Entran ROSALINDA y CELIA.
Entran ROSALINDA y CELIA.
Celia.—Te suplico, mi dulce prima, que estés alegre.
Rosalinda.—Más alegría demuestro, querida Celia, que la que hay en mí.—¿Y querríais verme más alegre aún? Á menos que me enseñéis á olvidar á unpadre desterrado, no debéis enseñarme á recordar ningún placer extraordinario.
Celia.—En esto veo que no me amas con tanta consagración como yo á ti. Si mi tío, tu desterrado padre, hubiese desterrado á tu tío, el duque mi padre, con tal de que hubieses permanecido á mi lado, yo habría podido enseñar á mi afecto á tomar á tu padre por mío; y así lo harías si la realidad de tu amor hacia mí fuera tan bien templada como la de mi amor por ti.
Rosalinda.—Bien. Olvidaré las circunstancias de mi posición, para regocijarme en la tuya.
Celia.—Sabes que mi padre no ha tenido ni es probable que tenga otros hijos que yo; y ciertamente, á su muerte, serás su heredera; porque lo que él tomó de tu padre por fuerza, te lo devolveré por afecto.—Te prometo por mi honor que lo haré, y sea yo convertida en un monstruo si quebranto mi juramento. Así, pues, mi dulce Rosalinda, mi querida Rosalinda, alégrate!
Rosalinda.—Lo haré en adelante, prima, é idearé pasatiempos. Veamos ¿qué pensaríais de improvisar unos amores?
Celia.—Excelente, y te ruego lo hagas para divertirte; pero no ames con todas veras á hombre alguno, ni te dejes llevar de ese juego tan allá que no puedas salir de él libre y con honra á costa de un honesto sonrojo.
Rosalinda.—Pues entonces ¿cuál ha de ser nuestro pasatiempo?
Celia.—Sentémonos, y con nuestras burlas echemos de su rueda á la buena matrona Fortuna, para que en adelante sus dones sean igualmente repartidos.
Rosalinda.—Desearía que así pudiera ser; porque sus favores están harto mal colocados; y la pródiga ciega se equivoca más á menudo en sus dádivas á mujeres.
Celia.—Es verdad; porque rara vez da la honestidad á aquellas á quienes dota con la hermosura; y da muy pobre apariencia á aquellas á quienes hace honestas.
Rosalinda.—No. En esto equivocas la tarea de la Fortuna con la de la naturaleza. La Fortuna impera en los dones del mundo, no en los rasgos de la naturaleza.
(Entra Piedra-de-toque.)
Celia.—¿No? ¿Pues no puede la Fortuna hacer que caiga en el fuego una criatura á quien ha hecho hermosa la naturaleza?—Y aunque esta nos ha dado ingenio para burlarnos de la Fortuna: ¿no es esta quien envía á este necio para dar al traste con el argumento?
Rosalinda.—En verdad que es la Fortuna demasiado dura para con la naturaleza, cuando se sirve de un natural idiota para imponer silencio al natural ingenio.
Celia.—Quizás tampoco sea esto obra de la Fortuna, sino de la naturaleza; la cual advirtiendo que nuestro ingenio es demasiado obtuso para discurrir sobre semejante diosa, ha enviado á este idiota para estimularnos; ya que siempre la estupidez del necio es aguijón del discreto. Hola! Prodigio ¿adónde bueno?
Piedra.—Señora: debéis venir á donde vuestro padre.
Celia.—¿Os tomó de mensajero?
Piedra.—No, por mi honor; pero se me encargó llamaros.
Celia.—¿Dónde aprendiste ese juramento, bufón?
Piedra.—De cierto caballero que juró por su honor ser buenas las tortas y juró por su honor ser mala la mostaza. Ahora bien; yo sostengo que eran malas las tortas y buena la mostaza; y, sin embargo, el caballero no perjuró.
Celia.—¿Y cómo lo pruebas, lumbrera de ciencia?
Rosalinda.—Sí, sí. Quita el bozal á tu ingenio.
Piedra.—Adelantad ahora las dos: tocaos las caras y jurad por vuestras barbas que soy un bribón.
Celia.—Sí que lo sois, por nuestras barbas si las tuviéramos.
Piedra.—Sí, que lo soy, por mi bribonada si la tuviera. Pero si juráis por lo que no tenéis, no perjuráis; ni más perjuró ese caballero jurando por su honor, pues jamás lo tuvo; ó si lo tuvo lo había perdido á fuerza de jurar antes de haber visto nunca aquella mostaza, ni aquellas tortas.
Celia.—¿Y te dignarás decirme á quién aludes?
Piedra.—Á uno á quien ama el viejo Federico, vuestro padre.
Celia.—Para honrarle basta el amor de mi padre.Silencio! no hables más de él. No tardará mucho el que te azoten por maldiciente.
Piedra.—Tanto más lastimoso, que los necios no hablen discretamente de las necedades de los discretos.
