La mujer en amoreses leña verde,que llora, se resistey al fin se enciende;luego, encendida,ni resiste ni llora,pero suspira...
La mujer en amoreses leña verde,que llora, se resistey al fin se enciende;luego, encendida,ni resiste ni llora,pero suspira...
La mujer en amoreses leña verde,que llora, se resistey al fin se enciende;luego, encendida,ni resiste ni llora,pero suspira...
La mujer en amores
es leña verde,
que llora, se resiste
y al fin se enciende;
luego, encendida,
ni resiste ni llora,
pero suspira...
Decíase que era Gil quien daba al aire su despecho con el cantar; y a Malgor le consolaban aquellas ingenuas interpretaciones que le suponían dichoso.
Pero se le escaparon lentamente las últimas esperanzas; iban haciéndose frágiles: insostenibles, remotas, perdían hasta el contorno vago de la ensoñación, y se desvanecieron al fin: el pobre iluso quedó frente a la realidad.
Era un enfermo que sólo hallaba ojos apiadables y cuidado caritativo donde él quería el amor y la salud.
En vano procuraba dominar sus tribulaciones y sufrir menos para no empeorar; estaba advertido de los riesgos a que se exponía en cada fuerte emoción, y por evitar la violencia de una sola iba amasándolas juntas en un continuo padecer. Debilitada por el duro ejercicio, se relajó algunas veces su paciencia; sentía aplomado el corazón; una desesperada rebeldía, un deseo inextinguible de vivir y de gozar, le llevó en ocasiones a mostrarse receloso: clavó las pupilas inquiridoras y desconfiadas donde antes las había posado con extrema reverencia, y Dulce Nombre tuvo la certidumbre de que su sacrificio no servía siempre de consolación.
Ella, al roce de la vida y de los duelos, afirmaba su carácter recio y claro y se cumplía a sí misma todas las promesas de silencio y de lealtad. En ocasiones, el amor le dolía sólo como un mal exquisito que la dejaba aguardar sin grave pena, atento a la confianza el corazón juvenil. Hallábase entonces mejor apercibida contra las impaciencias del esposo y aparentaba muy bien no cansarse a su lado, no ofenderse de su vigilancia, vivir en un sueño de olvido y de resignación.
Luego, de súbito, se le convertía la espera en un castigo cruel, lloraba el malogro de su juventud, sentía irrespirable el aire inerte de la casa; soportaba la cadena con demasiado esfuerzo, y el marido le veía su triste verdad inmóvil en los ojos.
Era el invierno muchas veces el causante de estos desmayos. Bajaba desde la espina fragorosa de la sierra con las nubes atormentadas por la tempestad, y se extendía en el valle como un viento de espanto, un mes y otro, cuajándose en lluvias y en nieblas, en cierzos y nieves.
Si por casualidad cesaba de llover se endurecían los caminos bajo los cristales de la escarcha mientras el sol ardía sin calentar; y en el tránsito frío de las noches se congelaba la luna recostada en las cumbres, extraña y despavorida, con una tristeza insufrible.
Y Dulce Nombre volvía a sentir en el alma un dolor conocido: el amargor del llanto de otros días. Lanzábase con intrepidez a las derrotas, duras, que parecían de piedra, se dejaba atravesar por las agujas del hielo, errante por el campo marchito, hasta que abrían los astros sus flores amarillas.
Entonces regresaba al hogar con un anhelo dañoso, inútilmente desechado: podía encontrar al marido agonizante, sin luz ya y sin voz la pálida cabeza.
Se estremecía indignada contra el maligno deseo.—¡No, no!—se decía—tiene que vivir; le debo cuidar; que no sufra...; que no sospeche... Le quedan muchos años... ¡hasta quince!
Los contaba por los de su hija:—Uno, dos, tres...—llegaba a siete y gemía:—¡Falta el doble!
Unas lágrimas silenciosas, incesantes, seguían aumentando el agua profunda de su corazón...
Cuando en el solsticio de diciembre había reinado el Sur, podía suceder que apareciesen unos días templados y ventosos; y los recibíala muchacha con pánico, como a los más evocadores de sus penas y sus presentimientos. Sentíase agitadísima, con necesidad imperiosa de bajar al molino, de recorrer el bosque donde las ramas se retorcían igual que serpientes y el río se iba largo y bullicioso, llevando al mar la nieve derretida de los montes.
En aquella abertura estruendosa de la vega no había un movimiento ni una resonancia que no sirviesen de conmemoración a la hija de Martín, y revolvía sus recuerdos con invencible atractivo, padecida y lastimera, hundiéndose en las voces amadas y temidas; el rugido de los árboles, el clamor de la corriente, la masticación de las piedras moledoras, le producían crisis de llanto, accesos de terrible desesperanza.
