Orlando.—Hermoso joven, quisiera poder convencerte de que amo.
Rosalinda.—¡Convencerme! Más fácil sería convencer á la que amáis; lo cual, os aseguro, ella no confesaría por más que lo creyera; y este es uno de los puntos en que las mujeres desmienten su conciencia.—Pero, en toda seriedad ¿sois vos quien cuelga en los árboles los versos en que se alaba tanto á Rosalinda?
Orlando.—Te juro, joven, por la casta mano de Rosalinda, que ese desgraciado soy yo, yo mismo.
Rosalinda.—¿Pero estáis realmente tan enamorado como lo dicen vuestros versos?
Orlando.—No hay rima ni discurso que lo puedan expresar tanto como es.
Rosalinda.—El amor no es más que una locura, y os aseguro que merece tanto una celda oscura y un látigo, como los otros alienados.—Y si alguna causa hay para que así no se les castigue y cure, es el ser la locura tan general que hasta los azotadores andan enamorados.—No obstante, estoy seguro de curarla con mis consejos.
Orlando.—¿Habéis curado así á alguien?
Rosalinda.—Sí, á uno. Convenimos en que se imaginaría que yo era su amante, su Dulcinea, y le puse á hacerme la corte cada día; en cuya ocasión, yo, que era un chiquillo caprichoso, aparecía triste, afeminado, antojadizo, soberbio, fantástico, de mal humor, frívolo, inconstante, ya lleno de sonrisas, ya de lágrimas; dando algo para cada pasión, y verdaderamente todo para la carencia de pasión,—como que muchachos y mujeres son á este respecto ganado de la misma pinta; tan pronto gustaba de él como le aborrecía; ya buscaba su conversación, ya huía de su compañía; ora lloraba por él, ora le ultrajaba; de manera que lo hice pasar de su furiosa locura de enamorado, á una locura mansa, cual fué la de alejarse del torrente mundano para refugiarse en el arroyuelo monástico.—Así lo curé; y así me comprometo á curaros, dejando vuestro corazón más limpio que el de un borrego sano, sin que quede en él ni la más pequeña mancha de amor.
Orlando.—No querría ser curado, mancebo.
Rosalinda.—Pues os curaré, si solamente consentís en llamarme Rosalinda, y en venir todos los días á mi ejido á hacerme la corte.
Orlando.—Bien. Á fe de mi amor, que lo haré. Decidme á dónde es.
Rosalinda.—Venid conmigo y os le mostraré. Mientras caminamos, me diréis en qué parte del bosque vivís. ¿Queréis venir?
Orlando.—Con todo mi corazón, joven amigo.
Rosalinda.—No. Tenéis que llamarme Rosalinda. ¡Ea! ¡Hermana! ¿Quieres venir? (Salen.)
(Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.—Jaques los observa desde alguna distancia.)
(Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.—Jaques los observa desde alguna distancia.)
Piedra-de-toque.—Vamos, apúrate, buena Tomasa, yo te traeré las cabras. ¿Y qué tal, Tomasa? ¿Soy todavía el que te conviene? ¿Quedas contenta con esta simple fisonomía?
Tomasa.—¡Fisonomía! ¡Dios nos asista! ¿Qué es fisonomía?
Piedra.—Contigo y tus cabras estoy aquí ni más ni menos que aquel caprichoso poeta, el honrado Ovidio, entre los godos.
Jaques.(Aparte.)—¡Oh erudición mal colocada! ¡Peor que Júpiter bajo tejado!
Piedra.—Cuando los versos de un hombre no pueden ser comprendidos, ni secundado su ingenio por el entendimiento, se le mata más pronto que si se le cobraran por el alquiler de un cuartito las cuentas del gran capitán.—Verdaderamente me habría alegrado de que los dioses te hubiesen hecho poética.
Tomasa.—No sé qué quiere decir poética. ¿Es algo de honrado en la acción y en la palabra? ¿Es cosa de buena ley?
Piedra.—En cuanto á eso, no; porque la mejor poesía es la que finge mejor. Los enamorados son muy dados á poesías; y lo que en ellas juran, se puede decir que, como amantes, lo fingen.
Tomasa.—¡Y así queréis que los dioses me hubiesen hecho poética!
Piedra.—Por cierto que sí; porque me juraste que eres honrada: y si fueras poetisa, me quedaría alguna esperanza de que me engañabas.
Tomasa.—¡Qué! ¿No me querríais honrada?
Piedra.—Es claro que no; á menos que fueses muy fea; porque añadir la honradez á la belleza, es como endulzar el azúcar añadiéndole miel.
Jaques.—(Aparte.)—¡Un idiota consumado!
Tomasa.—Bien. No soy hermosa, y por lo mismo ruego á los dioses que me conserven honrada.
Piedra.—En verdad, prodigar la honradez en una fregona pestífera, sería poner un manjar sabroso en un plato sucio.
Tomasa.—Aunque fea, no soy, á Dios gracias, una mujer de esa clase.
