VILA PENITENCIA

Estáninapetentes los tres comensales y la colación, silenciosa y ligera, se despacha en cinco minutos.

Sale Martín, como todas las noches, del molino, hermético el rostro, mesurado el ademán. Camila recoge los cacharros de la cena y no pregunta a Dulce Nombre qué se le pierde fuera de casa a tales horas; la ve atravesar el cortil, oye quejarse a la vilorta del huerto, comprende que la muchacha acude a una cita de amor, y se cruza de brazos con su natural sentimiento de cavilación y pesadumbre. Ella quiere a la niña con blando corazón de abuela; se puso a cuidarla desde que la madre la dejó en la cuna, y se derrite en inútil desvelo por aquella juventud solitaria y briosa, llena de pasión: la muchacha es para Camila un secreto inviolable, un misterioso hechizo, la única razón de vivir y padecer...

Es el huerto breve y humilde, asurcano del bosque; tiene un plantel de legumbres, una colonia de rosales; macetas con semilleros, trepadoras que suben a la casa; el cercado es de espinos, la portilla exterior de madera gimiente como la del corral.

En aquélla se para Dulce Nombre midiendo la sombra con los ojos fijos y empañados, rotos los pensamientos por el dolor. Ya debía estar allí Manuel Jesús, que nunca se hace esperar.

Tienden las nubes su dosel oscuro sin el raudal celeste de los astros; los hálitos del viento se han dormido y en las ramas curvas de los árboles desfallecen las hojas antes de caer.

Dulce Nombre se agita en la soledad esperando al que no llega, anhelante de amor y desconsuelo. A cada segundo pierde una esperanza; aguza el oído con el afán de sorprender unos pasos en la trocha que desde el ansar conduce hasta Cintul.

Pero el ritmo secreto de la noche late con los arroyos desgajados de las montañas, con el río que huye serenado y el tiempo que se filtra en los arcanos de la eternidad. Ningún otro rumor tiembla en el aire, y la sensación de un estado transitorio oprime la conciencia de la moza: siente que el augusto ensueño de su alma fluye también, en el continuo deslizarse de las corrientes de la vida.

En el reloj de Luzmela se abren las horas con unas campanadas apacibles: son las diez.

—¡Qué tarde!—murmura la niña, y rompe a llorar con desesperación infantil; le parece que está sola en el mundo, ¡no arde en la noche más estrella que la de su corazón!

En el egoísmo de su quebranto olvida la muerte silenciosa de las flores deshojadas al lado suyo, el temblor de las plumas abandonadas por el otoño en el seno de los nidos: la muchedumbre de tristezas consumidas a cada instante en el eterno devenir.

Se dobla sollozando, convulsa, desmayadas las trenzas en los hombros, con la frente escondida entre las manos, y su queja late por las costas del río, perdida en el murmullo de las aguas: es un átomo nuevo del dolor que va a nutrir los rugidos misteriosos de la mar.

Aun se resiste Dulce Nombre a su fracaso; escucha con avidez, registra la sombra, lleva los ojos a las nubes como si buscase en sus repliegues la clave del enigma, y al fin retorna al molino en la más cruel desolación, sin comprender una palabra del oscuro libro de los cielos.

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A la misma hora, en Cintul un hombre enamorado y voluntarioso mordía su dolor, campo afuera, por el vero del ansar.

Muchas veces tomó un camino y otras tantas desanduvo los pasos: aquel hombre era Manuel Jesús.

Había ofrecido a don Ignacio Malgor partir a la mañana siguiente, y embarcarse en Torremar para Cuba a los tres días. Deseaba cumplir su promesa y no sentía remordimientos por haberla empeñado, aunque envolviera una renuncia al amor de Dulce Nombre.

Llegó a este acuerdo después de una batalla dolorosísima entre la conciencia y la pasión, frente a extraño rival que abordaba el asunto de una manera insólita:

—Los dos pretendemos a esa niña: yo me puedo casar con ella inmediatamente, rodearla de comodidades y de halagos, poner a su alcance los bienes de la tierra, ¿y tú?

—Puedo sólo hacerla esperar, mientras aguardo a ser labrador.

—¿Y entonces?

—Será mi labradora.

