Esta carta inocente, tan propia de una niña de diez y seis años, discreta y educada con devoción y recogimiento, gustó mucho al Comendador; pero también le dió no poco que pensar. No entraremos nosotros en el fondo de su alma á escudriñar sus pensamientos, y nos limitaremos á decir que tomó tres resoluciones, de resultas de aquella lectura.
Fué la primera buscar modo de ver y de hablar á la severísima Doña Blanca; la segunda, sondear bien el ánimo de D. Carlos para conocer hasta qué punto amaba de veras á la niña y merecía su amor, y la tercera, tratar con el P. Jacinto y proporcionarse en él un aliado para la guerra que tal vez tendría que declarar á la madre de Clarita.
Á fin de conseguir lo primero, en vez de escribir pidiendo una audiencia, que con cualquier pretexto y muy políticamente se le hubiera negado, discurrió D. Fadrique levantarse al día siguiente de madrugada, aguardar en la calle á Doña Blanca cuando ella saliese para acudir á la iglesia, é ir derecho á hablarle, sin miedo alguno.
Así lo hizo el Comendador. Doña Blanca, antes de las seis, apareció en la calle con Clarita y don Valentín. Iban á misa á la Iglesia Mayor. Apenas los vió salir D. Fadrique, se acercó muy determinado, y saludando cortésmente con sombrero en mano, dijo:
—Beso á V. los pies, mi señora Doña Blanca. Dichosos los ojos que logran ver á V. y á su familia. Buenos días, amigo D. Valentín. Clarita, buenos días.
Don Valentín, al oírse llamar amigo tan blandamente y por una voz conocida y simpática, no se pudo contener; no reflexionó, se dejó llevar del primer ímpetu cariñoso y se fué hacia D. Fadrique con los brazos abiertos. Por dicha, no obstante, D. Valentín tenía la inveterada costumbre de no hacer la menor cosa sin mirar antes á su mujer para notar la cara que ponía y si le retraía de consumar ó le alentaba á que consumase su conato de acción. Á pesar, pues, de lo entusiasmado que iba á abrazar á D. Fadrique, el instinto le indujo á que mecánicamente volviera la cara hacia Doña Blanca antes de llegarse á dar el abrazo. Indescriptible es lo que vió entonces en los fulminantes ojos de su mujer. Casi no se puede describir el efecto que le produjo aquella mirada. Creyó D. Valentín leer en ella el más profundo desdén, como si le acusase de una humillación estólida, de una bajeza infame; y creyó ver, al mismo tiempo, la ira y la prohibición imperiosa de que llevase á cabo lo que se había lanzado á ejecutar. El terror sobrecogió de tal suerte el ánimo de D. Valentín, que se paró, se quedó inmóvil de súbito, como si se hubiera convertido en piedra. Sólo con voz apagada y apenas perceptible exhaló, por último, como lánguido suspiro, un
—Buenos días, Sr. D. Fadrique.
—Buenos días, —dijo también Clara, no con más aliento que su padre.
Doña Blanca miró de pies á cabeza al Comendador, y con reposo y suave acento, sin alterarse ni descomponerse en lo más mínimo, le habló de esta manera:
—Caballero: Dios, que es infinitamente misericordioso, tenga á V. en su santa guarda. No por amor suyo, de que V. carece, sino por el mundano honor de que V. se jacta y por los respetos y consideraciones que todo hombre bien nacido debe á las damas, ruego á V. que no nos distraiga del camino que llevamos, ni perturbe nuestra vida retirada y devota.
Y dicho esto, hizo Doña Blanca al Comendador una ceremoniosa y fría reverencia, y echó á andar con sosegada gravedad, siguiéndola D. Valentín y llevando delante á Clara.
Don Fadrique pagó la reverencia con otra, se quedó algo atolondrado, y dijo entre dientes:
—Está visto: es menester acudir á otros medios.
No bien la familia de Solís se hubo alejado treinta pasos delComendador, vió éste que Doña Blanca se volvía á hablar con su marido.
Es evidente que el Comendador no oyó lo que le decía; pero el novelista todo lo sabe y todo lo oye. Doña Blanca, que trataba siempre de V. y con el mayor cumplimiento á su señor marido cuando le echaba un sermón ó reprimenda, le habló así mientras Clara iba delante:
—Mil veces se lo tengo dicho á V., Sr. D. Valentín. Ese hombre, que V. se empeñó en introducir en casa, allá en Lima, es un libertino, impío y grosero. Su trato, ya que no inficione, mancha ó puede manchar la acrisolada reputación de cualquiera señora. Yo tuve necesidad poco menos que de echarle de casa. Motivos hubo, en su falta de miramientos y hasta de respeto, para que en otras edades bárbaras, olvidando la ley divina, alguien le hubiera dado una severa lección, como solían darlas los caballeros. Esto no había de ser: era imposible… Nada que más repugne á mi conciencia; nada más contrario á mis principios; pero hay un justo medio… Delito es matar á quien ha ofendido… pero es vileza abrazarle. Sr. D. Valentín, V. no tiene sangre en las venas.
Todo esto lo fué soltando, despacio y bajo, casi en el oído de D.Valentín, su tremenda esposa Doña Blanca.
Fueron tan duras y crueles las últimas frases, que D. Valentín estuvo á punto de alzar bandera de rebelión, armar en la calle la de Dios es Cristo y contestar á su mujer lo que merecía; pero el olor de mil flores regalaba el olfato; la gente pasaba con alegre aspecto; el día estaba hermosísimo; la paz reinaba en el cielo; un fresco vientecillo primaveral oreaba y calmaba las sienes más ardorosas; la familia de Solís iba al incruento sacrificio de la misa; Clara marchaba delante tan linda y tan serena: ¿cómo turbar todo aquello con una disputa horrible? D. Valentín apretó los puños y se limitó á exclamar con acento un si es no es colérico:
—¡Señora!…
Luego añadió para sí, cuidando mucho de que no lo oyese Doña Blanca:
—¡Maldita sea mi suerte!
Y no bien lanzada la exclamación, se asustó don Valentín de la blasfema rebeldía contra la Providencia que su exclamación implicaba, y se tuvo un instante por primo hermano del propio Luzbel.
Como se ve, el éxito del Comendador en este primer intento de reanudar relaciones amistosas con la familia de Solís no pudo ser más desgraciado.
No se arredró por eso nuestro héroe.
Aguardó un rato en medio de la calle á fin de que no pudiese decir ni pensar Doña Blanca que él la seguía, y al cabo se fué á la iglesia Mayor, á donde sabía que la familia de Solís se había encaminado.
Don Fadrique no iba allí, sin embargo, con el intento de acercarse áDoña Blanca otra vez y de sufrir nueva repulsa, sino á fin de hallar áD. Carlos, quien, á su parecer, no podía menos de estar en la iglesia,ya que no había otro medio de ver á Clara.
En efecto, D. Fadrique entró en la iglesia y se puso á buscar al poeta, á la sombra de los pilares y en los sitios donde menos se nota la presencia de alguien. Pronto le halló, detrás de un pilar y no lejos del altar mayor. Parecía D. Carlos tan embebido en sus oraciones ó en sus pensamientos, que nada del mundo exterior, salvo Clara, podía distraerle ni llamarle la atención.
Llegó, pues, D. Fadrique hasta ponerse á su lado. Entonces advirtió que Clara estaba no muy lejos, de rodillas, al lado de su madre; que D. Carlos la miraba, y que ella, si bien fijos casi siempre los ojos en su libro de rezos, los alzaba de vez en cuando rápidamente, y miraba con sobresalto y ternura hacia donde estaba el galán, declarando así que le veía, que se alegraba de verle, y que tenía miedo y cierto terror de profanar el templo y de pecar gravemente engañando á su madre y alentando á aquel hombre, de quien decía que no podía ser esposa.
No ha de extrañarse que todo esto se viera en las miradas de Clarita. Eran miradas transparentes, en cuyo fondo fulguraba el alma como diamante purísimo que por maravilla ardiese con luz propia en el seno de un mar tranquilo.
El Comendador estuvo un rato observando aquella escena muda, y se convenció de que ni Doña Blanca ni D. Valentín recelaban nada de los amores de la niña. Calculó, no obstante, que su presencia allí podría atraer hacia él la mirada de Doña Blanca, excitar de nuevo su ira, hacerle reparar en el gentil mancebo que estaba á su lado, y darle á sospechar lo que no había sospechado todavía.