Recobraba de improviso las energías sólo con sentir el primer soplo refrigerante de la primavera. Los pensamientos de Dulce Nombre hallaban una anchura consoladora en los surcos del campo abiertos como heridas, fugitivos por el valle en una cava olorosa y morena; y el abandonado gabinete del molino, abierto depar en par a la brisa de los montes, albergaba de nuevo la espera y la tortura de aquella mujer.
—¡Necesitas menos sueño que un pájaro!—le solían decir los que la encontraban de víspera bajo el oscuro estremecimiento de la noche, y la veían madrugadora igual que el sol, despabilada y diligente, buscando los caminos de la hierba a lo largo del ansar.
—Sí—respondía, agitada con la palpitación del aire, sonriendo sin saber por qué.
Y, en la aceña, besaba a Camila delicadamente, saludaba a su padre con amistad. No le había perdonado nunca, de palabra, ni siquiera con una sílaba como aquel susurro que una vez depositó en el oído del esposo: verdad era que a Martín no se lo hubiera ocurrido jamás pedirle a su hija perdón. La muchacha dejó de estimarle y de quererle, y consumidos los primeros tragos de su amargura, tornó a recibirle con afable costumbre y a observarle con cierta curiosidad.
—No le conozco—seguía diciéndose—; ¡es un extraño para mí!
Le veía ajeno en absoluto a los dolores de ella, sometido a la ambición de poseer caudales inanimados, cosas inertes, y le volvía la espalda con un desprecio triste, algo compasivo: quería olvidar que era su padre aquel hombre serio y habilidoso a quien admiraba mucho el vecindario.
Gustaba Dulce Nombre de repartir el tiempo de sus escapatorias entre la habitación blanca y apacible del molino y el huertuco estallante, donde se henchían los botones y afloraban las hojas tiernas. Padecía y gozaba allí una confusa turbación latiendo con el sordo ritmo de las semillas, sintiendo en la médula de su carne la escondida fuerza de las plantas.
Como si cometiese un delito, se ocultaba con vergonzosa cautela celebrando el regreso de las golondrinas, sorprendiendo a las nacientes mariposas sobre la miel temprana de las flores. Todo el semblante de libación y desposorio que adquiere la campiña primaveral, enardecía de un modo intenso a la mujer, que volvía a escuchar imperiosamente, en elmisterio de su alma, la voz siempre oída, la promesa que el amor le debía cumplir.
Pero sentíase generosa y valiente; pensaba, estremecida, en el troje oscuro del cementerio, doliéndose de la sentencia que acobardaba a Malgor, y se iba junto a él, muy solícita, cada tarde, paseando con lentitud a la orilla de la mies virginal.
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Estasalternativas de sentimiento y de carácter no correspondían al cambio de las estaciones de una manera sistemática, ni mucho menos; eran volubles, aunque Dulce Nombre, campesina y sensible por excelencia, vivía entregada al influjo inmediato de la lluvia y del sol.
La tierra, nuestra primera madre, había criado como suya a la niña de Rostrío, enseñándola a sentir y a querer, y pocos discípulos aprendieron mejor las lecciones agrestes de la selva y el viento, el lenguaje de los astros y delas aguas, el murmullo de las simientes y las raíces. Hija del campo, sin otras experiencias que las de su vida rural, con una educación cristiana harto somera y tosca, la esposa de Malgor no estaba dispuesta para una heroica lucha contra las pasiones. Tenía de la virtud un concepto lógico por instinto de honradez, y rendía a la justicia un tributo de rigurosa lealtad, sin grandes concesiones a las leyes humanas. La imaginación, despierta bajo el cultivo exótico de Nicolás Hornedo, contribuía a exacerbar las rebeliones innatas de la moza, y la naturaleza, bravía y sentimental, la inducía a preferir, entre todos los bienes posibles, el bien del amor: privada de él más le quería y menos estimaba los otros beneficios de la suerte. Rehuyó el trato con los señores del valle, temiendo ser por ellos admitida en condiciones de inferioridad, y seguía comunicándose con la gente de la aldea como antes de la boda, aunque las especiales circunstancias de su ánimo la obligasen a un aislamiento un poco arisco.
Así estuvo más sola con las tentaciones,cada año más hondo el puñal en la herida de su destino; y muchas veces, a despecho de su natural inclinación a la ternura y la clemencia, sentíase cruel; no bastaban las brisas del follaje reciente ni la dulzura generosa de los caminos para aquietar su destemplanza: todas las insinuaciones maternales de la tierra se le convertían en fuego y en pasión.
De tal modo un día, de aquellos que a menudo fueron bienhechores para la triste enamorada, sucedió que el marido la recibió quejoso cuando ella volvía sonriente de un paseo matinal.
—¡Vives fuera de casa!
—Vengo del molino—replicó en tono de disculpa.
—¿Y qué tienes que hacer allí?
—Nada—confesó.
—Yo estoy abandonado y tu hija también.
—¡No es verdad! Salgo al bosque cuando amanece, quitándome del sueño las horas; vengo temprano, y al anochecer, si no me necesitas tú, vuelvo a salir.
—Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a laniña la tendré que poner en un colegio... Sólo te ocupas de vivir... ¡y de esperar!
El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer, envidioso de su salud, y más avariento a cada instante de su hermosura.
Ella redujo la indignación a una opaca sonrisa, y sin descubrir los pensamientos salió de la estancia, muy desdeñosa: nunca la había tratado Malgor con tanta dureza.
Aquella tarde no le acompañó como de costumbre al diario paseo, y creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fué sola y autoritaria a la torre de Luzmela. Sentía una brusca necesidad de expansión. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le haría una visita.
Invernaba Hornedo en Torremar hacía algunos años, después que una herencia le permitió abrirse un poco los horizontes, y las íntimas fiebres de su espíritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero aquella misma dolorosa inquietud le hacía volver con frecuencia al solar, y cada primavera se le convertía enpretexto de un viaje, motivo en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huída.
Estaba entonces allí, recién llegado, endeble y taciturno, sin salir de la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusión con amago de enfermedad; traía el presagio remoto de cimentar una esperanza, y hallábase con la certidumbre de muchas cosas irremediables.
Se encontraba más viejo. En la ciudad apenas se veía a sí mismo, empeñado en distraerse con aventuras más o menos permitidas, deseoso de engañar las horas y el corazón en simulacros de amores y de fiestas; allá los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no sabían mentir: Nicolás estaba más viejo. No obstante, con su dramática palidez y su figura patricia, tenía el caballero de la gleba un porte singular que interesaba mucho a las mujeres: mientras, a él le parecía Dulce Nombre hermosa entre las demás, imposible como ninguna.
Aquella tarde no la esperaba. Aunque eranya buenos amigos se trataban poco y prevalecía en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva penosa: no conseguían volver a la distante serenidad de su cariño.
Cuando el solariego la vió de pronto en su gabinete, levantóse a recibirla con una agitación indecible.
—¡No te muevas!—le suplicó la joven al tenderle sus dos manos: ya no le abrazaba, no sabía por qué, sofrenando los impulsos de la antigua cordialidad—. ¿Estás mejor?; ¿qué tienes?
—Casi nada; un leve trastorno de mis nervios.
Le obligó ella a sentarse y se acomodó en un escabel al lado suyo, como en días más felices.
El padrino la miraba con avidez oyéndola hablar, esquivando encontrarse con toda la luz cándida y fuerte de los ojos dorados.
Y entregada al irresistible anhelo confidencial, contó Dulce Nombre sus cuitas matrimoniales. Malgor era injusto; le pedía cuenta de sus pasos, de sus acciones... ¡hasta de la íntima esperanza...!
—¡Con tal que algún día la realices...! Pero... ¡Dios sabe!—pronunció Hornedo con aquella mansa ferocidad que trascendía desde los abismos de su pasión—. ¡Ese hombre compadecido y mimado, va a vivir más que tú, más que yo..., acaso más que elotro!
Dulce Nombre callaba escondiendo su intensa desolación.
—Sí—añadió el padrino con una sonrisa de hiel—. Apurará todos los plazos que la ciencia le concede... Muchas personas tranquilas y saludables se han muerto desde que él «se tenía» que morir...
—¡Es cierto!—murmuró la joven, sin poder reprimir las palabras.
—Y tú lo sientes, ¿verdad?—preguntó el hidalgo con sutileza tenebrosa, dolido del afán que Dulce Nombre descubría por hallarse libre—. ¿Tú lo deseas?
—¿Desearlo?—musitó indecisa, en lucha su rebelde candor con la brutalidad de la única respuesta.
—Sí; le deseas a tu marido la muerte.
—¡No...! ¡ni a él ni a nadie...! Quiero serfeliz: ¡ya es hora...! Porque está enfermo hay que compadecerle y no contradecirle... Yo, aunque vivo sana, me consumo... ¡y no tengo la culpa de querer a otro!
Hornedo se consumía también, embriagado por la gracia madura y esencial de la moza, admirándose de la ingenua lealtad con que defendía su derecho a un solo amor. En los años acerbos de su matrimonio, ningún hombre se atrevió a poner en ella con osadía la mirada: ni la dolencia del marido, ni la desproporción de las edades, ni aun el silvestre genio de la mujer, arbitrario de suyo, dieron motivo para que la dañase un antojo malsano.
No; seria y triste, aguardaba el cumplimiento de una promesa; estaba comprometida: tenía novio. Si acaso la envolvió Gil, enamoradamente, en una copla o en un suspiro, fué aquello un homenaje rústico del pastor, consentido como de limosna al buen camarada que vivía en el monte, solo con el cielo y la nieve, comiendo pan de maíz y durmiendo en yacijas de piel.
Sentíase Nicolás atormentado y orgullosode que hubiera algo suyo en el carácter firme y transparente de la ahijada; se altivecía pensando que la víctima de los terrores más absurdos había contribuído a formar un alma tan segura y valerosa, y al mismo tiempo le martirizaba aquella reciedumbre que siempre se levantaría inmutable contra él.
