ACTO III

Ilustración ornamentalACTO IIIEL REY

Ilustración ornamental

EL REY

La antecámara del rey en el Louvre. Dorados, molduras, muebles, tapicería del Renacimiento. — Una mesa, una silla de brazos y otra de tijera en primer término. — Una gran puerta dorada en el fondo. — Á la izquierda la puerta del dormitorio del rey. Á la derecha un aparador cargado de vajilla de oro y esmalte.

PERSONAJES

FRANCISCO I.TRIBOULET.BLANCA.SAINT-VALLIER.CLEMENTE MAROT.M. DE PIENNE.M. DE GORDES.M. DE PARDAILLAN.M. DE MONTCHENU.M. DE COSSÉ.PAJES.CABALLEROS.

LOS CABALLEROS

Gordes.—Ahora debemos tratar del desenlace de la aventura. Es preciso que Triboulet se atormente y desespere, sin sospechar que está aquí su amada.

Cossé.—Que se desespere buscándola... está muy bien... pero si los porteros la han visto entrar.

Montchenu.—Todos los ujieres de palacio tienen orden de decirle que no han visto aquí esta noche á mujer alguna.

Pardaillan.—Además un criado mío muy hábil en burlerías, ha ido á desorientarle diciendo en casa del bufón que había visto por sus ojos llevar por fuerza una mujer al palacio de Hautefort, á eso de la media noche.

Cossé(riendo).—Pues Hautefort le aleja mucho del Louvre.

Gordes.—Apretémosle la venda que le ciega.

Marot.—Yo le he escrito esta esquela esta mañana. (Saca un papel y lee:) «Acabo de robarte tu beldad, amigo Triboulet, y por darte noticias de ella, te participo que me la llevo fuera de Francia.»

(Ríen todos.)

Gordes(á Marot).—¿Firmado?

Marot.—Juan de Nivelles.

(Nuevas carcajadas.)

Pardaillan.—Va á correr el mundo buscándola.

Cossé.—Gozo ya viéndolo.

Gordes.—El desdichado, con su desesperación, sus crispados puños y sus dientes apretados, nos va á pagar en un día todas sus deudas atrasadas.

(Ábrese la puerta lateral y entra el rey en lujoso traje de mañana y en compañía de Pienne. Todos los cortesanosse descubren y abren paso. El rey y M. de Pienne ríen á carcajadas.)

El Rey(indicando la puerta del fondo).—¿Está allí la hermosa?

Pienne.—¡La manceba de Triboulet!

El Rey.—En verdad que soplarle la dama á mi bufón es cosa de risa.

Pienne.—¿Pero es su manceba ó su esposa?

El Rey(Aparte.)—¡Una mujer, una hija! No le suponía tan buen padre de familia.

Pienne.—¿Quiere verla Vuestra Majestad?

El Rey.—¡Pardiez!

(Sale el duque y vuelve sosteniendo á Blanca velada y vacilante. Siéntase el rey con negligencia.)

Pienne(á Blanca).—Entrad, hermosa. Después temblaréis cuanto queráis. Estáis en presencia del rey.

Blanca.—¡Ah! ¡Aquel galán es el rey!

(Corre á postrarse á sus piés. El rey con un gesto despide á los cortesanos.)

EL REY, BLANCA

(Á solas ya el rey con Blanca, le quita el velo que la envuelve.)

El Rey.—¡Blanca!

Blanca.—¡Gaucher Mahiet! ¡Cielos!

El Rey(riendo).—¡Á fe de caballero, que me encanta la treta, sea engaño ó deliberación! ¡Vive Dios! Blanca, hermosa mía, ven á mis brazos.

Blanca(retrocediendo).—¡El rey! Dejadme, señor. ¡Dios mío! Yo ¡pobre de mí! no sé cómo hablar... ni qué decir. ¡Señor Gaucher Mahiet!... ¡Ah, no; sois el rey! ¡Oh! Quienquiera que seáis, tened piedad de mí.