Piedra.—Bueno: demos gracias á Dios por tu fealdad. Lo demás vendrá con el tiempo. Pero sea de ello lo que fuere, me casaré contigo; y con tal fin me he visto con D. Oliverio Dañatextos, cura de la aldea vecina.—Me ha prometido venir á este sitio del bosque y unirnos.
Jaques.(Aparte.)—Ya querría yo ver esta entrevista.
Tomasa.—Bien, y que los dioses nos dén regocijo.
Piedra.—Amen. Un hombre de corazón apocado vacilaría antes de acometer la empresa; porque aquí no tenemos más templo que el bosque, ni más congregaciónque los animales de cuernos. Pero ¿y qué? ¡Valor! Por odiosos que sean, los cuernos son necesarios. Suele decirse que muchos ricos no saben todo lo que tienen.—Exacto.—Y muchos hombres tienen buenos cuernos y nunca sabrán cuántos, ni cuáles serán los últimos. Bien: es la dote que le da la mujer; no es cosa que él mismo ha traído al matrimonio. ¿Cuernos? Ni más ni menos. ¿Y sólo para los pobres? No: no. El más noble ciervo los tiene tan desmesurados como el plebeyo. ¿Es acaso feliz por eso el soltero? No: pues así como vale más una ciudad amurallada que una aldea, así la frente del marido es más honorable que la frente desnuda del soltero; y así como es más valiosa la defensa que la impericia, así es también más precioso en igual grado tener un buen cuerno que necesitarlo. (Entra Oliverio Dañatextos.) Aquí viene el señor Oliverio Dañatextos. Mucho me alegro de veros, señor. ¿Queréis despacharnos aquí, á la sombra de este árbol, ó deberemos ir con vos á vuestra capilla?
Oliverio.—¿No hay alguien aquí para servir de padrino á la novia y entregarla?
Piedra.—No la tomara yo como dádiva de hombre alguno.
Oliverio.—Pero si no es dada la novia, el matrimonio no es legítimo.
Jaques.(Presentándose.).—Continuad: yo la daré.
Piedra.—Buenas tardes, señor de....... Cómo os llamáis? ¿Qué tal os va? Me alegro mucho de encontraros. Dios os premie por vuestra última visita. Tengo sumo placer en veros. ¿Tenéis aún esa friolera en la mano? Vamos, cubríos, os ruego.
Jaques.—¿Os queréis casar, bufón?
Piedra.—Como tienen el buey su yugo, el caballo su brida y el halcón sus cascabeles, así tiene el hombre sus deseos; y como se arrullan las palomitas, así quiere el matrimonio andar picoteando.
Jaques.—¿Y es posible que un hombre de vuestra condición se case á escondidas como un pordiosero? Id al templo y tomad un buen sacerdote que os pueda decir lo que es el matrimonio: este mozo no hará más que juntaros como dos piezas de ensambladura; y luego uno de vosotros empezará á encogerse, como madera verde, y al fin todo quedará torcido.
Piedra.—(Aparte.)—Pues me inclino más á que me case este que otro; porque no tiene trazas de casarme en regla; y no siendo en regla el casamiento, ya tendré más tarde una buena excusa para dejar plantada á mi mujer.
Jaques.—Venid conmigo, y dejad que os aconseje.
Piedra.—Ven, dulce Tomasa. Hemos de casarnos, ó viviremos á salto de mata.
No: ¡Oh digno Oliverio!¡Oh bravo Oliverio!No me dejes atrás!Pero; Velas y buen vientoMárchate al momento.No me cases jamás.
No: ¡Oh digno Oliverio!¡Oh bravo Oliverio!No me dejes atrás!Pero; Velas y buen vientoMárchate al momento.No me cases jamás.
No: ¡Oh digno Oliverio!¡Oh bravo Oliverio!No me dejes atrás!Pero; Velas y buen vientoMárchate al momento.No me cases jamás.
(Salen Jaques, Piedra y Tomasa.)
Oliverio.—No importa.—Nunca me desviará de mi vocación ninguno de estos antojadizos bellacos.
(Sale.)
La misma. Delante de una casa de campo.
Entran ROSALINDA y CELIA.
Entran ROSALINDA y CELIA.
Rosalinda.—No me digas palabra; romperé en llanto.
Celia.—Hazlo, te ruego; pero ten la bondad de considerar que no sientan bien las lágrimas á un hombre.
Rosalinda.—¿Pero no tengo motivo para llorar?
Celia.—Tanto como se puede desear.—Así, pues, llora.
Rosalinda.—Hasta su cabello es del color de la falsedad.
Celia.—Un poco más oscuro que el de Judas; y á fe que sus besos son nietos legítimos de los de éste.
Rosalinda.—Por cierto, tiene el cabello de bonito color.
Celia.—Excelente.—No hay color como tu castaño.
Rosalinda.—Y tiene un modo de besar tan casto, como el contacto del pan bendito.
Celia.—Ha comprado un par de labios fundidos en el molde de los de Diana.—Una monja de la hermandad del invierno no pondría en sus besos compunción más edificante.—Hay en ellos una castidad de hielo.
