Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islas volcánicas, en el fondo de sus archipiélagos, en esos meandros sinuosos, esos apacibles laberintos donde las olas sólo penetran discretamente; tibias cunas para los recién nacidos.
Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadas de los golfos índicos. Aquí, el mar fué un gran artista, pues dió á la tierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear el amor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dióle los contornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba á decir), lo que tanto place al niño, abrigo, calor y descanso.
El átomo.
Cierto día, un pescador me regaló el fondo de su red, es decir, tres seres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella, un lindo ofiuro, que todavía se agitaba y no tardó en perder sus brazos delicados. Púselos en agua de mar, y los descuidé por espacio de dos días, ocupado en otras tareas. Cuando me acordé de ellos, sólo hallé tres cadáveres. Aquello estaba desconocido: habíase renovado la escena.
Una película espesa y gelatinosa se había formado á la superficie. Tomé un átomo de ella en la punta de una aguja, y el átomo, visto al microscopio, me ofreció lo siguiente:
Un torbellino de animales, cortos y sólidos, rechonchos, ardientes (cólpodos), que se movían de acá para allá, ebrios de vida, arrebatados de haber nacido (permítaseme la expresión), celebrando su natalicio con una extraña bacanal.
En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas ó anguilas microscópicas que más bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante (se las nombravibradores).
Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tardó en notar que en aquella escena no todo se movía. Había vibradores tiesos aún que no vibraban: habíalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres, que no se habían desprendido y aparentaban aguardar el momento de la libertad.
Entre aquella fermentación viva de seres inmóviles aún, se arrojaba,rabiaba, talaba, la desordenada traílla de los grandes rechonchos (loscólpodos), que parecía hacer pasto de ellos, regalarse, engordar y vivir allí á sus anchas.
Observaréis que ese espectáculo tenía por teatro la arena de un átomo recogido en la punta de una aguja. ¿Qué de escenas parecidas hubiese ofrecido el Océano gelatinoso que con tanta prontitud se formó sobre el fango! El tiempo había sido aprovechado maravillosamente. Los moribundos ó muertos, al escapárseles la vida habían creado todo un mundo. En cambio de tres animales perdidos, ahora era dueño de millones de ellos, y éstos ¡tan jóvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos, tan absorbentes, rabiosos por vivir!
Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquiera nos rodea y está siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hace poco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo habían entrevisto, fueron detenidos en sus primeros pasos. Mucho más tarde, en 1830, el mágico Ehrenberg lo evocó, lo reveló y clasificó, estudiando la forma de esos invisibles, su organismo, sus costumbres, y viólos absorber, digerir, navegar, cazar, combatir. Su generación le pareció obscura. ¿Cuáles son sus amores? ¿Acaso aman? En seres tan elementales ¿hace el gasto la Naturaleza de una generación complicada? ¿O bien nacen espontáneamente como tal ó cual moho vegetal? El vulgo dice: «como los hongos.»
Cuestión árida que hace sonreir y menear la cabeza á más de un sabio. ¡Se está tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haber fijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza toca obedecer. Cuando, hace cien años, se hizo observar á Reaumur que la hembra del gusano de seda podía producir sin auxilio del macho, lo negó, contestando: «La nada, nada produce.» El hecho, constantemente negado y probado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tan sólo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa, y aun para otros animales.
En todo tiempo y en cualquiera nación, lo mismo entre las personas ilustradas que entre el vulgo de las gentes, se decía: «La muerte da la vida.» Suponíase en particular que la vida de los imperceptibles surgía inmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey, que fué el primero en formular la ley de generación, no se atrevió á desmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo, añadió:ó de los disueltos elementos de la vida precedente.
Esta es precisamente la teoría que acaba de renacer con tal resplandor, merced á los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de los despojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la «membrana prolífica,» de la que nacen, no nuevos seres, sino los gérmenes, los óvulos de donde podrán nacer después.
Estamos en la época de los milagros, es preciso convenir en ello; mas, éste no tiene nada de sorprendente.
En otro tiempo habríanse reído á las barbas del que hubiera pretendido que animales indóciles á las leyes establecidas, se permitan respirar por la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luz sobre este asunto. Dícese que asimismo Cuvier y Blainville habían notado que otros seres que carecen de órganos regulares de circulación, los suplían por medio de los intestinos; mas, esos grandes naturalistas encontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron á divulgarlo. Hoy ha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. de Quatrefages, etc.
Sea cual fuere la opinión que se tenga formada de su nacimiento, lo cierto es que después de nacidos nuestros átomos ofrecen un mundo infinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida están representadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre sí, opinarán que componen una armonía completa á la que muy poco hay que envidiar.
Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente un reino donde los géneros diversos han organizado una gran división del trabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros pólipos y nuestros corales, pegados aún, sufriendo las sujeciones de una vida común; tienen también pequeños moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienen peces ágiles y bullidores insectos, arrogantes crustáceos, miniatura de los futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridos átomos que se dedican á la caza de los átomos inofensivos.
Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla la pobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizópodos que con sus capitas han ayudado á la constitución de los Apeninos, sobrealzado las cordilleras; sólo los foraminíferos, esa numerosa tribu de átomos conchíferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los hay contemporáneos de todas las edades de la tierra, presentándose siempre á diversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado el universo mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo como género, y quedando cual testimonios idénticos de la vida del planeta. Al presente, la fría corriente del polo austral, que la punta de América divide entre sus dos grandes playas, envía imparcialmente cuarenta especies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, gran manufactura que los crea y organiza parece ser el cálido río del mar que se desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan, arrastrándolos muertos el gran torrente paterno con dirección á Terranova y á nuestro Océano, cuyo fondo constituyen.
Cuando el ilustre padre de los átomos (es decir, su padrino), Ehrenberg, los bautizó, los patrocinó, introduciéndolos en la ciencia, fué acusado de debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia á esos pequeñuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de una organización muy elevada, llegando á tal punto su liberalidad hacia los mismos, que les concedió ciento veinte estómagos á cada uno. El mundo visible se sulfuró, y, por una reacción violenta, Dujardin los redujo á la última expresión de sencillez. Según él, esos pretendidos órganos sólo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerza de absorción, les concede el don de improvisar á cada momento, estómagos al caso, y del grandor de las partículas que quieren tragarse. Esta opinión no ha logrado cautivar á M. Pouchet, quien se inclina por la de Ehrenberg.
Lo incontestable y admirable en ellos es el vigor de sus movimientos. Varios tienen todas las apariencias de una individualidad precoz, no permaneciendo mucho tiempo avasallados á la vida comunista y polípera do se arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos pólipos. Muchos de esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir, en seres capaces de ir y correr de acá para allá solos, á su capricho, libres ciudadanos del mundo que sólo depende de ellos en lo tocante á la dirección de sus movimientos.
Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar en el mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por los infusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol que arrastra como á sus planetas cuantos seres débiles encuentra en su carrera, el curso más irregular del cometa cabelludo que atraviesa ó que dispersa mundos vagos á su paso, la graciosa ondulación de la esbelta culebra que sigue el agua ó nada en tierra, la barca oscilante que sabe virar á tiempo, decaer del rumbo para ir más lejos, en fin, el rastreo lento y circunspecto de nuestros tardígrados, que se apoyan, se agarran á cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre los imperceptibles. Mas ¡con qué maravillosa sencillez de medios! Los hay que no siendo más que un hilo, para avanzar se disparan como un tirabuzón elástico; otros se valen de su ondulante cola ó de sus pequeñas cejas vibrantes á guisa de remo y gobernalle; las preciosas vorticelas, cual jarrón de flores, se agarran juntas sobre una isla (plantecica ó cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicado pedúnculo.
Lo que aún llama más la atención que los órganos de movimiento, es lo que podríamos nombrar las expresiones, las actitudes, los signos originales del humor y del carácter. Hay seres apáticos, otros muy activos y fantásticos, otros agitados por la guerra, otros diligentes sin causa aparente y poseídos de una vana agitación. En ocasiones, á través de una masa de gentes tranquilas y pacíficas, un atolondrado, sordo y ciego, lo echa todo á rodar.
¡Prodigiosa comedia! Parece como que están ensayando entre ellos el drama que representará nuestro mundo, el noble y serio mundo de los grandes animales visibles.
A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto los majestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo del movimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.
Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos días en agua, y observad después con un microscopio. Un poderoso animal, el elefante, la ballena de los infusorios, muévese con un vigor y un garbo de vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetémoslo. Es el rey de los átomos, el rotífero, así nombrado porque en ambos lados de la cabeza lleva dos ruedas, órganos de locomoción que lo asimilarían al barco de vapor, ó tal vez armas de caza que lo ayudan á apoderarse de los más débiles.
Todos huyen, cejan ante él, y uno solo resiste, no temiendo nada, confiado en sus armas. Es éste un monstruo, empero provisto de sentidos superiores, el cual tiene dos ojazos de púrpura. Poco movible y verdadero tardígrado, en cambio ve y está armado, pues ostenta en sus sólidas patas uñas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en caso de necesidad y sin duda también para pelear.
¡Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economía de sustancia y de materia, con nada comienza á crear tan majestuosamente! ¡Sublime abertura! Estos (¿qué importa su tamaño?) tienen una potencia colosal de absorción y de movimiento, que estarán muy lejos de poseer los enormes seres clasificados mucho más alto en la serie animal.
La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen, son para el rotífero lo que yo sería al lado de los Alpes, de las cordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con la vista, y apenas por el cálculo y la imaginación.
Sin embargo, ¿qué se han hecho entre esas montañas animales la presteza y el ardor de vida que desplegaba el rotífero? ¡Qué caída la nuestra al ascender la escala!... Mis átomos estaban llenos de vida, se movían vertiginosamente, y esas bestias gigantescas están atacadas de parálisis.
¿Qué sería si el rotífero pudiera concebir al ser colectivo donde dormita un infinito, por ejemplo, la magnífica, la colosal esponja estrellada que vemos en el Museo de París? Esta, por su magnitud, está á igual nivel del rotífero que el hombre con el globo terráqueo, de nueve mil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidísimo que, lejos de verse humillado por la comparación, el átomo rebosaría de orgullo exclamando: «Soy grande.»
¡Ah!, ¡rotífero!, ¡rotífero! No conviene menospreciar nada.
Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas, ¿sabemos acaso si esa vida de cautiverio que te mueve á risa no es un progreso? Tu descompasada y vertiginosa libertad, ¿es, por ventura, el término de las cosas? Para tomar su punto de partida hacia más elevados destinos, la Naturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en el obscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempeña un papel insignificante, y enseña á dominar la inquietud individual, á concentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.
Dormita allí por algún tiempo, como laLinda de la selva durmiente; empero, sueño ó cautiverio, sortilegio ó lo que fuere, semejante estado no es la muerte. La áspera materia de la esponja vive rellena de sílice: sin moverse, sin respirar, sin órganos de circulación, sin ningún aparato de los sentidos, vive. ¿Cómo se sabe eso?
La esponja pare dos veces al año; tiene sus peculiares amoríos y con más exuberancia que otros seres. En día dado unas esferillas se desprenden de la madre esponja, armadas de débiles nadaderas que las procuran algunos instantes de animación y de libertad. Una vez fijas, conviértense en esponjitas delicadas, que irán aumentando paulatinamente en tamaño.
Así, pues, en medio de la carencia aparente de sentidos y de organismo, envuelto todo en misterioso enigma, en el dintel dudoso de la vida, la generación la revela y nos descubre el preludio del mundo visible cuya escala vamos á recorrer. Sólo se divisa la nada, y en esa nada ya aparece la maternidad. Lo mismo que entre los dioses de Egipto (Isis y Osiris) que engendran antes de nacer, aquí el Amor nace antes del ser.
Flor de sangre.
En el eje del globo, en medio de las cálidas aguas de la Línea y en su fondo volcánico, el mar superabunda de vida hasta el punto de no poder, á lo que parece, equilibrar sus creaciones; y sobrepujando á la vida vegetal, de buenas á primeras, sus alumbramientos producen la vida animada.
Mas, esos animales se atavían con un extraño lujo botánico, con libreas espléndidas de una flora excéntrica y lujuriosa. Divisáis hasta donde alcanza la vista flores, plantas y arbustos; á lo menos, tales os parecen por sus formas y colores. Y esas plantas se mueven, los arbustos son irritables, las flores tiemblan con naciente sensibilidad, do va á posarse la voluntad.
¡Oscilación encantadora, gracioso equívoco! Al límite de los dos reinos y bajo esas flotantes apariencias tan fantásticas, el espíritu da testimonio de sus primeros albores. Es el alba, la aurora matutina. Con sus resplandecientes colores, sus nácares y esmaltes, señala el sueño nocturno y la idea del día que aparece.
¡Idea! ¿Nos atreveremos á pronunciar esta palabra? No: es un sueño, sueño no más, pero que poco á poco se esclarece como los ensueños matutinos.
Al norte de Africa, ó más allá del Cabo, el vegetal que reinaba como soberano en la zona templada ve surgir á su lado rivales animados que también vegetan, florecen, le igualan y no tardan en sobrepujarle.
El grande encantamiento comienza, va en aumento siempre y adelantando hacia el Ecuador.
Arbustos extraños, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su rico abanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.
Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzan las plantas-piedra, las madréporas, cuyas ramas (¿diremos sus manos y sus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos á los de los melocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes de llegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de allá continúa la mágica ilusión.
Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinos se disputan. En sí encierran algo de animal, algo de mineral, y últimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de los vegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramente despierte del sueño de piedra, sin desprenderse aún de su rudo punto de partida, como para advertirnos, á nosotros tan soberbios y que miramos desde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuro mineral tiene á subir y animarse, y la aspiración profunda que existe en el seno de la Naturaleza.
«Nuestras praderas, nuestros bosques—dice Darwin,—parecen desiertos y vacíos si se comparan con los del mar.» Y en efecto, á cuantos han recorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado la atención la fantasmagoría que ofrece su fondo, siendo sorprendente en primer término por el extraño cambio que se opera en las plantas y los animales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantas blandas y gelatinosas, con órganos redondos que no parecen ni tallos ni hojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, diríase que quieren engañar al que las mira y hacerse pasar por seres del reino animal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenian para ser plantas y asemejarse á los vegetales, pues imitan todos los caracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad del árbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. Así, pues, la anémona marina se abre cual pálida margarita rosada, ó como áster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se ha desprendido un hilito de su corola, ó sea una nueva anémona, veisla disolverse y desaparecer.
Mucho más variable aún el proteo de las aguas, el alción, toma todo género de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta; despliégase en forma de abanico, se convierte en seto lleno de matorrales ó en graciosa cestita. Mas, todo ésto es fugitivo, efímero, de vida tan tímida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: en un instante ha vuelto todo al seno de la madre común. Hallaréis la sensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto se repliega sobre sí misma, cierra su seno como la flor sensible al fresco nocturno.
Cuando os asomáis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales, observáis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y de tubíporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadas en su laberintito y cuyos valles y colinas están indicados con los colores más vivos. Los cariófilos (ó claveles) de terciopelo verde matizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentos meneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.
Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulando cual sauces y bejucos, ó balanceándose como palmeras, las majestuosas gorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los árboles enanos del isis. De uno á otro árbol, la plumaria enreda su espiral muy parecida á las tijeretas de las viñas y los hace corresponder entre sí por medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantes reflejos.
Este espectáculo encanta, turba la imaginación: es un vértigo y como un sueño. El hada de las aguas añade á esos colores un prisma de tintas fugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, la vacilación, la duda.
¿He visto bien? No, no es eso... ¿era un ser ó un rellejo?... Sin embargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja allí y se divierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha; los cangrejos tampoco desconfían, y corren y cazan. Peces extraños, ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos, están paseando su pereza. Anélidos color de púrpura y violáceos, serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), que bajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla y desarrolla sus elegantes brazos.
En medio de esa fantasmagoría y con más gravedad, la madrépora arborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste en la forma.
Y la belleza de ese mundo está en el conjunto, en el noble aspecto de la ciudad común: el individuo es modesto, mas la república impone. Aquí tiene la fortaleza del áloe y el cactus; más allá es la cabeza del ciervo, su espléndido atalaje; á mayor distancia la extensión de las vigorosas ramas de un cedro que, después de tender horizontalmente sus brazos, se dispone á empinarse más y más.
Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que las animaban, las cubrían, tienen tal vez en su estado severo mayor atractivo para el ánimo. Por lo que á mí toca, me complazco en contemplar los árboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudas del lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por sí solos, revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede con las madréporas. En su desnudez presente, convertidas de pinturas en esculturas, más abstraídas, digámoslo así, parece que intentan revelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen. Varias de ellas, diríase que nos hablan por medio de extraños caracteres: tienen enlaces, roleos complicados que visiblemente indican algo. ¿Hay alguno que pueda interpretarlos? ¿Con qué palabras los traduciríamos á nuestro idioma?
Presiéntese perfectamente que hoy aún existe una idea allí dentro. Uno no puede desprenderse fácilmente de aquel sitio; y por más que se abandone, allí se vuelve. Deletréase, se cree comprender; luego se os escapa ese rayo de luz y os golpeáis la frente.
Los enjambres de abejas, con su fría geometría, no son, ni con mucho, tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas, aquello es la misma vida. La piedra no fué simplemente base y abrigo de dicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generación primitiva que, suprimida paulatinamente por los jóvenes de encima ha tomado tal consistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudad primitiva, están allí visibles y sorprendentes, con una verdad flagrante, cual vivo detalle de Herculanum ó Pompeya. Empero aquí todo se ha fabricado sin violencia ni la más pequeña catástrofe, por un progreso natural; la más serena paz reina en dicho sitio, que tiene un singular atractivo de dulzura.
El escultor admiraría las formas de un arte maravilloso que en un mismo asunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastarían para cambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.
Pero otra cosa hay que considerar á más de la forma. Las ricas arborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas, los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juego simbólico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, de la libertad cautiva, sus tímidos tanteos hacia la prometida luz, relámpago encantador del alma joven comprometida en la vida común; pero que, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.
Poseo dos de estos arbolillos, de especie análoga, y sin embargo distinta. No hay vegetal que pueda comparárseles. Tiene el uno inmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosa riqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jamás dice: Basta. El otro, no tan blanco pero más tupido, en cada rama encierra un mundo. Ambos son agradabilísimos por su semejanza y desemejanza, su inocencia, su fraternidad. ¡Oh! ¡quién podrá revelarme el misterio del alma infantil y encantadora que fabricó ese juguete de hadas! Vésela circular aún esa alma libre y cautiva á la vez, mas con cautiverio amoroso, y que sueña con la libertad sin quererla por entero.
Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas que tanto las hubieran auxiliado. La magnífica estatua de la Naturaleza que se eleva á la puerta del Jardín de Plantas, de París, debiera estar rodeada de tales atributos. Aquella estatua había de figurar con el cortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todos sus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, las madréporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado los fundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y sus estrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedosos cabellos habrían constituido un blando lecho viviente para abrazar cariñosamente á la divina Madre en medio de sus ensueños de eterno alumbramiento.
La pintura no ha sido más hábil que la escultura en la utilización de este asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes á las flores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos. Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Por más que se diga, sus tintas chabacanas, pálidas, no retratan ni con mucho la suavidad, la dulzura, la emoción de las flores del mar. Si se emplearan los esmaltes, lo cual ensayó Palissy, el asunto saldría rudo y glacial: admirables en la reproducción de los reptiles, de las escamas de pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernas criaturas que hasta de cutis carecen. Los pulmoncitos exteriores que presentan los anélidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan al viento ciertos pólipos, los móviles y sencillos cabellos que ondulan sobre la medusa son objetos no sólo delicados sino conmovedores. Ofrecen todos los matices, son finos y vagos, pero cálidos: es como un hálito perceptible, y nuestros ojos atónitos ven en ellos el color del arco iris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenue vida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, que se animan ó palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguéis la almita flotante, muda, y que, á pesar de todo, os revela un mundo, demostrándoos su íntimo misterio en sus palpitantes colores.
Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven y desaparecen. Aun las mismas madréporas sólo dejan su base, que diríase inorgánica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.
