XIICENTELLA DE AMOR

Novolvieron a encontrarse hasta el día de la boda.

Parecióle a Nicolás que los encantos de su ahijada habían crecido de manera increíble, y admiraba en ella, con extrañísimo temor, la bruma de los ojos, el rocío de las pestañas, la niebla de la sonrisa, todo el conjunto hechicero y singular de aquel rostro que trascendía al vaho de un corazón lleno de pena.

Sentía el padrino delante de la novia un doloroso remordimiento, clavado en la herida de sus pasiones inconfesadas y mordientes,mezcla de venganzas y ternuras, de celos y de amor, ponzoña de la sangre junto al propósito noble del espíritu.

Para absolverse pensaba que había contribuído a darle un buen esposo, honrado, opulento y cabal, y se quería esconder a sí mismo la intención de su influencia triste y oscura, hirviente de codicias y tentaciones, nebulosa como un sueño heredado. Un fatalismo imperioso le inducía a proteger la solicitud del rechazado pretendiente contra el mozo preferido, el temible rival. No premedita emboscada ninguna para dañar al matrimonio que favorece; se contenta con impedir que la mujer deseada realice la plena dicha de otro hombre. Al quererla Malgor enceló con su reclamo a un cariño que dormía engañoso, disfrazado de paternidad, y que despertaba asustadizo y clarividente a la vez. La sorpresa del descubrimiento y la cobardía innata de Nicolás ahogaron las voces de aquella revelación: no tuvo el solariego ánimos ni arrogancia más que para huir de su propia conciencia y un ciego instinto para negar a Dulce Nombre losbrazos de Manuel Jesús. Procuró ardorosamente el viaje del mozo; él mismo le condujo a Torremar y le dejó en el buque, valido de su ascendiente con la pobre familia de Cintul, embriagando al viajero con razones de altruísmo y sensatez, gastando a manos llenas el dinero de Malgor.

Después de aquella pugna febril cayó en una silenciosa pasividad y estuvo muchos días sin salir de su aposento, con el rostro huraño y la mirada calenturienta, hasta que hoy la boda le pone frente a la desposada.

Y se le parte el corazón bajo el aura de inquietud que los envuelve a todos en la sombra de una mañana decembrina, empeñada en no amanecer.

Se celebra el casamiento muy temprano y sin ninguna ostentación; asisten Camila y Martín; la madre del novio, anciana y desapacible, mal conforme con la alianza de su hijo; Hornedo y el delegado del juez; Antón, que sirve de sacristán.

Aunque se ha ocultado con sigilo la fecha del acontecimiento, por reiterada voluntad dela novia, algunos curiosos bullen alrededor del grupo, avisados por esas oficiosidades aldeanas que ningún secreto las evita.

Da principio la ceremonia en el atrio de la Iglesia, abierto a las ráfagas del aire, y culmina en el presbiterio, opacamente; las luces no logran romper toda la penumbra del altar; un soplo frío y lúgubre corre por las naves anchas y vacías; los rezos del cura suenan como un zumbido arrinconado en la noche; callan a veces los latines y queda el silencio erguido igual que un ser inevitable.

Nicolás está dando diente con diente; los dolores de su vida, solitaria y medrosa, le penetran de pronto con angustia indecible; un profundo anonadamiento le invade. Y cuando el acto concluye, sigue la comitiva con el paso torpe, llega al molino con un esfuerzo maquinal.

Todavía está la mañana oscura lo mismo que una cueva; plañe el viento; la masa del paisaje se esfuma sin contornos en las derrotas.

Malgor quiere llevarse a su mujer en cuantocambie de vestido; pero ella permanece inmóvil con su traje negro, envuelta en una mantilla que a Nicolás le parece de luto.

Una gran indecisión reina en cuanto sucede; ni el padre ni el marido saben ejercer su autoridad. Tratan a la muchacha compasivamente, igual que a una víctima a quien nada se niega en el momento aciago del sacrificio; y Dulce Nombre, aquí lo mismo que en la parroquia, habla como en tinieblas; diríase que no entiende las preguntas que le hacen ni las contestaciones que da; tiene el aire de olvidar en un segundo las palabras que oye y las que pronuncia.

Al fin se abre el día, tardío y helado, perezoso.

Con la luz desciende sobre la fábrica un poco de actividad. La joven se ha cambiado el vestido: luce uno elegante y señoril que pertenece a su nuevo estado de novia rica, y está dispuesta a seguir al esposo, desde cuya casa, después de una comida familiar, saldrá el matrimonio de viaje.

En vano intenta Hornedo sustraerse al suplicio de la invitación: el indiano recobra su energía y decide que el padrino les acompañe. Se deja llevar, inseguro y macilento, siempre a remolque de la voluntad ajena, atado con mordiente hechizo a la ventura de su camarada.

Ya cunden por el lugar noticias indudables del suceso, y los alrededores de la aceña se van llenando de vecinos; algunos disimulan su curiosidad con el pretexto de moler; otros se detienen en las veredas, con un rumbo imaginario; los mozalbetes y la chiquillería se asoman sin rodeos a las ventanas del salón.