Rosalinda.—Pero ¿por qué juró venir esta mañana y no viene?
Celia.—Lo cierto es que no hay verdad en él.
Rosalinda.—¿Te parece?
Celia.—Sí: no le tengo por un ratero ni por un ladrón de caballos: pero en cuanto á su sinceridad en amor, la juzgo tan hueca como un cubilete ó como una nuez carcomida.
Rosalinda.—¿Falso en amor?
Celia.—Sincero, cuando está enamorado; pero creo que no lo está.
Rosalinda.—Le habéis oído jurar que sí lo está.
Celia.—«Estaba», es una cosa, y «está» es otra. Fuera de esto, los juramentos en los enamorados no tienen más fuerza que las palabras de los taberneros: sólo sirven para confirmar cuentas mentirosas. Él se halla aquí en el bosque al servicio del duque vuestro padre.
Rosalinda.—Ayer encontré al duque y tuve larga conversación con él. Preguntóme de qué familia desciendo, y le dije que de una tan buena como él; locual hizo que se riera y me dejara ir. Pero ¿á qué hablamos de padres, habiendo un hombre como Orlando?
Celia.—¡Oh, es un gallardo sujeto! Escribe gallardos versos, dice gallardas palabras, hace gallardos juramentos y gallardamente los quebranta, como de través, en el corazón de su amante; como el justador novicio que espolea su caballo por un solo lado, y rompe su lanza como un gallardo majadero. Pero donde impera la juventud y guía el paso la locura, todo es gallardo! ¿Quién viene ahí? (Entra Corino.)
Corino.—Señor, y amo mío, habéis indagado más de una vez acerca de aquel pastor que se quejaba de amores, á quien visteis sentado junto á mí en el césped alabando á la altiva y desdeñosa zagala que fué su amante.
Celia.—Y bien: ¿qué es de él?
Corino.—Si deseáis ver representar un verdadero espectáculo, entre el pálido aspecto del verdadero amor, y el encendido color del altivo desdén y del desprecio, caminad un breve espacio y os conduciré.
Celia.—Ea! vamos. La vista de unos enamorados alimenta á los otros. Déjanos contemplar esa vista, y podrás decir que también he desempeñado un activo papel en su comedia.
(Salen.)
Otra parte del bosque.
Entran SILVIO y FEBE.
Entran SILVIO y FEBE.
Silvio.—No me desprecies, dulce Febe, no. Dí que no me amas, pero no lo digas con encono. El verdugo, cuyo corazón está endurecido por el hábito de ver la muerte, no deja caer el hacha sobre la cerviz inclinada sin pedir perdón primero. ¿Quieres ser más dura queaquel que por oficio pasa toda su vida entre la sangre?
(Entran Rosalinda, Celia y Corino á cierta distancia.)
Febe.—No querría ser tu verdugo, y huyo de ti porque no deseo hacerte mal. Me dices que mis ojos despiden la muerte; pero se me antoja que es cosa muy probable el que los ojos—la parte más débil y suave, la que se cierra hasta por temor á un grano de polvo—no puedan ser llamados tiranos, carniceros, asesinos! Pues bien: ahora te miro con el mas entrañable enojo, y que mis ojos te maten en este momento, si son capaces de herir. Finge que te desmayas, ea! Déjate caer por tierra; ó si no puedes, al menos por vergüenza no digas que mis ojos son asesinos. Muéstrame la herida que te han hecho. Púnzate, aunque sólo sea con un alfiler, y te quedará alguna señal: apóyate, aunque sólo sea sobre un junco, y la mano conservará siquiera por unos instantes la huella de la presión. Pero mis ojos ahora que se han clavado ceñudos en ti, no te lastiman; y, estoy segura de ello, ningunos ojos tienen fuerza para hacerlo.
Silvio.—¡Oh amada Febe! Si alguna vez (y acaso se halle próxima) encuentras en alguna fresca mejilla el poder de la fantasía, entonces sabrás qué invisibles heridas hacen las agudas flechas del amor.
Febe.—Pues hasta entonces no te me acerques; y cuando suceda, persígueme con tus burlas y no me compadezcas, así como yo no he de compadecerte hasta entonces.
Rosalinda.(Avanzando.)—¿Y sabréis decirme por qué? ¿De qué madre habéis nacido que así insultáis y desdeñáis y abrumáis á un desdichado? Pues aunque tuviérais más belleza (y, á fe mía, no veo que tenéis más que la necesaria para acostaros á oscuras) ¿habríais de ser por eso orgullosa é implacable? ¿Por qué me miráis así? No veo en vos más que una de tantas obras vulgares de la naturaleza. ¡Por vida mía! ¡Pienso
—¡Por amor de Dios, no os vayáis á enamorar de mí: no me gustáis!
—¡Por amor de Dios, no os vayáis á enamorar de mí: no me gustáis!