(Cayendo otra vez de rodillas.)

El Rey.—¡Tener piedad de ti! ¡Yo que te adoro! Lo que dijo Gaucher, lo repite Francisco. Me amas, te amo y somos felices. Ser rey no es nada contrario al amor. ¡Inocente! Me creías comerciante, escolar, menos acaso. Porque la casualidad ha hecho que naciera un poco mejor, porque soy rey, no debes odiarme tan pronto. No tengo la dicha de ser un patán... ¿pero qué más da?

(Riendo.)

Blanca(aparte).—Se ríe. ¡Oh Dios! Quisiera morirme.

El Rey.—¡Oh! Las fiestas, los juegos, las danzas, los torneos, los dulces coloquios de amor en el fondo de los bosques, cien y cien placeres que las sombras cubrirán con sus alas, he aquí tu porvenir, al cual no será extraño el mío. Seamos dos amantes, dos esposos, dos seres felices. Hay que envejecer un día, y la vida, acá para nosotros, ese tejido en que, á pesar de los años que la ajan, brillan algunos instantes de amor, no sería más que un triste harapo sin esas lentejuelas. Blanca, he reflexionado muchas veces en esto; toda la sabiduría se reduce á honrar á Dios padre, amar, comer, beber, gozar.

Blanca(retrocediendo aterrada).—¡Ay de mis ilusiones! ¡Qué diferencia!

El Rey.—Pues ¿qué? ¿Me suponías un amante tímido y tembloroso, uno de esos pazguatos lúgubres y fríos que creen que basta para cautivar los corazones exhalar suspiros y querellas?

Blanca.—Dejadme. ¡Desdichada de mí!

El Rey.—¡Oh! ¿Sabes bien quién soy yo? Francia entera, quince millones de almas, riquezas, honores, placeres, poder sin cortapisa, todo es para mí, todo es mío, yo soy el rey. Pues bien, Blanca, tú serás la reina.

Blanca.—¡La reina! ¿Y vuestra esposa?

El Rey.—¡Inocente! Mi esposa... no es mi manceba. ¿Comprendes?

Blanca.—¡Ah! ¡Qué vergüenza!

El Rey.—¡Qué orgullosa!

Blanca.—No, no soy vuestra; soy de mi padre.

El Rey.—¡Tu padre!... Tu padre es mi bufón, tu padre es mío y hago de él lo que me place, sin que pueda querer él sino lo que yo quiera.

Blanca(llorando amargamente con la cabeza entre las manos).—¡Oh Dios! ¡Pobre padre! ¡Conque todo es vuestro!

(Sollozando.)

El Rey(echándose á sus piés para consolarla).—Blanca, te juro que te amo y que me interesas mucho. No llores más; ven á mis brazos, á mi corazón.

Blanca(resistiéndose).—¡Jamás!

El Rey.—Aún no me has repetido, ingrata, que me amas.

Blanca.—Todo se acabó.

El Rey.—Sin querer te he ofendido; perdóname. No te aflijas, Blanca mía. Oh, antes que arrancar lágrimas á tus bellos ojos quisiera morir y aun pasar en mi reino y señorío por un rey débil y sin honor.

Blanca.—¿No es verdad que todo esto es un juego? Si vos sois el rey, yo tengo á mi padre. Mandad que me lleven á su lado. Vivimos junto al palacio Cossé. Pero harto lo sabéis. ¡Oh! ¿Quién sois? No comprendo nada de esto. ¿Cómo me han traído con la gritería de un festejo? Todo esto se ha confundido en mi cabeza como un sueño. Ni siquiera sé ya si os amo. (Retrocediendo con terror.) ¡Ah! ¡El rey! ¡Piedad! Tengo miedo de vos.

El Rey(queriendo tomarla en brazos).—¡Miedo de mí, ingrata!

Blanca(rechazándole).—¡Dejadme! ¡Dejadme!

El Rey(estrechándola más).—Un beso de perdón.

