Entran AMIENS, SANTIAGO y otros.
Entran AMIENS, SANTIAGO y otros.
Canto.
Amiens.Quien bajo el árbol frondosodesee yacer conmigo,y ajustar su alegre cantodel ave á los dulces trinos,que venga hacia aquí, que venga,donde no hay más enemigoque el invierno y la tormenta,las tempestades y el frío.
Amiens.Quien bajo el árbol frondosodesee yacer conmigo,y ajustar su alegre cantodel ave á los dulces trinos,que venga hacia aquí, que venga,donde no hay más enemigoque el invierno y la tormenta,las tempestades y el frío.
Amiens.Quien bajo el árbol frondosodesee yacer conmigo,y ajustar su alegre cantodel ave á los dulces trinos,que venga hacia aquí, que venga,donde no hay más enemigoque el invierno y la tormenta,las tempestades y el frío.
Jaques.—Continuad, continuad, os lo suplico.
Amiens.—Os entristecería, monsieur Jaques.
Jaques.—Y gracias. Más, os ruego, más. Puedo sorber melancolía de una canción, como huevos la comadreja. Más, te ruego, más.
Amiens.—Estoy enronquecido. Conozco que no podría agradaros.
Jaques.—No deseo que me agradéis; deseo, sí, que cantéis. Vamos: más: otra estrofa. ¿No las llamáis estrofas?
Amiens.—Lo que queráis, monsieur Jaques.
Jaques.—No me importan sus nombres. Nada me deben. ¿Queréis cantar?
Amiens.—Más por satisfaceros que por placer mío.
Jaques.—Pues bien: si alguna vez doy las gracias á un hombre, será á vos; aunque lo que llaman cumplidos se parece al encuentro de dos monos; y cuando unhombre me da gracias sinceramente, se me figura haberle dado un centavo, y que me devuelve gracias á lo mendigo. Vamos, cantad y que los demás cierren la boca.
Amiens.—Bien. Concluiré la canción. Mientras tanto, señores, cubrid la mesa; el duque quiere beber bajo este árbol. Ha esperado todo este día para veros.
Jaques.—Y yo todo este día he estado evitándolo. Discute demasiado para mí. Yo pienso en tantos asuntos como él; pero, gracias al cielo, no hago alarde de ello. Vamos, vamos, trinad.
Canto.
Todos.Quien desdeña la ambicióny vive del sol al brillobuscando el pan, y contentocon lo que haya conseguido,que venga, que venga aquí,donde no hay más enemigoque el invierno y la tormentalas tempestades y el frío.
Todos.Quien desdeña la ambicióny vive del sol al brillobuscando el pan, y contentocon lo que haya conseguido,que venga, que venga aquí,donde no hay más enemigoque el invierno y la tormentalas tempestades y el frío.
Todos.Quien desdeña la ambicióny vive del sol al brillobuscando el pan, y contentocon lo que haya conseguido,que venga, que venga aquí,donde no hay más enemigoque el invierno y la tormentalas tempestades y el frío.
Jaques.—Voy á daros un verso para esa tonada, que hice ayer, mal que pesara á mi inventiva.
Amiens.—Y yo lo cantaré.
Jaques.—Dice así:
Si por ventura acontecetornarse un hombre en borrico,dejando paz y riquezapor un porfiado capricho,duc ad me, duc ad me, duc ad me,que aquí verá otros pollinoscomo él; y si no, que vengaadonde Amiens nuestro amigo.
Si por ventura acontecetornarse un hombre en borrico,dejando paz y riquezapor un porfiado capricho,duc ad me, duc ad me, duc ad me,que aquí verá otros pollinoscomo él; y si no, que vengaadonde Amiens nuestro amigo.
Si por ventura acontecetornarse un hombre en borrico,dejando paz y riquezapor un porfiado capricho,duc ad me, duc ad me, duc ad me,que aquí verá otros pollinoscomo él; y si no, que vengaadonde Amiens nuestro amigo.
Amiens.—¿Qué significa eseduc ad me?
Jaques.—Es una invocación griega para llamar á los necios á formar círculo. Me voy á dormir, si puedo. Y si no pudiese, renegaré de todos los primogénitos de Egipto.
Amiens.—Y yo voy á buscar al duque. Está preparado su banquete.
(Salen separadamente.)
La misma.
Entran ORLANDO y ADAM.
Entran ORLANDO y ADAM.
Adam.—Mi querido señor, ya no puedo ir más lejos. ¡Oh, me muero de hambre! Aquí me acuesto, y marco la medida de mi sepulcro. Adios, mi bondadoso señor.
Orlando.—¿Cómo es eso, Adam? ¿Tú no tienes más corazón? Vive un poco, anímate un poco, alégrate un poco. Si este áspero bosque produce algún animal salvaje, ó yo le serviré de alimento, ó lo traeré para alimentarte. Tu imaginación, no tus fuerzas, es lo que está expuesto á morir. Tranquilízate por amor á mí; y por unos momentos pon á raya la muerte. Estaré aquí contigo dentro de breve rato, y si no te traigo algún alimento, tendrás mi consentimiento para morir. Pero si mueres antes, me habrás hecho perder mi trabajo. ¿No lo dije? Tienes más alegre la cara. No tardaré en estar de vuelta. Pero yaces aquí á la intemperie. Te llevaré á algún punto abrigado, y si hay cosa que viva en este yermo, no morirás por falta de comida. ¡Ánimo, buen Adam!
