Ilustración ornamentalACTO IISALTABADIL
Ilustración ornamental
SALTABADIL
El rincón más desierto del callejón sin salida de Buci. Á la derecha una casita de reservada apariencia con su patinillo rodeado de un muro que ocupa parte del teatro. En este patio hay algunos árboles y un banco de piedra. En el muro una puerta que da á la calle, y por encima del muro una galería con arcadas del Renacimiento. — La puerta del primer piso da al terrazo que se comunica con el patio por una escalera. — Á la izquierda los altos muros del jardín del palacio Cossé. — En el fondo, casas lejanas, y el campanario de San Severo.
PERSONAJES
FRANCISCO I.TRIBOULET.BLANCA.SALTABADIL.M. DE PARDAILLAN.M. DE BRION.M. DE MONTCHENU.CLEMENTE MAROT.M. DE PIENNE.M. DE GORDES.M. DE MONTMORENCY.M. DE COSSÉ.M.meBERARDA.
TRIBOULET, SALTABADIL.—Á su tiempo, PIENNE y GORDES por el foro.
(Triboulet, envuelto en oscura capa y sin ninguna de las insignias de bufón, parece en la calle y se dirige hacia la puerta del muro. Un hombre vestido de negro é igualmente arrebujado en su capa, y armado de espada, cuya punta asoma por debajo, viene siguiéndole los pasos.)
Triboulet(pensativo).—¡Cómo me maldijo el anciano!
El hombre(saludándolo).—Caballero...
Triboulet.—¡Ah! (Requiriéndose los bolsillos.) No llevo nada.
El hombre.—Tampoco os pido yo nada. ¡Qué diablo!
Triboulet.—En hora buena.
(Hace un gráfico ademán para que se retire y lo deje en paz, á la vez que entran Pienne y Gordes que se detienen acechando en el fondo.)
El hombre.—Mal me juzgáis, caballero; yo soy hombre de espada.
Triboulet(retrocediendo y aparte).—¿Será un ladrón?
El hombre(acercándose y con voz dulzona).—No temáis. Os veo rondar por aquí todas las noches y presumo que tenéis alguna mujer que guardar.
Triboulet(aparte).—¡Diablo! (Alto.) Yo no acostumbro á decir á nadie mis secretos.
(Quiere pasar adelante y el otro le detiene.)
El hombre.—No lo digo, por tanto, sino por vuestro bien. Si me conociérais me trataríais mejor. (Acercándose más.) ¿Ha puesto acaso algún fatuo sus atrevidos ojos en los de vuestra mujer? ¿Estáis celoso?
Triboulet.—Acabemos: ¿qué queréis? (Con impaciencia.)
El hombre(bajo y pronto).—Con sólo una buena propina mataremos al rival.
Triboulet.—¡Ah! ¡Muy bien!
El hombre.—Ya veis que soy un hombre honrado.
Triboulet.—¡Pardiez! Ya lo veo.
El hombre.—Y que os sigo con buenas intenciones.
Triboulet.—Sí, por cierto. Sois un hombre útil.
El hombre(con modestia).—El guardián del honor de las damas de la ciudad.
Triboulet.—¿Y cuánto lleváis por matar á un rival?
El hombre.—Según sea éste y la habilidad que uno tiene.
Triboulet.—Por despachar á un gran señor.
El hombre.—¡Pardiez! Esos no son hembras y van muy bien armados: por consiguiente hay que dar y recibir y arriesga uno el pellejo. Un gran señor es caro.
Triboulet.—¡Caro eh! ¿Acaso los villanos se permiten matarse entre sí?
El hombre.—Ellos se arreglan. Esto es cosa de lujo, sin embargo, lujo que en general sólo se permiten los hombres bien nacidos. Hay quien por una buena suma quiere echársela de caballero y se vale de mí, dándome la mitad antes, y después la otra mitad.
Triboulet(meneando la cabeza).—Sí, os exponéis á la horca.
El hombre(sonriendo).—No tanto, porque pagamos derechos á la policía.
Triboulet.—Á tanto por hombre ¿eh?
El hombre.—Pues... Á menos que... ¿qué os diré? que no mate uno... al mismo rey.
