VI

Veinte días después de recibida esta carta por el P. Jacinto, se realizó la entrada solemne en Villabermeja del ilustre Comendador Mendoza.

Desde Madrid á la capital de la provincia, que entonces se llamaba reino, nuestro héroe vino en coche de colleras y empleó nueve días. En la capital de la provincia se encontró con su hermano D. José, con el P. Jacinto y con otros amigos de la infancia, que le estaban aguardando. Entre ellos sobresalía el tío Gorico, maestro pellejero, hábil fabricador de corambres y notabilísimo en el difícil arte de echar botanas á los pellejos rotos. Este había sido el muchacho más diabólico del lugar después de D. Fadrique, y su teniente cuando las pendencias, pedreas y demás hazañas contra el bando de D. Casimiro.

El tío Gorico no tenía más defecto que el de haberse entregado con sobrado cariño á la bebida blanca. El aguardiente anisado le encantaba. Y como al asomar la aurora por el estrecho horizonte de Villabermeja el tío Gorico, según su expresión, mataba el gusanillo, resultaba que casi todo el día estaba calamocano, porque aquel fuego que encendía en su ser con el primer fulgor matutino, se iba alimentando, durante el día, merced á frecuentes libaciones.

Por lo demás, el tío Gorico no perdía nunca la razón; lo que lograba era envolver aquella luz del cielo en una gasa tenue, en un fanal primoroso, que le hacía ver las cosas del mundo exterior y todo lo interno de su alma y los tesoros de su memoria como al través de un vidrio mágico. Jamás llegaba á la embriaguez completa; y una vez sola, decía él había tenido en toda su vida alferecía en las piernas. Era, pues, hombre de chispa en diversos sentidos, y nadie tenía mejores ocurrencias, ni contaba más picantes chascarrillos, ni se mostraba más útil y agradable compañero en una partida de caza.

En el lugar gozaba de celebridad envidiable por mil motivos, y entre otros, porque hacía el papel de Abraham en el paso de Jueves Santo por la mañana, tan admirablemente bien, que nadie se le igualaba en muchas leguas á la redonda. Con un vestido de mujer por túnica, una colcha de cama por manto, su turbante y sus barbas de lino, tomaba un aspecto venerable. Y cuando subía al monte Moria, que era un establo cubierto de verdura, que se elevaba en medio de la plaza, adquiría la majestad patética de un buen actor. Pero en lo que más se lucía, arrancando gritos de entusiasmo, era cuando ofrecía á Isaac al Todopoderoso antes de sacrificarle. Isaac era un chiquillo de diez años lo menos. Con la mano derecha el tío Gorico le levantaba hacia el cielo, y así, extendido el brazo, como si no fuera de hueso y carne, sino de acero firmísimo, permanecía catorce ó quince minutos. Luego venía el momento de las más vivas emociones; el terror trágico en toda su fuerza. Abraham ataba al chiquillo al ara, y sacaba un truculento chafarote que llevaba al cinto. Tres ó cuatro veces descargaba cuchilladas con una violencia increíble. Las mujeres se tapaban los ojos y daban espantosos chillidos, creyendo ya segada la garganta del muchacho que prefiguraba á Cristo; pero el tío Gorico paraba el golpe antes de herir, como no atreviéndose á consumar el sacrificio. Al fin aparecía un ángel, con alas de papel dorado, en el balcón de las Casas Consistoriales, y cantaba el romance que empieza:

"Detente, detente, Abraham;No mates á tu hijo Isaac,Que ya está mi Dios contentoCon tu buena voluntad."

El sacrificio del cordero en vez del hijo, con lo demás del paso, lo ejecutaba el tío Gorico con no menor maestría.

En más de una ocasión trataron de ganarle, ofreciéndole mucho dinero para que fuese á hacer de Abraham á otras poblaciones; pero él no quiso jamás ser infiel á su patria y privarla de aquella gloria.

Don José, el P. Jacinto, el tío Gorico y los demás amigos, muy contentos de haber abrazado á D. Fadrique, contentísimo también de verse entre los compañeros de su infancia, emprendieron á caballo el viaje á Villabermeja, que, con madrugar y picar mucho, pudo hacerse en diez horas, llegando todos al lugar al anochecer de un hermoso día de primavera, en el año de 1794.

Doña Antonia, mujer de D. José, y sus dos hijos, D. Francisco, de edad de catorce años, y doña Lucía, que tenía ya diez y ocho, acompañados de la chacha Ramoncica, recibieron con júbilo, con abrazos y otras mil muestras de cariño al Comendador, quien ya tenía por suya la casa solariega. D. José y su familia se habían establecido en la ciudad, y sólo por dos días habían venido al pueblo para recibir al querido pariente.

Éste, como era de suyo muy modesto, se maravilló y complació en ver que alcanzaba en Villabermeja más popularidad de lo que creía. Vinieron á verle todos los frailes, desde los más encopetados hasta los legos, el médico, el boticario, el maestro de escuela, el alcalde, el escribano y mucha gente menuda.

Al día siguiente de la llegada la chacha Ramoncica quiso lucirse, y se lució, dando un magníficopipiripao. D. Fadrique, cuando oyó esta palabra, tuvo que preguntar qué significaba, y le dijeron que algo á modo de festín. En cambio, se cuentan aún en Villabermeja los grandes apuros en que estuvo aquella noche la chacha Ramoncica cuando volvió á su casa, cavilando qué sería lo que su sobrino le había pedido para el festín, y que ella ansiaba que le sirviesen, á fin de darle gusto en todo. El vocablo, para ella inaudito, con que su sobrino había significado la cosa que deseaba, casi se le había borrado de la mente. Por último, consultando el caso con Rafaela, y haciendo un esfuerzo de memoria, vino á recomponer el vocablo y á declarar que lo que su sobrino había pedido eraeconomía.

—¿Qué es eso, Rafaela? —preguntó á su fiel criada.

Y Rafaela contestó:

—Señora, ¿qué ha de ser? ¡Ajorro!

No le hubo, sin embargo. La chacha Ramoncica echó aquel día el bodegón por la ventana.

Al siguiente le tocó lucirse al Comendador, y á pesar de toda su filosofía gozó en el alma de que sus deudos y paisanos viesen maravillados su vajilla de porcelana, su plata y los demás objetos raros ó bellos que de sus viajes había traído, y que había mandado por delante de él con su criado de más confianza. Hasta la extraña fisonomía de éste, que era un indio, pasmó á los bermejinos, con deleite y satisfacción de D. Fadrique. Tuvo además un placer indescriptible en contar sus aventuras y en hacer descripciones de países remotos, de costumbres peregrinas y de casos singulares que había visto ó en los que había tomado parte.

Nada de esto debe movernos á rebajar el concepto que del Comendador tenemos. Por más que parezca pueril, tal vanidad es más común de lo que se cree. ¿Á quién no le agrada, cuando vuelve al lugar de su nacimiento, darse cierto tono, sin ofender á nadie, manifestando cuán importante papel ha hecho en el mundo?

Gente hay que no espera para esto á ir á su lugar. Nacido en uno muy pequeño de Andalucía tuve yo cierto amigo que, como llegase á ser personaje de gran suposición y de muchas campanillas, cifraba su mayor deleite en mandar á su pueblo todos los años un ejemplar de laGuía de forasteros, con registro en las varias páginas en que estaba estampado su nombre. Un año fué laGuíacon ocho registros, y el pasmo de los lugareños, participado por carta á mi amigo, le dió un contento que casi rayaba en beatitud ó bienaventuranza.

No es menor el gusto que se tiene en contar lances y sucesos y en describir prodigios. De aquí sin duda el refrán:de luengas vías, luengas mentiras. Baste, pues, decir, en elogio de D. Fadrique, que el refrán no rezó con él nunca, porque era la veracidad en persona. Lo que no aseguraremos es que fuese siempre creído en cuanto refirió. Los lugareños son maliciosos y desconfiados; suelen tener un criterio allá á su manera, y á menudo las cosas más ciertas les parecen falsas ó inverosímiles, y las mentiras, por el contrario, muy conformes con la verdad. Recuerdo que un mayordomo andaluz de cierto inolvidable y discreto Duque, que estuvo de embajador en Napóles, fué á su pueblo con licencia. Cuando volvió le embromábamos suponiendo que habría contado muchos embustes. El nos confesó que sí, y aún añadió, jactándose de ello, que todo se lo habían creído, menos una cosa.

