Ilustración ornamentalESCENA III
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OTBERTO, REGINA; á intervalos EDUVIGIS
Otberto.—Apoyaos en mí. Andad despacio... despacio. Sentaos en esta poltrona. (Siéntase.) ¿Cómo os sentís?
Regina.—Mal... Me estremezco... siento frío... Ese banquete me ha empeorado. (Á Eduvigis.) Mirad si viene alguien.
(Sale la nodriza.)
Otberto.—No temáis nada: van á beber hasta mañana. ¿Por qué habéis ido á ese festín?
Regina.—Hatto...
Otberto.—¡Hatto!
Regina.—Más bajo. Hubiera podido obligarme; soy su prometida.
Otberto.—Debiérais haberos quejado al viejo señor: Hatto le teme.
Regina.—Si voy á morir, ¿para qué?
Otberto.—¡Oh! No habléis así.
Regina.—Sufrir, soñar, desaparecer al fin... He aquí la suerte de la mujer.
Otberto(indicándole la ventana).—Ved qué hermoso sol.
Regina.—Sí. ¡Cómo se inflama en su ocaso! Estamos en otoño y muere la tarde. Por donde quiera caen las hojas y el bosque se pone sombrío.
Otberto.—Las hojas se renovarán.
Regina.—Sí... ¡Oh! Es triste ver huir á las golondrinas. Ellas también se van al dorado y ardiente mediodía.
Otberto.—Ya volverán.
Regina.—Sí, pero yo... yo no veré ni volver á las golondrinas ni renacer las hojas.
Otberto.—¡Regina!
Regina.—Acercaos más á la ventana. (Dándole un bolsillo.) Otberto, echad este bolsillo á los pobres presos. (Obedece Otberto.) Bello sol, realmente; sus últimos rayos ciñen con una corona la frente del Tauno; el río brilla, el bosque se rodea de esplendores, las ventanas de las cabañas se iluminan. ¡Qué bello y grande es todo eso, Dios mío! La naturaleza toda es onda de vida y de luz. ¡Oh! Yo no tengo padre ni madre; nadie puede salvarme, nadie me puede curar; estoy sola en el mundo, y me siento morir.
Otberto.—¿Sola en el mundo vos? ¿Y yo, que os amo?
Regina.—¡Sueño!... No, vos no me amáis, Otberto. La noche llega; yo voy á caer en sus sombras y vos me olvidaréis muy pronto.
Otberto.—Por vos moriría y me condenaría ¡y decís que no os amo!... Me desespera. Desde hace un año,desde el día en que os ví en esta guarida en medio de tantos bandidos, desde entonces os amo, señora mía. Mis ojos se convertían á vos en este fiero castillo, manchado de crímenes, como al único lirio de esta sima y astro único de estas sombras. Sí, me atreví á amaros, á vos, condesa del Rhin, á vos, prometida de Hatto, el conde de corazón de bronce. Ya os lo dije, soy un pobre capitán, hombre de fuerte espada y de raza incierta, acaso menos que un siervo, acaso tanto como un rey. Dejadme y muero. Á dos personas amo en este castillo: vos en primer lugar, antes que á todo, antes que á mi padre... si lo tuviera; luégo (indicando la puerta del castillo) á ese anciano abrumado bajo el peso de un pasado espantoso. Tierno y fuerte, triste abuelo de una familia horrible, en vos pone toda su alegría; en vos su último culto y su última antorcha, estrella que alborea en la puerta de su sepulcro. Yo, soldado, cuya frente se inclina al peso de la suerte, os bendigo á los dos, porque á vuestro lado lo olvido todo, y mi alma oprimida por una ley fatal, cerca de él se siente grande, y pura cerca de vos. Ahora veis todo mi corazón. Sí, lloro, y... estoy celoso. Poco há, Hatto os miraba y vos le mirabais á él, y yo sentía hervir mi sangre á borbotones y subir del corazón á la frente todo mi odio y cólera. Me contuve, pero debí haberlo echado á rodar todo. ¡Que no os amo! ¡Ah! Por un beso vuestro os daría yo toda mi sangre. Regina, decid al sacerdote que no ame á su Dios, al toscano sin dueño que no ame su ciudad, al marino en el mar que no ame la aurora después de las noches de invierno, al prisionero cansado de vivir que no ame la mano que le da su libertad; pero no me digáis que yo no os ame á vos, pues sois para mí más que la libertad y más que la luz. Soy vuestro sin reserva... bien lo sabéis vos, Regina. ¡Oh! las mujeres son siempre crueles y nada les agrada tanto como jugar con el alma y eldolor de un hombre. Pero perdonad; estáis enferma, y os hablo de mí, cuando debería acatar de rodillas vuestro febril delirio y besaros las manos dejándoos decirlo todo.
Regina.—Mi suerte, como la vuestra, Otberto, está llena de pesar. ¿Qué soy yo? Una huérfana. ¿Y vos? Un huérfano. Uniéndonos el cielo con infortunios comunes, hubiera podido hacer una felicidad de nuestros dos infortunios. Pero...
