XX

Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho años; helo aquí:

Es de noche; las puertas de la casita de campo están cerradas. Un perro ladra de cuando en cuando. La lluvia de otoño azota los vidrios de las ventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los plátanos intermitentes y melancólicos silbidos.

Me encuentro en una habitación grande, pero casi desamueblada. Hay en el fondo de ella una alcoba con una cama de pabellón formado con tela de cuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dos bancos de madera dos cunas, grande la una, pequeña la otra. Es el dormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitación hay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un gran fuego. Esta chimenea es de piedra blanca y está medio destrozada a fuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de los armarios. En la superficie de uno de ellos había grabadas las armas del rey, y por esta razón está vuelto al revés. Las vigas del techo están ennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hay algunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocen las señales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos, cuando convirtieron en sala de baile esta habitación. Las paredes, recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de un pobre andrajoso que enseña las carnes a través de su vestido hecho trizas.

En uno de los ángulos se halla un viejo clavicordio sobre el que hay papeles de música: es elAdiós del pueblo, composición de Juan Jacobo Rousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con un tapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latón. Apoyado el codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en la mano. Sus miembros robustos indican que aún conserva el vigor de la juventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se ríe descubre una brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos de antigua grandeza y cierta rudeza de carácter. Suspendidos de un clavo están en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placas doradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquel hombre hizo uso de ellas en algún tiempo, y que ahora está retirado del servicio.

El lector habrá comprendido que este hombre es mi padre.

En un canapé de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay una mujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco años cumplidos. Aún conserva su talle la esbeltez de la niña de quince años, y sus ojos negros, la vivacidad y expresión de tiempos pasados. Al través de su piel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojo de la sangre cuando el rubor o la expresión la enciende.

Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, de suerte que le dan todo el aspecto de una jovencíta. Nadie diría que tiene más de treinta años. La belleza de esta mujer, pura y perceptible en sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracia natural, y en el interior por aquella belleza de alma que parece iluminar los cuerpos por dentro.

Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, y sostiene en sus brazos a una niña que duerme tranquilamente. A su lado, y sentada también, hay otra niña de algo más edad, cuya cabecita rubia reposa sobre las rodillas de su madre.

Esta mujer es mi madre, y las dos niñas mis hermanas mayores. Las otras dos, que son las más pequeñas, duermen en las cunas colocadas en la alcoba.

Esta era mi familia, cuando mi madre dio principio nuevamente a la narración de sudiario, el día 11 de junio de 1801. Tenía, al parecer, desde su infancia, la costumbre de escribir en su libro de notas todos los acontecimientos que tuvieran íntima relación con su modo de ser.

Esta especie de confidencias íntimas empiezan de esta manera:

«Durante los primeros años de mi juventud, empecé a escribir undiarioexacto de cuanto me ocurrió a mí, o en torno mío, con todas aquellas reflexiones que los diversos acontecimientos de mi vida me sugirieren. Después de largo tiempo, perdí esta costumbre, y quemé los apuntes que tenía hechos. Siento haber abandonado aquella idea, pues hoy comprendo que si hubiera persistido en mi trabajo, hubiese sido para mí de gran utilidad. Es mi intención empezar de nuevo, con la gracia de Dios, a escribir todos los días (mientras me sea posible), los diferentes sucesos que pueden ocurrirme, y sobre las cosas buenas o malas que yo haga; me parece que esto me ayudará a practicar un diario examen de conciencia, que ha de serme provechoso, porque me facilitará el conocimiento de las disposiciones de mi espíritu.

«Yo creo, asimismo que, si mis hijos leen por casualidad estediario, no carecerá para ellos de interés; y además, que les ha de ser útil y provechoso cuando yo falte, porque quiero hablar de todos y cada uno de ellos, así como también de sus diferentes caracteres.

«Tengo cinco hijos actualmente, después de haber perdido uno. Cuatro niñas y un niño llamado Alfonso, que se encuentra en Lyón empezando su educación clásica. Es un muchacho muy bueno: ¡quiera Dios que sea buen cristiano, sabio y dichoso! La niña mayor se llama Cecilia, tiene siete años y medio: es de una viveza extraordinaria, pero muy buena. Su hermana, que se llama Eugenia, tiene cinco años y medio: es muy sensible y de corazón excelente.

«Cesarina tiene dos años, y Susana nueve meses. Sin la ayuda de Dios, sería para mí bastante difícil la educación de estas cuatro niñas.

«En mi casa tengo, además, una parienta, enferma de cuerpo y espíritu, a quien he de cuidar con la misma solicitud que a mis hijos: por manera que son seis criaturas las que tengo que atender. ¡Cuánto necesito, Dios mío, de vuestro auxilio!

«Mi esposo y yo vivimos casi siempre en Milly, y pasamos en Saint-Point algunas temporadas. Es éste un punto muy agradable por el solitario recogimiento que se advierte al abrigo de las montañas. ¡Cuántas gracias debemos dar a la Providencia por los favores que nos concede!

«Mi hermana—Mme. de Vaux,—ha llegado hoy mismo de Lyón. Es una angelical y virtuosa mujer. Me ha contado muchas cosas de mi Alfonso: dice que sus maestros no cesan de hablar de él mucho y bien. ¡Dios le bendiga como yo le bendigo de todo corazón! Mañana empiezo a dar lecciones a mis niñas...

«Después de comer, han venido a decirme que acaba de morir un pobre anciano abandonado en la cabaña del monte donde yo acostumbraba a pasar el rato. Este acontecimiento me ha causado un gran pesar, porque me he reprochado mi negligencia en ir a visitarle durante sus últimos momentos. Ciertamente que yo lo creía ya curado; pero no hube de fiarme en su aparente mejoría y debí tener en cuenta lo avanzado de su edad. Mi obligación era haberme ocupado con mayor solicitud del pobre anciano. Siento por esta causa un gran remordimiento, pero comprendo que no me preocupo lo bastante del poco bien que hago, y que me dejo llevar hacia las distracciones; éstas no serán faltas, pero son ligerezas que no dejan hacer buen uso del tiempo que transcurre. El tiempo es para aprovecharlo en hacer el bien a nuestros semejantes y a nosotros mismos.

«Mi esposo y yo acabamos de dar un paseo por nuestras viñas en flor: hemos respirado un aire embalsamado de dulces aromas. Todo nuestro porvenir está cifrado en estos viñedos; nuestros hijos, nuestros criados y nuestros pobres, también esperan disfrutar de los productos que rendirán estos racimos floridos. ¡La Providencia preserve nuestra pobreza de un pedrisco que podría acabar con nuestra esperanza! Durante el paseo hemos llegado a la choza que hay en la parte alta de las viñas, donde ha muerto esta mañana el pobre viejo.