Las mujeres, que tienen ese sentido mucho más delicado que nosotros, no se han engañado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichos árboles, el coral, era una cosa viva. De ahí la predilección que demuestran por él. Y aunque la ciencia sostenga primero que sólo es una piedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo más.
«Señora, ¿por qué prefiere usted á todas las piedras preciosas ese árbol de un encarnado dudoso?—Caballero, dice á mi cara. El rubí hace palidecer; éste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.»
Y la señora tiene razón. Los dos objetos son parientes. En el coral, lo mismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color (Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.
«Pero señora, esas piedras brillantes son de una finura incomparable.—Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidad del cutis á la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, paréceme mi misma carne, mi propio ser.
»Señora, hay encarnados más bonitos.—Doctor, no me prive usted de éste, pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay un motivo para quererlo (y es éste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es su nombre oriental y verdadero: llámasele «Flor de sangre.»
Los fabricantes de mundos.
Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido recinto, es un palacio de hadas, residiendo allí, al parecer, el genio de las metamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la sombría sala del piso bajo, las silenciosas madréporas fundan el mundo, más vivo por momentos, que se eleva encima de ellas. Más arriba, habiendo el pueblo de los mares alcanzado su completa energía de organización en los animales superiores, prepara las existencias terrestres. En la cúspide están los mamíferos, sobre los cuales la tribu divina de los pájaros despliega sus alas y parece que todavía canta.
La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando rápidamente por delante de esos primogénitos del globo, su habitación es fría, húmeda: los curiosos dirigen sus pasos hacia la luz, hacia el punto do brillan tantos objetos. Nácar, alas de mariposa, plumas de aves, esto es lo que la encanta. Yo, que me detengo más tiempo abajo, heme hallado con frecuencia solo en la pequeña y obscura galería.
Me agrada esa cripta de la iglesia grande: allí presiento mejor el alma sagrada, el espíritu presente de nuestros maestros, su enorme, su sublime esfuerzo, á la par que la audacia inmortal de los viajeros salidos de aquel sitio. Doquiera que estén sus huesos, ellos se ostentan en el Museo reproducidos en valiosos tesoros, tesoros que pagaron con la vida.
El otro día (1.º de octubre) me detuve más de lo regular en aquel sitio, entreteniéndome á leer, no sin trabajo, los rótulos de algunas madréporas. Una de ellas, colocada junto á la puerta, llevaba el nombre deLamarck.
Mi sangre toda afluyó al corazón, sintiendo como un impulso de religioso respeto.
¡Gran nombre y ya viejo! Es lo mismo que si en las tumbas de Saint-Denis se leyera el nombre de Clodoveo. La gloria de sus sucesores, su imperio, sus discusiones, han obscurecido, hecho retroceder á aquél que se adelantó á lo menos de un siglo á su época. Fué Lamarck, ese ciego Homero del Museo, el que por el instinto del genio creó, organizó, dió nombre á lo que todavía estaba envuelto en la obscuridad: la clase de losInvertebrados.
¿Una clase? esto es, un mundo, el abismo de la vida blanda y semiorganizada á la que aún falta la vértebra, la centralización huesosa, el sostén esencial de la personalidad. Interesan tanto más esos seres, cuanto que visiblemente por ellos empieza la vida. ¡Humildes tribus, descuidadas hasta entonces! Reaumur colocó los cocodrilos entre los insectos; el ilustre conde de Buffon no se dignó siquiera indagar los nombres de aquel populacho ínfimo, dejándolos fuera del Versalles olímpico que elevó á la Naturaleza. Y tuvieron que aguardar á Lamarck para ser clasificados esos grandes pueblos obscuros, confusos; esos desterrados de la ciencia, que, sin embargo, lo llenan todo y todo lo han preparado. Precisamente se había prohibido la entrada á los primogénitos. Era fácil tarea contar á los admitidos; y si se hubiese tenido que juzgar por el número, dijérase que lo excluido, lo olvidado, dejaba á la calle á la Naturaleza misma.
El genio de las metamorfosis, acababa de ser emancipado por la botánica y por la química. Fué un atrevimiento, pero fecundo en resultados, el desviar á Lamarck de la botánica, donde había pasado lo mejor de su vida é imponerle la obligación de ocuparse de los animales. Aquel genio ardiente y acostumbrado á obrar milagros para la transformación de las plantas, lleno de fe en la unidad de la vida, sacó á los animales y al animal grande (el globo) del estado de petrificación en que se hallaban, restableciendo, de forma en forma la circulación del espíritu. Semiciego, á tientas, tocó intrépidamente mil cosas á que los más perspicaces no osaban aún acercarse. Siquiera él obraba instigado por el ardor de la ciencia. Geoffroy, Cuvier y Blainville los encontraron calientes y con vida. «Todo está vivo—decía aquél,—ó lo estuvo. Todo es vida, presente ó pasado.» Grande esfuerzo revolucionario contra la materia inerte, que conduciría hasta suprimir lo inorgánico. Nada estaría completamente muerto. Lo que ha vivido puede dormir y conservar la vida latente, una aptitud para revivir. ¿Quién está verdaderamente muerto? Nadie.
Esta teoría ha dado un empuje extraordinario á las velas con que marcha nuestro siglo: atrevida ó no, ella nos ha llevado adonde nunca hubiéramos estado. Nos hemos puesto en demanda, preguntando á todas las cosas, ya de historia ó de historia natural: «¿Quién eres?—Soy la vida.»—La muerte ha ido de vencida bajo la mirada de las ciencias: el espíritu siempre adelanta y hácela retroceder.
Entre esos resucitados, lo primero que veo son mis madréporas. Hasta entonces, la piedra muerta y el calizo grosero tuvieron el interés de la vida. Cuando Lamarck los juntó, explicando su constitución en el Museo, acababa de sorprendérseles en el misterio de su actividad, ocupados en sus inmensas creaciones, habiéndonos enseñado cómo se fabrica un mundo. Se empezó á sospechar que, si la tierra produce el animal, éste también produce la tierra, desempeñando ambos á dos la obra de la Creación.
La animalidad existe por doquiera: todo lo llena, todo lo puebla. Sus restos ó huellas se encuentran hasta en minerales, tales como el mármol estatuario y el alabastro, que han pasado por el crisol de los fuegos más destructores. A cada paso que damos en el conocimiento de lo actual, descubrimos un pasado enorme de vida animal. El día en que fué dado á la óptica divisar el infusorio, viósele fabricar montañas y empedrar el Océano. El duro sílice del Trípoli, es una masa de animálculos, la esponja un sílice animado. Nuestros calizos son todo animales. París está edificado con infusorios; una parte de Alemania, descansa sobre un mar de coral, hoy día amortajado. Infusorios, corales, testáceos, todo es cal, creta, pues, sin cesar, la extraen del mar. Mas, los peces que devoran el coral, lo expelen en forma de creta, restituyendo ésta á las aguas de donde ha salido el mar. Así el mar de Coral, en su obra de alumbramiento, de agitaciones, de movimientos, en sus construcciones incesantemente aumentadas ó desaparecidas, fabricadas, arruinadas, es una fábrica inmensa de calizo, que va alternando entre sus dos vidas: vidadiligentehoy, vidadisponibleque obrará mañana.