(Salen.)
La misma.—Una mesa cubierta.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, señores y otros.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, señores y otros.
Duque.—Parece que se ha transformado en bestia, pues no puedo encontrarle cosa alguna á semejanza del hombre.
Lord1.º—Señor, hace un momento que se fué de aquí, donde había estado alegre oyendo una canción.
Duque.—Si él, que es un conjunto de discordancias, se aficiona á la música, no tardaremos en ver discordancia en los cielos. Id á buscarle: decidle que deseo hablar con él.
(Entra Jaques.)
Lord1.º—Me ahorra la pena viniendo él mismo.
Duque.—¡Hola! ¿Cómo es esto, monsieur, y qué vida lleváis, que vuestros pobres amigos tienen que conquistar vuestra compañía?
Jaques.—Un bufón! un bufón! Encontré un bufón en el bosque; un bufón abigarrado. ¡Oh miserable mundo! Tan cierto como que vivo encontré á un bufón que se acostó á calentarse al sol, y renegó de la fortuna en buenas frases, en buenas vigorosas frases. «Buenos días, zote—le dije.—No señor—respondió—no me llaméis zote mientras el cielo no me haya enviado fortuna.»—Sacó luégo de su bolsillo un reloj de sol y mirándolo con ojos amortiguados, dijo muy sensatamente: «Son las diez; por lo cual vemos, añadió, cómo va el mundo. No hace sino una hora que eran las nueve, y dentro de una hora serán las once. Así, de hora en hora maduramos y maduramos, y luego de hora en hora nos pudrimos y nos pudrimos, y de aquí sale un cuento.» Cuando oí á aquel pintarrajeado bufón filosofar así sobre el tiempo, solté una carcajada más sonoraque el canto del gallo á la madrugada, al pensar que un bufón fuese tan profundamente meditativo, y me reí sin tregua una hora entera contada en su reloj. ¡Oh noble bufón! ¡Oh digno bufón! No hay más traje que el de arlequín.
Duque.—¿Qué bufón es este?
Jaques.—¡Oh insigne bufón! Ha sido cortesano, y dice que con tal de que las damas sean jóvenes y hermosas, tienen el don de conocerlo; y en su cerebro tan seco como galleta de viaje pasado, tiene extraños sitios atestados de observaciones á las cuales da salida en zurdas formas. ¡Oh qué daría por ser un bufón! ¡Cuánto codicio un traje con cascabeles!
Duque.—Tendrás uno.
Jaques.—Es todo mi deseo, con tal de que desarraiguéis de vuestros mejores juicios toda opinión que se haya robustecido en ellos en contra de mi cordura. He de tener completa libertad, una patente tan amplia como el viento, para soplar sobre quien yo quiera, pues así la tienen los bufones. Y aquellos á quienes más zahieran mis bufonadas, son los que más deberán reir. ¿Y por qué ha de ser así, señor? El porqué es claro como camino de iglesia parroquial. Aquel á quien el bufón hiera muy cuerdamente, haría una gran necedad, si á pesar de lo que le escueza, no pareciera insensible al golpe. Si no, quedaría desmenuzada la necedad del cuerdo, aun por las chanzas perdidas del bufón. Revestidme con mi traje de arlequín; dadme permiso para decir lo que pienso, y limpiaré por completo el asqueroso cuerpo del infecto mundo, si es que se deja administrar con paciencia mi remedio.
Duque.—¡Quita allá! Puedo decir lo que harías.
Jaques.—¿Pues qué haría contrariándolo sino un bien?
Duque.—Pecarías maligna y groseramente cuando criticaras el pecado; porque tú mismo has sido un libertino tan sensual como el instinto brutal mismo. Y derramarías sobre el mundo todas las úlceras acumuladas y los males crónicos atrapados por tu libertinaje.
Jaques.—¡Pues qué! ¿Acusa á persona alguna en particular, quien clama contra el orgullo? ¿No fluye con tanta pompa como el mar, hasta que refluye contra los mismos medios que lo sustentan? ¿A qué mujer de la ciudad habré nombrado, si digo que la mujer de la ciudad lleva en sus hombros impúdicos el precio pagado por príncipes? ¿Cuál de ellas puede venir á decirme que he querido hablar de ella, cuando su vecina es ni más ni menos que ella misma? ¿Ó quién es aquél aun de la más baja condición que (pensando que aludo á él) dice, que su magnificencia no existe á expensas mías, sin que en ello ajuste su propia necedad al tenor de mi discurso? Ahora bien: ¿qué resulta? Dejadme ver en qué le habrá ofendido mi lengua. Si le ha hecho justicia, será él quien se habrá ofendido á si propio; si no, mi invectiva habrá pasado volando como el ganso silvestre que ningún hombre reclama por suyo. Pero ¿quién viene? (Entra Orlando, espada en mano.)
Orlando.—Deteneos y no sigáis comiendo.
Jaques.—Pues aún no he probado bocado.
Orlando.—Ni lo probaréis antes que la miseria sea socorrida.
Jaques.—¿Qué clase de pájaro es este?
Duque.—¿Es la miseria la que te hace proceder así, hombre atrevido, ó eres un grosero ignorante de los buenos modales, para mostrarte tan falto de buena crianza?
