ACTO II.

Entran sir HUGH EVANS y SIMPLE.

Entran sir HUGH EVANS y SIMPLE.

Evans.—Id á averiguar á dónde es la casa del doctor Caius. Allí vive una señora Aprisa, que le sirve de nodriza ó de ama seca, ó de cocinera, lavandera y planchadora.

Simple.—Está bien, señor.

Evans.—Aguardad, que hay mejor. Dadle esta carta; porque es mujer muy del conocimiento de la señorita Ana Page; y la carta es para pedirle que haga presentes á esta señorita los deseos de vuestro amo. Id desde luégo, os lo encarezco. Yo iré á acabar mi comida, pues faltan aún las manzanas y el queso.

(Salen.)

Cuarto en la posada de la Liga.

Entran FALSTAFF, el POSADERO, BARDOLFO, NYM, PISTOL y ROBIN.

Entran FALSTAFF, el POSADERO, BARDOLFO, NYM, PISTOL y ROBIN.

Falstaff.—Posadero mío de la Liga...

Posadero.—¿Qué dice mi enredista matasiete? Hablad con discreción y finura.

Falstaff.—En verdad, posadero mío, que tengo que despedir á algunos de mis secuaces.

Posadero.—Despedidles, mi valeroso Hércules: echadles; que tomen el portante. Al trote, al trote.

Falstaff.—Me cuesta el albergue diez libras por semana.

Posadero.—Eres un emperador, César, Czar y cavilante. Tomaré á Bardolfo. Escanciará los barriles y manejará sus llaves. ¿Está bien dicho, bravo Héctor?

Falstaff.—Hacedlo en buen hora, amigo posadero.

Posadero.—Está dicho. Que me siga. Quiero ver la espuma y la cal. No tengo más que una palabra. Sígueme.

Falstaff.—Bardolfo, vé con él. Es buen oficio el de mozo de taberna. Una capa vieja hace un nuevo coleto, y un criado gastado hace un nuevo mozo de taberna. Vete. Adios.

Bardolfo.—Es un género de vida que deseaba, y he de prosperar en él.

(Sale Bardolfo.)

Pistol.—¡Oh miserable bohemio! ¿Y quieres manejar las espitas?

Nym.—En borrachera fué engendrado. ¿No es natural su gusto? No tiene una mente heróica, y de allí el que tenga aquel instinto.

Falstaff.—Me alegro de haberme desembarazado de tal caja de yesca. Sus robos eran demasiado descarados. Su manera de hurtar se parece al canto de un mal aficionado: no guarda tiempo ni compás.

Nym.—Lo exquisito es robar en un solo minuto de descanso.

Pistol.—Sutileza, que no robo, es el nombre que dan á esto las gentes sensatas. ¡Robo! Mala peste cargue con la palabra.

Falstaff.—Bien, señores, pero estoy ya en el último apuro. Es necesario que me ingenie, que aguce el majín para encontrar medios. Tiene que ser.

Pistol.—Los buitres jóvenes necesitan alimento.

Falstaff.—¿Quién de vosotros conoce á Ford, de esta ciudad?

Pistol.—Conozco al individuo. No es de mala sustancia.

Falstaff.—Honrados muchachos míos, voy á deciros lo que tengo en perspectiva.

Pistol.—Las dos yardas ó más que tenéis de circunferencia.

Falstaff.—Nada de bromas ahora, Pistol. En verdad que me veo con el agua á las narices; y a pesar de mis dos yardas de redondez no puedo redondearme. Así, estoy por ver de medrar y no de quedarme con un palmo de narices. En una palabra: me propongo enamorar á la esposa de Ford. Entreveo disposición de su parte. Discurre, trincha, dirige miradas tentadoras. Puedo interpretar la acción de su estilo familiar, y la más sólida expresión de su conducta, puesta en buen inglés, dice: «Soy de sir Juan Falstaff.»

Pistol.—La ha estudiado bien: la ha traducido bien: de la honestidad al inglés.

Nym.—Hondo me parece el fondeadero. ¿Morderá ahí el ancla?

Falstaff.—Corre la voz de que es ella quien maneja los cordones de la bolsa de su marido. Tiene legiones de ángeles en oro sellado.

Pistol.—Que llaman á otros tantos diablos. «Á ella, muchacho!» es lo que digo yo.

Nym.—El buen humor toma creces: excelente cosa. Poned de buen humor conmigo á esos ángeles.

