Ilustración ornamentalACTO IVEL SEPULCRO
Ilustración ornamental
EL SEPULCRO
AQUISGRÁN
El subterráneo que encierra el sepulcro de Carlomagno en Aquisgrán. — Grandes bóvedas de arquitectura lombarda; gruesos pilares bajos, arcos, capiteles con relieves de pájaros y flores. — Á la derecha el sepulcro de Carlomagno con una puertecita de bronce baja y cimbrada. — Una sola lámpara, suspendida de una clave, alumbra la inscripción: CAROLUS MAGNUS. — Noche. No se ve el fondo del subterráneo, perdiéndose la vista en las arcadas, las escaleras y los pilares.
PERSONAJES
DON CARLOS.HERNANI.DON RUY GÓMEZ DE SILVA.DOÑA SOL.DON RICARDO.EL REY DE BOHEMIA.EL DUQUE DE BAVIERA.LOS CONJURADOS.
DON CARLOS, DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma, con una linterna en la mano
D. Ricardo(Sombrero en mano.)—Aquí es.
D. Carlos.—¡Aquí se reune la Liga! Voy á tenerlos á todos juntos en mi mano. ¡Ah! Señor elector de Tréveris, aquí es. Le habéis ofrecido este lugar y... ciertamente está bien elegido. Negra maquinación prospera á la sombra de las catacumbas. Bueno es aguzar los puñales en la piedra de los sepulcros. Pero este es juego muy arriesgado; va en ello la cabeza, señores asesinos. En fin, ya veremos. Desde luego hicieron bien en elegir un sepulcro para tal empeño: así tendrán que andar menos, si pierden. (Á Rojas.) ¿Se extienden mucho estos subterráneos?
D. Ricardo.—Hasta la fortaleza.
D. Carlos.—Más de lo que se necesita.
D. Ricardo.—Otros por este lado corren hasta el monasterio de Altenheim.
D. Carlos.—Donde Rodolfo exterminó á Lotario. Repíteme, conde, repíteme nombres y agravios, dónde, cómo y por qué.
D. Ricardo.—Gotha...
D. Carlos.—Sé por qué el buen duque conspira: quiere un alemán de Alemania en el imperio.
D. Ricardo.—Hohemburgo...
D. Carlos.—Ese, según entiendo, preferiría el infierno con Francisco al cielo conmigo.
D. Ricardo.—Don Gil Téllez Girón.
D. Carlos.—¡Ira de Dios! El infame conspira contra su rey.
D. Ricardo.—Dicen que os encontró una noche ensu casa, cuando lo hicisteis barón y quiere vengar el honor de su cara mitad.
D. Carlos.—Entonces que se rebele contra España entera. ¿Quién más?
D. Ricardo.—Cítase también al reverendo Vázquez, obispo de Ávila.
D. Carlos.—¿También para vengar la virtud de su mujer?
D. Ricardo.—Después Guzmán de Lara, descontento, porque desea el collar de vuestra orden.
D. Carlos.—¡Oh! Si sólo se trata de un collar... lo tendrá.
D. Ricardo.—El duque de Lutzelburgo. En cuanto á los designios que se le suponen...
D. Carlos.—¡Gran cabeza!
D. Ricardo.—Juan de Haro, que quiere á Astorga.
D. Carlos.—Esos Haros han dado siempre mucho que hacer al verdugo.
D. Ricardo.—No hay más.
D. Carlos.—No están todos, conde. No has citado más que siete y son más, según mi cuenta.
D. Ricardo.—No miento á algunos bandidos pagados por Tréveris y Francia.
D. Carlos.—Hombres sin escrúpulos, cuyo puñal se inclina siempre al oro, como la aguja al polo.
D. Ricardo.—Sin embargo, entre ellos ví á dos audaces compañeros, recién llegados, un mozo y un viejo...
D. Carlos.—Sus nombres, su edad...
D. Ricardo.—Ignoro sus nombres; en cuanto á la edad, el uno tendrá unos veinte años...
D. Carlos.—¡Qué lástima!
D. Ricardo.—Y el otro sesenta á lo menos.
D. Carlos.—El uno no tiene aún edad para conspirador, y el otro no la tiene ya. Peor para los dos. Cuidaré de ellos. El verdugo puede contar con mi ayuda, en caso necesario. ¡Oh! Si su hacha se embota contralos traidores, yo le prestaré mi espada, enemiga de las facciones. Si se me obliga, he de coser al paño del cadalso mi púrpura imperial. Pero ¿seré emperador?