Orlando.—Acertasteis al principio. La aguda espina de la más rigorosa necesidad, me privó de mostrarme suave y cortés. Nací tierra adentro, y tengo alguna cultura. Pero, deteneos, repito; porque si alguno toca
—'Deteneos, y no sigáis comiendo.'
—'Deteneos, y no sigáis comiendo.'
—'Deteneos, y no sigáis comiendo.'
á estos frutos antes que yo haya cumplido mi propósito, morirá.
Jaques.—Y si no admitís razones en respuesta, habré de morir.
Duque.—¿Qué deseáis? Nos forzaría á ser benévolos vuestra cortesía, más que nos inclinaría á la bondad vuestra fuerza.
Orlando.—Estoy casi muerto por el hambre. Dejadme tomar alimento.
Duque.—Sentaos y alimentaos y sed bien venido á nuestra mesa.
Orlando.—¿Habláis afablemente? Os ruego que me perdonéis. Parecíame que todo había de ser salvaje en este lugar, y por eso tomé un aspecto imperioso é inflexible. Pero quienes quiera que seáis, los que en este desierto inaccesible, á la sombra del melancólico ramaje véis correr indiferentes las cansadas horas del tiempo; si alguna vez visteis días mejores; si alguna vez oísteis el tañer de las campanas llamándoos al templo; si os habéis sentado al banquete de un hombre de bien; y si alguna vez enjugasteis de vuestros párpados una lágrima de piedad y sabéis lo que es compadecer y ser compadecidos, dejad que la humildad sea mi principal fuerza, y en tal esperanza envaino, sonrojándome, este acero.
Duque.—En verdad, hemos visto días mejores, y la sagrada campana nos ha llamado al templo, y nos hemos sentado á las fiestas de hombres buenos, y hemos enjugado de nuestros párpados lágrimas arrancadas por la santa piedad; así, pues, sentaos tranquilamente y disponed de cuanta ayuda podemos ofrecer en alivio de vuestras necesidades.
Orlando.—Pues bien: aplazad por pocos momentos vuestro alimento, mientras voy, como la cierva, en busca de mi cervato para alimentarlo. Hay allí un pobre anciano que siguió con paso fatigado mi largo camino, movido por el más desinteresado afecto. Hasta que él, oprimido por dos causas de debilidad—los años y el hambre—sea satisfecho primero, yo no probaré bocado.
Duque.—Id á traerlo, y nada será tocado hasta que volváis.
Orlando.—Os lo agradezco, y sed bendecidos por vuestro auxilio. (Sale.)
Duque.—Ya lo ves: no somos los únicos desgraciados. Este vasto teatro del mundo, presenta escenas aún más dolorosas que esta en que tomamos parte.
Jaques.—Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son meros actores. Todos tienen sus entradas y salidas, y cada hombre en su vida representa muchos papeles, siendo los actos siete edades. Al principio, infante que lloriquea en brazos de la nodriza. Luégo lloroso rapaz, con su saquillo y su luciente cara matutina, arrastrándose de mala gana á la escuela, con paso de caracol. Después, enamorado, suspirando como una fragua, con una triste balada compuesta á las cejas de su dama. En seguida, soldado, lleno de extrañas imprecaciones, bigotudo como el leopardo, celoso del honor, súbito y pronto en la pendencia, buscando la efímera reputación hasta en la boca del cañón. Más tarde, juez, de redondo y prominente abdomen bien aforrado de capón, de severa mirada y barba cortada en estilo serio, lleno de sesudos adagios y de modernas citas: y así desempeña su papel. En la sexta edad múdase en enjuto arlequín, calzado de chinelas, puestas en la nariz las antiparras y el saco al costado, y con las bien conservadas bragas de su mocedad flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas; y su sonora voz varonil vuelta al tiple de la infancia resopla y silba en su sonido. La última escena de todas, que termina esta extraña y nutridahistoria, es la segunda infancia, un mero olvido, sin dientes, sin ojos, sin palabras, sin cosa alguna.
(Vuelve á entrar Orlando con Adam.)
Duque.—Bienvenidos.—Poned en un asiento vuestra venerable carga, y que se alimente.
Orlando.—Os doy mil gracias por él.
Adam.—Así os era menester.—Apenas puedo hablar para hacerlo yo mismo.
Duque.—Bienvenido. Principiad. Por ahora no os molestaré con preguntas acerca de vuestras aventuras.—Dejadnos oir un poco de música, y, buen primo, cantad.
Canto.
Amiens.—Sopla, sopla, viento helado,que no eres tú tan malignocual la ingratitud del hombreni muerdes con tanto ahinco,pues no se te puede veraunque tu soplo sentimos.Cantemos, ¡oh, sí, cantemos,de la enramada el asilo!Hay mucha amistad fingiday muchos amores frívolos,mas ¡oh! bajo la enramadala vida es un regocijo.—Hiela, hiela, crudo cielo,que no ofendes con tu fríocomo el pago que los hombresdan al bien con el olvido.Tú tornas el agua en hielo;mas tu soplo no es tan fríocomo el triste desengañode ver que olvida un amigo.Cantemos, ¡oh, sí! etc., etc.
