11 de marzo.
Las buenas noticias se aglomeran. Dios concede y da por una parta lo que por otra quita; démosle gracias por sus dones y sometámonos a sus negativas; acaba de nacerme un nietezuelo; la esposa de Alfonso ha dado a luz en Roma, con toda felicidad, un niño, hermoso como un ángel, lo cual acaba de escribirme su padre, añadiendo que se llama como él, Alfonso, que ha sido bautizado en San Pedro de Roma, que fueron sus padrinos un caballero napolitano, llamado el marqués de Gagliati, y la princesa Oginska, polonesa, y que nació el día 8. Esta noticia me ha proporcionado una grande alegría. Dicen que este niño se parece mucho a mí, así es que yo me lo represento como era su padre. Su madre ha empezado a criárselo; hace muy bien, y ojalá pueda, como yo deseo, seguir adelante. Parece que están resueltos a venirse a pasar unos días en nuestra compañía, tan luego la madre se encuentre completamente restablecida.
12 de mayo de 1821.
Susana lo sabe todo: yo se lo he contado, pero ella, que tiene una penetración grande, ya se lo había presumido; ¡pobre hija mía! yo espero que Dios le enviará aquello que puede y debe darle la felicidad, teniendo en cuenta que su imaginación no está desbordada y posee un corazón angelical; ella se dedica a sus deberes sin la menor turbación ni inquietud, con una tranquilidad y una alegría, que me tienen embelesada.
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Eldiarioqueda interrumpido por espacio de tres años. ¿Será que los cuadernos se habrán extraviado o que los disgustos que han pasado por ella durante estos tres años de amargura por la muerte de Cesarina, fallecida a consecuencia de una anemia ocasionada por el nacimiento de su tercer hijo, o que la enfermedad mortal, al mismo tiempo, de su querida y bella Susana, no le hayan dejado el espacio ni la fuerza moral para registrar sus desventuras?
Durante este tiempo, su hijo y su hija política hicieron un viaje a Francia y otro a Inglaterra, perdiendo también su querido nietezuelo. Nacioles una niña que es el ídolo de su madre y de su abuela, la cual parece renovar en todo su imagen, aquella imagen venerable de la anciana madre, que, a pesar de su edad, conserva en el corazón el fuego santo del amor a sus hijos, a sus semejantes y a Dios.
Hasta el 29 de junio de 1824 no hay en su manuscrito ni una sola línea, y sus páginas primeras no son más que sollozos, trazados a la cabecera del lecho del dolor de su querida Susana, reflejando todas las peripecias de la enfermedad y la esperanza; es una prolongada agonía registrada hora por hora, minuto por minuto, abriendo en la última el cielo a un ángel para dejar entre las sombras de la tierra a una desconsolada madre.
No hago más que extractar unas pocas de estas notas monótonas si se quiere, por el repetido acento del dolor. ¡Pobre madre mía!
29 de junio de 1824.
Bien tristemente doy principio a este nuevo libro; mi corazón está destilando sangre por el cruel estado de mi pobre Susana; parecíame que había una pequeña tregua de algunos días, creía que la enfermedad se había detenido en sus progresos; pero ayer, mi desolación llegó a su colmo, al fijarme en la debilidad, en la flaqueza y descomposición de aquella figura, ahora terriblemente transformada hasta el horror... ¡Hija de mi alma! ¡a pesar de todo, se la ve tan dulce, tan tranquila y esperanzada! Su marido está completamente trastornado, porque él es como yo y no puede renunciar a toda esperanza, aunque ya debiéramos haberla perdido hace tiempo, porque los signos son mortales.
Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchísimo el interés y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas, suspiro como si jamás en este mundo me hubiese sido permitido este desahogo del corazón.
Olvido con harta frecuencia que es ésta un época de prueba. ¡Oh! yo debería ver, por la de mi Susana, cuán necesaria es la purificación de las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me parece, y le hace falta sufrir como sufre, ¿qué será de mí? Todo es para ella mortificación y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.
Sólo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como yo creen en Dios. El día 1.º del mes próximo, celebrará el príncipe de Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intención y todos uniremos nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz. ¿Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?
Alfonso y su esposa están en Suiza; les he escrito que se vengan, para no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin desesperarme, por más que la vea todos los días retratada en las facciones de mi querida y santa hija.
1.º de julio de 1824.
Hemos dejado ayer la casa de campo de Perrieres, que nuestros buenos amigos los Cortembert nos habían facilitado: está situada sobre la colina que domina Mâcón y el Saona.
La traslación ha sido muy penosa; sin embargo, he creído recuperar a mi hija cuando la he vuelto a ver en nuestra casa de Mâcón; la he colocado, en mi cuarto, está allí muy bien; la temperatura es agradable y por la tarde salimos un ratito al jardín. No recibo visitas, así es que, vivimos igualmente retiradas como en los Perrieres.
Nuestra misa, a la misma hora que la del príncipe de Hohenloe, ha sido edificante, pero todo me dice que no hay nada que esperar, ni de la oración misma. ¡No me atrevo a pensar cómo ha de salir de aquí este ángel, ni por qué lecho ha de trocar el que ahora ocupa!
Alfonso, su esposa y su hijita Julia acaban de llegar; me encuentro perfectamente retratada en la cara de Julia. ¡Qué dicha tan grande es la de vernos revivir y florecer de nuevo, cuando nos sentimos decrecer y perder la flor de la juventud! Es verdaderamente lo que era yo a su edad, ¡yo misma, en mi inocencia y en la apacible edad primera!
Mi Susana, que ya no es más que un ángel, ha recibido a Dios, este último lunes, con el aparato ordinario de esta santa y terrible ceremonia; yo creí que se hubiera trastornado algo, pero, por la gracia de Dios, ni se asustó, ni sufrió su semblante la menor alteración; al contrario, ha redoblado su tranquilidad y su alegría; todo el día pareció transparentarse en su mirada cierto fondo de dicha: la noche antes nos dijo: «Hablemos de mi tranquilidad; yo he hecho cuanto he podido por mi conciencia, y todo lo que he podido por mi salud. Dios hará ahora todo lo que él querrá: yo me abandono a El.»
A pesar de esto, ella no ha perdido la esperanza, y nosotros procuraremos alimentarla, porque fuera muy cruel el hacérsela perder: líbreme Dios de intentarlo siquiera. El tiempo que habrá de vivir, que sea con la mayor tranquilidad posible... Dios, que en la forma del santo viático habita en ella, dispondrá como le plazca de esta tierna planta agostada en flor.
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En medio del dolor que el estado de mi hija me proporciona, he tenido una alegría por la visita de Alfonso y su esposa, los cuales se encuentran muy bien: llegaron el jueves 29 volviendo a salir el sábado para Saint-Point. La estancia en la casa de nuevas personas, fatiga siempre a la pobre Susana, a pesar de cuantas precauciones se tomen para evitarlo.
Alfonso volvió el martes, estando con nosotros hasta ayer, y volverá el lunes nuevamente, dejándonos lo menos posible durante estos tristes instantes: su buen corazón me consuela y anima mucho.