—¿Qué cosa era esa? —le preguntamos.

-Que cerca de Napóles —respondió,— hay un monte que echa chispas por la punta.

De esta suerte pudo muy bien nuestro D. Fadrique, sin apartarse un ápice de la verdad, dejar de ser creído en algo, sin que sus paisanos se atreviesen á decirle, como decían al mayordomo del Duque cuando hablaba del Vesubio: "¡Esa es grilla!"

Al día tercero después de la llegada de D. Fadrique, su hermano D. José y su familia se volvieron á la ciudad; y entonces, con más reposo, pudo entregarse el Comendador á otro placer no menos grato: el de visitar y recordar los sitios más queridos y frecuentados de su niñez, y aquéllos en que le había ocurrido algo memorable. Estuvo en el Retamal y en el Llanete, que está junto, donde le descalabraron dos veces; fué á la fuente de Genazahar y al Pilar de Abajo; subió al Laderón y á la Nava, y extendió sus excursiones hasta el cerro de Jilena y el monte de Horquera, poblado entonces de corpulentas y seculares encinas.

Tomó, por último, D. Fadrique verdadera posesión de su vivienda, arrellanándose en ella, por decirlo así, poniendo en orden los muebles que había traído, colocando los libros y colgando los cuadros.

En estas faenas, dirigidas por él, casi siempre estaba presente el P. Jacinto; y al cabo D. Fadrique quedó instalado, forjándose un retiro, rústico á par que elegante, y una soledad amenísima en el lugar donde había nacido.

Encantado estaba D. Fadrique con su modo de vivir. Ya leyendo, ya de tertulia ó de paseo con el P. Jacinto, ya de expediciones campestres y venatorias con el mismo padre y con el iluminado y ameno tío Gorico, el tiempo se deslizaba del modo más grato. Ningún deseo sentía D. Fadrique de ir á otro pueblo, abandonando á Villabermeja; pero D. José tenía cuarto preparado para recibirle en su casa de la ciudad, y sus instancias fueron tales, que no hubo más que ceder á ellas.

El Comendador fué á la ciudad á pasar todo el mes de Mayo. Llegó en la tarde del último día de Abril, y como el viaje es un paseo, aquella noche estuvo de tertulia hasta cerca de las once, que en 1794 era ya mucho velar. Dos ó tres hidalgos; otras tantas señoras machuchas; dos jóvenes amiguitas de Lucía, sobrina de D. Fadrique; un respetable señor cura y un caballerito forastero y muy elegante componían la reunión de casa de D. José, que empezó antes de que anocheciera.

Nadie llamó la atención de D. Fadrique, que era harto distraído. Necesitaba que las personas le gustasen ó le disgustasen para fijarse en ellas, y con gran dificultad acertaba la gente á gustarle, y mucho menos á disgustarle. Así es que, mostrándose muy urbano con todos, apenas reparó en ninguno.

Al toque de oraciones sirvieron el refresco.

Primero pasaron dos criadas repartiendo platos, servilletas y cucharillas de plata; luego entraron otras dos criadas, que traían sendas bandejas llenas de tacillas de cristal con almíbares diferentes. Cada tertuliano fué tomando en su asiento una tacilla del almíbar que más le gustaba. Las criadas de las bandejas pasaron de nuevo recogiendo las tacillas vacías, y rogando á los señores que tomasen otra de otro almíbar, como en efecto la tomaron muchos.

La historia, prolija en este punto, cuenta que los almíbares eran de nueces verdes, de cabellos de ángel, de tomate y de hoja de azahar. Hubo también arrope de melocotón.

Las ninfas fregonas, muy compuestas y con muchas flores en el moño, sirvieron luego copitas de rosoli, del que sólo bebieron los caballeros; y por último trajeron el chocolate con torta de bizcocho, polvorones, pan de aceite y hojaldres. Terminó todo con el agua, que en vasos de cristal y en búcaros olorosos repartieron asimismo las criadas.

Duró esto hasta que dieron las ánimas.

El refresco se tomó con toda ceremonia y con pocas palabras. Las sillas pegadas á la pared, y todos sentados sin echar una pierna sobre otra, ni inclinarse de ningún lado, ni recostarse mucho.

Después de tomado el refresco, hubo alguna más libertad y expansión, yLucía se atrevió á rogar al caballerito que recitase unos versos.

—Sí, sí —dijeron en coro casi todos los tertulianos;—que recite.

—Recitaré algo de Meléndez, —dijo el joven.

—No, de V. —replicó Lucía.— Sepa V., tío, —añadió dirigiéndose al Comendador,— que este señor es muy poeta y gran estudiante. Ya verá usted qué lindos versos compone.

—V. es muy amable, Srta. Doña Lucía. La amistad que me tiene la engaña.Su señor tío de V. va á salir chasqueado cuando me oiga.

—Yo confío tanto en el fino gusto de mi sobrina —dijo el Comendador,— que dudo de que se equivoque, por ferviente que sea la amistad que V. le inspire. Casi estoy convencido de que los versos serán buenos.

—Vamos, recítelos V., D. Carlos.

—No sé cuáles recitar que cansen menos, y que á V. que me fía, y á mí que soy el autor, nos dejen airosos.

—Recite V. —contestó Lucía,— los últimos que ha compuesto á Clori.

—Son largos.

—No importa.

Don Carlos no se hizo más de rogar, y con entonación mesurada y cierta timidez que le hubiera hecho simpático, aunque ya por sí no lo fuese, recitó lo que sigue:

El plácido arroyueloRompe el lazo de hielo,Y desatado en onda cristalinaFecunda la pradera.Flora presta sus galas á Chiprina;Reluce Febo en la celeste esfera,Y en la noche calladaLa casta diosa á su pastor dormido,Con trémulo fulgor, besa extasiada.Del techo antiguo á suspender su nidoHa vuelto ya la golondrina errante;Dulces trinos difunde Filomena;El mar se calma, el cielo se serena;Sólo Céfiro amante,Oreando la hierba en los alcores.Y acariciando las tempranas flores,Con música y aroma el aire agita.En la rica estación de los amoresAmor en todo corazón palpita;Pero en el alma del zagal MirtiloHalla perpetuo asilo.Allí ingenioso el dios labra un dechadoDe gracia encantadora,Donde con fiel esmero ha retratadoÁ Clori bella, á la gentil pastora.Por quien Mirtilo muere.Clori, en tanto, amistosa y compasiva,Quiere que el zagal viva,Mas amarle no quiere;Antes, dicen que piensa dar su manoÁ un rabadán anciano.Con celos el zagal su pena aumenta,Y así en la selva oculto se lamenta:

