Ilustración ornamentalESCENA IILOS ESCLAVOS
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LOS ESCLAVOS
(Kunz, Teudon, Haquin, Gondicario, burgueses y mercaderes, con barbas canosas; Josio, veterano; Herman, Cinulfo, Carlos, estudiantes de la Universidad de Bolonia y de la escuela de Maguncia; Swan (ó Suenon) negociante de Lubeck. Los cautivos se adelantan en grupos, separados por clases, quedando solo el soldado. Los viejos, abrumados de fatiga y de dolor. Durante esta escena y las dos siguientes, continúan á intervalos los cantos de la sala inmediata.)
Teudon(dejando su herramienta y sentándose en una grada).—Por fin llega la hora del descanso. ¡Oh! ¡Cuán fatigado estoy!
Kunz.—¡Ah! Yo era libre y rico y ahora...
(Agitando su cadena.)
Gondicario(apoyado en un pilar).—¡Ah!
Cinulfo(Mirando á Guanhumara que cruza la galería.)—Quisiera que alguien me dijese á quién espía esta buena mujer.
Swan(bajo á Cinulfo).—Hace algún tiempo fué apresada con unos mercaderes de San Galo por la gente del burgo. No sé nada más.
Cinulfo.—Me es indiferente. Pero mientras á nosotros se nos sujeta, á ella la dejan andar libre.
Swan.—Ha curado de una fiebre maligna á Hatto, el mayor de los nietos.
Haquin.—Al burgrave Rollon le mordió el otro día una sierpe en el pié y ella también le curó.
Cinulfo.—¿De veras?
Haquin.—Tengo para mí que es una hechicera.
Herman.—¡Cá!... Una loca.
Swan.—La verdad es que posee mil secretos, y no sólo ha curado á Rollon y Hatto, sino también á Elio, Knud y Azzo, los leprosos de que huía todo el mundo.
Teudon.—Algo muy grave maquina esa mujer. Yo estoy, no lo dudéis, en que trae algún negro proyecto entre cejas, de acuerdo con los tres leprosos, que le son muy afectos. En todos los rincones se les encuentra juntos, como tres perros que siguieran á una loba.
Haquin.—Ayer, sin ir más lejos, estaban los cuatro en el cementerio en la habitación de los leprosos. Ellos se ocupaban en hacer un ataúd; ella, bien arremangada, agitaba un vaso, cantando bajo como si arrullara y adormeciera á un niño, y componía un filtro con huesos de muerto.
Swan.—Y esta noche pasada divagaban por ahí. La noche estaba clara y daba en verdad miedo ver á los leprosos enmascarados y á la vieja con su largo velo. Yo estaba desvelado y pude verlos.
Kunz.—Presumo que tienen algún escondrijo en los subterráneos. El otro día se dirigían á un gran muro, taciturnos y malhumorados los cuatro; desvié yo lavista por no estorbar, y cuando miré otra vez, habían desaparecido: se habían deslizado por debajo del muro.
Haquin.—Esos leprosos y hechizados me importunan.
Kunz.—Era junto á la Cueva Perdida.
Herman.—Los leprosos sirven á la que los ha curado;... nada más natural.
Swan.—Pero en vez de los leprosos y del perverso Hatto, á quien debiera curar en el castillo sería á la amable niña, prometida de Hatto, la sobrina del anciano Job.
Kunz.—¿Regina? ¡Dios la bendiga! Es un ángel.
Herman.—Muriéndose está.
Kunz.—Es lástima. El horror á Hatto la mata.
Teudon.—¡Pobre niña!
(Guanhumara atraviesa el fondo del teatro.)
Haquin.—Aquí está otra vez la vieja. Verdaderamente me espanta. Todo en ella, su porte, su tristeza, su mirada penetrante, clara y repulsiva á la vez, su ciencia sin fondo, en la que creo, en verdad me da miedo.
Gondicario.—¡Maldito sea este burgo!
Teudon.—¡Cuidado!
Gondicario.—Á esta galería no vienen nunca nuestros amos; y además están de fiesta y lejos de nosotros. ¿Quién ha de oirnos?
Teudon(bajando la voz é indicando la puerta del castillo).—Allí están los dos.