Triboulet.—¿Y cómo te las compones?
El hombre.—Caballero, yo mato en la ciudad ó en mi casa, como quieran.
Triboulet.—Tu procedimiento es muy urbano.
El hombre.—Para trabajar fuera de casa, tengo un estoque tan agudo como bien templado; acecho apostado á la víctima y...
Triboulet.—¿Y dentro de casa?
El hombre.—¡Oh! Allí tengo á mi hermana Magdalena, moza tan bella como osada y fuerte, que baila por calles y plazas con que atrae á casa al galán y...
Triboulet.—Comprendo.
El hombre.—Esto se hace sin ruido ni voces, decentemente. Dadme, pues, el encargo y os juro que quedaréis contento. No he puesto tienda y todo se hace sin escándalo, á la sordina. Sobre todo, no soy hombre de puñal, como esos bandidos que se juntan á ocho y diez para el menor empeño; tan corto su valor como su acero. Mirad mi herramienta.
(Saca una espada desmesuradamente larga. Triboulet retrocede con espanto.)
Triboulet.—¡Grande es! Pero no tengo por ahora necesidad de ella; mil gracias.
El hombre(envainando su hierro).—Pues cuando me necesitéis, me encontraréis todos los días á eso de las doce paseándome por delante del hotel del Maine. Me llamo Saltabadil.
Triboulet.—¿Sois gitano?
El hombre.—Y borgoñón.
Gordes(Tomando nota.—Aparte á Pienne.)—Es un hombre precioso, y apunto su nombre.
El hombre.—No por eso penséis mal de mí, caballero.
Triboulet.—No. ¡Qué diablos! de algo hay que comer.
El hombre.—Á no ser un mendigo, un holgazán, un miserable. Tengo cuatro hijos.
Triboulet.—Que debéis educar... Ea, Dios os bendiga.
(Despidiéndole.)
Pienne(á Gordes).—Todavía no ha oscurecido y temo que nos vea Triboulet.
(Salen.)
Triboulet.—Buenas tardes.
El hombre.—Siempre á vuestras órdenes.
(Retirándose.)
Triboulet(mirándole).—Mucho nos parecemos los dos: lengua acerada, espada puntiaguda. Yo soy el hombre que ríe; él el hombre que mata.
TRIBOULET, solo
(El bufón abre cautelosamente la puerta del patio, y después de observar por fuera, quita la llave y vuelve á cerrar por dentro, dando algunos pasos por el patio con preocupación é inquietud.)
¡Cómo me maldijo el anciano!... Mientras me maldecía, me burlaba yo de su dolor, como un infame, y me reía; pero llevaba el espanto en el alma. (Siéntase en el banco junto á la mesa de piedra.) ¡Maldito!... ¡Ah! La naturaleza y los hombres me han hecho muy malo, cruel, é infame en efecto. ¡Oh rabia! ¡Ser bufón, ser deforme! ¡Siempre este pensamiento! Y ya vele, yaduerma, cuando con él he dado la vuelta al mundo, ¡venir á parar siempre á esto! ¡Soy bufón de la corte! ¡No querer, no poder, no deber, y no hacer más que reir! ¡Qué exceso de oprobio y de miseria! Lo que tienen los soldados reunidos en rebaño al rededor de ese harapo que llaman bandera; lo que queda al mendigo español, al esclavo de Túnez, al forzado en su galera, á todo hombre que respira y se mueve, el derecho de no reir, de llorar, si quiere; ese derecho me falta... ¡Oh Dios! Triste y despechado, lleno siempre del disgusto de mi deformidad, celoso de toda fuerza y belleza, rodeado de esplendores que me vuelven más sombrío, adusto y solo, si quiero á veces recoger y calmar por un momento mi alma que solloza y llora amargamente, viene de pronto mi amo, mi alegre amo, que omnipotente, adorado de las mujeres, contento de vivir, de puro dichoso olvidado de la muerte, joven, gallardo, hermoso, rey de Francia, me da un puntapié y me dice bostezando: Bufón, hazme reir... ¡Pobre bufón! Y es un hombre, con todo. Pero la pasión que hierve en su alma, el rencor, el orgullo, la