VIII

Conchas, nácar, perla.

El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si se quiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables en caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente á la roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerte que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda comparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.

Es el esquino laúltima palabrade los seres circulares y radiantes: él representa su triunfo, su más completo desarrollo. Pocas variantes tiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan sencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina el primer mundo.

La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, su equilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todo ser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra (mejor que la unidad) launión.

La obra maestra del esquino fué más allá del objeto propuesto: el milagro de la defensa había hecho un prisionero; no tan sólo se encerró, sino que se amortajó, abrióse una sepultura. Su perfección de aislamiento habíalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relación que inicia el progreso.

Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender mucho, hasta el embrión elemental, que al principio no tendrá más movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la tierra, describiendo su doble rueda, su rotación sobre sí mismo y su rotación general.

Y aun emancipado del huevo, creciendo, haciéndose adulto, permanecerá embrión; es su nombre,muelle ó molusco. Representará en vago bosquejo el progreso de las vidas superiores: será su feto, la larva ó ninfa, como la del insecto, en el cual, encogidos ó invisibles, se encuentran, sin embargo, los órganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.

Estoy temblando por un ser tan débil. El pólipo, aunque tan blando como él, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus partes, la herida, la mutilación, no le mataban: vivía y aun parece olvidaba la porción destruida. La vulnerabilidad del molusco centralizado es otra cosa. ¡Qué puerta se abre á la muerte!

El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones casualmente podía ser su salvación, apenas lo tiene el molusco, á lo menos al principio. Lo único que se le concede es poder con su muda, con la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de sacar de sí propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera y frágil: los que flotan la llevan transparente. A aquéllos que quieren pegarse elmucushilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que engaña á las madréporas, quienes la toman por una isla, edifican encima, envuélvenla y acaban por asfixiarla.

Vida pasiva, vida inmóvil, no alterándola más suceso que la visita periódica del sol y de la luz, ni tiene otra acción que absorber lo que llega y secretar la gelatina que fabricó la casa y paulatinamente construirá el resto. La atracción de la luz siempre en un mismo sentido centraliza la vista: he aquí el ojo. La secreción, fija en un esfuerzo siempre uniforme, hace un apéndice, un órgano que ha poco era el cable, y más tarde conviértese en pie, masa informe, inarticulada, que puede presentarse á todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el punzón de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por último el pie de los trepadores, un pie contráctil poco á poco, que les permite arrastrarse. Algunos, se aventurarán á blandirlo como un arco para saltar torpemente.

Pobre rebaño, muy expuesto, perseguido por todas las tribus, flagelado por las olas y molido por las rocas. Los que no consiguen fabricarse una casa buscan por frágil cabaña un lecho vivo, pidiendo abrigo á los pólipos, perdiéndose entre la blandura de los alciones flotantes. La avícula productora de la perla busca algún reposo en la copa de las esponjas; la frágil ostra pena sólo se aventura entre la hierba cenagosa; el folado anida en la piedra, vuelve á empezar las artes del esquino, mas ¡en qué grado tan inferior! En vez del admirable cincel que envidiaría el más hábil picapedrero, sólo posee una escofinita, y para abrir una morada á su frágil concha gasta esta misma concha.

Con muy raras excepciones, el molusco es el ser tímido que sabe sirve de pasto á todo el mundo. El conoce tan bien que se le acecha, que no se atreve á salir de su morada, y muere allí temeroso de la muerte: la voluta, la porcelana, arrastran lentamente sus lindas habitaciones, escondiéndolas cuanto pueden; el casco sólo posee para mover su palacio un piecico chinesco, de suerte que casi renuncia á andar.

Tal vida tal habitación. En ningún otro género encuéntrase identidad entre el habitante y su nido; mas siendo aquí extraído de su substancia, el edificio es la continuación de su manto de carne, cuyas formas y tintas adapta. Debajo del edificio, el arquitecto es por sí propio la piedra viva.

Arte asaz sencillo para los sedentarios. La ostra inerte, que el mar se cuidará de sustentar, sólo desea una buena caja para carne, que se entreabra un poco cuando el anacoreta necesita comer, la cual cierra bruscamente si teme ser á su vez pasto de algún ávido vecino.