—¿Atada al yugo de tu pobreza?

—Sí.

—¿Envejecida y doliente como tu madre?

—¡No lo sé!

—Imagínala esclava de las mieses, lavandera, leñadora, con la hermosura perdida, los hijos desnudos, el cansancio en el alma, el tedio al pan de maíz.

—Me quiere.

—Bien—dijo el indiano; y trató de sonreír, herido como estaba por el áspero aguijón de los celos—. Te quiere hoy, con un amor de niña que no resistirá las vicisitudes de la miseria.

—Pero que ni se compra ni se vende—replicó el mozo con orgullo, algo vacía la entonación.

—Sin embargo, yo le vengo a comprar.

Estas palabras no eran viles porque las redimía la amargura, un duelo noble y puro, confesado con generosa modestia.

—Tengo dinero—añadió el hombre rico—y voy a ver si le puedo convertir en un poco de felicidad; pero voy a este único deseo de mi vida honradamente, abiertos los brazos y el corazón: escucha.

Habló con transparentes frases, con el acento persuasivo y hondo. Su riqueza era un mérito adquirido en heroica lucha contra la suerte; él fué un emigrante desamparado y mísero; hizo fortuna sin dañar el interés ajeno, y aquel oro tenía un valor tan estimable y lícito como el de los blasones o el de la juventud: le quería negociar. Iba derecho a su ilusión con energía y franqueza. No tenía tiempo que perder.

—Pero hay otras mujeres—protestó Manuel Jesús, cautivado, no obstante, por aquella intrepidez clara y singular.

—No hay otra para mí; es tan niña, que aun puedo modelar su alma; es tan despierta y sensible, que acaso llegue a confundir la gratitud con el amor.

Siguió diciendo cómo la trataría, con qué delicadezas y ternuras, con qué intenciones de hacerse perdonar el atrevimiento de ser feliz. Había sido joyero muchos años; pasó los días trabajosos de la emigración en el comercio de las piedras preciosas, manejando esmeraldas y zafiros, perlas y brillantes: sus dedos tenían la costumbre de guardar tesoros, de conocer las cosas bellas y pulcras. El contacto de los metales finos, de los cristales resplandecientes, le habían hecho artista y cuidadoso. Dulce Nombre sería para él como una joya, la más cara del mundo.

Bajo el imperio de aquella fuerte voluntad, Manuel Jesús veía a la novia lucir en el estuche de un esplendoroso destino, y la perdía lejana, brillante y libre igual que un astro, mientras se abrían inesperados horizontes para otras vidas tristes que también adoraba el mozo. Hasta seis hermanitos suyos podíanlibrarse de la esclavitud labradora; la madre, enferma, tendría descanso y remedio; el hogar arruinado lograría restauración, y aquel monte durísimo para los brazos del estudiante, aquella mies esquiva y rebelde, se cambiarían por el comercio de alhajas valiosas en el oficio ilustre de lapidario; sometido a la rauda evocación sentíase ya preso entre anillos y cadenas de oro y esmaltes, impulsado a una existencia remota allende la mar.

Y de pronto la memoria le recordaba con íntima lucidez a Dulce Nombre. Se erguía la imagen, combatientes las agudas lanzas de las pupilas, llena la voz de cosas enamoradas y pueriles, el talante gallardo, el gesto luminoso...

—¿Qué me contestas?—repetía Malgor, intranquilo, leyéndole en la cara las vacilaciones.

Pensaba el novio en la cita próxima, la primera obtenida en una cómplice soledad.

—¡Nada!—repuso, ciego de codicia y tentación; y se quedó sombrío, callado, irreductible.

Había recibido la visita fuera de su casa por no tener dentro adecuado lugar, y se paseaban los dos hombres por una llosa cercada de abietes, hecha ya la recolección de su mies, con almiares de paja y los portillos en abertal.

El terreno sube por el monte como toda la aldea de Cintul, dominando los contornos de la serranía, el valle y la hoz. Dobleces de la propia montaña esconden los demás pueblos comarcanos; en la hondura blanquea el molino del ansar entre el boscaje roto por el viento de octubre.