Amiens.—Sopla, sopla, viento helado,que no eres tú tan malignocual la ingratitud del hombreni muerdes con tanto ahinco,pues no se te puede veraunque tu soplo sentimos.Cantemos, ¡oh, sí, cantemos,de la enramada el asilo!Hay mucha amistad fingiday muchos amores frívolos,mas ¡oh! bajo la enramadala vida es un regocijo.—Hiela, hiela, crudo cielo,que no ofendes con tu fríocomo el pago que los hombresdan al bien con el olvido.Tú tornas el agua en hielo;mas tu soplo no es tan fríocomo el triste desengañode ver que olvida un amigo.Cantemos, ¡oh, sí! etc., etc.
Amiens.—Sopla, sopla, viento helado,que no eres tú tan malignocual la ingratitud del hombreni muerdes con tanto ahinco,pues no se te puede veraunque tu soplo sentimos.Cantemos, ¡oh, sí, cantemos,de la enramada el asilo!Hay mucha amistad fingiday muchos amores frívolos,mas ¡oh! bajo la enramadala vida es un regocijo.—Hiela, hiela, crudo cielo,que no ofendes con tu fríocomo el pago que los hombresdan al bien con el olvido.Tú tornas el agua en hielo;mas tu soplo no es tan fríocomo el triste desengañode ver que olvida un amigo.Cantemos, ¡oh, sí! etc., etc.
Duque.—Si sois hijo del buen sir Rowland, como me lo habéis fielmente dicho al oído, y como ven mis ojos por su imagen vivamente retratada y viviente en vuestro rostro; sed, en verdad, bienvenido aquí. Soy el duque que amó á vuestro padre. Vendréis á mi cueva á decirme el fin de vuestras aventuras.—Buen anciano, bienvenido eres también, como tu señor. Dadle el brazo, y á mí la mano; y hacedme comprender toda vuestra situación. (Salen.)
Un cuarto en el palacio.
Entran el DUQUE FEDERICO, OLIVERIO, nobles y séquito.
Entran el DUQUE FEDERICO, OLIVERIO, nobles y séquito.
DUQUE FEDERICO.
Noverle desde entonces? Señor mío, eso no puede ser. Si no fuera la piedad la principal parte de mí mismo, no buscaría un objeto ausente para saciar mi venganza, hallándote tú aquí. Pero ten cuidado: encuentra á tu hermano donde quiera que esté; búscalo con una linterna: tráelo vivo ó muerto, dentro del plazo de un año, ó jamás vuelvas á buscar tu vida en nuestro territorio. Tus tierras y cuanto hay secuestrable en lo que llamas tuyo, quedan secuestrados en nuestras manos, hasta que puedas justificarte por boca de tu hermano de las sospechas que abrigamos contra ti.
Oliverio.—¡Oh, si conociera Vuestra Alteza mis sentimientos en esto! Jamás en mi vida he amado á mi hermano.
Duque.—Pues eres tanto más vil por eso. ¡Echadle fuera! Y que vayan mis funcionarios á quienes tal incumbe, á embargarle casa y tierras. Hacedlo al punto, y despedidle en seguida. (Salen.)
El bosque.
Entra ORLANDO, con un papel.
Orlando.—Quedad aquí, versos míos, en testimonio de mi amor. Y tú, reina de la noche coronada de triple diadema, observa con tu casta mirada desde tu pálida y alta esfera el nombre de tu cazadora, que domina toda mi existencia.—Estos árboles ¡oh Rosalinda! serán mis libros, y grabaré mis pensamientos en su corteza, para que tus virtudes sean contempladas por todas partes por cuantos seres hay en este bosque.—Corre, corre, Orlando, y graba en cada árbol el nombre de la bella, la casta, la imponderable. (Sale.—Entran Corino y Piedra-de-toque.)
Corino.—¿Y cómo os place esta vida de pastor, señor Piedra-de-toque?
Piedra.—Á la verdad, pastor, que considerada en sí misma es una vida buena, pero como vida de pastor no vale nada. Me gusta bastante porque es solitaria; pero siendo tan retraída, es una vida muy despreciable. Agrádame también por lo que tiene de campestre, pero me fastidia el que no sea en la corte. Y notad que cuadra bien á mi temperamento, porque es una vida económica; pero como no ofrece mucha abundancia, mi estómago no se aviene con ella. Pastor: ¿tienes algo de filósofo?
Corino.—No más que lo suficiente para comprender que cuanto más enfermo está uno, peor se siente; quefaltan tres buenos amigos á quien no tiene dinero, medios y satisfacción; que la lluvia moja y el fuego quema; que el buen pasto engorda al rebaño; y que entra por mucho el que no haya sol para que sea de noche; y que quien no adquirió ingenio por la naturaleza ó por el arte, puede quejarse ó de su educación ó de su mala estirpe.
Piedra.—Un hombre así es un filósofo natural. ¿Has estado alguna vez en la corte, pastor?
Corino.—No, por cierto.
Piedra.—Pues entonces estás condenado.
Corino.—Espero que no.
Piedra.—Condenado, en verdad. Te tostarán por un lado como huevo mal frito.
Corino.—¿Por no haber estado en la corte? ¿Y por qué?
Piedra.—Es claro. No habiendo estado en la corte nunca has visto buenos modales; y no habiendo visto buenos modales, los tuyos tienen que ser muy malos; y lo malo es un pecado y el pecado se condena. En mal trance te veo, pastor.