Pero las ruedas están dormidas; Martín, muy solemne, con un semblante de tristeza orgullosa, despide a los importunos, mientras el novio, ya dueño de sí, procura dominar la incómoda situación hablando a la gente con mucho agrado, dentro y fuera del molino, y Dulce Nombre lo mira todo con los ojos atentos, curiosa, al parecer, como los demás, en una actitud repentina de observación.

No puede esperarse que arribe un coche alos dominios de Martín, y la boda se resigna a llevar su cortejo creciente hasta Luzmela.

Va por una ruta corva y delgada sobre la humedad del mantillo: el ramaje seco levanta sus brazos a la altura como si pidiera misericordia; cubre el Salia todos los rumores con su voz torrencial...

La casa del indiano, restaurada y lujosa, con más esplendidez que buen gusto, linda también con el bosque, señor de medio valle, y tiene una entrada por él; más arriba, sin sustraerse al acoso del arbolado, se yergue solitaria la torre de Nicolás...

Esta es la primera vez que Dulce Nombre pisa las estancias que ahora son suyas; las contempla distraída, indolente; no consigue un poco de interés para cuanto la espera allí. Y mientras resbala el día en un violento sinsabor, habla sólo cuando la interrogan; huye de su padrino con involuntaria enemistad, sonríe al esposo de una manera inquietante, como si no le conociese.

El acaba por sentir el influjo de aquella extrañeza, vuelve a perder el aplomo, sufre unalástima incurable cuando la niña deja oír la aterciopelada dulzura de su acento.

Le acompañaba Nicolás tácitamente en sus compasiones, dolido del rencor de la moza, ansioso de consolarla, desesperado de perderla.

Se le aproxima cuando puede y le dice una frase cariñosa; ella le clava los ojos dorados y altivos, le detiene con una sonrisa hostil; después se acerca al balcón y mira al campo a la altura fría de las montañas, al cielo crepuscular; todo la cohibe dentro de las habitaciones desconocidas; todo la requiere en el paisaje amigo. Le parece que la selva corre hasta allí tendiéndole los brazos, y que se agita luego con un gran ruido de alas, como si echase a volar por encima del monte. Y presta una atención supersticiosa a cuanto se mueve al otro lado de los cristales, a la blancura lejana del molino, al oropel inquieto de las nubes.

Anochece, declina la tarde a los precarios fulgores de un sol invernal.

Ha llegado el momento de partir: ya está elcoche a la puerta con los equipajes cargados. Malgor no sabe cómo arrancar a su mujer de la incomprensible quietud, y él mismo la prolonga con pretextos pueriles, como si temiese que Dulce Nombre se resistiera a acompañarle.

Adolece Martín de parecida intranquilidad y hasta la suegra se preocupa de la tardanza, mientras Camila gime por los rincones y Nicolás comprende que la despedida no da treguas: es imposible detener al tiempo y han sonado los fatales minutos.

—¿Vamos?—dice el marido vacilante, como si pidiese perdón.

Tiene que repetir la pregunta junto a la esposa, que sigue con el rostro pegado a los vidrios.

Se vuelve entonces sorprendida, y percibe toda la oscuridad de la habitación.

—¡Ya es de noche!—pronuncia. Se le ha entrado en el alma toda la esencia alarmante de la sombra.

Dulce Nombre no es inocente como las pastoras idílicas de los libros. La naturaleza salvaje de los campos le ha hecho sus revelaciones, sin perfidias, con esa clara brutalidad que no estorba al íntimo candor de los espíritus, y desde que la joven tuvo novio soñó estremecida con la hora misteriosa y tierna de las desposadas.

—¿Vamos?—repite aún el marido.

La suegra enciende luces y empuja a la muchacha hacia un dormitorio donde ella recoge alguna cosa.

Cuando sale de allí, con un velo sobre la cabeza, está blanca igual que un lirio, le chocan los pensamientos unos con otros, sordamente, y se le deslíe la inquietud en el zumo claro de las pupilas.

Bajan todos la escalera muy despacio, en silencio.

Entra en el portal con la agitación del aire el hálito de las hojas muertas y el bramido remoto de las olas. Alguien dice:

—¡Cómo suena la mar!

Es Gil, que a la puerta del indiano habla con el cochero y sonríe de una manera absurda.

En torno al carruaje hay un círculo de curiosos. Algunas mujeres abrazan a la novia, que se deja acariciar y despedir hasta que le llega el turno al padrino. Entonces, con un gesto mudo, le alarga la mano, fría como la nieve; él la recoge entre las suyas, devorando con los ojos a la moza, hambriento de su belleza intacta, y algo se le derrite en las venas que le hiela el corazón, cuando el esposo desde el coche pide aquella mano y la atrae hacia sí.

