Ilustración ornamentalACTO IVBLANCA
Ilustración ornamental
BLANCA
La Grève desierta cerca de la Tournelle (antigua puerta de París.) — Á la derecha una casucha miserablemente amueblada en cuyo primer piso á teja vana se ve por la ventana un mal lecho. La fachada, que mira al público, está horadada y se distingue su interior. Hay una mesa, una chimenea y en el fondo una escalera. La fachada de la izquierda del actor tiene una puerta que se abre por dentro. Las grietas de las paredes permiten ver desde fuera lo que pasa interiormente. Hay en la puerta un postigo enrejado y encima una muestra de posada. — Lo demás del teatro representa la Grève. Á la izquierda un parapeto arruinado á cuyo pié corre el Sena, y en que está asegurado el sustentáculo de la campana de aguas. — En el fondo y río allende, el antiguo París.
PERSONAJES
FRANCISCO I.TRIBOULET.BLANCA.SALTABADIL.MAGDALENA.
TRIBOULET, BLANCA afuera; SALTABADIL, dentro de la casa
(Durante esta escena, Triboulet debe estar inquieto y preocupado, como quien teme ser sorprendido. Saltabadil, sentado junto á la mesa dentro de casa, se ocupa en limpiar su tahalí sin cuidarse de lo demás.)
Triboulet.—¿Y le amas?
Blanca.—Siempre.
Triboulet.—Y eso que dejé correr el tiempo para que te cures de amor tan insensato.
Blanca.—Pero ¿qué queréis que haga si le amo?
Triboulet.—¡Pobre corazón de mujer! Explícame á lo menos las razones de tu amor.
Blanca.—No sé.
Triboulet.—¡Cosa rara!
Blanca.—¡Oh! no... eso es precisamente lo que hace que le ame. Hay hombres que salvan la vida á las mujeres; maridos que las hacen ricas y dignas de envidia. ¿Les aman siempre? Él no me ha hecho á mí más que daño, y yo le amo sin saber por qué. ¡Y ved qué locura!... le amo de tal modo, que con ser él tan cruel y vos tan tierno para mí, lo mismo, padre, lo mismo moriría por él que por vos.
Triboulet.—Eres una niña y te perdono.
Blanca.—Y si él también me ama...
Triboulet.—No, loca, no.
Blanca.—Él mismo me lo dijo y aun me lo juró. Y luégo dice las cosas de un modo que vence y avasalla el corazón. Y es tan gallardo y hermoso...
Triboulet.—¡Es un infame! Y no ha de decir el vil burlador que me robó impunemente mi tesoro.
Blanca.—Le habíais perdonado, padre mío.
Triboulet.—Nunca: necesitaba tiempo para tenderle el lazo y ya está tendido.
Blanca.—Ha pasado un mes y estabais tranquilo é indulgente.
Triboulet.—Lo aparentaba. ¡Oh! Te vengaré, Blanca, te vengaré.
Blanca.—Me afligís, padre mío.
Triboulet.—¿Se indignaría tu blando corazón, si supieras que te engaña el libertino?
Blanca.—¡Engañarme! No, no lo creo.
Triboulet.—Y si lo vieras por tus ojos; si te convencieras de que no te ama, ¿le amarías aún?
Blanca.—No sé... Ayer mismo me dijo que me adora.
Triboulet(con amargura).—¿Te dijo ayer?... ¿Á qué hora?
Blanca.—Por la noche.
Triboulet.—Pues bien, mira y ve, si puedes ver.
(Indícale una grieta de la pared, y Blanca atisba por ella.)
Blanca(bajo).—No veo más que un hombre.
Triboulet.—Espera un poco.
(Vestido el Rey de simple oficial aparece en la sala baja de la hostería saliendo por una puertecita de un aposento inmediato.)
Blanca(estremeciéndose).—¡Padre... él!
(Durante la escena segunda sigue observando por la abertura con visible agitación.)
Los mismos, EL REY, MAGDALENA
(El rey le da en el hombro una palmada á Saltabadil, que se vuelve de repente.)
Saltabadil.—¿Qué se ofrece?
El Rey.—Dos cosas sin demora.
Saltabadil.—¿Qué?
El Rey.—Tu hermana y un vaso.
Triboulet(fuera).—Ya ves sus costumbres. Ese rey por la gracia de Dios, se arriesga á menudo solo en inmundos tugurios, y el vino que más le alegra y gusta es, como vas á ver, el que le escancia impúdica Hebe de taberna.