Dulce Nombre meditaba, algo pesarosa de lo que dijo, confesándose que en realidad merecía algunos reproches de Malgor: no era una mujer casera y humilde, no era una madre habilidosa y paciente, ni sabía corregir tales flaquezas. El hogar del marido le seguía pareciendo extraño; la niña, después que la cantó el sueño y la echó a andar con deleite maravilloso, se le volvió también esquiva, hasta que perdió su influjo sobre ella: entre el dinero y los halagos, se la hicieron lejana, inclinándola a otros gustos, a otras aspiraciones ajenas a las suyas. Y un sentimiento horrible de soledad tornó a ennegrecer la vida de la moza, abandonada a la quimera de su juventud.
Allí, en el gabinete del padrino, olvidándose de todo para sosegar sus emociones, se reconocía culpable cerca de Malgor.
—Sí, me estorba; es la verdad... ¡me estorba!—susurraba con áspero sufrimiento—. ¿Qué le voy a hacer si es así? Ya aguardé años y años... ¡no puedo más!
Se le derramaba la pasión en el oro líquido de las pupilas, y una honda blancura la penetraba, como si un fuego interno hiciera traslúcida su carne: tenía en los labios sedientos el nombre de Manuel Jesús.
—¿Tanto le quieres?—aludió Nicolás, celoso y adivinador.
—¡Mucho!
—¿Siempre lo mismo?
—¡Siempre...! Más no es posible.
—Pues el plazo cada día es más corto... ¡Si él no se cansa de esperar...! Pero no. ¿Cansarse...? ¡Por una mujer como tú!
Le sonaba tan sorda y desconocida la voz, que la joven se volvió extrañadamente hacia él.
—¿Qué decías?
—Que tú—disimuló apenas, tembloroso,apagando el acento—eres digna de que te esperen... no ya muchos años... ¡aunque fueran siglos!
Y alejó la mirada, loca de angustia, por el hueco del balcón, sobre la pompa inaugural de la selva.
Se quedó observándole Dulce Nombre con un asombro repentino: ¡Qué triste estaba y qué solo en el mundo! ¿Nunca se habría inclinado un gran amor sobre aquella vida callada y enferma...? ¡Nunca!—se respondió con lástima, recordando las veces que le vió macilento y azaroso, errante por la casa y el ansar, como si buscase un refugio... Ella fué, acaso, la única amiga del pobre solariego: evocaba su niñez en la torre, sus escondites y travesuras aventando las melancolías de Nicolás, el celo con que él le daba los regalos y las lecciones... No comprendía por qué se había ensombrecido entre los dos la confianza y la ternura de aquel tiempo.—Debe ser—pensaba—que nuestro destino se cumple, que estamos sentenciados a sufrir a solas, cada uno con sus penas. Sentía un ímpetu vehementede salvar el espacio medroso que la separaba del amigo, de ir hacia él con el alma abierta y asequible. Y le seguía el vuelo de los ojos, afanosa de todas las miradas que se asoman con ansiedad al fondo de los cielos.
Allí las recataba el hidalgo, en las nubes dormidas al sol, desesperándose al percibir tan cercana y sensible la adorable existencia que pudo ser suya. Por ceguedad y apocamiento, dejó que a la niña de su corazón la enamorase un hombre decidido; consintió, después, que se la llevara otro más audaz: la abandonó a una suerte adusta y peligrosa, sin ofrecerle un reinado de amor donde ya le ejercía con los más puros derechos sentimentales.
Tuvo en sus manos el alma ardorosa y despierta y la dejó huir...—¡Me hubiera querido antes de volar!—se decía mil veces en la amargura de sus exaltaciones. Y le parecía una infamia que la mujer de Malgor no pudiera vivir en la torre de Luzmela como señora del valle...
Un atractivo doloroso de pensamientos llevóa la muchacha de repente junto a las ideas tormentosas de Nicolás, rozándolas en una insinuante aproximación.—Esta casa—se dijo suspirando—sí que parece mía: aquí no me encuentro forastera como en «la otra»... Las imágenes de su infancia se levantaron entre los muebles conocidos, se extendían gozosas por los corredores y los camarines, bajaban a los huertos y al jardín.
Dulce Nombre sacudió la cabeza hurtándose a la fascinación de sus memorias.—Sí; este «era» mi único hogar—se repetía sordamente.
Reconcentró al cabo sus meditaciones en Hornedo, que continuaba inmóvil, muy pálido, sin atreverse a hablar.
—¡Ya no puedo consolarle!—pensó llena de solicitud—. ¡Está solo como yo... ¡pobre padrino...! ¡Y qué guapo es!—añadió con orgullo, sorprendiéndole, en un atisbo certero, el fervor silencioso de las pupilas, la mano aristocrática, el porte señoril.