Gondicario.—¿Quiénes?
Teudon.—Los ancianos, el padre y el hijo. Cuidado, te digo. Excepto Regina, que reza con ellos alguna vez,—lo sé por la nodriza Eduvigis,—excepto ese Otberto, joven aventurero que vino el año pasado á prestar servicio en el castillo y á quien el abuelo, castigado en su descendencia, estima por su lealtad, nadie abre esa puerta ni entra nadie aquí. El anciano está allá solo ensu antro. En otro tiempo enviaba carteles de desafío al mundo entero; veinte condes y otros tantos duques, sus hijos, sus nietos, cinco generaciones cuyo reino es la montaña, rodeaban como á un rey al patriarca bandido. Pero ya la edad le ha quebrantado y está fuera de combate. Allá está aislado y triste bajo su dosel de brocado, si bien su hijo el viejo Magno, de pié y respetuoso ante él, le tiene su antigua lanza. Se le pasan los meses enteros en silencio, y por la noche se le ve entrar pálido y abrumado de pesares en un corredor secreto cuya llave él mismo guarda. ¿Á dónde va?
Swan.—Extraños pesares le atormentan.
Haquin.—Sus hijos le pesan como ángeles malos.
Kunz.—Por algo le llaman el Maldito.
Gondicario.—Tanto mejor.
Swan.—Tuvo el último hijo siendo ya muy viejo y amaba á este renuevo. Dios hizo el mundo así: siempre las barbas blancas se inclinan á los cabellos rubios. Apenas tenía el Benjamín un año, cuando le fué robado.
Kunz.—Por una egipcia.
Cinulfo.—Á orillas de un campo de trigo.
Haquin.—Pero yo sé que este burgo construído sobre una cima, después de haber abrigado un gran crimen, quedó muy grande espacio desierto y fué luégo demolido por la Orden Teutónica. En fin, los años y el olvido todo lo borran, y un día el dueño, hombre fantástico, cambió de nombre y volvió. Desde entonces está enarbolada en el castillo esa triste bandera negra.
Swan(á Kunz).—¿No has observado por debajo del torreón redondo que domina el torrente, una ventana estrecha, abierta á pico sobre los fosos, donde se ven tres barrotes torcidos y casi arrancados?
Kunz.—Es la Cueva Perdida, de que hablaba poco há.
Haquin.—¡Qué albergue tan sombrío! Dicen que está habitado por un fantasma.
Herman.—¡Bah!
Cinulfo.—Diríase que en otro tiempo corrió por allí la sangre.
Kunz.—La verdad es que nadie podría entrar allí: el secreto de su entrada se ha perdido; lo único que se ve es la ventana.
Swan.—Pues por la noche suelo ir al ángulo de la roca, y allí oigo siempre pasos.
Kunz.—¿Estás seguro de ello?
Swan.—Segurísimo.
Teudon.—Variemos de conversación: lo más prudente es callar.
Haquin.—Este burgo está envuelto en negro misterio.
Teudon.—Hablemos de otra cosa. Lo que ha de suceder sólo Dios lo sabe. (Vuélvese á un grupo que no ha tomado parte en esta conversación, aunque presta atento oído á lo que más allá dice un estudiante.) Carlos, acaba de contarnos tu historia.
(Viene Carlos al proscenio; todos los grupos le rodean y le prestan atención.)
Carlos.—Sí, pero no olvidéis que el hecho es notorio, que la aventura ocurrió el mes pasado y que han corrido... más de veinte años desde que Barbaroja murió en la cruzada.
Herman.—En hora buena. Tu Max estaba pues en un sitio muy desagradable ¿eh?