Otberto(cayendo de rodillas).—Pero yo te amaré, yo te adoraré, yo te serviré. Si tú mueres, yo moriré. Mataré á Hatto, si se atreve á disgustarte, y reemplazaré á tu padre y á tu madre. Sí, á los dos; como tu padre, tengo mi brazo; como tu madre, tengo mi corazón.
Regina.—¡Oh dulce amigo mío! Gracias. Veo toda vuestra alma que posee la voluntad de un gigante, y la ternura de una mujer. Pues bien, Otberto mío; con todo vuestro poder nada podéis hacer por mí.
Otberto(levantándose).—Sí.
Regina.—No, nada. No debéis disputarme á Hatto, no; mi prometido se apoderará de mí sin lucha ni querella, y vos, tan gallardo y bravo, no le venceréis, porque mi verdadero prometido es... el sepulcro. ¡Ah! Pues ya entro en esa profunda sombra, hago dos partes de lo mejor que tengo en este mundo: la una para el Señor, la otra para vos. Quiero, amigo mío, que pongáis la mano en mi frente y os digo cerca de mi hora suprema: Otberto, mi alma es de Dios; mi corazón es vuestro... os amo.
Eduvigis.—Alguien viene.
Regina.—Ven. (Se apoya en la nodriza y en su amado y se dirige hacia la puerta falsa. Allí se detiene y volviéndose dice:) ¡Oh! ¡Morir á los diez y seis años es horrible! Cuando hubiéramos podido vivir juntos, amantes, dichosos. Otberto mío, ¡quiero vivir! Escucha mi plegaria: no dejes que me hunda bajo esa fría piedra. Me causa horror la muerte. Sálvame por mi amor. ¿Podrías tú salvarme? Dí.
Otberto.—Vivirás. (Sale Regina con Eduvigis.) ¡Morir tú tan joven, tan bella y tan pura! Así hubiera de luchar con el demonio, vivirás, yo te lo juro. (Viendo á Guanhumara inmóvil en el fondo.) ¡Á propósito!
OTBERTO, GUANHUMARA
Otberto.—Guanhumara, tu mano... tengo necesidad de ti. Ven.
Guanhumara.—¡Tú! ¡Déjame!
Otberto.—Escúchame.
Guanhumara.—¿Vas á preguntarme otra vez por tu tierra y tu familia? Pues bien, lo ignoro. ¿Si tu nombre es Otberto? ¿si tu nombre es Yorghi? ¿Por qué ha pasado tu vida en el destierro? ¿Si fué en Córcega ó en Moldavia donde te encontré niño, desnudo, solo, en pos del sustento? ¿Por qué te aconsejé que vinieras á este castillo prohibiéndote que dijeras que me conocías? ¿Por qué, bien que Regina haya seducido al amo, conservo yo mi cadena al cuello, y en todo tiempo y lugar, como cumpliendo un voto, esta argolla en el pié? No quiero contestarte, nada he de decirte. Delátame si quieres. Pero no, tú no harás traición á la nodriza que te crió á sus pechos y te sirvió de madre; después de todo, tampoco le temo yo á la muerte. (Retirándose.)
Otberto(deteniéndola).—No es de mí de quien quiero hablarte. Dime, tú que lo sabes todo, Regina...
Guanhumara.—Morirá antes de un mes. (Retirándose.)
Otberto(deteniéndola).—¿Puedes salvarla?
Guanhumara.—¿Qué me importa á mí eso? (Como hablando consigo misma.) Si... cuando yo estaba en la India,... espantosa hasta para los leones, andaba errante por los bosques estudiando las yerbas, los venenos, los filtros supremos que tienen la virtud de resucitar á un muerto y que parezca muerto un vivo...
Otberto.—Contéstame. ¿Puedes salvarla?
Guanhumara.—Sí.
Otberto.—Por piedad; por Dios que nos está oyendo ¡oh Guanhumara! sálvala, cúrala.
Guanhumara.—Si ahora mismo, cuando contemplabas aquí á Regina, de repente hubiera entrado Hatto como una tempestad; si feroz y riéndose de rabia, la hubiera asesinado á tu vista y arrojado su cuerpo al torrente, que brama como un tigre ahí afuera; si agarrándote á ti con sus manos homicidas te hubiera llevado á la ciudad inmediata, con la argolla de esclavo al pié, desnudo y medio muerto, para venderte como cosa vil en el mercado; si á ti, soldado y libre, te hubiera vendido para que te condenaran al remo en los barcos del Tíber... Supón ahora que después de este día nefasto, la muerte os olvidó á los dos por muchos años;... si después de haberte arrastrado de playa en playa volvieras viejo de tan larga y ruda esclavitud ¿qué quedaría en tu corazón?
Otberto.—La venganza, la sed de sangre.