cólera, la envidia, el furor, la eterna cavilación de algún mal designio... cuantos sentimientos le roen el pecho desaparecen á una señal de su amo, y para quien su amo quiere se muestra el juglar jovial y chispeante. ¡Qué abyección! Si se sienta, si se levanta, si anda, siempre siente el hilo que le tira del pié. Por todas partes desprecio y humillación. Así, señores míos, altivos caballeros ¡cuánto os odia el bufón! ¡Qué caros os hace pagar vuestros desdenes! ¡Qué bien sabe buscar sus desquites! Es el demonio familiar que aconseja, que tienta á su amo y en cuanto puede agarrar entre sus uñas un alma la destroza á placer. Vosotros le habéis vuelto malo y se venga. Pero ¡oh dolor! ¿es esto vivir? Mezclar hiel en el vino con que otros se embriagan, borrar todo buen instinto que germina enellos, aturdir con cascabeles todo espíritu que quiere pensar, pasar como un genio maléfico por los festines, turbar la dicha de los que gozan, ansiar tan sólo el mal ageno, y contra todos y por donde quiera, llevar en sí y derramar en todo, y guardar y esconder bajo burlona risa el odio eterno que envenena el corazón... ¡Oh! ¡Cuán desgraciado soy! (Levantándose.) Pero aquí ¿qué me importa eso? ¿No soy otro hombre al pasar esa puerta? Olvidemos por un momento el mundo de que salgo. Aquí no debo traer nada de afuera. (Volviendo á su despecho.) ¡Cómo me maldijo el anciano!... ¿Por qué diablos me persigue con tal insistencia este pavoroso recuerdo? Con tal que no me suceda nada malo... ¡Bah! Soy un necio.
(Se acerca á la puerta de la casa y llama. Ábrese y sale de ella una joven vestida de blanco, que se echa alegremente en sus brazos.)
TRIBOULET, BLANCA, luégo M.meBERARDA
Triboulet.—¡Hija mía! (La estrecha con pasión.) ¡Oh! Pon tus manos sobre mi corazón. Á tu lado, bien mío, todo sonríe, nada me pesa. ¡Qué bien respiro á tu lado! ¡Cuán feliz soy contigo! (Mirándola con embriaguez.) Más bella cada día. Nada te falta ¿verdad? ¿Estás bien aquí? Blanca mía, abrázame otra vez.
Blanca.—¡Qué bueno sois, padre mío!
Triboulet(sentándose).—No, es que te amo. ¿No eres mi vida y aun mi sangre? Si no te tuviera á ti, ¿qué haría yo, Dios mío?
Blanca.—¡Suspiráis! ¿Qué pesares tenéis? Decídselos á vuestra hija. ¡Ah! Aún no sé quién es mi familia.
Triboulet.—¡Familia! Tú no la tienes, hija mía.
Blanca.—Hasta ignoro vuestro nombre.
Triboulet.—¿Qué te importa mi nombre?
Blanca.—Nuestros vecinos de Chinón, la aldea en que me crié, me creían huérfana, antes de vuestra llegada.
Triboulet.—Allá debía dejarte; sin duda hubiera sido lo más prudente. Pero yo no podía ya vivir así tampoco: tenía necesidad de ti, tenía necesidad de un corazón que me amara.
(Abrazándola otra vez.)
Blanca.—Si no queréis hablarme de vos...
Triboulet.—Mira, no salgas jamás.
Blanca.—En los dos meses que hace que estoy aquí, apenas he ido ocho veces á la iglesia.
Triboulet.—Bien.
Blanca.—Padre mío, habladme á lo menos de mi madre.
Triboulet.—¡Oh! no despiertes en mí tan amargo pensamiento, no me recuerdes que en otro tiempo encontré una mujer diferente de las demás mujeres, que viéndome solo, enfermo, pobre y aun aborrecido, me amó por mi miseria y mi deformidad. Murió llevándose consigo á la tumba el angelical secreto de su fiel amor, amor que pasó por mí como un relámpago, como un rayo de luz del paraíso que se apagara en mi infierno. ¡Ah! ¡Séale la tierra ligera! Tú sola me quedas en el mundo. ¡Gracias, Dios mío!
(Levanta los ojos al cielo y llora luégo ocultando la frente entre las manos.)