Blanca.—¡No! ¡No!

El Rey.—¡Qué extraña niña!

Blanca(desasiéndose).—¡Dejadme! ¡Dejadme! Estapuerta...

(Se precipita en la cámara real y se encierra.)

El Rey.—¡Oh! Traigo la llave encima.

(Saca de su cinturón una llavecita de oro, abre y entra cerrando tras sí la puerta. Marot que estaba en acecho junto á la puerta del fondo, se adelanta riendo.)

Marot.—¡Se ha refugiado en la misma cámara del rey! ¡Pobre muchacha! (Llamando á Mr. Gordes) ¡Eh! ¡Conde!

MAROT, luégo los CABALLEROS, después TRIBOULET

Gordes.—¿Han entrado?

Marot.—El león ha arrastrado á la oveja á su madriguera.

Pardaillan(Saltando de alegría.)—¡Oh! ¡Pobre Triboulet!

Pienne(que ha quedado en la puerta mirando afuera.) ¡Silencio! ¡Aquí viene!

Gordes.—¡Disimulo!

Marot.—Yo soy el único á quien puede reconocer, pues sólo habló conmigo.

Pienne.—No nos demos por entendidos.

(Entra Triboulet. Nada ha cambiado en él. Trae su traje y su indiferencia de bufón; sólo que está muy pálido.)

Pienne(como continuando una conversación y haciendo una seña á los otros, que apenas pueden reprimir la risa).—Sí, señores, entonces... ¡Hola! ¡Triboulet! Buenos días... entonces sacaron esta copla:

(Cantando.)

Cuando Borbón fué á Marselladicen que dijo á su séquito:¿Qué capitán, Dios bendito,encontraremos ahí dentro?

Cuando Borbón fué á Marselladicen que dijo á su séquito:¿Qué capitán, Dios bendito,encontraremos ahí dentro?

Cuando Borbón fué á Marselladicen que dijo á su séquito:¿Qué capitán, Dios bendito,encontraremos ahí dentro?

Cuando Borbón fué á Marsella

dicen que dijo á su séquito:

¿Qué capitán, Dios bendito,

encontraremos ahí dentro?

Triboulet(continuando la canción):

Del monte de la Colombaes el paso muy estrechoy subieron todos juntossoplándose bien los dedos.

Del monte de la Colombaes el paso muy estrechoy subieron todos juntossoplándose bien los dedos.

Del monte de la Colombaes el paso muy estrechoy subieron todos juntossoplándose bien los dedos.

Del monte de la Colomba

es el paso muy estrecho

y subieron todos juntos

soplándose bien los dedos.

(Risas y aplausos irónicos.)

Todos.—¡Bravo!

Triboulet(Adelantándose al proscenio lentamente. Aparte.)—¡Hija mía!... ¿Dónde estará?...

(Cantando.)

y subieron todos juntossoplándose bien los dedos.

y subieron todos juntossoplándose bien los dedos.

y subieron todos juntossoplándose bien los dedos.

y subieron todos juntos

soplándose bien los dedos.

Gordes(aplaudiendo).—¡Bravo, Triboulet!

Triboulet(Examinando las caras de los que se ríen al rededor. Aparte.)—Todos ellos dieron el golpe; no hay que dudarlo.

Cossé(riendo y dándole una palmada en el hombro).—¿Qué hay de nuevo, bufón?

Triboulet.—Observad qué sombrío está este caballero cuando se ríe. (Remedándolo.) ¿Qué hay de nuevo, bufón?

Cossé(riendo aún).—Sí, ¿qué nos cuentas?

Triboulet(mirándole de arriba abajo).—Que no la echéis de gracioso, porque sois desgraciado siempre.

(Durante la primera parte de esta escena, Triboulet, preocupado siempre, á pesar suyo, va como registrándolo todo. Á veces, cuando cree que nadie le mira, quita un mueble de su sitio, ó tantea el botón de una puerta para ver si está cerrada. Fuera de esto, habla con todos, según su costumbre, con desenfado y burlando. Los caballeros por su parte bromean entre sí, haciéndose señas de inteligencia.)