La conmovía un profundo enternecimiento. Se levantó para despedirse; doblóse impulsiva y rozó con los labios cariñosos la frente de Nicolás.
—¡Adiós, padrino!
Él la tuvo así tan confiada y devota que tembló intensamente. Había recibido todo el baño de luz de aquellos ojos, el ardor de la boca purpurina...
—¡Adiós!—logró decir con desvaído gesto, a punto de desmayarse.
Y Dulce Nombre, por darle ánimos, ofreció desde la puerta, con la voz clara y benigna:
—¡Volveré pronto!
Minutos después la vió Nicolás perderse en el esplendor oscuro del bosque; bajó los párpados, que le estampaban una sombra lívida en el rostro, y murmuró con infinito desconsuelo:
—Antes que vuelva tengo que huir...
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Fuécierto que al día siguiente se marchó Nicolás para no volver a Luzmela en mucho tiempo.
Lo supo Dulce Nombre con un dolor parecido al desengaño; sentíase desairada en su intento de reconstruir un albergue a la más noble amistad de su vida. No era posible: alguna razón inquebrantable se oponía a este propósito. Y la muchacha, quejosa de su padrino, aun se dolía de la grave tristeza que arrastraba él por el mundo, como una maldición.
Decíase en el valle que el señor de la torrepensaba ir al extranjero y vivir muchos años lejos del solar. Hubo desilusiones entre las señoritas que no perdían la esperanza de un buen casamiento: la prima de Esquivel y la talluda infanzona de Barreda se disputaron gratuitamente el honor de una romántica viudez.
Pocos meses más tarde se despedía Dulce Nombre de su hija sin protesta, con un sentimiento callado y acerbísimo. Decidió Malgor internarla en un colegio ciudadano, y la misma esposa la fué a llevar en un día de otoño húmedo y triste.
La niña era ya una mujer de trece años, arrogante y hermosa. Tenía, como su madre, la figura gentil, los ojos dorados y profundos, la risa trinada, la voz caliente y musical; pero variaba un poco en la expresión, más imperiosa y dura, espejo de una crianza llena de caprichos y satisfacciones. María ostentaba en las pupilas mayor oscuridad, más sombras en el pelo, y carecía de aquel nimbo rubio de la madre, caído en las sienes como finísima corona.
Estuvo conforme en el colegio porque llegaba allí el oro de su padre concediéndole preferencia y garantías, y en tres años, sólo durante unas cortas vacaciones llevó a su casa un poco de bullicio.
Había muerto la abuela; el indiano, envejecido y mustio, padecía una repetición frecuente de los ataques anginosos, y contemplaba todas las cosas con una mirada yerta y fija, de ultratumba, ejercitándose en la virtud de acrecentar merecimientos para la vida eterna.
El quería decirse:—No tengo sed porque puse mi boca en el cielo. Trataba de consolarse a sí mismo, pensando, cómo la existencia del hombre es un soplo de aire que va y viene, mientras las almas perduran en su Dios con la fuerza indestructible de lo imperecedero. Mas, cada una de sus meditaciones, por grave y honda que la hiciese, le traía a morder la carne de la vida, a prevenirse, como último recurso mundano, ese oleaje de memorias y bendiciones que verbera para los escogidos en las orillas de la fosa.
Hizo su testamento mostrándose generoso hacia Dulce Nombre, con el extremado afán de sobrevivir en el ánimo de ella por medio de la gratitud: como en vida procuró dejarle independencia y expansión, para merecer sus favores, pretendía desde la sepultura solicitarlos aún, seguir viviendo de una manera digna en la amada que jamás logró enteramente poseer, de la que nunca tuvo lo más codiciado y adorable en el amor. Le dispuso un cuantioso legado, sin traba ninguna, le aderezó con frases muy laudatorias a la paciente compañera, y aun llevó su magnanimidad hasta proteger de un modo considerable a Manuel Jesús en los acuerdos relativos al negocio cubano, haciendo constar que el mozo le había prestado en la joyería habanera servicios importantes, y que, por su honradez y provechosas gestiones, merecía del testador un trato cariñoso. No faltaban en este documento donativos a los pobres, mejoras para Luzmela, sufragios abundantes por el triste que se despedía con horrenda incertidumbre.
Porque el hombre mortal no conseguía desinteresarse de los bienes humanos, y a menudo una lumbre oscura de los ojos delataba su transitoria ambición por los dulcísimos goces imposibles.
En aquellas horas de codicia terrenal, vigilaba Malgor con paso de moribundo el semblante de su mujer, suponiendo que le contaba los días en espera del «otro», entregada a un acecho irresistible. Un frío interior le hacía temblar, su palidez se revestía de un tono gris que daba espanto, y aunque Dulce Nombre estuviese muy absorta en cuidarle, sin ninguna mala tentación, percibía sobre el enfermo el hálito de la «gran ciega» como un aviso piadoso de la futura libertad, y era cierto que entonces agrandaba los ojos, olvidados en la visión luminosa de la dicha.