«Mi esposo no me ha permitido entrar a verle y a rogar a Dios por su alma; sin duda ha querido evitar un disgusto al presenciar el doloroso espectáculo que hubiéramos visto dentro de aquella humilde vivienda. Yo hubiera deseado pedir perdón a su alma por no haber estado junto a su cuerpo moribundo para consolarle con palabras de esperanza y recibir su último suspiro.

«Estaba la puerta de la cabaña abierta, y una cabrita no hacía más que balar y entrar y salir, como si pidiera socorro para su viejo compañero. He conseguido de mi esposo autorización para que mañana mande a buscar la cabrita, para tenerla en compañía de nuestra vaca de leche y de los carneros.»

Estas primeras páginas deldiariode mi madre dejan ver que, aunque aquella joven se crió en los palacios del príncipe más rico de Europa, pudo ser trasladada, sin que por esto sufriera la más mínima alteración el amor de su marido, de sus hijos y de sus semejantes, al apartado rincón de una campiña distante de París más de cien leguas. Para tener una idea exacta de la casita de Milly, donde mi madre y nosotros nos encontrábamos relegados en invierno como en verano, puede verse la descripción hecha en misConfidenciasy la composición poética tituladaLa tierra natal.

Hace ocho años, decía yo en misConfidencias:

Dejando de seguir el curso del río Saone, si os dirigís por las verdes praderas de Mâcón hacia el pequeño pueblo y cerca de las ruinas de la antigua abadía donde murió Abelardo, el infortunado amante de Eloísa, siguiendo una tortuosa senda, veréis a derecha e izquierda blanquear algunos pueblecitos entre los verdes pámpanos de las vides. Dominan a estos pueblecitos montañas incultas que se extienden en rápidas pendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estas montañas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyas cúspides dentelladas aseméjanse a las ruinas de antiguas viviendas feudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de la base de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de la población un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, que llega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino. Cuando la corriente del río aumenta por las lluvias, se atraviesa por un pequeño puente y se sube por una pendiente rápida y escabrosa a unas casitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequeña eminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo de casas. Este es mi pueblo.

El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros que lo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo, todas las casas de que se compone. Encuéntrase, sin embargo, una puerta algo más alta y otra más pequeña que las demás: éstas son las del patio en cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.

La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras del pueblo. Está construida en un recodo del valle, y dominada en todas direcciones por los árboles, por otras edificaciones y por el campanario. Únicamente trepando por la peligrosa pendiente de una montaña elevadísima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestros pies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra en un rincón del jardín. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso, con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera están cubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con la humedad un color sombrío y secular: parecen los viejos claustros de una abadía.

Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre una grada de cinco peldaños de piedra, de dimensiones colosales, pero descantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que en el transcurso de los años habrán sostenido. Al sentarse sobre ellas, murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas y parietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeños renacuajos.

Penétrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tanto reducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinos para guardar la ropa, el trigo y la harina. La cocina se encuentra a la izquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permite ver una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquier hora del día se encuentran sentados en ellos labradores de la casa o forasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.

Inmediato a la cocina está el comedor, en el que sólo hay una mesa de abeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios de las antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, para construir bajo sus modelos el mobiliario moderno. Al lado del comedor hay un salón con dos ventanas que la una da al patio y la otra al jardín.

Para subir al único piso de la casa, hay que ascender por una escalera que fue en algún tiempo de madera, y que mi padre la reemplazó por la actual, que es de piedra groseramente labrada. En el piso se encuentran hasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. En el piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados y los huéspedes. ¡He aquí la casita que por espacio de tanto tiempo nos cobijó bajo su sombría techumbre! ¡He aquí la morada de paz, la Jerusalén, como mi madre la llamaba! ¡He aquí el humilde y caliente nido que por tantos años nos preservó del frío, del hambre, de las lluvias y de las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fue arrebatando, primero a mi padre, a mi madre después, y del cual se han alejado también los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio, los otros a otro... algunos, a la eternidad.

Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nido hoy vacío y sin las ternezas que algún día le animaron a pesar de la frialdad que en él se observa, me gusta recogerme en él de cuando en cuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, los ruidos que producen la alegría y el amor, parece que resuenan bajo las viejas maderas que sostienen el techo.

Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista los establos, los pajares, las leñeras y los corrales que la rodean, y la puerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, por donde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre el hombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un niño dormido; sigue después la esposa con otra criatura de pecho, y después una cabra con su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento para jugar con los perros, y se aleja después dando saltos.

Hay en la otra parte de la calle un horno público para cocer pan, donde se reúnen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, los muchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de las ventanas del salón. La otra permite extender la vista hacia el Norte, sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardín, contemplando de esta suerte el horizonte de montañas sembrado por la nubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algún rayo de sol que alumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeado de almenas y torreones, cuya severa figura da carácter al paisaje. Si entre los fantásticos vapores de la bruma, y a la caída de la tarde, dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre las sombras. Entonces únicamente queda una montaña negruzca y un barranco amarillento.

Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan un paisaje. La tierra es únicamente la escena; la vida, el pensamiento, el drama están en aquélla que el hombre ha usado o construido. Donde hay vida, allí hay también interés.

Detrás de la casa está el jardín cercado de piedras, desde cuyo fondo empieza la montaña a elevarse. La falda de esta montaña es verde, después árida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En su cúspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nada hay que anime aquella pedregosa sierra: ni un árbol ni una choza. A causa de esto, sin duda, el jardín produce un encanto misterioso. Aseméjase a la cuna de un niño que la aldeana haya colocado dentro del surco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueño, no puede ver otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo de cielo.

El jardín no puede compararse al primitivo que Homero describe al diseñar el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a la derecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados por árboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseo sembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parra que sustentan un verde artesonado de pámpanos sombreando un banco de roble. En el fondo del jardín hay otro emparrado de vides de Judea que se enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mi padre mandó abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguas pluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas de anchas hojas que sombrean aquella parte del jardín.

En otoño estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubre completamente las aguas.

¡He aquí lo que, por espacio de tantos años, fue el goce, la alegría, el consuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijos pequeños!

Este es el edén de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos más tiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporciona el recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que sólo se divisa desde la cuna.

¡Parece que forman parte de mi corazón aquellos árboles, aquellas flores y hasta la tierra del jardín que me parece inmensa! Extraña cosa es que en un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulces recuerdos.