—¡Tú no sabes de amor, encanto mío!¡Ah! Tu ignorancia virginal te engaña.Seré merecedor de tu desvío,Mas no comprendo la ilusión extrañaQue á dar tanta beldad te precipita,Inútil don, tesoro inmaculado,Á la vejez marchita.La amapola del pradoNo despliega la pompa de sus hojas,De púdico amor rojas,Hasta que el sol derramaEn su velado seno estiva llama;Ni la rosa se atreveÁ abrir el cáliz entre escarcha y nieve.No censurara yo que GalateaAl cíclope adorase: la hermosuraBien en la fuerza y el valor se emplea;Bien con estrecho, cariñoso nudo,La hiedra ciñe firme tronco rudo.Mas nunca á quien apenasSostener puede el peso de la vidaÁ llevar sus cadenas,Si dulces, graves, el amor convida.Huyen del mustio viejo las Camenas;Si la flauta de Pan su labio toca,Allí perece el desmayado aliento,Sin convertirse en melodioso viento,Y la risa del sátiro provoca.Con vacilante pie mal en el coroDe ninfas entra; y el alegre giroY canto de las Ménades sonoro,Ó con flébil suspiro,Ó con dolientes ayes turba acaso;Que, en el misterio de la santa orgía,Ni el hierofante el tirso le confía,Ni él llega hasta la cumbre del Parnaso.¡Ay Clori! ¿Qué demencia te extravía?Ya que por tí se pierdeMi tierno amor, mi juventud lozana,De frescas rosas y de mirto verdeNo ciñas ora una cabeza cana.Trepa la vid al álamo frondoso,Y á la punzante ortigaDeja que adorne el murallón ruinoso.¿Qué riesgo, qué fatigaNo aceptará mi amor por agradarte?Por tí en el bosque venceré las fieras;Por tí el furor arrostraré de Marte;Y el rey de las praderas,Cuya bronceada frenteArma ostenta terrible, que figuraDe nueva luna el disco refulgente,De mi garrocha duraSentirá en la cerviz la picadura.El rabadán, por la vejez postrado,Tu solícito afán reclamaría,¡Oh, Clori! mientras yo, por tu mandado,Al abismo del mar descendería,Sus perlas para ver en tu garganta,Y acosaría al lobo carnicero,Su hirsuta piel con plomo ó con aceroGanando para alfombra de tu planta.Alucinada ninfa candorosa,Desecha ese delirio que te llevaÁ ser del viejo rabadán esposa.Pues ¡qué! ¿te he dado en balde tanta pruebaDe amor? Ya ves que por seguirte dejoEl templo de Minerva y los verjelesPor do Betis copioso se dilata.De mis padres me alejo,Y huyo también de mis amigos fielesPara sufrir crueldades de una ingrata.No estriba tu desdén en mi pobreza,Que no oculta tan bajo sentimientoTu noble corazón, y ni en riquezaMe vence el rabadán, ni en nacimiento.Sólo un funesto error, una locura,¡Oh, Clori! ¡Oh, rosa del pensil divino!Le hará exhalar tu aroma y tu frescuraEntre las secas ramas del espino;Te hará romper el broche delicado,No para abril, para diciembre helado.No así me hieras, si matarme quieres;Mira que así te matas cuando hieres.

No bien terminaron los versos, fueron estrepitosamente aplaudidos por el benévolo auditorio; pero, si hemos de decir la verdad, ni D. José ni doña Antonia prestaron atención durante la lectura; las señoras mayores se adormecieron con el sonsonete; el señor cura halló la composición sobrado materialista y mitológica y un poco pesada, y las amiguitas de Lucía más se entusiasmaron con la buena presencia del poeta que con el mérito literario de su obra.

Don Carlos, en efecto, era un morenito muy salado de veintidós á veintitrés años. Sus vivos y grandes ojos resplandecían con el fuego de la inspiración. Su cabellera negra, ya sin polvos, lucía y daba reflejos azulados como las alas del cuervo. Los movimientos de su boca al hablar eran graciosos. Los dientes que dejaba ver, blancos é iguales; la nariz, recta, y la frente, despejada y serena.

Iba D. Carlos vestido con suma elegancia, á la última moda de París. Era todo un petimetre. Parecía el príncipe de la juventud dorada, transportado por arte mágica desde las orillas del Sena al riñón de Andalucía. El cuello de su camisa y el lienzo con que formaba lazo en torno de él, estaban bastante bajos para descubrir la garganta y la cerviz robusta sobre que posaba airosamente la cabeza. La estatura, más bien alta que mediana, y el talle, esbelto. El calzón ajustado de casimir, la media de seda blanca y el zapato de hebilla de plata, daban lugar á que mostrase el galán la bien formada pierna y un pie pequeño, largo y levantado por el tarso.

Sin duda las niñas contemplaron más todas estas cosas, y se deleitaron más con la dulzura de la voz del señorito que con el que nos atreveremos á calificar de idilio, la mitad de cuyas palabras estaba en griego para ellas.

Don Fadrique había reparado en todo. Como la mayor parte de los distraídos, era muy observador, y prestaba atención intensa cuando se dignaba prestarla.

Los versos le parecieron regulares, no inferiores á los de Meléndez, aunque, ni con mucho, tan buenos como los de Andrés Chénier, que había oído en París. Lo que es el chico le pareció muy guapo.

Advirtió también, con cierto gusto mezclado de zozobra, que Lucía, su sobrina, había escuchado con ademán y gesto propios de quien entiende la poesía, y con cierta afición, que no atinaba él á deslindar si era meramente literaria, ó reconocía otra causa más personal y más honda.

Por lo pronto, en consecuencia de tales observaciones, calificó á su sobrina, de quien hasta entonces apenas había hecho caso, de bonita y de discreta. Se puede decir que la miró concienzudamente por primera vez, y vió que era rubia, blanca, con ojos azules, airosa de cuerpo y muy distinguida. De todos estos descubrimientos no pudo menos de alegrarse, como buen tío que era; pero hizo, ó creyó haber hecho, otros descubrimientos, que le mortificaban algo. "Tal vez serán cavilaciones", decía para sí.

En punto de las diez se acabó la tertulia.

Sola ya la familia, Doña Antonia convocó á los criados, y en compañía de todos, y en alta voz, se rezó el rosario.

Por último, no bastando el chocolate y el refresco, que pudiera pasar por merienda, para gente que comía entonces poco después de mediodía, se sirvió la indispensable cena.

Durante este tiempo D. Fadrique buscó y encontró ocasión de tener un aparte con su sobrina, y le habló de este modo:

—Niña, veo que te gustan los versos más de lo que yo creía.

Ella, poniéndose muy colorada y más bonita desde la primera palabra que el tío pronunció, respondióle, algo cortada:

—¿Y por qué no han de gustarme? Aunque criada en un lugar, no soy tan ruda.

—Basta con mirarte, hija mía, para conocer que no lo eres. Pero el que te gusten los versos no se opone á que puedan gustarte los poetas.

—Ya lo creo que me gustan. Fr. Luis de León y Garcilaso son mis predilectos entre los líricos españoles, —dijo Lucía con suma naturalidad.

Casi se disipó la sospecha de D. Fadrique. Parecía inverosímil tanto disimulo en una muchacha de diez y ocho años, que rezaba el rosario todas las noches, iba á misa y se confesaba con frecuencia.

Don Fadrique no tenía tiempo para rodeos y perífrasis, y se fué bruscamente al asunto que le mortificaba.

—Sobrina, con franqueza: ¿los versos que hemos oído los ha compuesto D.Carlos para tí?

—¡Qué disparate! —respondió Lucía, soltando una carcajada.

—¿Y por qué había de ser disparate?

—Porque nada de aquello me conviene: porque yo no soy Clori.

—Bien pudieras serlo. El poeta no describe á Clori. Afirma vaga é indeterminadamente que Clori es bella, y tú eres bella.

—Gracias, tío; V. me favorece.

—No; te hago justicia.

—Sea como V. guste. Pero dígame V., ¿de dónde sacamos á mi viejo rabadán? porque yo no doy con él.

—Pues mira, yo creí haberle encontrado.

—¿Cómo, tío, si no estaba en la tertulia más que el señor cura?

—Y yo, ¿no soy nadie?

—¿Qué quiere V. decir con eso?

—Quiero decir que tengo cincuenta años, que te llevo treinta y dos, y que no estoy loco para aspirar á que me quieran; pero los poetas fingen lo que se les antoja, y el barbilindo de D. Carlos puede haber levantado esa máquina de suposiciones absurdas para escribir su idilio. En tal caso, no está muy conforme con la verdad todo aquello de que el viejo rabadán no puede ya con sus huesos, ni baila, ni corre, ni guerrea, ni es capaz de cazar lobos como el zagal. Con mi medio siglo encima, me apuesto á todo con el tal D. Carlitos. Todavía, si me pongo á bailar el bolero, estoy seguro de que he de bailarle mejor que cuando mi padre me hizo que le bailara á latigazos. Y en punto á pulmones y á resuello, no ya para encaramarme al Parnaso corriendo detrás de las bacantes, no ya para tocar todas las flautas y clarinetes del mundo, sino para mover las aspas de un molino, entiendo que tengo de sobra.

—Pero, tío, si D. Carlos no ha soñado en V. ni ha pensado en mí.

—Vamos, muchacha, no seas hipocritilla. Á mi se me ha metido en la cabeza que ese chico te quiere, que ha sabido que yo venía á pasar aquí un mes, que ha oído decir que yo era viejo, y, con estos datos, el insolente ha supuesto lo demás.