Así, frente a frente marido y mujer, solos con su irreparable inquietud, escucharon la transcendencia de cada rumor en las albas tardías del invierno, en el espacio tenebroso de las noches, y todavía con mayor ansiedad cuando los hervores de la primavera estallaban silenciosos bajo el perfume del heno y de los lirios, cuando el verano henchía las venasdel sol y echaba las mariposas a volar como flores enloquecidas.
Y aquellas dos almas en tortura se temían sin odiarse, alejadas por el corte helado de un pensamiento, juntas en la trágica perturbación de otear un año y otro los senderos de la muerte...
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Havuelto a su casa la niña de Malgor. El padre la considera instruída tal como a una señora corresponde, y se enorgullece mirándola en plena posesión de un destino feliz. Es hermosa, rica, saludable, inteligente: sus alegrías pasan floreciendo sobre el hogar oscurecido por un drama recóndito que ella está muy lejos de comprender.
Algunas veces, cuando era chiquitina, se quedaba suspensa entre sus padres, tan distanciados por la edad, y les hacía esas cándidas preguntas de los niños que a menudo provocan un desolado rubor.
Hoy les ve juntos con más extrañeza que antes, porque razona y entiende como una mujer. Pero nada les dice: ha puesto en la vida su mirada brillante y risueña que no quiere temblar.
Tiene la muchacha un carácter enérgico, algo indómito; no ha sufrido nunca la disciplina de una severa educación ni el peso de la contrariedad; sus antojos, de continuo satisfechos, se exacerban con las dificultades y crecen a medida que se logran: la costumbre de mandar y de exigir la inclina, en ocasiones, a las actitudes violentas, al gesto duro y la brusca determinación.
Verdad es que estos resabios de la mala crianza, puesta al servicio de una herencia impetuosa y ardiente, los atenúa la niña a cada paso con su expresión de inocencia y juventud, con la gracia de su melancolía y el hechizo de su hermosura. Así el egoísta endiosamiento con que vive para sí propia, con frecuente exclusión de los demás, se le ablandaen las pupilas refulgentes, llenas de curiosidades y de luz, en el encanto imperioso de las sonrisas y las palabras.
Y aunque es meditativa y soñadora al influjo de la raza y del país, huye de la tristeza de sus padres como de un mal, y procura olvidarla en el sereno regocijo de su corazón.
No han faltado lenguas torpes que le cuenten a María el noviazgo de la antigua molinera y hasta la razón de que el molino pertenezca al abuelo Martín. La añeja historia y las observaciones de la realidad, aseguran a la muchacha que su madre ha sido una víctima de la suerte, víctima voluntaria, puesto que se humilló al sacrificio cuando pudo resistirse a él con todos los fueros humanos.
Para la niña de Malgor no existen leyes por encima de las pasiones; ella juzga las cosas de un modo indiscutible y definitivo, divididas en dos clases: las que convienen y las que repugnan; es decir, las que se aceptan y las que se rechazan. Como no comprende la vida sin los beneficios del oro, discurre que, de seguro, la pobre molinera de antaño, necesitada deescoger entre el dinero y el amor, se quedó reflexivamente con el dinero; cambió el hábito miserable por la categoría señoril y puso el más firme cimiento a una existencia nueva, encaminada a las materiales ambiciones.
Siéntese la muchacha complacida por los bienes que disfruta como resultado de aquella lejana lucha sentimental, y sólo reconoce en su madre una causa providente de que la hija esté en el mundo, regalada y dichosa, arrostrando un envidiable porvenir.
Pero las definiciones de María sobre este particular no son demasiado crueles, porque las hace a flor de pensamiento, con una niebla mentirosa en el alma, sin ahondar mucho en ninguna cavilación. Los quince años altivos y triunfantes le producen un deslumbramiento engañoso; todo lo percibe al través de su tendencia dominadora, y aun se atribuye rasgos de suma generosidad. Cuando va por la calle y la miran con devoción, vuelve la cara sonriendo a la gente, como si dijera:
—Vaya, os haré el favor de consentir que me admiréis un poco más...
Para mayor adorno suyo tiene la niña una madre bella y moza que parece una hermana, y a la que es fácil suplantar en cuanto significa dar órdenes, exigir tratamientos y revolver novedades. Es María la que decide ahora los menesteres decorativos de la casa, con el beneplácito del padre, muy orgulloso de tan buena disposición.
Y Dulce Nombre les deja hacer, algo intimidada y resentida, alejándose cada vez más de la criatura, a quien tuvo en los brazos con franca adoración. Una frialdad incomprensible las separa; se quieren y se desconocen: la madre siente el imperio de la hija como una nueva opresión, y se encuentra más sola que nunca, perdida en desconsoladas confusiones ante el cariño sagrado, que también se le resiste, con enemiga terquedad.