La gradería de madera que conducía allí por la cual nos precipitábamos alegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedades de tierra que nos repartíamos entre todos los hermanos, y que cada uno cultivaba por su cuenta; el plátano bajo cuya sombra mi padre se sentaba rodeado de sus fieles perros de caza; los árboles bajo cuya fresca sombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corríamos tras las mariposas; la pared que da frente al Mediodía, junto a la cual tomábamos el sol alineados como árboles de cercado; los dos viejos nogales, las tres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, las ciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada por el rocío de la mañana; el emparrado, que buscaba yo al mediodía para leer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en mí aquellas páginas leídas entre continuas impresiones y la memoria de las conversaciones íntimas tenidas entre este o aquel árbol; el sitio donde oí, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellas soledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o que ocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del drama conmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostro descarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonaba cuando arrodillados a sus pies escondíamos el nuestro entre los pliegues de su ropa; donde mi madre recibió la noticia de la muerte de una hija a quien amaba; y donde alzó los ojos al cielo pidiendo resignación... Estas ternezas, estas felicidades, estas imágenes, estos grupos, y, en fin, estas figuras, existen, andan, viven aún para mí en aquel pequeño cercado, vivificando mis días más felices. Quisiera yo que el universo tuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo de tierra.

Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles, algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre la arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estío entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.

Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún de la misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana al tocar elAngeluso por el ruido cadencioso de los trillos que baten las mieses en las eras.

Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas, cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y la hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no se limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y ya empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...

Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y, ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped, sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes recuerdos y mis fantásticas apariciones.

Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagen de esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella me hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:

Hay en mi tierra una árida montaña.—Que no produce flores ni frutos, y aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estéril situación.—Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las cabras saltan por las rocas.—Y las piedras desprendidas forman otro monte que crece gradualmente.—Al abrigo de éste, vive alguna cepa, que busca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.—En vano también, el arce crece y se arrastra entre los zarzales.—Donde los chicos del pueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.—Donde la pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.—Donde no se siente en verano el murmullo de las aguas.—Ni el susurro de las hojas agitadas por el viento.—Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de paz consuelan el alma.—Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo la cigarra ensordece con sus chirridos.—Todo es sombrío en aquella selva, que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotado por las lluvias y el viento, anotan los años su edad.—Detrás de una colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el arado cuando por ella pasa.—Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque, ni fuentes murmurantes.—Tan sólo siete tilos que ha olvidado la reja del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.—A su sombra soñé yo durante mi infancia.—Hay entre las rocas un pozo que guarda las aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.—Sobre el terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.—Aquí, instrumentos de labranza en desorden.—Allá, el aldeano con su pipa encendida esperando que el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigo que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.

** *

Nada alegra la vista en esta estéril prisión.—Ni los dorados capiteles, ni las altas torres de las grandes ciudades.—Ni la carretera ni el río bullicioso.—Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de Mediodía.

** *

Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.—Las rústicas techumbres que albergan a los pobres montañeses.—Y la senda tortuosa y prolongada, que serpentea entre las chozas.—Donde el viejo mece a su nieto en la cuna hecha de juncos.—En fin, cielo sin color, sol sin sombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!—Es allí donde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueños más felices.—El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido de frío baja a la llanura.—Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen íntimas melodías, que sólo el alma comprende.—En todos estos sitios se halla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los árboles me conocen y pronuncian un nombre.—¿Qué importa que este nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de un imperio?—La sangre humana vertida por causa de los tiranos.—Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azote de Dios.—Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, el pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.

** *

¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.—¡Cuántos recuerdos encerráis en mi alma!—Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.—La habitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los labriegos sus hazañas guerreras.—Cuando les preguntaba los surcos que trazaba el arado en una hora.—Cuando contaba las peripecias que ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.—Cuando estimulaba a los mozos a seguir la senda del honor y de la virtud.—También está entre vosotros la plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas para socorrer a los pobres del lugar.—Las cabañas, donde, con mano amiga, dulcificaba los dolores de sus convecinos.—Donde recogía el último suspiro de los moribundos.—Donde socorría a las viudas y enjugaba el llanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientras les decía estas palabras:—«A cambio del oro que os doy, rezad por su alma.»

** *

Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.—La senda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misa primera.—El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión y nos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en sus gérmenes.—En el racimo de uvas chorreando licor.—La vaca transformando en leche el jugo de las plantas.—En la roca que se abre naturalmente para dar paso a las aguas.—En la lana de las ovejas robada por las zarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos su nido.—En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones y vivificando los planetas que le rodean.—En todo, en fin, lo que nos rodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poder del Criador.

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Viñas, praderas, campos y matorrales.—Sois recuerdo perenne de sombras y de amor.—Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus rubias cabelleras.—Mientras yo encendía hogueras con los espinos y la hierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.

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El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán se desencadenaba violento por el valle.—Las rocas, las encinas, el poyo que hay en la puerta del molino.—Todo permanece en pie, todo ocupa su puesto.—Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que os contemplaban en algún tiempo!...

** *

Como las aristas se dispersan por el aire.—Así se han dispersado los seres de mi hogar querido.—Hasta las golondrinas dejan de fabricar el nido cabe las cornisas del tejado.—Y sube por puertas y ventanas, la hiedra trepadora.—Como queriendo cubrir de luto aquella mansión querida.

Tengo un presentimiento que me hace sufrir horriblemente.—Un desconocido no tardará en llegar al pueblo, y a fuerza de oro, se posesionará de todo cuanto alberga la sombra de mis padres.—Donde están mis recuerdos más santos, mis afecciones más íntimas.—Entonces, hasta los pajarillos huirán espantados ante la figura de seres extraños... ¡Dios mío!... ahuyenta de mí semejantes ideas...

** *

Ruego a mis hermanos y sobrinos que me perdonen si he insertado los versos anteriores en el presente diario.

Yo entiendo que unos y otros no están en disonancia, puesto que son dos frutos de la misma savia.

Continuemos el manuscrito de mi madre.

16 de junio de 1801.

Ayer he ido a Saint-Point, y estoy muy fatigada, a pesar de haber hecho el viaje mitad a pie y mitad a caballo sobre un asno. Los caminos están impracticables, y a no ser por el borriquillo, no me hubiera determinado a hacer este viaje, que ha sido, sin embargo, muy agradable, pues hemos paseado mucho. He acompañado a mis hijas a la iglesia y he pedido a Dios que las haga felices. También le he dado gracias por habernos concedido aquellas fincas, con las cuales ni mi marido ni yo contábamos. Da lástima ver los edificios: el castillo está casi arruinado, las paredes interiores están desnudas, y los adornos, los escudos y las chimeneas, destrozados a fuerza de martillazos.