—¡Por amor de Dios, no os vayáis á enamorar de mí: no me gustáis!
que quiere también confundir mis ojos! No, por cierto, soberbia dama, no esperéis tal. No son vuestras cejas color de tinta, vuestro cabello de seda negra, vuestros ojos de abalorio, ni vuestra mejilla de natas, lo que podría subyugar mi ánimo á vuestra adoración. Necio pastor: ¿por qué la seguís como el brumoso viento del Sur, lleno de ráfagas y lluvia? Sois mil veces mejor como hombre que ella como mujer; y son los necios, como vos, quienes llenan el mundo de hijos desgraciados. Sois vos y no su espejo quien la adula; y á causa de vos, se ve ella mucho mejor que lo que pueden mostrarla sus propias facciones. Pero, señora, conoceos bien, poneos de rodillas, y dad gracias al cielo, con el ayuno, por el amor de un hombre honrado. Y tengo que deciros una verdad al oído: Vended cuando podáis; no sois artículo que tendría salida en cualquier mercado. Pedid perdón al hombre; amadle; aceptad su oferta. Es doblemente fea la que añade á la fealdad el desprecio. Tómala, pues, pastor, y quedad con Dios.
Febe.—Hermoso joven, regañadme un año entero. Prefiero vuestras reconvenciones á requiebros de este hombre.
Rosalinda.—Él se ha enamorado de la fealdad de ella, y ella acabará por enamorarse de mi enojo. Si es así, cuanto más airada se muestre contigo, más la atormentaré con palabras amargas. ¿Por qué me miráis así?
Febe.—No por mala voluntad.
Rosalinda.—Por amor de Dios, no os vayáis á enamorar de mí, porque soy más falso que juramento de borracho. Fuera de esto, no me gustáis.—Si queréis saber dónde vivo, es á un paso de aquí, en el olivar. ¿Quieres que nos vayamos, hermana? Pastor, acosadla. Ven, hermana. Pastora, miradle con mejores ojos, y no seáis soberbia. Nadie en el mundo entero seríatan engañado por sus ojos como él. Vamos, á nuestro ejido. (Salen Rosalinda, Celia y Corino.)
Febe.—¡Insensible pastor! Ahora siento la fuerza de esta verdad; «¿quién que amó, no amó á primera vista?»
Silvio.—Adorable Febe...
Febe.—¡Ah! ¿decíais algo, Silvio?
Silvio.—Adorable Febe; compadécete de mí.
Febe.—En verdad, siento veros así, amable Silvio.
Silvio.—Adonde está el pesar, debería hallarse el consuelo. Si mi amorosa pesadumbre os entristece, vuestra tristeza y mi pesar desaparecerían con un poco de amor.
Febe.—Tienes mi afecto. ¿No es casi lo mismo?
Silvio.—Querría poseerte.
Febe.—Eso sería codicia. Silvio, ha pasado el tiempo en que te aborrecía; y, sin embargo, no es que sienta amor por ti; pero desde que te muestras tan capaz de hablar bien de amor toleraré tu sociedad, que me era fastidiosa y aun te ocuparé; mas no esperes otra recompensa que tu propia satisfacción en verte ocupado por mí.
Silvio.—Tan puro y santo es mi amor y tan pobre me encuentro de mercedes, que será para mí abundante cosecha el ir recogiendo las espigas olvidadas por aquel que recogió la cosecha principal. Dame de vez en cuando una sonrisa perdida y ella me hará vivir.
Febe.—¿Conoces al joven que me habló hace poco?
Silvio.—No mucho, pero le he encontrado muchas veces; y ha comprado la casa y los ganados que pertenecían al viejo huraño.
Febe.—No pienses que le ame aunque pregunte por él. No es más que un muchacho petulante. Sin embargo, habla bien. ¿Pero acaso me cuido yo de palabras? Las palabras, no obstante, vienen bien,cuando el que las dice es visto con agrado por el que las oye. Es un bonito joven—no demasiado bonito—pero sin duda alguna es orgulloso. Tiene un orgullo que no le sienta mal. Llegará á ser un hombre en regla. Lo mejor de él es su temperamento; y antes que sus palabras acabasen de hacer una herida, sus ojos la habían ya cicatrizado. No es de alta estatura, aunque sí lo bastante para su edad. La pierna es así, así, pero no está mal. Tienen sus labios un lindo color rosado; un encarnado algo más maduro y lozano que el que colora sus mejillas: la misma diferencia que entre una encendida rosa de Damasco y otra de color mezclado. Mujeres hay, Silvio, que á haberlo examinado minuciosamente, como lo hice, casi se habrían enamorado de él; pero en cuanto á mí, ni le amo ni le aborrezco. Y, sin embargo, más motivo tendría para aborrecerle que para amarle; porque ¿quién le autorizaba á dirigirme reproches? Dijo que mis ojos y mis cabellos son negros; y ahora recuerdo que me trató con desprecio. Me admira el no haberle replicado. Pero en fin de cuentas es lo mismo, ya que cuenta olvidada no es cuenta saldada. Le escribiré una carta que le escueza de veras y tú se la llevarás. ¿Apruebas, Silvio?
Silvio.—Con todo mi corazón, Febe.