Entonces, si bien con pena de interrumpir aquellos arrobos y éxtasis contemplativos, tocó en el hombro á D. Carlos y le dijo casi á la oreja:
—Perdóneme V. que le distraiga de sus devociones y que turbe la visión beatífica de que sin duda goza; pero me urge hablar con V. Hágame el favor de venir conmigo, que tengo que hablarle de cosas que le importan muchísimo.
Sin aguardar respuesta echó á andar D. Fadrique, y D. Carlos, si bien con disgusto, no pudo menos de seguir sus pasos.
Ya fuera de la iglesia, salió D. Fadrique al campo; D. Carlos fué en pos de él; y cuando se hallaron en sitio solitario, donde nadie podía oirlos ni interrumpir la conversación, D. Fadrique se explicó en estos términos:
—Vuelvo á pedir á V. perdón de mi atrevimiento en obligarle á abandonar la iglesia, y más aún en mezclarme en asuntos de V. sin título bastante para ello. Apenas conozco á V. Esta es la séptima ó la octava vez que le hablo. Á Clarita la he visto hoy por segunda vez en mi vida. Sin embargo, el bien de Clarita y el de V. me interesan mucho. Atribúyalo V. á un absurdo sentimentalismo; al afecto que profeso á mi sobrina Lucía, que llega á Vds. de rechazo; á lo que V. quiera. Lo que le ruego es que me crea un hombre leal y franco, y no dude de mi buena voluntad y mejores propósitos. Quiero y puedo hacer mucho en favor de usted. En cambio, aspiro á que oiga V. mis consejos y á que los siga.
Don Carlos oyó al Comendador atentamente y con muestras de respeto y deferencia. Luego le contestó:
—Sr. D. Fadrique, por V. y por ser V. el tío de la señorita Doña Lucía, tan bondadosa y excelente, estoy dispuesto á oir á V. y hasta á obedecerle en cuanto esté de mi parte, sin considerar el provecho que por mi obediencia V. me promete.
—No me he explicado bien —replicó D. Fadrique.—Yo no prometo premios en pago de obediencias: lo que quiero significar es que de seguir V. ciertos consejos míos se ha de alcanzar naturalmente lo que de otra suerte se malogrará acaso, con gran pesar de todos.
—Aclare V. su pensamiento, —dijo D. Carlos.
—Quiero decir —prosiguió D. Fadrique,— que este modo que tiene V. de enamorar á Clarita no va, días hace, por buen camino. Hasta ahora nadie sospecha en esta pequeña ciudad sus amores de V., gracias á mi sobrina. Como ella estuvo, dos meses há, en Sevilla, donde V. la conoció, y V. ha venido luego aquí, y V. va á su casa de tertulia todas las noches, y habla V. mucho con ella, y no pocas veces en secreto; y como mi sobrina es joven y graciosa y linda, si el amor de tío no me engaña, todos creen que ha venido V. por ella, que V. la enamora, que V. es su novio. ¿Quién había de imaginarse que chica tan mona y en tan verdes años se limitaría á hacer el triste y poco airoso papel de confidenta? Por esto, pues, se desorientan los curiosos, y sus amores de V. siguen secretos; pero Lucía lo paga. Confiese V. que es mucha generosidad.
—Yo… Sr. D. Fadrique…
—No se disculpe V. No hablo de ello para que V. se disculpe, sino para narrar los sucesos como son en sí. En este lugar creen todos que V. ha venido, abandonando á sus padres, su casa y sus estudios, para pretender á Lucía; pero este engaño no puede durar. Imagine V. el alboroto, los chismes, las hablillas á que dará V. ocasión y motivo el día en que se sepa, como no podrá menos de saberse, que V. pretende á Clarita, á quien todos creen ya prometida esposa de D. Casimiro Solís.
-Eso no será nunca mientras yo viva, —exclamó D. Carlos con grandes bríos.
—Tratemos de impedirlo —continuó con calma D. Fadrique.— Yo le ayudaré á V. cuanto pueda, y repito que algo puedo; pero toda la energía de usted y toda la prudencia que yo emplee serán inútiles si desoye V. mis advertencias y consejos.
—Ya he dicho á V. que deseo seguirlos.
—Pues bien, amigo D. Carlos, es menester que V. se persuada de que Clarita, de cuyo amor hacia V. estoy convencido, está criada con tan santo temor de Dios y con tan grande, y hasta si V. quiere exagerado é irracional respeto á su madre, que por obedecerla, por no darle un disgusto, por no rebelarse, será capaz de casarse con D. Casimiro, aunque se muera de amor por V. al día siguiente de casada, aunque su vestido de boda sea la mortaja con que la entierren.
—Pero si Clara dice á su madre que no ama á D. Casimiro…
—Clara no se atreverá á decirlo.
—Si declara á su madre que me ama…
—Antes morirá que confesar á su madre ese amor.
—Y si tanto miedo tiene á su madre, ¿no podrá huir conmigo?
—No creo que dé jamás tan mal paso. De todos modos, aunque tan mal paso fuese posible, no se debía apelar á él sino apurados antes otros medios más prudentes y juiciosos. Reitero, con todo, mi afirmación. Creo capaz á Clarita de morir de dolor; pero no la creo capaz de prestarse al escándalo de un rapto.
—Entonces ¿qué quiere V. que yo haga?
—Lo primero, volver á Sevilla con sus señores padres, y dejar á DoñaClara tranquila con los suyos.
—Bien se conoce que V. no ama. Á su edad de usted…
—Dale… con la tontería… Caballerito poeta… yo no soy ni viejo ni rabadán… ni me parezco en nada al del idilio. Váyase V. á Sevilla hoy mismo. Salga V. de esta ciudad antes de que Doña Blanca se percate de que hay moros en la costa. Yo velaré aquí por los intereses de V. Y si peligran; si es menester apelar á medios violentos, cuente V. también conmigo… hasta para el rapto. Á poco me aventuro prometiéndoselo á V., porque doy por firme que no se dejará robar Clarita.
—¿Y por qué, para qué he de irme á Sevilla?
—¿Pues no se lo he dicho á V. ya? Porque aquí no hace V. sino perjudicarse, sin gusto y sin ventaja. Estoy seguro de que no logrará V. más que ver á Clara en la iglesia, con más angustia que deleite por parte de la pobre muchacha. Y esto mientras Doña Blanca no descubra nada. El día en que descubra Doña Blanca su juego de V., será para Clarita un día tremendo y V. no volverá á verla. Váyase V., pues, á Sevilla.
—¿Y qué ganaré con irme?
—Que yo trabaje con tranquilidad en favor de V. Usted me estorba para mis planes. Si V. se queda, precipitará la boda de D. Casimiro y hará que se envíe á escape por la licencia á Roma. Si V. se va, no afirmo yo que evitaré la boda de Clara con el viejo rabadán y conseguiré que sea para Mirtilo; pero, ó yo he de valer poco, ó he de lograr que se nos dé tiempo y… quién sabe… Nada prometo. Sólo ruego á V. que se vaya. Váyase V. hoy mismo.
El interés que el Comendador le mostraba, su empeño de que se fuese, la decisión con que se entrometía en sus asuntos, todo chocaba á D. Carlos y le tenía desconfiado y descontento.
El Comendador apuró todas las razones, empleó todos los tonos, pero singularmente el de la súplica; D. Carlos le contestó varias veces de mal humor, y fué menester la prudente superioridad del Comendador para calmar y contener á D. Carlos y evitar que llegase á ofender á quien le aconsejaba y casi le mandaba.
Por último, tanto rogó, prometió y dijo D. Fadrique, que D. Carlos hubo de someterse y salir aquel mismo día para Sevilla, si bien ofreciendo sólo ausencia de poco más de un mes: hasta que llegasen las vacaciones de verano. En cambio, exigió y obtuvo de D. Fadrique que le había de escribir dándole noticias de Clara, y avisándole del menor peligro que hubiese, para volar en seguida donde estaba ella.
Don Carlos, aunque no era tímido ni torpe, no había obtenido jamás que Clara recibiese carta suya, y menos aún que le escribiese. Pero ¿qué mucho, si ni siquiera de palabra Clara le había dado á entender que le amaba? Clara le amaba, sin embargo. Bien sabía el galán que era falso, de puro modesto, aquello de que
… Amistosa y compasiva,Quiere que el zagal viva,Mas amarle no quiere.
Clara le amaba, y á su despecho, contra su voluntad, había declarado su amor; pero sólo con los ojos, por donde se le iba el alma en busca del bizarro y gracioso estudiante, sin que todos sus escrúpulos religiosos v filiales fuesen bastante poderosos para detenerla.