Durante los días de saqueo del año 1789, unos aldeanos, venidos de otros departamentos lejanos, todo lo destrozaron; particularmente los escudos heráldicos, aparecen hechos trizas. Nada puede lisonjear nuestro amor propio. Yo me alegro de ello, porque algunas veces este amor propio lo he tenido con exageración. Todo me sonríe, el país, los parientes, los amigos, los vecinos, que vivían a mi puerta y me saludaban con un jubileo tal, como si hubiese llegado la Providencia. Soy muy feliz, y esto me causa espanto, porque en este mundo lo bueno dura poco. Es indispensable que me mortifique con las buenas obras, y que no me deje arrastrar sino por el reconocimiento hacia el divino Dispensador.

17 de junio de 1801.

La señorita de Lamartine, mi buena cuñada, a quien adoro en el alma, nos ha convidado hoy a comer en su castillo de Monceau. Este castillo es propiedad de mi cuñada y del hermano mayor de mi marido, que es el jefe de la familia. Los dos permanecen solteros.

M. de Lamartine era el que debía posesionarse de la inmensa fortuna de mi familia: estaba enamorado de la señorita de Saint-Huruge, pero no siendo ésta suficientemente rica, el matrimonio no se llevó a cabo, y él ha preferido el celibato a casarse con otra mujer.

La señorita de Saint-Huruge es hoy demasiado vieja, y no piensa ya en casamientos: es hermana del célebre Saint-Huruge, aquel gran tribuno de los demagogos, que se hizo famoso en las revueltas de París. Fue un buen hombre que se entregó con entusiasmo a la causa de la Revolución. Ella es buena, piadosa y simpática. Mi cuñado y ella se veían en Mâcón en las reuniones de familia, y aun se conservan en amistad sincera y constante. Mi cuñado es un hombre de mucho mérito; puede decirse que es un sabio, porque escribe con talento, posee grandes conocimientos científicos, y es consultado por los principales políticos del departamento.

La nobleza intentó nombrarlo diputado en los Estados generales, pero su delicada salud le impidió aceptar. Los republicanos también deseaban que fuese miembro de la Convención, pero tampoco aceptó.

Cuando salió de la prisión, donde estuvo algún tiempo encerrado por las ideas moderadas, volvió a sus posesiones del castillo de Monceau en unión de su hermana, bella criatura que se ha dedicado a cuidar a su hermano: parece que ha nacido para hacer la dicha de un esposo. Según se dice, esta joven sintió antes de la Revolución ciertas inclinaciones que fueron correspondidas por M. de Marigny, vecino y pariente próximo, buen sujeto, poeta, músico distinguido, que hubo de emigrar el año 1791. Sus bienes fueron vendidos en pública subasta, y murió el año 1799 en un hospital de Mâcón. Después de su muerte, la señorita de Lamartine no quiere ni oír hablar de matrimonio. Parece que una dulce tristeza invade su ser y da a su fisonomía cierta gravedad.

Sus bienes de fortuna, que son bastante importantes, los ha tenido unidos a los de su hermano, empleándolos en buenas obras. La oración, la caridad y el gobierno de la casa son sus ocupaciones. Hace el bien por hacerlo, sencillamente; no hay en sus actos ni un átomo de egoísmo: es una santa mujer: es religiosa sin ser fanática ni supersticiosa. Pasamos el día juntas, me quiere y la quiero mucho.

19 de junio de 1801.

Todo el día de hoy he estado reflexionando sobre lo peligroso de las lecturas fútiles. Estoy en la creencia de que si me privo de ellas, será un sacrificio para mí ciertamente, pero evitaré un peligro. He notado que cuando estoy distraída con estas frívolas lecturas, las útiles y serias me disgustan y cansan al momento. Decididamente, si he de adquirir capacidad para educar a mis hijos, me conviene adquirirla y la adquiriré en los libros serios; a ellos me inclino, pues, desde hoy.

Ayer, día 18, he recibido carta de mi madre, en la que me dice que ha llegado de Alemania, sin indicarme dónde se encuentra. Yo creo, sin embargo, que estará con la señorita de Orleans, ocupada en el arreglo del matrimonio de esta princesa. ¡Quiera Dios que sean felices!...

** *

Para mejor comprensión del anterior capítulo, conviene hacer saber que Mme. de Roys (mi abuela), estaba de sub-aya en casa de los duques de Orleans antes de que Mme. de Genlis fuese aya de los infantes.

Muerto el duque de Orleans, o mejor dicho, ejecutado Felipe Igualdad, la familia de éste huyó de Francia, y Mme. de Roys se consagró con el mayor cariño a la viuda duquesa de Orleans, hija del duque de Penthievre. Largo tiempo vivió esta desgraciada familia en España.

La duquesa tuvo alguna sospecha de Mme. de Genlis, y la despidió de su servicio, encargando al mismo tiempo a Mme. de Roys fuese a un convento de Suiza en busca de la señorita de Orleans, donde se encontraba recogida.

Esta princesa, conocida después por el nombre de madame Adelaida, era muy joven, hermosa y excelente de corazón. Durante el reinado de su hermano Luis-Felipe, dícese que ejerció gran influencia política.

Creyó mi madre que se trataba de casar a esta princesa desde el momento que la separaban del convento. Pero no era este el motivo. Tratábase únicamente de separar a la joven de la influencia directa de madame de Genlis y de la acción política del partido orleanista.

La duquesa viuda de Felipe Igualdad jamás quiso asociarse a los manejos revolucionarios de los partidarios de su marido, así como tampoco a las intrigas dinásticas que se desarrollaban en este partido, capitaneado por Dumouriez, hacia donde madame de Genlis conducía poco a poco a su discípula. ¡Lástima grande que las intenciones de madame de Genlis hubiesen triunfado! La virtud y la hermosura hubiéranse mezclado horriblemente con las intrigas palaciegas.

La corte española honró en la viuda deIgualdada la víctima de la Revolución y de los desaciertos de su marido.

3 de julio de 1801.

Ayer quedamos definitivamente instalados aquí, en Saint-Point. El día lo he pasado arreglando mi pequeño ajuar. Estoy muy cansada. A la caída de la tarde he ido a la iglesia que está lindante con nuestro jardín, y he dado gracias a Dios. Para ir al templo, hay que atravesar el cementerio. He visto en él una fosa abierta, que me ha hecho pensar mucho en lo efímero de nuestra existencia. Mientras yo estaba contemplando la fosa se ha verificado el entierro. He presenciado una escena por demás conmovedora.