Carlos.—Muy lúgubre, Herman, hasta espantoso. Una multitud de siniestros cuervos gira eternamente al rededor de la montaña. Por la noche sus pavorosos graznidos ahuyentan hasta Lautern al cazador. Gotas de agua caían de esta montaña abrupta como lágrimas de un horrible rostro. Una sombría caverna de pavorosa forma se abría en el barranco. El conde Max sin temor alguno á las tinieblas del viejo monte, se arriesgó á entrar en la espantable gruta. Una luz siniestra iluminaba las sombras y en esta media oscuridad andaba, cuando de súbito, bajo una bóveda en lo hondo del subterráneo, vió sentado en un sitial de bronce, con los piés envueltos entre los pliegues de sus ropas, y con un cetro á la derecha y un globo á la izquierda, un anciano espantoso, inmóvil, encorvado, vestido de púrpura, coronado y con espada al cinto. Estábase de codos el anciano sobre una mesa hecha con un peñasco de lava, y bien que Max fuera muy valiente, como que había guerreado al mando de Juan el Batallador, palideció ante el anciano casi hundido en el musgo y la yedra...: era el emperador Federico Barbaroja. Estaba durmiendo á la sazón: su barba, de oro en otro tiempo, blanca entonces, daba tres vueltas á la mesa de piedra; sus largas y también blancas pestañas cerraban sus pesados párpados y su traspasado corazón manaba sangre sobre el rojo escudo. Á veces, inquieto en medio de su sueño, llevaba la mano vagamente á su espada. ¿Qué sueño era aquel que embargaba su alma? Sólo Dios lo sabe.
Herman.—¿Has acabado?
Carlos.—No, escuchad todavía. Á los pasos del conde Max en el sombrío corredor, hubo de despertarse el dormido, levantó su calva frente y fijando en el conde una mirada siniestra:—Caballero, le dijo, ¿se han ido los cuervos?—Señor, no, le contestó el conde. Sin decir una palabra más volvió el anciano á inclinar la cabeza, y Max poseído de espanto vió dormirse otra vez al fantasma emperador.
(Todos los grupos le han escuchado con curiosidad creciente y en particular Josio que se le acercó más que todos al oir el nombre de Barbaroja.)
Herman(echándose á reir).—¡El cuento es sabroso!
Haquin(á Carlos).—Si ha de darse fe á la fama, Federico se ahogó delante de todo el ejército en el Cidno.
Josio.—Sí, se perdió en la corriente; yo lo ví. ¡Oh!Fué cosa terrible y grande: nunca se borra de mi corazón este recuerdo. Otón de Wittelsbach odiaba á Barbaroja; pero cuando vió á su príncipe á discreción de la corriente y que los turcos además le arrojaban sus azagayas, obligó á su caballo á entrar en el río y ofreciéndose solo á las hostilidades: «¡Comencemos, gritó, comencemos por salvar al emperador!»
Herman.—Pero fué en vano.
Josio.—En vano acudieron los mejores: sesenta y tres soldados y dos condes perecieron en la inútil empresa.
Carlos.—Eso no prueba que su cetro no esté en el Valle de Malpas.
Swan.—La fábula es un campo sin límites. Hay quien dice que, salvado milagrosamente, se había hecho eremita y que vivía aún.
Gondicario.—¡Pluguiera á Dios que así fuera, y que viniera á libertar á Alemania antes de 1220, año fatal en que, según se dice, ha de caer el imperio!
Swan.—Ya por todas partes espira nuestro valor.
Haquin.—¡Oh! Si Federico viviera, emprendería otra vez la guerra contra los burgraves, para sacarnos de aquí á sus leales súbditos.
Kunz.—¡Bah! El mundo entero padece tanto como nosotros, pobres esclavos. Alemania no tiene cabeza ni freno Europa.
Haquin.—No hay pan.
Gondicario.—Por todas partes se ve, á orillas del Rhin, el negro hormiguero de los bandidos que renacen.
Kunz.—Los electores se mantienen de malos manejos.
Herman.—Colonia está por Suabia.
Swan.—Erfurt por Brunswick.
Gondicario.—Maguncia elige á Bertoldo.
Kunz.—Tréveris quiere á Federico.
Gondicario.—Y entre tanto, todo muere.
Haquin.—Las ciudades están cerradas.
Swan.—No se puede viajar sino en bandas y con armas.
Carlos.—Están los pueblos pisoteados por los tiranuelos.
Teudon.—¡Cuatro emperadores!... ¡Mucho es! Y sin embargo, no bastan: tratándose de reyes, Carlos, uno vale más que cuatro.
Kunz.—Se necesita un brazo de hierro para luchar. Pero ¡ah! Barbaroja está muerto, bien muerto, Suenon.