El Rey.(Cantando.)
La mujer, pluma al viento,pronto varía...
La mujer, pluma al viento,pronto varía...
La mujer, pluma al viento,pronto varía...
La mujer, pluma al viento,
pronto varía...
(Saltabadil ha ido en silencio á la pieza inmediata por una botella y un vaso que trae y pone sobre la mesa. Después da un par de golpes en el techo con el pomo de su luenga espada, á cuya señal, una moza vestida de gitana, lista y risueña, baja á saltos la escalera. Apenas aparece, cuando ya el rey quiere abrazarla; pero ella lo rehuye.)
El Rey(á Saltabadil que ha vuelto á su tarea de limpiar el tahalí).—Amigo mío, si limpiaras al aire libre el tahalí, quedaría de perlas.
Saltabadil.—Comprendo.
(Se levanta, saluda, abre la puerta de la calle y sale volviendo á cerrar tras sí. Reconoce á Triboulet y se dirige á él misteriosamente. Mientras cambian algunas palabras, Magdalena hace al rey algunas zalamerías, que Blanca observa con terror.)
Saltabadil(indicando la casa).—El hombre está en nuestras manos. ¿Queréis que viva ó que muera?
Triboulet.—Vuelve dentro de poco.
(Saltabadil desaparece lentamente por detrás del parapeto.)
Magdalena.—Digo que no.
El Rey.—Ya hemos adelantado algo. Hace un momento, por abrazarte, me golpeaste de recio. Decir que no, es ya un gran paso. No huyas; hablemos. (Se acerca Magdalena.) Hace ocho días que en la posada de Hércules... ¿Quién me llevó allí? ¡Ah! Triboulet me llevó... pues, como iba diciendo, ocho días hace que ví allí tus ojos por la primera vez, y desde entonces te adoro, hermosa mía. Y no amo ni quiero amar á nadie, sino á ti.
Magdalena(riendo).—Después de veinte más. ¡Tenéis un aire de libertino!...
El Rey(riendo también).—Hasta ahora, sí, he perdido á más de una; pero...
Magdalena.—Sois un fatuo.
El Rey.—Te digo la verdad. Pero en fin, tú me has traído esta mañana á tu casa, maldita hostería en que se come muy mal y se bebe peor un vino que debe de hacer tu hermano, que es malísimo. Sea como quiera, deseo pasar la noche aquí, contigo.
Magdalena.—¡Claro está! Pero dejadme. Os digo que no.
El Rey.—¡Qué esquiva!
Magdalena.—Sed prudente.
El Rey.—He aquí la prudencia y toda la sabiduría de Salomón: Amar, comer, beber, gozar.
Magdalena.—Me parece que no vais al sermón tanto como á la taberna.
El Rey(tendiéndole los brazos).—¡Magdalena!...
Magdalena(rehuyendo).—Mañana.
El Rey.—Echo á rodar la mesa, si repites esta majadería. Una mujer hermosa no debe decir nunca mañana.
Magdalena(sentándose al fin al lado del rey).—Pues bien, hagamos las paces.
El Rey(cogiéndole una mano).—¡Oh Dios! ¡Qué bella mano! Con más gusto recibiría bofetones de ésta, que halagos de otra.
Magdalena.—¿No os burláis?
El Rey.—De veras hablo.
Magdalena.—¡Si soy fea!
El Rey.—¡Pardiez! No digas eso; haz más justicia á tus divinos encantos. ¡Ardo como un volcán! ¿Ignoras, reina de las desdeñosas, cómo el amor nos abrasa á nosotros, los militares, y si nos aceptan por suyos las bellas, somos vivo fuego hasta con las suecas?
Magdalena(riendo).—Eso lo habéis leído en algún libro.
El Rey(aparte).—Es muy posible. (Alto.) Ea, déjate querer.
Magdalena.—¿Estáis ebrio?
El Rey.—Sí, pero de amor.
Magdalena.—Bonitamente os estáis burlando de mí.
El Rey.—¡Oh! no.
Magdalena.—Basta, basta.
El Rey.—Si he de casarme contigo...
Magdalena(riendo).—¿Palabra de honor?
El Rey(aparte).—¡Qué damisela tan loca y deliciosa!
(La sienta en sus rodillas y hablan bajo. Blanca no pudiendo soportarlo, se retira pálida y temblorosa.)