La hija del hombre muerto, linda joven de unos dieciséis años, se ha desmayado al ver caer la primera porción de tierra sobre el ataúd que encerraba el cadáver de su padre. Yo la he auxiliado con un frasquito de sales y ha vuelto en sí; después me la he llevado a mi casa, donde se ha reanimado un poco después de haber tomado unos bizcochos y algo de vino. Lo que más le ha consolado ha sido el ver que yo lloraba también, y que mis hijos, al verme llorar a mí, lloraban igualmente. Aquel padre ha sido llorado por quien ni de nombre le conocía, mientras su hija balbuceaba algunas palabras que partían el corazón. ¡Pobre hija!

Las gentes del campo se admiran cuando ven que comparten con ellos los sufrimientos personas que por su posición ellos creen de naturaleza diferente.

Ya era de noche cuando acompañamos a la joven hasta su casa. En la puerta estaban sus hermanitos, que al verla le preguntaban si su padre volvería más tarde. ¡Inocentes criaturas!...

Este suceso ha hecho que mis hijas comprendan lo que son estas eternas separaciones de familia que la muerte produce, y que ellas habrán de sufrir tarde o temprano. A los niños no se les debe ocultar estas tristes escenas de la vida. Antes por el contrario, hay que hacer por que las vean. ¿Aprender a sufrir no es, pues, aprender a vivir?

3 de julio de 1801.

Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita a una anciana soltera de ochenta años, que vive gracias a una corta pensión que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribución alguna, una pequeña habitación bajo el tejado del edificio. Vive en compañía únicamente de una gallina dócil como un perro. Esta viejecita se llama la señorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su rueca y su blanca sonrisa, indican que debió ser en otro tiempo una mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que continúe en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitación es un mundo, y el objeto más insignificante es un recuerdo querido que llega a formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca. Esta mujer, que ha servido muchos años en el castillo, sabe todas las historias referentes a él; es muy agradable saber quiénes han vivido y ocupado nuestra casa antes que nosotros.

Algún día, seguramente se hablará de mí como hoy se habla de otros. ¡Acaso este día no está lejano!

Después de comer, o sea a la una de la tarde, me pongo a leer y coser, y después doy lectura alEvangelio meditado, teniendo a mis criados por oyentes. Ya anochecido, voy a la iglesia; la oscuridad parece que ayuda al recogimiento y a la piedad. De esta manera paso la vida mientras mi marido se halla ausente.

Mis hijas y yo iremos pronto a tomar el fresco por las orillas del bosque. Esta vida es demasiado dulce y ahuyenta los dolores físicos y morales. ¡Dios mío! os doy las gracias, pero yo no soy merecedora de tanta felicidad.

¡Que las inquietudes de mi espíritu no me impidan reconocer los inmensos beneficios que de Vos recibo!

Cuando era niña creía que no era posible la vida fuera de la corte, del Palacio Real o de los jardines de Saint-Cloud que habitábamos con mi familia; pero, actualmente, pido a Dios que me agraden siempre los lugares que su voluntad designe. Siempre que comparo la casa destrozada, pero sana y bien orientada, situada en un valle ameno como los de Suiza, donde pasé los primeros años de mi casamiento, con esas casas ennegrecidas por el humo, con esas chozas cubiertas de heno y retama, siempre que veo esas mujeres más laboriosas y más resignadas que yo, a pesar de carecer de pan y abrigo para ellas y para sus hijos, me considero demasiado favorecida y privilegiada por la bondad de Dios.

9 de julio.

Me encuentro triste y abatida, y no sé a qué atribuir esta situación. Acaso es producida por la ausencia de mi marido. En este miserable mundo, la cosa más insignificante hace cambiar la felicidad; nuestros cuerpos son en extremo impresionables...

Me he vestido de negro: parece que así me encuentro mejor y, sin embargo, no creo que pueda resistir muchos días esta excitación de espíritu.

He leído un libro de madame de Genlis y me ha causado su lectura una impresión de alegría y satisfacción como jamás hubiera creído. Hay en este libro muchos y buenos consejos que aprovecharé para mis hijos. Es muy peligroso dejarse dominar por las impresiones de los otros. Yo había juzgado mal y sin conocer la obra ni a su autor; pero confieso que me equivoqué y me arrepiento de ello.

10 de julio.

Ayer me dijeron que una pobre mujer carecía de pan y que tenía muchos hijos que alimentar. En seguida me fui a visitarla, pero había muchas personas en la casa y no me atreví a socorrerla por temor a que se creyera que ejercía la caridad con ostentación. Volví a casa con la intención de mandarle alguna cosa; se hizo tarde, y no me atreví a mandar a los criados. ¡Acaso la pobre mujer habrá pasado la noche sin alimentarse ni alimentar a sus hijos! Confieso que he obrado mal, y al amanecer, he corrido a casa de la pobre mujer y la he socorrido. Nadie debe avergonzarse de hacer el bien, cuando en el mundo se hace tanto mal. He resuelto no caer jamás en esta debilidad.

14 de julio.

Este día lo he pasado muy apaciblemente. ¡Quiera Dios que lo hayan pasado así todas las personas que conozco!

Continuamente pienso en mi marido: hoy debe estar con mi hijo Alfonso en Lyón. ¡Cuánto me gustaría estar con ellos!

Seguramente que lo habrá sacado del colegio.

Por la mañana, he recibido carta de mi madre, que continúa en Alemania y sigue bien: esto me ha causado una alegría inmensa.

Esta mañana he leído en un libro de Mme. de Genlis: en él se hace una descripción de la vida de los frailes de la Trapa, que me ha impresionado mucho. También me ha sorprendido el leer que estos hombres no encuentran en este mundo, donde viven en las mayores privaciones, un solo punto de desgracia, y ven con gusto aproximarse la muerte. Esto me acaba de convencer de que la felicidad no se encuentra en los mundanales placeres, y sí en el cumplimiento del deber, por penoso que éste sea. Cuando se ha empleado el tiempo en terminar un trabajo cualquiera, se encuentra uno contento, y dentro de las leyes de actividad impuestas por Dios mismo.

El que esté bien convencido de esta verdad, y se deje sin resistencia conducir tranquilamente por las circunstancias y por las personas que tienen derecho a gobernarnos, será más feliz, como yo lo soy desde que me he amoldado a esta manera de ser.

