivían entonces mis padres... yo era niña y feliz... ¡hace ya mucho tiempo!... Luego, él y yo hemos llorado tanto... ¡pobre Diego!...
Y esta final exclamación de su íntimo coloquio, la exhaló en un suspiro.
Pasaron sus manos un poco temblorosas encima de su frente, como plácida nube de bonanza que bajo los dorados rizos serenase un amago de tempestad.
También sobre el cielo de los ojos pasó «la nube» y los dedos largos y finos descendieron hasta la falda un poco húmedos.
Un vozarrón atronante le dijo casi al oído:
—¿Lloras, María?
Volvióse á sonreir á su primo Rafael, murmurando:
—¡Qué he de llorar!...
Y decidió en su corazón aquietado ya, y siempre generoso: Mañana, con motivo de la enfermedad del nene, iré á ver á Eva.