El asunto es más complicado para el molusco viajante, que dice para sí: «Tengo un pie, un órgano para andar; por lo tanto andar debo.» Mas, no puede abandonar su preciada casita y recogerse en ella á voluntad, siéndole de absoluta necesidad cuando anda. Entonces se verá atacado. Preciso es, pues, que abrigue á lo menos la parte más delicada de su ser, el árbol por donde respira y que extrae la vida por medio de sus raicitas, sustentándolo y reparando sus fuerzas. La cabeza no tiene tanta importancia, muchos la pierden impunemente; mas, si las visceras no estuviesen protegidas de continuo por su escudo natural, si fuesen heridas, el molusco moriría.

De modo que, prudente, acorazado, trata de prolongar su existencia cuanto puede. Terminado su trabajo diurno, ¿estará seguro de noche en un sitio abierto por todos lados? ¿Los indiscretos no fijarán en él su mirada escudriñadora? ¡Quién sabe! Tal vez hinquen el diente en sus carnes... El ermitaño reflexiona y emplea toda su industria para que así no suceda; mas, sólo puede valerse de su pie, útil para todo. De ese pie, con el que intenta cerrar la entrada de su casa, se despliega á lo largo un apéndice resistente que hace las veces de puerta. Colócalo en la abertura y helo ahí encerrado dentro de su morada.

Con todo, la dificultad permanente, la contradicción que se observa en su naturaleza es, que al paso que debe quedar resguardado necesita estar en relación con el mundo exterior, pues no puede aislarse como el esquino. Sus educadores, el aire y la luz, son los únicos capaces de dar consistencia á un cuerpo tan blando, ayudarle en la formación de los órganos; empero necesita adquirir sentidos, el oído, el olor, guía para el ciego, la vista, y, sobre todo, necesita respirar.

¡Grande é imperiosísima función! Nadie se acuerda de ella cuando se practica con facilidad; mas, si se detiene un instante, ¡qué terrible desorden! Si nuestro pulmón se infarta, si la laringe se embaraza tan sólo en el transcurso de una noche, la agitación, las angustias son extremas, no pueden soportarse, soliendo acontecer que, sin cuidarnos del peligro á que nos exponemos, mandamos abrir todas las ventanas de nuestra casa. Nadie ignora que en las personas asmáticas es tan grande ese tormento, que no pudiendo valerse del órgano natural, se crean un medio suplementario de respiración.—¡Aire!, ¡aire!, ¡ó la muerte!

La Naturaleza así hostigada es terriblemente inventora; por lo tanto, no debe sorprendernos si aquellos pobres encarcelados, ahogándose bajo el techo de su casita han hallado mil aparejos, mil géneros de válvulas que les alivian un tanto. Los unos respiran por unas laminillas que corren alrededor de su pie, otros por una especie de peine: los hay que por un disco, un broquel; otros por hilitos prolongados. Algunos poseen al costado lindos penachos ó sobre el lomo un gracioso arbolillo que se mueve, adelanta, retrocede, respira.

Tan sensibles órganos y que tanto esmero ponen en no ser heridos, afectan formas encantadoras; diríase que quieren agradar, enternecer, y piden perdón. En su inocencia desempeñan todos los papeles de la Naturaleza y toman mil variadas formas y colores. Esos pequeños hijos del mar, los moluscos, festéjanlo eternamente y son su adorno merced á su gracia infantil y á su riqueza de matices. En medio de su austeridad, el terrible elemento no puede menos de sonreirse al contemplar sus gracias naturales.

Además, la vida tímida está llena de melancolía. No es dado creer que no sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (haliótido), con su severa reclusión. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se atreve. «¿Quién te lo impide?—Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo á que me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India, hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se me exporta á toneladas.»

No atreviéndose á salir la infortunada, ha encontrado un medio sutil para que llegue hasta ella el aire y el agua. Fabrica en su casa pequeñísimas ventanas que conducen á sus pulmoncitos. No obstante, el hambre oblígala á aventurarse: al anochecer se encarama un poco por la vecindad y pasta alguna planta, su único sustento.

Observaremos como de paso que esas maravillosas conchas, no sólo el haliótodo, sino también laviuda(blanca y negra),boca de oro(nácar dorado), son pobres herbívoras muy sobrias en el comer.—Viva refutación de los que en el día creen ser la belleza hija de la muerte, de la sangre, del asesinato, de una brutal acumulación de sustancia.