En algún tiempo tuve yo la pretensión de subordinar todo a mi única voluntad, y siempre estaba inquieta: después he reconocido que si mis deseos se hubiesen cumplido, casi siempre eran en perjuicio mío. Hoy vivo completamente entregada a la infinita y soberana sabiduría, y me siento mejor física y moralmente. ¡Bendito sea Dios! El es el único sabio. El únicamente debe gobernar el mundo.

19 de julio.

Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo por las altas montañas, que parece como si crecieran impulsadas por la poderosa mano de Dios; están pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas amarillentas flores aseméjanse a láminas doradas sobre un fondo verde: de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus aguas por entre las hojas y los abetos más verdes que los otros por la continua humedad que reciben. Este grandioso espectáculo expresa el sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro está Dios siempre que no permítimos colocar nubes ni sombras sobre la Naturaleza y el espejo.

Desde lo más alto de la montaña pudimos ver el Mont-Blanc y la cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en compañía del guarda, y detrás de nosotros mis hijas, montadas en asnos que unos muchachos conducen del diestro. El dueño de los asnos, nuestro antiguo mayordomo, dirige la expedición. Hemos necesitado más de tres horas para llegar a la cima más alta; yo me había figura que subiríamos en media hora, pero las distancias nos engañan como el tiempo en la vida: aunque el engaño es a la inversa: en la existencia, se nos figura el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan largas.

Todo el día lo hemos pasado corriendo con los niños y sentándonos sobre la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnífico: las colinas del Mâconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo conocía por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo en aquel país de secretario de la embajada; y allá a lo lejos el Mont-Blanc, que cambia de aspecto según reciben sus nieves los rayos del sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y según las operaciones que el obrero realiza con él.

Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaña por diferente camino del que habíamos ascendido, el cual está rodeado de avellanos campestres.

La algazara de los niños, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeño claro que forman los árboles en la falda del monte, encontramos una pequeña manada de corderos y cabras sin pastor y bajo la única vigilancia de dos grandes perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.

Algo más lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre dos grandes piedras. Junto al fuego había unos zuecos de madera. Desde luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos debían de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los tiros se habrían escondido entre las matas cercanas sin tiempo para recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis niños. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un momento, y mi marido colocó dentro de cada uno de los zuecos doce sueldos, y mis hijas un puñado de confites que habían guardado para merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la alegría que los pequeños pastores habían de experimentar, cuando después de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les habíamos preparado. Seguramente que ellos creerían que las hadas de la montaña les habrían hecho aquel regalo, escondiéndose después entre las sombras del bosque donde ellas viven.

Habíamos caminado un buen rato, cuando oímos el eco de repetidas risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutían entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegría que había producido en ellos tan inesperado acontecimiento.

Como habíamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque, pero al contar a sus padres lo ocurrido, éstos le indicaron la verdad del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es así, que al día siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy delicado, según acostumbran aquellos buenos campesinos.

Cuando un criado abrió la puerta de la casa que da a un patio abierto, se encontró cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que habían dejado allí aquellos regalos, se escondieron y pudieron oír también nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio, ofrenda por ofrenda.

Esta delicadeza de los campesinos nos encantó; no hemos sabido jamás a qué choza pertenecían los autores del anónimo presente.

Aquellos cambios de atención entre los pobres campesinos y nosotros los ricos, según ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el corazón de nuestros pequeñuelos, enterneciéndolo de tal suerte, que no puedan los años y las vicisitudes de la vida endurecerlo.

22 de julio.

Hemos vuelto de nuevo a Milly, nuestra morada antigua.

Estoy muy lejos de la iglesia y lo siento; pero rezaré con igual fervor que en el templo, dentro de mi casa; Dios acoge la oración que se le dirige con fervor, proceda de donde quiera que sea: rezaré también en el campo. ¡Qué hermoso templo el de la Naturaleza!

** *

Aquí hay muchos detalles exclusivamente domésticos que continúan eldiariohasta el día 30. Después sigue de este modo:

30 de julio.

A las diez de la mañana de ayer salimos de Milly para Changrenon, donde vamos a pasar el día con los señores Rambuteau, nuestros vecinos. El señor Rambuteau (hijo) es un joven muy simpático, noble, distinguido, de un trato social muy fino y franco a la vez. La señorita de Rambuteau es hermosísima, y bien quisiera yo que mis hijas se le pareciesen. Esta joven es aquella célebre Madame de Mesgrigny, tan admirada por su belleza en la corte de Napoleón.

Hemos sido obsequiados en casa de estos señores, entre otras cosas, con la ejecución de algunas piezas musicales cantadas al piano con una maestría incomparable por la señorita y su maestro: este profesor tiene una preciosa voz de bajo y se llama Brevaí, quien no desperdicia ocasión para educar a su discípula; ella, en cambio, hace honor a su maestro, pero la palidez de su rostro indica que debe fatigarse demasiado en el estudio.

** *

A la vuelta de Changrenon me encuentro con una carta de mi hermana en la cual me da noticias de mi hijo Alfonso, muy satisfactorias por cierto. Me participa también que uno de sus arrendatarios de Vaux, a quien durante la Revolución le había arrendado las tierras, le ha entregado cuatro mil pesos, después de haber reconocido por sí propio que lo que pagaba no era justo: además, se ha comprometido a pagarle por espacio de veinte años una asignación en frutos de la cosecha. De estos raros ejemplos de honradez y probidad debemos conservar eterno recuerdo.

¡Si todos imitáramos al arrendatario de mi hermana, cuán felices fuéramos en el mundo!

31 de julio.

El día de hoy ha sido funesto para nosotros; una tempestad de granizo ha destruido nuestros viñedos. Esto es más sensible, por cuanto las cepas están cargadas de racimos que han sido destrozados por el furioso vendaval y el granizo que despedía a su paso. Estoy muy triste; pues que además de haber perjudicado nuestro pequeño bienestar, los pobres viñadores de la comarca quedan en la miseria. El sentimiento que en estos momentos agobia mi alma, indica que aun a pesar mío, estoy adherida a las cosas mundanas; creía que las cosas terrenas me eran indiferentes, y observo que al menor contratiempo sucumbo. ¡Oh, Dios mío! Que llegue con vuestra ayuda a comprender lo pasajero e insignificante de este mundo y lo eterno de los bienes del cielo.

10 de agosto de 1801.

Me encuentro en cinta, y tanto a mi marido como a mí nos trae esto preocupados y tristes. ¿Cómo, siendo nuestra fortuna tan pequeña, habremos de sostener una familia tan numerosa? Es necesario resignarse; acaso este nuevo hijo que Dios me concede, será entre todos el que me proporcionará mayor satisfacción.