Triboulet(Mirando de reojo.—Aparte.) ¿Dónde la habrán escondido? ¡Oh! Si les pido mi hija, se burlaránmás de mí. (Acercándose á Marot con semblante risueño.) Celebro mucho, Marot, que no te hayas constipado esta noche.

Marot(fingiendo sorpresa).—¡Esta noche!

Triboulet(guiñándole el ojo).—¡Buena jugada!

Marot.—¿Qué jugada?

Triboulet.—¡Bah!

Marot.—Te aseguro que al toque de ánimas estaba ya en la cama y el sol muy alto cuando desperté.

Triboulet.—¡Cómo! ¿No has salido esta noche? Entonces lo he soñado.

(Ve un pañuelo en una mesa y se echa encima de él.)

Pardaillan(á Pienne).—Mira, duque, cómo registra la marca de mi pañuelo.

Triboulet(Dejando el pañuelo. Aparte.)—No, no es el suyo.

Pienne(á algunos jóvenes que ríen en el fondo).—¡Señores!

Triboulet(aparte).—¿Dónde puede estar?

Pienne(á Gordes).—¿De qué os reís así?

Gordes(indicando á Marot).—¡Pardiez! Marot nos hace reir.

Triboulet(aparte).—Están todos muy risueños hoy.

Gordes(á Marot, riendo).—No me mires de esa manera ó te tiro el bufón á la cabeza.

Triboulet(á Pienne).—¿No se ha levantado el rey aún?

Pienne.—No á fe.

Triboulet.—Parece que se siente algo dentro.

(Va á acercarse á la puerta y Pardaillan lo detiene.)

Pardaillan.—No vayas á turbar su real sueño.

Gordes(á Pardaillan).—Vizconde, este truhán de Marot nos cuenta un cuento gracioso. Al volver, no sé de dónde, los tres Guys, hubieron de encontrar á sus tres mujeres...

Marot.—Con otros tres que no eran ellos.

Triboulet.—Anda tan perdida en estos tiempos la moral...

Cossé.—¡Son tan traidoras las mujeres!

Triboulet.—¡Cuidado!

Cossé.—¿Eh?

Triboulet.—Cuenta con lo que se dice, caballero Cossé.

Cossé.—¿Y eso?...

Triboulet.—Dicen que no hay que mentar la soga...

Cossé.—No entiendo.

Triboulet.—Pues no puedo explicarme más.

Cossé.—¡Hum!

Triboulet.—Señores, acertad qué animal dice cuando está furioso: (Remedando á Cossé) ¡Hum!

(Todos ríen. Entra un gentil hombre de la reina.)

Pienne.—¿Qué ocurre, Vaudragon?

Vaudragon.—La reina, mi señora, desea ver al rey para asunto urgente. (El duque le da á entender por señas que es imposible. El gentil hombre insiste.) M.mede Brezé no está con él, sin embargo.

Pienne(con impaciencia).—El rey no se ha levantado aún.

Vaudragon.—Pero, duque, si hace un instante que estaba con vos...

Pienne(haciéndole señas que el otro no entiende y que no se le escapan á Triboulet).—El rey está de caza.

Vaudragon.—Sin pajes ni monteros, porque todos están aquí.

Pienne(con cólera).—¡Diablo! Os digo, y á ver si lo comprendéis, que el rey no puede ver á nadie ahora.

Triboulet(con voz de trueno).—¡Ella, ella está aquí! ¡Está con el rey!

(Asombro general.)

Gordes.—¿Qué quiere decir eso? ¡Ella! Sin duda delira.

Triboulet.—Bien sabéis todos de qué hablo. La mujer que todos vosotros, Cossé, Pienne, Brion, Montmorency, Marot, Satanás; la mujer que anoche robasteis de mi casa, está aquí, y la recobraré.