14 de julio de 1824.
Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante, dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era, a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos momentos.
A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía recibir.»
Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido, que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su divina misión.
Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado, con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas personas:—¿Están enteradas?—decía. A la mañana siguiente pidió una cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo; antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga, hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía, pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba; tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro, habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»
La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión, fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de producir y por evitarle los desmayos.
Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...» y no pudo decir otra cosa.
Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»
Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho, pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque—dijo la pobre,—en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin ella, no podría separarme tranquila.
No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora completamente cambiada.
Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!
A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...» ¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me acosté relativamente tranquila.
A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta), de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia, y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había concluido.
Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos, que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.
Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los últimos deberes para con su hermana.
La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo; luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión de los justos.
Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo, se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro común donde mora Dios!
Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia, que llevaré conmigo hasta la huesa.
Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón: dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.
Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en eldiario.
Martes, 4 de diciembre de 1824.
Alfonso ha vuelto de París, sin haber conseguido ser nombrado miembro de la Academia Francesa; ha sido elegido en su lugar M. Droz. Estoy disgustada conmigo misma por haber animado a mi hijo a que se presentase, y lo estoy aún mucho más por mi marido, quien daba grandísima importancia a este suceso; en fin, Dios y los hombres no lo han querido; es preciso aceptar ese desencanto sin acritud ni murmuraciones; por más sensible que ello sea, no puede compararse a otras desgracias que se incrustan en el corazón para no separarse jamás.
Martes, 4 de enero de 1825.
Los cambios de tarjetas, las visitas, las felicitaciones, las alegrías, el movimiento, en fin, de primero de año me han hecho mucho daño; yo no puedo hacer más que llorar cuando alguien me dirige sus recuerdos; ¡mis recuerdos están en lo pasado! ¿Y qué es lo que el pasado me recuerda? Tuve un momento de esperanza al ver un segundo a Alfonso, el hijo del mío, y desapareció esta esperanza; ahora tengo una satisfacción con lo que de él poseo, es decir, por el cariño que me tiene, no por eso que llaman la fama, el renombre, la gloria; él me ama, y eso es lo que deseo, y eso es para mí su gloria mejor; ¡ojalá pudiese amar lo que amo yo, las creencias que me dan la paz acá en la tierra, y la verdadera inmortalidad en perspectiva! Estoy muy contenta de tener a su esposa y a él en mi compañía todo este invierno, y me aflijo ya con la idea de la inevitable separación, pero su destino le lleva a vivir lejos de Francia; respetemos los altos designios de Dios.
Los últimos momentos de Bonaparte en Santa Elena, me han hecho reflexionar mucho sobre el camino que Dios ha trazado, y que conduce de las glorias mundanales al panteón de la nada. Algo más cerca ha herido mi corazón la muerte del célebre poeta inglés lord Byron. Llorosa y conmovida he notificado a mi hijo la muerte de este joven poeta, lo mismo que si se tratara de una desgracia ocurrida en la familia. ¿No es, por ventura, la humanidad una misma familia? ¡Tal vez otro día, una madre temblando como yo, llorosa, anunciará a su hijo la muerte del mío!
Alfonso ha escrito un poema titulado «Childe Harold» en el cual se refiere la heroica muerte de lord Byron defendiendo la independencia de los helenos; hay en él estrofas que me llenan de dolor, porque temo mucho que sienta un entusiasmo peligroso por las ideas de la moderna filosofía y de la Revolución, contrarias al trono y al altar, estos guías que yo he encontrado siempre en mi camino y fuera de los cuales sólo veo confusión y peligro, y sobre todo, el abismo sin fondo de la incredulidad.
Yo he conocido estos famosos filósofos nuevos durante mi juventud; haced, ¡Dios mío! que mi hijo no se les parezca en nada; no dejo yo de hacerle ciertas consideraciones sobre el peligro de las ideas nuevas, pero el «espíritu surge donde él quiere», como dice la Sagrada Escritura. En cuanto una madre ha puesto en el mundo un hijo, y le ha inculcado su propia fe, ¿qué le resta hacer ya? ¡Como no sea poner todos los días su débil mano entre la llama de esta fe y el viento del siglo que pretende apagarla! ¡Ah! yo me he sentido algunas veces orgullosa de ser madre de hijo semejante pero su independencia de espíritu me ha hecho sufrir mucho. Yo opino que toda la ciencia se encierra o debe encerrarse en esto: «Obedecer y creer»; tal vez se me dirá que esto es poco poético, pero tengo para mí que existe tanta poesía en la sumisión del espíritu como en la rebelión.
¿Son, por ventura, los ángeles fieles, menos poéticos que los ángeles que se rebelaron contra Dios? Yo preferiría que mi hijo no tuviese ninguno de esos vanos talentos mundanos, a que se rebelara contra los dogmas que han sido fuerza, luz y consuelo de mi existencia, y por los cuales he sufrido resignada todas las adversidades de este mundo.
20 de febrero de 1825.
Hago la misma solitaria vida bajo el mismo techo, envuelta en mi propia tristeza y leyendo en compañía de Alfonso, su esposa y mi Sofía, cuya educación no me da cuidado porque parece ya haber salido instruida y piadosa de la cuna. Leemos por las noches en compañía de mi esposo y mis hijos, junto al hogar, cuantos libros pueden alimentar sanamente el alma y el espíritu. Mi marido parece aficionarse mucho a esta vida retirada, cuyas principales emociones están en los libros. Ha llegado a la edad en que los hombres se retiran del sitio grande o pequeño que hayan ocupado, y se convierten en simples espectadores que observan con indiferencia la comedia que en el mundo se representa; entonces, son los libros su distracción, su recreo; constituyen, en fin, parte de su existencia. En los libros de historia se aprecia la vida real; en la novela el mundo imaginario. Vienen los libros a ser, irremisiblemente, la vida de aquellos seres, que, prontos a dejar de vivir, desean vivir en otras edades.
Domingo, 26 de junio de 1825.
¡Qué largo tiempo transcurrido sin escribir una sola línea en este libro! Es que a causa de mis sufrimientos llegué a dudar de mi vuelta al camino de la virtud; luego, entreveo con horror la muerte, porque aún no me creo bien preparada... ¿Llegaré a estarlo? No pido la prolongación de mi vida más que el tiempo necesario a prepararme y purificarme: y nada más. Dios me ha hecho esta gracia. Pero al llegar a la convalecencia me mandó un nuevo dolor, y luego me lo ha quitado de nuevo y sin preparación.
En un pequeño poema que ha escrito Alfonso sobre la consagración del rey, no decía una palabra del duque de Orleans, de quien no es partidario, porque tiene sobre este príncipe las prevenciones de su padre y de toda la familia de los Lamartine: encuentra algunos puntos oscuros e inconvenientes en la conducta de un príncipe de la familia real, cuyo padre cometió la fatalidad de condenar a muerte a su pariente y a su rey, al desgraciado Luis XVI, y que después de esto ha sido colmado de honores y perdonado por los Borbones, dando en lugar de un testimonio de agradecimiento, pruebas de deslealtad para halagar a sus partidarios. Alfonso habla con cierta amargura contra lo que llama su deslealtad, y esto me mortifica, porque yo creo bueno a este príncipe e inocente del crimen de su desventurado padre. Hubiera yo preferido, sin embargo, que el tal hubiese hecho una oposición menos abierta que los demás, sin que para ello se hubiese rodeado de todos los ambiciosos y descontentos, revolucionarios o bonapartistas, que han formado eso que llama él un partido; pero es preciso atacar o conjurar las intenciones, antes que acusar temerariamente a nadie.
