Ilustración ornamentalESCENA VLOS BURGRAVES
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LOS BURGRAVES
HATTO, GORLOIS, el duque GERARDO de Turingia, PLATÓN, GILISA, ZOAGLIO GIANNILARO, noble genovés; DARÍO, CADWALLA; LUPO, muy joven, como Gorlois. Otros burgraves y príncipes, personajes mudos; entre otros, UTHER, pendragón de los bretones, y los hermanos de Hatto y de Gorlois. Algunas mujeres engalanadas. Pajes, oficiales, capitanes.
El conde Lupo(Cantando.)
Frío es el invierno,fuerte el aquilón,y el cielo en los montesla nieve cuajó.Mas ¿qué importa el fríosi es fuego el amor?Estoy condenado,mi madre murió,y al cielo me llamadel cura el sermón.Mas ¿qué importa el cielodo reina el amor?Llamando á mi puertacerrada al temor,Satán con sus diablostambién me llamó.Los diablos me llevencon vino y amor.
Frío es el invierno,fuerte el aquilón,y el cielo en los montesla nieve cuajó.Mas ¿qué importa el fríosi es fuego el amor?Estoy condenado,mi madre murió,y al cielo me llamadel cura el sermón.Mas ¿qué importa el cielodo reina el amor?Llamando á mi puertacerrada al temor,Satán con sus diablostambién me llamó.Los diablos me llevencon vino y amor.
Frío es el invierno,fuerte el aquilón,y el cielo en los montesla nieve cuajó.Mas ¿qué importa el fríosi es fuego el amor?
Frío es el invierno,
fuerte el aquilón,
y el cielo en los montes
la nieve cuajó.
Mas ¿qué importa el frío
si es fuego el amor?
Estoy condenado,mi madre murió,y al cielo me llamadel cura el sermón.Mas ¿qué importa el cielodo reina el amor?
Estoy condenado,
mi madre murió,
y al cielo me llama
del cura el sermón.
Mas ¿qué importa el cielo
do reina el amor?
Llamando á mi puertacerrada al temor,Satán con sus diablostambién me llamó.Los diablos me llevencon vino y amor.
Llamando á mi puerta
cerrada al temor,
Satán con sus diablos
también me llamó.
Los diablos me lleven
con vino y amor.
Gilisa(mirando por la ventana lateral á Lupo).—Conde, desde aquí se ve la puerta del burgo y el camino que sube á él.
Platón(examinando el local).—¡Qué desolación y qué vetustez!
Gerardo(á Hatto).—Diríase una habitación de espectros.
Hatto(Indicando la puerta.)—Allí está mi abuelo.
Gerardo.—¿Solo?
Hatto.—Con mi padre.
Platón.—¿Y qué has hecho para desembarazarte de ellos?
Hatto.—Harto vivieron ya. Ambos están locos. Más de dos meses hace que el abuelo no habla: preciso es que al fin la vejez lo acabe, pues tiene ya más de cien años... Ellos se han retirado... yo he debido ponerme en su lugar.
Giannilaro.—¿Pero lo cedieron de buen grado?
Hatto.—Casi, casi.
(Entra un capitán.)
Capitán(á Hatto).—Señor...
Hatto.—¿Qué ocurre?
Capitán.—El platero judío Pérez no ha pagado aún su rescate.
Hatto.—Que lo ahorquen.
Capitán.—Además, los mercaderes de Linz, cuyo miedo es grande, os piden cuartel.
Hatto.—Saqueadlos. Es país conquistado.
Capitán.—¿Y los de Rhens?
Hatto.—Saqueadlos también.
(Sale el capitán.)
Darío(á Hatto).—Tu vino es excelente, marqués.
(Bebe.)
Hatto.—¡Pardiez! Es de escarlata. La ciudad de Bingen, que me teme y lisonjea, me envía todos los años dos toneles.
Gerardo.—Pero es mejor tu novia Regina.
Hatto.—¡Oh! Cada cual se contenta con lo que tiene.
Gerardo.—¡Parece que está enferma!
Hatto.—No es nada.
Giannilaro(bajo á Gerardo).—Se está muriendo.
(Entra un capitán.)
Capitán(bajo á Hatto).—Mañana han de pasar por aquí unos mercaderes.
Hatto(alto).—¡Pues acechadlos! (Sale el capitán. Hatto continúa volviéndose á los príncipes.) Mi padre hubiera ido allá; yo me quedo aquí. En otro tiempo se guerreaba; ahora nos divertimos; antes imperaba la fuerza, ahora la astucia. El pasajero me maldecía, diciendo: «Hatto y sus hermanos causan terror en ese sombrío castillo, palacio misterioso rodeado de tempestades. Á los margraves y duques da festines Hatto y hace que los príncipes convidados sean servidos por príncipes cautivos.» Enhorabuena: la suerte es excelente. Me temen, me envidian, me maldicen y yo me río. Mi castillo lo arrostra todo. De la vida, hasta la hora de Satanás, hago yo un paraíso. ¡Como un cazador sus perros, suelto yo mis bandidos y vivo tan contento! Es bella mi futura, ¿eh? Á propósito, ¿no te casas tú con la condesa Isabel?