Celia.—Á fe que dices verdad: porque al haberse impuesto silencio al poco ingenio que tienen los necios, la poca necedad que tienen los discretos ha tomado mucho vuelo.—Aquí viene Monsieur Le Beau.
(Entra Le Beau.)
Rosalinda.—Con la boca llena de noticias.
Celia.—Que nos administrará como las palomas dan el sustento á sus pequeñuelos.
Rosalinda.—Así quedaremos cebadas con noticias.
Celia.—Tanto mejor: seremos más negociables.—Buenos días, monsieur Le Beau, ¿qué nuevas?
Le Beau.—Hermosa princesa, habéis perdido muchos juegos interesantes.
Celia.—¿Juegos? ¿De qué color?
Le Beau.—¿De qué color, señora? ¿Cómo habré de responderos?
Rosalinda.—Como lo quieren el ingenio y la fortuna.
Piedra.—Ó como lo mande el destino.
Celia.—Bien dicho. Eso se ha aplicado con llana.
Piedra.—Y aún más. Si no mantengo mi rango....
Rosalinda.—Estás perdiendo tu antiguo olfato.
Le Beau.—Me admiráis, señoras. Habría querido contaros una buena lucha, cuyo espectáculo habéis perdido.
Rosalinda.—Con todo, decidnos cómo fué.
Le Beau.—Os contaré el principio, y si os place, podréis ver vosotras mismas el fin, porque aún falta lo mejor; y vienen aquí, donde os halláis, para ejecutarlo.
Celia.—Bien. Sepamos el principio, que ya está muerto y sepultado.
Le Beau.—Ahí viene un anciano con sus tres hijos.
Celia.—Yo podría referir un cuento añejo que principia de ese modo.
Le Beau.—Tres jóvenes apuestos, de excelente vigor y presencia.
Rosalinda.—Con carteles en el pescuezo: «Sepan cuantos las presentes vieren.»
Le Beau.—El hermano mayor luchó con Carlos, el luchador del duque, y en un momento fué aquel derribado y sacó tres costillas rotas, con lo cual pocas esperanzas le quedan de vida. Y otro tanto hizo con el segundo y con el tercero. Allí yacen, y el pobre anciano su padre se lamenta de tan lastimosa manera, que cuantos le ven simpatizan sollozando con él.
Rosalinda.—¡Ay, desdichado!
Piedra.—Pero, señor, ¿cuál es la diversión que han perdido las señoras?
Le Beau.—Pues es claro; la que acabo de decir.
Piedra.—De este modo los hombres podrán crecer en sensatez de día en día. Es la primera vez que oigo decir que romper costillas es una diversión propia de señoras.
Celia.—Como que sí; te lo aseguro.
Rosalinda.—¿Pero hay alguien más que tenga comezón porque le apliquen ese solfeo en los costados? ¿Hay algún otro tan apasionado al rompe-costillas? ¿Veremos esta lucha, prima?
Le Beau.—Tendréis que verla si os quedáis; porque, he ahí el sitio destinado para la lucha, y ya están prontos los que deben tomar parte en ella.
Celia.—Allí vienen, por cierto. Quedémosnos y veámosla. (Preludio. Entran el duque Federico, Lores, Orlando, Carlos y séquito.)
Duque.—Venid. Pues el mancebo no da oído á súplicas, que su audacia responda de su peligro.
Rosalinda.—¿Es aquél el antagonista?
Le Beau.—Él mismo, señora.
Celia.—¡Ay, qué joven es! Sin embargo, parece como si hubiera de vencer.
Duque.—¿Qué es esto, hija y sobrina? ¿Os habéis escurrido hasta aquí para ver la lucha?
Rosalinda.—Sí, mi señor, si os place darnos permiso.
Duque.—Poca diversión tendréis en ella, os lo aseguro, siendo tan desiguales los luchadores. Por compasión á la temprana edad del joven, intentaría disuadirle, pero no quiere oir consejo. Habládle, niñas; ved si podéis influir sobre él.
Celia.—Hacedle venir, monsieur Le Beau.
Duque.—Hacedlo. Yo me apartaré. (El duque se va á un lado.)
Le Beau.—Señor desafiador: las princesas quieren hablaros.
Orlando.—Estoy á sus órdenes con todo respeto y humildad.
Rosalinda.—Mancebo, ¿habéis desafiado á Carlos el luchador?
Orlando.—No, hermosa princesa. Es él quien hace un reto general. Yo no vengo sino como uno de tantos, para probar en él la fuerza de mi juventud.
Celia.—Vuestro valor ¡oh joven! sobrepuja con exceso á vuestros años. Crueles pruebas habéis visto del vigor de ese hombre. Si pudiérais veros con nuestros ojos, ó juzgaros con nuestro discernimiento, el recelo de vuestra aventura os aconsejaría una empresa más proporcionada. Os rogamos, por vuestro bien, que penséis en vuestra seguridad y abandonéis esta tentativa.