Cuando me leyó Alfonso los versos de su poema, donde ensalza todos los guerreros y todos los príncipes de la familia real, y observé que ni una sola palabra decía del duque de Orleans, tuve un disgusto tan grave que me hizo derramar lágrimas; entonces le supliqué que no dejara desairado con semejante silencio a un príncipe en cuya casa pasé yo mi niñez, y cuya madre y hermana nos habían colmado de bondades. Resistiose obstinadamente, y me dijo que todo lo más que podía hacer por el duque de Orleans, era no pronunciar su nombre, mientras que se honraba nombrando a los reyes Luis XVIII y Carlos X, a quienes había tenido el honor de servir en el ejército y en la diplomacia, y que él había heredado de su padre el cariño a estos príncipes desgraciados, y para sus enemigos, la repugnancia y el desprecio. A pesar de esto, conseguí a fuerza de lágrimas, que recogió con respeto, el que pronunciara de una manera conveniente el nombre del duque de Orleans, en aquel homenaje a los Borbones. Hízolo, pero resultó desgraciado al querer expresar un sentimiento que su corazón no sentía. Los párrafos que aludían al 21 de Enero y a la muerte de Luis XVI, parecieron un insulto al duque de Orleans, y no sé cómo, pero es el caso que este príncipe tuvo conocimiento de lo sucedido por el librero, sin duda, antes de que fuesen publicados, e hizo escribir una carta a mi hijo por nuestro pariente M. Henrion de Pansey, presidente de su consejo. M. de Pansey, en nombre del príncipe, pedía a mi hijo, en términos corteses, la supresión de los versos en que era aludido.
Alfonso contestó en seguida, con mucha cortesía por cierto, que él no había tenido la menor intención de mortificar la personalidad de un príncipe, de cuya casa tantos beneficios había alcanzado su madre, y que en aquel momento escribía al impresor para que se suprimiesen los versos que pudiesen molestar al señor duque de Orleans. El escribió, efectivamente, al editor, para que fuesen retirados los párrafos en cuestión.
Todo parecía haber terminado aquí; pero el duque de Orleans, ignorando que Alfonso hubiese condescendido a sus deseos, y más impaciente de lo que convenía por semejante supresión, mandó escribir una segunda carta, en la cual se hacían amenazas contra el crédito de que mi hijo gozaba en la corte, advirtiéndole, que en el caso de no acceder a sus deseos, tenía un príncipe real sobrados medios para hacer sentir a quien intentara solamente ofenderle, el peso terrible de sus resentimientos y de su indignación. Cuando Alfonso recibió esta segunda carta, su natural dignidad ofendiose de tal suerte, que no quiso en manera alguna acceder a los deseos de Orleans y escribió inmediatamente a su editor que no retirara una sola palabra del original. Sin embargo, por no hacer una ofensa, sin previa explicación, al duque de Orleans, le escribió el mismo día en que habían ya los periódicos publicado esta carta de intimidación que no podía ser conocida más que por una indiscreción palaciega, diciéndole que la supresión del párrafo por los periódicos adictos a su corte, no podía atribuirse más que a una ligereza de su carácter, y se veía él obligado a dejarlo en suspenso; decíale también al príncipe que, apreciando debidamente esta necesidad de honor, confiaba no lo atribuiría a la intención de ofenderle. El príncipe fue justo, y contestó inmediatamente haciéndose cargo de esta exigencia de honor, desde el momento en que la publicidad hecha en los periódicos liberales, había colocado a mi hijo en una situación tan especial. El párrafo apareció según Alfonso lo escribiera al principio.
Pero, eso fue para mi corazón una flecha que lo atravesó de parte a parte, tanto más, cuanto no me atreví a decírselo jamás a mi esposo ni a mi hijo; porque yo había sido colmada, durante mi infancia, de todas las bondades de aquella augusta casa, cuyo nombre habíame mi madre enseñado a venerar desde mi niñez. En las circunstancias dolorosas para mi madre y para otros varios miembros de la familia, la señorita de Orleans nos había favorecido con cariñosa solicitud y con una generosidad sin límites: yo no podía ni puedo olvidar los bienes recibidos de esta augusta familia, y mi marido y mi hijo ignoraban estos transportes íntimos que yo no podía tampoco confiarles. ¡Júzguese de mi asombro y de mi aflicción, al considerar que esta excelente princesa pudiese atribuir mejor que a un error, a ingratitud u olvido, una ofensa al nombre de su casa salida de la mano de mi hijo! Pasé muchas noches derramando lágrimas. Escribí a la señorita de Orleans para desengañarla y manifestarle todo mi pesar; ella me contestó mejor como amiga que como princesa, comprendiendo perfectamente la situación en que me encontraba. A Dios gracias, todo ha terminado; temo solamente que lo ocurrido ocasione entre la princesa y mi hijo una frialdad y una irritación secreta que vaya alejando poco a poco su amistad de aquella casa, en la cual hubiera tenido unos protectores desinteresados. Las prevenciones de los nobles realistas contra el nombre de los Orleans, son injustas, extremadas y, como si dijéramos, han sido infiltradas en la sangre de padres a hijos. Tuve todavía un gran pesar, que de tan vivo y doloroso, no puedo confiárselo a nadie; la susceptible altivez de mi esposo no le dejaba comprender que existiera correspondencia entre la señorita de Orleans y yo, ni las gracias que mi familia recibió de ella, en muchas y determinadas ocasiones.
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Dice Alfonso que cree habrá de partir para Alemania, y por lo tanto, que estará ausente de nosotros por mucho tiempo. Cuando pienso en su separación no hago otra cosa que llorar. ¡Ah, Dios mío! ¡Cuán solitaria va quedando esta casa, antes tan alegre y tan llena de vida! Cuantas veces reflexiono en nuestra soledad, recuerdo los muchos nidos que tantas veces he visto durante el otoño bajo los álamos del patio de Saint-Point; en lugar de los pequeñuelos hay nieve, y el viento se va llevando sus pajas, ¡una a una! Así es nuestra casa en la actualidad.
18 septiembre de 1825.
Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarán su residencia. ¡Ay! ¡cuán sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar cuánto tiempo durará esta situación.
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Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no está bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi tristeza me encuentro aquí mejor; Nicole me acompaña por la mañana; sus «Ensayos de moral» me llegan directamente al alma, y por las noches leo a Mme. de Sevigné, mi confidente favorita; después... pienso mucho en los ausentes. ¡Ay! ¡y en los muertos que no volverán!