Don Ignacio Malgor no se daba por vencido. Con una tenacidad imperturbable seguía diciendo sus propósitos de una manera llana y rotunda: la voz se le iba con el ábrego, mansamente, como un rezo de los caminos.

Ya salían los chiquillos de la escuela y algunos se paraban ansiosos en la rotura de la sebe. Manuel Jesús reconoció a tres de sus hermanos puestos en guardia, sorprendidos y avizores. Poco a poco fueron entrando en la cortina, para jugar con los zuros abandonados de las panojas. Estaban mal vestidos, enseñando las carnes cenceñas bajo el deterioro de la ropa: tenían descalzos los pies.

Dos mujeres cruzaron entonces por la brecha del seto, con pesados coloños en la cabeza, y también se quedaron paradas, indiferentes a su cansancio abrumador, llamando a los niños, como un pretexto para observar a los rivales.

Eran Encarnación y su hija Clotilde, una moza tierna y endeble que seguía en edad al estudiante fracasado. La carga de leña le cubría las facciones, y sólo se adivinaba su juventud por las trenzas rubias y desbordantes como espigas reventonas, pendientes sobre la espalda.

De súbito la madre tiró al suelo el haz de fajina, sentóse en él y empezó a limpiarse el sudor de la frente con el delantal, mientras desde lejos procuraba descubrir alguna resolución en el aire lóbrego del hijo.

La muchacha, inmóvil, monstruosa bajo su coloño, parecía una esfinge.

En ella ponía el hermano su atención, llenode lástima por aquel esfuerzo silencioso, y seguro de que Dulce Nombre trabajaría así, malograda y fallida hasta envejecer, si no la rescataba un gran milagro.

Los niños se acercaron a las mujeres, obedeciendo algo remolones, y como dijo la madre que había descansado ya, le ayudaron los tres a cargar de nuevo con la leña.

Iba la tarde consumiéndose; el austro, muy caído, se acostaba en el rastrojo de los maíces. Las nubes ensombrecían la sierra galopando sobre la hoz, y se confundían con el río escribiendo silenciosos renglones en el agua.

Seguía Manuel Jesús escuchando siempre a Malgor, transido, impenetrable, sin apartar los ojos del grupo que formaban las dos coloñeras y los niños. Vió a su madre levantar la carga otra vez, y notó que a Clotilde al andar se le cimbreaba la cintura con un temblor angustioso, como si fuera a romperse. Los rapaces se alejaban volviendo la cabeza hacia su hermano con una expresión que él tuvo por una súplica infinita. Y de repente miró a surival con altivez, levantó las manos a la altura del pecho como si tirase de algo muy recóndito, y dijo una frase poderosa, arrancada de su corazón:

—Me embarco sin ver a Dulce Nombre: lo juro... por ella.

Una hora más tarde bajaba Encarnación al molino con la noticia en los labios y el contento en el alma. No sentía la separación de su hijo, imbuída por el gozo de verle marchar hacia una suerte feliz, arrebatado a la novia pobre, devuelto a la obligación de proteger a la familia como cuando estudiaba para cura. Luego que la madre tomó su desquite, presurosa y vengativa, sintió que era suyo el dolor de la enamorada; tuvo arrepentimiento de haberla hecho sufrir; quiso abrazarla y pedirla perdón: ya Dulce Nombre estaba insensible a todo lo que no fuera el tormento de su desengaño.

De vuelta a Cintul aun tenía que padecer Encarnación por sus ilusiones maternales; el hijo no venía a cenar; andaba solo y amargo por la orilla del pueblo; alguien le vió caminode la aceña: iba, sin duda, a faltar a su palabra, a romper su compromiso con Malgor.

Y era cierto que el mozo estaba a punto de rendirse; su carne obedecía a un misterioso imán, llevándole por los senderos conocidos en violenta lucha con los propósitos espirituales.

Desde los confines del lugar medía con obstinación una sola ruta: el recuesto, las praderías, un puente, la selva, y allí le esperaba Dulce Nombre, en el huerto solitario. Le parecía escuchar la risa fogosa de la muchacha, su voz caliente engarzada en el suave tejido de los tonos, sus promesas acendradas y puras.

En aquel momento sentía por su novia una pasión a la vez dulce y terrible.

Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volvía a subir, huyendo de sí mismo.

Así estuvo hasta que cuajó la noche y las montañas más erguidas se cubrieron con el manto de la sombra.

Empujado por el soplo de la oscuridad rondó el molino desde el bosque, vió palpitarsus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las cercanías del huerto; sentía un bárbaro deleite en mortificarse allí a dos pasos de la dicha, cuando era más fuerte que nunca el aroma del monte y el viento había volado como un águila a dormirse en las cumbres.

Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jesús.

Pero el llanto del río se llevó los sollozos de la niña sin que el amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fué un secreto de la temblorosa penumbra.

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Latorre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte y el río, al acoso del arbolado.

Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre triste y receloso. Nicolás de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco años; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por línea directa de un matrimonio advenedizo que dió mucho que hablar en la comarca porque heredó el palacio y los bienes anejos sin ostentar los apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno sobre las fincas.

Una historia de amor, oscura y extraña, fué el origen de la herencia, y al través de dos generaciones viene a ser Nicolás el único representante de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montañeses.

Aquella pareja intrusa, puesta en posesión de la casa, inesperadamente, por testamento del solterón don Manuel de la Torre y Roldán, tuvo una sola hija a quien desposó un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la muchacha nació un varón que hizo bodas con una señorita de Esquivel: éstos eran los padres de Nicolás. Murieron jóvenes, y dejaron tan mermada la fortuna, que el huérfano logró apenas hacer sus estudios de abogado y conocer un poco la vida de la ciudad.

No llegó a ejercer la profesión; una rara melancolía, con tintes de aburrimiento y pesadumbre, le fué apartando de la sociedad, y acabó por encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decaída, pero capaz aún de mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombrío.

Algo morboso existe en la hurañía de estehombre, que se enternece por cualquiera emoción y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado al desahogo de la pena ignorada que le consume.

Él no sabe por qué se esconde ni cuál es el motivo de su tristeza; siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espíritu visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de pasiones y ansiedades ajenas.

De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legítimo, señores del palacio por misteriosa virtud; él, hijo de una labrantina soltera, vivió siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le hizo médico y le dió un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareció en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia. Regresó don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se la conocía con el nombre dulce y significativo dela niña deLuzmelay nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero señor, el cual, al morir, dejó los caudales a sus protegidos, igual que si fuesen dos hermanos. Pero, después de algunos episodios novelescos, la niña y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido todavía.

Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles, con sigilo dramático y escandaloso, a la vez que se envuelve a los protagonistas en un aura de reverencia y estimación, y se guarda su memoria entre las más queridas del país. Vivieron enamorados y felices, seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se conserva entre las páginas remotas con interesante palidez, como en un libro una flor.

Aquel perfume de simpatía y de malignidad estremece al heredero de Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasión.

Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa, apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epístola de amor: el delito supuesto no parece.

Y no obstante le busca Nicolás en la sombra, a lo largo de su vida, obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su torre como un penitente de la enfermiza curiosidad.

A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasía el flaco bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones, aunque le mira con la vaga aprensión de que en él resurgen los remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen.

Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada vez más, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen; si leabandonan siente el desdén como una herida mortal: así acrece su tragedia y se lastima la salud.

Pero en la vida oscura del misántropo resplandece un rayo de sol.

Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicolás desde que la vió crecer y aficionarse al palacio con una devoción humilde y alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos.

Tenía la nena el privilegio de no recoger más que las sonrisas felices, de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un bálsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron a buscar a la pequeña como una medicina para las crisis angustiosas de su señor: si el molinero hubiese querido, la niña viviría siempre allí, regalada por Nicolás.

Nunca el padre lo consintió; él no perdía su derecho sobre la criatura propia, y sólo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y permitía que el señorito la educara a su modo, con finuras exóticas para una pobre molinera.

Por su parte, Nicolás, avaro de la chiquilla, con la gula de un hambriento, no pensaba más que en el gozo de verla, ni parecía enterarse de que ya era una mujer y que él mismo le había despertado la sensibilidad y la imaginación con lecturas románticas y lecciones poéticas.

Le dijeron que tenía la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar, tímido ante una directa averiguación que rompería la infancia de Dulce Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la historia paternal y romántica de don Manuel de la Torre yla niña de Luzmela...