Febe.—Pues la escribiré en seguida. Lo que he de decirle está en mi cabeza y en mi corazón. Seré con él lacónica y severa. Ven conmigo, Silvio.
(Salen.)
La misma.
Entran ROSALINDA, CELIA y JAQUES.
Entran ROSALINDA, CELIA y JAQUES.
Jaques.
Ruégote, bello joven, que me hagas conocerte mejor.
Rosalinda.—Dicen que sois dado á la melancolía.
Jaques.—Así soy. Me gusta más que la risa.
Rosalinda.—Los que pecan por uno ú otro de ambos extremos son gentes abominables y se exponen más á la moderna crítica que si cayeran en la embriaguez.
Jaques.—Pues paréceme bien que quien está triste guarde silencio.
Rosalinda.—Pues entonces me parece bien ser un poste.
Jaques.—No tengo la melancolía del erudito, que es emulación; ni la del músico, que es fantástica; ni la del cortesano, que es altiva; ni la del soldado, que es ambiciosa; ni la del abogado, que es política; ni lade la dama, que es agraciada; ni la del enamorado, que es todo esto á la vez. La mía es una melancolía peculiar de mí mismo, un compuesto de muchos simples, extraído de muchos objetos; y en verdad, la contemplación de mis viajes, que á menudo absorbe mis meditaciones, es una tristeza en extremo caprichosa.
Rosalinda.—¡Viajero! Pues á fe mía que os sobra motivo para estar triste. Me temo que hayáis vendido vuestras tierras por ir á ver las agenas. Y luégo, haber visto mucho y no tener nada, es tener ojos ricos y manos pobres.
Jaques.—Sí; he ganado experiencia.
(Entra Orlando.)
Rosalinda.—Y vuestra experiencia os entristece. Yo preferiría tener un bufón que me pusiera alegre, y no una experiencia que me pusiera triste. ¡Y todavía viajar por ella!
Orlando.—Buenos días y ventura, amada Rosalinda.
Jaques.—Pues nada; Dios os asista, que estáis hablando en verso suelto.
Rosalinda.—Adios, señor viajero. Parad mientes. Mientras no habléis pronunciando con afectación, os vistáis con extraños trajes, echéis á perder los beneficios de vuestro propio país, reneguéis del amor á vuestra nacionalidad y aun echéis en cara á Dios el haberos dado la forma que tenéis, me costará mucho trabajo creer que habéis navegado ni siquiera en una góndola. (Sale Jaques.) ¿Qué significa esto, Orlando? ¿A dónde habéis estado todo este tiempo? ¿Y sois un amante? Si os acontece hacerme otra partida como esta, no os volváis á presentar á mi vista.
Orlando.—Amada Rosalinda, no ha pasado una hora desde el momento de veros, según mi promesa.
Rosalinda.—¡Faltar una hora entera á una promesa amorosa! En materia de amor, aquel que divida unminuto en mil partes y falte en fracción alguna á la milésima parte del minuto, está, como si se dijera, en manos de la policía del amor; pero yo garantizo que está sano de corazón.
Orlando.—Perdonadme, amada Rosalinda.
Rosalinda.—No. Si habéis de ser tan lento, no volváis á verme. Tanto me valdría tener por pretendiente á un caracol.
Orlando.—¿Un caracol?
Rosalinda.—Sí; pues aunque camina despacio, lleva su casa en la cabeza; mejor dote que la que podéis hacer á mujer alguna. Fuera de esto, lleva consigo su destino.
Orlando.—¿Qué es eso?
Rosalinda.—Los cuernos con los cuales se presume que deben aparecer á mérito de sus esposas aquellos que se os parecen; mientras que él tiene la suerte de venir armado sin que por ello se pueda difamar á su esposa.
Orlando.—La virtud no es fabricante de cuernos; y mi Rosalinda es virtuosa.
Rosalinda.—Y yo soy vuestra Rosalinda.
Celia.—Le agrada daros ese nombre; pero él tiene una Rosalinda de mejor aspecto que vos.
Rosalinda.—Vamos, galanteadme, galanteadme, que estoy de humor de fiesta, y es bastante probable que consienta. ¿Qué me diríais ahora si yo fuera vuestra Rosalinda en alma y cuerpo?
Orlando.—Principiaría por un beso antes de decir nada.
Rosalinda.—No; mejor sería hablar primero, y cuando os viérais embarazado por falta de asunto, podríais aprovechar la oportunidad para los besos. Hay muy buenos oradores que cuando pierden el hilo del discurso se limpian el pecho, y entre los amantes, cuando viene á faltar asunto (lo que Dios no permitaen nuestro caso) el mejor método de limpiar el pecho es besarse.
Orlando.—¿Y cuando se niega el beso?
Rosalinda.—Entonces se os obliga á suplicar, y he ahí nuevo asunto.
Orlando.—Pero ¿á quién se le perdería el discurso estando en presencia de la dama que adora?
Rosalinda.—Á vos, por cierto, si fuese yo la dama; ó pensaría que mi honradez no valía tanto como mi discreción. ¿No soy vuestra Rosalinda?