Don Fadrique decía todo esto con risa, para embromar á su sobrina; y, aunque dudoso de su recelo, algo picado de la desvergüenza del poeta, que por otra parte no había dejado de caerle en gracia.

—Tío —dijo por último Lucía con la mayor gravedad que pudo,— V. no es el viejo rabadán. El viejo rabadán es de Villabermeja como V.: hace dos años que está establecido aquí, y merece, en efecto, las calificaciones que le prodiga el poeta, porque está muy asendereado y estropeado. El viejo rabadán se llama D. Casimiro. V. debe de conocerle.

—¡Ya lo creo! ¡Y vaya si le conozco! —dijo el Comendador recordando á su antiguo adversario y víctima de la niñez.

—Pero entonces, ¿quién es Clori? —añadió en seguida.

—Clori es una linda señorita, muy amiga mía. Su madre vive con gran recogimiento y no sale ni deja salir á su hija de noche. Por eso no ha estado Clori de tertulia; pero es mi vecina, y su madre consiente en que venga conmigo de paseo, en compañía de mi madre. Si mañana quiere V. ser nuestro acompañante, iremos á las huertas, á las diez, después del almuerzo, por sendas en que haya sombra. Clori vendrá, y V. conocerá á Clori.

—Iré con mucho gusto.

—¡Ah, tío! Por amor de Dios, que no se le escape á V. lo de que D. Carlos está enamorado de mi amiga y lo de que ella es Clori. Mire V. que es un secreto. Nadie más que yo lo sabe en la población. Hay que tener mucho recato, porque los padres de ella no quieren más que á D. Casimiro y nada traslucen del amor de D. Carlos. Yo se lo he confiado á V. para que no fuese V. á creer que yo era Clori y que sin razón de ningún género habíamos convertido á V. en viejo rabadán enclenque, á fin de dar motivo á los versos.

—Quedo satisfecho, muchacha, y no diré nada. Te aseguro ya que me interesa tu amiga Clori y que tengo curiosidad de verla.

De esta suerte, de improviso, vino D. Fadrique á tener, apenas llegado, un secreto con su sobrina, y á figurar en intrigas y lances de amor.

Pensando en ello, se retiró á su cuarto, como los demás se retiraron cada cual al suyo, y durmió hasta las ocho de la mañana, mejor que un mozo de veinte años.

Doña Antonia amaneció con un tremendo jaquecazo, enfermedad á que era muy propensa. Tuvo, pues, que guardar cama y no pudo acompañar á paseo á su hija Lucía; pero, como el mal no era de cuidado, y ya Lucía tenía concertado el paseo con su amiga, se decidió que el Comendador las acompañase.

La amiga de Lucía vivía en la casa inmediata. Un muro separaba los patios de una casa y otra. Á la hora convenida, en punto de las nueve y media, pronta ya Lucía para salir y con su tío al lado, gritó desde el patio, al pie del muro:

—Clara (así se llamaba Clori en la vida real), ¿estás ya lista?

No se hizo aguardar la contestación.

Oyóse primero la voz de una criada que decía:

—Señorita, señorita, Doña Lucía está llamando á su merced.

Un momento más tarde sonó en el patio contiguo una voz argentina y simpática, que respondía:

—Allá voy; sal á la calle; ¿para qué he de entrar en tu casa?

Salieron D. Fadrique y Doña Lucía, y hallaron ya á Doña Clara en la puerta.

El Comendador, á pesar de sus distracciones, miró á Doña Clara con extraordinaria curiosidad. Era una niña de poco más de diez y seis años. El color de su rostro, de un moreno limpio, teñido en las mejillas y en los labios del más fresco carmín. La tez parecía tan suave, delicada y transparente, que al través de ella se imaginaba ver circular la sangre por las venas azules. Los ojos, negros y grandes, estaban casi siempre dormidos y velados por los párpados y las largas y rizadas pestañas; si bien, cuando fijaban la mirada y se abrían por completo, brotaban de ellos dulce fuego y luz viva. Todo en Doña Clara manifestaba salud y lozanía, y, sin embargo, en torno de sus ojos, fingiéndolos mayores y acrecentando su brillantez, se notaba un cerco obscuro, como el morado lirio.

Era Doña Clara más alta que su amiga Lucía, bastante alta también, y, aunque delgada, sus formas eran bellas y revelaban el precoz y completo desenvolvimiento de la mujer. El cabello de Doña Clara era negrísimo, las manos y el pie pequeños, la cabeza bien plantada y airosa.

Ambas amigas iban vestidas de negro, con mantilla y basquiña, y algunas rosas en el peinado.

Lucía dijo á su amiga la indisposición de su madre, y que su tío el Comendador, recién llegado de Villabermeja, las acompañaría en el paseo. Salvos los cumplimientos y ceremonias de costumbre, no hubo en la conversación nada memorable, hasta que los tres, que iban juntos, salieron de la ciudad y llegaron al campo.

La pequeña ciudad está por todas partes circundada de huertas. Muchas sendas las cortan en diversas direcciones. Á un lado y otro de cada senda hay una cerca de granados, zarza-moras, mimbres y otras plantas. En muchas sendas hay un arroyo cristalino á cada lado; en otras, un solo arroyo. Todas ellas gozan, en primavera, verano y otoño, de abundante sombra, merced á los álamos corpulentos y frondosos nogales, y demás árboles de todo género que en las huertas se crían.

La tierra es allí tan generosa y feraz, que no puede imaginarse el sinnúmero de flores y la masa de verdura que ciñen las márgenes de los arroyos, esparciendo grato y campestre aroma. Campanillas, mosquetas, violetas moradas y blancas, lirios y margaritas abren allí sus cálices y lucen su hermosura.

El sol radiante, que brilla en el cielo despejado y dora el aire diáfano, hace más espléndida la escena. Increíble multitud de pájaros la anima y alegra con sus trinos y gorjeos. En Andalucía, huyendo de la tierra de secano, buscando el agua y la sombra, se refugian las aves en estos oásis de regadío, donde hay frescura y tupidas enramadas.

Tales eran los sitios por donde paseaba el Comendador con las dos bonitas muchachas. Apenas salieron de la población, tomaron la senda que llamandel medio. Ellas cogían flores, se deleitaban oyendo cantar los colorines ó reían sin saber de qué. El Comendador meditaba, sentía gran bienestar, gozaba de todo, aunque más tranquilamente que ellas.

Al llegar á sitio más ancho, no ya á otra senda, sino á un camino, los tres, que, por ser la senda casi siempre estrecha, habían ido uno en pos de otro, se pusieron en la misma línea. Clara estaba en el centro. Lucía dijo entonces, dirigiéndose á su tío:

—Vamos, ya habrá satisfecho V. su curiosidad. Ésta es Clori. ¿No es verdad que merece haber inspirado el idilio?

Doña Clara, que si bien más moza que Lucía, era más reflexiva y grave, sintió que su amiga hubiese confiado á su tío aquel secreto, y no pudo reprimir las muestras de su disgusto, frunciendo el entrecejo, poniéndose más seria y tiñéndose al mismo tiempo de grana sus mejillas con la vergüenza y el enojo.

Nada dijo Doña Clara, á pesar de ello; pero Lucía advirtió su disgusto y prosiguió de esta suerte:

—No te ofendas Clarita. No me motejes de parlanchina. Mi tío me puso anoche entre la espada y la pared, y tuve que confesárselo todo. Tuve que disculparme y que disculpar á D. Carlos. Á mi tío se le metió en la cabeza que él era el viejo rabadán y que yo era Clori. Además, mi tío es muy sigiloso y no dirá nada á nadie. ¿No es verdad tío?

—Descuide V., señorita —respondió el Comendador, encarándose con Doña Clara, que se puso más encarnada aún:— nadie sabrá por mí quién ha inspirado el idilio, que es, por cierto, precioso.

El Comendador advirtió que Clara se tranquilizaba, si bien no acertó, con la turbación, á pronunciar palabra alguna.