Esas conchas necesitan muy poca cosa para vivir. Su principal alimento consiste en la luz que beben, que las penetra y con la que colorean é irisan el interior de su vivienda, escondiendo asimismo el amor solitario en aquella mansión. Todas son dobles: en cada una de ellas hay amada y amante. Así como los palacios orientales sólo presentan en el exterior muros descarnados, disimulando sus maravillas internas, aquí lo de afuera es rudo y el interior deslumbra. El himeneo se produce al resplandor de un pequeño mar de nácar que, multiplicando sus espejos, da á la habitación, cerrada y todo, el encanto de un crepúsculo hechicero y misterioso.

Gran consuelo es poseer, si no el sol, á lo menos una luna propia, un paraíso de suaves matices, que, cambiando siempre sin cambiar, da á esa vida inmóvil la poca variedad que necesitan todos los seres.

Los niños empleados en las minas piden á los curiosos que las visitan, no víveres ni dinero, sino «algo con que producir la luz.» Otro tanto acontece con esos niños, nuestros aliótidos. Diariamente, aunque ciegos, sienten venir la luz, ábrense con avidez, recíbenla, contémplanla con su cuerpo transparente, y cuando ha desaparecido, la conservan y la cobijan con su amoroso pensamiento. La aguardan, la acechan, constituyendo esa espera una de sus más inefables delicias. ¿Quién es capaz de dudar que á su vuelta no sientan como nosotros el arrobamiento del despertar, y con más fuerza, distraídos como estamos por la vida, tan múltiple y variada?

Para aquellos seres, la eternidad transcurre en sentir y adivinar, en soñar y echar de menos al gran amante: el Sol. Sin verlo como nosotros, no dejan de notar que ese calor, esa gloria luminosa les viene de afuera, de un gran centro poderoso y suave. Y los pobres aman ese otro Yo, ese gran Yo que les acaricia, les ilumina de gozo, inúndales de vida. No cabe duda que si pudieran se ostentarían á la luz de sus rayos. Siquiera, pegados á su mansión, como brahman meditando á la puerta de la pagoda, ofrécenle silenciosamente... ¿qué? la felicidad que da, y ese suave movimiento hacia él.—Flor primera del culto instintivo. Amar y orar es pronunciar la palabrita que un santo preferiría á cualquiera otra oración, el «¡Oh!» con que se contenta el cielo. Cuando el indio pronúnciale al despuntar la aurora, sabe que ese mundo inocente, nácar, perlas, humildes conchas, hace coro con él desde el fondo de los mares.

Comprendo perfectamente que en presencia de la perla, el alma ignorante y encantadora de la mujer, sueñe y se conmueva sin saber por qué. Dicha perla no es ni persona ni cosa: hay en ella todo un mundo de conjeturas.

¡Qué blancura tan admirable! (candor quise decir); ¿virginal? No: mucho mejor que eso. Las vírgenes y las niñas, por dulces que sean, tienen poco más ó menos lo que podemos llamar elverdor de la juventud, mientras que el candor de nuestra perla aseméjase más bien al de la inocente desposada, tan pura, aunque sumisa al amor.

No tiene la menor ambición de brillar, suavizando, y apagando casi sus matices. A primera vista no se observa más que un blanco mate, y sólo al contemplarla de nuevo se empieza á descubrir su iris misterioso, y, como se dice,su oriente.

¿Dónde vivió? Preguntádselo al profundo Océano. ¿De qué vivió? Que responda el Sol. Vivió de luz y de amor de la luz, cual si hubiese sido un espíritu puro.

¡Gran misterio! Mas, ella misma bastante lo da á comprender. Presiéntese que tan caro ser ha vivido largo tiempo inmóvil, resignado, en la quietud que haceesperar,esperando, y nada hace ni quiere sino lo que apetece el ser amado.

El hijo del mar había puesto toda su dicha en la concha, ésta en el nácar, el nácar en su perla, que no es otra cosa que el mismo nácar concentrado.

Empero esa concentración sólo se alcanza (dícese) por medio de una herida, de un sufrimiento permanente, de un dolor cuasi eterno, que atrae, absorbe todo el ser, aniquila su vida vulgar en esa poesía divina.

He oído decir que las verdaderas damas de Oriente y del Norte, mucho más delicadas que las palurdas cubiertas de riquezas, evitaban el contacto abrasador del diamante, no permitiendo que tocara su fino cutis más que la suave perla.

Realmente, el brillo del diamante perjudica al resplandor del amor. Un collar, dos brazaletes de perlas, es la armonía de una mujer,[1]el verdadero adorno femenino, que en vez de divertir, conmueve, enternece á la ternura. Ello dice: «¡Amemos! ¡Silencio!»

