Ilustración ornamentalPARTE SEGUNDAEL MENDIGO
Ilustración ornamental
EL MENDIGO
LA SALA DE LAS PANOPLIAS
Á la izquierda una puerta. En el fondo una galería almenada que permite ver el cielo. Paredes de basalto desnudas. Armaduras completas en los pilares. Al levantarse el telón, el mendigo está de pié en el proscenio, apoyado en su báculo y como poseído de dolorosos pensamientos.
EL MENDIGO, solo
Ha llegado el momento de dar este gran golpe. Todo podría salvarse; pero es preciso arriesgarlo todo... ¿Qué importa, si Dios me ayuda? ¡Alemania! ¡oh patria mía! ¡cómo han degenerado tus hijos! y qué maltratada te encuentras después de este largo destierro. Han matado á Felipe, expulsado á Ladislao, envenenado á Enrique y vendido á Corazón de León como hubieran vendido al mismo Aquiles. ¡Qué abatimiento tan profundo! No hay ya unidad; se deshacen los nudos de los Estados. Veo en este país, tierra de bravos cuando Dios quería, loreneses, flamencos, sajones, moravos, franceses, bávaros... y... ni un solo alemán. El oficio de cada uno es cómodo en verdad: el fraile canta, predica el sacerdote, el paje lleva la lanza de su señor, el barón saquea y el rey duerme. Los que no pillan no saben más que gemir, y temblando como en tiempo de los emperadores sálicos, adorar un relicario y besar santas reliquias. Son feroces, ó cobardes; viles ó malvados. El conde palatino, como escudero trinchante tiene el primer voto en el colegio de Tréveris, y lo vende; se desconoce la tregua de Dios, y el rey de Bohemia, ¡un eslavo! es elector. Todos aspiran á engrandecerse; por todas partes impera la fuerza, el horror, la violencia. La reja del arado viéndose pisoteada, se transforma en cuchilla; las hoces van á la guerra abandonando las mieses. El incendio prende por doquiera: entonando sus cantares, todo gitano que pasa por la puerta de una cabaña, oculta bajo su capa su pedernal y eslabón. Los vándalos han tomado á Berlín. ¡Ah, qué cuadro! Los paganos en Dantzig,los mogoles en Breslau... Todo esto invade mi espíritu en tropel. ¡Oh vergüenza! Todo está muerto, país, ciudades, aldeas, recursos... ¿Cómo se acabará la aguja de Strasburgo? ¿Quién llevará el pendón de las ciudades? Alguno de los judíos enriquecidos en las guerras civiles. ¡Oh abyección!... El imperio tenía grandes pilares, Holanda, Luxemburgo, Cléveris, Gueldres, Juliers... y cayeron. ¿Qué fué de Polonia? ¿Qué fué de Lombardía? para defendernos el día de una invasión atrevida, sólo tenemos á Ulma y Augsburgo cerradas con malas estacas: la obra de Carlomagno y de Otón el Piadoso no existe ya. Bórrase al occidente nuestra frontera, porque la alta Lorena es de los condes de Alsacia y la baja de los condes de Lovaina. La Orden Teutónica ha muerto: apenas quedan á Gauvain veintiocho caballeros y cien escuderos de armas... Á la vez, amenaza Dinamarca, agita Inglaterra á güelfos y gibelinos, hace traición la Lorena, ruge el Brabante, se enciende Turín, Felipe Augusto crece, Génova quiere dinero, continúa el entredicho, el Padre Santo vacila... ¡Oh Dios! ¡Y ni un caudillo ante tales y tantas complicaciones! Los electores dispersos, ahondando más y más la herida, coronan cada cual por su lado, á quien le paga, y como el que muere descuartizado por cuatro caballos, de Amberes á Ratisbona y de Lubeck á Spira, tiran del imperio cuatro emperadores. ¡Alemania! ¡Alemania!...
(Inclina la cabeza y sale pausadamente por el fondo, perdiéndose entre los arcos de la galería. Otberto que apareció algunos momentos antes, le sigue con la vista. Regina, radiante de salud y de dicha, entra por el fondo sin encontrarse con el mendigo.)