Blanca.—¡Cuánto debéis padecer! Padre mío, no, no quiero que lloréis, porque se me parte el corazón.
Triboulet.—¿Y qué dirías si me vieras reir?
Blanca.—¿Qué tenéis, padre mío? Decidme vuestro nombre. ¡Oh! Derramad en mi seno la amargura de todas vuestras penas.
Triboulet.—No. ¿Á qué nombrarme? Soy tu padre y basta. Escucha. Fuera de aquí acaso me temen. ¿Quién sabe? El uno me desprecia, el otro me maldice. ¡Mi nombre! ¿Qué harías después de saberlo? Quiero, aquí á lo menos, á tu lado, en este rincón del mundo donde todo es inocencia, quiero ser para ti sólo un padre, algo santo, augusto, sagrado.
Blanca.—¡Padre mío!
Triboulet.—¿Hay un solo corazón que responda al mío? (Abrazándola.) ¡Oh! Te amo por todo lo que odio al mundo. Siéntate á mi lado y hablemos de esto. Dime ¿amas mucho á tu padre? Y pues estamos aquí juntos, mano á mano, ¿qué nos obliga á hablar de otra cosa? Hija mía, única felicidad que el cielo me ha permitido, otros tienen padres, hermanos, amigos, esposas, vasallos, cortejo, aliados, muchos hijos... ¿qué sé yo? Yo no tengo más que á mi hija. Otros son ricos; tú sola eres mi tesoro, tú sola mi riqueza. Otros creen en Dios; yo no creo más que en tu alma. Otros son jóvenes y el amor y el placer les brindan sus delicias; para ellos orgullo, esplendor, gracia, salud; yo, como ves, no tengo más que tu belleza. ¡Hija mía! Mi ciudad, mi país, mi familia, mi esposa, mi madre, y mi hermana y mi hija, mi dicha, mi fortuna, mi culto, mi ley, mi universo, eres tú, siempre tú y nada más que tú... ¡Oh, si llegara á perderte!... No, no; no podría soportarlo. Mírame y sonríe: ¡qué graciosa tu sonrisa! toda á tu madre. Ella también era bella. Como ella, sueles pasarte la mano por la frente como si te la enjugaras, porque á un corazón inocente, corresponde una frente pura y ojos azules. Para mí irradias angelical resplandor, y al través de tu cuerpo, mi alma está viendo tu alma. Aun con los ojos cerrados, te veo: la luz me viene de ti. Á veces quisiera estar ciego para no tener otro sol en el mundo.
Blanca.—¡Oh! ¡Cuánto anhelo haceros feliz!
Triboulet.—Si soy feliz contigo. ¡Oh! ¡Qué hermosos cabellos negros! (Acariciándolos.) Cuando niña eras rubia. ¿Quién lo creyera?
Blanca(con mimo).—Un día, antes de oscurecer, quisiera salir para ver un poco á París.
Triboulet(impetuosamente).—¡Nunca, jamás! ¿Has salido alguna vez con Berarda?
Blanca(temblando).—¡Oh! no.
Triboulet.—¡Cuidado!
Blanca.—Sólo he ido á la iglesia.
Triboulet(aparte).—¡Cielos! Si la vieran, la seguirían y acaso... acaso me la robaran. La hija de un bufón no inspiraría ningún respeto y sería cosa de risa deshonrarla (Alto.) Te lo ruego, hija mía; permanece aquí encerrada. ¡Si supieras qué malo es el aire de París para las mujeres!... ¡Si vieras cómo corren por la ciudad los libertinos, sobre todo los señores! ¡Oh Dios! ¡Preserva del tempestuoso viento que marchita y aun troncha otras flores, esta flor graciosa y virginal, para que un padre infeliz pueda en sus horas de tregua aspirar su pura esencia!
(Deja caer la cabeza entre las manos y llora.)
Blanca.—No os hablaré más de salir. No lloréis, padre mío.
Triboulet.—Esto me alivia. ¡He reído tanto anoche!... (Levantándose.) Pero ya anochece y es tiempo de ir á tomar mi collar. Adiós.
Blanca.—¿Volveréis pronto?