Swan(á Josio).—¿Se encontró su cuerpo en el Cidno?
Josio.—No; lo arrastró la corriente.
Teudon.—Swan, ¿tienes tú idea de la predicción que se hizo á su nacimiento: «Este niño cuya ley acatará el mundo un día, se tendrá por muerto dos veces y dos veces resucitará»? Ahora bien, dígase lo que se quiera, parece haberse cumplido una vez.
Herman.—Barbaroja ha dado asunto á cien cuentos.
Teudon.—Yo digo lo que sé. Hacia el año noventa, ví en el hospital de Praga, en una casamata, á un tal Sfrondati, caballero dálmata, muy viejo, que había perdido el juicio, según decían. Aquel hombre refería en voz alta en su prisión, que siendo joven había sido caballerizo del gran Federico, padre de Barbaroja. Al duque hubo de consternarle la predicción. Fuera de esto, el niño crecía para una doble guerra, como quiera que, gibelino por su padre y güelfo por su madre, ambos partidos podían reclamarlo un día. El padre le educó al principio en una torre, lejos de la vista de todos, teniéndolo como invisible, como para ocultarlo á la suerte cuanto pudiera. Más tarde, todavía hubo de buscarle otro abrigo. Había tenido un bastardo de una dama nobilísima, el cual nacido en el monte ignorabaque su padre fuera el duque de Suabia, conociéndolo sólo por el nombre de Otón. El bueno del duque le mantenía en este error temiendo que el bastardo aspirara un día al principado y se alzara con alguna provincia. El bastardo tenía por su madre, muy cerca del Rhin, un burgo de que era señor feudal, un castillo de bandido, un nido de águilas, una madriguera, en fin. El asilo hubo de parecer de perlas al padre y fué á ver al burgrave y le confió el niño bajo un nombre supuesto diciéndole solamente: «Hijo mío, este es hermano tuyo.» Y luégo partió.—Á su suerte no puede sustraerse nadie. Ciertamente, el duque creía á su hijo y su secreto á buen recaudo, tanto más cuanto que el niño se desconocía á sí mismo. Así llegó el joven Barbaroja á la edad de veinte años bajo el techo del burgrave. Y sucedió, aquí viene lo importante, que un día, en medio de un jaral, al pié de una roca y á orillas del torrente que lamía los cimientos del castillo, unos pastores que al amanecer pasaban por allí encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos, que palpitaban todavía; ambos habían sido apuñalados sordamente en el castillo y arrojados al torrente, al abismo, á las tinieblas; pero no estaban muertos. Fué un milagro sin duda, y aquellos dos hombres milagrosamente salvados eran Barbaroja y su compañero, aquel mismo Sfrondati, el único que sabía su nombre. Los curaron á los dos, y después, con gran misterio, llevó Sfrondati el joven príncipe al padre, el cual en recompensa prendió al escudero. El duque retuvo á su hijo, y sólo se cuidó de echar tierra al asunto. Pero no volvió á ver al bastardo. Cuando se sintió próximo á la muerte, llamó el padre á su hijo y le hizo besar de rodillas un Cristo, y Barbaroja juró solemnemente no tomar venganza de su hermano, sino el día en que éste cumpliera cien años, esto es, nunca. De manera que el bastardo morirá sin saber que su padre era duque y su hermanoemperador. Sfrondati se ponía pálido y tembloroso de espanto, cuando se quería ahondar en este secreto de familia. Los dos hermanos amaban á la misma joven: el mayor se creyó agraviado, mató al otro y vendió la joven á no sé qué fiero bandido que atándola al yugo sin piedad como á un hombre, la condenó al remo en las galeras que van de Ostia á Roma. ¡Qué destino!—Sfrondati decía: ¡Todo se olvidó! Por lo demás lo había visto y sentido todo. Pero nada flotaba ya en las sombras de su alma; ni el nombre del bastardo, ni el de la mujer; no sabía cómo ni dónde habían ocurrido las cosas. En Praga ví á este hombre encerrado como un loco; pero el pobre ha muerto ya.
...unos pastores, que al amanecer pasaban por allí, encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos...