Pienne(riendo).—¡Triboulet ha perdido á su manceba! Hermosa ó fea, que la busque en otra parte.

Triboulet(con espantoso enojo).—¡Quiero á mi hija!

Todos.—¡Su hija!

(Movimiento de sorpresa.)

Triboulet(cruzando los brazos).—Mi hija. Reíd ahora... ¡Ah! Os habéis quedado mudos. ¿Tenéis por cosa extraña que este bufón sea padre y que tenga una hija? Pues ¿no tienen también su familia los lobos y los señores? ¡Ea, basta de burlas! Quiero á mi hija. (Los cortesanos cuchichean entre sí.) Repito, señores, que quiero á mi hija. (Corriendo á la puerta del rey.) Aquí está.

(Todos los cortesanos corren tras él y se interponen.)

Marot.—Está loco de atar.

Triboulet(retrocediendo con desesperación).—¡Cortesanos! ¡Cortesanos! ¡Demonios! ¡Raza maldita! No hay duda: me han robado á mi hija estos bandidos. Para ellos una mujer no vale nada cuando el rey, por fortuna, es un crapuloso. Las mujeres de los señores, si son diestras, les sirven mucho. El honor de una doncella es un lujo inútil, un oneroso tesoro. Una mujer es un campo que produce, un fundo cuyo real colono paga á cada plazo, y de aquí los favores que llueven no se sabe de dónde, hoy un gobierno, mañana una venera, una multitud de gracias que aumenta sin cesar. (Mirándolos á todos cara á cara.) ¿Hay entre vosotros uno solo que me desmienta? ¿No es verdad lo que digo, señores? (Yendo de uno á otro.) Todo se lo venderíais, si ya no lo habéis hecho, por un nombre, por un título, por cualquiera otra vanidad. Tú, Brion, tu mujer; tú, Gordes, tu hermana; tú, joven Pardaillan, tu madre.

(Un paje se escancia en el aparador un vaso de vino, bebe, y canta entre dientes:)

Cuando Borbón vió á Marselladicen que dijo á su séquito...

Cuando Borbón vió á Marselladicen que dijo á su séquito...

Cuando Borbón vió á Marselladicen que dijo á su séquito...

Cuando Borbón vió á Marsella

dicen que dijo á su séquito...

Triboulet(volviéndose).—No sé qué me contiene, vizconde de Aubusson, que no te rompo en los dientes la copa y el cantar. (Á todos.) ¡Quién lo creyera! Duques y pares, grandes de España, ¡oh vergüenza! Un Vermandois que desciende de Carlomagno, un Brion, cuyo abuelo era duque de Milán, un Gordes, un Pienne, un Pardaillan, un Montmorency... los más ilustres personajes, ¡haber ido á robar su hija á este pobre hombre! No, no son dignos de tan nobles razas corazones tan viles bajo tan altos blasones. No, sin duda vuestras madres se prostituyeron á infames lacayos; sois todos bastardos.

Gordes.—Es chusco.