Doña Lucía continuó:

—¡Vaya si es precioso el idilio! Créame V., tío: desde Vicente Espinel hasta nuestra edad, Ronda no ha producido más ingenioso poeta que nuestro amigo D. Carlos de Atienza, ilustre mayorazgo de la mencionada ciudad, el cual vive en Sevilla con sus padres, trata de tomar en aquella Universidad la borla de doctor en ambos Derechos, y ahora descuida bastante los estudios por seguir á Clori, que, desde Sevilla, se ha venido aquí de asiento con su familia, á quien V. sin duda conoce.

—Sobrina, yo no sé si tengo ó no la honra de conocer á la familia de esta señorita, cuyo apellido no me has dicho. ¿Cómo un forastero recién llegado ha de adivinar la familia de quien sólo sabe que se llama Clori en poesía y Clara en prosa?

—¡Ay, es verdad! ¡Qué distraída soy! No había yo dicho á V. cómo se llamaba mi amiga. Pues bien, tío: esta señorita se llama Doña Clara de Solís y Roldán. Y ahora, ¿qué dice V.? ¿Conoce V. ó no conoce á su familia?

Al oir en boca de Lucía el nombre y apellidos de su amiga y la última inocente pregunta, el Comendador se estremeció, se turbó; el color rojo, que había teñido antes las mejillas delicadas de Clarita, se diría que había pasado con más fuerza á encender el rostro varonil de D. Fadrique, curtido por el sol de India y por los vientos de los remotos mares.

Lucía, sin advertir la turbación de su tío, siguió diciendo:

—Pero ¿qué digo á su familia? Á la misma Clara es posible que V. la conozca, sólo que ya no se acuerda. Cuando era ella chiquirritita, tal vez cuando ella nació, estaba V. en Lima. Clara es limeña.

Dominándose al cabo el Comendador, contestó á su sobrina:

—Mal puedo acordarme y mal puedo haber olvidado á esta señorita, á quien nunca he visto. Á quien sí he conocido y tratado mucho es á su señor padre; y también, á pesar de la vida retirada y austera que siempre ha hecho, tuve el gusto de tratar y ser amigo de mi señora Doña Blanca Roldán. ¿Cómo está su señora madre de V., señorita?

—Sigue bien de salud —contestó Doña Clara;— pero, entregada como nunca á sus devociones, apenas se deja ver de nadie.

—¿Y el Sr. D. Valentín, está bueno?

—Gracias á Dios, lo está, —dijo Clara.

—Se ha retirado ya de la magistratura —añadió Lucía;— ha heredado los cuantiosos bienes de su hermano el mayor, que murió sin hijos, y vive aquí, donde tiene su mejores fincas, de que Clarita es única heredera.

Como una nueva oleada de sangre subió entonces á la cara del Comendador, enrojeciéndola toda. Reportándose luego, dijo de la manera más natural á su parlera sobrina:

—¿Con que esta señorita, además de ser tan guapa, es muy rica?

—Para estos lugares lo es. ¿No es verdad, tío, que es muy extraño que la quieran casar con don Casimiro? ¡Si viera V. qué viejo y qué feo está! Vamos, es ofender á Dios. Yo, si fuera el Papa, negaba la licencia que habrá que pedirle.

—Pues qué —exclamó D. Fadrique,— ¿son ustedes parientes tan cercanos?

—Don Casimiro Solís es el pariente más cercano que tiene mi padre, —contestó Clara.

—Sería su inmediato heredero si Clara no viviese, —añadió Lucía, que no dejaba por contar nada de cuanto sabía, cuando se hallaba entre personas, como Clara y su tío, que le infundían tanta confianza y cariño.

Don Fadrique no llevó adelante la conversación. Quedó callado y como pensativo y melancólico.

En silencio continuaron, pues, paseando hasta que llegaron alnacimiento. En mitad de un bosque de encinas y olivos, que pone término á las huertas, se alza un monte escarpado, formado de riscos y peñascos enormes, que parecen como suspendidos en el aire, amenazando derrumbarse á cada momento.

Higueras bravías, jaras de varias especies, romero y tomillo, musgo, retama y otras mil hierbas, plantas y flores, nacen en las hendiduras de aquellas peñas ó cubren los sitios en que no está pelada la roca viva, y hallan alguna capa vegetal donde fijar y alimentar las raíces.

Los peñascos horadados abren paso á diversas grutas ó cuevas en no pocos sitios del cerro, á cuyo pie, más bajo aún que el nivel del camino, están como socavadas las piedras, formando una gruta mayor y de más grande entrada que las otras. En el fondo de esta gruta, que se ve todo sin penetrar allí, brota de una grieta, sin hipérbole alguna, un verdadero río. Por eso se llama aquel sitio el nacimiento del río, ó sencillamenteel nacimiento.

El agua que mana de entre las peñas cae con grato estruendo en un estanque natural, cuyo suelo está sembrado de blanquísimas y redondas piedrezuelas. Por aquel estanque se extiende mansa el agua, creando y desvaneciendo de continuo círculos fugaces; mas, á pesar de los círculos, son las ondas de tal transparencia, que al través de ellas se ve el fondo, aunque está á más de vara y media de profundidad, y en él pueden contarse las guijas todas.

En la margen del pequeño lago crecen juncos, juncia, berros y otras plantas acuáticas.

El estanque ó lago llena la gruta y se dilata buen espacio fuera de ella, reflejando el cielo en su cristal. Á derecha y á izquierda hay dos acequias, por donde el agua corre, dividiéndose después en infinitos arroyuelos, y yendo á regar las mil y quinientas huertas que hacen del término de aquella pequeña ciudad un verde y florido paraíso.

Como todo por aquellas cercanías es terreno quebrado, el agua baja á las hondonadas con ímpetu brioso: á veces se precipita en cascadas, y á veces pone en movimiento aceñas, batanes y martinetes. No obstante, cerca del nacimiento el agua va por tierra llana, con sosegada corriente y apacible murmullo, sin que haya ruido mayor en aquella amena soledad que el que produce el nacimiento mismo; el golpe del agua que brota de la peña y cae dentro de la gruta.

Á la orilla del estanque rústico hay varios sauces, y junto al tronco del más alto y frondoso un poyo ó asiento de piedra. Allí estaba sentado el poeta rondeño D. Carlos de Atienza cuando llegaron el Comendador, su sobrina y Doña Clara.

Don Fadrique, como si anhelase apartar de sí tristes y enojosos pensamientos, impropios de su carácter y risueña filosofía, se pasó la mano por la frente, y creyendo que recobraba su serena y alegre condición, dijo en voz alta:

—Hola, ilustre poeta, ¿qué nuevo idilio compone V. en estas soledades?

Don Carlos se levantó del asiento, y yendo hacia los recién venidos, dijo:

—Buenos días, Sr. D. Fadrique. Beso los pies de Vds., señoritas.

El Comendador le allanó el camino para que se viniese con él y con las niñas y los acompañase un rato en el paseo. Habló á D. Carlos de sus estudios, le ponderó lo mucho que le agradaba la poesía, le encomió el idilio y se le hizo repetir.

No podía haber dado mayor gusto á D. Carlos, ni mayor satisfacción de amor propio; porque, como todos los que escriben, han escrito ó escribirán versos en el mundo, era D. Carlos aficionadísimo á recitarlos en presencia de un benévolo y discreto auditorio, y siempre se inclinaba á calificarle de discreto, con tal de que fuese benévolo.

Don Fadrique miró con disimulo, pero con mucha atención, á Clarita mientras que D. Carlos recitó el idilio. Si aun le hubiera quedado la menor duda de que Clara era Clori, la duda se hubiera disipado. Á Clarita, valiéndonos de una expresión en extremo vulgar, si bien muy pintoresca, un color se le iba y otro se le venía mientras los versos duraron. Ya se ponía pálida, ya se cubrían de púrpura sus mejillas. Hasta cuando exclamó D. Carlos recitando:

"Pues¡qué! ¿te he dado en balde tanta pruebaDe amor?"

vió ó imaginó ver D. Fadrique que los párpados de Doña Clara se contraían más de lo ordinario, como para recoger y ocultar indiscretas lágrimas, que ansiaban por brotar de los hermosos ojos.

Después de recitados los versos, D. Carlos, menos atrevido en prosa, apenas se acercó á Clara, y no le dijo palabra que todos no oyesen. Sólo con Lucía habló en voz baja y como en secreto.