Falstaff.—Aquí tengo una carta que le he escrito; y he aquí otra para la esposa de Page, que acaba de ponerme ahora mismo los ojos dulces y ha examinado minuciosamente y como persona experta cuanto puede haber en mí. Sus miradas, como rayos de oro, brillaban revisando ya mi pié, ya mi majestuoso talle.

Pistol.—Entonces podéis decir que el sol brillaba sobre el estercolero.

Nym.—Te felicito por esa jovialidad.

Falstaff.—¡Oh! Pues recorrió todo mi exterior con intención tan manifiesta, que el fuego del deseo en sus ojos parecía quemarme como un lente puesto al sol. He aquí otra carta para ella. También ella maneja la bolsa: es una región de la Guayana: toda oro y liberalidades. Explotaré á una y otra, y serán mi tesorería. Las tendré como á mis Indias Orientales y Occidentales, y comerciaré con ambas. Vé y lleva tú esta carta á la señora Ford; tú, esta á la señora Page. Prosperaremos, muchachos, prosperaremos.

Pistol.—¿Y he de volverme un Mercurio, un Pandarus de Troya, yo que llevo un acero al cinto? No: vaya todo al diablo!

Nym.—No quiero bajezas en la broma. Ea! Tomad la carta. Yo he de conservar una conducta reputable.

Falstaff.—Aquí, muchacho (á Robin.) Lleva tú estas cartas, y sal como mi bajel hacia esas playas doradas. Y vosotros ¡bribones! fuera de aquí! lejos! Pasad como el granizo. Trabajad, surcad el suelo con los talones, buscad albergue, marchaos! Falstaff quiere acomodarse al espíritu de la época, y medrar á la francesa ¡bribones! para mí y para mi paje galoneado.

(Salen Falstaff y Robin.)

Pistol.—Que los buitres te roan las entrañas! Siempre son buenos los dados cargados y la botella, porque arriba y abajo seducen al rico y al pobre. Yo tendré llenos de testones los bolsillos, mientras tú carecerás de ellos, vil turco frigio!

Nym.—Algo me bulle en la cabeza, como sugerido por el deseo de venganza.

Pistol.—¿Quieres vengarte?

Nym.—Por el cielo y su estrella.

Pistol.—¿Por astucia, ó por acero?

Nym.—Con uno y otra. Yo conversaré con Page sobre la fantasía de este amor.

Pistol.—Y yo revelaré igualmente á Ford, cómoFalstaff, vil bribón, tratará de seducir á su paloma, robarle su oro y deshonrar su lecho.

Nym.—No desmayará mi encono. Induciré á Page á que se sirva del veneno: haré que lo posean los celos, porque la sublevación del ánimo altivo es peligrosa. Tal es mi verdadero anhelo.

Pistol.—Eres el Marte de los descontentos, y yo te secundo. Vamos adelante.

(Salen.)

Cuarto en casa del doctor Caius.

Entran la señora APRISA, SIMPLE y RUGBI.

Entran la señora APRISA, SIMPLE y RUGBI.

Aprisa.—¿Oyes, Juan Rugbi? Te ruego que vayas á la puerta-ventana, y veas si puedes divisar á mi señor, el señor doctor Caius, en camino hacia aquí; pues á fe mía, que si llega y encuentra á alguien en la casa, ya tendrán que pagarlo la paciencia de Dios y el idioma del rey.

Rugbi.—Voy á hacer de centinela.

(Sale.)

Aprisa.—Vé, que por ello tendremos una buena colación temprano en la noche, te lo prometo, al último calor del carbón de piedra. Es un mozo honrado, servicial y bondadoso como el mejor sirviente que jamás pisó casa alguna. Y os aseguro que no es chismoso, ni pendenciero. Su peor falta es ser dado á rezos, y á veces es testarudo en esto; pero no hay quien no tenga algún defecto. Así, no hagamos caudal de ello. ¿Decís que vuestro nombre es Pedro Simple?

Simple.—Sí, á falta de otro mejor.

Aprisa.—¿Y el señor Slender es vuestro amo?

Simple.—Sí, ciertamente.

Aprisa.—¿No lleva unas grandes barbas redondeadas como la cuchilla de los guanteros?

Simple.—No, en verdad. Tiene una carita escuálida con un poquito de barba amarillenta, barba color de Caín.

Aprisa.—Hombre de espíritu apocado: ¿no es así?

Simple.—Muy cierto; pero tan apto para hacer valer sus manos como cualquiera. Se ha batido con un guarda-caza.