Forster ha visto, visto perfectamente (lo cual se ha negado sin razón) que esas islas circulares son cráteres de volcanes, levantados por los pólipos. En la hipótesis contraria, no es posible explicar la identidad de forma, constituyendo siempre un anillo de unos cien pasos de diámetro, asaz bajo, azotado exteriormente por las olas, si bien el interior forma una concha tranquila. Algunas plantas de tres ó cuatro géneros distintos, constituyen una corona de verdura, de trecho en trecho en la parte de adentro. El agua es de un verde magnífico; el anillo está formado de arena blanca (residuos de corales disueltos), contrastando con el azul subido del Océano. Bajo las aguas amargas, están trabajando nuestros obreros, según sus especies ó sus caracteres: los más atrevidos en las rompientes, en las apacibles costas la gente tímida.
He aquí un mundo poco variado. Esperad. Los vientos, las corrientes, trabajan para enriquecerle. Bastará una fuerte borrasca para que las islas inmediatas hagan su fortuna: ésta es una de las más espléndidas funciones de la tempestad. Cuanto más imponente, furiosa y turbulenta se presenta arrastrándolo todo, más fecunda es. Pasa una tromba sobre una isla; el torrente que produce, cargado de limo, de despojos, de plantas muertas ó vivas, á veces de bosques enteros arrancados de cuajo, plaga negra, cenagosa, traspasa el mar, y empujado luego por las olas aquí y allá, distribuye esos presentes entre las islas cercanas.
Un gran mensajero de vida y de los más transportables es la sólida nuez de coco, la cual no sólo viaja, sino que, arrojada sobre los arrecifes, basta que encuentre un poco de arena blanca para medrar en sitios donde perecería otra planta cualquiera. El agua salobre no le amedrenta, se sirve de ella como del agua dulce, y crece también. Germina, se hace grande, conviértese en árbol, en un robusto cocotero. Donde hay un árbol no tarda en haber agua dulce, y despojos, y por lo tanto tierra; esto convida á otros árboles, y al poco tiempo vese levantar su copa á algunas palmeras. De los vapores que esos árboles detienen se forma un arroyuelo que, manando del centro de la isla, mantiene en la blanca cintura un hoyo que respetan los pólipos, habitantes de las aguas amargas.
Conócese actualmente la rapidez extrema de su trabajo. En el puerto de Río Janeiro, después de cuarenta días de parada, desaparecían ya los botes bajo los tubulares que de ellos se habían apoderado; un estrecho inmediato á Australia contaba antes veintiséis islotes, y á la fecha hay ciento cincuenta bien establecidos, anunciando el Almirantazgo inglés que son en mayor número y que dentro de veinte años en toda su longitud de cuarenta leguas será impracticable.
El arrecife oriental de la Australia tiene trescientas sesenta leguas (ciento veintisiete sin interrupción), y el de la Nueva Caledonía ciento cuarenta y cinco leguas. Grupos de islas en el mar Pacífico cuentan cuatrocientas leguas de largo por ciento cincuenta de ancho. Sólo la cordillera de las Maldivas tiene cerca de quinientas millas de longitud. Añadid á todo esto los bancos de la Isla de Francia y los bajos del Mar Rojo, que se elevan continuamente.
Timor y sus cercanías ofrecen un mundo completamente animal: allí sólo se pisan cosas vivas. Las rocas ofrecen formas tan extrañas y tan ricos colores, que la vista se encanta, se deslumbra. Contempláis á aquellos seres por espacio de muchas leguas en medio del agua del mar, que no tiene profundidad (tal vez un pie), fabricando muy tranquilamente, empero sin cejar en su oficio de creadores.
El primer observador inteligente fué Forster, compañero de Cook, que los vió empeñados en su obra. Cogiólos infraganti en su gran conspiración para levantarpiano pianoislas á millares, cordilleras de islas, y más tarde todo un continente.
Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. De las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula, un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempo un cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota. Ese cráter tibio vese coronado de hielo animado, animal y polípero que, arrojando constantemente de sí unmucus, va elevando ese círculo hasta la baja mar, no más arriba, pues más altos estarían en seco; ni tampoco más abajo, porque necesitan luz. Y si no tienen órgano especial de la visualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trópicos, que atraviesa de parte á parte su pequeño ser transparente, tiene, al parecer, sobre ellos la atracción de un invencible magnetismo. Cuando baja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban y beben la luz.
Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia solía visitar sus islotes, dice: «Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reina en esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancos avanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nos rodea por todas partes la tempestad.» Aquel mundo agradable es un escollo; tocadlo y os estrelláis. El transparente mar os muestra un abismo á pico de cien brazas. No confiéis en el áncora; no hay cable que con el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad es extrema en las noches interminables en que la marejada austral os empuja hacia esas cortantes cuchillas.
Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen una respuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen: «Concedednos el tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, haránse hospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatos bancos, perderán sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundo nuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algún día nos bendeciréis si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemos quién, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil años. Os daréis por muy contentos de encontrar estas islas australes que os servirán de punto de refugio.
»Preciso es confesarlo—añaden;—aunque por desgracia se perdiesen en esto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es útil, buena y grandiosa. Nuestro improvisado mundo podría mostrarse con cierto orgullo: sin mencionar sus espléndidos colores, que dejan muy atrás cuanto existe en la tierra, sin hablar de los círculos graciosos, de las curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que os detienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribución del trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad, un orden geométrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de una libertad naciente, ¿encontraríase todo esto entre los hombres?
»Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea las magníficas corrientes que constituyen la vida, la salud. Nosotros somos los espíritus del mar, y le damos movimiento.
»Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta con oportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la cálida luz, nos engalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altísimo, sus obreros favoritos, que nos ha señalado la tarea de bosquejar sus mundos. Todos los segundones de ese globo que se presentan aquí, tienen necesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante que inaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, sólo prospera merced al polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, un don, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros, alimentará la creación superior.
»Mas, ¿para qué sirven los otros animales? Somos un mundo completo, armónico, y que es suficiente. El círculo de la Creación podría cerrarse con nosotros. Escogiónos Dios para coronar su isla; sobre su antiguo volcán de fuego ha creado un volcán de vida, mejor todavía, el descogimiento de ese paraíso viviente. Ha obtenido lo que se propuso y ahora descansa.»