Los cuatro se internaron, prosiguiendo el paseo y volviendo á la ciudad por otro camino, en medio de una frondosísima alameda. Allí Clara, ó adelantándose ó quedándose atrás y dejando al Comendador con su sobrina, hubiera podido hablar á su placer con D. Carlos; pero no parecía sino que le tenía miedo, que temblaba de oir su voz sin testigo, y que deseaba demostrar á los ojos del Comendador que no quería pertenecer á D. Carlos, sino á D. Casimiro. Ello es que en los lugares más agrestes, Clara no se apartaba del lado de D. Fadrique, como si temiese que saliese una fiera á devorarla y buscase en él su amparo y defensa.

¿Quién sabe lo que pasaba en aquellos instantes en el alma del Comendador? Lo cierto es que casi no se atrevía á hablar á Clara; pero de repente, en una ocasión en que D. Carlos y Lucía se adelantaron y se perdieron de vista entre los árboles, el Comendador detuvo á Clara, la contempló de un modo extraño y dulce, y tomando su semblante una expresión solemne y en cierto modo venerable, exclamó:

—¡Hija mía! Es V. muy buena, muy hermosa… inocente de todo; Dios bendiga á V. y la haga tan feliz como merece.

Y diciendo esto, alzó las manos como para bendecir á la muchacha, tomó su cabeza entre ellas y le dió en la frente un beso.

Clara halló, sin duda, muy raro todo aquello, fuera del uso y del estilo común; pero la cara de D. Fadrique estaba tan seria, y su expresión era tan simpática y noble, que, á pesar de las ideas con que personajes devotos habían manchado precozmente la conciencia de la niña, hablándole de pecados y faltas, Clara no pudo ver allí ningún atrevimiento liviano.

Más aún se afirmó en la idea de lo puro é impecable del extraño é inesperado beso, cuando le dijo el Comendador:

—Don Carlos me parece un mozo excelente. ¿Le ama V. mucho?

Había en el acento de D. Fadrique un suave imperio, al que Clara no supo resistir.

—Le he amado mucho —contestó,— pero yo acertaré á no amarle. He sido muy culpada. Sin que lo sepa mi madre le he querido. En adelante no le querré. Seré buena hija. Obedeceré á mi madre. Ella sabe mejor que yo lo que me conviene.

Don Fadrique no se atrevió á replicar ni á hacer un discurso subversivo de la autoridad materna.

Á poco volvieron á reunirse, en un solo grupo los cuatro.

Antes de entrar de nuevo en la ciudad, D. Carlos se despidió delComendador y de las dos señoritas, y se fué por otros sitios.

Apenas Lucía y su tío dejaron á Clara á la puerta de su casa, el tío preguntó á la sobrina:

—¿Qué te ha dicho D. Carlos?

—¿Qué ha de decir? Que está desesperado; que Clara le desdeña, que le rechaza, y que, por obedecer á su madre, se casará con D. Casimiro.

—Y D. Valentín, ¿qué hace?

—Nada. ¿Qué quiere V. que haga? Pues qué, ¿ignora V. que D. Valentín es un gurrumino? Una mirada de Doña Blanca le confunde y aterra; una palabra de enojo de aquella terrible mujer hace que tiemble D. Valentín como un azogado.

—De suerte que Doña Blanca es quien ha decidido el casamiento de Clara con D. Casimiro.

—Sí, tío; en esa casa Doña Blanca es quien lo decide todo. Ella manda y los demás obedecen. No se atreven á respirar sin su licencia. No se puede negar que Doña Blanca tiene mucho talento y es una santa. Sabe más de las cosas de Dios que todos los predicadores juntos. Reza muchísimo; lee y estudia libros piadosos; lleva una vida ejemplar y penitente, y hace muchas limosnas á los pobres y á las iglesias; pero, á pesar de tantas virtudes y excelentes prendas, nada tiene de amable. Antes al contrario, es terrible. Á mí me pone miedo.

—No lo dudo, sobrina; ya era como tú la describes cuando yo la conocí.

—¡Ay, tío! ¿Y la veía V. con frecuencia?

—No con frecuencia, sobrina; pero al fin la traté algo.

—No extrañe V. que en una semana no vengan á casa, ni para cumplir. Doña Blanca vive con la mente tan lejos de todo, y se resiste tanto á que le cuenten cosas del mundo exterior que distraigan su espíritu de la contemplación íntima en que vive, que de seguro ni ella ni su pobre marido sabrán que V. ha llegado. D. Valentín no creo que sea hombre muy interior, espiritual y contemplativo; pero como tiene tanto miedo á su mujer y quiere darle gusto siempre, vive también á lo místico, apartado del trato humano, y yo le juzgo capaz de azotarse con unas disciplinas, no tanto por amor de Dios, cuanto por amor y por miedo de Doña Blanca.

Don Fadrique escuchaba y callaba. No tenía humor de despegar los labios. Lucía, que era aficionada á hablar, soltó la tarabilla y prosiguió diciendo:

—¡Pobre Clara! Figúrese V. lo divertida que estará. Yo no lo dudo; ella se irá al cielo; pero ¡qué! ¿no puede ir uno al cielo con menos trabajo? No acierto á ponderar á V. los prodigios de astucia, los portentos de habilidad, aunque esté mal que yo me alabe, que he tenido que hacer para ganarme un poco la voluntad y la confianza de Doña Blanca y lograr que su hija se trate conmigo y salga á veces en mi compañía. Si no fuera por mí, Clara estaría como enterrada en vida, entre cuatro paredes. No sé cómo ha podido entenderse con D. Carlos. Gracias á que él es muy listo y capaz de todo. Clara ha estado con él, no diré que en relaciones, sino casi en relaciones. Ello es que Clara le amaba. Luego ha tenido remordimientos de amar á un hombre á escondidas de su madre, y sobre todo cuando su madre la destina para otro. Así es que ahora rechaza al pobre D. Carlos, y el infeliz zagal Mirtilo se muere de pena.

El Comendador oía con interés á su sobrina, y no ponía en la conversación ni una exclamación siquiera. Parecía que se había quedado mudo ó que no sabía qué decir.

—Clara —prosiguió Lucía,— ahora que cree pecado amar á D. Carlos, y que no halla posible oponerse á la voluntad de su madre, piensa á veces en ser monja; pero ni este deseo se atreve á confiar á su madre. Considera ella, en primer lugar, que no es buena su vocación; que quiere tomar el velo por despecho y como desesperada; y, por otra parte, cree que decir á su madre que quiere ser monja es un acto de rebeldía, es oponerse á su voluntad de casarla con D. Casimiro. ¿Qué piensa V. de la situación de mi desgraciada amiga?

Interrogado tan directamente el Comendador, tuvo al cabo que romper el silencio; pero respondió con laconismo:

—Mala es, en verdad, la situación; pero, ¿quién sabe? Todo tiene remedio menos la muerte. Entre tanto —añadió D. Fadrique, hablando con lentitud y bajo, dejando caer las palabras una á una, como si le costasen grandes esfuerzos, y como si en vez de responder á su sobrina hablase consigo mismo y á sí propio se respondiese;— entre tanto, Doña Blanca es discreta, es piadosa y es buena madre. Razones de mucho peso tiene… sin duda… para querer casar á su hija con D. Casimiro. En fin, muchacha, sigue siendo buena amiga de Clara; pero no caviles ni formes juicios acerca de la conducta de Doña Blanca. Voy, además, á hacerte otra súplica.

—Mande V., tío.

—Es algo difícil lo que exijo de tí.

—¿Por qué?

—Porque te gusta hablar, y lo que exijo es que calles.

—¿Y qué he de callar? Ya verá V. cómo me callo. Yo no quiero que V. se disguste y forme mal concepto de mí.

—Pues bien; calla que me has puesto al corriente de los amores de D. Carlos y Doña Clara, y calla también cuanto sabes acerca de estos amores.

—¡Tío, por amor de Dios! No me crea V. tan amiga de contarlo todo. El pícaro idilio tiene la culpa. Sin el idilio, ni á V. le hubiera yo confiado nada.

Oído esto, sonrió el Comendador á su sobrina; y como ya estaban en la casa, se apartó de la muchacha, yéndose algo meditabundo y ensimismado, cual si procurase resolver un difícil problema.