D. Ricardo.—El colegio, reunido ya, delibera á estas horas.
D. Carlos.—¿Qué sé yo? Nombrarán á Francisco primero ó al sajón, su Federico el Sabio. Lutero tiene razón; todo va mal. ¡Buenos fautores de majestades, que no aceptan sino razones doradas! Un sajón hereje, un conde Palatino imbécil, un primado de Tréveris libertino. En cuanto al rey de Bohemia, ese está por mí. Príncipes de Hesse, más pequeños aún que sus Estados, mozos idiotas, viejos libertinos, coronas; pero cabezas... que vayan por ellas. Enanos, que podría yo, ¡ridículo concilio! llevar como Hércules en mi piel de león. Me faltan tres votos, conde ¡todo me falta! Por esos tres votos daría yo á Gante, Toledo y Salamanca, tres ciudades á su elección, conde; tres de mis mejores ciudades de Castilla ó de Flandes... para recobrarlas más tarde, por supuesto. Ya lo oyes. (Don Ricardo se inclina profundamente y se pone el sombrero.) ¿Os cubrís?
D. Ricardo.—Señor, me habéis tuteado y soy ya grande de España.
D. Carlos(Aparte.)—Le compadezco. ¡Ambicioso de nada! ¡Qué interesada amistad! ¡Cómo al través del nuestro siguen sus pensamientos! ¡Viles y famélicos mendigos de la corte á quienes el rey echa á migajas la grandeza! Sólo Dios y el emperador son grandes... y el Padre Santo; los demás reyes y duques... ¡Pardiez!
D. Ricardo.—Yo espero que proclamen á Vuestra Alteza.
D. Carlos(Aparte.)—¡Alteza, alteza á mí! Tengo desgracia en todo... ¡Si no pudiera pasar de rey!...
D. Ricardo(Aparte.)—Sea ó no emperador, yo soy ya grande de España.
D. Carlos.—Luégo que hayan elegido el emperador de Alemania ¿qué señal anunciará su nombre á la ciudad?
D. Ricardo.—Un cañonazo, si es el duque de Sajonia; dos, si es el rey Francisco; tres, si es don Carlos de Austria, rey de España.
D. Carlos.—¡Y esa doña Sol!... Todo me irrita y me ofende. Conde, si por casualidad soy yo el emperador, corre á traerla... Acaso quiera un César...
D. Ricardo(Sonriendo.)—Vuestra Alteza es demasiado bueno, y...
D. Carlos(Interrumpiéndole.)—Sobre eso, ni una palabra. Todavía no he dicho yo lo que quiero que se piense. ¿Y cuándo se sabrá el nombre del elegido?
D. Ricardo.—Dentro de una hora, á lo más.
D. Carlos.—¡Oh, tres votos, nada más que tres votos! Pero aplastemos antes esa turba que conspira y veremos después de quién será el imperio. Ese Cornelio Agripa, sin embargo, alcanza mucho con la vista. En el celeste océano ha visto trece estrellas venir del Norte hacia la mía. ¡Bah! También dicen que el abad Juan Tritemo le ha prometido el imperio al rey Francisco. Para asegurar más mi suerte, hubiera debido ayudar yo la predicción con algunos armamentos. Las predicciones del hechicero más listo vienen siempre á mejor término, cuando un buen ejército con cañones y picas, peones y caballos, se presta á mostrar el camino á la fortuna. ¿Quién vale más, Cornelio Agripa ó Juan Tritemo? Sin duda aquel cuyo sistema apoya un buen ejército, y pone la punta de una lanza al cabo de lo que dice, y el tajo de una espada sobre toda dificultad para cortar á gusto del profeta. ¡Pobres locos que alta la frente fijan la vista en el imperio del mundo y dicen: «Es mi derecho»! Muchos cañones tienen cuyo abrasado aliento devoraría las ciudades; tienen barcos, ejércitos, caballos y parece que van á ir hasta el fin sobre los pueblos triturados... ¡Cá! En la gran encrucijada de la fortuna humana, que, antes que al trono, nos conduce al abismo, apenas dan un paso, cuando indecisos é inciertos, procurando en vano leer en el libro del destino, vacilan mal seguros y en la duda preguntan por su camino al nigromante de la esquina. (Á don Ricardo.) Vete. Es la hora en que han de venir los conjurados... ¡Ah! ¿La llave del sepulcro?
D. Ricardo(Entregándola.)—Señor, pensaréis en el conde de Limburgo, custodio capitular, que me la ha confiado y se ofrece á todo por complaceros.