Pero ha subido la muchacha; se asoma a la ventanilla, habla trémulamente con su padre y con Gil, lleva con lentitud la mirada a los cielos donde riela la luna como un escalofrío del paisaje.

El rostro pálido luce todavía un segundo el resplandor triste de su gracia; cruje un fustazo, se mueve el coche y la novia desaparece en las negruras del valle, como una estrella que se hunde en su caída...

Alvolver el matrimonio a la montaña, ya trasciende en los huertos con íntima dulzura el perfume suplicante de las violetas; han crecido los días y los caminos de la mies; un vaho primaveral sube de las campiñas a los montes y gana las cumbres como si buscase el cielo acogedor.

Dulce Nombre mira las cosas con asombro incesante, sorprendida de encontrarlas en idéntico lugar: allá arriba las cabañas orlando los abismos; aquí el bosque en la hondura del valle, corriendo detrás del Salia, perdiéndosede vista con el río por la hoz. Y los mismos horizontes estrechos, las mismas caras familiares en las personas y la Naturaleza, en las campanas iguales voces que claman y huyen como aves de paso: la vida rural atenta y sorda, hoy lo mismo que ayer.

El propio semblante de la muchacha está retratado en el espejo con su aire de siempre, luminoso y juvenil. Y a ella le extraña mucho esta inmovilidad. No ha contado bien el tiempo de su ausencia: esperaba encontrar envejecidos a su padre y a Camila, variado el rostro de los parajes y las criaturas.

En cambio practica sus nuevas costumbres sin gran extrañeza: vestirse de señora, gustar manjares finos, pasearse en coche, son ventajas que no la sorprenden. Tuvo ella nativas inclinaciones de elegancia, afición a lo bello y esmerado, noticia de todas estas comodidades que hoy disfruta con naturalidad algo desdeñosa, como quien las merece y las paga. Su carácter, altivo por ser cántabro, la induce a no demostrar codicia ni admiración hacia estas cosas que antes fueron ajenas a su vida.

Ya la moda, con visos de cultura, ha nivelado mucho aquí el indumento de las clases, sobre todo en la mujer: las aldeanas cortan su traje festivo por un patrón de señorita y, salvo el coste de los géneros, la esposa del indiano se distingue muy poco de la antigua molinera.

Pero en las intimidades del hogar teme Dulce Nombre no conseguir nunca la disciplina de su corazón: vive con los pensamientos desatados en una esperanza que a cada instante agoniza y torna a renacer; sufre y disimula; sonríe con una tristeza rebelde; calla en un silencio orgulloso, y cobra todos los días nueva gratitud al marido que cumple fiel su propósito de tratarla delicadamente, con aquella blandura que tuvo para las gargantillas y las pulseras, los zarcillos y los broches.

Verdadera mano de joyero es la suya, en las caricias y las solicitudes, mano temerosa del roce brutal, obediente a la resignación, abierta a la dádiva y al homenaje: el hombre rico aspira a merecer, no a lograr, y tiene para su esposa todas las generosidades y las benevolencias.

Ninguna traba, ningún reproche descubren en Malgor sus celos incurables, el calvario de un cariño que sólo consigue la recompensa del agradecimiento. Fué aplazando la hora de amar, se contuvo a la orilla de las pasiones con una sensatez indefinible, mezcla de incertidumbre y de pavor, y hoy, que desde la altura de su camino elige resueltamente una compañera, conoce que es tarde: se le ha ido la juventud. Ya toda la prisa, la decisión, la voluntad, son armas inútiles frente al deseo de que una niña le adore.

Pero aun confía vagamente en el milagro; piensa que a costa de muchos méritos pudiera la gratitud convertirse en pasión: quiere dejar a la muchacha en una absoluta libertad, que haga en todo su gusto, que triunfe en los caudales y en la casa como dueña y señora de cuanto el marido tiene.

No ha pensado nunca Malgor en abandonar a su madre: junto a él vive, estimada y con fueros propios, mas en distintas habitaciones, con servidumbre independiente y sin ninguna intervención en el dominio de la nuera. Y gruñe un poco, escandalizada de las prerrogativas de la mocedad, a punto de rendirse bajo el encanto de la Intrusa, mientras ella hace uso de aquellos privilegios con una sobriedad tranquila y los aprovecha casi únicamente para irse al molino sola y a menudo.

Allí reconstruye su existencia anterior embriagada en las memorias habituales, contando los minutos que se han muerto y empeñada en no oír cómo las horas nuevas desvanecen en el aire su melodía. El fragor del trabajo apaga todos los ruidos exteriores, y si callan las piedras, yergue el río la frescura de su voz aturdiendo a la muchacha.

Eso es lo que ella quiere: aislarse del tiempo, ensordecer la vida y mirar lo pasado como única lontananza.

Pocas veces se asoma Dulce Nombre a la sala molinera; sólo de paso se detiene si alguien la saluda, habla un instante y se dirige a su querida habitación, solitaria y evocadora, abiertas sobre el huerto y el río las ventanas inolvidables.