Triboulet(después de mirarla un instante en silencio).—Y bien ¿qué piensas de la venganza, niña?
Blanca(esforzándose por hablar).—¡Oh! ¡Qué traición! ¡Ingrato!... ¡Dios mío! El corazón se me parte... ¡Cómo me engañaba! Pero ese hombre no tiene alma. Le dice á esa mujer cosas que me había dicho á mí. Eso es abominable. ¡Dios mío!... (Oculta la frente en el seno de su padre.) ¡Y á una mujer tan desvergonzada!... ¡Oh!
Triboulet.—Déjate ahora de llantos. Ahora no hay sino vengarse. Te vengaré... me vengaré.
Blanca.—Haced lo que queráis.
Triboulet.—Así te quiero.
Blanca.—Pero estáis terrible. ¿Qué pensáis hacer?
Triboulet.—Todo está dispuesto. Escucha. Vé ácasa, disfrázate de hombre, toma dinero y un caballo y parte, sin detenerte hasta Evreux, á donde te alcanzaré yo mañana. En el cofre que hay bajo el retrato de tu madre, está el traje de hombre que hice para ti. El caballo está ensillado. Hazlo todo como te lo digo y Dios te guarde. Para nada tienes que volver aquí: guárdate de volver porque va á pasar algo horrible. Vé.
Blanca.—Venid conmigo, padre mío.
Triboulet.—Imposible.
Blanca.—¡Ah! Estoy temblando.
Triboulet.—Hasta mañana, pues. Haz lo que te he dicho.
(Blanca se aleja con paso vacilante. Triboulet va al parapeto, hace una seña y acude Saltabadil. Oscurece. El rey y Magdalena siguen retozando.)
TRIBOULET, SALTABADIL (fuera).—MAGDALENA y EL REY (dentro).
Triboulet(Contando escudos de oro. Á Saltabadil.)—Veinte escudos ¿eh? Aquí tienes los diez del anticipo, según lo estipulado. Sin duda pasará aquí la noche.
Saltabadil(mirando el horizonte).—Muy nublado está.
Triboulet(aparte).—No siempre duerme en palacio.
Saltabadil.—Descuidad; no tardará una hora en llover. La tempestad, el vino y el amor lo retendrán en casa, á buen seguro.
Triboulet.—Á media noche volveré.
Saltabadil.—No os toméis esa molestia; me basto y me sobro para echar al Sena un cadáver.
Triboulet.—No, no; quiero echarlo yo mismo.
Saltabadil.—¡Como queráis! Os lo entregaré bien cosido en un saco.
Triboulet(dándole ahora el dinero).—Muy bien. Luégo os daré el resto. Hasta la vista.
Saltabadil.—Todo irá á pedir de boca. ¿Cómo se llama el galán?
Triboulet.—¿Quieres saber su nombre?
Saltabadil.—Si no hay inconveniente.
Triboulet.—Ninguno; te diré el mío también. Se llama elCrimen, y yo elCastigo.
Los mismos, menos TRIBOULET
Saltabadil(mirando al cielo que se carga de nubes y relampaguea).—La tempestad se acerca: ya está sobre París. Mejor: así se hallará más desierta la ribera. (Reflexionando.) Toda esta gente tiene aire de no sé qué. No adivino nada más.
El Rey.—Magdalena...
Magdalena.—Esperad.
(Se le escapa.)
El Rey.—¡Maldita!
Magdalena(cantando.)
Sarmiento que brota,que brota en Abril,poco vino echa,echa en el barril.
Sarmiento que brota,que brota en Abril,poco vino echa,echa en el barril.
Sarmiento que brota,que brota en Abril,poco vino echa,echa en el barril.
Sarmiento que brota,
que brota en Abril,
poco vino echa,
echa en el barril.
El Rey.—¡Qué hombros! ¡qué brazos! ¡Pardiez! No sé por qué quien hizo tan bellos brazos puso un corazón de turco en ese cuerpo de Venus.
Magdalena.—¡Larari lararán!¡Formalidad, que viene mi hermano!
El Rey.—¿Qué importa? (Se oye un trueno lejano.)
Magdalena.—¡Ay, qué miedo!
Saltabadil.—Va á llover á cántaros.
El Rey.—En buen hora. ¡Ni que lluevan chuzos de punta! Yo ya estoy bajo techado, y no me disgusta pasar aquí la noche.
Magdalena(aparte).—¿No os disgusta? ¡Qué tono de rey! (Alto.) Pero, señor, vuestra familia estará cuidadosa.