Corino.—Nada de eso, Piedra-de-toque. Tan ridículos son en el campo los buenos modales de la corte, como risibles en la corte las maneras del campo. Me habéis dicho que en la corte no saludáis sino que besáis las manos. Tal cortesía no fuera decente, si los cortesanos fuesen pastores.
Piedra.—Un ejemplo, pronto; vamos, un ejemplo.
Corino.—Continuamente manoseamos nuestras ovejas, y sabéis que sus vellones son grasientos.
Piedra.—¡Pues qué! ¿No sudan las manos de los cortesanos? ¿Y no es tan saludable la grasa de un carnero como el sudor de un hombre? La razón que alegas es fútil. Dame un ejemplo mejor. Vamos á ello.
Corino.—Además, nuestras manos son ásperas.
Piedra.—Así las sentirán más pronto vuestroslabios. Otra futileza. ¡Ea! Veamos mejor ejemplo.
Corino.—Y á menudo tenemos las manos embreadas con los remedios que aplicamos á nuestros rebaños. ¿Os gustaría besar brea? Las manos de los cortesanos están perfumadas con algalia.
Piedra.—¡Oh hombre insustancial! Eres comida de gusanos comparada con un buen pedazo de carne fresca.—Aprende de los sensatos y reflexiona. La algalia es de más baja estirpe que la brea: es una asquerosa secreción de un gato.—Vamos: mejora el ejemplo, pastor.
Corino.—Tenéis, como cortesano, demasiado ingenio para mí.—Me callaré.
Piedra.—¿Quieres condenarte, pues? Dios te valga, hombre superficial! Dios te abra la mollera, porque no sabes nada.
Corino.—Señor, soy un honrado labrador, que gano lo que como y lo que visto; que no aborrezco á nadie ni envidio la dicha de ningún hombre; que me alegro del bien de los demás y me resigno á mi propio daño; y mi mayor orgullo se reduce á ver pastar mis ovejas y amamantar mis corderos.
Piedra.—He ahí otro pecado de ignorancia en que caéis: juntar moruecos y ovejas, prometiéndoos ganar la vida por la cópula del ganado: servir de tercero á un carnero-guía, y sacrificar una ovejita de año entregándola á un morueco viejo, de patas torcidas, y de todos modos cornudo, faltando en ello á toda equidad y proporción. Si no te condenas por esto, á fe que no querrá coger nunca pastores el diablo. No veo por cuál otro motivo escaparías.
Corino.—Aquí viene el joven señor Ganimedes, el hermano de mi nueva ama.
(Entra Rosalinda, leyendo un papel.)
Rosalinda.—No hay desde Oriente á Ponientejoya como Rosalinda.Do quiera lleva el ambientela fama de Rosalinda.El cuadro más refulgentenegro es junto á Rosalinda.Ni recuerde faz la mentesino la de Rosalinda.
Rosalinda.—No hay desde Oriente á Ponientejoya como Rosalinda.Do quiera lleva el ambientela fama de Rosalinda.El cuadro más refulgentenegro es junto á Rosalinda.Ni recuerde faz la mentesino la de Rosalinda.
Rosalinda.—No hay desde Oriente á Ponientejoya como Rosalinda.Do quiera lleva el ambientela fama de Rosalinda.El cuadro más refulgentenegro es junto á Rosalinda.Ni recuerde faz la mentesino la de Rosalinda.
Piedra.—Pues yo os haré rimas por el estilo ocho años seguidos, exceptuando solamente las horas de almorzar, comer y dormir.
Rosalinda.—¡Calla, loco!
Piedra.—Va de muestra:
Si falta al ciervo una ciervavenga y busque á Rosalinda.¿Su especie el gato conserva?Lo mismo hará Rosalinda.El forro el calor conserva:otro tanto Rosalinda.Quien siega ha de atar la yerba,y al carro con Rosalinda.Como en nuez dulce, se observacorteza agria en Rosalinda.La rosa de amor enervay punza, cual Rosalinda.
Si falta al ciervo una ciervavenga y busque á Rosalinda.¿Su especie el gato conserva?Lo mismo hará Rosalinda.El forro el calor conserva:otro tanto Rosalinda.Quien siega ha de atar la yerba,y al carro con Rosalinda.Como en nuez dulce, se observacorteza agria en Rosalinda.La rosa de amor enervay punza, cual Rosalinda.
Si falta al ciervo una ciervavenga y busque á Rosalinda.¿Su especie el gato conserva?Lo mismo hará Rosalinda.El forro el calor conserva:otro tanto Rosalinda.Quien siega ha de atar la yerba,y al carro con Rosalinda.Como en nuez dulce, se observacorteza agria en Rosalinda.La rosa de amor enervay punza, cual Rosalinda.
Este es el fastidioso martilleo de los versos. ¿Por qué os contagiáis con él?
Rosalinda.—¡Silencio, tonto! Los encontré en un árbol.
Piedra.—Á fe mía que da mal fruto.
Rosalinda.—Pues lo ingertaré contigo, que será ingertarlo con un níspero, y así será el fruto más temprano del país; porque os habréis podrido antes de estar medio maduro, que es la condición propia del níspero.