Cualquiera de las dos la seducen, porquedesde ellas domina los recuerdos con un poco de serenidad. Abajo, al borde de la presa, siente una fascinación dolorosa que la espanta, y en el humilde vergel sufre demasiado con una ternura inexplicable hacia todo lo que allí se nutre y palpita.

Nunca ha mirado así las primaveras, con esta compasión rara y ardiente que hoy la impide coger una rosa, pisar el trébol, rozar con los vestidos el cáliz campanudo del arándano. Las azucenas le parecen de cristal: no se atreve a tocarlas por no herirlas, ni a sacudir, como otros años, en la hiedra la flor azul, los haces verdosos en el espino cerval.

En cambio, desde la altura de su habitación todas las cosas le dan una respuesta más lejana y apacible: el filo de los senderos, las espumas del río, la cresta de las montañas, los árboles del bosque. Y se está allí horas enteras, con el corazón entreabierto, devota y muda, estática como el paisaje...

En este mismo anochecer se despide la joven del molino con su acostumbrada pesadumbre. Camila sale hasta el umbral; Martínha tirado de la paleta suspendiendo la trituración, y se dispone a ensacar la harina: desde que la fábrica es suya se ha vuelto muy avaricioso y vigila con creciente solicitud la hacienda y el provecho.

Ignora Dulce Nombre que su padre se haya convertido en propietario a expensas de ella, y no obstante le mira con menguada estimación; a su lado se encuentra sola.—¡Está lejos de mí!—se dice interiormente, y se extraña pensando:—¡Ser hija de un hombre se reduce a una casualidad!

Ahora mismo él se queda allí preocupado de su negocio, sin ver la angustia con que la muchacha afronta el camino del nuevo hogar.

Marcha presurosa, con el paso a la medida del pensamiento, esquiva al roce de cuanto la rodea, como si temiese el contacto de las emociones. Y en un recodo del ansar alcanza a las últimas veceras del molino, Tomasa y Clotilde, muy calmosas aquella tarde, con sus canastos de harina apoyados en la cintura.

Es la primera vez que Dulce Nombre encuentra a la hermana de Manuel Jesús, después del casamiento: tampoco ha visto a su padrino, obstinada en rehuir las visitas y las curiosidades de la vecindad.

Pero aquí Tomasa la obliga a la conversación.

—¿Qué, no quieres nada con nosotras...? Llevamos el mismo rumbo: te acompañaré.

—Y yo hasta la pontezuela—añade Clotilde con alguna cobardía.

—Sí, sí; me alegro mucho.

—¿De verdad?

—Ya lo creo.

—¿Por qué no ha de alegrarse?—aduce Tomasa, aprovechando la ocasión—. Después de todo, bien quiso a tu hermano, hasta el otro día, como quien dice.

—¡Pobre Manuel!—pronuncia con lástima la niña de Cintul. Y baja la cabeza, que en la sombra, ya difusa, le brilla con un color dorado de trigal.

—¿Pobre?—balbuce la de Rostrío.

—Pobre, sí—confirma Tomasa con mucha indignación: le engañaron con embustes y sermones; te le quitaron entre Malgor y tu padre.

—Él se quiso ir.

—No es cierto; miente quien lo diga: pregúntaselo a ésta.

Clotilde, ante el reclamo, se crece y asegura:

—Le dijeron que si no se marchaba serías tú siempre una infeliz, una miserable como las demás... Y se fué para darte la suerte; pero estuvo llorando toda la noche... Creímos que se volvía loco, ¡si vieras...! Corría a tientas por este lerón, subía y bajaba a Cintul sin poderse detener... ¡Daba miedo!

—¡Ay!—dice solamente Dulce Nombre.

Tomasa, viéndola sufrir, insiste, maligna y gozosa:

—Te le quitaron entre tu padre y Malgor.

—¿Mi padre también?

—¡Vaya...! Para cobrar la aceña, que ya es suya.

—¡No, por Dios!

—Que te lo jure tu marido...

—¡Calla!

—Todo el mundo lo sabe.

—¡Es imposible!

—Y hasta don Nicolás anduvo en el negocio con las pesetas del tu hombre: ¡parece mentira!

—¡Ay!—repite la engañada, con otro suspiro, más largo, más profundo; siente viva la centella de la pasión, aventada entre los escombros de la felicidad, y se olvida de las traiciones, de las miserias, de las realidades que la conducen lejos de su ventura... No desconoce los deberes de su nuevo destino porque ya le han temblado las entrañas; pero se acuerda de un solo amor, del único libérrimo y consciente. Y le saluda con beatitud en la oscuridad: está allí bajo la noche que llega cargada de aromas finos y penetrantes; está en el aire húmedo y tibio, en el fuerte arrullo del Salia, crecido con los manantiales de abril.