D. Carlos(Despidiéndole.)—Haz cuanto te dije... todo.
D. Ricardo(Inclinándose.)—Sin demora, señor.
D. Carlos.—Tres cañonazos ¿eh?
D. Ricardo.—Tres.
(Se inclina y sale. Don Carlos, solo ya, se abisma en meditación profunda. Después levanta la cabeza y se vuelve hacia el sepulcro.)
DON CARLOS, solo
¡Carlomagno, perdona! Estas solitarias bóvedas sólo deberían repetir austeras palabras, y sin duda te indignas del rumor que hacen nuestras ambiciones en tu sagrada mansión... ¡Aquí está Carlomagno! ¿Cómo, oscuro sepulcro, cómo puedes contenerlo sin estallar? Gigante de un mundo creador ¿estás ahí bien hallado? ¿Puede estar ahí tendida toda tu grandeza? ¡Ah! ¡Magnífico espectáculo, la Europa así forjada por sumano y como él la dejó! Un edificio con dos hombres en la cúspide; dos jefes elegidos, á los cuales todo rey legítimo se somete. Casi todos los Estados, ducados, feudos militares, reinos, marquesados, todos son hereditarios; pero el pueblo suele tener su papa y su césar; todo marcha y el azar corrige el azar. De aquí proviene el equilibrio y siempre el orden se impone. Electores revestidos de tisú de oro, cardenales envueltos en mantos de escarlata, doble sacro senado que conmueve la tierra, no son más que ostentación y Dios quiere lo que quiere. Surge una idea, según las necesidades de los tiempos, brilla una luz, y se agranda, va, corre, se mezcla en todo, se hace hombre, posee los corazones, labra un surco... Muchos reyes la pisotean ó amordazan; pero entra un día en la dieta, en el cónclave, y todos ven surgir de repente sobre sus cabezas la idea esclava, con el globo en la mano y la tiara en la frente. El papa y el emperador lo son todo. Nada existe en la tierra sino por ellos y para ellos. En ellos vive un misterio supremo; y el cielo, cuyos derechos asumen, les da un gran banquete de pueblos y de reyes, y bajo sus nubes donde brama el trueno, los tiene á ellos solos sentados á la mesa, en que Dios les sirve el mundo. Frente á frente están allí arreglando, recortando, ordenando el universo y todo se hace entre los dos. Los reyes están á la puerta respirando el vapor de los manjares y empinándose para ver por las vidrieras. Por debajo se agrupa y escalona el mundo. Ellos hacen y deshacen: el uno desata, y el otro corta; el uno es la verdad, el otro la fuerza. Llevan su razón en sí mismos, y son porque son. Cuando salen del santuario, iguales los dos, el uno con su púrpura y el otro con sus blancas vestiduras, el universo contempla deslumbrado y con asombro esas dos mitades de Dios, el papa y el emperador... ¡El emperador!... ¡Ser emperador! ¡Oh rabia! ¡No serlo, no serlo y sentir llenode aliento el corazón! ¡Cuán dichoso fué el que duerme en este sepulcro! Y ¡cuán grande! En sus tiempos aún era esto mejor. El papa y el emperador no eran ya dos hombres; eran Pedro y César uniendo las dos Romas, fecundando una y otra en místico himeneo, dando nueva forma, nueva alma al género humano, fundiendo pueblos y reinos para hacer una Europa nueva y los dos poniendo en el molde por sí mismos el bronce que quedaba del viejo mundo romano. ¡Oh! ¡qué destino! Y este sepulcro es el suyo. ¿Tan poco es todo que venga á parar en esto? ¡Cómo! ¡Haber sido príncipe, rey, emperador; haber sido la espada, haber sido la ley; como gigante, tener por pedestal Alemania, por título César, por nombre Carlomagno; haber sido más grande que Aníbal, más que Atila, tan grande como el mundo... y que todo pare aquí! ¡Ah! Pretender el imperio para ver luégo el polvo que levanta un emperador; llenar la tierra de tumulto y ruido; construir, edificar sin decir nunca:basta; hacer un edificio inmenso, y luégo... ¡qué! todo se reduce á esta piedra; y del título y la fama quedan algunas letras para que deletreen los niños; y por alto que sea el fin á que aspire el orgullo, todo para en esto. ¡Oh demencia! Sin embargo, el imperio... el imperio... Estoy tocándolo ya y es cosa de mi gusto. Algo me dice «¡Lo tendrás, lo tendrás!» ¡Lo tendré!... Si lo tuviera... ¡Oh cielos! ¡Ser el origen de todo, solo, de pié, en lo más alto de esa inmensa espiral!... la clave de una multitud de Estados escalonados unos sobre otros; y ver por debajo á los reyes, y por debajo de los reyes, á los señores feudales, margraves, cardenales, duques; y luégo á los obispos, abades, barones; y luégo clérigos, soldados; y luégo, lejos de la cima en que estamos, en las sombras, en lo hondo del abismo, los hombres; es decir un mar de gente, de ruido, de llantos, de gritos,de amargas risas á veces; queja que despertando la tierra, llega á nuestros oídos, al través de tantos ecos, como bulliciosa música. ¡Los hombres! ciudades, torres, altos campanarios para tocar á rebato...