Nada más semejante en apariencia que estas dos mujeres. Viéndolas juntas se distingue a la madre porque tiene la estatura más elevada, el color más pálido y moreno, más honda la brasa de las pupilas y los labios más curvos. De cerca, su caliente madurez contrasta con lafragilidad de María; pero si hablan vuelven a ser iguales, de tal modo, que oye la una en la otra el rechazo de su propia voz.
Están unidas por la carne y la belleza, apartadas por un obstáculo sombrío; se miran a la entraña de los ojos sin estremecerse bajo la raíz cordial del sentimiento, y Dulce Nombre piensa, conturbada, que un hijo de la sangre puede convertirse en un intruso cuando no le ha concebido también el corazón...
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Desdeque la niña ha salido del colegio manifiesta el padre más depurada y continua la virtud de la conformidad, aunque devora con más pesadumbre todas las amarguras del remordimiento.
Porque en la muchacha alegre y victoriosa vive la imagen de aquella otra niña que él arrastró al matrimonio con inquebrantable resolución llena de egoísmos. En aquel tiempo Dulce Nombre era corporalmente igual que esta colegiala moderna. ¡Así tuvo de límpidos los ojos, que no saben olvidar el llanto de aquellos días! Nunca rió con toda la boca, no puso toda el alma feliz en un cantar, ni el interés en un capricho, ni la satisfacción en un goce. Habitó silenciosa y triste en la casa opulenta como si no fuera suya, prestando el oído a los rumores distintos, clavando la mirada en los rostros invisibles; dijo frases benignas, estimulada por la caridad, y dió al marido el calor de su pecho juvenil que ardía con la esperanza de otro amor... En ciertas horas demasiado turbias, sufrió con el espíritu martirizado y negro: era inocente y sentía la conciencia nublada por el dolor y el pecado.
Hoy la hija repite aquel aspecto infantil y gracioso de la madre, con idéntica hermosura, con los mismos años, pero en la plenitud de la ilusión, entre risas y promesas; domina y triunfa, es dueña de su casa y de su libertad: pone los ojos sin lágrimas en todos los anhelos.
Y las compara Malgor, arrepentido, medroso, temiendo purgar en la niña nueva el tormento de la niña desgraciada, volviéndose hacia su mujer con el ánimo penitente y el labio trémulo, ansioso de premiarla en desagravios y recompensas interminables.
Pero la ve tan moza, la supone tan cercana al desquite soñado, que se retrae dolido y mudo, encadenado a su despecho. Aunque languidece bajo un cansancio espantoso de la carne marchita, los deseos retoñan en él con misteriosa fuerza primaveral. Y huye de Dulce Nombre disimuladamente, buscando a la niña como un lenitivo y un refugio que no siempre consigue.
Porque María se aburre en su casa, y después que dispone en ella alguna innovación o la alborota con el revuelo de sus inquietudes, se marcha de visita por el valle, donde cada vecino la recibe con agasajo, y los mozos de fuste la rondan con admiración.
Ya sabe la colegiala coquetear y elegir con la fantasía el hombre presentido, uno que no ha llegado: ese que debe aparecer de un momento a otro... y siempre tarda.
Durante sus paseos incansables por el campo le gusta mucho a María detenerse en la torre de Luzmela, escudriñar la casa del padrinoen los escondites más curiosos y tener con el hidalgo un poco de conversación. La seduce aquel hombre retraído y zahareño que vaga por sus jardines lo mismo que una sombra y ocupa la torre como un asceta.
Hace un mes que regresó de Madrid, donde estuvo dos años sin decidirse a ir más lejos. Viene muy arisco, pero el mal incurable de su misantropía interesa a cuantas mujeres le conocen y enamora a las que le celan con alguna esperanza. Un halo de romanticismo sublima la figura de Nicolás, a quien su amor frenético y silencioso empuja a la Montaña. No olvida que los médicos señalaron un plazo eventual a la vida de Malgor y acude, a pesar suyo, como lasnétiguas, oteando la muerte.
Y ha encontrado a su amigo en la misma actitud de espera y de zozobra, algo más viejo y cobarde, más desguarnecidas las sienes, más apagado el acento; ha visto a Dulce Nombre con nueva sazón en la hermosura; ha escuchado, tembloroso, aquella palabra lenta y acariciadora que le recrimina:
—Te marchaste sin decirme adiós y no me has escrito en dos años: ¡ya no me quieres!
Unas disculpas azoradas y torpes, una visita casi ceremoniosa, y Hornedo se ha escondido en su rincón, desesperado y adusto.
Allí le suele buscar María, golosa de la rareza del solitario, atraída a la torre por la anchura resonante de las estancias, por la solemnidad de los muebles, por el aire pesaroso del tiempo detenido como en un remanso; la chiquilla es una mariposa que se embriaga y aturde cuando llega hasta el padrino al través de corredores y gabinetes. Porque no ha tomado el gusto a la casa desde pequeña, ni la ha descubierto y sentido con las primitivas imágenes de la niñez como Dulce Nombre, sino que, extraña a este cariño del solar viejo, irrumpe entre las cosas del pasado con una sorpresa fascinante, más bien antojo, no exento de cierta impresión temerosa.