Rosalinda.—Hacedlo, buen joven; que no por ello será rebajada vuestra reputación. Solicitaremos del duque que haga suspender la lucha.
Orlando.—Os suplico no me impongáis el castigode pensar mal de mí, aunque me reconozco culpable de negar cosa alguna á tan bellas y eminentes señoras. Pero acompáñenme en la lucha vuestras hermosas miradas y benévolos deseos; que si he de ser vencido, no tendrá que avergonzarse sino uno que jamás fué favorecido; y si recibo la muerte, sólo sucumbirá uno que ya sobrado la desea. Ni causaré pesadumbre á mis amigos, desde que no tengo uno para deplorarme; ni mal alguno al mundo, en el cual nada poseo; y el lugar que en él ocupo, será ocupado mejor cuando yo lo deje vacío.
Rosalinda.—Quisiera añadir á vuestra fuerza la muy poca que hay en mí.
Celia.—Y yo la mía para aumentar la suya.
Rosalinda.—Adios. Ruego al cielo estar equivocada en cuanto á vos.
Celia.—¡Ojalá se cumplan vuestros deseos!
Carlos.—¡Ea! ¿Dónde está ese valeroso joven que tanto afán tiene por yacer en su madre tierra?
Orlando.—Presto, señor; pero sus deseos son más modestos.
Duque.—Sólo probaréis una suerte.
Carlos.—Aseguro á vuestra alteza que no tendrá ocasión de rogarle para la segunda, después de haber intentado con tanto empeño disuadirle de la primera.
Orlando.—Pensáis burlaros de mí después. No deberíais burlaros antes. Pero probad como gustéis.
Rosalinda.—Que Hércules os asista, ¡oh joven!
Celia.—Quisiera ser invisible para atrapar por una pierna á aquel hombronazo. (Carlos y Orlando luchan).
Rosalinda.—¡Oh extraordinario joven!
Celia.—Si pudiera lanzar de mis ojos un rayo, ya sé quién había de caer.
(Carlos es derribado.—Aclamación).
Duque.—Basta, basta.
Orlando.—Suplico á Vuestra Alteza que nos deje continuar. Aún no estoy bastante alentado.
Duque.—¿Cómo te encuentras, Carlos?
Le Beau.—Ha quedado sin habla, señor.
Duque.—Llevadlo fuera. (Llevan á Carlos).—¿Cómo te llamas, mancebo?
Orlando.—Orlando, señor, el hijo menor de sir Rowland de Bois.
Duque.—Habría preferido que fueses hijo de otro. Las gentes tenían á tu padre por honorable; pero, sin embargo, encontré en él un enemigo. Más me habría agradado tu proeza si hubieses descendido de otro linaje. Pero Dios te guarde. Eres un mancebo valiente. Me habría alegrado de que hubieses mencionado otro padre. (Salen el Duque, Federico, el séquito y Le Beau).
Celia.—Á estar yo en lugar de mi padre, ¿haría esto, prima?
Orlando.—Á orgullo tengo ser hijo de sir Rowland, siquiera su hijo menor, y no cambiaría de condición así me adoptara el duque por heredero suyo.
Rosalinda.—Mi padre amaba con toda su alma á sir Rowland, y todo el mundo era del mismo modo de sentir. Si hubiese yo conocido antes á este joven, hijo suyo, le habría suplicado con lágrimas que no se aventurase de ese modo.
Celia.—Vamos, querida prima, á darle las gracias y á animarlo. La índole áspera y envidiosa de mi padre me lastima el corazón. Sois digno de aplauso, joven. Si tan bien cumplís vuestras promesas de amor, como la que ahora habéis excedido, vuestra amante deberá ser muy feliz.
Rosalinda.(Dándole una cadena de su cuello).—Caballero, llevad esto en recuerdo mío; que por contraria fortuna no tengo en la mano los medios de ofrecer todo lo que quisiera. ¿Nos iremos, prima?
Celia.—Sí. Adios, gentil caballero.
—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.
—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.
—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.
—Caballero, llevad esto en recuerdo mío.
Orlando.—¿No puedo daros las gracias? Me habéis abrumado en lo que hay de mejor en mí, y sólo quedo en vuestra presencia como un poste, como un mármol inerte.
Rosalinda.—Nos llama. Mi orgullo ha desaparecido junto con mi prosperidad. Le preguntaré lo que desea. ¿Nos llamasteis, caballero? Habéis luchado bien, y vencido aún más que á vuestros adversarios.
Celia.—¿Nos vamos, prima?
Rosalinda.—Soy con vos. Quedad con Dios.
(Salen Rosalinda y Celia).
Orlando.—¿Qué pasión me ata la lengua? Ha querido que le hable y no he podido hablar.—(Vuelve á entrar Le Beau).—¡Oh pobre Orlando! Estás derribado. No Carlos, algo más débil te domina.