(Soñando.)
Base de naciones que lleva sobre sus hombros la pirámide enorme apoyada en los dos polos, oleadas vivas que siempre la balancean, mudan de sitio las cosas y sobre sus altas crestas mecen los tronos, de tal modo que los reyes, dando tregua á sus querellas, alzan los ojos al cielo... Reyes, mirad abajo.—¡Oh! ¡el pueblo! ¡Qué océano! onda sin cesar movida, donde no puede echarse nada sin que todo se remueva y que derriba un trono y mece una tumba; espejo en que rara vez se ve bien parecido un rey. ¡Ah! cuántas veces al contemplar ese sombrío océano, se verían en su fondo grandes imperios, grandes bajeles náufragos, que su flujo y reflujo hace rodar, que lo molestaban y que ya no conoce. ¡Gobernar todo esto; subir á esta cúspide, y subir sintiéndose al cabo simple mortal; tener á los piés el abismo!... Con tal que no me vaya á dar ahora un vértigo... ¡Oh, móvil pirámide de Estados y de reyes! ¡Cuán estrecha es tu puerta! ¡Ay del pié tímido! ¿En quién me apoyaré? ¡Si desfalleciera sintiendo estremecerse el mundo bajo mis piés y moverse y palpitar la tierra! Después, cuando tenga en mis manos este globo ¿qué haré de él? ¿Podré siquiera llevarlo? ¿Qué hay en mí? ¡Ser emperador, Dios mío, cuando es demasiado ser rey! ¡Ciertamente sólo el mortal de raza extraordinaria puede ensanchar el ánimo con la fortuna! ¡Pero yo!... ¿Quién me hará grande? ¿quién será mi guía, quién me aconsejará?
(Cae de rodillas ante el sepulcro.)
¡Tú, Carlomagno, tú! Ya que Dios, para quien no hay obstáculos, toma nuestras dos majestades y las pone cara á cara, vierte en mi corazón desde tu almo sepulcro algo de grande y sublime.¡Oh! hazme ver las cosas por todas sus fases; muéstrame que el mundo es pequeño, porque yo no me atrevo á tocar á él; muéstrame que sobre esa Babel que desde el pastor al César va subiendo hasta el cielo, cada cual en su clase se complace y admira, ve al otro por debajo y reprime la risa. Enséñame tus secretos de vencer y de regir y dime que más vale castigar que perdonar. ¿No es así? Si es verdad que en su tumba solitaria despierta á veces al ruido del mundo una gran sombra, y se entreabre el sepulcro y alumbra como con un relámpago la oscuridad del universo; si esto es verdad, emperador de Alemania, dime, ¡oh! dime qué puede hacerse después de Carlomagno. Habla, aunque al hablar tu aliento soberano rompa en mi frente esta puerta. Oh, déjame entrar en tu santuario; déjame ver tu faz, incorporado sobre tu marmóreo lecho. Aunque con voz fatídica me digas cosas que hagan temblar, habla y no me ciegues, porque tu sepulcro está sin duda lleno de claridad. Ó si no dices nada, deja que en tu paz profunda estudie Carlos de Austria tu cabeza como un mundo; deja ¡oh gigante! que te mida á su sabor... nada existe en la tierra comparable á tu no sér. Aconséjeme, si no tu sombra, tu ceniza. Entremos.
(Va á abrir y retrocede.)
¡Gran Dios! ¡Si me hablara al oído! ¡Si estuviera ahí de pié andando lentamente! ¡Si saliera yo encanecido!
(Ruido de pasos.)
Alguien llega. ¿Quién se atreve, como no sea yo, á turbar á estas horas la paz de tan augusto muerto?
(Se acerca el ruido.)
¡Ah! Lo había olvidado: son mis asesinos. Entremos, pues.
(Abre la puerta del sepulcro que vuelve á cerrar tras sí. Aparecen luégo algunos encubiertos.)
LOS CONJURADOS
(Se acercan unos á otros y se dan las manos cambiando algunas palabras en voz baja.)