(Saltabadil le tira de la falda y le hace señas.)
El Rey.—Ni tengo abuela ni hijas, ni apego á nada.
Saltabadil(aparte).—Tanto mejor.
(Comienza á llover. Oscuridad completa.)
El Rey.—Amigo mío, tendrás que acostarte en la caballeriza ó en el infierno, donde quieras.
Saltabadil(saludando).—Muchas gracias.
Magdalena(al Rey en voz baja y rápidamente mientras enciende una luz).—Vete.
El Rey(riendo y en alta voz).—Está lloviendo. ¿Á dónde quieres que vaya con este tiempo en que ni á un poeta se podría negar hospitalidad?
(Va á mirar por la ventana.)
Saltabadil(á Magdalena, enseñándole el dinero recibido).—Déjalo que se quede aquí. ¡Diez escudos de oro! Y muy luégo otros diez. (Al Rey.) Tengo el mayor gusto en ofreceros para esta noche mi aposento.
El Rey(riendo).—Donde en julio se podrá tostar el pan y en diciembre se helarán las palabras ¿eh?
Saltabadil.—Si queréis verlo...
El Rey.—Veámoslo.
(Saltabadil toma la luz. El Rey dice riendo algunas palabras al oído á Magdalena y sigue al asesino al piso superior, quedando abajo la moza.)
Magdalena.—¡Pobre galán! (Va á la ventana.) ¡Oh Dios! ¡Qué oscuridad!
Saltabadil.—He aquí, señor, la cama, la silla y la mesa.
El Rey.—¿Cuántos piés en total? Tres... seis... nueve. ¡Magnífico! Pero, amigo, tus muebles estuvieron sin duda en la batalla de Marignan, según están de lisiados. (Acercándose á la ventana cuyos vidrios están rotos.) Y aquí se duerme al aire libre. Ni puertas ni vidrios en la ventana. Imposible que se trate al viento que quiera entrar con atención más hospitalaria. En fin, buenas noches.
Saltabadil.—Dios os guarde.
(Deja la luz y baja.)
El Rey(quitándose el tahalí).—¡Pardiez! ¡Qué cansado estoy! Voy á dormir un poco para esperar mejor. (Deja sobre la silla el sombrero y la espada, se descalza las botas y se echa sobre la cama.) ¡Qué frescota y alegre es la tal Magdalena!... Sin duda ha dejado abierta la puerta. Esperemos durmiendo.
(Se recoge y un momento después se le ve profundamente dormido. Entre tanto Saltabadil y su hermana departen abajo. La tempestad ha estallado. Magdalena sentada á la mesa se entretiene con alguna labor, mientras su hermano apura la botella que ha dejado el Rey. Ambos guardan silencio por algún tiempo como preocupados de una idea grave.)
Magdalena.—¡Es un buen mozo el militar!
Saltabadil.—No me disgusta á mí tampoco: me hace ganar veinte escudos...
Magdalena.—¿Cuánto?
Saltabadil.—Veinte escudos.
Magdalena.—Valía mucho más.
Saltabadil.—¡Muñeca!... Vé, vé allá á ver si duerme y bájate de camino su espada.
(Obedece Magdalena. La tempestad arrecia. Aparece en el fondo Blanca vestida de hombre en traje negro de montar, y avanza hacia la casa, mientras Saltabadil bebe y Magdalena contempla al rey dormido.)
Magdalena(con pesar).—¡Qué lástima! ¡Qué confiado duerme! (Toma su espada.) ¡Pobre mozo!
EL REY dormido arriba; SALTABADIL y MAGDALENA departiendo en la planta baja; BLANCA observando, afuera
Blanca.—¡Cosa terrible! ¡Ah! Voy á perder la razón. Atraído á esta casa, va á pasar aquí la noche y... ¡Ah! Siento que se acerca un supremo instante. Perdonadme, padre mío, si os desobedezco; pero no he podido resistir. (Se acerca á la casa.) ¿Qué irán á hacer? ¿Cómo va á acabar esto?... ¡Ah! ¡yo que antes de ahora, ignorando el porvenir, el mundo y sus azares, vivía escondida con mis flores, verme tan de repente lanzada por tan sombríos caminos!... ¡Ay de mí! Mi virtud, mi felicidad, todo lo perdí, todo es dolor y luto. ¿Sólo esto deja el amor en los corazones que inflama? De todo su incendio ¿no quedan más que cenizas? Nada, el ingrato no me ama ya. (Levantando la cabeza.) Me parecía haber oído al través de mis ideas un pavoroso ruido... Algún trueno. ¡Qué horrible noche! No hay nada á que no se arriesgue una mujer desesperada. ¡Y yo que me asustaba de mi sombra! ¿Qué pasa ahí dentro? (Avanza y retrocede.) ¡Ah! ¡tengo oprimido el corazón!... ¡Como no maten á alguien!...