Ayer recibí una visita del excelente, amable y resignado M. de X... Aquél que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban muchísimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi corazón recuerdos de tristeza. ¡Triste de mí!... esta época tan lúgubre de mi vida la lloraré siempre, ¿no habrá para mí consuelo? creo que sí; y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos que murieron para este mundo. ¡Qué dicha la de poseer una fe como la mía! Aun cuando la religión no nos diera más que esta fe en el renacimiento del pasado, deberíamos bendecir a ella y a su fundador. ¡Y quién no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!
24 octubre de 1825.
Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre. Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez. Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas? ¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.
1.º de febrero de 1826.
No puedo dedicar mucho tiempo a escribir, porque los cuidados de los pobres, durante este frío invierno, me absorben la mayor parle del tiempo; además de esto, me han encargado de la presidencia de la junta de caridad establecida en esta población; no me es posible cumplir con exactitud mis obligaciones a pesar del auxilio que para ello me presta Mme. de Villeneuve, la esposa del Gobernador de la provincia, joven muy amable, a quien considero como si fuese una hija; yo no sé por qué las jóvenes sienten por mí tanta predilección; será sin duda porque yo, acostumbrada a amar a mis hijas, siento una ternura grande dentro de mi corazón y una inclinación irresistible hacia las jóvenes con quienes tengo tratos. Mme. de Villeneuve me ha pintado unas elegantes pantallas de chimenea, dibujando en cada una, la vista de diferentes casas o castillos habitados por Mme. de Sevigné; esta buena señora es para mí la abuela del corazón y del espíritu; Mme. de Villeneuve ha creído que estos recuerdos serían a mis ojos una especie de ilustración de las obras que practico continuamente en cumplimiento del deber que la caridad me impone. ¡Qué buena y dulce es la caridad! Ella parece que nos aproxima, insensible y dulcemente, al trono donde el Altísimo tiene su asiento.
27 de abril de 1826.
Mi cuñado, el abate Lamartine, ha muerto; hacía bastante tiempo que su vida era una prolongada espera de este momento. Espero que Dios habrá sido misericordioso para el hombre que tanto lo había sido para su prójimo. Fue lanzado contra su voluntad a la carrera eclesiástica, hacia la cual no sentía la menor disposición, y se concretó a vivir solitario en su magnífica finca de Montculot, la cual ha quedado propiedad de Alfonso, con la obligación de entregar cierta cantidad a la hermana del difunto y pasar una pensión a mi esposo. Le he escrito para que mande poderes para tomar posesión, en su nombre, de aquella magnífica casa y de las tierras que la circundan.
24 de mayo de 1826.
Tengo una pena grande, por el triste contratiempo que ha ocasionado a Alfonso un fragmento de su poema «Childe Harold», relativo a Italia. Ha sido mi hijo gravemente herido en desafío con el coronel Hugo; ¡tiemblo tanto por su alma como por su vida! yo no sé quién tendrá razón de entre los dos, pero a los ojos de Dios ambos son culpables; procuraré que Alfonso se arrepienta de la falta cometida; la vida sólo Dios puede quitarla y, es un pecado gravísimo el que los hombres cometen cuando atentan a ella. Se me objetará que el honor es preferible a la vida, pero no somos los humanos quienes podemos juzgar estos asuntos.
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He tenido nuevas noticias de Alfonso que me anuncian su restablecimiento: dicen que está escribiendo unas poesías muy religiosas y que las titula «Armonías», de las cuales me han remitido algunos trozos manuscritos que he leído con sumo agrado. ¡Ah! este es el uso que yo quisiera que se hiciese siempre del talento, divino como su Creador, cuando se eleva hacia El.
Milly, julio 1826.
Hace tres días que estoy en Milly, donde me encuentro perfectamente: yo desearía continuar aquí pero con mi esposo y Sofía. ¡Es muy triste para los unos y para los otros el tener que vivir separados!... ahora parece que siento más que antes la separación; ello debe ser la vejez que avanza rápidamente: ya he perdido, puede decirse, por completo, aquella actividad física y moral que me hacía gozar de la vida aun en la misma soledad; siento, por el contrario, el peso de los sesenta años que voy a cumplir; apenas puedo persuadirme de ello, pero no hay remedio; y sin embargo, no estoy triste, ni mucho menos, pero sí quisiera que Dios me hiciese la gracia de que pudiese emplear bien el poco tiempo que me resta de estar en este mundo, y de no pensar más que en prepararme debidamente para el otro, adonde con tanta ligereza me dirijo. Porque estoy todavía completamente distraída y demasiado ocupada en cosas terrenales; he visto (quién sabe si con demasiado interés), la belleza de nuestros viñedos; ha habido una sequía atroz que los ha perjudicado mucho; pero ahora, sobre todo aquí, han reverdecido un tanto y presentan un hermoso aspecto con sus verdes pámpanos cargados de nacientes racimos. ¡Nuestro porvenir está suspendido de los sarmientos de estas cepas!... Es el hombre exactamente igual que el insecto que roe una hoja, y que muere si la hoja perece. ¡Dios mío... proteged nuestras plantas y sobre todo las de nuestros pobres campesinos!
Alfonso es el encargado de los negocios del rey en Toscana, Lucca y Parma, y como quiera que todos los embajadores están fuera de Italia (excepto el de Roma), le han aumentado la asignación en cuatro mil pesos. Todos están contentos de él, y él parece estarlo también de la posición que ocupa; únicamente que representa a su país con un poco más de lujo del que yo quisiera; pero creo que, a pesar de ello, la Providencia no le abandonará nunca.
Yo me acuerdo mucho de él, pero me paga mi cariño sobradamente, acordándose también de mí; con la mayor ternura y solicitud recuerda y le preocupan mis pequeñas obligaciones, y aquellas penas e intranquilidades que me ocasionaron sus travesuras juveniles. Sería yo una de las mujeres más dichosas si no hubiese perdido aquellas dos joyas de mi maternal corona: ¡ah! ¡qué gran vacío encuentro sin su compañía cuando al caer de la tarde paseo por mi jardín! ¡mis ojos y mis sentidos todos las buscan inútilmente por todas partes! Es preciso irme desprendiendo poco a poco, de buen o de mal grado, de este bajo suelo; ya siento en mí la noche; ¿cuántas horas me faltan contar aún en este negro abismo? Dios lo sabe; yo no he de contarlas, porque estoy entregada a El absolutamente; lo que sí le pido, es que me retenga aquí el tiempo necesario para ganar su estimación.
He dado principio a un trabajo que acaso durará lo que mi vida. Consiste en una alfombra tapizada para el gabinete que Alfonso tiene en Saint-Point. Cuando yo haya muerto, él pensará sin duda, al poner sobre ella los pies, que en cada una de sus mallas iba yo encadenando, en mi tiempo, un pensamiento para él. ¡Ay! este frágil tejido durará, por lo menos, cien años; y tanto mis hijos como yo, habremos ya dejado de existir... Estoy triste, muy triste.
Domingo, 3 diciembre de 1826.