1.erCONJURADO(Con una antorcha en la mano.)—Ad augusta.
2.ºCONJURADO.—Per angusta.
1.erCONJURADO.—Los Santos nos protegen.
3.erCONJURADO.—Los muertos nos sirven.
1.erCONJURADO.—Dios nos guarde.
(Ruido de pasos en la oscuridad.)
2.ºCONJURADO.—¿Quién vive?
Una voz.—Ad augusta.
2.ºCONJURADO.—Per angusta.
(Entran nuevos conjurados. Ruido de pasos.)
1.erCONJURADO AL3.º—Mira; aún vienen algunos.
3.erCONJURADO.—¿Quién vive?
Voz en la sombra.—Ad augusta.
3.erCONJURADO.—Per angusta.
(Entran nuevos conjurados que saludan por señas á los demás.)
1.erCONJURADO.—Muy bien. Todos estamos aquí; habla, Gotha. Amigos, la sombra espera la luz.
(Todos los conjurados se sientan en semicírculo en los sepulcros. El primer conjurado va de uno en otro y todos encienden en su antorcha sendos cirios. Después el primer conjurado va á sentarse en otro sepulcro más alto que todos en el centro del círculo.)
El duque de Gotha(Levantándose.)—Amigos, Carlos de España, extranjero por su madre, aspira al sacro imperio.
1.erCONJURADO.—¡Mal haya, amén!
Gotha(Tirando al suelo su antorcha y pisándola.)—Hagan con su frente lo que yo con esta antorcha.
Todos.—Así sea.
1.erCONJURADO.—¡Muera Carlos de España!
Gotha.—¡Muera!
Todos.—¡Muera!
D. Juan de Haro.—Su padre era alemán.
El duque de Lutzelburgo.—Su madre es española.
Gotha.—Ni es español ni alemán. Muera.
Un conjurado.—¿Y si los electores le nombraran emperador?
1.erCONJURADO.—¿Á él? ¡Jamás!
D. Gil Téllez Girón.—¿Qué importa? Matándole, queda anulado el nombramiento.
1.erCONJURADO.—Si obtiene el sacro imperio, viene á ser inviolable y sólo Dios puede tocarle.
Gotha.—Lo más seguro es que muera antes de ser emperador.
1.erCONJURADO.—No le elegirán.
Todos.—No obtendrá el imperio.
1.erCONJURADO.—¿Cuántos brazos se necesitan para echarlo á la tumba?
Todos.—Uno solo.
1.erCONJURADO.—¿Cuántos golpes en el corazón?
Todos.—Solo uno.
1.erCONJURADO.—¿Quién ha de darlo?
Todos juntos.—Yo.
1.erCONJURADO.—La víctima es un traidor; ellos hacen un emperador: hagamos nosotros un gran sacerdote. Echemos suertes.
(Todos los conjurados escriben sus nombres en sendas hojas, que arrollan y depositan uno tras otro en la urna de un sepulcro.)
1.erCONJURADO.—Oremos. (Todos se arrodillan.) Que el elegido crea en Dios, hiera como un romano, muera como un hebreo. Ha de arrostrar la rueda y lastenazas, cantar en el potro, reir en el fuego; ha de hacerlo todo, en fin, resignado á matar y morir.
(Saca de la urna uno de los pergaminos.)
Todos.—¿Qué nombre?
1.erCONJURADO.—Hernani.
Hernani(Saliendo de entre los conjurados.)—He ganado. ¡Ya eres mío, tú á quien he perseguido tanto tiempo! ¡Venganza!
D. Ruy Gómez(Aparta á Hernani.)—¡Oh! Cédeme la suerte.
Hernani.—No por mi vida. ¡Oh! no me envidiéis mi buena fortuna; es la primera vez que me halaga.
D. Ruy.—Tú no tienes nada. Pues bien, feudos, castillos, vasallaje, cien mil siervos en mis trescientas villas, todo lo que tengo te doy por este golpe.
Hernani.—No.
El duque de Gotha.—Tu brazo no daría un golpe tan fuerte, anciano.
D. Ruy.—¡Bah! Si el brazo me faltara, me sobraría alma. Por la herrumbre de la vaina no se ha de juzgar la hoja. (Á Hernani.) Recuerda que me perteneces.
Hernani.—Mi vida es vuestra; la suya es mía.
D. Ruy.—Te daré la mano de ella y te devolveré esta prenda.
(La bocina.)
Hernani(Vacilando.)—¡Pardiez! ¡Doña Sol y la vida!... No, no; antes mi venganza. En esto voy de acuerdo con el mismo Dios. Tengo que vengar á mi padre... y acaso algo más.