Dulce Nombre, que ya no escucha a sus compañeras, se ha vuelto de repente muy asequible a todos los ruidos misteriosos, a todos los movimientos callados de la vida, y descubre el oculto latido de las plantas, oye cómo la raíz de los árboles escarba por el suelo; atiende a la fuerza sonora del propio corazón, al vuelo claro de la luna que se levanta en las nubes con las alas abiertas...

Muchashoras tristes había contado Dulce Nombre desde aquella de revelación para su alma.

Y cada año saludó impaciente a la lluvia ágil y presurosa de abril, al campo reverdecido, a la nueva flor.

Tenía un presentimiento de libertad; confiaba en que el destino le cumpliría sus promesas. Porque Manuel Jesús no la había olvidado; se relacionaba continuamente con Malgor y permanecía soltero, juicioso, muy solícito para su familia y sus memorias, expresandopor cartas, emisarios y otras señales elocuentes, su deseo de volver a Cintul, sus íntimos propósitos de conseguir algún día la realización de una sola esperanza.

Y Malgor vivía muy enfermo, andaba tímido por la tierra, calmoso y vacilante, sin atreverse nunca a correr, ni a reír, ni a llorar; huyendo del dolor y llevándolo en sí mismo, agazapado en el pecho con amenazas de muerte.

A los pocos meses de casado padeció un ataque anginoso con la terrible contricción retro esternal y la angustia suprema de la agonía. El médico del distrito, Mariano Esquivel, primo de Nicolás Hornedo, llamó en consulta a las eminencias de la región, que diagnosticaron aciagamente como él.

Oyó Dulce Nombre muy sorprendida la sentencia de su marido: tenía una angina de pecho, una lesión mortal de la que podría defenderse algunos años si evitaba las emociones intensas, los cambios bruscos de temperatura, los ejercicios violentos.

—¡Lo evitará!—prometió la muchacha seria y firme.

—De esta suerte... ¡quién sabe!—añadió Esquivel—podrá ir viviendo... cinco..., diez..., hasta quince años... Aunque es imposible precisar...

—¡Quince años!—pensó Dulce Nombre muy adentro; y sin poderlo eludir, echó a volar la imaginación por ignorados caminos, dudosa entre el gozo y la pesadumbre, anhelando saber si era preferible aguardar siempre en el cruce de los recuerdos, o sentarse a la orilla de una fecha con un poco de silencio en el corazón.

Le tembló una sombra en los ojos, y una sonrisa en los labios. Iba a ser madre; un torrente nuevo circulaba por sus venas, una gracia desconocida entrañaba su carne grávida del misterio: sintióse valerosa y se juró una inviolable fidelidad al hombre sentenciado... Después, a lo largo del tiempo, ¡cuántas inquietudes y vacilaciones!

Nació la criatura esperada, una niña graciosa y fuerte que llenó la casa de alboroto y movimiento. El padre olvidó su enfermedad, mostróse la abuela enternecida, un poco envidiosa, y allá abajo, en el molino, robusteció Martín el orgullo de su alianza con la opulencia del valle, mientras Camila andaba más cavilosa que nunca, suspirando sin cesar.

Fué preciso que Hornedo saliera de su torre para sostener en los brazos a la nueva ahijada. No lo hizo sin resistencias ni disculpas; estaba secretamente reñido con Dulce Nombre desde que ella le echó en cara su intervención en la marcha violenta de Manuel Jesús. En vano trató de defenderse:

—Lo hice por ti, por tu bien.

—No; eso está muy oscuro: primero me habías dicho que casarme con Malgor era una locura.

—Así, de repente, me lo pareció, porque te lleva mucha edad; luego pensé que te convenía. No es un viejo; está en la plenitud de los años; es agradable, excelente, rico...

—Yo te contesté que quería al otro.

—¿Y ahora?—preguntó Nicolás ciego de impaciencia.

—¡Ahora, también!

Una ráfaga de alegría iluminó el semblante de aquel hombre tortuoso.

—Este—aludió con aparente censura—es tu marido.

—¿Qué más da...? Yo no le elegí... El molinero es mi padre y le he dejado de querer.

—¿A tu padre?

—¡Me vendió!—repuso Dulce Nombre, áspera y triste—. Tú le ayudaste, sin duda para servir a tu amigo... el menos culpable de la infamia que habéis cometido con nosotros.

—Si hubo culpa—dijo Hornedo muy alterado—la menor es la mía, que nada gané... y todo lo perdí.

—¿Perdiste...?

El hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, escondió los ojos delatores, apagó la voz.

—Perdí tu amistad.

Callaba la joven, a punto de conmoverse bajo aquel acento pesaroso lleno del antiguo cariño; pero el hidalgo quería insistir en acusar a Malgor, y volvió a aludirle, entre dientes, añadiendo:

—El que puso en ti la codicia ha causadotodo el mal; no le defiendas: corrompió a tu padre; me obligó a ser injusto con Manuel Jesús; levantó la tempestad en tu vida...

Quedóse la moza desconcertada; ¿por qué el padrino se volvía ahora de pronto contra Malgor...? Era incomprensible.