La perla parece enamorada de la mujer y ésta de aquélla. Las citadas damas del Norte, cuando se las han puesto una vez ya no las abandonan, llevándolas día y noche escondidas bajo sus ropas. En ocasiones solemnes, á través de las ricas pieles forradas de raso blanco, se transparenta la joya afortunada, el inseparable collar.

Es como la túnica de seda que la odalisca viste interiormente y á la que tiene tanto apego, no dejándola hasta que está usada, rota y completamente fuera de combate, sabiendo como sabe que es un talismán, el aguijón infatigable del amor.

Otro tanto acontece con la perla: como la seda, se impregna de lo más íntimo y bebe la vida. Una fuerza desconocida transmítese á ella, la virtud de la amada. Cuando ha reposado tantas noches sobre su seno, respirando su calor; cuando ha adquirido el aroma de su piel y los blondos tintes que hacen delirar el corazón, la joya ya no es joya, sino una parte integrante de la persona que no debe contemplarla con ojos indiferentes. Sólo un ser tiene derecho á conocerla y sorprender á través de aquel collar los misterios de la mujer querida.

El ladrón de los mares (pulpo, etc.)

Las medusas y los moluscos han sido, por lo general, inocentes criaturas, podríamos decir muchachos, y yo he vivido con ellos en un mundo apacible. Hasta ahora hemos visto pocos carnívoros. Aun aquéllos obligados á vivir así, sólo destruían para sus imprescindibles necesidades, y la mayor parte vivían á expensas de la vida apenas comenzada, de átomos, de jalea animal, inorgánica. Por lo tanto no se conocía el dolor; no había crueldad ni cólera en ellos. Sus almitas tan suaves, no dejaban de tener un rayo, la aspiración hacia la luz, hacia la que nos llegaba del cielo y hacia la del amor, revelada en llama cambiante que de noche es el encanto de los mares.

Ahora tengo necesidad de penetrar en un mundo mucho más sombrío: la guerra, el asesinato. Debo confesar que, desde el principio, desde la aparición de la vida, apareció la muerte violenta, depuración rápida, útil purificación, pero cruel, de cuanto languidecía, se arrastraba ó hubiera languidecido, de la creación lenta y débil, cuya fecundidad habría llenado el globo.

En los terrenos más antiguos se encuentran dos animales homicidas, elTragóny elChupador. El primero se nos revela por medio de la huella del trilobito, especie que se ha perdido, destructor extinto de los seres extintos también. El segundo subsiste en un resto horroroso, un pico casi de dos pies de longitud que fué el del gran chupador, sepia ó pulpo (Dujardin). A juzgar por el pico, si el monstruo guardaba proporción con él, debió tener un tronco enorme, brazos-chupones espantosos, tal vez de veinte ó treinta pies de largo, como una prodigiosa araña.

¡Cosa trágica! Esos seres de la muerte son los primeros que se hallan en el centro de la tierra. ¿Indicaría esto que la muerte haya podido preceder á la vida? No, mas los animales blandos que alimentaron á aquéllos se han evaporado sin dejar traza ni huella alguna.

¿Los comedores y los comidos eran, acaso, dos naciones de origen distinto? Lo contrario es lo más probable. Del molusco, forma indecisa, materia apta aún para todo, la fuerza superabundante del joven, su rica plétora, prodigando la alimentación, debió en un principio, desprender dos formas contrarias en la apariencia, pero que llevaban un mismo fin. Hinchó, sopló desmesuradamente el molusco en un globo, en una vejiga absorbente, que, hinchado más y más y cada vez más hambriento (aunque sin dientes al principio), chupó. Por otro lado, la misma fuerza, desarrollando el molusco en miembros articulados, que cada uno de ellos fabricó su concha, endureciendo ese ser encostrado, le dió consistencia, sobre todo en las pinzas y en las mandíbulas, para morder y triturar los objetos más duros.

En este capítulo sólo hablaremos del primero.

El chupador del mundo blando, gelatinoso, lo es él mismo. Haciendo la guerra á los moluscos, mantiénese también molusco, es decir, constantemente embrionario y ofrece el extraño aspecto, ridículo y caricaturesco, sí no fuera terrible, del embrión que va á la guerra de un feto cruel, furioso, blando, transparente pero delicado y cuyo soplo es mortal. No sólo pelea por su alimento, sino porque tiene necesidad de destruir: una vez saciado, y harto hasta reventar, todavía destruye. Aunque carece de armadura defensiva, no por eso es menos inquieto bajo su resoplido amenazador; su seguridad consiste en atacar. Todo ser se convierte para él en enemigo, lanzándole al acaso sus largos brazos, mejor dicho, sus látigos armados de ventosas. Arrójale también antes de entablar la lucha, sus efluvios paralizadores, entorpecedores, un magnetismo que hace innecesario el combate.