D. Ruy.—¡Ella y la vida!
Hernani.—No.
D. Ruy.—Reflexiónalo bien, insensato.
Hernani.—Señor duque, dejadme mi presa.
D. Ruy.—¡Mal haya tu tenacidad!
(Desviándose.)
1.erCONJURADO(Á Hernani.)—Hermano, antes que hayan podido elegirlo, bueno sería esperar á Carlos esta misma noche.
Hernani.—No temas: sé yo muy bien cómo se despacha á un hombre y en cuidado me lo tengo.
1.erCONJURADO.—¡Que toda traición recaiga sobre el traidor y Dios te guarde! Nosotros, condes y barones, si éste perece sin matar, continuaremos. Juraremos todos herir á nuestra vez, sin excusa ninguna, á Carlos, condenado á muerte.
Todos(Sacando las espadas.)—¡Juremos!
Gotha(Al 1.erconjurado.)—¿Por qué, hermano?
D. Ruy.—Por esta cruz.
(Tomando su espada por la punta y levantándola.)
Todos(Levantando sus espadas.)—¡Que muera impenitente!
(Se oye un cañonazo lejano. Todos se detienen en silencio. Entreábrese la puerta del sepulcro y aparece don Carlos pálido y presta atento oído. Suena otro cañonazo y luégo otro. Abre de par en par la puerta del sepulcro, pero sin dar un paso, de pié é inmóvil en el dintel.)
LOS CONJURADOS, DON CARLOS, luégo DON RICARDO; Señores, Guardias; el REY DE BOHEMIA, el DUQUE DE BAVIERA, DOÑA SOL
D. Carlos.—Señores, retiraos un poco. El emperador os oye. (Todas las antorchas se apagan á la vez. Profundo silencio. Da un paso en las tinieblas tan densas que apenas se distinguen los conjurados inmóviles y mudos.) ¡Silencio y sombras! El enjambre sale de ellas y á ellas vuelve. ¿Creéis que esto va á pasar como un sueño, y que en la oscuridad os he de tomar por hombres de piedra sentados en sus sepulcros? Hace poco hablabais bastante alto, estatuas. Ea, levantad las abatidas frentes porque aquí está Carlos Quinto. Heridme, dad un paso... Vamos ¿os atreveríais? No, no os atrevéis. Vuestras antorchas llameaban sanguinarias bajo estas bóvedas y ha bastado mi aliento para apagarlas todas. Pero ved: si yo apago muchas, enciendo aún más. (Da con la llave en la puerta de bronce del sepulcro, y á esta señal todas las profundidades del subterráneo se pueblan de soldados con antorchas y partesanas. Á su frente el duque de Alcalá, el marqués de Almunan, etc.) ¡Acudid, halcones míos! He descubierto el nido; tengo la presa. (Á los conjurados.) También yo alumbro: el sepulcro llamea. ¡Ved! (Á los soldados.) Venid todos, que el crimen es flagrante.
Hernani(Mirando á los soldados.)—En buen hora. Solo, me parecía muy grande: creí que era Carlomagno y no es más que Carlos Quinto.
D. Carlos(al duque de Alcalá).—Condestable de Castilla, (Al marqués de Almunan.) Almirante, aquí. Desarmadlos.
(Cercan á los conjurados y los desarman.)
D. Ricardo.—Augusto Emperador...
(Inclinándose hasta tierra.)
D. Carlos.—Te nombro alcalde de palacio.
D. Ricardo.—Dos electores, en nombre de la cámara dorada, vienen á cumplimentar á la sacra Majestad.
D. Carlos.—Que entren. (Bajo.) ¡Doña Sol!
(Don Ricardo saluda y sale. Entran con antorchas y músicas el rey de Bohemia y el duque de Baviera, ceñida la corona. Numeroso cortejo de señores alemanes con la bandera del imperio, el águila bicéfala con el escudo de España en medio. Los soldados forman calle y dan paso á los dos electores hasta el emperador á quien saludan profundamente.)
El duque de Baviera.—Carlos, rey de los romanos. Majestad sacratísima, Emperador, el mundo está ahora en vuestras manos, porque tenéis el imperio. Vuestro es ese trono á que todo monarca aspira. Federico, duque de Sajonia, fué primero el elegido; pero juzgándoos más digno, no ha querido aceptarlo. Venid, pues, á recibir la corona y el globo. El sacro imperio os reviste de la púrpura, os ciñe la espada y os hace Máximo.