Le miró con insistencia sin conseguir hallarle claras las pupilas, sin recobrar junto a él la confianza y el aplomo de otras veces: algo desconocido y amargo se interponía entre los dos. Sentía el padecimiento de él como una cosa tangible y dura que la desazonaba, y no se decidía a consolarle. Acabó por encogerse de hombros, todavía rencorosa, distante, a pesar suyo, de aquel único amigo de su niñez.

Pero Nicolás no quería alarmarla con sospechas, y murmuró, cauteloso el acento:

—También Manuel Jesús ganó algo al perderte: mejoró de fortuna, cambió el arado y el dalle por las piedras preciosas...

—Le hicisteis creer que con eso me hacía feliz.

—Todos nos equivocamos; yo solo padezco el castigo.

—Y él se fué inconsolable; le habéis echado; le impedisteis que me viera y me hablara...

—¡Cómo te duelen sus cuitas!

—Y me dolerán siempre. Desde que las supe estoy contenta, porque sé que le puedo querer, que sigue siendo mi novio.

—¡Estás casada!

—¿Qué importa? Nos separasteis con engaños, pero no podéis separar nuestros corazones.

Nicolás palideció aún: se abrasaba de envidia por el ausente.

—¡Mucho confías en él—exclamó sombrío y hosco.

Entonces palideció ella.

Atravesaban el ansar, donde el señor se había hecho el encontradizo cuando volvía Dulce Nombre a su casa en un lento crepúsculo de mayo, sola y pensativa. La duda solapada del padrino la obligó a detenerse llena de zozobra:

—Confío en mí—dijo con ardor—y por mi seguridad juzgo la suya.

Estaba inmóvil; se le estremecía en los ojos el candor del paisaje.

De pronto siguió andando, muda y rápida, en el silencio campesino del anochecer, traspasado de rumores leves, saturado de perfumes indómitos.

El río ponía en el ambiente su acorde incansable bajo un cejo de niebla azul; se percibía en el aire el temblor de las flores, el aleteo de los pájaros en su última ronda, el zumbido inescrutable de élitros y murmullos recónditos.

Iba Hornedo junto a la muchacha callado y vengativo, gozándose en verla sufrir de celos y de amor lo mismo que él, y seguro de que su único rival era el ausente, lejano, perdido, inaccesible. Había temido que el esposo, a fuerza de ternura y de bondad, conquistara el deseado corazón; por eso le culpaba, aun a costa de parecer inconsecuente. Ahora le convenía fomentar los imaginarios derechos de Manuel Jesús; que el riesgo de perder toda esperanza fuese para el hidalgo cuanto más remoto. Y no tuvo un plan de conquista, no fraguaba un acecho ni una conspiración contra el amigo. La moza le parecía sagrada; un miedo supersticioso le hubiese impedido extender lamano hacia ella; pero el instinto y la pasión le inducían a guardarla de otros amores, con un indefinible anhelo de ventura.

Ya estaban en los linderos del indiano: una verja, un portel, y el ansar penetraba en la finca de Malgor sin torcer su rumbo, siempre encaminado por la ancha orilla del río.

—Adiós—dijo Dulce Nombre únicamente; volvió apenas la cara y entró en su parque, ya cubierto de sombra.

—Adiós—repuso Nicolás, amordazado por el enojo, perdiendo de vista a la muchacha en la espesura de la noche ciega y vigilante...

Después la vió muchas veces y la tuvo que hablar en distintas ocasiones, amigos en apariencia, escondiendo de un modo tácito su inexplicable disgusto.

Hasta que la hora del bautizo les obligó a mayor intimidad y ablandó un poco la pesadumbre de aquel secreto raro y confuso para la joven.

Mostrábase ella muy conmovida con el suceso de su maternidad, mirando con extrañeza y unción a su criatura, la carne inocente, elalma dormida, la iniciación de un destino, el nuevo ser; todo en la nena le parecía inefable y milagroso, llegado de muy lejos, puesto en el mundo con una gracia pura y reverencial.

Y las palabras, los sentimientos de la madre, eran cándidos y humildes también para el padrino, que se empeñó en llamar a esta ahijada Dulce Nombre de María, lo mismo que a la otra.

—Le diremos sólo María para no equivocarnos—propuso Martín.

—O le diremos Dulce—opinaba Malgor, embelesado con el nombre de su mujer, radiante de optimismo y de ilusión en aquellos días.

En tanto Nicolás contempló a la amada con embriaguez, encontrándola más hermosa con su cálida blancura de convaleciente, y su adorable expresión de sorpresa y beatitud.

Ilustracion

Cundíala existencia de Dulce Nombre ruda y solitaria, por un solo cauce: la hija, el campo, el molino, la pena detenida en el corazón... Así un año y otro al atisbo del único horizonte, emplazada la ventura, aguardando los soplos de la muerte como señuelo de la libertad.