Don Fadrique pudo convencerse, en el largo coloquio que tuvo con D. Carlos, de que su pasión por Clara era verdadera y profunda. Del amor de Clara por el poeta rondeño estaba más convencido aún. Con este doble convencimiento, de que se alegraba, precipitó más la partida de D. Carlos, y antes de mediodía consiguió que saliese del pueblo con dirección á Sevilla.
Don Carlos salió á caballo con un su criado; y D. Fadrique, á caballo también, se unió con él en el ejido, y le acompañó más de una legua, dándole esperanzas y hablándole de sus amores. Al llegar á una encrucijada, D. Fadrique se despidió cariñosamente del joven, y tomó el camino de Villabermeja con el intento de conferenciar con el padre Jacinto.
La sencillez y la modestia de este santo varón no habían dejado ver á D. Fadrique la inmensa importancia que durante su larga ausencia había adquirido.
Como predicador, gozaba el padre de extraordinaria nombradía por toda aquella comarca. Era igualmente celebrado por los tres estilos que tenía de predicar. En el estilo llano ó de homilía encantaba á la gente rústica y ponía la religión y la moral á su alcance, amenizando tan graves lecciones con chistes y jocosidades que un severo crítico condenaría, pero que eran muy del caso para que los zafios campesinos se aficionasen á oirle y se deleitasen oyéndole. En sermones de empeño, en días de gran función, el padre Jacinto era otro hombre: echaba muchos latines, ahuecaba la voz y esmaltaba su discurso de un jardín de flores, de un verdadero matorral de adornos exuberantes, que también gustaban á los discretos y finos de aquellos lugares. Y tenía, por último, el estilo patético de la Semana de Pasión y de la Semana Santa, durante las cuales los sermones, más que hablados, eran en Villabermeja, y siguen siendo aún, cantados, sin que gusten de otra manera. Sermón de Semana Santa, sin lo que llaman allí eltonillo, no gusta á nadie ni se tiene por sermón. Cuando en el día va á Villabermeja un cura forastero, tiene que aprender eltonillo. En estetonillofué el padre Jacinto un dechado de perfección, que nadie ha superado hasta ahora. Al oirle, aunque sea reminiscencia gentílica, dicen que se comprendía cómo Cayo Graco se hacía acompañar por un flautista cuando pronunciaba en el Foro sus más apasionadas arengas. El P. Jacinto predicaba también en el Foro, ó dígase en medio de la plaza pública, durante la Semana Santa. Allí se hacían todos los pasos á lo vivo, y el padre los explicaba en el sermón conforme iban ocurriendo. Así, había sermón que duraba tres horas, y siempre sin dejar el tonillo, lo cual no obstaba para que el padre expresase los más varios afectos, como piedad, dolor y cólera. Cuando aparecía el pregonero en el balcón de las Casas Consistoriales y leía la sentencia de muerte contra Jesucristo, ha quedado en la memoria de los bermejinos el furor con que el padre se volvía contra él, gritando:
"Calla, falso, ruin, necio y miserable pregonero, y oirás la voz delÁngel que dice:"
Y entonces salía un ángel muy vistoso por otro balcón de la plaza, y cantaba el inefable misterio de la Redención, empezando:
"Esta es la sentencia que manda cumplir el Eterno Padre…" y lo demás que tantas veces hemos oído los que somos de por allí.
Pero, volviendo al P. Jacinto, diré que su mérito como predicador era quizás lo de menos. Su gran valer fué como director espiritual. Se pasaba horas y horas en el confesionario. Desde el convento bermejino tenía con frecuencia que ir al convento de la ciudad cercana, donde tenía no pocas hijas de confesión entre el señorío. Era además hombre de consejo y tino en los negocios mundanos, y acudían todos á consultarle cuando se hallaban en tribulación, apuro ó dificultad. En suma, el P. Jacinto era un gran médico de almas, aunque duro y feroz á veces en los remedios. Gustaba de aplicarlos heroicos, como suelen hacer los demás médicos de los lugares, que tal vez recetan á un hombre el medicamento que convendría recetar á un caballo. Á pesar de esto, tenía el padre tal autoridad y discreción; era tan ameno en su trato y tan resuelto valedor y defensor de las mujeres, que gozaba de inmensa popularidad entre ellas, y era fervorosamente reverenciado, así de las jornaleras humildes como de las encopetadas hidalgas.
Aunque tocaba en los setenta años, estaba firme y robusto aún, si bien había perdido ciertos ímpetus juveniles, que le habían hecho famoso, llevándole en ocasiones á imitar al Divino Redentor, más que en la mansedumbre, en aquel arranque que tuvo cuando hizo azote de unos cordeles y echó á latigazos á los mercaderes del templo. El P. Jacinto había sido un jayán y había sacudido el polvo á algunos desalmados y pecadores contumaces, sobre todo cuando eran maridos, que se emborrachaban, gastaban el dinero en vino y juego y daban palizas á sus mujeres.
Contra esta clase de hombres había sido duro de veras el P. Jacinto. Ya no tenía aquellos arrestos de la mocedad; pero su virtud y su fuerza moral, unida al recuerdo de la física, infundían gran respeto entre los rústicos.
Tales eran las cualidades principales y la brillante posición del antiguo maestro del Comendador, con quien éste iba ahora á consultar y tratar negocios arduos, y de quien esperaba obtener poderoso auxilio.
No bien llegó el Comendador á Villabermeja y dejó el caballo en su casa, se dirigió al convento, que distaba pocos pasos, y como era la hora de la siesta, halló en su celda al P. Jacinto, el cual no dormía, sino estaba leyendo, sentado á la mesa.
Mis lectores deben de formarse ya, por lo expuesto hasta aquí, cierta idea bastante aproximada de la condición del mencionado fraile. Fáltame añadir, para que sea completo el retrato, que era alto y seco; que veía y oía bien; que tuteaba á todo el género humano, y que se preciaba de no tener pelillos en la lengua, esto es, de decir cuanto se le ocurría, con una franqueza que tocaba y hasta pasaba á menudo sus límites, entrando con banderas desplegadas por la jurisdicción y término de la desvergüenza. Sólo con D. Fadrique se mostraba el Padre respetuoso y deferente, suponiendo que él tenía, sin poderlo remediar, un afecto por su antiguo discípulo, que le hacía sobrado débil.
—Muchacho —dijo á D. Fadrique, apenas le vió entrar,— ¿qué buen viento te trae por aquí de improviso?
—Maestro —contestó el Comendador,— he venido expresamente para consultar á V.
—¿Para consultarme á mí? ¿Y sobre qué? ¿Qué hay, que tú no sepas mejor que yo y mejor que nadie?
—Mi consulta es de suma importancia.
—Vamos… ¿de qué se trata?
—Se trata… se trata… nada menos que de un caso de conciencia.
Al oircaso de conciencia, el padre miró fijamente al Comendador con aire de incredulidad y de recelo, y exclamó al cabo:
—Mira, hijo mío, si es que te aburres en estos lugares y quieres chancearte y divertirte, toma una tabla y dos cuernos, y no te diviertas ni te chancees conmigo. Ya está duro el alcacer para zampoñas.
—¿Y de dónde infiere V. que me chanceo ó que me burlo? Hablo con formalidad. ¿Por qué no he de exponer yo á V. formalmente un caso de conciencia?
—Porque todo hombre de cierta educación, criado en el seno de la sociedad cristiana, aunque haya perdido la fe en Nuestro Señor Jesucristo, tiene la conciencia tan clara como yo, y no hay caso que no resuelva por sí, sin necesidad de consultarme. Si tuvieses fe, podrías acudir á mí en busca de los consuelos que da la religión. No acudiendo para esto, ¿qué podré yo decirte, que ignores? La moral tuya es idéntica á la mía, aunque en sus fundamentos discrepe. Y al fin, harto lo conoces tú, no hay caso de conciencia, meramente moral, cuya solución no sea llana para todo entendimiento un poco cultivado. Sin duda que Dios, para ejercitar nuestra actividad mental y aguzar nuestro ingenio, ó para dar precio á nuestra fe, ha circundado de tinieblas los grandes problemas metafísicos; los ha envuelto en misterios, impenetrables á veces; pero en lo tocante á la moral, en lo que atañe al cumplimiento de nuestros deberes no hay misterio alguno: todo está claro como el agua. El soberano Señor, en su infinita bondad y misericordia, no ha querido, á pesar de nuestras maldades, que nadie tenga que ser un Séneca para saber perfectamente cuál es su obligación, ni mucho menos que nadie tenga que ser un héroe estupendo para cumplirla. Ni para conocerla te falta entendimiento, ni para cumplir con ella debe faltarte voluntad. ¿Qué es lo que buscas, pues en mí?