Su fuerza es doble. Al poder mecánico de sus brazos-ventosas que enlazan, inmovilizan, añadid la fuerza mágica de ese rayo misterioso; añadid un oído muy fino y el ojo avizor. Miedo cerval se apodera de nosotros al pensar en él.

¿Qué eran esos monstruos de corteza elástica y que tanto daba de sí cuando la riqueza desbordante del mundo primitivo, donde no debían cuidarse de buscar nada, sumidos como estaban siempre en un mar vivo de alimentos, los hinchaban indefinidamente? De entonces acá han decrecido. Sin embargo, Rang atestigua haber visto uno del tamaño de un tonel, y Perón encontró otro de iguales dimensiones en el mar del Sur, que rodaba, roncaba, entre el oleaje con grande estrépito. Sus brazos, de seis ó siete pies de longitud, se desplegaban en todas direcciones, simulando una furiosa pantomima de horribles serpientes.

Ateniéndonos á esos relatos de hombres dignos de crédito, me parece que no ha debido rechazarse con irrisión el de Dionisio de Monforte, que atestigua haber visto un enorme pulpo azotar con sus látigos eléctricos, estrujar, asfixiar á un dogo á pesar de los mordíscos con que éste se defendía, de sus esfuerzos, de sus aullidos de dolor.

El pulpo, máquina terrible, puede, lo mismo que la de vapor, cargarse, sobrecargarse de fuerza, adquiriendo entonces una potencia incalculable de elasticidad, un arranque impetuoso, hasta el punto de lanzarse sobre un buque (d'Orbigny, artículoCéphal). Con esto queda explicada la maravilla que valió el dictado de embusteros á los antiguos navegantes. Según éstos, habíanse encontrado con un pulpo gigantesco que, arrojándose sobre el combés, abrazó con sus prodigiosos brazos los mástiles y el cordaje, é hiciera presa de la embarcación devorando á cuantos la tripulaban, si éstos no hubiesen cercenado aquellos miembros á hachazos. Mutilado, volvió á caer al mar.

No faltó entre ellos quien le viera brazos de sesenta pies de largo. Otros sostenían haber divisado en los mares del Norte una isla movible de media legua de ruedo, que sería un pulpo, el espantoso kraken, el monstruo de los monstruos, capaz de envolver y tragarse una ballena de cien pies de longitud.

Esos monstruos, caso que hayan existido, habrían puesto en peligro á la Naturaleza misma, chupándose el globo. Empero, por una parte, las aves gigantes (tal vez elepiornis) pudieron hacerles la guerra, y por otra la tierra, mejor regulada, debió debilitar, deshinchar la horrenda quimera reduciendo al gigante comestible, disminuyendo la alimentación.

A Dios gracias, los pulpos de nuestros días no son tan temibles. Sus elegantes especies, tales como el argonauta, gracioso nadador en su ondulada concha, el calamar, buen navegante, la linda sepia de ojos de azur, se pasean por el Océano y sólo atacan á los seres más pequeños.

En ellos se transparenta una idea, una sombra del futuro aparato vertebral (el hueso de sepia que se concede á los pájaros), resplandeciendo su piel con vistosos colores que cambian á cada momento. Pudiera llamárseles con propiedad los camaleones del mar. La sepia tiene el exquisito perfume, el ámbar gris, que sólo se encuentra en la ballena como residuo de las innumerables sepias que absorbe. Los marsuinos hacen también gran carnicería entre ellas. Las sepias son sociables y van á bandadas, y en el mes de mayo dirígense todas á la playa para depositar unos racimos que constituyen sus huevas: allí las aguardan los marsuinos, que se regalan con aquel manjar. Estos señores son tan delicados que sólo se comen la cabeza, sus ocho brazos, trozo tierno y de fácil digestión, rechazando lo más duro del animal, la parte trasera. Toda la playa (como por ejemplo en Royan) vese cubierta de esas miserables sepias así mutiladas. Los marsuinos celebran su festín dando saltos descompasados, primero para intimidarlas y luego para cazarlas: por fin, terminada la comida, entréganse á saludables ejercicios gimnásticos.