Piedra.—Eso decís; pero si cuerdamente ó no, que lo decida el bosque. (Entra Celia, leyendo un papel.)
Rosalinda.—Guardad silencio y haceos á un lado, que aquí viene mi hermana leyendo.
Celia.—¿Y habrá silencio en el desierto bosqueporque nadie lo habita?No: que á cada árbol prestaré una lenguaque bellas cosas diga.Una dirá cuán presto cruza el hombrela senda de la vida,de cuyo espacio el hueco de la manoencierra la medida.Y otra los olvidados juramentosde dos almas amigas.En las más bellas ramas y al extremode las mejores líneas,grabaré embelleciendo mis sentenciasun nombre: Rosalinda.Y cuantos lean notarán que el cieloquiso mostrar un díajuntas en breve espacio, sus más bellasy nobles maravillas.Á la naturaleza dió el encargode un cuerpo en que se anidantodas las gracias juntas y aumentadas;por eso ella combinala hermosa faz, no el corazón, de Helena:la majestad altivade Clëopatra, el alma de Atalantoa,de Lucrecia la esquivamodestia; y con mil prendas quiso el cielojuntar en Rosalindade corazones, rostros y miradasla suprema valía.Tan bellos dones quiso dar el cieloá su obra favoritapara que siendo yo su esclavo siemprerinda á sus piés mi vida.
Celia.—¿Y habrá silencio en el desierto bosqueporque nadie lo habita?No: que á cada árbol prestaré una lenguaque bellas cosas diga.Una dirá cuán presto cruza el hombrela senda de la vida,de cuyo espacio el hueco de la manoencierra la medida.Y otra los olvidados juramentosde dos almas amigas.En las más bellas ramas y al extremode las mejores líneas,grabaré embelleciendo mis sentenciasun nombre: Rosalinda.Y cuantos lean notarán que el cieloquiso mostrar un díajuntas en breve espacio, sus más bellasy nobles maravillas.Á la naturaleza dió el encargode un cuerpo en que se anidantodas las gracias juntas y aumentadas;por eso ella combinala hermosa faz, no el corazón, de Helena:la majestad altivade Clëopatra, el alma de Atalantoa,de Lucrecia la esquivamodestia; y con mil prendas quiso el cielojuntar en Rosalindade corazones, rostros y miradasla suprema valía.Tan bellos dones quiso dar el cieloá su obra favoritapara que siendo yo su esclavo siemprerinda á sus piés mi vida.
Celia.—¿Y habrá silencio en el desierto bosqueporque nadie lo habita?No: que á cada árbol prestaré una lenguaque bellas cosas diga.Una dirá cuán presto cruza el hombrela senda de la vida,de cuyo espacio el hueco de la manoencierra la medida.Y otra los olvidados juramentosde dos almas amigas.En las más bellas ramas y al extremode las mejores líneas,grabaré embelleciendo mis sentenciasun nombre: Rosalinda.Y cuantos lean notarán que el cieloquiso mostrar un díajuntas en breve espacio, sus más bellasy nobles maravillas.Á la naturaleza dió el encargode un cuerpo en que se anidantodas las gracias juntas y aumentadas;por eso ella combinala hermosa faz, no el corazón, de Helena:la majestad altivade Clëopatra, el alma de Atalantoa,de Lucrecia la esquivamodestia; y con mil prendas quiso el cielojuntar en Rosalindade corazones, rostros y miradasla suprema valía.Tan bellos dones quiso dar el cieloá su obra favoritapara que siendo yo su esclavo siemprerinda á sus piés mi vida.
Rosalinda.—¡Oh Dios de misericordia! ¡Y qué fastidiosa homilia de amor habéis hecho pesar sobre vuestros feligreses, sin daros la pena de decir siquiera: «¡Tened paciencia, buenas gentes!»
Celia.—¿Qué es esto? ¡Atrás, amigos! Pastor, retírate un poco: y tú, vete con él, bellaco.
Piedra.—Ven, pastor. Pongámonos en honrosa retirada, si no con carros y bagajes, al menos con zurrón y cayado. (Salen Corino y Piedra-de-toque.)
Celia.—¿Oiste esos versos?
Rosalinda.—Sí: todos ellos y aun más; porque algunos tenían más piés que los que el verso admite.
Celia.—Eso no importa: los versos podrán así caminar por sus piés.
Rosalinda.—Bien; pero como eran piés quebrados, el verso no podía caminar con ellos, y por esto los piés hacían que los versos anduviesen cojeando.
Celia.—¿Pero no te ha admirado el oir que tu nombre estuviese suspendido y grabado en estos árboles?
Rosalinda.—Hacía ya una eternidad que me había pasado el asombro cuando vinisteis; porque, ved lo que encontré en el tronco de una palmera. Jamás había sido yo tan asendereada en versos, desde los días de Pitágoras, en que fuí una rata irlandesa, cosa que ya casi se me había escapado de la memoria.
Celia.—¿Adivinas quién lo ha hecho?
Rosalinda.—¿Un hombre?
Celia.—Y que lleva en el cuello una cadena que fué tuya. ¡Cómo! ¿Cambiáis de color?
Rosalinda.—¿Quién? Te lo suplico.
Celia.—¡Válgame Dios! No es cosa tan fácil que dos amigos se encuentren; pero hasta las montañas si las traslada un terremoto, se encuentran.