Según parece, existen algunas probabilidades de casar a mi Sofía; si esto se realiza, mi obra quedará terminada: entonces podré decir como el viejo Simeón: «Basta, Señor, relevad a vuestro siervo». El pretendiente es un hidalgo de Mende, en las montañas de Cévennes, llamado M. de Ligonnés. Dicen que es persona de carácter y que posee una fortuna que, sin ser muy grande, será suficiente para que vivan con desahogo: aquel país no es un país de lujo, y mi Sofía es la razón y la piedad misma.
5 mayo de 1827.
El último domingo, a las once de la mañana, ha muerto mi cuñado, el jefe de la familia Lamartine, a los ochenta años de edad. Su hermana y yo hemos recibido su último suspiro: hasta este momento ha conservado clara su poderosa inteligencia. Su muerte ha sido muy sentida en toda la comarca; era un hombre de talento e ilustración superiores; poseía conocimientos casi universales; su conversación era prodigiosamente interesante y vasta; durante toda su vida fue, puede decirse, el rey de la familia y de esta provincia. Había sido oficial de caballería del rey Luis XV, durante los primeros años de su juventud; su delicada salud le llevó nuevamente a Mâcón, donde se puso al frente de la administración del tan importante como enredado patrimonio de mi padre político, el cual radicaba entre Borgoña y el Franco Condado. Se le tenía como una especie de oráculo: la comarca entera consultábale todo los asuntos, hasta los más íntimos.
Había estado en relación con todos los hombres eminentes de la Asamblea Constituyente, de la ciencia y de la literatura: M. de Buffon, Mirabeau, los economistas y los filósofos. El ocupaba aquí una buena posición y vivía en compañía de sus hermanas, solteras también: ha legado su finca de Saint-Pierre indivisa a Alfonso y a Cecilia, su sobrina Mme. de Cessia; y sus bellas tierras de Monceau a su hermana la señorita de Lamartine, quien, a su muerte, las deja a Alfonso. Nadie resolvía nunca nada en la familia sin él o después de haber dado él su opinión.
Este imperio absoluto sobre la familia, había frecuentemente contrariado mis intenciones, ocasionándome bastantes disgustos; recuerdo los que sufrí cuando el casamiento de mis hijas y al determinar la carrera que habíamos de dar a Alfonso. ¿Quién sabe, si al contrariar mi voluntad tenía razón? Yo opino que sí: en fin, gracias a Dios, todo ha terminado felizmente para todos: acaso de aquella oposición que entonces se hacía a mis proyectos, ha resultado el buen acierto que hemos tenido en su realización.
La hermana de mi cuñado ha quedado muy rica, aunque realmente de nada le sirven las riquezas, porque no disfruta de ellas y las reparte entre los pobres: es la santa más delicada de la tierra que he conocido jamás; no tiene nada en su santidad que moleste ni perjudique a nadie; su piedad, cuando sale de la iglesia o de su oratorio, donde pasa la vida, se convierte toda en dulzura y bondad; tiene la sonrisa de los ángeles en la boca y una transparencia celestial en la mirada; es demasiado escrupulosa para sí misma: no lo fía todo a la generosidad divina y derrama la limosna a manos llenas; las gentes la bendicen y la aclaman como santa.
Los preliminares para la boda de Sofía se han realizado; M. de Morangies, nuestro vecino y pariente a la vez por parte de su esposa, es quien nos ha presentado la demanda y el joven pretendiente.
No me ha desagradado su aspecto modesto y reflexivo, y su porte exquisito, delicado y admirable de todo punto. Creo que es uno de esos hombres rarísimos, que manifiestan a primera vista la seguridad de la dicha que han de proporcionar a su esposa, pero ¡ay! se llevará a mi Sofía muy lejos de nosotros y no vendrán a pasar en nuestra compañía más que seis meses del año. ¿Qué va a ser de mí, sin esta criatura que me quedaba como sombra de todas las demás? Ella, cándida como a los ocho años, y espiritual como a los sesenta; era mi consejera y mi confidente para todo; creo que la costumbre de tener con ella el corazón abierto, ha apresurado su gran madurez de juicio; en cuanto a su piedad, es todo un ángel y sólo temo el exceso, si es que puede llegar a serlo más; parece una madre de familia; no me cabe duda de que, si tiene hijos, los hará hombres de provecho.
13 de enero de 1828.
¿Hasta cuándo continuaré escribiendo en este libro? Sólo Dios lo sabe. Comprendo que, a pesar de mis años, tengo sobre la tierra deseos y pasiones, y esto me aflige; mi corazón, sin embargo, es de Dios, a quien diariamente suplico se apiade de mí.
El estado actual de Francia me horroriza: los periódicos avivan el voraz incendio, que existe no solamente en la opinión sino en los corazones. Hemos tenido aquí grandes luchas con motivo de las elecciones entre M. Rambuteau y M. Doria; Dios no puede gustar de estos hechos en que se calumnian los hombres mutuamente. M. de Villele ha sido arrojado del ministerio; todo el mundo se encarniza contra la religión, que es mi único cuidado político. No me agrada por ningún estilo esta continua guerra de invectiva entre los periódicos de distintos partidos. ¿Cómo se comprende esta libertad sin límites que la prensa disfruta y que se dice es una necesidad del gobierno constitucional? Yo temo que este gobierno, del cual esperábamos tanto, no produzca más que tempestades, hasta dentro de las mismas familias; es muy frecuente que el espíritu de los hombres, antes que el espíritu de Dios, sea el que sople en estos desgraciados tiempos. Dentro de este sistema de gobierno no se observa más que vanidad, egoísmo, y deseos de realizar actos que tengan mucha resonancia, sean éstos del género que quiera.
M. de la Maisonfort, ministro del rey en Florencia, ha muerto en Lyón de vuelta de Toscana. M. de Vitrolles ha sido nombrado en su lugar; se cree que no irá hasta pasado mucho tiempo a ocupar su puesto; esto va a detener indefinidamente a Alfonso en Italia. Sofía, mi consuelo, mi sociedad única, mi hija querida, marcha este invierno a Mende. ¡Triste de mí!... Mi pobre marido está cada día más delicado, puesto que su dolorosa enfermedad va progresando; yo me consagro completamente a él, procurando hacerle olvidar el tiempo, como quisiera olvidarlo yo también, hasta que vuelva mi hijo de Italia. Se habla de nombrarle ministro de Francia, no sé dónde; ¿qué me va a suceder si es su alejamiento un destierro sin fin? ¡Qué triste es el ocaso de la vida, después de una continuada existencia de temores! ¿Dónde me refugiaré yo, si no es en la oración, que me calma siempre, como la conversación de un buen amigo justo, poderoso y sabio? ¡Ah! ¡qué felices son aquellos que creen en esta comunicación sensible de la criatura con el Creador del Universo!
15 abril de 1828.