Mientras el Comendador y Lucía tenían el diálogo de que acabamos de dar cuenta, Clara había entrado en el cuarto de su madre.

Doña Blanca estaba sentada en un sillón de brazos. Delante de ella había un velador con libros y papeles. D. Valentín estaba allí, sentado en una silla, y no muy distante de su mujer.

El aspecto de Doña Blanca era noble y distinguido. Vestida con sencillez y severidad, todavía se notaban en su traje cierta elegancia y cierto señorío. Tendría Doña Blanca poco más de cuarenta años. Bastantes canas daban ya un color ceniciento á la primitiva negrura de sus cabellos. Su semblante, lleno de gravedad austera, era muy hermoso. Las facciones, todas de la más perfecta regularidad.

Era Doña Blanca alta y delgada. Sus manos, blancas, parecían transparentes. Sus ojos, negros como los de su hija, tenían un fuego singular é indefinible, como si todas las pasiones del cielo y de la tierra y todos los sentimientos de ángeles y diablos hubiesen concurrido á crearle.

Don Valentín, tímido y pacífico, enamorado de su mujer en los primeros años de matrimonio, y lleno después de consideración hacia ella, no se atrevía á chistar en su presencia, si ella no le mandaba que hablase.

Era D. Valentín un virtuoso caballero, pero débil y pusilánime. Había sido, por amor y respeto á su honra, un magistrado íntegro. Nada había podido apartarle del cumplimiento de su deber, y hasta había mostrado admirable entereza fuera de casa, donde la entereza, por grande que deba ser, basta con que dure un instante; pero en la casa, con la doméstica tiranía de una mujer dotada de voluntad de hierro, cuya presión es perpetua é incesante, D. Valentín no había sabido resistir, y había abdicado por completo. La hacienda, los negocios, la educación de la hija, todo dependía y todo era dirigido y gobernado por Doña Blanca.

El aspecto de D. Valentín era insignificante y neutral.

Ni alto ni bajo, ni pelinegro ni rubio, ni flaco ni gordo. Parecía, con todo, un señor, por decirlo así, muy correcto en sus modales, en su continente y en su habla. La devota sumisión á su mujer añadía á dicha calidad de correcto una tintura de mansedumbre.

Don Valentín había sido en su mocedad muy buen católico, pero sin fervor penitente y sin inclinaciones místicas y contemplativas. Ahora, por no desazonar á su mujer, se esforzaba por remedar á San Hilarión ó á San Pacomio.

Tenía D. Valentín cerca de sesenta años de edad, pero parecía mucho más viejo, porque no hay cosa que envejezca y arruine más el brío y la fortaleza de los hombres que esta servidumbre voluntaria y espantosa, á que por raro misterio de la voluntad se someten muchos, cediendo á la persistencia endemoniada de sus mujeres.

No bien entró Clara en el cuarto, Doña Blanca le preguntó:

—¿Dónde has estado, niña?

—Mamá, enel nacimiento.

—No sé cómo tiene pies mi señora Doña Antonia para dar paseos tan disparatados. Con ir y volver, eso es andar cerca de una legua.

—Doña Antonia no ha estado hoy con nosotras —dijo Clara, no atreviéndose á mentir, ni siquiera á disimular.

El rostro de Doña Blanca tomó cierta expresión de sorpresa y de notable desagrado.

—Entonces ¿quién os ha acompañado en el paseo? —preguntó Doña Blanca.

—No se enoje V., mamá: hemos ido bien acompañadas.

—Sí; pero ¿por quién? ¿Por alguna fregona? ¿Por alguna tía cualquiera?

—Mire V., mamá, Doña Antonia tenía la jaqueca y no pudo acompañarnos.En su lugar ha venido con nosotras el tío de Lucía.

—¿Y quién es ese tío?

—Un señor marino que estuvo en la India y en el Perú, que dice que conoce á V., que hace poco ha venido á vivir á Villabermeja, y que anoche llegó aquí á pasar una temporada.

—Ese es el Comendador Mendoza —dijo D. Valentín, con cierto júbilo de saber que había llegado un antiguo amigo.

—Justamente, papá, así se llama: el Comendador Mendoza; un señor muy fino, si bien algo raro.

—Oye, Blanca, será menester que vayamos á ver al Comendador, que vive sin duda en casa de su hermano —exclamó D. Valentín.

—Cumpliremos con ese deber que la sociedad nos impone —dijo Doña Blanca con reposo y dignidad serena—; pero tú, Clara, no debes volver á salir de paseo ni tratarte con ese hombre malvado é impío. Si la santa fe de nuestros padres no estuviera tan perdida; si las perversas doctrinas del filosofismo francés no nos hubiesen inficionado, ese hombre, en vez de vestir el honroso uniforme de la marina, vestiría el sambenito; en vez de andar libre por ahí, piedra de escándalo, fermento de impiedad, levadura del infierno, corrompiendo lo que aun en el cuerpo social se conserva sano, estaría en los calabozos de la Inquisición ó ya hubiera muerto en la hoguera.

Clara se aterró al oir en boca de su madre aquella diatriba. Se representó en su mente al Comendador como á un personaje endiablado; y, acordándose del tierno beso que de él había recibido, se llenó toda de espanto y de vergüenza.

Don Valentín, con el recuerdo del Comendador, que le traía á la imaginación mejores tiempos, cuando él estaba menos viejo y menos sumiso, se sentía, contra su costumbre, con ánimo de contradecir y no someterse del todo. Así es que dijo:

—¡Válgame Dios, mujer, qué falta de caridad es esa! Eres injusta con nuestro antiguo amigo. No te negaré yo que era algoesprit forten su mocedad pero ya se habrá enmendado. Por lo demás, siempre fué el Comendador pundonoroso, hidalgo y bueno. ¿Qué tienes tú que decir contra su moralidad?

—Cállate, Valentín, que no dices más que sandeces. Y las llamo sandeces, por no calificarlas de blasfemias. ¿Qué moralidad, qué hidalguía, qué virtud puede haber donde faltan la religión y las creencias, que son su fundamento? Sin el santo temor de Dios toda virtud es mentira y toda acción moral es un artificio del diablo para engañar á los bobos que presumen de discretos y que no subordinan su juicio á los que saben más que ellos. Ya lo he dicho y lo repito: el Comendador Mendoza era un impío y un libertino, y seguirá siéndolo. Nosotros iremos á visitarle para no chocar, procurando no hallarle en casa y ver sólo á doña Antonia y á su bendito marido. En cuanto á Clarita, se buscará un pretexto cualquiera para que no salga más con Lucía, exponiéndose á ir en compañía de ese renegado, jacobino, volteriano y ateo. Primero confiaría yo á Clara al cuidado de la más vil y pecadora de las mujeres. Esta mujer, con el auxilio de la religión, puede regenerarse y llegar á ser una santa; pero de quien niega á Dios ó le aborrece, del empedernido de toda la vida, ¿qué esperanza es lícito concebir?

Clarita y D. Valentín se compungieron y amilanaron con el sermón de DoñaBlanca, y nada supieron contestarle.

Quedó, pues, resuelto que Clarita, por culpa del Comendador y para que no se contaminase, no volvería á pasear con Lucía.

Las resoluciones de Doña Blanca Roldán eran irrevocables y efectivas.Ella sabía darles cumplimiento con calma persistente.

Una mañana, después de oir misa con D. Valentín, estuvo Doña Blanca á visitar á Doña Antonia y á felicitarla por la venida de su cuñado; y fué con tal tino, que no se hallaba el Comendador en casa.

Ni antes ni después de esta visita se dejaron ver Doña Blanca y D. Valentín de sus vecinos y amigos. Retirados siempre en el fondo del antiguo caserón en que vivían, y pretextando enfermedades, no recibían visitas, á pesar de lo difícil y odioso que es negarse á recibir, estando en casa, cuando se vive en un pueblo pequeño.

En balde intentó repetidas veces Lucía sacar á paseo á Clara. Siempre que envió recado, le contestaron que Clara estaba mal de salud ó muy ocupada y que le era imposible salir.