Aprisa.—¿Qué decís? ¡Oh, ya debería recordarlo! ¿No lleva muy erguida la cabeza y se pone tieso al caminar?

Simple.—Exactamente, así es como hace.

Aprisa.—Bien. No envíe el cielo peor fortuna á Ana Page. Decid al señor cura Evans que haré por vuestro señorito cuanto pueda. Ana es una buena doncella, y quiero.....

(Vuelve á entrar Rugbi.)

Rugbi.—Idos. ¡Ay! aquí viene mi amo.

Aprisa.—Seremos exterminados todos. Corred allí, buen joven, meteos en ese armario. (Encierra á Simple en el armario.) No permanecerá mucho rato. ¡Hola! Juan Rugbi. Juan, digo! ¡Ea, Juan! Vé á averiguar del señor. Temo que haya enfermado, pues no le veo venir á casa.

(Canta.)

Y abajo, abajo, abajo.

Y abajo, abajo, abajo.

Y abajo, abajo, abajo.

(Entra el doctor Caius.)

Caius.—¿Qué cantáis ahí? No me gustan estos pasatiempos. Id y traed de mi armario unboitier vert, una caja, una caja verde. ¿Oís lo que digo? Una caja verde.

Aprisa.—Sí, ciertamente, os la traeré. (Aparte.) Me alegro de que no se le ocurriera ir en persona. Á haber encontrado al joven, se habría puesto loco de ira.

Caius.—Uf! Á fe mía que hace demasiado calor. ¡Me voy á la corte. El gran negocio!

Aprisa.—¿Es esta, señor?

Caius.—Sí: ponedla en mi bolsillo. Despachad pronto. ¿Dónde está el bellaco Rugbi?

Aprisa.—¡Hola! Juan Rugbi! Juan!

Rugbi.—Estoy aquí, señor.

Caius.—Eres un Juan Rugbi y un animal Rugbi. Ea! Toma tu sable y ven á la corte pisándome los talones.

Rugbi.—Está listo, señor, aquí en el pórtico.

Caius.—Por vida mía, que demoró demasiado. ¿De qué me olvido? ¡Ah! Allí hay unos medicamentos en el armario. No quisiera olvidarlos por nada de este mundo.

Aprisa.—¡Ay, Dios mío! Va á encontrar allí al mozo, y se pondrá como un vive Cristo!

Caius.—¡Diablo! diablo! ¿Qué hay en mi armario? (Sacando afuera á Simple.) ¡Villano! ¡ladrón! Rugby, mi espada!

Aprisa.—Señor, tranquilizaos.

Caius.—¡Pues hay de qué estar tranquilo!

Aprisa.—Este es un mozo honrado.

Caius.—¿Y qué tienen que hacer los hombres honrados dentro de mi armario? Ningún hombre honrado tiene á qué venir á mi armario.

Aprisa.—Os conjuro para que no seáis tan flemático. Escuchad la verdad. Él vino donde yo con un recado del cura Hugh Evans.

Caius.—¿Y bien?

Simple.—Sí, en conciencia; para rogarle que.....

Aprisa.—Paz, os ruego.

Caius.—Paz á tu lengua. Dime el cuento tú.

Simple.—Á rogar á esta honrada señora, vuestra doncella, que intercediese para con la señorita Ana Page en favor de mi amo, á fin de hacer el matrimonio.

Aprisa.—Eso es todo, ciertamente. Pero no meteré yo la mano al fuego, ni necesito hacerlo.

Caius.—¿Es sir Hugh quien os ha enviado? Dameun poco de papel, Rugbi. Y vos esperad un momento.

(Escribe.)

Aprisa.—Harto me alegro de que esté tan tranquilo. Si se hubiese impresionado mucho, ya le habríais oído poner el grito en el cielo, y con poca jovialidad. Sin embargo, haré por vuestro amo cuanto pueda; pero el sí y el no dependen de mi amo el doctor francés. Y digo mi amo, porque, ya lo véis, estoy encargada de su casa, lavo la ropa, hago el pan, preparo la comida, pongo la mesa, hago la cama, la deshago, y tengo que hacerlo todo.

Simple.—Pues debéis tener bastante peso sobre los brazos.

Aprisa.—¿No os parece? Ya veréis si es una carga pesada. Levantarse á la madrugada y acostarse tarde. Pero no obstante (os lo digo en secreto, pues no deseo que se hable de ello), mi amo en persona está enamorado de la señorita Ana Page; pero á pesar de todo, yo conozco la mente de la señorita: ella no piensa en el uno ni en el otro.