Le Beau.—Amistosamente os aconsejo, buen señor, que abandonéis este lugar. Aunque habéis merecido altos elogios, aplausos y afecto, la índole del duque es tal que da mal sentido á cuanto habéis hecho. El duque es caprichoso; y lo que es él en toda verdad sería mejor que lo presumiéseis vos que el que yo os lo dijera.
Orlando.—Os doy las gracias, señor. Dignaos decirme ¿cuál de las dos damas que presenciaron la lucha es la hija del duque?
Le Beau.—Ninguna, á juzgar por los modales; pero en realidad es su hija la menor en estatura. La otra es hija del duque desterrado, y la detiene aquí su tío el usurpador para que acompañe á su hija; y las liga un afecto más estrecho que el natural vínculo de las hermanas. Pero puedo aseguraros que de poco tiempo acá el duque ve con desagrado á su gentil sobrina, sin más motivo que el de alabar el pueblo las virtudes de ésta y compadecerla por amor á su buen padre. Y á fe mía, la mala voluntad del duque hacia ella estallará de repente. Quedad con Dios, señor. Desearía conocerosmejor y gozar de vuestro afecto en el porvenir en un mundo mejor que este.
Orlando.—Os quedo sumamente agradecido.—(Sale Le Beau).—¿Es decir que tengo que salir de las brasas para caer en las llamas? Del duque tirano al hermano tirano. ¡Pero, divina Rosalinda!
(Sale).
Un cuarto en el palacio.
Entran CELIA y ROSALINDA.
Entran CELIA y ROSALINDA.
Celia.—¿Es posible, prima? ¿Es posible, Rosalinda? ¡Ten piedad, Cupido! ¿Ni una palabra?
Rosalinda.—Ni una para echarla á un perro.
Celia.—No, tus palabras tienen demasiado valor para desperdiciarlas en perros; echa algunas para mí. ¡Ea! Póstrame con razones.
Rosalinda.—Pues así habría dos primas postradas: la una á causa de las razones, y la otra por haber enloquecido sin ninguna.
Celia.—¿Pero es todo esto por tu padre?
Rosalinda.—No. Alguna parte de ello es por la hija de mi padre. ¡Oh, qué lleno de espinas es este fatigoso mundo!
Celia.—No son sino cardillos arrojados sobre ti, en festivo retozo. Si no caminas por las sendas trilladas, hasta tus faldas los atraparán.
Rosalinda.—Podría sacudirlos de mi ropa. Pero estos están en mi corazón.
Celia.—Tóselos y saldrán.
Rosalinda.—Probaría; si llorando de tos, pudiera tenerlo.
Celia.—Vamos, vamos, lucha con tus afectos.
Rosalinda.—¡Ah! Se ponen del lado de un luchador más fuerte que yo.
Celia.—¡Válgate mi buen deseo! Ya harás la prueba á su tiempo, á riesgo de una caída. Pero dejando á un lado estas chanzas, hablemos con seriedad. ¿Es posible que tan de súbito hayas sentido esta vehemente inclinación por el hijo menor de sir Rowland?
Rosalinda.—El duque, mi padre, amaba á éste de todo corazón.
Celia.—¿Y se sigue de ello que has de amar de todo corazón á su hijo? Por ese camino llegaremos á que yo debiera odiarle, porque mi padre odió cordialmente al suyo; y sin embargo, no aborrezco á Orlando.
Rosalinda.—¡Por Dios! no le odies, por amor á mí.
Celia.—¿Y por qué lo odiaría? ¿No merece aprecio?
Rosalinda.—Deja que por ello le ame; y ámalo tú porque yo lo hago. Mira: ahí viene el duque. (Entran el duque Federico y Lores.)
Duque.—Señorita, disponeos á toda prisa y alejaos de nuestra corte.
Rosalinda.—¿Yo, tío?
Duque.—Vos, sobrina. Si pasados estos diez días se te encuentra á veinte millas de mi corte, mueres.
Rosalinda.—Ruego á Vuestra Alteza que me haga saber en qué he faltado. Si tengo conciencia de mi misma, ó si conozco mis deseos; si no sueño ó no estoy delirando (y confío en que no lo estoy), entonces, querido tío, jamás he ofendido á Vuestra Alteza ni con la sombra de un pensamiento.
Duque.—Así proceden todos los traidores. Si su purificación consistiera en palabras, serían todos tan inocentes como la gracia misma de Dios.—Baste el que sepas que no confío en tí.
Rosalinda.—Vuestra desconfianza no puede hacer que mi traición exista. Decidme en qué se funda la sospecha.
Duque.—Eres hija de tu padre; basta con eso.