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El hijo a que mi madre se refiere, fue una niña que se llamó Sofía. Fue después esposa del conde de Lligonnés, gentilhombre de la Lozare; en este matrimonio tuvo una familia muy numerosa que fue modelo de virtud y de nobleza. Esta familia vive hoy en Mende, respetada y querida de todos.

Las fechas que siguen a ésta, vienen consagradas a circunstancias exclusivamente domésticas, como son: recetas para la cura de enfermedades, observaciones médicas sobre el estado de los aldeanos enfermos que ella había aprendido a curar con ayuda de los libros de M. Tissot.

Después anota algunos acontecimientos de poca importancia, al parecer, pero que en los pueblecitos son acontecimientos verdaderos, como por ejemplo:

26 de agosto.

Ayer ha venido aquí un mercader ambulante. Cuando estas gentes aparecen por aquí, el otoño se acerca. Esto fue un acontecimiento para los niños del lugar.

No pensaba en desgracia alguna, cuando me han avisado que un niño ha caído dentro de la lejía caliente que su madre tenía para limpiar la ropa: ha sido un gran descuido.

Espero salvar a la pobre criatura.

2 de septiembre de 1801.

Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras cosechas. Se presentaba un año muy bueno, y apenas nos quedará para vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores. Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economías. El proyecto que teníamos hecho de ir este verano a Mâcón con nuestras niñas, se ha frustrado y no sería extraño que hubiéramos de vender nuestro caballo y también el coche.

Si Dios lo quiere así, paciencia; yo procuraré consolarme en mis desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendré a él menos afición.

Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios, que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que sólo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.

Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto, pero después tiene más valor que yo. Esta mañana me decía: «Siempre que ni tú ni mis hijos me falten de este mundo, lo demás poco me importa; mis bienes y mi felicidad están en vuestros corazones.» Después ha rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompía las ramas de los árboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la catástrofe.

He leído esta nocheUn viaje a los Pirineos, por M. Dusaux. La lectura de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en el año 1788, época en que yo debí, en compañía de mi madre, haber hecho un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mío, hubimos de detenernos en casa de unos parientes que teníamos en Limoges, que tenían unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos allí una temporada; llegó la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans necesitaba de la compañía y los consejos de mi madre, pues la Revolución había empezado en París. ¡Lástima grande haberme perdido este viaje a los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al mismo tiempo que las grandes obras de la creación, deben encerrar grandes maravillas, y las personas sentirán al verlos la aproximación del infinito.

Durante las noches clarísimas, cuando el firmamento aparece cubierto de estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz más grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de mundos de no haber podido visitar las pequeñas porciones de tierra que se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Océano.

** *

Hoy hace veinticuatro años que comulgué por vez primera. ¡Cómo se aleja la existencia! Sólo es un sueño la vida, ¡Dios mío! Dadme el sueño tan doloroso como queráis, pero concededme un buen despertar.

11 de septiembre.

Han venido a pasar el día con nosotros mi cuñado y la señorita de Lamartine, su hermana. Me han dicho que mi buen hermano está bien de salud y que mi pobre hijo Alfonso ha ganado dos premios por su aplicación en el estudio, y que sus maestros están muy satisfechos de su comportamiento. Esta última noticia me ha enorgullecido bastante. Ruego a Dios perdone mi vanidad, pues yo no he contribuido en nada a la creación de la bondad que en el fondo del alma de mi hijo existe.

Esta tarde hemos recibido la visita de Mme. de Lavernette, que se ha detenido aquí a su regreso de Lyón: me ha dicho que ha visto a mi querido hijo Alfonso y que sus profesores le han dicho que el pobrecito hace cuanto puede por salir airoso en la carrera.

Su padre disimula la satisfacción que le causa el oír elogiar a su hijo, pero en realidad está más orgulloso que yo. ¿Cuánto durará esta satisfacción? Del niño al hombre hay una distancia grande. Mme. Lavernette me ha hecho entrega de una carta de Alfonso en la cual me dice que desea vivir con nosotros. Yo temo que cuando venga lo encontraré pálido, ojeroso y flaco. Y esto me tiene preocupada.

Las madres no podemos ser felices nunca. Cuando tenemos motivos para felicitarnos, nosotras mismas envenenamos nuestra felicidad con presagios y presentimientos tristes.

18 de septiembre.

Hoy he ido a Mâcón a recibir a Alfonso.

El corazón me late cuando pienso que de aquí a pocas horas veré a mi querido hijo.

** *

Al fin, aunque algo tarde, ya ha llegado.

He rogado a Dios en el oratorio de las señoras Forcard, religiosas exclaustradas que han hecho de su casa un convento. He calmado mi ansiedad al pie de los altares.

Mi Alfonso ha llegado muy bien.

Yo creo que no ha perdido la piedad que yo he procurado comunicarle; esto me causa mucho temor.

23 de septiembre.

Hoy ha comido con nosotros M. Blondel, antiguo amigo nuestro. En la mesa hemos hablado (tal vez demasiado) de Alfonso. Hemos leído algunos de sus escritos y una composición poética que hizo por encargo de su padre, habiendo quedado todos muy satisfechos y particularmente yo, de las condiciones y el talento que parece poseer mi hijo. Acaso sean estos pensamientos únicamente dictados por el amor de una madre, que siempre ve en sus hijos agrandadas sus buenas cualidades y empequeñecidas las malas.

** *

Sigue eldiarioconteniendo detalles minuciosos y demasiado íntimos que se relacionan únicamente con la vida doméstica.

6 de octubre de 1801.

¡Cómo pasa el tiempo! Hoy es para mí una fecha memorable. ¡Doce años han transcurrido!

Lo recuerdo perfectamente. Era aquel famoso 6 de octubre, tan fatal para la real familia de Versalles, y yo me encontraba entonces en Chatou junto con mi madre. Las dos regresábamos de Mesnil con intención de llegar hasta París; hubo necesidad de caballos para reforzar el tiro, y a falta de éstos hicimos noche en Chatou, alojándonos en casa de Mme. Duperron, amiga nuestra. Esta interrupción de nuestro viaje fue para nosotras una suerte, porque París bullía entre las agitaciones revolucionarias. En casa de M. Duperron pasamos la noche en continua alarma, pues M. de Lambert, su yerno, se encontraba de servicio militar en el palacio de Versalles. La esposa, los hijos, toda la familia, en fin, temblaban por su vida.