Gerardo.—No.
Hatto.—Pues tú le tomaste su ciudad el año último prometiéndole tu mano de esposo.
Gerardo.—No recuerdo... (Riendo.) ¡Ah! sí; me lo hicieron jurar por los Evangelios y... nada más. Dejo en libertad á la dama y conservo la ciudad. (Ríe.)
Hatto(Riendo.)—Y ¿qué dice á eso la dieta?
Gerardo(Id.)—La dieta calla, que es no decir nada.
Hatto.—¿Y tu juramento?
Gerardo.—¡Bah!
(Sigue riendo.)
(En esto la puerta de la derecha se ha abierto dejando ver los primeros peldaños de una escalera en que han aparecido dos ancianos, el uno de más de sesenta años y el otro mucho más viejo. Los dos visten camisa de hierro, espada al cinto y encima una cimarra blanca, forrada de rico tisú, el uno, y el otro una gran piel de lobo, cuyas fauces se ajustan á su cabeza.—Detrás del más viejo, de pié é inmóvil, un escudero de larga y blanca barba, vestido de hierro, y alzando por encima del anciano una bandera negra sin escudo.—En la sombra, más adentro, se vislumbran otros dos escuderos vestidos también de hierro como sus señores, y con barbas igualmente largas y blancas. Estos escuderos traen en coginetes de terciopelo rojo los dos cascos de los ancianos, grandes morriones de forma extraordinaria cuyas cimeras figuran fauces de animales fantásticos.—Los dos ancianos escuchan en silencio: el menos viejo apoya la barba en ambas manos y estas en el mango de una enorme hacha de Escocia.—Otberto, con los ojos bajos, está cerca del más viejo que apoya el brazo en su hombro.—Los convidados no echan de ver la presencia de los nuevos personajes.)
Los mismos, JOB, MAGNO, OTBERTO
Magno.—En otro tiempo, los juramentos que se hacían en la noble Alemania, eran de acero, recios y lucientes como nuestra armadura, que no se mellaba sin lucha ni batalla; con ella se medía la estatura de un hombre; colgábala el noble á la cabecera de su cama, y aun mohosa era buena y servía. Muerto el valiente, dormía en su fosa humilde, cubierto con su juramento como con su armadura, y el tiempo que roe los vestidos de los muertos, consumía aquella, nunca el juramento. Pero hoy la fe, el honor y las palabras han tomado el nuevo giro de las modas españolas. ¡Oropel! ¡Seda!... Un juramento con testigos ó sin ellos, dura lo que un jubón, y á veces menos; se rompe pronto y no es ya sino un harapo incómodo que se tira diciendo: ¡Moda vieja!
(Todos se han vuelto con estupor al oir las palabras de Magno. Pausa de imponente silencio.)
Hatto.—Señor...
Magno.—Mucho ruido estáis haciendo, muchachos. Dejad á los viejos meditar en las sombras y el silencio. El resplandor de los festines hiere nuestros severos ojos. Los viejos chocaban las espadas; vosotros, gente moza, chocad los vasos; pero lejos de nosotros.
Hatto.—Señor... (Viendo vueltos los retratos.) Pero ¿qué veo? ¿Quién, padre, ha tenido la audacia de volver los retratos?
Magno.—Yo.
Hatto.—¿Vos?
Magno.—Sí.
Hatto.—Pero, padre...
Gerardo(á Hatto).—Se chancea.
Magno.—Los he vuelto para que no vieran la vergüenza de mis hijos.
Hatto(con cólera).—Barbaroja castigó á su tío Luís por una afrenta menos grave. Pues que se me tienta...
Magno(con desdeñoso tono).—Me parece que se ha hablado de Barbaroja; me parece que se le ha alabado... ¡Que delante de mí no se vuelva á pronunciar ese nombre!
Lupo(riendo).—¿Qué os ha hecho para proscribirle así?