Todavía no, todavía no. Una creación debe subir por encima de la vuestra, cosa que vosotros no teméis. Y ese rival no es la tempestad, pues la desafiáis; ni el agua dulce, ya que estáis fabricando junto á ella; ni tampoco es la tierra que paulatinamente ha ido invadiendo y cubriendo vuestras construcciones. Esta nueva potencia, ¿dónde está? En vosotros mismos. El pólipo no se resigna á quedarse pólipo: existe en vuestra república tal ó cual ser inquieto que afirma que la perfección de esa vida vegetativa no es vida, soñando otra mejor: irse y navegar solo, ver lo desconocido, el dilatado mundo, crearse, exponiéndose á naufragar, algo que va á despuntar en él y permanece obscuro entre vosotros:
El alma.
Hija de los mares.
Los primeros meses del año 1858 deslizáronse para mí en el agradable pueblecillo de Hyères que mira de lejos al mar, á las islas y á la península que presta abrigo á su costa. A tal distancia, el mar atrae más poderosamente tal vez que si uno estuviese á bordo. Los senderos que á él conducen convidan á recorrerlos, ya se dirija uno al lado de las huertas por los setos de jazmines y mirtos, ya, subiendo un tanto, se atraviesen los olivares y un bosquecillo sembrado de laurel y de pinos. Sin embargo, los árboles no impiden que de vez en cuando se distingan algunos rayos del mar. Ha sido llamado este sitio, y no sin razón, Costa Bella. Paseábame por él en los mejores días de un invierno muy suave, soliendo encontrar al paso una enferma interesantísima, joven princesa extranjera venida de quinientas leguas de distancia, para prolongar algunos días su desfalleciente vida. Aquella corta existencia se había deslizado triste y combatida por el infortunio; y apenas vislumbraba la felicidad, se iba extinguiendo por momentos. La pobre se arrastraba apoyada tiernamente en otro ser que vivía de su vida y no contaba sobrevivirla. Si los votos y las oraciones bastasen á prolongar la vida, aquella joven no hubiese muerto; tenía en su apoyo los de cuantos la conocían, particularmente de los pobres. Empero la primavera llegó y con ella el fin de sus días. Cierta mañana de abril en que todo renacía, vimos pasear aún las dos sombras por aquel bosque pálido, como un Elíseo de Virgilio.
Llegué al golfo embargado el ánimo con tan tristes pensamientos. Entre las ásperas rocas, las lagunas que dejaba el mar conservaban ciertos animalillos demasiado lentos para seguirle. Veíanse asimismo algunas conchas encogidas y macilentas por haber quedado en seco: en medio de ellas, sin cáscara, sin abrigo, explayada, yacía la umbrela viviente llamada con harta impropiedadmedusa. ¿Por qué haber dado tan horroroso nombre á un ser tan encantador? Nunca había fijado mi atención en aquellos náufragos que con frecuencia se encuentran en la playa. La á que me refiero era pequeña, del tamaño de mi mano, pero bella en extremo y de matices suaves y ligeros; su color blanco ópalo con un tinte diáfano lila que formaba una corona. La brisa la había volteado: su coronilla de cabellos lilas flotaba por encima, y la delicada umbrela (es decir su propio cuerpo), encontrándose debajo, se rozaba con la roca. Muy magullada la pobre, herida, tenía arrancada parte de su fina cabellera, esto es, lo que constituye sus órganos de respiración, de absorción y aun de procreación. Y aquella masa informe recibía de plano los rayos del sol provenzal, áspero al despertar, y más áspero en aquellos momentos á causa de la aridez delmistralque no cesaba de soplar. Doble suplicio que desgarraba á la transparente criatura. Viviendo en una zona acariciada por el contacto del mar, la desdichada umbrela no se reviste de una epidermis resistente, como nosotros, animales terrestres; de suerte que recibe los golpes en lo vivo.
Cerca de su enjuta laguna había otras lagunas repletas y que se comunicaban con el mar: la salvación estaba á dos pasos. Mas, para ella que sólo se mueve con el auxilio de sus ondulantes cabellos, esos dos pasos eran una barrera infranqueable. Expuesta á los rayos de aquel sol abrasador, era de creer que no tardaría en quedar disuelta, absorbida, evaporada.
Nada más efímero, más fugitivo que esas hijas de los mares. Las hay más flúidas, por ejemplo, la tenue faja azur nombradacinturón de Venus, la cual apenas salida del agua se evapora y desaparece. Un poco más consistente la medusa, es más dura en el morir.
¿Estaba la mía muerta ó moribunda? Cuéstame mucho trabajo creer en la muerte; así, pues, sostuve que estaba viva. De todos modos poco costaba sacarla de aquel suplicio y echarla á la laguna del lado. Si he de ser franco, diré que experimentaba cierta repugnancia en tocarla. La deliciosa criatura con su inocencia visible y el iris de sus suaves colores asemejábase á un copo de nieve tiritante, resbaladizo y que se escurre. Desechando, pues, toda repugnancia, deslicé la mano por debajo y levanté cuidadosamente el cuerpo inmóvil, del que cayó la cabellera, tomando la posición natural que conserva cuando nada. En esta postura la coloqué en la charca inmediata, donde se sumergió sin dar el más pequeño indicio de vida.
Hecho esto, comencé á pasear orillas del mar, mas, transcurridos diez minutos, fuí á ver mi medusa, la cual ondulaba á merced del viento, movíase y volvía á ponerse á flote. Con una gracia peculiar, sus cabellos, que la servían de nadaderas, alejábanla suavemente de la roca. Verdad es que no adelantaba mucho en su camino, pero adelantaba, y al poco rato vila bastante lejos.
Sin duda no hubiera tardado mucho en zozobrar por segunda vez, pues no es posible navegar con medios más débiles y de una manera más peligrosa que lo hacen esos seres. Mucho temen la playa, donde hay tantos objetos duros que las hieren, y en pleno mar á cada momento el viento las voltea. En este caso, como sus cabellos-nadaderas permanecen encima, flotan á la ventura, presa de los peces y con gran contento de las aves marinas que se divierten arrancándolas de su elemento.
Durante toda una estación pasada á orillas del Gironde, veíalas, empujadas fatalmente por el canalizo, ser arrojadas á la costa á centenares, y secarse allí míseramente. Estas eran grandes, blancas, muy lindas al llegar, como arañas de cristal con ricas girándulas, y en las que los rayos del sol producían tan variados matices que brillaban cual si fuesen pedrerías. ¡Ay! ¡qué diferencia al cabo de dos días! Afortunadamente que la arena se hundía y las enterraba.
Las pobres, sirven de pasto á todo el mundo, mientras que para sí propias no tienen otro alimento que la vida poco orgánica, vaga aún, los átomos flotantes del mar. Ellas los entorpecen, los eterizan, por decirlo así, y los chupan sin hacerles sufrir. Carecen de dientes: no están armadas, ni tienen ninguna defensa. Sólo algunas especies (y no todas, dice Forbes), pueden, cuando se les ataca, secretar un licor algo picante, como la ortiga. Sensación tan débil, por otro lado, que no tuvo reparo Dicquemare en recibirlo en un ojo, sin que le produjese malos resultados.
