Ilustración ornamentalESCENA VIILos mismos, UN MENDIGO
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Los mismos, UN MENDIGO
Job(de pié en medio de sus hijos, al mendigo inmóvil).—Quienquiera que seáis ¿habéis oído decir que hay en el Tauno, entre Colonia y Espira, sobre enormísima roca, un castillo, famoso entre todos los castillos, y en él un burgrave, famoso entre todos los burgraves? ¿Sabéis que este príncipe sin leyes, cargado de atentados y de hazañas, excluído del sacro Imperio por la dieta de Francfort, y de la santa iglesia por el concilio de Pisa, aislado, excomulgado, pero de pié todavía en su montaña y firme en su voluntad, persigue, provoca y bate al conde palatino, al arzobispo de Tréveris, y que con pié seguro y de sesenta años atrás, viene rechazando la escala del imperio puesta en sus muros? ¿Sabéis que protege á todos los valientes, hace del rico un pobre y del amo un esclavo y que por encima de los duques, reyes y emperadores, á vista de Alemania, víctima y presa de ellos, enarbola en su torre, como un reto de odio, cual fúnebre llamamiento á los encadenados pueblos, una bandera negra, formidable girón siempre agitado al soplo de las tempestades? ¿Sabéisque cuenta ya un siglo y arrostrando la ira del cielo y del destino desde que se alzó sobre su roca, ni la guerra arrancando los castillos, ni César furioso, ni Roma omnipotente, ni el peso de los años, nada en fin, ha podido vencer, ni domar al viejo titán del Rhin, Job el excomulgado? ¿Sabéis todo eso?
Mendigo.—Sí.
Job.—Pues estáis en casa de ese hombre. ¡Bien venido, señor! Yo soy el que llaman Job el Maldito. Este es mi hijo... Estos los hijos de mi hijo, que valen menos que nosotros. Así es engañada á menudo nuestra esperanza. Ahora bien, tengo la vieja espada de mi difunto padre, por mi espada un nombre terrible, y por parte de mi madre este castillo. Nombre, espada y castillo, todo es vuestro, huésped mío. Ahora habladnos libremente y en alta voz.
Mendigo.—Príncipes, condes, señores, yo os saludo, y á vosotros también, esclavos. Escuchadme: si todo es reposo en lo hondo de vuestras almas, si meditando en lo pasado nada turba vuestros corazones, puros, como el cielo es azul, vivid, reíd, cantad... si no pensad en Dios. Mozos, ancianos de grandes y altos destinos, vosotros coronados de flores, vosotros coronados de canas, si hacéis mal á la faz del cielo, mirad adelante y sed prudentes. Son breves y dudosos nuestros instantes: la vejez amaga á los unos; el sepulcro á los otros. Así pues, gente moza, orgullosa de vuestro poder y fuerza, pensad en los ancianos; y vosotros, ancianos, pensad en los muertos; sed, sobre todo, hospitalarios: la hospitalidad es la más dulce ley. Cuando se rechaza á un pasajero ¿se sabe á quién se rechaza? ¿Se sabe de dónde viene? Sea sagrado el pobre para vosotros, siquiera seáis reyes. Á las veces, Dios, que de un soplo arranca y barre los centenarios robles, llena de acontecimientos, de relámpagos y truenos la mano que un mendigo oculta bajo sus andrajos.