Rosalinda.—También lo era cuando Vuestra Alteza se apoderó de su ducado. También lo era cuando Vuestra Alteza lo desterró. No se hereda la traición, señor. Ó si la tenemos por contagio de nuestros amigos ¿en qué me afectaría eso? Mi padre no fué traidor. No me equivoquéis, pues, mi buen señor, á tal punto que juzguéis traidora mi pobreza.
Celia.—Escuchadme, querido soberano.
Duque.—Sólo por causa vuestra, Celia, la hemostenido aquí. Á no ser por eso, habría corrido la suerte de su padre.
Celia.—Yo no pedí entonces que se quedara, sino que así lo quisieron vuestro deseo y vuestro propio remordimiento. Era yo entonces demasiado niña para conocerla en todo su valor. Pero ahora la conozco. Si es culpable de traición, también lo soy yo misma. Hasta ahora hemos dormido juntas, y juntas nos hemos levantado, estudiado, jugado y sentado á la mesa. Y como los cisnes de Juno, jamás fuímos á lugar alguno sino como una pareja inseparable.
Duque.—Es demasiado astuta para ti, y su suavidad, su silencio mismo y su paciencia, hablan al pueblo, y éste la compadece. Eres una simple. Ella te defrauda de tu reputación; y tú aparecerás más inteligente y más virtuosa, cuando ella se haya ido. No repliques, pues. La sentencia que he dado contra ella es firme é irrevocable: está desterrada.
Celia.—Pronunciad entonces, señor, esa sentencia contra mí. Yo no puedo vivir sino á su lado.
Duque.—Eres una loca. Disponeos á partir, sobrina. Si os excedéis del plazo, por mi honor y lo sagrado de mi palabra, que os costará la vida.
(Salen el duque Federico y séquito.)
Celia.—¡Oh pobre Rosalinda mía! ¿Á donde irás? ¿Quieres cambiar de padres? Te daré el mío. Te aseguro que no estás más desolada que yo.
Rosalinda.—Tengo mayor motivo.
Celia.—No es así, prima. Te ruego que te animes. ¿No comprendes que el duque me ha desterrado, á mí, su hija?
Rosalinda.—No, no lo ha hecho.
Celia.—¿Que no? Te falta, pues, Rosalinda, el amor que te enseña que tú y yo somos una? ¿Habremos de ser separadas? ¿Habremos de decirnos adios, dulce prenda mía? No. Busque mi padre otro heredero. Discurre conmigo el modo de que huyamos, á dónde iremos y lo que habremos de llevar. Y no intentes soportar tú sola tus pesares, prescindiendo de mí; porque tomo por testigo al cielo, que palidece á la vista de nuestras penas, de que á pesar de cuanto digas, me marcharé contigo.
Rosalinda.—Pero ¿á dónde ir?
Celia.—Á buscar á mi tío.
Rosalinda.—¡Ah! ¡Qué peligro para nosotras, doncellas, viajar á tanta distancia! Más pronto provoca á los malvados la belleza que el oro.
Celia.—Me cubriré de pobres y mezquinas vestiduras, y me embadurnaré la cara con una especie de barniz oscuro. Haréis lo mismo, y así seguiremos nuestro camino sin provocar asaltos.
Rosalinda.—¿No sería mejor, ya que soy de una estatura más alta que la general, que me disfrazara de hombre? Con una buena daga al cinto y un venablo en la mano (aunque en mi corazón se anide oculto todo el miedo de la mujer), tendré un exterior marcial é imponente. Y en ello seré como muchos hombrezuelos cobardes que con la apariencia ocultan su cobardía.
Celia.—¿Qué nombre te he de dar cuando seas hombre?
Rosalinda.—No quiero tener un nombre que valga menos que el del mismo paje de Júpiter. Así, me llamarás Ganimedes. ¿Y qué nombre tomarás tú?
Celia.—Uno que de algún modo se refiera á mi situación. Ya no me llamaré Celia, sino Aliena.
Rosalinda.—¿Y qué te parecería, prima, si ensayáramos robarnos á aquel necio de bufón de la corte de vuestro padre? ¿No nos serviría de solaz durante el viaje?
Celia.—Me seguiría de extremo á extremo del mundo. Deja á mi cuidado el ganarlo. Vámonos. Juntemos nuestras joyas y nuestro caudal, y discurre túel tiempo más oportuno y el camino más seguro para sustraernos á la persecución que se nos ha de hacer después de mi fuga. Ahora iremos contentas, no al destierro, sino á la libertad.
El bosque de Ardenas.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS y otros lores en traje de monteros.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS y otros lores en traje de monteros.
DUQUE.