Desde esta mañana me encuentro en Milly, pero por breves momentos. Siempre que estoy aquí me hallo dispuesta a escribir algunos párrafos en estediario, descuidado por tanto tiempo, y que ya tenía casi abandonado. Ya no tiene para mí el interés de otros tiempos, ni para continuarlo ni para leerlo de nuevo. Los acontecimientos consignados en él se van alejando, todo huye volando: a medida que vamos envejeciendo, vamos penetrándonos de la vanidad de todo y tenemos, por lo tanto, menos interés en conservar los recuerdos. Ya no me interesan sino los que pertenecen puramente al corazón, y éstos no hay necesidad de consignarlos. No obstante, aun quedan algunas épocas que quiero ir marcando debidamente: servirán más bien para mis hijos que para mí. Las últimas de ellas, las que pueden conducir a la felicidad celeste, no pueden descuidarse. Voy convenciéndome cada día más de que he entrado en la vejez, a pesar de que no falta quien me diga que no se apercibe de ello, y que estoy conservada como a los treinta años; pero «crecen los hombres tras de mí», como dice Virgilio, a quien estoy leyendo esta noche en un libro traducido por Boisgermain.
15 septiembre de 1828.
Mi hijo Alfonso está conmigo; el miércoles 10 del mes corriente llegó aquí, acompañado de su esposa, su madre política y su encantadora pequeñuela, rebosando todos salud y alegría. ¡Gracias mil sean dadas a Dios! Alfonso está, sin embargo, muy flaco, y esto me mortifica, pero es preciso que me acostumbre a ello. He estado muy contenta, muy conmovida y muy ocupada, y a mi edad las grandes agitaciones, sean de alegría o de pena, resultan peligrosas para la salud, ya quebrantada naturalmente; sin embargo, como es necesario conformarse y buscar consuelo, éste se encuentra con facilidad cuando el corazón está contento, lo cual ciertamente es algo difícil en este mundo; a pesar de esto, no me faltan motivos para estar disgustada.
No se puede imaginar una criatura más bonita, alegre e inteligente en todo (con relación a su edad), que mi nieta Julia; es un verdadero tesoro; está perfectamente educada. Su madre va siendo cada día más perfecta, sin la menor afectación, va llenando todos sus deberes religiosos; ha cultivado también mucho su talento y pinta perfectamente; nos ha traído algunas pinturas bellísimas; entre otras, varias que representan fielmente la fisonomía de Julia.
Milly, 3 octubre de 1828.
Desde el lunes, 22 de septiembre, estoy aquí completamente sola; he venido para presenciar nuestra pobre vendimia. Alfonso, Mariana, su madre y Julia, partieron el miércoles 17 para Montculot, en donde les han hecho un recibimiento como a los antiguos señores de otros tiempos. Fueron a darles la bienvenida las mujeres vestidas de blanco, y los hombres disparando al aire sus fusiles. Ellos han dado una brillante fiesta campestre en los grandes jardines del castillo, pues se confunden con los grandes bosques de las inmediaciones.
Desde Monculot ha salido Alfonso para París, en donde ha sido llamado por sus amigos para consultarle sobre lo que llaman golpe de Estado. Alfonso asegura que fracasarán y que los Borbones, a quienes ama como yo, habrán de sucumbir ante el espíritu público en el caso que acepten la batalla. Acaso tenga razón; muchas veces se ve mejor el estado del país desde fuera que desde dentro.
Por mi parte, estoy aterrada por esta fiebre que veo recrudecerse todas las mañanas en los periódicos de ambos partidos; se me figura que no puede haber nada sólido ni duradero en un gobierno, cuando con sus desaciertos convierte en un caos la opinión pública.
7 noviembre de 1828.
Alfonso ha regresado a París, donde fue muy bien recibido por todos, y particularmente por el rey Carlos X. Se le hubiera nombrado inmediatamente primer secretario de Estado en España, si hubiese querido aceptar; él prefiere esperar para ir a Londres, lo cual se le ha prometido para dentro de un año; allí será solamente ministro plenipotenciario. Me ha traído una magnífica araña para mi sala de Mâcón, y bastante dinero, pues ha comprendido que andaba yo algo escasa por mis muchos gastos y recelos de mortificar a mi pobre marido. Estoy muy contenta por que mis hijos quieren pasar el invierno en Mâcón en compañía nuestra; ahora se encuentran en Saint-Point. Alfonso me ha mandado algunos versos que va componiendo, los cuales me han gustado mucho; dice en ellos lo mismo que yo diría si tuviera su talento para expresarlo; es el eco de mi voz, porque yo no dejo de sentir la belleza, pero al pretender expresarla enmudezco. Esto me sucede también en mis horas de recogimiento místico; en mis meditaciones siento como un fuego dentro del corazón, cuya llama no puede salir del pecho; verdaderamente, Dios no necesita de mis palabras para comprender mis intenciones, pero yo desearía que el fuego que pugna por salir del pecho convertido en palabras, se deslizara poco a poco por mi boca en cantos de alabanzas, en acciones de gracias, en himnos y oraciones; y que después pudieran escribirse, para que por siempre fuera su gloria ensalzada como yo lo deseo en los misteriosos secretos de mi corazón. Doy gracias a Dios porque ha concedido a mi hijo lo que yo deseo para mí: su voz será la mía; sus sentimientos iguales que los míos son.
(Hay aquí párrafos que son un himno de reconocimiento para su hijo).
13 julio de 1829.
En esta fecha voy a narrar mi viaje a París, el cual gracias a mi hijo, ha sido una continua dicha para mí. Tuve una satisfacción inmensa al ver de nuevo aquella ciudad de mi niñez, y al conocer los numerosos amigos con que cuenta Alfonso, todos ellos personajes distinguidos por su nacimiento o sus talentos. Madame Récamier, a quien dicen que me parezco, me he dispensado una acogida excelente; he asistido en su casa a una lectura que ha dado M. de Chateaubriand, quien ha leído una tragedia titulada «Moisés»; la figura de este grande hombre me ha impresionado más que sus versos: tiene el aire majestuoso de un rey en medio de su corte. Me gusta más el aire natural y sencillo de otros hombres de gran talento, que estaban allí, y que yo ya conocía desde mi niñez. No obstante, la gloria tiene para mí grandísimo prestigio; creo que si mi hijo alcanzara algún día la más pequeña parte, estaría altamente satisfecha. Pero yo pido a Dios para mi hijo muchas cosas antes que esa gloria, que muy bien pudiera resultar vana, examinada detenidamente.
21 septiembre de 1829.
Mi pobre Alfonso es el que me ayuda a soportar los días de mi vejez, de un modo admirable; me colma de obsequios y atiende solícito a mis apuros, sean del género que quieran. Acaba de encargarse últimamente de pagar, por nosotros, la pensión de seiscientos pesos que debemos a mi cuñada Mme. de Villars. Consigno aquí todos esos rasgos de su cariño hacia mí, y renuevo entre las satisfacciones de mi corazón, las mil y mil bendiciones que yo debo a Dios por los buenos hijos que me ha concedido.