La sepia, á pesar del aire singular que le da su pico, no deja de excitar cierto interés. Todos los matices del más variado arco-iris se suceden y desaparecen sobre su transparente piel, según los juegos de la luz y el movimiento de la respiración. Moribunda, os mira todavía con su ojo azur, descubriendo las postreras emociones de la vida por medio de fugitivos resplandores que suben del fondo á la superficie, apareciendo momentáneamente para desaparecer en seguida.

La decadencia general de esta clase, que tan enorme importancia tuvo en las primitivas edades, es menos notable entre los navegantes (sepias, etc.), y más visible en el pulpo propiamente llamado, triste habitador de nuestras costas. Este no cuenta para navegar con la firmeza de la sepia, edificada sobre un hueso interno; tampoco tiene como el argonauta, un exterior resistente, una concha que preserve los órganos más vulnerables, careciendo asimismo de la especie de vela que secunda la navegación y dispensa de remar. Barbota un poco por la orilla, ó, á lo sumo, puede comparársele al barco costeño que sigue la tierra. Su inferioridad le da hábitos de pérfida astucia, de emboscada, de tímida audacia, si vale expresarse así. Hácese el disimulado, se mantiene quieto en las hendeduras de las rocas. Cuando ha pasado la presa, al instante le lanza su latigazo. Los débiles quiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádogarras. El hombre, al sentirse golpeado de esta suerte mientras nada, no puede atemorizarse de luchar con tan despreciable enemigo: á pesar de su repugnancia, preciso es que lo agarre y (cosa muy fácil) lo vuelva del revés como un guante. Entonces se rinde y perece.

Nos sentimos contrariados, irritados de haber, siquiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádonos ante ser tan baladí.—Hácese preciso decir á ese guerrero que llega soplando, roncando, echando pestes: «Valiente de mentirijillas, nada encierras dentro de ti: eres más bien máscara que ser: sin base, sin fijeza de la personalidad hasta el presente sólo posees el orgullo. Tú roncas, máquina de vapor, tú roncas y sólo eres una bolsa y al revés, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada, globo desgarrado, y mañana una cosa sin nombre, un poco de agua de mar disipada.»

Crustáceos.—La guerra y la intriga.

Si, después de haber contemplado nuestra rica colección de armaduras de la Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro con que se tapujaban nuestros caballeros, nos encaminamos al Museo de Historia Natural para ver las armaduras de los crustáceos, nos causa lástima el arte del hombre. Las primeras son un carnaval de disfraces ridículos, que estorbaban y mortificaban, sirviendo sólo para ahogar á los guerreros y hacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las armas de los terribles decápodos, son de tal suerte horrorosas que, si tuvieran la altura del hombre, nadie podría mirarlas sin desvío: los más valientes se sentirían turbados, magnetizados de terror.

Allí se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible arsenal ofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza, sólidas pinzas, lanzas aceradas, mandíbulas capaces de partir el hierro, corazas erizadas de dardos, que basta que os abracen para causaros mil heridas. Es de agradecer á la Naturaleza que los ha creado de ese tamaño, pues á ser más grandes, ¿quién hubiera podido luchar con ellos? Ninguna arma de fuego traspasaría su cuerpo. A su presencia, huiría el elefante, el tigre se encaramaría á los árboles, y el rinoceronte, á pesar de lo consistente de su piel, no estaría en salvo.

Presiéntese que el agente interior, el motor de esta máquina, centralizado en su forma (casi siempre circular), sólo por aquello usó de enorme fuerza. La esbelta elegancia del hombre, su forma longitudinal, dividida en tres partes con cuatro grandes apéndices, divergentes, alejados del centro, lo convierten, por más que se diga, en un ser muy débil. En aquellas armaduras de caballeros los grandes brazos telegráficos, las pesadas piernas colgantes, causan la triste impresión de un ser descentralizado, impotente y vacilante, que un ligero choque bastaba á derribar. En el crustáceo, por el contrario, los apéndices están tan cercanos y unidos á la masa rechoncha, tupida, que el más pequeño golpe que asesta lleva el empuje de todo el cuerpo. Cuando el animal pincha, muerde ó destroza, hácelo con todo su ser, que aun al extremo de su arma conserva completa energía vital.