Lucía fué ella misma á ver á Clara, y sólo dos veces pudo verla, pero en presencia de su madre. Estas pruebas de retraimiento y hasta de desvío estaban suavizadas por una extremada cortesía de parte de Doña Blanca; aunque bien se dejaba conocer que si esta señora ponía de su parte cuantos medios le sugería su urbanidad á fin de no dar motivo de agravio, preferiría agraviar, si por agraviado se daba alguien, á cejar un punto en su propósito.

Fuera del día en que visitó á Doña Antonia, no ponía Doña Blanca los pies en la calle sino de madrugada, para ir á la iglesia, á misa y demás devociones. D. Valentín la acompañaba casi siempre, como un lego ó doctrino humilde, y Clara la acompañaba siempre, sin osar apenas levantar los ojos del sueldo.

Lucía, cavilando sobre las causas de aquella poco menos que completa ruptura de relaciones, llegó á temer que Doña Blanca hubiese averiguado los amores de Clara con D. Carlos de Atienza, la presencia de éste en la ciudad y la entrada y protección con que contaba en su casa.

Doña Clara no hablaba á solas ni escribía á su amiga; por los criados nada podía averiguarse, porque los de Doña Blanca eran forasteros casi todos, y ó no tenían confianza en la casa, ó hacían una vida devota y apartada, imitando y complaciendo así á sus amos.

Sólo podía afirmarse que la única persona que entraba de visita en casa de D. Valentín era su cercano pariente D. Casimiro.

De esta suerte se pasaron diez días, que á don Carlos, á Lucía y al Comendador parecieron diez siglos, cuando al anochecer, en una hermosa tarde, el Comendador estaba en el patio de la casa sólo con su sobrina. Ésta traía con su tío una conversación muy animada, mostrándole las plantas y las flores que en arriates y en multitud de tiestos adornaban aquel patio, contiguo, como ya hemos dicho, al de la casa de D. Valentín. Salvando el muro divisorio, la voz de ambos interlocutores podía llegar al patio inmediato. La voz llegó, en efecto, porque en medio de la conversación sintieron Lucía y el Comendador el ruido de un pequeño objeto pesado que caía á sus pies. Lucía se bajó con prontitud á recogerle, y no bien le tuvo en la mano, dijo á su tío, toda alborozada y en voz baja:

—Es una carta de Clarita. ¡Qué buena es! Me quiere de veras. Menester es conocerla como yo la conozco, para estimar lo que vale esta fineza de su amistad. ¡Burlar por mí la vigilancia de su madre! ¡Escribirme furtivamente! Calle V… tío… si parece imposible. ¡Por mí, esa infeliz, que es una santa, ha faltado á su deber de obediencia filial! ¿Y cómo, dónde, á qué hora habrá podido escribirme? Vamos … si le digo á V. que es un milagro de cariño. Y la picarita ¿con qué angustia habrá estado espiando la ocasión de echarme la carta, segura de que yo la recogería? ¡Benditas sean sus manos!

Y diciendo esto había desatado el papel de la china en que venía liado con un hilo, y se diría que quería comérsele á besos.

—Ven á leer esa carta —dijo el Comendador,— donde haya luz y donde no vengan á interrumpirnos. En el despacho no hay nadie y ahora acaban de encender el velón. Ven, que es ya de noche y aquí no verás.

Lucía fué al despacho con su tío, y con acento conmovido, casi al oído del Comendador, leyó lo siguiente:

"Mi querida Lucía: De sobra conoces tú lo mucho que te quiero. Considera, pues, cuánto me afligirá verte tan poco y no poder hablarte. Mi madre lo exige, y una buena hija debe complacer á su madre. No creas que mi madre ha sospechado nada de mis desenvolturas con D. Carlos de Atienza. Me echo á temblar al representarme que hubiera podido sospecharlo. Nadie sabe más que tú, el Comendador y yo, que D. Carlos me pretende; pero Dios sabe mi pecado, del que estoy arrepentida. Ha sido enorme perversidad en mí dar alas á ese galán con miradas dulces y profanas sonrisas… casi involuntarias… te lo juro. No por eso me pesan menos en la conciencia. Algo he hecho yo, ó arrastrada por mi maldad nativa, ó seducida por el enemigo común de nuestro linaje, para alborotar á ese mozo, hacerle abandonar su Universidad y sus estudios, y moverle á venir aquí en persecución mía. En medio de todo, harto tengo que agradecer á Jesús y á María Santísima, que se apiadan de mí, á pesar de lo indigna que soy, y disponen que no se solemnice mi falta con el escándalo. Favor sobrenatural del cielo es, sin duda, el que siga oculto el móvil que ha impulsado á D. Carlos á venir aquí. La gente cree que vino y está aquí por tí. ¡Cuánto debo agradecerte que cargues con esta culpa! Si yo no hubiera sido atrevida, si yo no hubiera animado á D. Carlos, si yo hubiera tenido la severidad y el recato convenientes, no me vería ahora en tan amargo trance. ¡Ay, mi querida Lucía! El corazón humano es un abismo de iniquidad … y de contradicciones. ¿Quieres creer que, si por un lado me desespero de haber dado ocasión para que D. Carlos haya venido persiguiéndome, por otro lado me lisonjea, me encanta que haya venido, y advierto que si no hubiera venido sería yo más desgraciada? En medio de todo… no lo dudes… yo soy muy mala. Estoy avergonzada de mi hipocresía. Estoy engañando á mi madre, que es tan perspicaz. Mi madre me juzga demasiado buena… y vela por mí, como el avaro por su tesoro, cuando el tesoro está ya perdido. No acierto á decírtelo para que no te enojes, y, no obstante, quiero decírtelo. No cumpliría con un deber de conciencia si no te lo dijese. La causa de que mi madre me aparte de tí es tu tío. Á mí me pareció un caballero muy fino, y bueno; pero mi madre asegura ¡qué horror! que no cree en Dios. ¿Es posible ¡hija mía! que hiera el demonio con tan abominable ceguedad los ojos de algunas almas? ¿Se comprende que la copia, la imagen, la semejanza, renieguen del original divino, que les presta el único valor y noble ser que tienen? Si ello es cierto, si el Comendador está obcecado en sus impiedades, ármate de prudencia y pide al cielo que te salve. Procura también traer á tu tío al buen camino. Tú tienes extraordinario despejo y don de expresarte con primor y entusiasmo. El Altísimo, además, se vale á menudo de los débiles para sus grandes victorias. Acuérdate de David, mancebo, que era un pastorcillo sin fuerzas, y venció y derribó al gigante en el valle del Terebinto. ¿Cuántas hermanas, hijas, madres y esposas no han logrado convencer á sus descarriados maridos, hermanos, hijos ó padres? Á gloria parecida debes aspirar tú, y Dios te premiará y te dará brío para alcanzarla. En cuanto á mí, aun siendo tan niña, soy una miserable pecadora, y bastante tarea tengo con llorar mis locuras y apaciguar la tempestad de encontrados sentimientos que me destrozan el pecho. Dame la última y mayor prueba de amistad. Persuade á D. Carlos de que no le amo. Díle que se vuelva á Sevilla y me deje. Convéncele de que soy fea, de que gusto de D. Casimiro, de que mi ingratitud hacia él merece su desprecio. Yo debiera haberle hablado en este sentido; pero soy tan débil y tan tonta, que no hubiese atinado á decírselo, y tal vez le hubiera inducido estúpidamente á que creyese todo lo contrario. Por amor de Dios, Lucía de mi alma, despide por mí á D. Carlos. Yo no puedo, no debo ser suya. Que se vaya; que no disguste por mí á sus padres; que no pierda sus estudios; que no motive un escándalo cuando se sepa que vino por mí y que yo soy una malvada, provocativa, seductora, quién sabe … Adiós. Estoy apuradísima. No tengo á nadie á quien confiar mis cosas, con quien desahogar mis penas, á quien pedir consejo y remedio. Espero con ansia la llegada del P. Jacinto, que es el oráculo de esta casa. Sé que lo que yo le diga caerá como en un pozo, y que sus consejos son sanos. Es el único hombre que tiene algún imperio sobre mi madre. ¿Cuándo vendrá de Villabermeja? Adiós, repito, y ama y compadece á tu—CLARA."


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