Saltabadil.—¡Qué tiempo!
Magdalena.—¡Mala noche! ¡Qué llover! ¡Qué tronar!
Saltabadil.—Sin duda riñe el matrimonio en el cielo: el uno rabia y la otra llora.
Blanca.—¡Si mi padre supiera dónde estoy!...
Magdalena.—Hermano.
Blanca.—Creo que hablan.
(Se acerca á la casa y aplica los ojos y los oídos á las hendiduras de la pared.)
Magdalena.—Hermano.
Saltabadil.—Habla.
Magdalena.—¿Sabes en qué estoy pensando?
Saltabadil.—No.
Magdalena.—Á ver si lo aciertas.
Saltabadil.—No estoy ahora para acertijos.
Magdalena.—Pues oye. Ese mozo es un buen mozo, galante y bien hablado, aunque audaz y... la verdad, me ama con todas las ansias de su gran corazón. Y confiando en nuestra hospitalidad, duerme como un bendito. No le matemos, hermano.
Blanca.—¡Cielos!
Saltabadil(sacando de un baúl un saco de lona y dándoselo á su hermana).—Recose cuanto antes este saco.
Magdalena.—¿Para qué?
Saltabadil.—Para meter un cadáver y echarlo al río.
Magdalena.—Pero...
Saltabadil.—No me repliques, Magdalena. Si te escuchara, no mataríamos á nadie. Compón el saco y no te metas en lo demás.
Blanca.—¡Qué pareja! ¿No es el infierno lo que veo?
Magdalena.—Obedezco... Pero hablemos como buenos hermanos.
Saltabadil.—Enhorabuena.
Magdalena.—¿Le tienes algún odio á ese caballero?
Saltabadil.—¿Yo? Al contrario; es un capitán, y estimo á los hombres de espada... ¡como soy uno de tantos!...
Magdalena.—Pues matar á un real mozo por dar gusto á un maldito jorobado es una necedad.
Saltabadil.—Yo he recibido de un jorobado por matar á un buen mozo, lo cual me importa poco á mí, diez escudos de oro á toca-teja, y recibiré otros diez al entregar el cadáver.
Magdalena y Saltabadil.
Magdalena y Saltabadil.
Magdalena.—Puedes matar al jorobado, cuandovuelva á traerte los diez escudos restantes y te hace la misma cuenta.
Blanca.—¡Padre mío!
Magdalena.—¿No te parece?
Saltabadil.—¿Por quién me tomas tú, hermana? ¿Soy yo algún bandido? ¿Soy algún ladrón? ¡Matar á un cliente que me paga!
Magdalena(indicándole un hacecillo).—Pues bien, mete en el saco ese haz de leña, que en la oscuridad pasará por su víctima.
Saltabadil.—¡Qué disparate! ¿Cómo quieres que se tome el hacecillo por un muerto?
Blanca.—¡Qué frío!
Magdalena.—Te pido gracia por él.
Saltabadil.—Déjate de cosas...
Magdalena.—Buen hermano mío...
Saltabadil.—Habla más bajo, ó cállate. Es preciso que muera.
Magdalena.—No quiero que muera. Le despertaré y se pondrá en salvo.
Blanca.—¡Buen corazón!
Saltabadil.—Pero ¿y los diez escudos de oro?
Magdalena.—Es verdad.
Saltabadil.—No seas niña; cree y déjame hacer.
Magdalena.—Quiero salvarle.
(Se planta resueltamente al pié de la escalera para cerrar el paso á su hermano, el cual vencido por la resistencia, vuelve al proscenio y busca al parecer en su espíritu un medio de conciliarlo todo.)
Saltabadil.—Veamos. El otro vendrá á media noche á buscarme. Si de aquí á entonces, viene un viajero cualquiera á pedir posada, le mato y le meto en el saco en vez del militar. El jorobado no echará de ver el engaño en la oscuridad de la noche y se dará por satisfecho con echar al río un cuerpo muerto. Es cuanto puedo hacer por ti.