Caius.—Vé, galopín; entrega esta carta á sir Hugh. ¡Voto á sanes! Es un cartel de desafío. Le cortaré el pescuezo en el parque, y enseñaré á este ganapán de cura á entrometerse en lo que no le atañe. Marchaos: no tenéis que hacer aquí. ¡Vive Dios! Que he de cortarlo en dos, y no le dejaré ni manos para tirar una piedra á su perro.

(Sale Simple.)

Aprisa.—El infeliz no habla sino por su amigo.

Caius.—Eso nada importa. ¿No me decís que Ana Page ha de ser mía? Por vida de...! que he de matar á ese intruso clérigo, y ya he encargado al posadero de la Liga que mida nuestras armas. Por mi alma, que he de tener á Ana Page para mí solo!

Aprisa.—Señor, la damisela os ama, y todo irá bien. Debemos dejar hablar á las gentes. ¡Pues no faltaba más!

Caius.—Rugbi, ven conmigo á la corte. Por mi vida, que si no tengo á Ana Page, te planto en la puerta de la calle. Sígueme, Rugbi. (Salen Caius y Rugbi.)

Aprisa.—Lo que tienes es una cabeza de imbécil. No, demasiado bien conozco á Ana Page; ni hay en Windsor quien sepa sus intenciones mejor que yo; ni, gracias á Dios, quien haga más que yo por ella.

Fenton.—(Desde adentro.) Hola! ¿Hay alguien en la casa?

Aprisa.—¿Quién está ahí? Acercaos, os ruego.

(Entra Fenton.)

Fenton.—¿Qué tal, buena mujer? ¿Te sientes bien?

Aprisa.—Lo mejor que su señoría puede desearme.

Fenton.—¿Qué nuevas? ¿Cómo está la bella señorita Ana Page?

Aprisa.—Y por cierto, señor, que es bella y gentil y honrada; y, lo diré de paso, buena amiga vuestra, gracias sean dadas al cielo.

Fenton.—¿Te parece que haré cosa de provecho? ¿No perderé mi tiempo en cortejarla?

Aprisa.—En verdad, señor, que todo depende de la voluntad del que está arriba; pero puedo jurar sobre un libro, que os ama. ¿No tiene vuestra señoría un pequeño lunar encima del ojo?

Fenton.—Ciertamente que sí. ¿Y bien?

Aprisa.—Pues en ello hay todo un cuento. ¡Qué alegre humor el de Ana! Pero, jamás probó pan una doncella más honesta! Una hora entera hablamos ayer de ese lunar. Estoy seguro de que nadie sino ella sería capaz de hacerme reir. Pero, en verdad, es muy propensa á la melancolía y los ensueños; á no ser por vos. Bien; adelante.

Fenton.—Bueno. La veré hoy. He aquí un poco de dinero para ti. Háblale en favor mío, y si la ves antes que yo, salúdala á mi nombre.

Aprisa.—¿Que si lo haré? Ya lo creo que sí. Y diré á vuestra señoría algo más sobre el lunar la próxima vez que podamos hablar confidencialmente; y también de otros pretendientes.

Fenton.—Bien: adios. Estoy muy de prisa en este momento.

(Sale.)

Aprisa.—Dios acompañe á vuestra señoría. Honrado caballero, en verdad; pero Ana no le ama; pues yo conozco su mente tanto como quien más. Acabemos de una vez. ¿Qué se me olvida?

(Sale.)

Delante de la casa de Page.

Entra la señora PAGE con una carta.

Entra la señora PAGE con una carta.

SEÑORA PAGE.

Cómo! ¿En los alegres días de mi belleza habré escapado á las cartas de amor, y me veré ahora expuesta á ellas? Veamos:—«No me preguntéis por qué os amo, pues aunque el amor toma á la razón por su médico, jamás lo ha tomado por consejero. Ya no estáis en la primavera de la juventud ni yo tampoco, y he ahí un motivo de simpatía. Sois alegre y también lo soy. Pues más simpatía por ello. Gustáis del jerez seco y yo también. ¿Quisiérais mayores causas de simpatía? Sea suficiente para ti (si al menos el amor de un soldado puede ser suficiente) el saber que te amo. No diré compadécete de mí, porque no es frase que cuadre bien á un soldado. Pero diré «ámame.»

»Tu caballero lealque irá á combate mortalpor tu amor,y que con luz ó sin luzse hará romper el testuzpor tu favor,Juan Falstaff.»