Tiene dos cerebros (la cabeza y el tronco); empero para tupirse, para obtener tan terrible centralización, el animal ha tomado su partido, esto es, pasarse de cuello metiendo su cabeza en el abdomen. Simplificación maravillosa. Esa cabeza une los ojos, los palpos, las pinzas y las mandíbulas. Desde el momento que su ojo penetrante ha divisado, los palpos palpan, las pinzas aprietan, las quijadas rompen, y en seguida, sin intermediario, el estómago, que en sí encierra una máquina para triturar, desmenuza y disuelve. En un momento todo ha concluido, la presa desaparece y es digerida.

En ser semejante todo es superior.

Ven los ojos por delante y por detrás. Convexos, externos, á facetas, son aptos para abarcar una gran parte del horizonte.

Los palpos ó antenas, órganos de ensayo, de prevención, de triple experimento, tienen el tacto en sus extremidades, y en la base el oído y el olfato. Ventaja inmensa de que estamos privados nosotros. ¿Qué sucedería si la mano humana oliera, oyese? ¡Cuan rápida y simultánea sería nuestra observación! Dispersa entre tres sentidos que trabajan separadamente, la impresión, con frecuencia, es inexacta ó se desvanece.

De los diez pies que tiene el decápodo, seis son manos, tenazas, y además, por su extremidad, órganos de respiración. El guerrero se zafa aquí por un expediente revolucionario del problema que tanto ha embarazado al pobre molusco. «Respirar á pesar de la concha.» A lo que contesta: «Respiraré por el pie, por la mano. El punto débil por do pudiera ser habido, lo coloco en el arma de guerra. ¡Que vengan, pues, á atacarme por ahí!»

El no teme otro enemigo que las borrascas y las rocas. Pocos son los que viajan en alta mar y pocos en el fondo: casi siempre se mantienen en la orilla acechando alguna presa. A menudo, mientras están aguardando que bostece la ostra para almorzársela, el mar se hincha, apodérase de ellos, se los lleva rodando. En este momento el peligro está en su armadura: sólida, sin elasticidad, recibe todos los golpes en seco, rudamente. Sus puntas aplástanse en las asperosidades de las rocas, estréllanse, se rompen, saliendo mutiladas de aquel combate. Afortunadamente, al igual del esquino pueden repararse, substituir el miembro roto con otro miembro suplementario. Y á tal punto confían en esto, que cuando se les aprisiona rómpense un miembro voluntariamente para adquirir la libertad.

Parece que la Naturaleza favorece de un modo especial á tan útiles servidores. Contra su infinito fecundo, posee en los crustáceos un infinito de absorción. Vense en todas partes, en todas las costas, tan variados como el mar. Sus buitres groenlandios, sus gaviotas, comparten con los crustáceos la función esencial de agentes de la salubridad. Si encalla un animal grande, al instante el ave por encima y el cangrejo por debajo y en el interior, trabajan para que desaparezca.

El cangrejo ínfimo y saltón que tomaríamos por un insecto (talitro) ocupa las playas arenosas, habitando debajo. Cuando un naufragio arroja cantidad de medusas ú otros cuerpos, veréis ondular la arena, moverse, cubriéndose en seguida de nubes de esos sepultureros bailadores, que hormigueando, dando brincos, limpian alegremente la playa, esforzándose para dejarlo todo barrido entre dos mareas.

Grandes, robustos, astutos hasta lo sumo, los cangrejos ó gámbaros constituyen un pueblo de combate, siendo tal su instinto guerrero, que hasta saben valerse del ruido para atemorizar á sus enemigos. En actitud amenazadora encamínanse al combate, levantadas sus tenazas y haciendo resonar sus pinzas. Y con todo, no dejan de ser circunspectos ante fuerzas superiores. Veíalos yo durante la baja mar de lo alto de una roca, y á pesar de encontrarme muy elevado, al observar que los miraba, la asamblea emprendía su retirada, corriendo de través los guerreros y metiéndose en un instante cada cual en su garita. Ellos no son ningunos Aquiles sino más bien Aníbales. Sólo atacan cuando se sienten fuertes, devorando á vivos y muertos. El hombre herido no debe fiarse de aquellos roedores. Cuéntase que en una isla desierta se comieron á varios de los marineros que llevaba Drake, los cuales se vieron asaltados, vencidos por sus bullidoras legiones.

Ningún ser viviente puede vencerlos con armas iguales. El pulpo gigantesco que ahoga al más pequeño crustáceo, peligra dejar sus tentáculos entre las garras del cangrejo, y el pez más glotón titubea antes de engullirse un ser tan espinoso.