—Mucho pudiera argumentarse contra lo que V. dice; pero no quiero disputar, sino consultar. Quiero convenir en que la moral no es ninguna reconditez, y en que no es tan arduo cumplir con ella.
—Se entiende —interrumpió el Padre,— para todos aquellos pueblos donde la luz del Evangelio ha penetrado. Tú imaginas que el natural discurso ha bastado á los hombres para formar la ley moral: yo creo que han necesitado de la revelación; pero tú y yo convenimos en que, una vez presentada esa ley, la razón humana la acepta como evidente. Es gran bellaquería suponer esa ley obscura y vaga, y forjarse casos terribles, conflictos espantosos entre los sentimientos naturales y el sencillo cumplimiento de un deber. Esto equivaldría á suponer la necesidad de ser un pozo de ciencia y de sentirse capaz de sobrehumanos esfuerzos para ser persona decente. Ya tú comprendes que esto sería disculpar y dar casi la razón á los tunos. Al fin y al cabo, no todos los hombres son sabios ni tienen las fibras de hierro ni el corazón de diamante. Realzar así la moral es hacerla poco menos que imposible, salvo para algunos seres privilegiados y de primera magnitud, más profundos que Crisipo y más constantes que Régulo.
—Mucho tiene que ver el caso que quiero presentar con todo lo que está V. diciendo. No es curiosidad ociosa, sino interés muy respetable, el que me induce á resolver una duda.
—Imposible… tú no puedes dudar.
—Déjeme V. que acabe. Yo no dudo sobre el caso… Tengo formado mi juicio… que me parece de no menor certidumbre que este otro: dos y tres son cinco. Mi duda está en si V., por razones que se fundan en la inexhausta bondad divina, tiene la manga más ancha que yo, ó si por razones de la ley positiva, en que cree, la tiene más estrecha. ¿Me entiende V. ahora?
—Te entiendo muy bien; y desde luego te declaro que no he de tener la manga ni más ancha ni más estrecha que tú. Lo mismo calificaremos ambos un pecado, una falta, un delito, y lo mismo marcaremos y determinaremos la obligación que de él nazca. Las razones teológicas tienen que ver con la penitencia, con la expiación, con el perdón, con la gloria ó el infierno, allá en el otro mundo, y en esto para nada tienes tú que meterte ahora. Veamos, pues, ese caso, ya que quieres consultarme.
—Desde luego V. convendrá en que lo robado debe devolverse á su dueño.
—Indudable.
—Y cuando, por efecto de un engaño, algo que pertenece á uno viene á pertenecer á otro, ¿qué debemos hacer?
—Debemos poner fin al engaño para que lo que posee alguien sin derecho pase á manos de su señor legítimo.
—¿Y si al poner fin al engaño resultan males evidentemente mayores?
—Aquí importa distinguir. Si tú tienes que hablar, no debes decir jamás mentira por inmensos que sean los males que de decir la verdad resulten. Condenada está la mentira oficiosa como la perniciosa. No debes mentir ni por salvar la vida del prójimo, ni por salvar la honra de nadie, ni por el bien de la religión; pero yo me atrevo á sostener que debes callar la verdad cuando nadie la inquiere de tí y cuando de decirla resultan más males que bienes. Pensar algo en contra es delirio. Lo sostengo sin vacilación. Voy á explanar mi doctrina en breves palabras. Tú cometes un pecado. Eres, por ejemplo, mentiroso. Los males que nazcan de tu pecado debes remediarlos hasta donde te sea posible y lícito, esto es, sin cometer pecado nuevo para remediar el antiguo. Dios, para hacernos patente la enormidad de nuestras culpas, consiente á veces en que nazcan de ellas males cuyos humanos remedios son peores. Tratar tú de evitarlos ó de remediarlos entonces, no es humildad, sino soberbia, orgullo satánico; es luchar contra Dios; es tomar el papel de la Providencia; es dar palo de ciego; es querer enderezar el tuerto que tú mismo hiciste, torciendo y ladeando lo que está recto, y tirando á trastornar el orden natural de las cosas.
—Hablando con franqueza —dijo el Comendador,— la doctrina de V. me parece muy cómoda. Veo que tiene V. la manga más ancha de lo que yo pensaba.
—Vete á paseo, Comendador —repuso el padre, bastante enojado.— En ninguna ocasión pasé yo por complaciente. Me diriges la acusación más dura que á un confesor puede dirigirse. Un santo ha dicho:Non est pietas, sed impietas, tolerare peccata, y yo disto mucho de ser impío. Todo proviene, sin duda, de que tú confundes las cosas. Aquí no hablamos de penitencia, de expiación, de castigo de la culpa. Sobre este punto no tengo que decirte yo lo que exigiría de un penitente para absolverle. Aquí hablamos sólo de la obligación de satisfacer el agravio que nace del pecado ó del delito. Y á esto he respondido con sencillez. El pecador ó delincuente debe ir hasta donde le sea posible y lícito. Si ha de cometer nuevos pecados, si ha de hacer nuevas maldades y desatinos, mejor es que lo deje y no se meta á remediar el mal que ha hecho. Pues ¡qué! ¿estaría bien, por ejemplo, que tú hirieses á uno, y luego, sin saber de cirujía, tratases de curarle y le acabases de matar? Dices tú que la tal doctrina es cómoda. ¿Dónde está la comodidad? Aunque yo te excuse de poner el remedio, no te libro de la penitencia, del remordimiento y del castigo. Antes al contrario, lo cómodo es lo otro: remediar el mal de mala manera, y creerse ya horro y darse ya por absuelto. Así un criado torpe te romperá un día el vaso más precioso de los que has traído de la China, le pegará luego chapuceramente con cola, y se quedará tan fresco como si no te hubiese causado el menor perjuicio. Lo que debe hacer el criado es andar siempre muy cuidadoso para no romper el vaso, y si le rompe, sentir mucho su falta, y ya que no puede ni componer bien el vaso ni comprarte otro nuevo é igual, sufrir con humildad la reprimenda que tú le eches.
—Me complazco en ver que estamos de acuerdo en lo general de la doctrina. En la aplicación á casos particulares es en lo que veo que cabe mucha sutileza. Contra la opinión de V., el buen camino se presenta muy anublado y confuso. ¿Cómo determinar á veces hasta dónde es posible y lícito lo que quiero hacer para reparar el daño?
—Es muy sencillo. Si para repararle causas otro daño mayor, deja subsistir el primero, que es más pequeño; y esto aunque en el segundo daño que causes no haya pecado de tu parte. Habiendo nuevo pecado, nueva infracción de la ley moral en el remedio, aunque este segundo pecado sea menor que el primero que cometiste, no debes cometerle. Dios, si quiere, remediará el mal causado.
—¿De suerte que no hay más que cruzarse de brazos; dejar rodar la bola?
—No hay más que dejarla rodar, ya que deteniéndola puedes hacer que todo ruede. Las Sagradas Letras vienen en mi apoyo con no pocos textos. David dijo:Abissus abyssum invocat; Salomón,Est processio in malis; el profeta Amos,Si erit malum quod Dominus non fecerit?con lo cual da á entender que Dios permite ú ordena el mal como pena del pecado y escarmiento de las criaturas; y el mismo Salomón, antes citado, dice, de modo más explícito, que no podemos añadir ni quitar de lo que Dios hizo para ser temido:Non possumus quidquam addere nec auferre quae fecit Deus ut timeatur.
—Á pesar de los textos, á pesar de los latines me repugna esa cobarde resignación.
—¿Cómo cobarde? ¿Dónde viste tú que para con Dios haya cobardía? La resignación á su voluntad no implica, por otra parte, el que te aquietes y te llenes de contentamiento de tí propio. Sigue llorando tu culpa; desuéllate el alma con el azote de la conciencia y el cuerpo con unas disciplinas crueles; haz de tu vida en el mundo un durísimo purgatorio; pero resígnate y no trates de remediar lo que sólo de Dios debe esperar remedio. Hasta el sentido común está de acuerdo en esto, miradas las acciones humanas por el lado de la utilidad y conveniencia, las cuales, bien entendidas, concuerdan con la moralidad y con la justicia. ¡Qué atinado es el refrán que reza:No siento que mi hijo pierda, sino que quiera desquitarse! Si malo es jugar, peor es aún volver á jugar; reincidir en el pecado para remediar el mal del pecado. Pero á todo esto, tú no hablas sino de generalidades, y el caso de conciencia no parece.