Ybien, compañeros y hermanos de destierro, ¿no hace la costumbre que sea más dulce esta vida que la de las vanas pompas? ¿No están más exentas de peligro estas selvas que la envidiosa corte? Aquí no tenemos otro padecimiento que el de Adán; la diversidad de la estación; el rudo zumbido y el diente helado del viento del invierno. Y cuando sopla sobre mi cuerpo y lo muerde y lo hace encogerse de frío, me digo sonriendo: «Esto no es adulación; estos son consejeros que con toda sinceridad me convencen de lo que soy.» Dulces son los frutos de la adversidad que, semejante al feo y venenoso sapo, lleva en la cabeza una preciosa joya.—Y esta nuestra vida retirada del bullicio público, descubre idiomas en los árboles, libros en los arroyos, sermones en las piedras, y el bien en todas las cosas.
Amiens.—No querría cambiarla. ¡Dichoso sois, Alteza, que podéis tornar la obstinación de la fortuna en un modo de ser tan dulce y apacible!
Duque.—Venid. ¿Iremos á matar venados? Y sin embargo me contrista el que estos pobrecillos abigarrados, naturales moradores de esta soledad, sientan que en sus propios confines un venablo de doble filo les atraviese los costados.
Lord1.º—Por cierto, mi señor, que el melancólico Santiago se aflige de ello; y en ese sentido jura que sois más usurpador que el hermano que os ha desterrado. Milord Amiens y yo nos deslizamos hoy ocultamente hasta donde yacía aquel, declinado bajo un roble cuyas viejas raices asoman sobre el arroyo que susurra á lo largo de este bosque.—Vino á desfallecer allí un pobre ciervo fugitivo herido por el arma de algún cazador; y en verdad, señor, que el desventurado animal exhalaba tan hondos quejidos, que su piel se dilataba por el esfuerzo como si hubiera ido á rasgarse, y gruesas lágrimas corrían de sus ojos una tras otra en lastimera sucesión. Así, la pobre alimaña, permaneció en el borde mismo del rápido arroyo que recibía sus lágrimas, mientras la observaba atentamente el melancólico Santiago.
Duque.—Pero ¿qué dijo éste? ¿No moralizó sobre ese espectáculo?
Lord1.º—¡Oh, sí, por mil símiles! En primer lugar porque vertía sus lágrimas en el arroyo que no necesitaba de ellas, exclamó: «¡Pobre venado! Haces testamento como las gentes mundanas, dando lo más que tienes á quien ya tiene demasiado.» En seguida por hallarse solo y abandonado por sus amigos de piel aterciopelada, dijo: «Es justo: esta desgracia ahuyenta la afluencia de compañeros.» Al mismo tiempo un hato harto de pacer pasa saltando á su lado sin cuidarse de él. «Sí, seguid adelante, gordos y lustrosos ciudadanos. Es la moda. ¿Á qué mirar á ese quebrado, pobre y arruinado?»—Así con gran vehemencia destrozó la estructura del país, corte y ciudad, y aun nuestro presente género de vida; jurando que no somos más que usurpadores, tiranos y todo lo que hay de peor, en espantar á estos animales y matarlos en su propio y nativo albergue.
Duque.—¿Y estaba en tal meditación cuando le dejasteis?
Lord2.º—Sí, mi señor; llorando y comentando sobre el quejumbroso ciervo.
Duque.—Mostradme el sitio. Pláceme escucharle en estos arranques repentinos, porque entonces está lleno de lucidez.
Lord2.º—Os conduciré directamente hacia él.
(Salen.)
Cuarto en el palacio.
Entran el DUQUE FEDERICO, LORES y SÉQUITO.
Entran el DUQUE FEDERICO, LORES y SÉQUITO.
Duque Federico.—¿Cómo es posible que ningún hombre las haya visto? No puede ser. Sin duda hay en mi corte algunos villanos que han consentido y cooperado en ello.
Lord1.º—No puedo saber de persona alguna que la haya visto. Las señoras camareras suyas, la vieron acostarse en su lecho, y temprano en la mañana hallaron que faltaba de él el tesoro de su dueño.
Lord2.º—Señor, también se echa de menos al bufón que tantas veces hizo reir á Vuestra Alteza. Hesperia, la dama de honor de la princesa, confiesa haber oído secretamente á vuestra hija y á su prima elogiar en extremo las cualidades y atractivos del luchador que poco há venció al robusto Carlos; y cree queadonde quiera que hayan ido, seguramente ese joven las acompaña.
Duque Federico.—Enviad adonde su hermano, y traed aquí á ese valiente. Si se ha ausentado, traedme á su hermano. Yo haré que lo encuentre. Haced esto al instante, y no haya tregua en la investigación y diligencia para hacer regresar á esas locas fugitivas.
(Salen.)
Delante de la casa de Oliverio.
Entran ORLANDO y ADAM, que se encuentran.
Entran ORLANDO y ADAM, que se encuentran.
Orlando.—¿Quién está ahí?