Magdalena.—Te lo agradezco. Pero ¿quién ha de venir acaso á estas horas?
Saltabadil.—Pues no hay otro medio de salvar á tu oficial.
Blanca.—¡Oh Dios! Sin duda queréis que yo muera. ¿Y he de hacer este sacrificio por un ingrato? ¡Oh! no; soy demasiado joven. ¡No me impulséis, Dios mío!
(Truena.)
Magdalena.—Si viene alguien en semejante noche, me obligo á traer el mar en mi canasta.
Saltabadil.—Pues si nadie viene, yo no puedo faltar á mi palabra: tu hombre es muerto.
Blanca.—¡Horror! Estoy por avisar á la ronda... Pero todos estarán durmiendo. Además ese hombre denunciaría á mi padre. No quiero morir: tengo que asistir y consolar á mi padre... luégo morir á los diez y seis años es horrible.
(Suenan las doce menos cuarto.)
Saltabadil.—Las doce menos cuarto, hermana. Nadie vendrá ya en tan breve espacio. ¿Oyes afuera algún ruido?... Hay que acabar: sólo me queda un cuarto de hora.
(Pone el pié en la escalera.)
Magdalena(Deteniéndole.)—Hermano, un momento más.
Blanca.—¡Cómo! ¡Esa mujer llora, y yo que puedo salvarle permanezco aquí! Puesto que él no me ama, no quiero ya vivir. Muramos por él. (Vacilando aún.) ¿Qué me importa?... Voy... ¡Qué horror!
Saltabadil.—No puedo esperar más. ¡Imposible!
Blanca.—¡Si á lo menos supiera cómo me han de herir!... ¡Si no me hicieran padecer!... Pero si me hieren en la frente, en la cara... ¡Oh, Dios mío!
Saltabadil.—Ea, ¿qué quieres que haga? No esperes ya que nadie venga á ocupar su puesto.
Blanca(tiritando).—¡Estoy yerta! ¡Vamos! (Dirigiéndose á la puerta.) ¡Qué frío! (Deteniéndose.) ¡Vamos!
(Llama dando una débil palmada.)
Magdalena.—¡Ah!
Saltabadil.—¿Qué?
Magdalena.—Han llamado.
Saltabadil.—Sin duda el viento que hace crugir el techo.
(Vuelve á llamar Blanca.)
Magdalena.—¿Lo oyes? Llaman.
(Corre á abrir el postigo y mira afuera.)
Saltabadil.—¡Es raro!
Magdalena.—¡Hola! ¿Quién va? (Á Saltabadil.) Un joven viajero.
Blanca.—¿Hay posada?
Magdalena.—Sí.
Blanca.—Abrid.
Saltabadil.—Espera ¡vive Dios! Dame mi cuchillo para afilarlo un poco.
(Le da el cuchillo que se pone á afilar.)
Blanca.—¡Cielos! ¡Siento afilar el cuchillo!
Magdalena.—¡Pobre joven! Llama á su tumba.
Blanca.—Estoy temblando. Voy á morir. (Cayendo de rodillas.) ¡Oh Dios! Perdono á cuantos me han ofendido; perdónalos tú también; al rey, á quien compadezco y amo, á todos, hasta á ese réprobo que me espera ahí en la sombra con el hierro levantado. Ofrezco en sacrificio mi vida por un ingrato. Si es más dichoso, ¡que me olvide!, y viva en su prosperidad mucho tiempo... él... ¡por quien muero!... (Levantándose.) El verdugo debe estar ya dispuesto.
(Va á llamar otra vez.)
Magdalena(á Saltabadil).—¡Acaba, que se impacienta!
Saltabadil(probando el filo en la mesa).—Bien. Espera; me escondo detrás de la puerta.
Blanca.—Oigo todo lo que dicen.
Magdalena.—Espero la señal.
Saltabadil(detrás de la puerta, cuchillo en mano).—¡Ya!
Magdalena(abriendo).—¡Adelante!
Blanca(aparte).—¡Cielos! ¡Me va á hacer mucho mal!
(Retrocede.)
Magdalena.—Adelante, pues.
Blanca(aparte).—La hermana ayuda al hermano á matar. ¡Oh Dios, perdónalos!... ¡Perdóname, padre mío!
(Entra. Al pasar el umbral se ve á Saltabadil alzar el cuchillo. Telón rápido.)
Viñeta de adorno