D. Carlos.—Iré á mi vuelta á dar las gracias al colegio. Gracias, hermano de Bohemia; primo de Baviera, adiós. Yo mismo iré.
El rey de Bohemia.—Carlos, nuestros abuelos se llamaban amigos, nuestros padres lo eran igualmente; Carlos, ¿quieres que seamos hermanos? Te he visto pequeñuelo, y no puedo olvidar...
D. Carlos(Interrumpiéndole.)—Rey de Bohemia, vos sois familiar nuestro. (Les da la mano á besar y los despide.) Adiós.
(Salen los dos electores con su cortejo.)
La multitud.—¡Viva!
D. Carlos(Aparte.)—Estoy en ello. Todo me abre paso. ¡Emperador!... por renuncia de Federico el Sabio.
(Sale doña Sol.)
El duque de Baviera.—... El sacro imperio os reviste de la púrpura...
El duque de Baviera.—... El sacro imperio os reviste de la púrpura...
D.ª Sol.—¡Soldados! ¡El Emperador! ¡Dios mío! ¡Qué golpe tan imprevisto! ¡Hernani!
Hernani.—¡Doña Sol!
D. Ruy(Al lado de Hernani. Aparte.)—No me ha visto Sol.
(Doña Sol corre á Hernani y retrocede ante su mirada.)
Hernani.—Señora...
D.ª Sol(Sacándose del seno el puñal.)—Aún guardo su puñal.
Hernani(Tendiéndole los brazos.)—¡Amada mía!
D. Carlos.—¡Silencio! (Á los conjurados.) ¿Estáis ya más alentados? Conviene que dé una lección al mundo. Lara el de Castilla y Gotha el Sajón, todos vosotros ¿qué hacíais aquí? Hablad.
Hernani(Dando un paso.)—Señor, es muy sencillo y puede decirse en alta voz. Estábamos grabando en la pared la sentencia de Baltasar. (Alzando el puñal.) Dábamos al César lo que es del César.
D. Carlos.—En buen hora. ¿Y vos, traidor Silva?
D. Ruy.—¿Quién de nosotros dos?
Hernani(Á los conjurados.)—Nuestras cabezas y el imperio. Tiene lo que desea. (Al emperador.) El manto azul de los reyes podía embarazar vuestros pasos. La púrpura os conviene más: en ella no se ve la sangre.
D. Carlos(Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, has cometido una felonía que bien merece borrar del blasón tus títulos. Eres reo de alta traición, Ruy, bien lo reconocerás.
D. Ruy.—El rey Rodrigo hizo al conde don Julián.
D. Carlos(Al duque de Alcalá.)—No prendáis sino á los títulos: los demás...
(Don Ruy Gómez, el duque de Lutzelburgo, el de Gotha, don Juan de Haro, don Guzmán de Lara, Téllez Girón y el barón de Hohemburgo se separan del grupo de los conjurados entre los que queda Hernani. El duque de Alcalá los rodea estrechamente de guardias.)
D.ª Sol.—¡Se ha salvado!
Hernani(Saliendo del grupo.)—Pretendo que se me cuente entre ellos. (Á don Carlos.) Pues que se trata aquí de subir al cadalso y Hernani, como oscuro pastor, quedaría impune; pues que su frente no está al nivel de tu cuchilla; pues que es preciso ser grande para morir, me levanto. Dios que da los cetros, me hizo á mí duque de Segorbe, y duque de Cardona, y marqués de Monroy, y conde de Albatera, y vizconde de Gor, y señor de lugares cuyo número no recuerdo ahora. Soy Juan de Aragón, gran maestre de Aviz, nacido en el destierro, hijo proscrito de un padre asesinado por sentencia del tuyo, rey de Castilla. El asesinato es negocio de familia entre nosotros: vosotros usáis el cadalso; nosotros el puñal. El cielo me hizo duque y el destino montañés. Pero una vez que, sin fruto, he afilado mi hierro en las peñas de los torrentes, cubrámonos, grandes de España. (Se cubre y lo imitan todos los españoles.) Sí, nuestras cabezas, oh rey, tienen el derecho de caer cubiertas delante de ti. ¡Silva! ¡Haro! ¡Lara! ¡Señores de título y de raza, pido mi lugar entre vosotros! (Á los cortesanos y á los guardias.) Criados y verdugos, ¡paso á don Juan de Aragón!
(Se mete en el grupo de los señores presos.)
D.ª Sol.—¡Dios mío!
D. Carlos.—En efecto, había olvidado esa historia.
Hernani.—La afrenta que el ofensor olvida insensato, vive y se revuelve siempre en el corazón del ofendido.