Alfonso no se encuentra aquí en este momento; está en su propiedad de Montculot, junto a Dijón; acaba de rehusar el llamamiento que le ha hecho el nuevo ministro, M. de Polignac, con la intención de asociar su nombre a un ministerio que no parece del agrado de la opinión. M. de Polignac ha insistido, y mi hijo le ha contestado que de ninguna manera quisiera él arriesgarse a ser cómplice de un golpe de Estado contra laCarta: que este golpe de Estado, en su opinión, derribaría los Borbones; que él sabe perfectamente que M. de Polignac no abriga actualmente la intención de darlo, pero que la hostilidad recíproca entre el ministerio y el país, llevaría mal de su grado a monsieur de Polignac a un resultado fatal; termina rogando a M. de Polignac que se sirva olvidarlo para estos asuntos.
Alfonso me ha mandado esta carta, la cual encuentro, por desgracia, llena de razonamientos que convencen, pero que acaso interrumpirán las relaciones que tiene entre sus amigos, y entorpezcan su carrera diplomática. Yo considero que esto fuera una desgracia para mi hijo, pero, estoy contenta de que obre conforme a sus principios, aunque a trueque de perder su bienestar. La opinión es la conciencia de los hombres políticos. Acaso esta conducta le sea favorable para el porvenir, porque las circunstancias han de cambiar necesariamente.
Hay en este momento una plaza vacante en la Academia Francesa: muchos académicos, entre otros M. de Lainé y M. Royer Collard, han escrito a mi hijo para que se presente candidato, en la seguridad, dicen, de ser esta vez admitido. El ha rehusado con una altivez que no me atrevo a calificar; dice que donde se le ha esquivado la primera vez, no quiere, a ningún precio, solicitar la entrada nuevamente; como no es posible nombrar un candidato que no visite de nuevo a los académicos, no creo, por lo tanto, que se le nombre a él. Mi amor propio ambicioso, sale mortificado con esta su determinación, pero que Dios le humille lo celebro «con toda mi alma».
Es forzoso, por lo tanto, que consigne una gran satisfacción que tuve luego; mi vanidad de madre se manifiesta demasiado, ya lo comprendo, pero... En una sesión pública celebrada por la Academia de Mâcón, hará unas tres semanas, a la cual asistió una multitud inmensa, todo el consejo general, todas las notabilidades de la ciudad y sus inmediaciones, leyéronse muchos e interesantes trabajos; M. de Lacretelle, un capítulo de la «Historia de la Restauración»; M. Quinet, joven gallardo y distinguido por sus conocimientos, un fragmento de un «Viaje a Grecia»; Alfonso debía recitar versos, se le esperaba con impaciencia; cuando llegó su turno, resonó un aplauso general; la concurrencia se puso en movimiento gritando, la mayor parte, que quería verle; colocose en un sitio convenientemente elevado para poder satisfacer los deseos del público, y empezó por una breve improvisación en prosa, suplicando y agradeciendo la benevolencia de sus conciudadanos y manifestando cuánto era su agradecimiento por el anticipado favor que se le dispensaba; este exordio gustó muchísimo y los aplausos se repitieron con entusiasmo. Luego recitó una epístola dirigida a M. de Bienassis, en la cual se encierran trozos de poesía tiernísima; se le interrumpía frecuentemente con murmullos de aprobación; Mariana y yo estábamos verdaderamente emocionadas; luego se nos colmó de felicitaciones y, ¿por qué no decirlo?, de dicha y orgullo; lo cual me parece algo perdonable. Dios lo quiere y El ve y sabe bien, que lo que yo deseo es que el talento de mi hijo sirva para honrar su santo nombre.
Hablemos ahora de mis hijas, cuyas bellas cualidades me enorgullecen igualmente. Me gusta mucho recitar continuamente y con el pensamiento puesto en Dios, desde las arboledas de Milly, bajo la sombra de la casa que ha visto nacer a todos mis queridos hijos, este versículo de los Salmos: «Señor, ya que habéis sido mi tranquilidad y mi esperanza en los días de mi juventud, ¡no me dejéis abandonado, en los de mi vejez! ¡Cuando las fuerzas me faltan, no me retiréis vuestra diestra mano!»
¡Basta! ¡basta!... Yo debo empezar a reflexionar seriamente sobre la decadencia de mi vida; si miro adelante, corta; y larga si dirijo hacia atrás la vista, porque veo los muchos deberes que he debido cumplir.
Milly, 21 de octubre de 1829.
¡21 de octubre!... ¡aniversario del nacimiento de mi hijo primero!... me encuentro sola y deseo consagrar este día a las reflexiones que me alientan y fortifican contra la muerte. ¡Cuántas vueltas y revueltas tengo dadas durante mi vida, en estos mis paseos, meditando, con el rosario en la mano unas veces, y otras, plegadas ambas manos, cuando nadie de la casa podía verme, rogando o meditando arrodillada en la hierba! ¡Ay, Dios mío! ¡lo que hubiera pasado por mí, durante mis tribulaciones exteriores e interiores, sin la caritativa bondad de Dios y si su imagen divina no se me hubiese presentado en mis pensamientos y no me los hubiese sugerido más santos y más consoladores que los míos, no es posible adivinarlo! Es una gracia inmensa, lo reconozco, que mis aficiones por el recogimiento en Dios, me hayan hecho robar casi diariamente, durante mi vida, algunas horas o solamente algunos minutos, para ocuparme exclusivamente de El. Hoy es uno de los días en que le he sentido más que nunca, y me he encontrado bañada en llanto, sin darme cuenta de ello, mientras paseaba; parecía que mi vida se rejuvenecía, que mi alma tomaba cuerpo y se disponía a presentarse a mi creador, a mi juez...
¡Ay de mí!; ¡que su juicio, próximo a emitirse, sea indulgente!
Yo me he visto a mí misma como si fuese ayer; jugando, niña inocente, entre las alamedas de Saint-Cloud; luego, más tarde ya, joven canonesa, rogando y cantando en el templo del cabildo de Salles, triste y pesarosa, cuando no emitía la voz como mis compañeras.
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El motivo de no haberme consagrado yo absolutamente a la contemplación de lo eterno, a los cantos del breviario y a las alabanzas del Señor en la soledad de aquel claustro entre lo eterno y mundano, fue... porque vi al que después fue mi marido, joven y buen mozo, vistiendo su brillante uniforme, cuando vino a visitar a su hermana la canonesa Mme. de Villars, en cuya casa había yo sido confiada de tutela, como de mayor edad y más experiencia de la vida.