—Voy al caso, —dijo el Comendador.
—Soy todo oídos, —repuso el fraile.
—¿Qué debe hacer el que no es hijo de quien pasa por su padre, según la ley, y usurpa nombre, posición y bienes que no son suyos?
[Nota del autor: Esta novela, que se ha publicado á pedacitos en el periódicoEl Campo, tiene plan trazado en Noviembre de 1876. El drama del Sr. EchegarayÓ locura ó santidadno había sido representado aún. Yo no tenía de él la menor noticia, dado que ya estuviese escrito. Ha sido, pues, una coincidencia, para mí harto desagradable, la semejanza ó analogía del asunto de tan aplaudido drama con el asunto de mi pobre novela. Entiéndase que al hacer esta observación no quiero defenderme de los que pudieran acusarme de imitar ó remedar, sino de aquéllos que se inclinen á creer que yo, bajo la forma de un cuento, me entrometo en censurar, impugnar ó controvertir las ideas ó doctrinas que en el citado drama resplandecen.]
—¡Hombre… tú eres famoso! ¿Después de tanto preámbulo te vienes con una preguntilla tan baladí? Prescindo ahora de la dificultad ó imposibilidad en que ese hijo postizo estaría de probar el delito de su madre. Yo no sé de leyes; pero la razón natural me dicta que contra la fe de bautismo, contra la serie de actos y documentos oficiales que te han hecho pasar hasta hoy por un hijo de un determinado y conocido López de Mendoza, no pueden valer testimonios sino de un orden excepcional y casi imposible. Doy, con todo, de barato que posees tales testimonios. Creo, decido que no debes valerte de ellos. ¿Sabes los mandamientos de la ley de Dios? ¿Sabes que el orden en que están no es arbitrario? Pues bien; ¿qué dice el séptimo?
—No hurtar.
—¿Y el cuarto?
—Honrar padre y madre.
—Es, pues, evidente que para quitarte de encima el pecado contra el séptimo ibas á pecar contra el cuarto, deshonrando á tu madre y á tu padre, que padre sería siempre el que te tuvo por hijo, te crió, te alimentó y te educó, aunque no te engendrara.
—Tiene V. razón, P. Jacinto. Y, sin embargo, los bienes que no son míos, ¿cómo sigo gozando de ellos?
—¿Y quién te dice que goces de ellos? Pues ¡qué! ¿es tan difícil dar sin expresar la causa por qué se da? Dálos, pues, á quien debes. Ya los tomarán… En el tomar no hay engaño. Y si, por extraño caso, hallares á alguien en el tomar inverosímilmente escrupuloso, ingéniate para que tome. Lejos de oponerme, pido, aplaudo la reparación, siempre que para llevarla á cabo no sea menester hacer mayor barbaridad que la que remedie.
—Está bien… pero si no es el hijo, sino la madre culpada… ¿qué debe hacer la madre culpada?
—Lo mismo que el hijo… no deshonrar públicamente á su marido… no amargarle la vida… no desengañarle con desengaño espantoso… no añadir á su pecado de fragilidad el de una desvergüenza cruel y sin entrañas.
—La madre, no obstante, no tiene medios de devolver bienes que por su culpa van á pasar ó han pasado á quien no corresponden.
—Y si no los tiene, ¿qué se le ha de hacer? Ya lo he dicho. Que se resigne. Que se someta á la voluntad de Dios. Todo eso lo debió prever antes de pecar, y no pecar. Después del pecado no le incumbe el remedio si implica pecado nuevo, sino la penitencia. ¿Has expuesto ya todo el caso?
—No, padre; tiene otras complicaciones y puntos de vista.
—Dílos.
—¿Qué piensa V. que debe hacer el hombre pecador, cómplice de la mujer, en aquel delito cuya consecuencia es el hurto, la usurpación de que hemos hablado?
—Lo mismo que he dicho del hijo y de la madre.
—¿Y si posee bienes para subsanar el daño causado á los herederos?
—Subsanar ese daño, pero con tal recato, discreción y sigilo, que no se sepa nada. En el libro de los Proverbios está escrito:Melius est nomen bonum quam divitiae multae. Así es que por cuestión de intereses no se debe perjudicar á nadie en su buen nombre.
El historiador de estos sucesos escribe para narrar, y no para probar. No decide, por lo tanto, si el P. Jacinto estaba atinado ó no en lo que decía; si hablaba guiado por el sentido común ó por la doctrina moral cristiana, ó por ambos criterios en consonancia completa; y no se inclina tampoco á creer que dicho padre tenía una moral burda y grosera, y el atrevimiento y la confianza de un rústico ignorante. Quédese esto para que lo resuelva el discreto lector. Baste apuntar aquí que el Comendador mostraba una satisfacción grandísima de ver que su maestro, como él le llamaba, pensaba exactamente lo que él quería que pensase.
El P. Jacinto, desconfiado como buen lugareño, no advertía el interés vivísimo con que su antiguo discípulo le interrogaba; y temiendo siempre una burla, una especie de examen hecho por el Comendador para pasar el rato, volvió á hablar un tanto picado, diciendo:
—Me parece que estoy archi-cándido. ¿Á dónde vas á parar con tanta preguntilla? ¿Quieres examinarme? ¿Piensas retirarme la licencia de confesar si no me crees bien instruido?
—Nada de eso, maestro. Yo ignoro si está V. ó no de acuerdo con sus librotes de teología moral; pero está V. de acuerdo conmigo, lo cual me lisonjea, y lo está también con mis propósitos, lo cual me llena de esperanza. Yo buscaba en V. un aliado. Contaba siempre con su amistad, pero no sabía si podía contar también con su conciencia. Ahora comprendo que su conciencia no se me opone. Su amistad, por consiguiente, libre de todo obstáculo, vendrá en auxilio mío.
El P. Jacinto conoció al fin que se trataba de un caso práctico, real, y no imaginado, y se ofreció á auxiliar al Comendador en todo lo que fuese justo.
Aguardando, pues, una revelación importante, quiso tomar aliento haciendo una pausa, y trató de solemnizar la revelación yendo á una alacena, que no estaba lejos, y sacando de ella una limeta de vino y dos cañas, que puso sobre la mesa, llenándolas hasta el borde.
—Este vino no tiene aguardiente, ni botica, ni composición de ninguna clase —dijo el padre al Comendador.— Es puro, limpio y sin mácula. Está como Dios le ha hecho. Bebe y confórtate con él, y cuéntame luego lo que tengas que contar.
—Bebo al buen éxito de mis planes, —contestó el Comendador, apurando el vino de su caña.
—Así sea, si Dios lo quiere, —replicó el fraile, bebiendo también, y se dispuso á atender á don Fadrique con sus cinco sentidos.
La celda no tenía mucho que llamase la atención. Sobre la mesa ó bufete, que era de nogal, había recado de escribir, el Breviario y otros libros. Dos sillones de brazos, frente el uno del otro, con la mesa de por medio, y donde se sentaban nuestros interlocutores, eran de nogal igualmente. Á más de los dos sillones, había cuatro sillas arrimadas á la pared. Los asientos todos eran de enea. UnEcce-Homo, al óleo, á quien cuadraba el refrán deá mal Cristo mucha sangre, era la única pintura que adornaba los muros de la celda. No faltaban, en cambio, otros más naturales adornos. En la ventana, tomando el sol, se veían dos floridos rosales; dentro del cuarto, cuatro macetas de brusco, y colgadas en la pared cinco jaulas, dos con perdices cantoras, y tres con colorines, excelentes reclamos. Otro bonito colorín, diestro cimbel, asido á la varilla saliente que estaba fija á una tabla de pino, volaba á cada momento hasta donde lo consentía el hilo largo que le aprisionaba, y volvía con mucho donaire á posarse en la varilla.
Los jilgueros cantaban de vez en cuando y animaban la habitación.
Arrimadas á un ángulo había dos escopetas de caza.
Y, por último, en una alcobita que apenas se descubría, por hallarse la pequeña puerta casi tapada del todo por una cortina de bayeta verde, estaba la cama del buen religioso. La alacena de donde éste sacó el vino y que era bastante capaz, servía de bodega, ropero, despensa, caja ó tesoro y biblioteca á la vez.
Todo, aunque pobre, parecía muy aseado.
El P. Jacinto, con el codo sobre la mesa, la mano en la mejilla y los ojos clavados en D. Fadrique, aguardaba que hablase.
Don Fadrique, en voz baja, habló de este modo:
—Aunque yo no soy un penitente que vengo á confesarme, exijo el mismo sigilo que si estuviese en el confesonario.