»Tu caballero lealque irá á combate mortalpor tu amor,y que con luz ó sin luzse hará romper el testuzpor tu favor,Juan Falstaff.»

»Tu caballero lealque irá á combate mortalpor tu amor,y que con luz ó sin luzse hará romper el testuzpor tu favor,Juan Falstaff.»

¿Qué Herodes de Judea es este? ¡Oh mundo bellaco, pícaro mundo! Echarla de joven y galante quien se está desmoronando de puro viejo! ¿Qué acto inmeditado ha podido sorprender en mi conversación y trato, este flamenco borracho, que así se atreve á emprender conmigo? Pues si apenas ha estado tres veces en mi sociedad! ¿Qué decirle? Entonces me contenía para no reirme, ¡Dios me perdone! Presentaré una moción, para que llevada al Parlamento sirva de freno á los hombres. ¿Cómo haré para vengarme? Porque de vengarme tengo, tan cierto como que él tiene de budín las entrañas.

(Entra la Sra. Ford.)

Sra. Ford.—¡Señora Page! Creedme que iba á vuestra casa.

Sra. Page.—Y yo os aseguro que me dirigía á la vuestra. Tenéis el aire de estar sufriendo mucho.

Sra. Ford.—No por cierto, no lo creeré nunca. Tengo algo que mostrar en prueba de lo contrario.

Sra. Page.—Pues á fe mía, que para mi modo de ver parecéis muy enferma.

Sra. Ford.—Bueno: que sea como decís. Pero dije que puedo mostrar algo para probar lo contrario. ¡Oh señora Page; aconsejadme!

Sra. Page.—¿De qué se trata, mujer?

Sra. Ford.—¡Oh mujer! ¡Á qué alto honor podríayo llegar, si no fuera por un frívolo escrúpulo de respeto!

Sra. Page.—Pues vaya enhoramala el escrúpulo y echad mano de ese honor. Bagatelas á un lado. ¿Qué cosa es?

Sra. Ford.—Podría entrar en la orden de la caballería, con sólo consentir en irme á los infiernos por una eternidad, ó una friolera semejante.

Sra. Page.—¡Cómo! ¡Tú mientes! ¡Sir Alicia Ford! Estos caballeros son todos unos benditos y así no deberías alterar la condición de tu alcurnia.

Sra. Ford.—Perdemos lastimosamente el día. Leed esto, leed y contemplad el modo como puedo alcanzar la orden de caballería. Mientras me venga á las mientes el observar la diferencia en los gustos de los hombres, pensaré lo peor acerca de los gordos. Sin embargo, él no habría dicho un juramento por nada del mundo: ensalzaba la modestia de las mujeres, y era tan ordenado y circunspecto en su reprobación de todas las inconveniencias, que yo habría jurado á favor de la entera consonancia entre sus sentimientos y sus palabras. Pero la verdad es que unos y otras no concuerdan mejor que elmisererede los salmos con la tonada de «las mangas verdes.» ¿Qué borrasca hizo que esta ballena con cien toneladas de aceite en la barriga, viniese á varar en Windsor? ¿Cómo me vengaré de él? Se me ocurre que lo mejor sería entretenerle con esperanzas, hasta que el diabólico fuego de la lujuria le hiciera derretirse en su propia grasa. ¿Quién ha oído jamás cosa semejante?

Sra. Page.—Carta por carta; pero los nombres, Page y Ford, son diferentes. He aquí, para consuelo tuyo en este misterio de malos pensamientos, la hermana gemela de tu carta; pero que la tuya sea la primer nacida y la natural heredera, pues protesto que la mía no lo será jamás. Respondo de que él tiene unmillar de estas cartas con el blanco necesario para llenarlo con nombres diferentes; y estas son de la segunda edición. Sin duda alguna las hará imprimir, pues no le importa lo que ponga en prensa, desde que querría ponernos á nosotras dos. Por lo que á mí respecta, más me gustaría ser un gigante, una mujer Titán y tener sobre mí el monte Pelión. Verdaderamente que antes podría encontrar veinte tortugas lascivas que un hombre casto.

Sra. Ford.—Pues por cierto que son las cartas en todo iguales. La misma escritura, las mismas palabras. ¿Qué ha pensado de nosotras este hombre?

Sra. Page.—No lo sé, en verdad. Tentada estoy casi de armar quimera á mi propia honradez. Seguramente me tendré yo misma en el concepto que tendría de mí quien ignorase completamente lo que soy; pues á menos que haya descubierto él en mí algún lado débil que yo misma no conozco, jamás habría podido tener la audacia de abordarme de semejante modo.