Adam.—¡Cómo! ¿mi joven señor? ¡Oh mi buen y amado señor! ¡Oh vos, memoria viva de sir Rowland! ¡Cómo! ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué sois virtuoso? ¿Por qué os aman las gentes? ¿Y por qué sois gentil, fuerte y valeroso? ¿Por qué tomaríais tan á deseo el vencer al membrudo luchador del caprichoso duque? Demasiado aprisa ha llegado aquí antes que vos vuestra alabanza. ¿No sabéis, señor, que para cierta clase de hombres sus buenas prendas les sirven sólo de enemigos? Así os sirven las vuestras. Vuestras virtudes, mi gentil señor, son para vos santificados traidores. ¡Oh! ¡qué mundo éste en el cual la nobleza de alma atrae el veneno al que la posee!
Orlando.—¿Pero qué acontece?
Adam.—¡Oh desdichado joven! No paséis por estas puertas. Bajo este techo vive el enemigo de todas vuestras virtudes. Vuestro hermano (no, no hermano, y sin embargo es hijo—pero no, no es hijo—no quiero llamarlo hijo—de aquel á quien iba á llamar su padre) ha oído vuestras alabanzas, y se propone incendiar esta noche el alojamiento en que acostumbráisdormir, cuando estéis en él. Si no lo consigue así, echará mano de otros medios para deshacerse de vos. Pude oir lo que él y los suyos decían. Este no es un hogar: esta casa no es más que un matadero. ¡Abominadla, temedla, no entréis en ella!
Orlando.—¿Pues á dónde querrías entonces que fuese, Adam?
Adam.—No importa á dónde, con tal de que no vengáis aquí.
Orlando.—¡Pues qué! ¿Querrías verme ir á mendigar mi alimento? ¿Ó con una espada vil y turbulenta arrancar por fuerza en el camino público unasubsistencia furtiva? Tendría que hacer esto, ó no sabría qué hacer. Y esto no lo haré jamás, suceda lo que quiera. Antes me someteré á la malignidad de una sangre degenerada, y de un sanguinario hermano.
Adam.—Pero no hagáis tal. Tengo quinientas coronas, el salario economizado bajo vuestro padre, que atesoré para que me alimentara cuando mis miembros envejecidos no pudieran ya hacer el servicio y estuviera mi vejez abandonada en un rincón. Tomadlas; y aquel que alimenta al cuervo y provee de sustento al gorrioncillo, será el báculo de mi vejez. He aquí el oro: os le doy por entero. Permitidme ser vuestro criado. Aun cuando parezco anciano, soy vigoroso y activo; porque jamás en mi juventud vicié mi sangre con licores ardientes y perturbadores; ni con desvergonzada frente atraje sobre mí la extenuación y el agotamiento. Así mi edad es como un invierno helado pero saludable. Dejad que os acompañe y os prestaré en todas vuestras ocupaciones y necesidades los servicios de un hombre más joven.
Orlando.—¡Oh buen anciano! ¡Qué bien se muestra en ti el fiel servicio del mundo antiguo en el cual el servidor derramaba su sudor por el deber, no por la recompensa! No eres tú semejante á los de este tiempo, en que ninguno trabaja sino por medrar, y una vez conseguido esto, entorpece el servicio aun con la ganancia. No es así contigo, pobre anciano, que cultivas un árbol carcomido que no puede producir ni siquiera una flor en cambio de todas tus fatigas y cuidados. Pero haz como quieres: iremos juntos, y antes de consumir los salarios de tu mocedad, encontraremos algún modesto modo de vivir.
Adam.—Poneos en camino, señor; que yo os seguiré hasta el último aliento, con sincera lealtad. Desde que tuve diez y siete años hasta ahora que cuentocerca de ochenta, he vivido aquí; pero ya aquí no vivo más. Muchos prueban fortuna á los diez y siete años; pero á los ochenta es demasiado tarde. Sin embargo, la fortuna no puede darme mejor premio que el morir bien, habiendo cumplido mi deber con el amo.
(Salen.)
El bosque de Ardenas.
Entran ROSALINDA en traje de mancebo. CELIA vestida de pastora y PIEDRA-DE-TOQUE.
Entran ROSALINDA en traje de mancebo. CELIA vestida de pastora y PIEDRA-DE-TOQUE.
Rosalinda.—¡Oh Júpiter! ¡Qué fatigado está mi ánimo!
Piedra.—Poco me importaría el ánimo, si no tuviera cansadas las piernas.
Rosalinda.—Si me dejara llevar de mi corazón, deshonraría mi traje de hombre llorando como una mujer. Pero debo animar á la parte más débil; porque justillo y bragas han de ostentar valor ante una falda. Ánimo, pues, buena Aliena.
Celia.—Te ruego que tengas paciencia conmigo. No puedo seguir adelante.
Piedra.—Pues por lo que á mí atañe, mejor querría llevaros en paciencia que llevaros en brazos; aunque llevaros á cuestas no sería llevar ninguna cruz; pues creo que andáis con la bolsa vacía.
Rosalinda.—Bien. Esta es la selva de Ardenas.