Ya casi nadie se acordaba del fracaso de aquella vida, sino en comentarios superficiales, en vagas conjeturas; la esposa de Malgor tenía motivos para ser más feliz que cualquiera otra mujer. Su carácter reconcentrado se achacaba a la poca salud del marido; y, por otra parte, se envidiaban su posición, su belleza, las consideraciones que en torno suyo ponía la fortuna.

—Siempre ha sido algo orgullosa—solían decir, viéndola esquivar las amistades del señorío.

—Y algo rebelde, muy amiga de hacer su gusto—añadían, con más inclinación a la censura que a las alabanzas.

Pero la historia de aquel amor que tanto dió que hablar, había pasado a la categoría del susurro. De vez en cuando, se insinuaba que Manuel Jesús podía volver y encontrar viuda a la que fué su novia. Él, por de pronto, no se casaba, vivía en constante comunicación con el país, y Malgor estaba desahuciado.

Aquella posibilidad quedábase en el olvido meses enteros, y sólo unas cuantas personas en la comarca la perseguían con interés.

La madre del viajero una de ellas. Desde la tarde lejana en que anunció cruelmente a Dulce Nombre la partida del mozo, no olvida el pesar y el amor sorprendidos en el semblante de la molinera, y sufre agobiada por un remordimiento y una gratitud que no sabe cómo probar. Colmada por el hijo de regalos y de favores, cuanto disfruta piensa que es a costa de la niña engañada, de la pobre niña sin madre, a quien vió padecer un horrible trastorno, desolada y silenciosa como un ángel mudo.

Después de las revelaciones de Clotilde a la enamorada, procuró Encarnación acercarse a ella para hacerse perdonar sus antiguas hostilidades, y al descubrir en los ojos de la moza la pasión latente y oculta, acabó por fomentársela con promesas y augurios.

—El que te compró no ha de anietar; está comalido... Tú eres una criatura que empiezas a vivir... Volverá Manuel, rico, poderoso, y os casaréis... él escribe a su hermana sólo para nombrarte... ¡cuánto te quería...! Te sigue queriendo, ¡no te puede olvidar!

La muchacha la oyó una vez con silencioso resentimiento, como a una cómplice de su rebelde esclavitud, halagada, no obstante, con el reclamo embaucador. Otro día, muy en contra de su altiva reserva, se dejó atraer por la palabra ruin y maliciosa que le decía:

—No habrás de aguardar mucho...

Y sin saber cómo, nublada la razón por el empuje del instinto, se le escapó a Dulce Nombre su más hondo y callado pensamiento:

—¡Quince años!—respondió como si hablase a solas en lo interior de su conciencia turbada.

Encarnación se echó a reír con la ingenua crueldad de los rústicos y de los niños:

—¡Quince años...! Los ricos para todo encuentran bula. Si tu marido fuera pobre no le recetarían ni para quince meses... Pero es viejo y está picado del arca: no puede tirar mucho.

—Yo no he de procurar que se muera.

—Ni yo tampoco, ¡válgame Dios!

—Le cuido y le preservo del mal.

—Como buena cristiana... pero, ¿le quieres?

—¡Eso, no!—repuso Dulce Nombre con bárbara sinceridad.

Y la de Cintul, lejos ya de su pugna trabajosa, descansada y tranquila, hizo un arma de aquella ruda confesión, la puso a prueba, yen premeditados encuentros logró que la muchacha se acostumbrase a sus expansiones y las tuviese por lícitas y agradables. Varias veces le enseñó cartas de Manuel Jesús dirigidas a Clotilde, llenas del recuerdo de sus amores y de la amargura de la ausencia, rebosando preguntas, inquietudes y propósitos; las misivas delataban una previa información de cuanto ocurría en el valle.

También sostenía el viajero correspondencia con Malgor, como alto empleado de la joyería cubana, relaciones comerciales y ceremonias que le proporcionaron una nueva comunicación con Dulce Nombre, aunque ella jamás enviaba un recado definido para el ausente.

—¿Quieres que te escriba, en el mayor secreto?—le llegó a decir Clotilde.

—No; estoy casada con otro—protestó, adusta, revestida de una inocencia ancestral que no celaba al sentimiento indomable, y sólo a las acciones imponía su recato.

Después de algún tiempo Clotilde Ayuso fué hastiándose de aquella tercería; encontró novio, se consagró a los preparativos de la boda, y únicamente si le venía rodada la ocasión aventaba con mensajes y encomiendas el sigiloso culto de Dulce Nombre.

Pero la madre no se cansaba nunca de encenderle, y año tras año le iba persiguiendo con una constancia que llegó a convertirse en obsesión. Mujer arisca y voluntariosa, tuvo siempre la antigua coloñera un fondo de agudo sentimentalismo que la obligaba a llorar cuando reñía y a desvanecer sus exaltaciones en lamentos: los que la trataban mucho sabían que sus arrebatos no persistían jamás en el encono, sino que se inclinaban a la benevolencia y la ternura.