Sra. Ford.—¿Llamáis á esto abordaje? Pues ya lo he de poner yo suspendido sobre cubierta.

Sra. Page.—Yo haré otro tanto. Venguémosnos de él; démosle una cita; aparentemos alentarlo en sus galanteos; y con una demora gradual y suave, llevémosle hasta que empeñe sus caballos al posadero de la Liga.

Sra. Ford.—Mientras no sea empañando el lustre de nuestra honestidad, consiento en cualquiera bellaquería contra él. ¡Oh, si hubiese visto esta carta mi marido! Habría sido un alimento eterno para sus celos!

Sra. Page.—Pues mírale ahí que viene; y mi buen esposo con él. Tan distante está de tener celos, como yo de darle causa para ellos; y esto, me atrevo á decirlo, es una distancia inconmensurable.

Sra. Ford.—De las dos, sois la más feliz.

Sra. Page.—Consultemos juntas acerca de ese gordo caballero. Venid conmigo.

(Se retiran.—Entran Ford, Pistol, Page y Nym.)

Ford.—Bueno: espero que no será así.

Pistol.—Espero es en muchos negocios un perro sin cola, un carro sin ruedas. Sir Juan es aficionado á tu esposa.

Ford.—Pero, hombre! si mi esposa no es joven!

Pistol.—El hace la corte á la dama y á la fregona, á la rica y á la pobre, á la joven y á la vieja, una tras otra, ó dos ó más á la vez. Le gusta la variedad. Ponte en guardia, Ford.

Ford.—¡Ama á mi mujer!

Pistol.—Con un calor de quemarse. Toma tus precauciones, ó te vas á encontrar de repente como aquel sir Acteón, que tenía al otro sobre los talones. ¡Oh, y qué nombre tan odioso!

Ford.—¿Qué nombre, si gustáis?

Pistol.—El nombre de cuerno. Adios. Para mientes y abre el ojo, pues de noche es cuando los ladrones están en pié. Y no esperes hasta que llegue el verano y empiecen los cuclillos á repetir la cantinela. En marcha, señor cabo Nym. Créele, Page; te habla en razón.

Ford.—Tendré paciencia hasta descubrir lo que haya en esto.

Nym.—Y es la verdad. No gusto de mentiras. Hízome agravio en algunos caprichos. Yo debía haber llevado aquella pícara carta á vuestra esposa; pero tengo una espada que me ayudará á satisfacer mi necesidad. Lo que hay en todo esto es que él ama á vuestra esposa; y lo digo y lo sostengo, como que mi nombre es Nym. Es la verdad, y Nym me llamo, y Falstaff anda enamorado de vuestra esposa. Adios. No me antojo de venderme por pan y queso, y es toda la fantasía que hay en ello.

(Sale Nym.)

Page.—«La fantasía que hay en ello,» ha dicho.Vaya un mozo capaz de volver la fantasía en sandez.

Ford.—Buscaré á Falstaff.

Page.—Jamás he oído á un bribón tan relamido y tan pesado.

Ford.—Si descubro esto, veremos.

Page.—Yo no daría fe á semejante charlatán, así respondiera por él el cura del pueblo.

Ford.—Hablaba como hombre de seso y de buena índole. Veremos.

Page.—¿Tú por aquí, Margarita?

Sra. Page.—¿Á dónde váis, Jorge? Escuchad.

Sra. Ford.—¿Qué ocurre, querido Frank? ¿Por qué estás melancólico?

Ford.—¡Melancólico! No: no estoy melancólico. Volved á casa, id.

Sra. Ford.—Juraría que tienes ahora alguna cavilación que te calienta el cerebro. ¿Queréis venir, señora Page?

Sra. Page.—Soy con vos. Vendréis á comer, Jorge. Ved quien llega. (Aparte á La señora Ford.) Ella será nuestro mensajero para el caballero bellaco.

(Entra la señora Aprisa.)

Sra. Ford.—Confiad en mí. Yo había pensado en ella, y es muy apta para el caso.

Sra. Page.—¿Venís á ver á mi hija Ana?

Aprisa.—Ciertamente, y os ruego me digáis ¿cómo está la señorita Ana?

Sra. Page.—Venid con nosotras y la veréis. Tenemos que conversar largamente con vos.

(Salen la señora Page, señora Ford y señora Aprisa.)

Page.—¿Qué tal, señor Ford?