Después de algunos días pasados en Chatou, nos dirigimos a Lyón sin pasar por París, acompañándonos Mme. Montbriand. Esta señora había sido como yo, canonesa de Salles.

Este viaje determinó mi casamiento con el caballero Lamartine. Cierto día nos vimos en el capítulo de Salles, en casa de la condesa Lamartine y desde entonces ya nos amamos siempre.

Nos detuvimos veinticuatro horas en Mâcón, porque hubo necesidad de que arreglaran el carruaje, uno de cuyos ejes estaba roto y tuvimos ocasión de visitar a toda la familia Lamartine, que nos obsequió en extremo. Estaba a la sazón el caballero Lamartine incorporado al regimiento. Durante el día que pasé en Mâcón creí haberme atraído las simpatías de su familia, desapareciendo alguna pequeña dificultad, que a causa de no conocerme a fondo habían puesto para el casamiento. Este quedó concertado.

Me complazco en recordar todos los detalles ocurridos durante aquella semana del mes de octubre, porque a ellos debo mi felicidad.

Doy gracias a Dios por haberme conducido otra vez a Mâcón, donde en compañía de mi marido y de mis hijos soy feliz y afortunada.

El día 7 de octubre y los siguientes no tienen interés.

11 de octubre.

Mi madre me dice en carta que hoy he recibido, que se dispone a volver de Alemania con la señorita de Orleans; esta joven princesa tiene un miedo terrible al mar y no quiero atravesar la Francia; por estas causas todavía no han resuelto hacer el viaje a España.

Ayer fui en compañía de mi cuñado a un pueblecito de Champagne junto al castillo de Peronne, perteneciente a mi familia. M. de Lamartine me ha enseñado una casita que acaba de edificar en el pueblo, la cual quedará como herencia para nuestros hijos. Mi cuñado habla de ellos como un verdadero padre de familia.

Con todas estas tierras que deben heredar de sus tíos, tendrán mis hijos un buen porvenir. ¡Quiera Dios que sean ricos en honor y piedad, que es lo que constituye la verdadera riqueza!

Diariamente hago leer a mi hijo Alfonso una parte de un libro religioso escrito por un sacerdote alemán: en este libro se aprende a comprender la religión y su emanación de la Naturaleza. La inteligencia de Alfonso me satisface, pero temo haya de darle algún disgusto su carácter demasiado altivo e imperioso, si no se corrige. Con mucha frecuencia se incomoda con sus hermanos, y esto me disgusta.

9 de noviembre de 1801.

Las ocupaciones no me han permitido continuar estediariohasta hoy.

En este momento llego de Lyón; he ido a acompañar a mi hijo al colegio. Esta nueva separación de mi Alfonso me ha causado hondo pesar. Durante la misa que esta mañana he oído en la capilla del establecimiento, sólo veía los hermosos cabellos rubios de mi hijo en medio de aquella multitud de cabecitas puras como las de un ángel.

¡Qué sensible es, Dios mío, haber de abandonar a manos mercenarias el tierno pimpollo de nuestro corazón!

Al salir de la iglesia he experimentado una profunda melancolía. Ni la isla de Baebey de Fourvieres, las pintorescas montañas del Saona, ni el bullicio de las gentes que bajan por la pendiente de la Cruz Roja y Lyón, han conseguido distraer mi imaginación. Parecía yo al Abraham bíblico cuando vuelve la vista para contemplar a Agar y su hijo, abandonados en el desierto, menos peligroso ciertamente que esta multitud inmensa, donde las madres, obligadas por la sociedad, abandonan a sus hijos.

Todo el día de hoy lo he pasado en compañía de Mme. de Vaux, mi buena hermana, y mezclado mis lágrimas a las suyas, pues también es muy desgraciada.

Ocho días he pasado en Lyón para poder ver alguna vez más a mi Alfonso y con el fin de acostumbrarme a estar separada de él.

El abate Lamartine, que habita en su propiedad próxima a Dijón, nos cede su casita próxima a la calle de Ursulinas en Mâcón, donde pasaremos el invierno. Esta casa está junto al palacio de la familia que habitan mi hermano político M. de Lamartine y sus dos hermanas.

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El día 10 de enero de 1802 está anotado únicamente con acciones de gracias a la Providencia por los beneficios recibidos durante el año pasado.

7 de enero de 1802.

Bonaparte ha pasado por aquí en dirección a Lyón, para presidir los «Cisalpinos». ¡Quién sabe lo que resultará de tal reunión!

En este momento acabo de escribir a mi madre que se encuentra en Liorna preparándose para embarcar con dirección a España, acompañando a la señorita de Orleans. Que tenga un feliz viaje y Dios bendiga las aguas que han de atravesar para que no le sucedan las desgracias que tanto teme. M. de Pierreclos ha sido borrado de la lista de los emigrados y nos ha visitado hoy. Viene de Lyón y ha visto a mi Alfonso, que se encontraba con sus profesores en la plaza de Bellecour, de Lyón, presenciando la revista militar pasada por Bonaparte.

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Durante el invierno de 1802, sólo contiene eldiariolas impresiones de un alma que continuamente se perfecciona por medio del examen de ella misma, y que lucha continuamente contra las debilidades que le acosan.

El 17 de abril, nuestra madre vuelve al campo y recibe algunas cartas de España.

He recibido estos días una carta de mi madre anunciándome su llegada a Barcelona (España). Me dice que durante el viaje ha sufrido muchos contratiempos, entre otros una tempestad en la travesía de Liorna, al puerto de Rosas, que duró tres días. Momentos después de haber desembarcado en Rosas, se fue a pique el buque que las había conducido.

La entrevista entre la señora duquesa de Orleans y su hija ha sido muy tierna: Once años hacía que la Revolución las tenía separadas.

No me dice mi madre cuándo volverá a Francia.

5 de septiembre de 1802.

La causa de haber interrumpido por tanto tiempo estediario, ha sido porque el día 18 de agosto hube de guardar cama a consecuencia de haber dado a luz una niña, la cual estoy criando yo misma del mismo modo que hice con sus hermanos. Ha venido mi hermana para asistirme.

Hemos establecido en casa la costumbre de rezar todos juntos, amos y criados. Esto ha de ser de mucha utilidad, si se quiere que sea la casa según la escritura dice: «Una casa de hermanos». La comunión de amos y criados arrodillados ante Dios, que no distingue entre pequeños y grandes, levanta el espíritu a elevadas regiones, llamando a los unos a la igualdad cristiana y a los otros al fiel cumplimiento de sus deberes religiosos y morales.

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7 de septiembre.

Mi madre está de vuelta a París, y ya ha salido de España.


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