Entonces, pude observar que el gallardo oficial me distinguía entre todas, y que aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para venir a visitar a su hermana en el cabildo; yo misma sentía también cierto efecto hacia aquella noble expresión, aquella gracia militar, aquella franqueza de su mirada, y aquel su altivo ademán que no parecía amable más que a mi lado. He sentido también la misma emoción de gozo que experimenté y quedó encerrada dentro del corazón, cuando me hizo, por fin, interrogar por su hermana para saber si consentía yo en que me demandase en matrimonio; después, nuestra primera entrevista delante de su hermana, nuestros paseos por los alrededores del colegio en compañía de las canonesas de más edad, la demanda y los grandes obstáculos de la familia, y las muchas lágrimas vertidas durante los tres años de incertidumbres, mientras rogaba a Dios, para obtener el milagro del consentimiento de su familia, que llegó a parecerme imposible; en fin, los años de dicha y de ventura, en la humilde soledad de Milly, tan humilde entonces como actualmente; mi desesperación cuando, apenas casados, él, sacrificándolo todo, incluso a mí, corrió desesperado a París para cumplir su deber de simple voluntario de la Casa Real, durante el célebre 10 de Agosto; la protección divina que le hizo escapar del jardín de las Tullerías cubierto de sangre; su huida, su vuelta aquí, su encarcelamiento, mis inquietudes por su vida, mis visitas a las rejas de su cárcel, donde yo le llevaba nuestro hijo para que le abrazara al través de los hierros, mis excursiones con mi hijo en brazos por toda la ciudad, tanto en Dijón como en Lyón, para enternecer a los severos representantes del pueblo, donde una sola palabra pronunciada por ellos podía ser para mí la vida o la muerte; la caída de Robespierre, la vuelta a Milly, el nacimiento sucesivo de mis siete hijos, su educación, sus casamientos y la desaparición de la tierra de aquellos dos ángeles, de que los otros... ¡ah! no me consolarán jamás.
¡Y después, el descanso que sigue a tanta fatiga! El descanso, sí, al mismo tiempo la vejez, porque yo voy envejeciendo, todo me lo indica con la mayor claridad; por ejemplo: estos árboles que yo he plantado, estas enredaderas que yo misma planté en la parte norte de la casa, con el objeto de que no mintiesen los versos de mi hijo cuando describe a Milly en susArmoníasy la espesura que cubre actualmente todo el muro desde los sótanos de la casa hasta el tejado; estas mismas paredes que van cubriéndose de musgo, estos cedros que eran altos como mi última hija Sofía a la edad de cuatro años, y que ahora me dejan pasar libremente bajo sus ramas más elevadas que mi frente; todo, todo en fin, me dice con muda y aterradora elocuencia, que voy envejeciendo, y que mi vida es corta. ¡Ah! Sí, Dios mío... Cuando veo las tumbas de muchos viejos vecinos que he conocido jóvenes, y sobre las cuales paso yo ahora cuando voy a misa, pienso con tristeza que mi estancia en la tierra no puede ser eterna, y que no puede tardar en abrírseme la eterna mansión: y las lágrimas se me saltan cuando pienso en lodo lo que debo dejar a mi partida: mi pobre marido, compañero fiel de mi juventud, que si bien no está postrado en el lecho, sufre continuamente y necesita de mí, hoy para sufrir, como ayer para ser dichoso: después mis hijos, ¡los hijos de mi corazón!...
Alfonso y su esposa, a la que considero, por su ternura y por su virtud, como una sexta hija; Cecilia y sus encantadores pequeñuelos, tercera generación de corazones que aman y que han de ser amados; y luego, aquellos que faltan y que me siguen como mi sombra sigue al sol poniente, cuando yo paseo y medito en estas soledades. Mi Cesarina, la que fue mi orgullo por su belleza encantadora, sepultada lejos de mí, detrás de ese horizonte de los Alpes, de donde veo continuamente surgir su recuerdo. Mi Susana, aquella santa que anticipadamente ostentó alrededor de su frente la santa aureola y que Dios me quitó para que yo pudiera ver en su recuerdo la imagen de un ángel de pureza. ¡Muertos los unos, ausentes los otros!...
¡Otra vez sola, como antes de haber producido fruto alguno! ¡Los unos en tierra, como la de estos árboles, los otros han sido llevados, lejos de mí, por el jardinero del cielo! ¡Ah! ¡Qué pensamientos! Cómo me atraen y persuaden dentro de ese jardín, y luego me arrojan de él, cuando han henchido mi corazón y se va su sangre derritiendo en agua. ¡Ese pedazo de tierra es para mí el «huerto de las olivas!» ¡Dios mío! ¡Este fue para mí, el jardín delicioso que Salomón describe en su cantos; y hoy, desierto y despojado de atractivos, sirve para que en él pueda recordar mejor la muerte, con el pensamiento puesto en el Salvador del mundo, a quien me figuro con el cáliz de la amargura en la mano preparándose a desprenderse de este mundo impulsado por su divina gracia! ¡Y cuánto adoro yo a este huertecito! Tanto por los vacíos que la muerte y el tiempo han ido haciendo en torno mío, como cuando al dirigir mi vista allá, en el fondo, bajo los tilos, para ver si alcanzo a distinguir los vestidos blancos de los pequeñuelos, o cuando escucho para ver si oiré, como otras veces, las alegres voces de mis hijos al encontrar alguna flor o algún insecto entre sus espesuras. ¡Qué le he dado yo a Dios para que me diese en propiedad este rincón de tierra y esta casita, de los que algunas veces heme avergonzado por su aridez y su insignificancia, pero que constituyeron el albergue dulcísimo de mi numerosa familia! ¡Ah! ¡Que sea El bendito, mil veces bendito este nido, y que después de mí pueda abrigar aún a todos aquellos que me sucedan!
Dejemos esto: oigo la campana de Bussieres que toca elAngelus; vale más rogar que escribir. Secaré mis lágrimas y diré, para mí sola, aquel rosario al cual mis pequeñuelas respondían siguiéndome otras veces, y que oirán hoy solamente los gorriones que se acuestan debajo de las hojas o en las grietas de las piedras. No, no, mil veces no, es un error perjudicial enternecerse, es preciso guardar las fuerzas para los deberes que estoy obligada a llenar; cuando se está sobre el borde de la tumba, las lágrimas, dice, no sé en qué parte, la Escritura, debilitan el corazón del hombre. ¡Hoy necesito del mío como en mis tiempos mejores!...
Sigue a lo escrito, un pequeño volumen conteniendo detalles puramente domésticos, cuyo interés para nosotros disminuye en relación a las circunstancias a que se refiere. Todo ello termina con una página que parece un ¡adiós! a su manuscrito y que copio a continuación.
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¿Dios lo dispone así? ¡Hágase su santa voluntad! En resumen: toda sabiduría consiste en resignarse por adoración a su voluntad. Estoy muy ocupada en ordenar mis anterioresdiarios, lo cual hace que vuelva a leerlos con interés. Esta lectura me llena cada día más de reconocimiento por todas las gracias que he recibido de Dios, y me arrepiento por haber adelantado tan poco en la piedad y el bien, después de las mejores intenciones y resoluciones que yo tomaba frecuentemente con escaso provecho. Pero aún es tiempo, que siempre lo tenemos mientras Dios nos deje la vida; aún es tiempo de aprovecharla para ganar el cielo; esto es lo que yo pido con toda mi alma al terminar este libro, rogándole derrame sobre mí y sobre todo cuanto me pertenece, sus espirituales bendiciones. En cuanto a las bendiciones temporales, ¿para qué he de pedírselas mientras no sean necesarias para el cielo? De todo corazón me entrego a ti, Dios mío, y gustosa acataré tus paternales decretos. ¡Dame tu bendición para mis hijos, y para mis amigas, para aquellos que me aman y a lo que yo tanto he amado en este valle de lágrimas!
Estas son las últimas palabras que mi madre escribió en la última página de sudiario.