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Elseñorito y el indiano hicieron su amistad en la niñez, con esa pueblerina democracia que junta a los niños en la escuela y en la calle, entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una misma libertad.

Lecciones en el aula concejil, estímulos de un premio en el examen, escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios.

Nicolás, que ya empezaba a ser irresoluto, sentía predilecciones por Ignacio, mayor que él, atrevido y fuerte, con menos inclinación alos libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le prestaba con frecuencia a su amigo los puños y el coraje, mientras el niño caviloso del palacio correspondía a la solicitud del camarada enseñándole una lección o resolviéndole un problema aritmético en el pizarrín.

Por aquellos años andaban a la escuela, también, con otros muchos galopines, Antón, hijo del campanero, y Martín Rostrío, ya casi mozo, asistente a las clases nocturnas con aprovechada condición: los dos tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicolás.

Pero no tardó el señorito en marcharse a un colegio burgués, ni el futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcándose para Cuba.

Antes de aquella separación Martín le dijo a Ignacio, medio en broma:

—En cuanto hagas fortuna, compras a «éste» el molino del ansar y me le arriendas a mí.

«Éste» era el niño infanzón, que iba a decir alguna cosa cuando el viajero repuso, con una certidumbre serena:

—Dentro de diez años.

Y no habló una palabra Nicolás, pensando con supersticioso terror que las fincas de Luzmela tendrían que ser para su amigo.

Entretanto Martín sonreía, seguro de un arriendo beneficioso que le diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antón en el colmo de la codicia:

—¡Para entonces seré yo campanero!

Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de cara al porvenir.

Hoy se cumplen las profecías del pasado: Martín dispone del molino y Antón de las campanas; Ignacio compró hace tiempo muchas posesiones de Nicolás; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos árboles de su niñez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz...

En esta mañana otoñal, pálida y dulce, llegó diligente el indiano a la torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quería casar con la hija de Martín.

Le miró Hornedo muy despacio, lleno deasombro, y dijo con temblorosa interrogación:

—¿También...?

—¿Cómo también?

—Sí; te has llevado lo mejor de mis bienes... ¡déjame a Dulce Nombre!

—Pero, ¿la quieres tú?

—¿No lo ves?

Alzóse lívido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba:

—Ahora lo veo...

—¡Es mi hija, mi compañera, la única amistad que me importa!

—¡Ah!—el indiano comprendía y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las exaltaciones frecuentes de Nicolás—. Siendo así—acabó—, bien puedo hacerla mi mujer sin estorbar a tu cariño.

—¡No! ¡Me la quitas!

—Otro te la quitará, ¿no sabes que tiene novio?

—Es una niña.

—Es una moza.

—Y si tiene novio—gritó Hornedo, crespala voz y la actitud—, ¿cómo se ha de casar contigo?

—¿A ti que más te da...? ¿O es que protestas sólo contra mí?

—¡Que haga su gusto!

—Se casaría entonces con él.

—¿Qué dices?

—No me quiere; la compro.

-¿Qué...?

Tuvo que sentarse sin esperar contestación porque se estremecía como una hoja, colérico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad.

Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el solariego se había dejado caer en el sofá y a su lado Malgor, sin levantarse de la silla, hablaba límpidamente, con su acostumbrada manera superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde necesitaba exponer a Manuel Jesús. Iba a casarse en seguida con Dulce Nombre; lo tenía dispuesto así y no podía esperar: la muchacha era su única ilusión. Para el novio habría otros amores cuando estuviera ensituación de tomar estado, después de trabajar con amplitud y bien protegido en el negocio de la joyería... El haber traficado con las piedras preciosas y los metales ricos servía de admirable educación para tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces, medallones... un comercio frágil y sutil que predisponía a las dulzuras del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud del esposo...

Malgor estaba de pie: no se le ocurría nada que añadir.

Cumplió el propósito de anunciar a su amigo la boda, como un acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tenía mucho que hacer.

Tendió la mano a Nicolás que permanecía silencioso, inmóvil, con la mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared.