Rosalinda.—Pero ¿él? ¿Quién es él?
Celia.—¿Es posible?
Rosalinda.—Te vuelvo á rogar y más encarecidamente aún, que me digas quién es.
Celia.—¡Asombroso, asombroso! Asombro de los asombros! ¡Y otra vez aún, prodigioso sobre toda ponderación!
Rosalinda.—¡Por mi estampa! ¿Te imaginas que porque llevo un traje de hombre, tengo el alma vestida de pantalón y chaqueta? Un minuto más de demora, es todo un viaje al rededor del mundo. Ruégote decir ¿quién es? Pronto y habla aprisa. Desearía que tartamudeases, á ver si así echabas por la boca á este misterioso hombre, como el vino por el angosto cuello de la botella. Ó demasiado, ó nada. Te suplico que quites el corcho á tu boca para beber yo las nuevas.
Celia.—Así podrías engullirte un hombre.
Rosalinda.—¿Es hechura de Dios? ¿Qué especie de hombre? ¿Vale la pena su cabeza de que lleve sombrero? ¿Tiene cara como para barbas?
Celia.—De barbas, pocas tiene.
Rosalinda.—Pues Dios le enviará más, si él esagradecido. Déjame conocer su cara, y yo dejaré que le crezcan las barbas.
Celia.—Es el joven Orlando; el que hizo dar á un mismo tiempo aquella voltereta al luchador Carlos y á tu corazón.
Rosalinda.—¡Da al diablo las bromas! Habla seriamente y á fe de doncella de buena ley.
Celia.—Pues á fe de tal, prima, que es él.
Rosalinda.—¿Orlando?
Celia.—Orlando.
Rosalinda.—¡Desdichado día! ¿Qué voy á hacer ahora con mi justillo y mis bragas? ¿Qué hizo cuando le viste? ¿Qué dijo? ¿Qué aspecto tenía?¿Qué hace aquí? ¿Preguntó por mí? ¿Adónde vive? ¿Cómo se despidió de ti? ¿Y cuándo volverás á verle? Respóndeme en una palabra.
Celia.—Primero, consigue prestada para mí la boca de Gargantua. La palabra que pides no cabría en ninguna boca de las que se ven en nuestro tiempo. Decir sí y no á todos esos detalles, sería más que responder al Catecismo.
Rosalinda.—Pero ¿sabe él que estoy en este bosque y en traje de hombre? ¿Parece tan lozano como el día de la lucha?
Celia.—Satisfacer las preguntas de los amantes, es tan fácil como contar los átomos. Consuélate con saber que le he encontrado, y saborea esta buena observación. Lo hallé en tierra al pié de un árbol, como una bellota caída.
Rosalinda.—Árbol que deja caer tal fruto no puede ser sino el árbol de Jove.
Celia.—Concededme audiencia, mi buena señora.
Rosalinda.—Continúa.
Celia.—Estaba acostado cuan largo es, como un caballero herido.
Rosalinda.—Aunque es lástima ver semejante cuadro, debía venir bien á la decoración.
Celia.—Ataja tu lengua, por Dios. Se pone á saltar fuera de tiempo. Vestía de cazador.
Rosalinda.—¡Siniestro presagio! Viene á traspasar mi corazón.
Celia.—Quisiera entonar la canción sin tropiezo; pero me haces desafinar.
Rosalinda.—¿No sabes que soy mujer? Cuando pienso, tengo de hablar. Sigue, querida mía, sigue.
(Entran Orlando y Duque.)
Celia.—Me sacáis de mis casillas. ¡Calla! ¿no es él quien viene?
Rosalinda.—El es. Escóndete y obsérvalo.
(Celia y Rosalinda se retiran.)
Jaques.—Gracias por vuestra compañía; pero en verdad me habría sido lo mismo estar solo.
Orlando.—Lo mismo que á mi. Sin embargo, por cumplir con la moda, os doy también las gracias por vuestra sociedad.
Jaques.—Id con Dios. Procuremos encontrarnos lo menos posible.
Orlando.—Prefiero que seamos enteramente extraños cada uno para el otro.
Jaques.—Y os ruego que no echéis á perder los árboles escribiendo canciones amorosas en su corteza.
Orlando.—Y os ruego que no echéis á perder mis versos leyéndolos con tan poca gracia.
Jaques.—¿Es Rosalinda el nombre de vuestra amada?
Orlando.—Precisamente.
Jaques.—No me gusta su nombre.
Orlando.—Sin duda no la bautizaron así para daros gusto.
Jaques.—¿Qué estatura tiene?
Orlando.—La que llega hasta mi corazón.
Jaques.—Siempre tenéis bonitas respuestas. ¿No habéis tenido amistad con esposas de joyeros, y habéis aprendido esas respuestas en las inscripciones de las sortijas?
Orlando.—Nada de eso. Os respondo como las telas pintadas, en las cuales habéis estudiado las preguntas.
Jaques.—Tenéis el ingenio muy vivo. Parece que le hubieran sacado de los piés de Atalante. ¿Queréis que nos sentemos juntos? Echaremos pestes contra nuestras amadas, el mundo y todas nuestras desdichas.
Orlando.—No murmuraré de alma viviente en el mundo, sino de mí mismo, que es en quien más defectos advierto.