Magno.—¡Oh, mayores nuestros! Permaneced velados. ¡Qué me ha hecho! ¿Quién habló así? ¿el condesillo de Mons? Baja las orillas del Rhin, desde el lago hasta los Siete Montes, y cuenta los castillos derruídos á una y otra margen. ¡Qué me ha hecho! Nuestras hermanas y nuestras hijas cautivas; patíbulos imperiales levantados para cuervos y buitres, sobre nuestros peñascos y con las piedras de nuestras torres; asaltos, pillaje y carnicería, todo lo hemos sufrido... argollas y cadenas de esclavitud al cuello de nuestros mejores caballeros... He aquí lo que me ha hecho y lo que os ha hecho á vosotros. Treinta años bajo el poder del César que triunfaba siempre, el incendio y el destierro, los hierros, los jueces, los calabozos, los tormentos... Sí, todo esto padecimos nosotros; como judíos, ¡gran Dios!, como esclavones pasamos por aquella grande afrenta, por aquella gran victoria suya, y nuestros degenerados hijos no saben esa historia. Todo cedía ante él. Cuando Federico primero, enmascarado, pero cubierto de oro desde la cabeza hasta los piés, surgiendo sobre una brecha inflamada, arrojaba su guantelete á nuestro ejército, todo temblaba y todo huía de espanto. Sólo mi padre un día cortándole el paso en un estrecho patio, con un hierro candente le marcó el brazo derecho. ¡Oh recuerdos! ¡Oh tiempos! Todo pasa y se desvanece. El rayo se apagó en nuestrosojos, los barones cayeron, los burgos cubren de ruinas las llanuras, de todo el bosque no queda más que un roble, y ese roble sois vos, ¡oh padre venerado! ¡Barbaroja! ¡Mal haya su nombre aborrecido! Nuestros blasones están ocultos bajo la yerba; el Rhin corre deshonrado entre ruinas. Pero yo os vengaré, y esta será mi grandeza; sin tregua, sin piedad, sin perdón, en él, si no ha muerto, y si murió, en su raza. Plegue á Dios que antes de caer en el sepulcro se alivie mi corazón, ¡y no muera antes de haberme vengado! Porque para tener en fin esta suprema alegría, para salir de la tumba y caer sobre mi presa, para volver á la tierra después de mi muerte, creed que he de hacer algún esfuerzo execrable. Sí, quiera ó no quiera Dios, con la frente alta y firme el corazón, quiero romper la puerta que me encierre, sea la del paraíso, sea la del infierno, con este puño de hierro. (Pausa.) ¿Qué he dicho, anciano solitario?
(Se abisma en su pensamiento. Poco á poco renace la alegría entre los convidados, circula el vino y resuenan las risas. Los dos ancianos parecen dos estatuas.)
Hatto(bajo á Gerardo).—La edad les ha turbado la razón.
Gorlois(bajo á Lupo).—Un día estará mi padre como ellos y yo haré lo que él.
Hatto(á Gerardo).—Pero todos nuestros soldados le son afectos y...
(Gorlois y algunos pajes se han acercado á la ventana y miran afuera.)
Gorlois.—¡Ah! Padre, ven á ver á ese viejo de blanca barba.
Lupo(corriendo á la ventana).—¡Con qué lentitud sube la cuesta!
Giannilaro.—Viene muy fatigado.
Lupo.—El viento silba en los agujeros de su capa.
Gorlois.—Parece que pide hospitalidad en el castillo.
Gilisa.—Algún mendigo.
Cadwalla.—Ó algún espía.
Darío.—¡Cuidado!
Hatto(en la ventana).—Echadme lejos de aquí á pedradas á ese miserable.
Lupo, Gorlois y los pajes(tirando piedras).—Afuera, perro, afuera.
Magno(Como despertándose.)—¡Dios poderoso! ¡En qué tiempos vivimos! ¡Se echa y apedrea á un anciano que suplica! (Encarándose con todos.) En mi tiempo teníamos también nuestras locuras, nuestros festines y canciones. Éramos al fin jóvenes. Pero cuando un anciano vencido por la edad y por el hambre, venía á tender su yerta mano en medio de un banquete, cesaba el vaniloquio y luégo al punto se le daba una buena moneda y un buen vaso de vino. Después volvíamos á nuestro júbilo, porque el anciano seguía confortado y alegre su camino. Por lo que hacíamos nosotros, juzgad de lo que vosotros hacéis.
Job(enderezándose y tocando á Magno en el hombro).—Callad, joven. En mi tiempo, cuando bebíamos en nuestros festines cantando más recio que vosotros al rededor de un buey entero puesto en una fuente de oro, si sucedía que un anciano pasaba por la puerta, pobre, andrajoso y suplicante, iba á buscarlo una escolta. Luégo que entraba, se tocaban los clarines, se levantaban los barones, los mozos se inclinaban sin hablar, sin cantar, sin sonreir siquiera, así fueran príncipes del sacro Imperio; y los ancianos tendían la mano al desconocido diciéndole: «¡Señor, bien venido seáis!» (Á Gorlois.) Vé á buscar al forastero.
Hatto(inclinándose).—Pero...
Job.—¡Silencio!
Gerardo.—Excelencia...
Job.—¿Quién se atreve á hablar, cuando yo he dicho «¡silencio!»? (Todos retroceden y callan. Gorlois obedece.)
Otberto(aparte).—¡Bien, conde! ¡Oh viejo león! contempla con asombro á estos odiosos tigres que descienden de ti; pero si al fin te hacen algún agravio, sacude tu melena y estremézcanse todos.
Gorlois(volviendo).—Señor, ya sube.
Job(á los príncipes que permanecen sentados).—¡De pié! (Á sus hijos.) ¡Á mi lado! (Á Gorlois.) ¡Aquí! (Á los heraldos y trompetas.) Tocad como si entrara un rey.
(Entra por la puerta del fondo un mendigo casi tan viejo como el conde Job; su blanca barba le llega á la cintura. Viste túnica parda con capucha y una capa también parda y derrotada. Trae descubierta la cabeza, un rosario pendiente de la cuerda con que se ciñe, y calzado de cáñamo, sin medias. Detiénese en el fondo apoyado en su nudoso báculo. Los partesaneros le saludan y suenan de nuevo los clarines. Guanhumara aparece en el piso superior y asiste á la escena.)
Viñeta de adorno