Ford.—¿Oísteis lo que me dijo aquel bribón, no es verdad?

Page.—Sí; ¿y oísteis lo que me dijo el otro?

Ford.—¿Creéis que hablan de buena fe?

Page.—El diablo cargue con ellos. ¡Esclavos! No pienso que el caballero propusiera tal cosa; pero estos que le acusan de malas intenciones respecto de nuestras esposas, son una pareja de criados despedidos, que se hacen aún más pícaros ahora que se ven sin servicio.

Ford.—¿Eran sirvientes suyos?

Page.—Sí que lo eran.

Ford.—Pues razón de más para que la cosa me guste menos. ¿Se hospeda en la Liga?

Page.—Allí mismo. Si tal propósito abrigara él acerca de mi esposa, yo se la dejaría accesible sin estorbo alguno; y si consiguiera de ella otra cosa que una buena reprimenda, que me la claven en la frente.

Ford.—Yo no desconfío de mi mujer; pero se me haría pesado dejarlos entregados á sí solos. Puede pecar un hombre por exceso de confianza; y no quisiera yo, por cierto, que me clavaran nada en la frente. No es así como puedo quedar satisfecho.

Page.—He ahí á nuestro pomposo posadero de la Liga, que se acerca. Ó tiene vino en la testa, ó dinero en la bolsa, cuando parece tan alegre. ¿Cómo va, posadero mío?

(Entran el posadero y Pocofondo.)

Posadero.—¡Hola, mi gran picarón! Tú eres un caballero; caballero juez, digo.

Pocofondo.—Soy con vos, mi buen posadero. Buenas tardes, excelente señor Page, una y veinte veces. ¿Querríais venir con nosotros? Tenemos entre manos un pasatiempo.

Posadero.—Contadle, caballero juez, contadle, gran tuno!

Pocofondo.—Pues, señor, hay un duelo pendiente entre el señor Hugh, párroco galo, y el doctor francés Caius.

Ford.—Bien, amigo posadero de la Liga. Deseo hablaros una palabra.

Posadero.—¿Qué dices, gran bribonazo mío?

(Se van á un lado.)

Pocofondo.—(A Page.) ¿Queréis venir con nosotros á presenciar el lance? Mi alegre posadero ha tenido el encargo de medir las armas; y, á lo que pienso, les ha señalado sitios opuestos, porque, creedme, sé que el párroco no es hombre de gastar bromas. Escuchad y os diré en qué consiste nuestro juego.

Posadero.—¿Tienes algo contra mi campeón, mi caballero huésped?

Ford.—Nada, por vida mía; pero os obsequiaré con una botella de Jerez rancio si me introducís á él diciéndole que mi nombre es Brook. Es una mera chanza, pura jovialidad.

Posadero.—Venga esa mano, mi bravo. Tendrás entrada y salida francas. ¿Es bien dicho? Y te llamarás Brook. Es un caballero jovial. ¿Queréis venir, corazones míos?

Pocofondo.—Soy con vos, amigo posadero.

Page.—He oído decir que el francés maneja bien su espada.

Pocofondo.—Bah! Más podría yo decir. En estos tiempos todo se vuelve distancias, y pases, y estocadas, y qué sé yo qué más. Pero el asunto es el valor, señor Page, es el corazón aquí, aquí. Hubo tiempo en que con mi espada larga os habría hecho, á los cuatro gallardos mozos que sois, escabulliros como ratoncillos.

Posadero.—Vamos, muchachos, vamos. ¿Hemos de eternizarnos aquí?

Page.—Á vuestras órdenes. Preferiría una disputa entre ellos á una lucha.

(Salen el Posadero, Pocofondo y Page.)

Ford.—Aunque Page es loco de remate y descansa con tanta seguridad en la fidelidad de su esposa, yo no puedo prescindir de mi opinión tan fácilmente. Ella estuvo en compañía de él en casa de Page, y no se me alcanza lo que harían allí. Bueno, examinaré esto más de cerca. Tengo un disfraz para sondear á Falstaff. Si encuentro que es honrada no habré perdido mi trabajo; y si resulta que no lo es, será trabajo bien empleado.

(Sale.)

Cuarto en la posada de la Liga.

Entran FALSTAFF y FISTOL.

Entran FALSTAFF y FISTOL.

Falstaff.—No te prestaré ni siquiera un penique.

Pistol.—Pues entonces haré del mundo una ostra y la abriré con mi espada. Devolveré la suma en equipos.