Insistió el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distraído alargó la diestra con un movimiento glacial, y quedóse allí mudo, atónito, mientras salía Malgor al travésde salones desmantelados y pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de comer.

Apenas sus pasos se dejaron de oír en la casona, cuando Hornedo se levantó del sofá, entró en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se echó de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de raído sobrecielo...

Moría la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el hidalgo de Luzmela seguía tumbado en su lecho, sacudido por los sollozos.

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Desveladay madrugadora sale Dulce Nombre de la aceña a buscar el refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el corazón. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto más la dilata por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el río.

Se le agudiza así la sensibilidad con unafuerza misteriosa y percibe todos los rumores, hasta los más ocultos y remotos; sabe hoy de una manera extraña que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las semillas que pacen en la tierra, de todas las raíces que trituran su alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto.

Llega a la torre y le dicen que el señor anda malucho; aunque suele madrugar, todavía no se ha levantado.

—Esperaré que despierte—responde, y pregunta: ¿desde cuando está enfermo...? porque anteayer le vi.

—Pero ayer—arguye Rosaura intrigante y curiosa—le marearon los amigos; el indiano primero; después, ya de anochecida, tu padre: vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti...

—Puede ser—murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud.

Siguen hablando las dos mujeres, de codosen la solana, viendo crecer el día, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos años de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se le nubla la frente arrugada por la edad.

Se abre de súbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo el dintel de su gabinete. Está palidísimo; un aliento de insomnio le rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia densidad.

Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la alteración aguda del enfermo.

—Sabes, padrino, lo que me sucede, ¿verdad?

—Sí.

—¿Ha venido a decírtelo mi padre y también... ese señor?

—También.

—¿Qué has contestado?

Nicolás apenas se puede sostener.—Entra—murmura, y va a sentarse en un sillón. Cierra los ojos; no ha visto que la niña se acomoda junto a él en un escañuelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le acaricia al repetir:

—¿Qué respondiste?

—¡Que están locos!

—¡Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden embarcar a Manuel Jesús; le han engañado; dicen que le han convencido... ¡No lo puedo creer... Tú me ayudarás a detenerle, a salvarme! ¡Le quiero lo indecible!

Se había levantado, intrépida, febril, y echaba los brazos al cuello del padrino con mimosa persuasión.

El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la moza; la miró como nunca a la cara; le vió de un modo nuevo el color trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la cabellera oscura, la tez dorada.

—¡Déjame!—grita de improviso, alzándosetambién, con señales de incomprensible terror.

Huye al otro lado del aposento, y la niña, que le debe sólo una desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de semejante dureza. Necesita el cariño de aquel hombre, el apoyo de su autoridad para erguir una última esperanza, y va humilde a solicitarlo.

—Padrino. ¿Qué tienes...? ¿Estás malo de veras?

Se le aproxima, fijándose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad lastimosa; no sabe él mismo si para asirse a algo que le sostenga o para recibir a la muchacha.

Ella se las acoge muy ferviente y le habla con íntimo desvelo.

—Sí, estás malo; tienes calentura.

Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor.

Nicolás ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura de la voz que le compadece, y acaba por balbucir:

—Estuve mal anoche: ya me siento mejor...

—Pues mírame. Levanta él los ojos con trémulo parpadeo:

—¿Qué me pides?

—¡Ayúdame!

—¿Cómo?

—Haciendo que no se marche Manuel Jesús; le obligan, le engañan, sin duda, y yo me voy a morir...

—¿Tanto le quieres?

—Más que a todas las cosas de este mundo; mucho más que a mi padre y que a la vida. ¡Le quiero para toda la eternidad!

Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmáticas en Dulce Nombre y pronuncia con torva lentitud:

—¡No sabes lo que dices...! Si él se marcha es porque le conviene, y tú debes casarte con Malgor.

—¡Padrino!

—Es un hombre formal y está enamorado de ti.

—¡Ay! No lo entiendo; antes me diste la razón... ¡Me dejas sola tú también!

Y la niña desconoce el pálido mirar de su amigo, la esquivez adusta con que habla y rehuye el amparo que le va a pedir.

—¡Estoy sola, sola...!—repite con aflicción, mientras Nicolás cierra los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena alborotada.

Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta.