Triboulet.—Acaso. Ya ves, niña, cómo no soy dueño de mí. (Llamando.) ¡Berarda!
(Aparece en la puerta una dueña.)
Berarda.—Señor...
Triboulet.—¿Habéis notado si cuando vengo me ve alguien entrar?
Berarda.—Nadie, señor. ¡Si esto es un desierto!
(En la calle, á la otra parte de la tapia, aparece el rey disfrazado con traje oscuro y sencillo, y examina la altura del muro y la puerta cerrada con muestras de impaciencia y despecho.)
Triboulet.—Adiós, hija mía. (Abrazándola.) ¿Tenéis bien cerrada la puerta que da al terraplén? (Á la dueña, que hace una señal afirmativa.) Á espaldas de San Germán sé que hay una casa más retirada todavía. Mañana he de verla.
Blanca.—Padre, esta me gusta por el terrazo, desde donde se ven jardines.
Triboulet.—No subas al terrazo por Dios. (Escuchando.) ¿Andan por fuera?
(Va á la puerta del patio, la abre y mira á la calle con inquietud. El rey se ha ocultado en un hueco cerca de la puerta, que deja entreabierta Triboulet.)
Blanca.—¿Cómo? ¿No puedo por las tardes subir á respirar al terrazo?
Triboulet(volviendo).—¡Cuidado que te podrían ver! (Á Berarda.) Tampoco pondréis nunca luz en la ventana ¿eh?
(El rey á espaldas del bufón se desliza en el patio y se esconde tras de un árbol.)
Berarda.—¡Virgen Santísima! ¿Cómo queréis que éntre aquí ningún hombre?
(Vuélvese y descubre al rey tras del árbol. Pero al ir á gritar le echa el galán en la gorguera un bolsillo, que la dueña toma suspensa y calla.)
Blanca(á su padre que ha ido á reconocer el terrazo con una linterna).—¡Qué precauciones! ¿Qué teméis, padre mío?
Triboulet.—Por mí nada; todo por ti. ¡Vaya! Adiós, Blanca... hija mía.
(Un rayo de luz de la linterna, que tiene la dueña, alumbra al padre y á la hija.)
El Rey(aparte).—¡Triboulet! (Ríe.) ¿Qué diablos es esto? ¡La hija de Triboulet! ¡Preciosa historia!
Triboulet(Volviendo desde la puerta.)—Ahora que me acuerdo, ¿cuándo vais á la iglesia os sigue alguien?
(Blanca baja los ojos con embarazo.)
Berarda.—¡Jesús!... Nadie.
Triboulet.—Si os siguiera alguien alguna vez, gritad.
Berarda.—Sin duda; pediría socorro.
Triboulet.—Y si llaman á la puerta, no abráis jamás.
Berarda.—¿Aunque fuera el rey?
Triboulet.—Sobre todo, si es el rey.
(Abraza por última vez á su hija y sale cerrando tras sí la puerta.)
BLANCA, BERARDA, EL REY.—(Que permanece escondido tras el árbol.)
Blanca(escuchando pensativa los pasos de su padre que se aleja).—Siento remordimientos.
Berarda.—¡Remordimientos! ¿Y por qué?
Blanca.—¡Como á la menor cosa se espanta y alarma! Y sin embargo, he visto una lágrima en sus ojos. ¡Pobre padre, tan bondadoso! Debía haberlo prevenido de que el domingo á la hora en que salimos nos sigue un galán. ¿No recuerdas? Aquel gallardo mozo.
Berarda.—¿Y á qué contarle esas cosas, niña? En resumidas cuentas lo que hay es que vuestro padre es muy huraño y raro. Y vos ¿odiáis mucho á ese apuesto galán?
Blanca.—¡Odiarle yo! ¡Oh! no... muy al contrario; desde que le ví, nada puede distraerme de él. ¡Ah! desde el día en que sus ojos hablaron á los míos, lo ven siempre aquí, soy suya... ya ves, me forjé la ilusión... Me parece un codo más alto que todos. ¡Qué arrogante y amable es! ¡qué altivo y noble!...
Berarda.—Un buen mozo, realmente.
(Pasa cerca del rey que le da un puñado de monedas de oro.)
Blanca.—Un hombre así debe ser...