Orlando.—Algún placer encuentro en decir que lo sois, pues así puedo hablar de ella.
Rosalinda.—Pues en nombre de ella os digo que no quiero teneros.
Orlando.—Pues en mi propio nombre os digo que me muero.
Rosalinda.—No, á fe mía; morid por poderes. Este bendito mundo lleva ya cosa de seis mil años de vida, y en todo ese tiempo jamás ha habido varón que haya muerto en persona por enfermedad de amor. Froilo, que es uno de los modelos de amante, tuvo aplastados los sesos por una maza griega; pero hizo cuanto pudo para morir antes. Á no haber sido por una calurosa noche de la canícula, Leandro habría vivido muchos buenos años, por mas que Hero se hubiese metido á monja; pues habéis de saber, buen joven, que no fué al Helesponto mas que por darse una lavada; pero le sobrevino un calambre y se ahogó. Por esto los necios cronistas de aquel tiempo echaron la culpa á Hero de Sestos. Pero todas estas son mentiras. Los hombres se mueren alguna vez y los gusanos se los comen, pero no por amor.
Orlando.—No desearía que mi verdadera Rosalinda fuese de ese modo de pensar; pues protesto que su enojo podría matarme.
Rosalinda.—Por esta mano protesto que no podríamatar un mosquito. Pero vamos; seré vuestra Rosalinda en más accesible temperamento y pedidme lo que queráis que os lo concederé.
Orlando.—Pues amadme, Rosalinda.
Rosalinda.—Sí, á fe mía que sí, los viernes y los sábados y todo lo demás.
Orlando.—¿Y quieres que sea tuyo?
Rosalinda.—Por cierto, y veinte por el estilo.
Orlando.—¿Qué dices?
Rosalinda.—¿No eres bueno?
Orlando.—Deseo serlo.
Rosalinda.—Pues entonces, ¿no se puede desear de lo bueno lo más? Ea! hermana! Vos seréis el sacerdote y nos casaréis. Orlando, dadme vuestra mano. ¿Qué decís, hermana?
Orlando.—Casadnos, os ruego.
Celia.—No puedo decir las palabras.
Orlando.—Debéis principiar así: «¿Queréis, Orlando.....
Celia.—Ya estoy. «¿Queréis, Orlando, tomar por esposa á Rosalinda?
Orlando.—Sí, quiero.
Rosalinda.—Sí, pero ¿cuándo?
Orlando.—Por supuesto, ahora mismo, y tan aprisa como pueda ella casarnos.
Rosalinda.—Entonces debéis decir: «Rosalinda, te tomo por esposa.»
Orlando.—Rosalinda, te tomo por esposa.
Rosalinda.—Podría yo pediros que me mostréis vuestra credencial; pero, «Orlando, te tomo por esposo.» He aquí una jovencita que se anticipa al sacerdote: y ciertamente, el pensamiento de la mujer se anticipa á sus actos.
Orlando.—Así es con todo pensamiento; tienen alas.
Rosalinda.—Decidme ahora, ¿cuánto tiempo querréis guardarla después de haberla poseído?
Orlando.—Para siempre y un día más.
Rosalinda.—Decid un día sin el siempre. No, no, Orlando. Los hombres son Abril cuando pretenden y Diciembre cuando se casan. Las doncellas son Mayo cuando solteras, pero casadas, cambia la atmósfera. Tendré más celos de ti, que un palomo berberisco de su paloma; seré más bullanguera que un loro cuando asoma la lluvia; más antojadiza que una mona; más voluble en mis deseos, que un mico. Romperé en llanto por nada, como Diana en la fuente, y he de hacerlo cuando estés dispuesto á la alegría; y me reiré como una hiena, y esto cuando te sientas más inclinado á dormir.
Orlando.—Pero ¿haría tal mi Rosalinda?
Rosalinda.—Por vida mía, que hará lo mismo que yo.
Orlando.—¡Oh! Pero ella es sensata.
Rosalinda.—Y de no serlo le faltaría el talento de hacer esto; pues cuanto más sensata, más excéntrica. Cerrad las puertas al ingenio de la mujer y se saldrá por la ventana, cerrad ésta y se escapará por el ojo de la cerradura; obstruíd este agujero y volará con el humo por la chimenea.
Orlando.—El hombre que tenga una mujer de tal ingenio, podrá decir: «Ingenio, ¿adónde te quieres ir?»
Rosalinda.—No podéis usar de este freno para con él, hasta que lo encontréis llevando á vuestra mujer al lecho de vuestro vecino.
Orlando.—¿Y de dónde sacaría ese talento el talento de disculpar eso?
Rosalinda.—Nada más fácil, iba allí en busca vuestra. Jamás podréis tomar á la mujer sin la réplica, á menos que la toméis sin su lengua. ¡Oh! La que no pueda echar siempre á su marido la culpa de cuanto malo ella hace, que no amamante jamás á su hijo, porque lo criará como un idiota!
Orlando.—Rosalinda, me separo de ti por dos horas.
Rosalinda.—¡Ay, amor mío! No puedo pasar dos horas sin ti.