He aquí una criatura apenas garantida, que vive al acaso; y eso que es superior. Tiene sentidos, y á juzgar por sus contracciones, una susceptibilidad notable de sufrimiento. No se puede, cual acontece con el pólipo, dividirla impunemente: en este caso el pólipo se dobla, mas ella muere. Gelatinosa como aquél, parece un embrión, pero el embrión salido demasiado aprisa del seno del mar común, extraído de la base sólida, de la asociación que constituyó la seguridad del pólipo, y lanzado á la ventura.
¿Por qué ha emprendido la marcha? ¡Imprudente! ¿Cómo sin vela, remo ni timón, se aventuró á dejar el puerto? ¿Cuál es su punto de partida?
En 1750 Ellis vió surgir una medusita sobre un pólipo, y en nuestros días, varios observadores han visto y por lo tanto la cuestión está juzgada, que es una forma de pólipo, salida de la asociación. La medusa, hablando llanamente, es un pólipo emancipado.
¿A qué sorprendernos? dice perfectamente el discreto M. Forbes, que ha dedicado tantas vigilias á su estudio. Esto es sólo un indicio de que á tal grado el animal sigue aún la ley vegetal. Del árbol, ser colectivo, sale el individuo, el fruto que se desprende, cuyo fruto formará otro árbol. Un peral es como una especie de pólipo vegetal, en que la pera (individuo libre) puede darnos otro peral.
Lo mismo (prosigue Forbes) que el tallo de una planta que iba á cubrirse de hojas se detiene en su desarrollo, se contrae, conviértese en órgano amoroso, esto es, en flor, el polípero, contrayendo algunos de sus pólipos, transformando sus estómagos contraídos, hace la placenta, los huevos de donde sale su flor movible, la tierna y graciosa medusa. (Ann. of the Nat. hist., t. 14, 387)
Hubiérase podido adivinarlo al ver su gracia indecisa, esa debilidad desarmada que nada teme, que se embarca sin instrumentos náuticos, demasiado confiarla en su propia existencia: es el primero y conmovedor rayo de luz del alma nueva, salido, indefenso, de las seguridades de la vida común, probando tener vida propia, obrar y sufrir por su cuenta—blando bosquejo de la Naturaleza libre,—embrión de la libertad.
Ser uno mismo, ser por sí solo un mundito completo, ¡gran tentación para todos! ¡Seducción universal! ¡Bonita locura que constituye el esfuerzo y el progreso todo del mundo! Mas, en sus primeros ensayos ¡qué injustificada parece! Diríase que la medusa ha sido creada para zozobrar.
Cargada por encima, mal afirmada por debajo, está construida al revés de la fisalía, su parienta. Esta, sólo mantiene fuera del agua un glóbulo, una vejiga insumergible, dejando arrastrar por el fondo sus prolongados tentáculos, extremadamente largos (veinte ó más pies), que la afirman, barren el mar, entorpeciendo á los peces con sus golpes, de los que hace presa. Ágil ó indolente, hinchando su globo nacarado y matizado de azul y púrpura, arroja por medio de sus dilatados cabellos de un azur siniestro, cierto veneno sutil que abate cuanto toca.
Aunque menos temibles, tampoco perecen los velelos, los cuales tienen la forma de almadía. Su pequeño organismo es algo sólido; y saben navegar, voltear al viento su vela oblicua. Las porpitas, que parecen una flor, una margarita, tienen en su favor la ligereza, flotando aún después de muertas. Otro tanto sucede con innumerables seres fantásticos y casi aéreos, guirnaldas con campanillas de oro ó guirnaldas de botones de rosa (fisóforo, estefanomia, etc.), cinturones azurados de Venus. Todos estos seres andan y sobrenadan invenciblemente, no temiendo más que á la tierra; engólfanse bogando en el Grande Océano, y por enmarañado que esté, allí encuentran su salvación. Las porpitas y los velelos tienen tan poco temor al Océano que, pudiendo sobrenadar siempre que les plazca, hacen esfuerzos para hundirse, y cuando se desencadena la borrasca, escóndense en las profundidades del mar.
No acontece lo mismo con la pobre medusa, que ha de resguardarse de la playa al mismo tiempo que de la tempestad. Podría hacerse pesada á voluntad y bajar, mas, le está prohibido el abismo; sólo vive á la superficie, en plena luz, rodeada de peligros. Ve, oye, y tiene muy delicado el tacto, demasiado delicado por desdicha suya. No le es dado guiarse por sí misma: sus más tenues órganos la sobrecargan y con facilidad hácenla perder el equilibrio.
Así, pues, nos dan tentaciones de creer que se arrepiente de un ensayo de libertad tan peligroso y que echa de menos el estado inferior, la seguridad de la vida común. El polípero produjo la medusa, y ésta hace el polípero volviendo á la asociación. Mas esa vida vegetativa es tan engorrosa, que á la siguiente generación vuelve á emanciparse y lánzase otra vez al acaso de su inútil navegación. Extraña alternativa, en la que flota eternamente. Movible, sueña con el reposo; inerte, se desvive por moverse.
Estas metamorfosis tan originales, que subsecuentemente elevan y rebajan al ser indeciso, haciéndolo alternar entre dos vidas tan distintas, es, con toda verosimilitud, condición de las especies inferiores, de las medusas que todavía no han podido penetrar en la carrera irrevocable de la emancipación. Por lo que toca á los demás, fácil sería creer que sus deliciosas variedades marcan progresos interiores de vida, grados de desarrollo, los juegos, las gracias y las sonrisas de la nueva libertad. Esta, admirable artista, sobre el sencillo tema de disco ó umbrela que flota, cual tenue araña de cristal que relumbra á los rayos del sol, ha formado una creación infinita de lindas variantes, un diluvio de pequeñas maravillas.
Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verde espejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coquetería infantil que sólo ellas poseen, han preocupado á los hombres científicos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir á las reinas de la Historia y á las diosas de la Mitología. Esta es la ondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondas constituye otra onda; aquélla la pequeña Oritia, esposa de Eolo, que, al soplo de su compañero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenas afirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuencia enlaza por debajo; más allá, Dionea, la llorona, parece una copa de alabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, espléndidas lágrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadas y perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecían rendidas de sueño, de languidez.
En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las noches borrascosas, la medusa desempeña un papel aparte. Sumida como tantos otros seres en el fósforo eléctrico de que están penetrados todos, lo devuelve á su modo con una gracia personal.
¡Cuán sombría es la noche en el mar si no lo alumbra ese fósforo! ¡Qué vastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura; se reconoce uno á la variedad de los objetos que toca ó cuyas formas se presienten y que aparecen como una señal. Mas, la dilatada noche marítima, ¡una negrura infinita! ¡Nada, siempre nada!... ¡Mil peligros posibles, desconocidos!
Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasiona no poca alegría cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre á lo lejos una tenue cinta de fuego. ¿Qué significa aquello? Lo hemos visto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, por ejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormes estelas viscosas que dejan tras de sí, aún es más luminoso. Ese brillo no es de ningún modo privilegio de la muerte. ¿Acaso será efecto del calor? No, existe en los dos polos, en los mares Antárticos y en los de la Siberia así como en nuestros mares y en todos.
Es la electricidad común que despiden en tiempo borracoso esas aguas semi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductores inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolo con largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo de las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen circular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande, según su naturaleza. Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusorios forman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándose por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos de luces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balas rojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por el color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita, trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis tienen cierta regularidad que indicaría una función natural, la contracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.
Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en una grande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas). Los bíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el fósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación que origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados, sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á su turno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el mar aquella bacanal de fuego.
Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces. Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida como la de nuestras medusas. ¿Es sólo puro efecto físico, como el que hace serpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración, como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entre tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana ó inconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la Oceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombría lámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores que, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y cierto misterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sus secretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O acaso debemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible que nunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dicha de amor, único consuelo que en este mundo nos queda?
Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la señal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su morada y se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Se ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia fecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cada destello se escapa y disminuye.
Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no hay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y vida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.
El picapedrero.
Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míseras tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de todas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia, como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase: «¡Procuradnos el sueño!»
Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á la madre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con la seguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniosos esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de que los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por el instinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.
Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al contrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistema nervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. El dolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco la previsión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer también sirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos. Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta, después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto? El severo, el muy verídico Blainville. (Moll., p. 181).
Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto con tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se arrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos los obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros; convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á su contacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gran sensibilidad.
A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo, ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres y les obliga á subir.
Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayan apurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior, todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por contraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así se constituye el progreso por una como oscilación entre las cualidades contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.
Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de su grandeza, mas por el cual serán conocidas:
Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad naciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho una cabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobre criatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, por el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente y resguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (lo quiero), ¡que viva!»
Desde el momento que aparecieron esos tímidos, se echaron en brazos de la prudencia hasta un límite desconocido; huyeron de la luz del día, encerráronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes de la piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de su muda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatándose á la par que se dilata su carrera. Mísero expediente que mantiene á esos menores (los taretos) alejados de la luz y del aire libre, causándoles un dispendio enorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible, el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina para vivir, sólo puede vegetar, y es incapaz de progreso.
No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en la arena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es lo que practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos veces al día y de constante inquietud.
Entre seres mucho más inferiores había empezado á despuntar cierta cosa, obscura todavía, y que á la larga debía cambiar la faz del Universo. Las simples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenían cierto sustentáculo, algo como una armazón de piezas articuladas, algunas espinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden á voluntad. Un animal asaz modesto, aunque tímido y serio, hase aprovechado, al parecer de tan grosero bosquejo. Opino que ha hablado de esta suerte á la Naturaleza:
«Nací sin ambición: no pido, pues, los brillantes dones de los señores moluscos; no fabricaré ni nácar ni perla; no quiero colores vivos, lujo que atraería sobre mí las miradas de los demás. Menos deseo la gracia de vuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellos inflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan á naufragar. ¡Oh madre! sólo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apéndices externos y comprometedores—ser rechoncho, fuerte en mí mismo, redondo, pues es la forma más á propósito para podernos librar de las garras de los demás,—el ser, en fin, centralizado.
»Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea á la baja mar, bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca, resolveré allí el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debe buscar en vano, el problema de la seguridad:excluir estrictamente el enemigo, al paso que recibimos al amigo, sobre todo el agua, el aire y la luz. No ignoro que esto me costará no poco trabajo, un esfuerzo constante; cubierto de espinas movibles, me haré temer. Erizado, solo como un misántropo, llamaráseme elesquino.»
¡Cuan superior á los pólipos es ese discreto animal, los cuales pegados en su propia piedra que forman de pura secreción, sin trabajo real, carecen, no obstante, de seguridad! ¡Y cuán superior parece á sus mismos superiores, esto es, á tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son más variados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, de su perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dicho trabajo ha inventado!
Lo maravilloso es que, siendo á la vez él mismo, la pobre bola rodadera que se supone una castaña espinosa,es uno y es múltiple; es fijo y es movible; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan á voluntad.
Veamos cómo se creó.
Erase un angosto ancón del mar de Bretaña. No tenía allí un blando lecho de pólipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que están dispensados de industria. Encontrábase frente á frente del peligro, de las dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, traído por el oleaje, prueba de agarrarse á las rocas con sus uñas ensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeño Ulises sinónimo de una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo le hizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso creó una ventosa, la cual hizo el vacío y lo unió á la roca misma.
La cosa no paró aquí: de sus espinas que escarbaban y querían agarrarse, se subdividió una, convirtiéndose en triple pinza, verdadera áncora de salvación que secundaría á la ventosa si ésta se aplicaba mal á una superficie poco lisa.
Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintióse afirmado, comprendiendo más y más cada vez, que era ventajosísimo para él si, de convexa que aquélla era, llegaba á trocarla en cóncava, fabricando á su medida un agujerito, haciéndose un nido, pues la juventud pasa y nos abandonan las fuerzas. ¡Qué dulzura si algún día el jubilado esquino podía desprenderse un tanto del esfuerzo de aquella áncora que prosigue día y noche!
Así pues, empezó á cavar: ésta es su existencia. Fabricado de piezas sueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre á un tiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.
Este pico, con cinco dientes del más precioso esmalte, está sostenido por una armazón delicada, aunque muy sólida, formada de cuarenta piezas, las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; en fin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan los choques violentos; más aún, repáranse si sobreviene algún accidente.
Ese héroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra común que desprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto más dura y resistente es la roca, más firme se halla. Por otra parte, ¿quién le apura? El tiempo le sobra, es dueño de los siglos. Si mañana fenece, después de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, y prosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco en vida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el joven que sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas de su antecesor bendiciendo su memoria.
No creáis que se trate de golpear y sólo golpear. Su trabajo es un arte. Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca y excavándola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, y desarraiga el sílex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadas huelgas para que el agua obre también en los sitios descarnados. Entonces, de la primera capa puede pasarse á la segunda, y por medio de procedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.
En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la del obrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal ó cual roca se caldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, una de estío y otra de invierno.
Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostenta púas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en tales momentos. Las débiles y movibles varillas que juegan, se adelantan y retroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto la secreción á su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sin duda, constituye un colchón. Por fin, es preciso; se lanza, se afirma sobre sus púas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel de Diógenes y, como puede, llega á puerto.
Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño nido que casi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí mismo, en su regocijo solitario de seguridad benéfica. Que ronden mil enemigos por afuera, que las olas truenen ó mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla la roca á los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer, que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrase mecido, le vence el sueño y dícela:Buenas noches.