Triboulet.—¿Cuánto os ha dado el rey por mi hija? (Mesándose los cabellos.) ¡Y no tenía yo más tesoro que ella! ¡Oh! si yo quisiera... sin duda... Es joven y bella... Ciertamente me la pagaría bien. (Mirándolos á todos.) ¿Creerá vuestro rey que puede hacer algo por mí? ¿Puede cubrir mi nombre con otro como los vuestros? ¿Puede hacerme hermoso, gallardo, igual á los demás? ¡Infierno! ¡Todo me lo ha quitado! ¡Oh! esta jugada es vil, infame, horrible, y se ha hecho cobardemente. ¡Malvados! ¡Asesinos! ¡Todos, todos sois infames, ladrones, bandidos!... Señores... quiero á mi hija... devolvédmela al momento. ¡Oh! Ved esta mano... no tiene nada de ilustre, es la mano de un plebeyo, de un palurdo, de un siervo; pero esta mano que parece desarmada á los burladores, si no tiene espada tiene uñas. Harto esperé ya. Devolvedme mi tesoro. Abrid esa puerta. (Corre de nuevo á la puerta, que defienden todos los cortesanos. Lucha porfiadamente con ellos hasta que falto de fuerzas y jadeante viene á caer de rodillas en el proscenio.) ¡Todos juntos contra mí! ¡Diez contrauno solo! (Sollozando.) Y bien, sí, lloro. (Á Marot.) Marot, bastante te has divertido conmigo; si tienes alma, inspiración, corazón plebeyo, bajo esa librea, dime qué es de mi hija. Está ahí, ¿no es verdad? ¡Oh! Contra esos malditos hagamos causa común los dos, como buenos hermanos. Entre todos ellos, tú eres el único que piensas... Marot... amigo Marot... ¡Callas! (Arrastrándose hacia los señores.) ¡Oh! ¡Ved cómo me arrastro á vuestros piés pidiéndoos perdón!... ¡Estoy enfermo!... Tened piedad de mí. Otro día hubiera tomado mejor la travesura; pero con frecuencia siento, al andar, dolores de que no hablo nunca, y como contrahecho, suelo tener malos días. Hace muchos años que soy vuestro juglar; no rompáis así vuestro juguete, el pobre Triboulet que tanto os ha hecho reir. No sé ya cómo hablaros, ni qué deciros. Señores, señores míos, devolvedme mi hija que está encerrada en la cámara real. Es mi único tesoro: devolvédmela por piedad. ¿Qué haría sin mi hija? ¡Es ya tan mala mi suerte!... (Todos guardan silencio. Triboulet se levanta desesperado.) ¡Oh Dios! No sabéis más que reir ó callar. Qué gusto, ¿verdad? ver á un pobre padre golpearse el pecho y arrancarse los cabellos de desesperación.

(Ábrese de repente la puerta de la real cámara y sale Blanca despavorida y desgreñada.)

Blanca.—¡Ah! ¡Padre!

Triboulet.—¡Hija! ¡Hija mía! (Recibiéndola en sus brazos.) Sí, ella es... mi hija... ¡Ah! señores... (Llorando y riendo.) ¿Lo veis? Es toda mi familia, mi ángel tutelar. Sin ella ¡qué duelo en mi casa! ¿No es verdad que tenía razón en dolerme de su pérdida y que eran legítimos mis arrebatos y justas mis lágrimas? (Á Blanca.) No temas ya nada... Fué sólo una chanza... Te habrán asustado mucho, pero son buenos, ya lo ves: han visto cuánto te amo y en adelante nos dejarán en paz. ¿No es verdad, señores? ¡Qué dicha volver á vertey abrazarte, hija mía! Tanta es la alegría de mi corazón que ignoro si es un bien perderte un momento para encontrarte después. (Mirándola con inquietud.) Pero ¿por qué lloras así?

Triboulet.—Tened piedad de mí.

Triboulet.—Tened piedad de mí.

Blanca(tapándose la cara con las manos).—¡Desdichados de nosotros! ¡Qué vergüenza!

Triboulet(estremeciéndose).—¿Qué dices?... Habla.

Blanca.—Delante de tantos hombres, no; á solas los dos.

Triboulet(volviéndose hacia las puertas del rey).—¡Infame!

Blanca.—Quiero estar sola con vos.

(Sollozando y cayendo á sus piés.)

Triboulet(dando tres pasos y barriendo con el ademán á todos los desconcertados cortesanos).—Idos de aquí. Y si el rey de Francia se arriesga á venir... (Á Vermandois.) Vos que sois de su guardia, decidle que se detenga, que estoy aquí yo.

Pienne.—Jamás se ha visto un loco como éste.

Gordes(haciéndole una seña para que se retire).—Con los locos y los niños, hay que ceder algo. Estemos, sin embargo, á la mira, por lo que pueda suceder.

(Salen.)