Está Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lívido, parece un muerto.

Al través de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa compasión, no sabe de qué.

—Adiós—dice con la despedida llena de lágrimas.

—Adiós—murmura como un eco el hombre inasequible.

La molinera sale del gabinete por el carasol lo mismo que había entrado, y allí se para indecisa sin saber qué rumbo tomar, con el triste azoramiento de un ave que tuviera las alas rotas.

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Elviento del otoño ha segado ya todas las flores; Manuel Jesús está muy lejos.

La molinera llora, pero oculta sus lágrimas y permite que en la ciudad le confeccionen los atavíos nupciales.

Para las amigas, para los vecinos, la moza se casa contenta, orgullosa, al cabo, por merecer la predilección del rumboso pretendiente.

Ella disimula todo lo posible su interna cuita y logra engañar a los observadores, no muy perspicaces. Sólo algunos ojos, los de Tomasa, por ejemplo, no se equivocan: muerden las apariencias de aquella conformidad yhunden su averiguación hasta la pena viva de la abandonada.

En el horizonte limitado de los hechos, Dulce Nombre ha sido vendida por su novio. Y le han dolido desesperadamente, primero el amor, después la dignidad.

No conoce las mudanzas del sentimiento y se abate al desengaño sin comprenderle, enferma de zozobras, con un peso de plomo en el corazón. Su espíritu, cándido y salvaje, tiene una sana rectitud; puesto que fué traicionada es preciso que olvide al traidor.

Ningún medio más práctico, a su parecer, que el de casarse con otro: quiere hacerlo en desquite y venganza. Está pronta a dejarse llevar por el destino, pero se revela pensando que los que la inducen a la boda son cómplices de su desdicha: el oro del pretendiente, la ambición del padre, la terquedad incomprensible del padrino, la empujan al casamiento con demasiada violencia.

Siente humillado el señorío de su persona, cautiva su alma en una red de pasiones oscuras.

Otras fuerzas laten a su alrededor unidas también contra la infeliz en sorda complicidad: el paisaje transido de agua, la niebla torva de las cumbres, el sudor helado de las noches.

Una voz poderosa zumba en el aire, se estremece la selva con la agitación de un vuelo monstruoso: las últimas hojas corren locamente por los caminos.

Y la triste molinera abre los ojos en la soledad, inquietos como dos interrogaciones, desde que huyeron con las golondrinas sus esperanzas: así, entregada a los propios estímulos, se abandona al tiempo sin defensa, reduce su aspiración a que pasen los días, y escuda su pesar con morboso egoísmo en la coraza de los montes.

Parece que está el valle más hondo que nunca; la gasa de las nubes tiembla desde las cimas hasta el río, sepultando la vaguada en una humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los senderos.

Dulce Nombre recibe desde su habitación toda la tristeza de noviembre; ya no sale a latertulia de la aceña ni arrostra la cellisca y el frío por los huertos y los abertales como las demás zagalas. Asiste a misa los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusión, ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los ojos igual que el de los cielos.

Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonreír, un poco nerviosa y acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda, incapaz de fingimientos y subterfugios.

Por eso delante de Malgor descubre la niña el estado de su espíritu, en franca desnudez, sin recelo ni crueldad.

No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de su corazón; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y considera que sería una infamia engañarle. Aunque el deseo de él la hace infeliz, se explica con una lógica irrebatible la conducta de aquel hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeñados en sacrificarla, y está cerca de perdonarle, mientras no halla una sola disculpa contra la villanía de Manuel Jesús; traidor y vil, ella le adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor.

Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe allí un inesperado sostén.

Atribuye el pretendiente a inconstancias del carácter este cambio de Nicolás, y le utiliza en su provecho para acelerar la boda sin poner mucha atención en las voraces impaciencias con que su amigo le pregunta a menudo:

—¿Olvida al otro...? ¿Consigues que te quiera a ti?

—¡No olvida, no!—tiene que lamentar Ignacio, tan distraído en graves inquietudes, que no repara en la sonrisa brusca de su confidente.

El cual no ha visto a la molinera hace un mes, desde la mañana inolvidable en que la niña desconoció al hidalgo y salió de la torre sin esperanzas ni designios.


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