Orlando.—He de asistir al duque en la mesa. Á las dos estaré otra vez contigo.
Rosalinda.—Bien está, idos, idos. Ya me lo había yo presumido. Me lo habían dicho mis amigos y yo no pensaba menos que ellos. Me habéis alucinado con vuestras zalamerías. Todo se reduce á que haya una mujer echada en olvido. Quisiera morir ahora. ¿Vuestra hora es las dos?
Orlando.—Sí, amada Rosalinda.
Rosalinda.—Por mi palabra y de todas veras, así Dios me valga, y por todos los juramentos que no sean ruines ni peligrosos, si faltáis en una tilde á vuestra promesa, si venís un solo minuto después de la hora, os tendré en concepto del más patético embustero y del amante más superficial y del más indigno de la que llamáis Rosalinda, aun escogiendo entre la vasta caterva de desleales. Por tanto, tened cuidado de mi reprimenda y cumplid vuestra promesa.
Orlando.—No menos religiosamente que si fuéseis Rosalinda en persona. Así, hasta luégo.
Rosalinda.—Bueno. El tiempo es el viejo juez que examina á tales delincuentes. Dejemos que el tiempo juzgue. Adios.
(Sale Orlando.)
Celia.—En tu charla amorosa, no has hecho más que maltratar nuestro sexo. Es menester que te pongamos sobre la cabeza tus calzas y tu chaqueta, y hagamos ver al mundo lo que ha hecho el ave á su propio nido.
Rosalinda.—¡Oh, prima, prima hermosa, primita mía, si supieras á cuántos brazos de profundidad estoy sumergida en el amor! Pero es imposible sondear esto. Mi afecto, como la bahía de Portugal, tiene un fondo desconocido.
Celia.—Ó más bien, no tiene fondo; pues cuanto más afecto derramas sobre él, más se sale.
Rosalinda.—Que juzgue cuán profundamente enamorada estoy el mismo bastardo maligno de Venus, engendrado por el pensamiento, concebido por la hipocondria y nacido de la locura; aquel bellaco ceguezuelo que engaña los ojos de cada cual, porque él no tiene los suyos propios. Te aseguro, Aliena, que no puedo estar sin Orlando ante mis ojos. Voy á buscar la sombra y á suspirar hasta que él vuelva.
Otra parte del bosque.
Entran JAQUES y señores en traje de monteros.
Entran JAQUES y señores en traje de monteros.
Jaques.—¿Quién mató al ciervo?
Lord1.º—Yo, señor.
Jaques.—Presentémosle al duque como un conquistador romano; y no vendría mal el ponerle los cuernos del ciervo sobre la cabeza, como lauro de victoria. ¿No tenéis, montero, alguna canción adecuada al asunto?
Lord2.º—Sí, señor.
Jaques.—Cantadla, y no importa que desafinéis, con tal que metáis bastante ruido.
Canción.¿Qué dar al monteroque mató al venado?Brindémosle el cuero;los cuernos también,para que con estosadorne su sién,y llevémosle en triunfo á su casay entonémosle así el parabién.Coro.No te avergüence llevar un cuerno:naciste mucho más tarde que él.De padre en hijo fué adorno eterno;de suegro en yerno,no hay más segura luna de miel.¡Pues viva el cuerno!¡Fuerte y lozano!No lo desprecies,llévalo, hermano!
Canción.¿Qué dar al monteroque mató al venado?Brindémosle el cuero;los cuernos también,para que con estosadorne su sién,y llevémosle en triunfo á su casay entonémosle así el parabién.Coro.No te avergüence llevar un cuerno:naciste mucho más tarde que él.De padre en hijo fué adorno eterno;de suegro en yerno,no hay más segura luna de miel.¡Pues viva el cuerno!¡Fuerte y lozano!No lo desprecies,llévalo, hermano!
Canción.
¿Qué dar al monteroque mató al venado?Brindémosle el cuero;los cuernos también,para que con estosadorne su sién,y llevémosle en triunfo á su casay entonémosle así el parabién.
Coro.
No te avergüence llevar un cuerno:naciste mucho más tarde que él.De padre en hijo fué adorno eterno;de suegro en yerno,no hay más segura luna de miel.¡Pues viva el cuerno!¡Fuerte y lozano!No lo desprecies,llévalo, hermano!
(Salen.)
El bosque.
Entran ROSALINDA y CELIA.
Entran ROSALINDA y CELIA.
Rosalinda.—Y ahora ¿qué decís? ¿No han dado ya las dos? Pues de Orlando, nada.
Celia.—Te aseguro que, convertido todo él en amor y turbado el cerebro, ha tomado su arco y sus flechas y se ha ido á dormir. Pero mira quien viene.
(Entra Silvio.)
Silvio.—Hermoso joven, para vos es mi recado. Mi gentil Febe me pidió entregaros esto. (Dándole una carta.) Ignoro su contenido; pero á lo que presumo por el adusto ceño y vehemente acción que mostraba al escribirla, debe ser de tenor colérico. Perdonadme: no soy más que mensajero sin culpa.