...unos pastores, que al amanecer pasaban por allí, encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos...
Herman.—¿Y qué concluyes de ahí?
Teudon.—Concluyo que si todos estos hechos son ciertos, la predicción merece fe; porque, en fin, esa esperanza no es infundada; cumplida ya una vez, bien puede cumplirse otra. Barbaroja en sus primeros años fué tenido por muerto y resucitó... ¿No podría resucitar otra vez?
Herman(riendo).—En hora buena: espéralo de pié.
Kunz(á Teudon).—Ya me habían contado á mí ese cuento. En aquel castillo tenía Federico Barbaroja el nombre de Donato, y el bastardo se llamaba Fosco. Por lo que hace á la hembra, era corsa, si no me es infiel la memoria. Los amantes se ocultaban en una cueva, cuya desconocida entrada era su secreto... Allí fué donde Fosco con mano celosa y atrevida hubo de sorprenderlos, acabando en tragedia el idilio.
Gondicario.—Si creyera una palabra de ese cuento, sentiría por la gloria de Federico que al llegar al trono imperial, no hubiera buscado á la mujer que amara.
Teudon.—No lo sientas, amigo, porque la buscó, aunque en vano. Espacio de treinta años anduvo registrando las madrigueras del Rhin. El bastardo abandonó su burgo para servir en Bretaña, y no volvióhasta mucho tiempo después. El emperador recorrió montes y bosques, sitió los castillos, destruyó á los burgraves; pero no la encontró.
Gondicario(á Josio).—¿Érais vos de los buenos? ¿Peleasteis contra aquellos descreídos, si recordáis?
Josio.—¡Guerras de gigantes! Los burgraves se prestaban mutua ayuda, y era preciso ganar el terreno palmo á palmo y sostener un combate en cada muro, en cada puerta. Arriba, abajo, acribillados de golpes y bañados en sangre, peleaban los barones, y soltando ruidosas carcajadas bajo sus horrendas máscaras, dejaban correr sobre sus cascos el aceite y el plomo derretido. Era preciso cercar afuera, combatir dentro, herir con la espada y morder con los dientes. ¡Qué asaltos! Á las veces, tomado por fin un castillo entre el humo, el polvo y las sombras, se derrumbaba sobre el ejército imperial. En aquellas guerras fué donde un día Barbaroja, enmascarado, pero con la corona en la frente, solo, al pié de un muro, luchó contra un bandido que forzado en su albergue, le quemó el brazo derecho con un hierro candente. De tal manera, que dijo el emperador al conde de Arau: «Yo le devolveré la marca por mano del verdugo.»
Gondicario.—¿Y cogieron al bandido?
Josio.—No, que se abrió paso; su visera impidió verle el rostro, y el emperador conservó la marca en el brazo.
Teudon(á Swan).—Yo creo que Barbaroja vive: ya lo verás.
Josio.—Yo estoy cierto de que murió.
Cinulfo.—Pero ¿y el conde Max?
Herman.—¡Quimera!
Teudon.—¡La gruta del Malpas!
Herman.—Un cuento de vieja.
Carlos.—Sfrondati nos da ya alguna luz.
Herman.—¡Bah! Cuentos de su mente febril, por donde pasan las visiones como nubes.
(Entra un soldado con el látigo en la mano.)
Soldado.—¡Esclavos, al trabajo! Los convidados quieren venir esta noche á ver esta ala del edificio, y el señor Hatto, nuestro amo, ha de acompañarlos. ¡Haced que no os encuentre aquí arrastrando la cadena!
(Los presos recogen sus herramientas y salen en silencio por parejas. Guanhumara reaparece en la galería alta y los sigue con la vista. Luégo que salen los presos, entran por la puerta grande Regina, Eduvigis y Otberto; Regina, vestida de blanco; Eduvigis, la nodriza, vieja, en traje negro; Otberto, vestido de capitán aventurero. Regina, joven, pálida, pudiendo apenas sostenerse, como enferma de mucho tiempo atrás. Se apoya en el brazo de Otberto, quien la mira con amor y angustia. Eduvigis la sigue. Guanhumara, sin ser vista, les observa y escucha algunos instantes y sale luégo por la parte opuesta.)