Berarda.—Un cumplido caballero.
(Tendiendo la mano al rey, que vuelve á darle dinero.)
Blanca.—Vese asomar á sus ojos su gran corazón.
Berarda.—Cierto, un corazón inmenso.
(Á cada palabra que dice tiende la mano al rey que se la llena de oro.)
Blanca.—Valiente.
Berarda.—Extraordinario.
Blanca.—Y sin embargo, bondadoso.
Berarda.—Tierno.
Blanca.—Generoso.
Berarda.—Magnífico.
Blanca(suspirando).—Me gusta mucho.
Berarda.—Su estatura es sin igual. ¿Y sus ojos?... ¿Y su frente? ¿Y su nariz?
(Alargando la mano á cada palabra.)
El Rey(aparte).—¡Pardiez! Como la vieja me admira al por menor, me ha dejado exhausto.
Blanca.—Te agradezco que tanto le alabes.
Berarda.—¡Pues no! Un corazón inmenso... bondadoso... tierno... valiente... generoso.
El Rey(Vaciándose los bolsillos. Aparte.)—¡El diablo que te lleve! ¡Y vuelve á empezar!
Berarda.—Es un gran señor... elegantísimo... brillante como el oro...
(Tiende otra vez la mano, y el rey le da á entender que no le queda ya nada.)
Blanca.—Pues yo no quisiera que fuera señor ni príncipe; sino un pobre estudiante de provincia... me amaría más.
Berarda.—Es posible, después de todo, si así lo preferís. (Aparte.) ¡Qué mal gusto! Al fin muchacha;no sabe lo que quiere. (Vuelve á alargar la mano.) Ese gentil galán os ama locamente. (Aparte.) Parece que se ha quedado sin blanca. Pues si no hay dinero, basta de elogios.
Blanca.—¡Cuánto tardan en venir los domingos! Cuando no le veo, estoy triste. ¡Oh! Creí el otro día en el momento del ofertorio que me iba á hablar, y el corazón me saltaba en el pecho. De día y de noche pienso en ello. Por su parte, el amor que me tiene le absorbe... Estoy cierta de que lleva mi imagen grabada en su alma. Es un hombre así, y bien se le conoce: las demás mujeres le son indiferentes; para él no hay juegos ni diversiones... no piensa más que en mí.
Berarda.—Lo juraría por mi cabeza.
(Tendiendo la mano.)
El Rey(aparte).—Mi anillo por tu cabeza.
(Le da su anillo.)
Blanca.—Muchas veces, pensando en él de día y con él soñando de noche, quisiera verlo aquí, delante de mis ojos... (Sale el rey de su escondrijo y va á arrodillarse á sus piés mientras ella mira á otro lado...) ...para decirle á él mismo: Sé feliz; está contento... ¡oh! sí, yo te am... (Se vuelve, ve al rey y se detiene petrificada.)
El Rey(tendiéndole los brazos).—¡Te amo! Acaba, acaba. ¡Oh! dí¡Yo te amo!No temas nada. ¡Suenan tan bien estas palabras en tan graciosos labios!...
Blanca(buscando espantada con la vista á la dueña, que ha desaparecido).—¡Berarda! Nadie me responde ¡oh Dios!
El Rey.—Dos amantes felices son un mundo.
Blanca(temblando).—Caballero ¿de dónde salís?
El Rey.—Del infierno ó del cielo. Que sea yo Satanás ó Gabriel, ¿qué os importa, si os amo?
Blanca.—¡Oh Dios! ¡Piedad! Supongo que no os habrán visto entrar. ¡Dios mío! Si mi padre... Salid.
El Rey.—¡Salir! ¡Cuando te tengo entre mis brazos,cuando te pertenezco y me perteneces! Me has dicho que me amas.
Blanca(confusa).—¡Me escuchaba!
El Rey.—Sin duda. ¿Qué concierto más divino quieres que escuche?
Blanca(suplicante).—¡Ah! Ya me habéis hablado. Ahora por piedad, salid.