Jaques.—El peor que tenéis es estar enamorado.
Orlando.—Pues no cambiaría tal defecto por la mejor de vuestras virtudes. Ya me habéis cansado.
Jaques.—Á fe mía que andaba en busca de un necio cuando dí con vos.
Orlando.—Se había ahogado en el arroyo. Si os asomáis al agua le veréis la cara.
Jaques.—Allí no veré sino la mía.
Orlando.—Pues tengo para mí que si es cara de algo es la de un tonto.
Jaques.—No gastaré más palabras con vos. ¡Adios, señor don Cupido!
Orlando.—Gracias á Dios que os váis. Adios, señor don Quejumbres.
(Sale Jaques.—Celia y Rosalinda se adelantan.)
Rosalinda.—Le hablaré como un paje impertinente, y así disfrazada le haré alguna travesura. ¿Oís?
Celia.—Bien ¿qué queréis?
Rosalinda.—¿Qué hora ha dado?
Orlando.—Deberíais preguntar qué hora es, no qué hora ha sonado. No hay reloj en el bosque.
Rosalinda.—Es decir que no hay en el bosque ningún verdadero enamorado; porque á razón de suspiropor minuto y de gemido por hora, podría contar tan bien como un reloj el paso tardío del tiempo.
Orlando.—¿Y no sería más propio decir el paso veloz del tiempo?
Rosalinda.—De ningún modo, señor. El tiempo camina con diferente paso para diferentes personas. Os diré para quién va con paso de andadura, para quién trota, para quién galopa y para quién se para é inmoviliza.
Orlando.—Os ruego me digáis ¿para quién trota?
Rosalinda.—Á fe, trota duramente para la joven doncella desde el contrato de matrimonio hasta la bendición nupcial. Y aunque el intervalo no pase de siete días, se hace tan duro el paso del tiempo, que parece haber medido siete años.
Orlando.—¿Y para quién va á paso de andadura?
Rosalinda.—Para el clérigo que no sabe bien el latín, y para el rico que no padece de la gota; porque aquel duerme bien no teniendo estudio que le desvele; y éste vive alegremente no sintiendo dolor. Falta al primero el peso de la faena con que la instrucción debilita y consume: al otro la fastidiosa carga de la pobreza. Para ambos va el tiempo á paso de andadura.
Orlando.—¿Y para quién galopa?
Rosalinda.—Para el ladrón que va al cadalso; pues aunque vaya tan despacio como pueda ser movido el pié, siempre le parece que llega allí demasiado pronto.
Orlando.—¿Y para quién se detiene?
Rosalinda.—Para los abogados en vacaciones; porque entre el punto que se cierra y el que se abre, se la pasan durmiendo y no perciben la marcha del tiempo.
Orlando.—¿Dónde vivís, lindo mancebo?
Rosalinda.—Con esta zagala, hermana mía, en las faldas del bosque, como fleco de saya.
Orlando.—¿Es este vuestro lugar nativo?
Rosalinda.—Soy en él como el conejo que véis habitar siempre el sitio donde nació.
Orlando.—Vuestra habla parece más refinada que la que puede adquirirse en tan remota habitación.
Rosalinda.—Muchas personas me lo han dicho. Un anciano y devoto tío mío, me enseñó á hablar. Había sido cortesano en su juventud, y conocía demasiado las cosas de la corte, como que allí se había enamorado. Muchas veces le oí disertar contra el amor, y doy gracias á Dios de no ser mujer, por no verme manchado con las liviandades y defectos que echaba en cara á todo el sexo.
Orlando.—¿Podríais recordar algunos de los mayores males de que acusaba á las mujeres?
Rosalinda.—Ninguno era mayor, sino tan parecidos é iguales todos como los ochavos. Cada pecado parecía monstruoso, hasta que venía á igualarlo el inmediato.
Orlando.—Ruégote que repitas algunos.
Rosalinda.—No: no desperdiciaré mi remedio dándolo á quien no está enfermo. Por ahí anda un hombre que vagabundea en el bosque, maltrata nuestras plantas tiernas grabando Rosalinda en sus cortezas; cuelga odas en los espinos y elegías en las zarzas, y todo con el propósito de divinizar el nombre de Rosalinda. Si tropezara yo con este visionario, le daría un buen consejo, porque parece que le aqueja la fiebre cuotidiana del amor.
Orlando.—Soy yo quien está tan enfermo de amor y os suplico me digáis vuestro remedio.
Rosalinda.—No veo en vos ni siquiera una de las señales que decía mi tío. Él me enseñó á conocer á los enamorados, y de seguro que no estáis aprisionado en su jaula de mimbres.
Orlando.—¿Qué señales eran esas?
Rosalinda.—Mejillas enjutas, que no tenéis; ojos ojerudos y hundidos, que no tenéis; espíritu esquivo, que no tenéis; una barba descuidada, que no tenéis.—¡Ah! ¡Perdonad! el no tener barba es en vos herencia de hermano menor. Y luégo, debíais andar con las medias sin ligas, el sombrero sin cinta, las mangas sin botones, el calzado sin abrochar, y cada cosa de vuestra persona mostrando el abandono de la desolación.—Pero no sois tal hombre.—Antes bien parecéis esmerado en el vestir, como quien ama su propia persona mucho más que lo que pareciera amar á otra.