El padre, sin responder de palabra, hizo con la cabeza un signo de afirmación.
Entonces prosiguió D. Fadrique:
—El hombre de que he hablado á V., el pecador causa del engaño y del hurto, soy yo mismo. La ligereza de mi carácter me había hecho olvidar mi delito y no pensar en las fatales consecuencias que de él habían de dimanar. El acaso… ¿qué digo el acaso?… Dios providente, en quien creo, me ha vuelto á poner en presencia de mi cómplice y me ha hecho ver todos los males que por mi culpa se originaron y amenazan originarse aún. Dispuesto estoy á remediarlos y á evitarlos, de acuerdo con la doctrina de V., hasta donde me sea posible y lícito. Es un consuelo para mí el ver que está V. en concordancia conmigo. Yo no he de buscar remedio peor que la enfermedad; pero hay una persona que le busca, y es menester oponerse á toda costa á que le halle. Sería una abominación sobre otra abominación.
—¿Y quién es esa persona? —dijo el padre.
—Mi cómplice, —contestó el Comendador.
—¿Y quién es tu cómplice?
—V. la conoce. V. es su director espiritual. V. debe tener grande influjo sobre ella. Mi cómplice es… Cuenta, maestro, que jamás he hecho á nadie esta revelación. Al menos nadie pudo jamás tildarme de escandaloso. Pocas relaciones han sido más ocultas. La buena fama de esta mujer aparece aún, después de diez y siete años, más resplandeciente que el oro.
—Acaba: ¿quién es tu cómplice? Haz cuenta que echas tu secreto en un pozo. Yo sé callar.
—Mi cómplice es Doña Blanca Roldán de Solís.
El P. Jacinto se llenó de asombro, abrió los ojos y la boca y se santiguó muy deprisa media docena de veces, soltando estas piadosas interjecciones:
—¡Ave María Purísima! ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento! ¡Jesús,María y José!
—¿De qué se admira V. tan desaforadamente? —dijo el Comendador, pensando que el padre extrañaba que tan virtuosa y austera matrona hubiese nunca sucumbido á una mala tentación.
—¿De qué me admiro?… Muchacho… ¿De qué me admiro?… Pues ¿te parece poco? Bien dicen… Vivir para ver… El demonio es el mismo demonio. Miren… y no lo digo por ofender á nadie… ¡miren con qué ramillete de claveles te acarició y te sedujo nuestro enemigo común!… Con un manojo de aulagas. Suave flor trasplantaste al jardín de tus amores… ¡Un cardo ajonjero! Hermosa debe haber sido Doña Blanca… todavía lo es; pero ¡hombre! ¡si es un erizo! Yo… perdóneme su ausencia… no la creía impecable, pero no la creía capaz de pecar por amor.
Don Fadrique respondió sólo con un suspiro, con una exclamación inarticulada, que el padre creyó descifrar como si dijese que diez y siete años antes Doña Blanca era muy otra, y que además la misma dureza de su carácter y la briosa inflexibilidad de su genio hacían más vehemente en ella toda pasión, incluso la del amor, una vez que llegaba á sentirla.
Repuesto un poco de su pasmo, dijo el P. Jacinto:
—Y dime, hijo, ¿qué trata de hacer Doña Blanca para remediar el mal?¿Qué proyectos son los suyos, que tanto te asustan?
—¿Quién sería el inmediato heredero de su marido si ella no tuviese una hija? —preguntó el Comendador.
—Don Casimiro Solís, —fué la respuesta.
—Pues por eso quiere casar á su hija con D. Casimiro.
—¡Pecador de mí! ¡Estúpido y necio! —exclamó el padre, todo lleno de violencia y dando en la mesa unos cuantos puñetazos.— ¿Quieres creer que soy tan egoísta, que el egoísmo me había cegado? Yo no había visto en el plan de Doña Blanca ninguna mala traza. Me parecía natural que casase á Clarita con su tío. Yo no miraba sino á mi pícaro interés: á que nadie se llevase á Clarita lejos de estos lugares. Es menester que lo sepas… Clarita me tiene embobado. Por ella, no más que por ella, aguanto á su madre. Lo que yo quería, como un bribón de siete suelas, es que se quedase por aquí… para ir á verla y para que ella me agasajase, como me agasaja ahora, cuando voy á casa de su madre, sirviéndome, con sus blancas y preciosas manos, jícaras de chocolate y tacillas de almíbar. Se me antojó que Clarita era una muñeca para mi diversión. Yo no caí en nada… no me hice cargo… pensé sólo en que, ya casada, haría una excelente señora de su casa, y me recibiría al amor de la lumbre, y yo le llevaría flores, frutas y pajaritos de regalo. ¡Si vieses qué corza he hecho venir para ella de Sierra Morena! Es un primor. La tengo abajo en el corral… y se la iba á llevar mañana. Nada… ¿has visto qué bárbaro?… sin dar la menor importancia á lo del casamiento. Ahora lo comprendo todo. ¡Qué monstruosidad! ¡Casar aquel dije con semejante estafermo! Ya se ve… ella no lo repugna… no lo entiende… ¿quién diablo sabe?… pero yo lo entiendo… y me espeluzno… me horrorizo.
—Razón tiene V. de horrorizarse… Ella lo repugna… lo entiende… pero cree que no debe resistir á la autoridad materna.
—Eso será lo que tase un sastre. ¡Pues no faltaba más! Obedecerá á su madre; pero antes obedecerá á Dios.Diligendus est genitor, sed praeponendus est Creator. Es sentencia de San Agustín.
—Además —dijo el Comendador,— Clarita ama á otro hombre.
—¿Cómo es eso? ¿Qué me cuentas? ¿Qué mentira, qué enredo te han hecho creer? Si amase á un galán, Clara me lo hubiera confesado.
—Ella misma ignora casi que le ama; pero me consta que le ama.
—Vamos, sí, ya doy en ello: ciertas miradas y sonrisas con un estudiantillo… Me las ha confesado. Está arrepentida… ¡Con un estudiantillo!… ¿Pues se había de ir Clarita á correr la tuna?
—P. Jacinto, V. chochea.
—¡Desvergonzado! ¿Cómo te atreves á decir que chocheo?
—El estudiantillo no es de esos que van con el manteo roto y con la cuchara puesta en el sombrero de tres picos, pidiendo limosna, sino que es un caballero principal, un rico mayorazgo.
—¿De veras? Ya eso es harina de otro costal. De eso no me había dicho nada aquella cordera inocente. Oye… ¿y es buen mozo?
—Como un pino de oro.
—¿Buen cristiano?
—Creo que sí.
—¿Honrado?
—Á carta cabal.
—¿Y la quiere mucho?
—Con toda su alma.
—¿Y es discreto y valiente?
—Como un Gonzalo de Córdoba. Además es poeta elegantísimo, monta bien á caballo, posee otras mil habilidades, es muy leído y sabe de torear.
—Me alegro, me alegro y me realegro. Le casaremos con Clarita, aunque rabie Doña Blanca.
—Sí, querido maestro. Le casaremos… pero es menester que seamos muy prudentes.
—Prudentes sicut serpentes… Pierde cuidado. Harto sé yo quién es Doña Blanca. Es omnímodo el imperio que ejerce sobre su hija. El respeto y el temor que le infunde exceden á todo encarecimiento. Y luego, ¡qué brío, qué voluntad la de aquella señora! Á terca nadie le gana.
—No soy yo menos terco… y no consentiré que Clara sea el precio del rescate de nadie; que sobre ella, que no tiene culpa, pesen nuestras culpas; que Doña Blanca la venda para conseguir su libertad. Sin embargo, importa mucho la cautela. Doña Blanca, llevada al extremo, pudiera hacer alguna locura.
Después de esta larga conversación, y perfectamente de acuerdo el Comendador y el P. Jacinto, el primero se volvió á la ciudad en aquel mismo día para que su ausencia no se extrañase.
El P. Jacinto quedó en ir á la ciudad al día siguiente de mañana.
Los pormenores y trámites del plan que habían de seguir se dejaron para que sobre el terreno se decidiesen.
Sólo se concertó el mayor sigilo y circunspección en todo y disimular en lo posible la íntima amistad que entre el fraile y el Comendador había, á fin de no hacer sospechoso y aborrecible al fraile á los ojos de Doña Blanca.
Se convino, por último, en que, á pesar de la gravedad de la situación, no era ninguna salida de tono, ni tenía una inoportunidad cómica ó censurable, que el P. Jacinto llevase á Clarita la corza y se la regalara.