El Rey.—¡Salir, cuando mi suerte está ligada á la tuya, cuando tu estrella y la mía brillan en el mismo horizonte, cuando vengo á despertar tu corazón de niña... el cielo me ha elegido para abrir al amor tu alma virginal, y tus ojos á la luz! Ven, escucha... el amor es el sol del alma. ¿No te sientes enardecida á su dulce llama? El cetro que da y quita la muerte, la gloria que se adquiere con la guerra, tener un nombre famoso, ganar muchos dominios, ser rey ó emperador son cosas humanas; no hay nada en la tierra donde todo pasa, sino una cosa divina, el amor. ¡Oh Blanca! tu rendido amante te trae la felicidad que tímida esperaba en tu puerta. La vida es una flor y el amor su miel, es la paloma unida al águila en el cielo, es la trémula gracia apoyada en la fuerza, es tu mano dulcemente olvidada en mi mano... ¡Oh! amémonos, amémonos.
(Quiere abrazarla y ella lo rehuye.)
Blanca.—No, no; dejadme, por Dios.
(El rey la estrecha al fin en sus brazos y la besa.)
Berarda(Oculta en el fondo. Aparte.)—Esto va viento en popa.
El Rey.—¡Ah! Dime que me amas.
Berarda.—¡Truhán!
El Rey.—Soy feliz.
Blanca.—Estoy perdida.
El Rey.—Al contrario, amor mío.
Blanca.—Sois un extraño para mí. Decidme vuestro nombre.
Berarda(aparte).—Tiempo es ya de pensar en ello.
Blanca.—Á lo menos no seréis gran señor. ¡Les teme tanto mi padre!...
El Rey.—Yo me llamo... (Aparte.) ¿Cómo me llamo yo? (Alto.) Gaucher Mahiet, y soy... un pobre estudiante.
Berarda(contando su dinero).—¡Qué trapalón!
(Entran en la calle M. de Pienne y Pardaillan envueltos en sendas capas y con una linterna sorda en la mano.)
Pienne(al otro).—Aquí es, caballero.
Berarda(baja precipitadamente del terrazo y avisa en voz baja diciendo:)—Gente oí fuera.
Blanca(con espanto).—Acaso mi padre.
Berarda.—Partid, caballero.
El Rey.—¡Que no tuviera entre mis manos al que así me estorba!
Blanca(á la dueña).—Acompáñalo sin demora y que salga por la puerta del malecón.
El Rey.—¡Oh! ¡Dejarte ya...!
Blanca.—Es preciso.
El Rey.—¿Me amarás mañana?
Blanca.—¿Y vos?
El Rey.—Toda la vida.
Blanca.—¡Ah! Me engañaréis, porque engaño yo á mi padre.
El Rey.—Nunca. Ahora, Blanca, un beso de despedida.
Berarda(aparte).—Es un besucón de mil demonios.
Blanca.—No, no.
(El rey la besa y sigue á la dueña. Blanca queda un momento con los ojos fijos en la puerta por donde han salido, y después los sigue. Entre tanto puéblase la calle de caballeros armados, cubiertos y enmascarados. Ha cerrado la noche. Los caballeros, que han tapado la linterna sorda, se entienden por señas. Un criado los sigue con una escala.)
Los caballeros, luégo TRIBOULET, después BLANCA
(Blanca aparece en el terrazo por la puerta del primer piso con una luz en la mano.)
Blanca.—¡Gaucher Mahiet! nombre de mi amado, grábate en mi corazón.
Pienne.—Caballeros, es ella; la misma.
Pardaillan.—Veamos.
Gordes(con desdén).—Alguna beldad vulgar. Te compadezco, duque, si te contentas con mujeres de villanos.
(Vuélvese Blanca de modo que la pueden ver bien.)
Pienne.—¿Qué te parece, conde?
Marot.—No es fea la villana.
Gordes.—Es un hada, un ángel, una diosa.
Pardaillan.—¿Y es la manceba del bufón? ¡Qué hipócrita!
Gordes.—¡Qué pícaro!
Marot.—La más hermosa para el más feo. Júpiter se complace en cruzar las razas.
(Retírase Blanca por donde ha salido, viéndose ya sólo luz por una ventana.)
Pienne.—Señores, no perdamos tiempo. Hemos resuelto castigar á Triboulet, y aquí estamos todos con nuestro agravio y además con una escala. Escalemos, pues, el muro y robémosle la hembra, para que al levantarse el rey mañana, la encuentre en palacio.