Falstaff.—Ni un penique. He tenido á bien dejaros tomar mi nombre para que tomaseis dinero sobre prendas. He atormentado a mis amigos para que vosy vuestro compinche Nym obtuviérais tres prórrogas; ó de lo contrario habríais tenido que ir á parar tras de las rejas, como un par de monos enjaulados. Tengo el alma condenada al infierno, por haber jurado á caballeros amigos míos, que erais buenos soldados y bravos mozos, y cuando la Sra. Bridget perdió el mango de su abanico, respondí sobre mi honor de que tú no lo habías tomado.

Pistol.—¿Y no tuviste tu parte? ¿No recibiste quince peniques?

Falstaff.—Reflexiona, bribón, reflexiona. ¿Te imaginas que he de poner mi alma en peligro,gratis? En una palabra, no procures estar colgado de mí, que no he nacido para ser el patíbulo en que te han de colgar. Vete. Una cuchilla poco larga y un poco de muchedumbre, te hacen falta. Vete á tus dominios de Pickthatch, vete. No queríais llevar una carta mía, bribón! Hacéis punto de honor! Por vida mía, has de saber tú, insondable bajeza, que lo más que puedo hacer yo mismo es mantener íntegras las circunstancias de mi honor. Yo, yo, yo mismo, algunas veces, dejando el temor al cielo en mi mano izquierda, y ocultando en la necesidad mi honor, me veo precisado á buscar astucias, á acechar, á sorprender; y sin embargo vos pretendéis esconder vuestros harapos, vuestra figura de gato montés, vuestros dicharachos y vuestros brutales juramentos, bajo la capa de vuestro honor! No, no lo haréis nunca!

Pistol.—Cedo. ¿Qué más podéis exigir de un hombre?

(Entra Robin.)

Robin.—Señor, hay aquí una mujer que desea hablaros.

Falstaff.—Déjala entrar.

(Entra la Sra. Aprisa.)

Aprisa.—Buenos días á vuestra señoría.

Falstaff.—Así los tengas, buena esposa.

Aprisa.—No de esa manera, si place á vuestra señoría.

Falstaff.—Pues entonces, buena doncella.

Aprisa.—Y que podría jurarlo, como mi propia madre cuando me dió á luz.

Falstaff.—Lo creo aun sin juramento. ¿Qué se ofrece conmigo?

Aprisa.—¿Me permitirá su señoría hablarle una palabra ó dos?

Falstaff.—Dos mil, honrada mujer, y te concedo audiencia.

Aprisa.—Señor, hay una señora Ford—os ruego que vengáis un poquito más cerca.—Yo resido en casa del Dr. Caius.

Falstaff.—Bueno. Adelante. Decíais que la señora Ford.....

Aprisa.—Mucha verdad dice vuestra señoría. Os suplico que os acerquéis un poquito más.

Falstaff.—Te aseguro que nadie nos escucha. Esas gentes son de mi servicio: de mi servicio.

Aprisa.—¿En verdad? Dios los bendiga y los haga buenos servidores suyos.

Falstaff.—Bien; pero ¿qué, á propósito de la señora Ford?

Aprisa.—Por mi vida, señor, que es una criatura inmejorable, un alma de Dios! ¡Ay señor! ¡Ay señor! Y qué travieso es vuestra señoría! En fin, que el cielo nos perdone, á vos y á todos nosotros!

Falstaff.—La señora Ford..... Vamos al caso. La señora Ford.....

Aprisa.—Pues allá va todo el asunto en dos palabras. Le habéis trastornado la cabeza de una manera asombrosa! No podría haberlo conseguido el mejor de cuantos galanes luce la corte cuando viene á Windsor. Y os aseguro que han venido caballeros y lores, uno tras otro, en sus carruajes. Os lo aseguro, coche tras coche, carta tras carta, presente tras presente, y todo tan lleno de olor de algalia y tan envuelto en oroy seda, y con mensajes en tan elegantes términos y tan almibarados con la más fina y mejor azúcar, que no habría habido corazón de mujer capaz de resistir. Pues á pesar de todo, os garantizo que no consiguieron ni una guiñada. Yo misma recibí esta mañana un obsequio, veinte ángeles; pero desafío á todos los ángeles á que consigan nada por otro camino que la honradez. Ni el más encopetado de todos logró alcanzar de ella, vamos, lo que es un sorbo de una taza; y eso que había condes, y lo que es aún más, pensionistas! Pero os aseguro que con ella todo sale á lo mismo.


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