Triboulet(sentándose en la silla del rey y levantando á su hija.) Ea, habla pues. Dímelo todo. (Vuélvese y viendo á Mr. Cossé rezagado, se levanta y le dice indicándole la puerta.) ¿No habéis oído, caballero?

Cossé(retirándose subyugado).—Estos bufones reales creen que todo les es permitido.

BLANCA, TRIBOULET

Triboulet(con gravedad).—Habla ahora.

Blanca(entre sollozos).—Padre mío... tengo que deciros que ayer... se deslizó en casa... ¡Qué vergüenza!... Hace mucho tiempo—yo debía habéroslo dicho antes—hace mucho tiempo que me seguía... No... debo empezar por el principio... Ese joven...

Triboulet.—Sí, el rey.

Blanca.—Iba todos los domingos á la iglesia...

Triboulet.—Sí, á oir misa.

Blanca.—Y sin hablarme nunca, para llamarme la atención, movía una silla al pasar. Anoche se dió maña para introducirse en casa y...

Triboulet.—Ahórrate á lo menos la angustia de decirme lo demás: ya lo adivino. (Levantándose.) ¡Oh dolor! ¡El oprobio y la vergüenza en una frente tan pura!... Blanca, velo de dignidad echado sobre mi deshonra, único asilo del maldito á quien todos desprecian, ángel olvidado en mi casa por la piedad de Dios, cielo perdido en este sucio lodo, única cosa santa en que creía en este mundo ¿qué va á ser de mí después de esta desgracia? ¿Qué voy ahora á hacer yo, que en esta corte prostituída, fuera de mí como en mí mismo, no veía más que vicio, desvergüenza, impudor, infamia, escándalo, y sólo tu virginal virtud para consolar mi alma? Ya me había resignado y aceptaba mi miseria. Las lágrimas, la abyección, el orgullo que destila sangre en lo hondo de este roto corazón, la risa del desprecio que mis males aguzaban, todos esos dolores mezclados con la vergüenza, todos los quería yo para mí, mas para ella no. Cuanto más bajo había caído, más alta la quería á ella, que bien está un altar junto á un patíbulo. ¡Y han derribado el altar!... Esconde la frente... Sí, llora, hija querida... Te hice hablar demasiado poco hace ¿no es verdad? Llora, llora mucho: á tu edad suele correr con las lágrimas parte del dolor. Viértelas todas, si puedes, en el corazón de tu padre. (Pensando.) Blanca, cuando haya hecho lo que me queda que hacer, nosiremos de París... si escapo bien del empeño. (Pausa.) ¿Quién dijera que basta un día para que todo se mude así? (Levantándose con furor.) ¡Maldición! ¿Quién me hubiera dicho que esta corte infame que va desenfrenada contra todo lo que Dios manda, y corre salpicando de sangre y lodo á las gentes, iría hasta las sombras de mi casa á manchar esta frente casta y piadosa? (Volviéndose hacia la puerta del rey.) ¡Oh rey Francisco primero! ¡Plegue á Dios que me escucha, que tropieces pronto en ese camino! ¡que tropieces y caigas y no veas el día de mañana!

Blanca(Levantando los ojos al cielo. Aparte.)—¡Oh Dios! ¡no escuchéis esa maldición!

(Ruido de pasos hacia el fondo. Aparece en la galería exterior un grupo de soldados y palaciegos, á cuyo frente va Mr. de Pienne.)

Pienne.—Caballero Montchenu, mandad que abran la verja al señor de Saint-Vallier, á quien llevan á la Bastilla.

(El grupo de soldados desfila á dos de fondo, y al pasar Saint-Vallier, á quien custodian, se detiene en la puerta.)

Saint-Vallier.—Pues que á mi maldición no ha respondido todavía ni un rayo en el cielo ni un brazo varonil en la tierra, no espero ya nada. Seguirá el rey engrandeciéndose.

Triboulet(Mirándolo de frente.)—Conde, os engañáis. Alguien os vengará.

Viñeta de adorno


Back to IndexNext