Rosalinda.—La paciencia misma se violentaría y saldría de juicio con esta carta. Soportad esto, y lo soportaréis todo. Dice que no tengo ni gallardía ni buenos modales; me llama orgulloso y asegura que no me amaría así fueran los hombres tan raros como el fénix. Pues tan singular es mi voluntad, que no es el amor de ella el blanco de mis tiros. ¿De qué le viene el escribirme tales cosas? Vamos, pastor, vamos: eres tú quien le ha sugerido esta carta.
Silvio.—No, no. Protesto ignorar el contenido. Es Febe quien la escribió.
Rosalinda.—Vamos, sois un tonto y enamorado de remate. Ví su mano, una mano de cuero, color de piedra, que me hizo pensar realmente que se había puesto sus guantes viejos. Pero no, eran sus propias manos: tiene manos de fregona. Mas no importa. Digo que ella jamás ha inventado tal carta. Esto es invención y escritura de hombre.
Silvio.—De seguro es de ella.
Rosalinda.—Cómo! Este es un estilo fanfarrón y cruel, estilo de perdonavidas. ¿Pues no me desafía, como un moro á un cristiano? El benigno cerebro de la mujer no podría destilar una invención tan enormemente grosera, ni tales palabras etiopes, más negras en su alcance que en su apariencia. ¿Queréis oir la carta?
Silvio.—Si lo tenéis á bien; pues nunca la he oído, aunque sí he oído mucho de la crueldad de Febe.
Rosalinda.—Hace de las suyas conmigo. Fijaos en el modo como escribe la tirana.
(Leyendo.) «¿Eres algún dios convertido en pastor, que así has abrasado el corazón de una doncella?»
¿Puede una mujer regañar así?
Silvio.—¿Llamáis á eso regañar?
Rosalinda.—«¿Por qué, olvidando lo que tienes de divino, te ensañas contra el corazón de una mujer?»
¿Habéis oído nunca semejante regaño?
«Muchas veces la mirada suplicante del hombre me habló de un amor que no podía conmoverme.»
Lo cual quiere decir que soy una bestia.
«Si el desdén de tus ojos basta para encender tanto amor en los míos, ¡ay! ¿qué no me harían sentir si me miraran cariñosos? Os amé mientras me ofendíais. ¿Á que no me moverían, pues, vuestros ruegos? El mensajero de esta queja amorosa, no sospecha que tal amor existe en mí. Confíale tu respuesta en pliego sellado, y dime en ella si tu juventud y tu condición aceptarán la leal oferta de mi persona y de cuanto soy y valgo; ó desecha mi amor y buscaré el modo de morir.»
Silvio.—¿Y esto también es regaño?
Celia.—¡Ay, pobre pastor!
Rosalinda.—¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás á semejante mujer? ¡Qué! Servirse de ti como de un instrumento para burlarte mejor!Eso es intolerable. Bien: torna á su lado, pues veo que el amor te ha convertido en una serpiente mansa, y dile esto: que si ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, á menos que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no repliquéis palabra, porque viene gente.
(Sale Silvio.)
Oliverio.—Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del circuíto de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos?
Celia.—Al oeste de este sitio, en la hondonada vecina, dejando á vuestra derecha la fila de mimbreras que está á orillas del arroyo, os encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en la casa, ni aun para cuidar de ella.
Oliverio.—Si puede el ojo aprovechar de la lengua, debería yo conoceros por descripción. Tales trajes y tal edad. «El joven es de complexión clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero la joven es de baja estatura y más morena, que su hermano.» ¿No sois dueño de la casa por la cual preguntaba?
Celia.—Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra.
Oliverio.—Orlando me encarga saludaros á una y otro, y envía al joven á quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso vos?
Rosalinda.—Sí; pero ¿qué significa esto?
Oliverio.—Algo de lo que me avergüenza, si queréis saber qué hombre soy, y cómo y por qué y cuándo fué manchado de sangre este pañuelo.
Celia.—Referidlo, os ruego.
Oliverio.—Cuando el joven Orlando se alejó de vos, hace poco, empeñó su palabra de volver dentro de una hora; y caminaba por el bosque, engolfada su fantasía en visiones ya tristes, ya risueñas, cuando ¡extraño suceso! al mirar á un lado observó ¿quédiréis? Un infeliz hombre cubierto de harapos, que yacía de espaldas dormido bajo un roble cuyo ramaje musgoso y encumbrada copa desnuda, dan testimonio de su antigüedad. Una sierpe color verde y oro se había enroscado á su cuello, y acercaba á sus labios entreabiertos la presta y amenazadora cabeza; pero de súbito al ver á Orlando se desenrolló y se deslizó sinuosamente á un matorral, á cuya sombra yacía agazapada con la cabeza en el suelo y en acecho como un gato, una leona con las ubres secas, aguardando que el hombre dormido se moviese. Porque es regio instinto de este animal no hacer presa en lo que parece muerto. Al ver esto, Orlando se acercó al hombre y halló que era su hermano, su hermano mayor.