Guanhumara.—Pues bien: yo soy la venganza, el odio sanguinario, y voy, como ciego fantasma, al fin propuesto: tengo sed de sangre. ¿Qué me pides tú? ¿Que tenga piedad, que salve á los vivos? Me río pensando en ello. Dices que tienes necesidad de mí. ¡Quéimprudencia! ¿Y si helando de espanto tu corazón yo te dijera á mi vez que tengo necesidad de ti? ¿Y si te dijera que te he criado para mis proyectos y que retrocedo ante tu inocencia? Retrocede tú, pues, ante mi soledad y desventura. Acabo de contarte mi historia. ¡Qué infamia! Pero sólo mataron al amante; la mujer... era yo. El asesino vive aún, y tú puedes servir á mi designio. ¡Oh! ¡cuánto tiempo he gemido! Toda el agua de las nubes ha caído sobre mi cabeza y he llegado á ser horrible y formidable á fuerza de sufrir. Sesenta años he vivido de lo que causa la muerte, del dolor; hambre, miseria, destierro, abatían mi frente; he visto el Nilo, el Indo, el Océano, la tempestad, y las inmensas noches de los polos; se han marcado en mis carnes duras argollas de hierro; veinte amos diferentes me han echado á latigazos, miserable, enferma. Ahora todo acabó: ya no tengo nada de humano, ni siento nada aquí. (Llevándose la mano al corazón.) Soy una estatua y habito una tumba. Un día del mes pasado llegué entre dos luces á este castillo perdido y aún me admiro de que al rumor del huracán no oyeran mis piés de mármol en este suelo fatal. Pues bien, yo, cuyo odio nunca duerme, hoy, si quisiera, tendría en mis manos á mi enemigo: le tengo... basta que marque su hora con una sola palabra para que vacile, y con un solo paso, para que muera. ¿He de repetirlo? Tú eres el único que puedes facilitarme la venganza que quiero. Pero al llegar á este momento fatal me he dicho: No, no, sería horrible. Yo, próxima al infierno, me siento vacilar. No vengas á tentarme; porque si entráramos en tratos semejantes, te contaría cosas horribles. Dime ¿querrías sacar de la vaina tu puñal? ¿Querrías ser asesino, verdugo? ¡Te estremeces! ¡Débil corazón y débil brazo! Vete y déjame en paz.
Otberto(bajando la voz).—¿Qué exigirás de mí?
Guanhumara.—Guarda, guarda tu inocencia: márchate.
Otberto.—Por salvarla daría toda mi sangre.
Guanhumara.—Vete.
Otberto.—Hasta cometería un crimen.
Guanhumara.—Me tienta... ya veis que me tienta. Pues bien, te cojo la palabra. Vas á pertenecerme. En adelante, suceda lo que quiera, no pierdas el tiempo en rogarme. Mi alma está llena de sombras y el ruego se pierde en estas tinieblas. Ya te lo he dicho: no tengo piedad ni remordimiento, á no ver vivo al que ví muerto, á Donato á quien tanto amé. Y ahora escucha, te advierto al principio de este horrible camino por la última vez. Todo te lo he dicho. Es preciso matar á alguien, matar como en el cadalso, sin piedad ni perdón, á quien yo quiera y cuando quiera.
Otberto.—Prosigue.
Guanhumara.—Cada soplo que pasa empuja á Regina al sepulcro. Sin mí moriría irremisiblemente: yo sola puedo salvarla. Toma este pomo. Beba de él una gota cada noche y vivirá.
Otberto.—¡Gran Dios! ¿No me engañas? ¿Vivirá?
Guanhumara.—Escucha: si por virtud de este licor, la ves venir mañana á ti, como un ángel resucitado, con la luz de la salud en los ojos y la alegría en el corazón ¿me pertenecerás?
Otberto.—Dicho está.
Guanhumara.—Júralo.
Otberto.—Te lo juro.
Guanhumara.—La misma Regina me responderá de ti... ella pagaría tu perjurio. Bien lo sabes; conozco de antiguo esta morada, sé todos sus secretos y á todas horas puedo entrar en ella.
Otberto.—¿Dices que con ese licor se salvará?
Guanhumara.—Sí; piensa en tu juramento.
Otberto.—¿Se salvará?
Guanhumara.—Sí. Pero piensa en que ha de pertenecerme tu alma.
Otberto.—Dame ese licor y tómala.
Guanhumara(Entregándole el pomo.)—Hasta mañana.
Otberto.—Hasta mañana. (Sale la vieja.) ¡Gracias, mujer! Cualesquiera que sean tus proyectos, aceptados están, á trueque de salvar á Regina. Pero huyamos de aquí. (Deteniéndose en la puerta falsa.) ¡Oh! ¡Trágueme el infierno; pero... viva ella!
(Entra precipitadamente por la puertecita que cierra tras sí. Entre tanto óyense por el lado opuesto cantos y risas que al parecer se acercan, y luégo se abre la puerta principal de par en par.)
(Entran con ruidosa alegría los príncipes y burgraves conducidos por Hatto, coronados de flores, vestidos de seda y oro y con los vasos del festín en la mano. Hablan, beben y ríen por grupos, por entre los cuales circulan pajes con ánforas de vino, jarros de oro para el agua y bandejas cargadas de fruta. En el fondo partesaneros silenciosos é inmóviles. Músicos, trompetas, clarines, heraldos de armas.)
Viñeta de adorno