Esta propensión generosa, y el pesar de haber dañado anteriormente a la niña de Rostrío, la mantenían en constante solicitud para vigilarla y embairla con un continuo murmullo de seguridades y ofrecimientos.

Y tal perseverancia, llena de desinterés, algo tocada de una enfermiza sensibilidad, llegó a producir en la misma Encarnación un extraño fruto: acabó por creerse con derechoa disponer de aquella moza casada, para realizar las bodas del hijo.

No había otra en la región que le mereciese; bella y educada, elegante más que la de Barreda, más que la de Esquivel, era muy cierto que había nacido para esposa de Manuel Jesús, el buen mozo con estudios y talento, con ganancias y virtudes. La miraba como algo propio, la sonreía en un acuerdo tácito de voluntades y designios, impaciente porque Malgor no acababa de morirse; y aunque ella no sabía escribir, aguijaba a Clotilde para que se dirigiese al hermano, conminatoria y resuelta: necesitaba volver; que se pusiera en camino inmediatamente; don Ignacio estaba en la agonía...

Así, la exacerbada vehemencia de la madre, uniéndose al amor y a la soledad al través del tiempo, le conservaron a Dulce Nombre la esperanza, culpable, caliente y madura en el corazón.

Enla amenazada existencia del indiano crecía el relieve doloroso como una ola desbordante de amargura. Y al influjo de cada martirio le parecían casi felices los primeros días de su matrimonio, cuando tenía salud y esperaba un milagro cerca de su mujer.

Fué en una lejana primavera, al regresar del viaje de novios; aun no sabía Dulce Nombre los detalles del error que la inclinó a la boda, y mostraba una tristeza pasiva, un orgulloso disimulo que al marido le daba algunas veces la apariencia de la conformidad; hasta que unanoche le preguntó bruscamente la muchacha, agudas las pupilas, calurosa la voz:

—¿Es cierto que le diste a mi padre el molino a cambio de mi persona?

No supo de pronto qué contestar.

—¿Es cierto que a Manuel Jesús no le dejasteis verme antes de echarle de aquí?

Al cabo, Malgor repuso, atravesado de zozobras:

—Verdad es que yo sólo disponía de mi oro para conseguirte... y lo di a manos llenas.

—¡Me tendiste un lazo!

—¡No!; te ofrecí la vida... ¿Qué haré de ella si no la quieres tú?

Aguardó palidísimo, extrañamente honda la mirada; pero Dulce Nombre parecía cubierta por una fuerte lápida de silencio.

—¿Qué haré, di?—repitió anhelante el marido. Y añadió en seguida:

—¿Me perdonas?

La muchacha se encogió de hombros con el altivo gesto que le era familiar.

—Responde algo: ¿me perdonas?

Ella le abrumó entonces con una sorda ytardía contestación, moviendo la cabeza negativamente.

—¿Qué...?

—¡No!

El hombre rico sintió que una enorme dureza le gravitaba sobre el pecho y se le extendía por la garganta y el brazo hasta el dedo meñique. De pie como estaba en el dormitorio, retrocedió un paso y se sostuvo inmóvil contra la pared, sin atreverse a respirar, con el horror de la muerte en el semblante.

Se le acercaba la mujer en desolada confusión, y él, con la vista empañada y angustiosa, parecía decirle: ¡no me toques! Estaba seguro de que un aliento, un contacto, por leve que fuera, acabaría de aplastarle.

De repente, lo mismo que llegó aquel espantoso mal se le fué quitando de encima: le dejaba libre el movimiento y la respiración y pudo ir hasta la cama, dejarse caer en ella agotado, rendido, pero con la sensación de vivir.

Y como Dulce Nombre seguía inclinada hacia el enfermo con muda solicitud, volvió él aapoderarse de su primera ansiedad, juntando las palabras insistentes:

—¿Me perdonas?

Renovó la pregunta con la voz casi extinta, aun dilatado por el miedo el vidrio turbio de los ojos.

Y la esposa, fascinada por aquel sigilo terrible, llena de arrepentimiento y caridad, le apoyó los labios en el oído, como si de otra manera no pudiese responder:

—¡Sí!

Fué la sílaba igual que un escucho sin eco ni resonancia, una gota de compasión caída silenciosamente en la álgida tristeza de un espíritu.

Desde aquella noche estuvo Malgor condenado a muerte por la ciencia, libre de reproches y venganzas por la misericordia de una mujer. Pero sentíase desamado; el perdón no era la correspondencia, ni debía engañarse con ilusiones transitorias luego de haber tocado vivas y florecientes las raíces del amor rival.

No obstante, vinieron para el indiano días generosos; esperaba un hijo; Dulce Nombre,en el ensueño de su maternidad, ocultaba mejor la desventura y tenía muy recientes sus buenos propósitos de enfermera.

Hasta el valle y los montes se extendía la ponderación de los desvelos que de su esposa merecía el indiano, y no faltaban rondas nocturnas que lo comentasen desde el ansar en noches de plenilunio. Más de una vez la copla alusiva clamó, vibrante, allí:


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