Cossé.—Si el rey pone aquí la mano...
Marot.—El diablo desenredará la trama.
Pienne.—¡Bien dicho! Manos á la obra.
Gordes.—En verdad, es bocado de rey.
(Entra Triboulet.)
Triboulet(pensativo, en el fondo).—Vuelvo... no sé á qué... ¡Ah!
Cossé(á los otros).—Pero, señores, ¿os parece bien que el rey le sople así la dama á todo el mundo? Querría saber yo lo que diría el rey, si alguien le usurpara la suya.
Triboulet(adelantándose).—¡Cómo me maldijo el anciano! Siento así... como una turbación. (La oscuridad es tan densa que no ve á Gordes con quien se roza al pasar.) ¿Quién va?
Gordes(volviendo á los otros).—¡Triboulet, señores!
Cossé.—¡Victoria doble! Matemos al traidor.
Pienne.—Eso no.
Cossé.—Está en nuestras manos.
Pienne.—Pero ¿quién nos divertirá mañana?
Gordes.—Va á estorbarnos.
Marot.—Dejad que yo le hable: voy á arreglarlo todo.
Triboulet(prestando atento oído).—Parece que hablan bajo.
Marot(acercándose).—¿Triboulet?
Triboulet(con voz ruda).—¿Quién va?
Marot.—¡Pardiez! No vayas á tragarme: soy yo.
Triboulet.—¿Quién eres tú?
Marot.—Marot.
Triboulet.—¡Ah! ¡Está tan oscuro!... Y ¿qué ocurre?
Marot.—Venimos... ¿No lo adivinas?
Triboulet.—No.
Marot.—Pues venimos á robar para el rey la esposa de Cossé.
Triboulet(respirando).—¡Ah!... ¡Magnífica idea!
Cossé(aparte).—Estoy por romperle un hueso.
Triboulet.—¿Y cómo os las compondréis para llegar hasta ella?
Marot(bajo á Cossé).—Dadme vuestra llave.
Blanca.—¡Padre! ¡Padre mío! ¡Socorro!
Blanca.—¡Padre! ¡Padre mío! ¡Socorro!
(Se la da. Toma, y tienta la llave y reconoce el cincelado blasón del conde.)
Triboulet.—Sí, las tres hojas de sierra: es su blasón. (Aparte.) ¡Pardiez! ¡Qué necio soy! No sé lo que me había imaginado. (Alto.) Pues ahí está el palacio de Cossé. ¡Conque venís á robar su mujer! ¡Bravo!
Marot.—Todos venimos enmascarados.
Triboulet.—Pues bien, venga una máscara. (Marot le pone una máscara y añade una venda que le ata sobre los ojos y las orejas.) ¿Y ahora?
Marot.—Ahora nos tendrás la escala.
(Los caballeros suben por la escala, fuerzan la puerta del primer piso del terrazo y penetran en la casa. Un momento después, uno de ellos aparece en el patio, cuya puerta abre. Después entra todo el grupo, trayendo á Blanca desceñida y amordazada, que se resiste como puede.)
Blanca(á lo lejos).—¡Padre! ¡Padre mío! ¡Socorro!
Los caballeros.—¡Victoria!
(Desaparecen con la joven.)
Triboulet(solo al pié de la escalera).—¿Me hacen pasar aquí mi purgatorio? ¿Han acabado ya? ¡Qué irrisión! (Suelta la escala, se lleva la mano á la máscara y encuentra la venda.) ¡Ah, tengo los ojos vendados! (Se arranca la venda y la máscara. Á la luz de la linterna sorda, que se han dejado olvidada en el suelo, ve algo blanco, lo recoge y reconoce el velo de su hija. Vuélvese y ve apoyada la escala en el muro de su terrazo y la puerta de su casa abierta. Entra en ella como un loco y reaparece un momento después arrastrando á la dueña amordazada y medio vestida. Mírala con estupor y luégo se mesa los cabellos dando gritos inarticulados. Al fin recobra la palabra y grita sordamente:) ¡Oh! ¡la maldición, la maldición!
(Cae sin sentido.)