Al volver aquella noche á la ciudad, el Comendador tuvo que sufrir un ínterrogatorio en regla de su sobrina, que era la muchacha más curiosa y preguntona de toda la comarca. Tenía además un estilo de preguntar, afirmando ya lo mismo de que anhelaba cerciorarse, que hacía ineficaz la doctrina del P. Jacinto de callar la verdad sin decir la mentira. Ó había que mentir ó había que declarar: no quedaba término medio.
—Tío —dijo Lucía apenas le vió á solas,— V. ha estado enVillabermeja.
—Sí… he estado.
—¿Á qué ha ido V. por allí? ¡Si le traerán á usted entusiasmado los divinos ojos de Nicolasa!
—No conozco á esa Nicolasa.
—¿Que no la conoce V.?… ¡Bah!… ¿Quién no conoce á Nicolasa? Es un prodigio de bonita. Muchos hidalgos y ricachos la han pretendido ya.
—Pues yo no me cuento en ese número. Te repito que no la conozco.
—Calle V., tío… ¿Cómo quiere V. hacerme creer que no conoce á la hija de su amigo el tío Gorico?
—Pues digo por tercera vez que no la conozco.
—Entonces, ¿qué hay que ver en Villabermeja? ¿Ha estado V. para visitar á la chacha Ramoncica?
El Comendador tuvo que responder francamente.
—No la he visitado.
—Vamos, ya caigo. ¡Qué bueno es V.!
—¿Por qué soy bueno?… ¿Porque no he visitado á la chacha Ramoncica, que me quiere tanto?
—No, tío. Es V. bueno… En primer lugar porque no es V. malo.
—Lindo y discreto razonamiento.
—Quiero decir que es V. bueno, porque no es como otros caballeros, que por más que estén ya con un pie en el sepulcro, de lo que dista V. mucho, á Dios gracias, andan siempre galanteando y soliviantando á las hijas de los artesanos y jornaleros. Ahora no… por el noviazgo; pero antes… bien visitaba D. Casimiro á Nicolasa.
—Pues yo no la he visitado.
—Pues esa es la primera razón por la que digo que es V. bueno. Nicolasa es una muchacha honrada… y no está bien que los caballeros traten de levantarla de cascos…
—Apruebo tu rigidez. Y la segunda razón por la cual soy bueno, ¿quieres decírmela?
—La segunda razón es, que no habiendo ido V. ni á ver á Nicolasa ni á ver la chacha Ramoncica, ¿á qué había V. de haber ido tan á escape como no fuese á ver al P. Jacinto y á tratar de ganarle en favor de Mirtilo y de Clori? ¿Vaya que ha ido V. á eso?
—No puedo negártelo.
—Gracias, tío. No es V. capaz de encarecer bastante lo orgullosa que estoy.
—¿Y por qué?
—Toma… porque, por muy afectuoso que sea V. con todos, al fin no se interesaría tanto por dos personas que le son casi extrañas, si no fuese por el cariño que tiene V. á su sobrinita, que desea proteger á esas dos personas.
—Así es la verdad, —dijo el Comendador, dejando escapar una mentira oficiosa, á pesar de la teoría del P. Jacinto.
Lucía se puso colorada de orgullo y de satisfacción, y siguió hablando:
—Apostaré á que ha ganado V. la voluntad del reverendo. ¿Está ya de nuestra parte?
—Sí, sobrina, está de nuestra parte; pero, por amor de Dios, calla, que importa el secreto. Ya que lo adivinas todo, procura ser sigilosa.
—No tendrá V. que censurarme. Seré sigilosa. V., en cambio, me tendrá al corriente de todo. ¿Es verdad que me lo dirá V. todo?
—Sí, —dijo el Comendador teniendo que mentir por segunda vez. Luego prosiguió:
—Lucía, tú has dicho una cosa que me interesa. ¿Qué clase de amoríos das á entender que hubo ó hay entre D. Casimiro y esa bella Nicolasa?
—Nada, tío… ¿No lo he dicho ya? Fueron antes del noviazgo con Clarita. D. Casimiro no iba con buen fin… y Nicolasa le desdeñó siempre; pero de esto informará á V. mejor que yo el P. Jacinto. Yo lo único que añadiré es que el tal D. Casimiro me parece un hipocritón y un bribón redomado.
—No es malo saberlo —pensó el Comendador.
—¡Ah! diga V., tío. Ya sé que se fué á Sevilla D, Carlos. Envió recado despidiéndose y excusándose de no haberlo hecho en persona por la priesa. Es evidente que V. le ha hablado al alma y le ha convencido para que se vaya, asegurándole que esto convenía al logro de nuestro propósito. ¿No es así, tío?
—Así es, sobrina —respondió el Comendador—. Veo que nada se te oculta.
Cuando ocurrían los sucesos que vamos refiriendo, no había tantas carreteras como ahora. Desde Villabermeja á la ciudad puede hoy irse en coche. Entonces sólo se iba á pie ó á caballo. El camino no era camino, sino vereda, abierta por las pisadas de los transeuntes racionales é irracionales. Cuando había grandes lluvias, la vereda se hacía intransitable: era lo que llaman en Andalucía un camino real de perdices.
Poseía el padre Jacinto una borrica modelo por lo grande, mansa y segura. En esta borrica iba y venía siempre, como un patriarca, desde Villabermeja á la ciudad y desde la ciudad á Villabermeja. Un robusto lego le acompañaba á pie. En el viaje que hizo á la ciudad, al día siguiente de su largo coloquio con el Comendador, le acompañó, á más del lego, un rústico seglar ó profano, para que cuidase la corza.
Seguido, pues, de su lego, de la corza y del rústico, y caballero en su jigantesca borrica, el padre Jacinto entró sano y salvo en la ciudad á las diez de la mañana. Como el convento de Santo Domingo está casi á la entrada, no tuvo el padre que atravesar calles con aquel séquito. En el convento se apeó, y apenas se reposó un poco, se dirigió á casa de D. Valentín Solís, ó más bien á casa de Doña Blanca. El cuitado de D. Valentín se había anulado de tal suerte, que nadie en el lugar llamaba á su casa la casa de D. Valentín. Sus viñas, sus olivares, sus huertas y sus cortijos eran conocidos por de Doña Blanca, y no por suyos. Aquella anulación marital no había llegado, con todo, hasta el extremo de la de algunos maridos de Madrid, á quienes apenas los conoce nadie sino por sus mujeres, cuya notoriedad y cuya gloria se reflejan en ellos y los hacen conspicuos.
Pero dejemos á un lado ejemplos y comparaciones, que pueden tomar ciertos visos y vislumbres de murmuración, y sigamos al P. Jacinto, y penetremos con él en casa de Doña Blanca, donde tan difícil era entrar para el vulgo de los mortales.
Merced á la autoridad del reverendo, y siguiéndole invisibles, todas las puertas se nos franquean.
Ya estamos en el salón de Doña Blanca. Clara borda á su lado. D. Valentín, á respetable distancia y sentado junto á una mesa, hace paciencias con una baraja. D. Casimiro habla con la señora de la casa y con su hija.
Los lectores conocen ya á D. Casimiro, como si dijéramos de fama, de nombre y hasta de apodo, pues no ignoran que para D. Carlos, Lucía, Clara y el Comendador, erael viejo rabadán. Veamos ahora si logramos hacer su corporal retrato.
Era alto, flaco de brazos y piernas y muy desarrollado de abdomen; de color trigueño, poca barba, que se afeitaba una vez á la semana, y los ojos verde-claros y un poquito bizcos. Tenía ya bastantes arrugas en la cara, y el vivo carmín de sus narices no armonizaba bien con la palidez de los carrillos. En su propia persona se notaba poco esmero y aseo; pero en el traje sí se descubrían el cuidado y la pulcritud que en la persona faltaban, lo cual denotaba desde luego que D. Casimiro más se cuidaba la ropa por ser ordenado, económico y aficionado á que las prendas durasen, que por amor á la limpieza. Iba vestido muy de hidalgo principal, si bien á la moda de hacía quince ó veinte años. Su casaca, su chupa, sus calzones y medias de seda no tenían una mancha, y si tenían alguna rotura, ésta se hallaba diestra y primorosamente zurcida. Gastaba peluca con polvos y coleta, y lucía muchos dijes en las cadenas de sendos relojes que llevaba en ambos bolsillos de la chupa. Su caja de tabaco, que él mostraba de continuo, pues no cesaba de tomar rapé, era un primor artístico, por los esmaltes y las piedras preciosas que le servían de adorno. Al hablar usaba D. Casimiro de cierta solemnidad y pausa muy entonada; pero su voz era ronca y desapacible, asegurándose provenir esto en parte de que no le desagradaba el aguardiente, y más aún de que en su casa y despojado de las galas de novio ó de pretendiente amoroso, fumaba mucho tabaco negro.