Piedra.—Sí, heme aquí en Ardenas, con lo cual soy doblemente idiota; pues mejor lugar tenía cuando estaba en casa. Pero los que viajan han de contentarse con todo.
Rosalinda.—Y así debéis hacerlo, buen Piedra-de-toque. Pero mirad quién viene. Son un joven y unanciano que conversan con solemnidad. (Entran Corino y Silvio.)
Corino.—Ese es el camino para hacer que os desprecie todavía.
Silvio.—¡Oh Corino! ¡Si supieras cuanto la amo!
Corino.—Algo de ello conjeturo; como que alguna vez he amado.
Silvio.—No, Corino. No puedes imaginarlo, siendo anciano, aunque hayas sido en tu juventud un amante tan verdadero, como el que en cualquier tiempo haya suspirado en el insomnio de la media noche. Pero si tu amor se parecía al mío (aunque estoy seguro de que jamás hombre alguno amó como yo) ¡á cuantas acciones soberanamente ridículas no te ha de haber arrastrado tu fantasía!
Corino.—Á mil de ellas que ya ni recuerdo.
Silvio.—¡Oh! ¡Pues entonces jamás amaste tan de corazón! Si no tienes presente hasta la más insignificante locura en que te hiciera caer el amor, no has amado; ó si no te has sentado, como yo ahora, fatigando á tu interlocutor con las alabanzas de tu amada, no has amado: ó si no has abandonado bruscamente la compañía, como me obliga la pasión á hacerlo ahora, no has amado. ¡Oh Febe, Febe, Febe!
(Sale Silvio.)
Rosalinda.—¡Pobre pastor! ¡Por buscar tu herida, he venido desgraciadamente á dar con la mía propia!
Piedra.—Y yo con la mía. Me acuerdo de que estando enamorado, quebré mi espada contra una piedra, y le dije que aguantara eso por venir de noche en busca de Juana Remilgos; y de cómo besé su batidera y los pezones de la vaca que ella había ordeñado con sus lindas manos agrietadas; y recuerdo, en fin, haber hecho la corte en lugar de ella á una vaina de guisantes, de la cual saqué dos y se los devolví diciendo con los ojos llenos de lágrimas: «Póntelos por amor á mí.» Nosotros, los que amamos de veras, damos en extrañas manías; pero así como todo muere en la naturaleza, toda naturaleza enamorada muere en la tontería.
Rosalinda.—Hablas con más sensatez de lo que piensas.
Piedra.—Ya lo creo: no he de caer jamás en cuenta de mi propio ingenio, hasta que me dé de narices contra él.
Rosalinda.—¡Oh Jove, Jove! La pasión de este pastor se parece mucho á la mía.
Piedra.—Y á la mía; pero ya se me va poniendo un poco rancia aquí dentro.
Celia.—Os ruego que uno de vosotros pregunte á aquel hombre, si nos dará por oro algún alimento.
Estoy medio muerta de desmayo.
Piedra.—¡Hola! ¡á ti, villano!
Rosalinda.—Silencio, bufón: no es pariente tuyo.
Corino.—¿Quién llama?
Piedra.—Tus superiores, pobre hombre.
Corino.—Muy desvalidos han de ser, si son mis iguales.
Rosalinda.—Silencio, digo. Buenas tardes, amigo.
Corino.—Y á vos, gentil caballero, y á todos vosotros.
Rosalinda.—Ruégote, pastor, que si el afecto ó el oro pueden comprar algún refrigerio en este desierto, nos procures algo con qué reposar y alimentarnos. He aquí una joven doncella fatigada en demasía por el viaje y que se desmaya por falta de socorro.
Corino.—La compadezco, gentil señor, y quisiera por su bien más que por el mío que mis recursos fuesen mayores para aliviarla; pero soy pastor al servicio de otro hombre, y no trasquilo el rebaño que apaciento. Mi dueño es de carácter duro, y no se cuida de encontrar el camino del cielo por actos de hospitalidad. Por otra parte, su egido, sus ganados y sus pastos están en venta; y con motivo de su ausencia, no hay en nuestro cortijo cosa con que pudiérais alimentaros; pero venid y veréis lo que hay, que por mi parte seréis muy bienvenidos.
Rosalinda.—¿Y quién comprará sus rebaños y sus pastos?
Corino.—Aquel joven zagal, que visteis poco há, y que tiene muy poco interés en comprar algo.
Rosalinda.—Te suplico que, guardando los fueros de la honradez, compres tú la casa, los pastos y rebaños. Te daremos con que pagarlos.
Celia.—Y aumentaremos tu salario. Gústame el sitio, y de buena gana pasaría en él mi tiempo.
Corino.—Que todo está para vender, es seguro.Venid conmigo, y si os agradan los informes sobre el suelo, las ganancias y este género de vida, seré vuestro fiel labrador, y lo compraré todo con vuestro oro sin perder momento.
(Salen.)