Hay en el palacio de Nicolás una mescolanza de lujo antiguo y de trastos inútiles, conservados por desidia; aposentos vacíos, con el solado crujiente, que no atraviesa la colegialasin correr; ostugos donde en ocasiones encuentra el ama de llaves, sin saberlo, un trozo de madera con embutidos de nácar y marfil; un herraje valioso; una estofa deshilachada que ha valido un dineral. Los salones mejor compuestos son áridos, hostiles, fríos aunque los bañe el sol; algunos constituyen la torre, y en aquella parte de la casa habita Nicolás, que ahora mismo recibe a María y la escucha cerrando los ojos.
—¿No quieres mirarme?
—Sí, mujer; es que has abierto el balcón y me estorba la luz.
—Pues le vuelvo a cerrar.
Dirigióse hacia el fulgor dorado y rico de la solana, recibiéndole con intrepidez en el oro claro de las pupilas, mientras el hidalgo continuaba adormeciendo las suyas. Entornó las puertas, y por la única rendija libre al soplo cálido y ligero de la tarde, entró un haz de chispas animadas.
La niña de Malgor sigue hablando, sentada otra vez en su escañil; refiere historias pueriles del colegio y de la ciudad, noticias aldeanas que le han dado en el molino. Tiene un gracejo delicioso, una suave presunción en cuanto dice y en la manera de expresarlo.
Pero Nicolás no atiende a las palabras sino al acento; le percibe absorto y le confunde con el de la otra ahijada. Es la misma voz, con iguales insinuaciones tónicas, un método inconsciente que abre y cierra las cláusulas en íntima sonoridad. Y, hambriento de engañarse, el enamorado se quiere sustraer a la hora presente y vivir la hora lejana; procura hallar en la niña de hoy a la de ayer, compañera inocente convertida en amor irremediable.
Entretanto María se cansa de hablar sola:
—Qué, ¿no me contestas?—dice.
Hornedo vuelve, con trabajo, de la consoladora ensoñación.
—¡Ah, sí...! Te contesto lo que tú quieras.
—¡Vaya! No me haces caso: me voy.
Él la detiene, extremoso, rendido:
—¡Si te escucho con embeleso!
Aunque la muchacha no comprende el sentido fervoroso de la protesta, nota su desconocida dulzura, y posa de nuevo en el banquillo:
—Pues cuéntame lo que has hecho en Madrid.
Habla Nicolás maquinalmente, sólo por ver cerca de sí aquel retrato vivo de la amada, que le fatiga el corazón. Quiere a la niña con morbosa ternura. Cuando la mira directamente le hace daño verla, un daño traducido en doloroso rencor, en odio a la dicha que tuvo el hombre rival. Pero si la contempla al través de los deseos, bajo la sombra de las evocaciones, descubre a la criatura siempre adorada, y revive el calvario de su pasión entre las nieblas del encanto y del martirio, con un trastorno que le enloquece y abate. De estas escapadas a la quimera retorna Hornedo hasta la realidad más enamorado cada día; para él Dulce Nombre continúa siendo la mujer incomparable, con todos los prestigios de la belleza y el candor, con la aureola del sufrimiento y la honradez, y aún con las gracias de la maternidad y el hechizo supremo de lo imposible... Podría elegir una esposa entre damas de alcurnia, y se da cuenta del misterioso cautiverio que padece; supone que el atavismo familiar, la infusión de sangre plebeya en sus antecesores, le obliga al culto de la moza ruda y selvática lo mismo que el país, recia en el amor y en el deber, subyugada a la tribulación como la inolvidableniña de Luzmela. Y siente que se cumplen en él los augurios de un destino dramático, con desgarradora fatalidad: es el heredero de una culpa, de una desgracia, de una pasión...
—¿No sabes—dice María cuando se distrae Nicolás—que me pretende tu sobrino, el hijo de Esquivel?
—¿El mayor?
—Sí... ¿Qué te parece?
—Muy bien. ¿Y a ti?
—Me gusta poco... No es mi tipo.
El hidalgo sonríe a la petulancia de la chiquilla, tan diferente a la sencillez de su madre, y, por no malograr la confidencia, pronuncia:
—Mariano es buen mozo y lleva muy adelantada su carrera de médico.
—¡Ya, ya¡, pero... no es mi tipo.
—Y tu tipo, ¿cuál es?
—¡Qué sé yo...! Es otro: el de un hombre que sepa más del mundo, que no sea estudiante y que haya corrido muchas aventuras.
Los ojos visionarios de María resplandecen de curiosidad. Está esperando al viajero que llegue con el polvo de las lontananzas, cabalgando en la bruma del porvenir. Y como si ya tardara en recibirle, se levanta nerviosa; presenta la frente al padrino, y sale cruzando la casa con el rumor ligero y menudo de sus tacones.