D. Carlos.—¡Conque yo soy hijo de padres que decapitaron á los vuestros! Este título basta.
D.ª Sol(Arrodillándose á sus piés.)—¡Piedad, señor! Sed clemente con él, ó heridnos á los dos, porque es mi amante, es mi esposo, y sólo por él y para él vivo. ¡Piedad, señor, os lo ruego de rodillas á vuestras sagradas plantas! Le amo y es mío, como el imperio esvuestro. ¡Oh! ¡perdón! (Don Carlos la mira inmóvil.) ¿Qué idea siniestra os absorbe?
D. Carlos.—Ea, levantaos, duquesa de Segorbe, condesa de Albatera, marquesa de Monroy... ¿Tus otros títulos, don Juan?
Hernani(Con delirio.)—¿Habla así el Rey?
D. Carlos.—No; el Emperador.
D.ª Sol(Levantándose.)—¡Gran Dios!
D. Carlos(Á Hernani.)—Duque, he aquí tu esposa.
Hernani(Recibiéndola en los brazos.)—¡Dios justo!
D. Carlos(Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, tu nobleza es celosa, bien lo sé; pero un Aragón bien vale lo que un Silva.
D. Ruy.—¡Ah! no es mi nobleza la celosa.
Hernani.—¡Oh! Mi odio se extingue. (Tira el puñal.)
D. Ruy(Mirándolos abrazados. Aparte.)—¡Qué hacer! ¡Oh amor loco, insufrible dolor! Les darías lástima. Anciano, arde sin llama, ama y sufre en secreto, ó se reirían de ti.
D.ª Sol.—¡Duque, duque mío!
Hernani.—Ya no tengo más que amor en el alma.
D.ª Sol.—¡Oh dicha!
D. Carlos(Con la mano en el pecho. Aparte.)—¡Extínguete, corazón ardiente y juvenil! Deja reinar al espíritu que siempre turbaste. De hoy más, tus amores, serán Alemania, España, Flandes. (Mirando una bandera imperial.) El emperador es como el águila, su compañera: en el sitio del corazón no tiene más que un escudo.
Hernani.—¡Ah! Sois César.
D. Carlos.—Don Juan, tu corazón es digno de tu noble casa. (Indicando á doña Sol.) Eres también digno de ella. De rodillas, duque. (Hernani se arrodilla. Don Carlos se quita el Toisón y se lo pone á él.) Recibe este collar. Sé fiel. Por San Esteban, duque, te hago caballero de esta orden. (Lo levanta y abraza.) Pero tú tienes el más bello y precioso collar... el que yo no tengo, el que falta al poder: los brazos de una mujer amada y amante. Vas á ser muy feliz. Yo... yo soy emperador. (Á los conjurados.) Ignoro vuestros nombres, señores. Odio y rencor, todo quiero olvidarlo. Idos en paz: os perdono. Esta lección me cumple dar al mundo.
Los conjurados(Cayendo de rodillas.)—¡Gloria al Emperador!
D. Ruy(Á don Carlos.)—Yo solo quedo condenado.
D. Carlos.—Y yo.
Hernani.—Yo no odio ya. ¿Á quién se debe esta mudanza?
Todos.—¡Honor á Carlos Quinto!
D. Carlos(Volviéndose hacia el sepulcro.)—¡Honor á Carlomagno!... Dejadnos solos á los dos.
(Salen todos.)
DON CARLOS, solo
(Se inclina ante el sepulcro.)
¿Estás satisfecho de mí? ¿He sabido despojarme de las miserias del rey? ¿Soy ya otro hombre? ¿Puedo ceñir mi yelmo de batalla con la tiara papal? ¿Tengo derecho á gobernar el mundo? ¿Mi pié es ya bastante firme y seguro para andar por ese camino sembrado de vandálicas ruinas que tú hollaste con tus anchas sandalias? ¿Encendí mi antorcha en tu llama inextinguible? ¿He comprendido la voz que habla en tu sepulcro?... ¡Ah! Estaba solo, perdido ante un imperio. Todo un mundo que aúlla, y amenaza y conspira; el danés á quien tener á raya, el Padre Santo á quien pagar; Venecia, Solimán, Lutero, Francisco primero; mil puñales conjurados centelleando en las sombras; asechanzas, escollos, enemigos por doquiera; veinte pueblos que harían temblar á cien reyes; todo premioso, urgente, pidiendo simultánea solución... Y te llamé diciendo: ¡Carlomagno! ¿por dónde empezaré? Y tú me respondiste: ¡Hijo, por la clemencia!
Viñeta de adorno