La expresión de su semblante, sus modales y gestos no eran antipáticos: eran insignificantes; salvo que no podía menos de reconocerse por ellos en D. Casimiro á una persona de clase, aunque criada en un lugar.
Se advertía, por último, en todo su aspecto, que D. Casimiro debía de padecer no pocos achaques. Su mala salud le hacía parecer más viejo.
Dado á conocer así somera, y no favorablemente, por desgracia, podemos ya lisonjearnos de conocer á cuantas personas ocupaban la sala cuando entró en ella el padre Jacinto.
Doña Blanca, Clarita, D. Valentín y D. Casimiro se levantaron para recibirle, y todos le besaron humildemente la mano. El padre estuvo sonriente y amabilísimo con ellos, y á Clarita le dió, como si no fuese ya una mujer, como si fuese una niña de ocho años, y con la respetabilidad que setenta bien cumplidos le prestaban, dos palmaditas suaves en la fresca mejilla, diciéndole:
—¡Bendito sea Dios, muchacha, que te ha hecho tan buena y tan hermosa!
—Su merced me favorece y me honra —contestó Clarita.
Doña Blanca se lamentó del mucho tiempo que el padre había estado sin venir de Villabermeja, y todos le hicieron coro. Se trató de que el padre tomase algo hasta la hora de comer, y el padre no quiso tomar nada, salvo asiento cómodo. Desde su asiento habló de mil cosas con animada y alegre conversación, resuelto á aguardar allí á que Don Casimiro se fuese y á que D. Valentín y Doña Clara despejasen, para hablar á solas con Doña Blanca.
Doña Blanca adivinó la intención del fraile, entró en curiosidad, y pronto halló modo de despedir á D. Casimiro y de echar de la sala á D. Valentín y á Clarita.
Verificado ya el despejo, dijo Doña Blanca:
—Supongo y espero que, después de tan larga ausencia, honrará V. nuestra mesa comiendo hoy con nosotros.
El P. Jacinto aceptó el convite, y Doña Blanca prosiguió:
—He creído advertir que estaba V. impaciente por hablarme á solas. Esto ha picado mi curiosidad. Todo lo que V. me dice ó puede decirme me inspira el mayor interés. Hable V., padre.
—No eres lerda, hija mía —contestó éste.— Nada se te escapa. En efecto, deseaba hablarte á solas. Y lo deseaba tanto, que dejo para después de tu comida, que acepto gustoso, dejo para sobremesa la aparición de un objeto que traigo de presente á nuestra Clarita, y que le va á encantar. Figúrate que es una lindísima corza, tan mansa y doméstica, que come en la mano y sigue como un perro. Pero vamos al caso: vamos á lo que tengo que decirte. Por Dios, que no te incomodes. Tú tienes el genio muy vivo: eres una pólvora.
—Es verdad; yo soy muy desgraciada, y los desgraciados no es fácil que estén de buen humor. V., sin embargo, no tiene derecho á quejarse del mío. ¿Cuándo estuve yo, desde que nos tratamos, desabrida y áspera con V.?
—Eso es muy verdad. Convendrás, con todo, en que yo no he dado motivo. Yo no soy como otros frailes, que se meten á dar consejos que no les piden, y quieren gobernar lo temporal y lo eterno, y dirigirlo todo en cada casa donde entran. ¿No es así?
—Así es. Más bien tengo yo que lamentarme de que V. me aconseja poco.
—Pues hoy no te quejarás por ese lado. Tal vez te quejes de que te aconsejo mucho y de que me meto en camisón de once varas.
—Eso nunca.
—Allá veremos. De todos modos, tengo disculpa. Tú sabes que Clarita es mi encanto. Me tiene hecho un bobo. ¿Quién ignora mi predilección hacia las mujeres? Menester ha sido de toda mi severidad para que allá cuando mozo no me quitaran el pellejo los maldicientes. Hoy, hija mía (alguna ventaja ha de traer el ser viejo), con treinta y cinco años en cada pata, puedo, sin temor de censura, quereros á mi modo y trataros con la íntima familiaridad que me deleita. Te confieso que para querer á los hombres tengo que acordarme á menudo de que son prójimos y quererlos por amor de Dios. Á las mujeres, por el contrario, las quiero, no ya sin esfuerzo, sino por inclinación decidida. Sois dulces, benignas, compasivas y muchísimo más religiosas que los hombres. Si no hubiera sido por vosotras, lo doy por cierto, hubiérase perdido hasta la huella de la primitiva cultura y revelación del Paraíso, y los hombres jamás hubieran salido del estado salvaje. Si yo fuera un sabio, había de componer un libro demostrando que todo este ser de la Europa del día, que todos estos adelantamientos sociales de que el mundo se jacta, se deben, en lo humano, principalmente á las mujeres. Calcula, pues, cuán alto y lisonjero es el concepto que tengo de vosotras. Pues bien; en los últimos años de mi vida, tu hija Clara ha venido á sublimar mucho más aún este concepto de mi mente. En mi mente tenía yo como un tipo soñado de perfección, al cual ninguna de las mujeres que he conocido se acercaba ni en diez leguas. Clarita ha ido más allá. ¡Qué inocencia la suya, tan rara por su enlace con la discreción y el despejo! ¡Qué fe religiosa tan sana y atinada! ¡Qué amor á su madre y qué sumisión á sus mandatos! Clara es una santita en este mundo, y al verla hay que alabar á Dios, que la ha criado á fin de dejarnos rastrear y columbrar por ella lo que serán en el cielo los angelitos y las bienaventuradas vírgenes.
—Mucho lisonjean mi orgullo de madre —interpuso Doña Blanca,— esos encomios de Clarita que oigo en boca de V.; pero mi amor á la justicia me induce á creerlos exagerados. Yo me los explico de cierto modo, que voy á tener la sinceridad de declarar á V. En el puro amor que en general profesa V. á las mujeres, hay algo del antiguo caballero andante, algo del hechizo que tiene para todo ser fuerte dar protección á los débiles y desvalidos. En el concepto superior á la realidad que de las mujeres V. forma, hay gran bondad é instintiva poesía. Todos estos nobles sentimientos de V. se han empleado, durante una larga y santa vida, en lugareñas, jornaleras unas, é hidalgas ó ricachas otras, pero toscas las más, en comparación con Clara, criada en grandes ciudades, con otro barniz, con otra más elevada cultura, con mayor delicadeza y refinamiento. Ventajas tales, meramente exteriores y debidas á la casualidad, han sorprendido y alucinado á V., y le han hecho pensar que lo que está en la superficie está en el fondo; que modales más distinguidos, mayor tino y mesura en el hablar, y ciertas atenciones y miramientos que nacen de más esmerada educación, y que llegan á tenerse maquinalmente, gracias á la costumbre, son virtudes y excelencias que brotan del centro mismo de un alma que se eleva sobre las otras.
—No, hija mía; nada de eso basta á explicar mi predilección porClarita.
—¿Cómo que no basta? Sea V. franco. ¿No quiere V. y estima casi tanto áLucía?
—Las comparaciones son odiosas, y las del cariño más. Supongamos, á pesar de todo, que estimo y quiero á Lucía casi tanto. Eso probaría sólo que Lucía vale casi tanto como Clara.
—Y que ambas están educadas con más esmero.
—Bueno… ¿Y qué?… Concedo que así sea. ¿Quién te ha negado el poder de la educación? Lo que niego es que la educación valga hasta ese punto sobre un espíritu estéril é ingrato; y lo que niego también es que su influjo no pase de la superficie y no penetre en el fondo, y no mejore el ser de las personas. Es, pues, evidente que Clara debe mucho á Dios, y luego á tí, que la has educado bien; pero esto que debe á tí no es superficial y externo: los modales, las palabras, las atenciones y los miramientos no son signos vanos. Cuando no hay en ellos afectación, es porque brotan del alma misma, mejor criada por Dios ó por los hombres que otras almas sus hermanas. Cierto que yo no he visto ni conocido más gente en mi vida que la de esta ciudad y la de Villabermeja; pero adivino y veo claramente que ha de haber duquesas y hasta princesas cuyo barniz no me engañaría ni me alucinaría. Yo conocería al momento que era falso y de relumbrón, y que en el fondo eran aquellas damas más vulgares que tu cocinera. Conste, por consiguiente, que no me alucino al encomiar á Clarita.