Desde que crece el crustáceo es el tirano, la pesadilla de los dos elementos. Su inabordable armadura encuéntrase dispuesta para todo ataque. Multiplicaríanse hasta lo increíble, destruirían el equilibrio de los seres, si no fuese su propia armadura su estorbo y su peligro. Fija y dura, no prestándose á las alternativas de la vida, es para el cangrejo una cárcel.

Para abrirse al través de aquel muro el paso de la respiración, tuvo que colocar la puerta en un miembro casual que pierde con frecuencia: la pata. Y para dar lugar al crecimiento, á la extensión progresiva de sus órganos interiores, necesita (cosa peligrosísima) que la coraza, reblandecida por momentos y fofa, no sea más que piel; y sólo admite este cambio desnudándose, pelándose, rechazando una porción de la misma. Muda completa. Los ojos, las branquias, que desempeñan las funciones de los pulmones, la sufren como el resto.

Es un espectáculo bien curioso el que ofrece el cangrejo volteándose, agitándose, atormentándose para arrancarse su mismo ser: la operación es tan violenta que, á veces, se le rompen sus patas, quedando sin fuerzas, débil, muelle.

En dos ó tres días, reaparece el calizo y constituye la coraza de la piel. El cangrejo no sale librado á tan poca costa de su metamorfosis, sino que necesita mucho tiempo para recobrar su cáscara; y hasta este momento sirve para el pobre de ralea á los seres más débiles. En este punto la justicia y la igualdad muestránse inexorables. Las víctimas tienen el desquite. El fuerte sufre la ley de los débiles, cae á su nivel, como especie, en la alternativa de la muerte.

Si sólo muriésemos una vez aquí abajo, no habría tanta tristeza. Empero todo ser que vive debe morir un poco diariamente, es decir, mudar, sufrir la muertecita parcial que renueva y da vida. De ahí un estado de debilidad á la par que de melancolía que nos cuesta confesar. Mas ¿qué hacer? El pájaro que muda su pluma cada estación, está triste, y más triste aún la pobre culebra al cambiar de piel. El ser racional muda también la piel y todos sus tejidos cada mes, cada día, á cada instante, perdiendo un poco de sí mismo incesantemente, con suavidad. No está abatido, sino algo debilitado, en un momento vago y de ensueño en que palidece la llama vital para reaparecer más lúcida.

¡Cuánto más terrible es esto entre los seres do todo debe cambiar á la vez, desencuadernarse el armazón, descartarse, arrancarse la inflexible envoltura! Encuéntrase cansado, rendido, desfalleciente, ausente de sí mismo, á merced del primero que se presenta.

Hay crustáceos de agua dulce condenados á morir de esta suerte veinte veces en el transcurso de dos meses; otros (los crustáceos chupones) sucumben á tanta fatiga, no pueden rehacerse, sino que se deforman y pierden el movimiento, dando, digámoslo así, su dimisión de seres cazadores y buscando cobardemente una vida holgazana y parásita, un vergonzoso abrigo en las visceras de los grandes animales que, á su pesar, los sustentan, se extenúan en su provecho, ventean y trabajan para ellos.

El insecto, en su crisálida, parece olvidarse de sí mismo, ignorarse, permanecer extraño á los sufrimientos; diríase más bien que disfruta de esa muerte relativa, como un niño de teta en la templada cuna. Empero el crustáceo durante la muda se ve, tiene conciencia de sí: sábese precipitado repentinamente de la vida más enérgica á una deplorable impotencia. Parece atolondrado, perdido. Lo único que sabe hacer es instalarse debajo una piedra y aguardar tembloroso. No habiendo encontrado jamás enemigo serio ni obstáculo alguno, dispensado de toda industria por la superioridad de sus armas terribles, el día que éstas le faltan no le queda ningún recurso. Tal vez podría protegerle la asociación si la muda no fuese común á todos y no estuvieran sus compañeros desarmados como él, é incapaces de auxiliar á los enfermos, pues también lo están ellos. Dícese, sin embargo, que hay ciertas especies en que el macho quiere proteger á la hembra, la sigue, y si es aprisionada, no hay más remedio que aprisionar á los dos.

Esa terrible servidumbre de la muda, la áspera vigilancia del hombre (que de día en día adquiere más imperio sobre las playas), y, finalmente, la desaparición de especies antiguas que les procuraban abundante alimento, han debido producir cierta decadencia entre ellos. El pulpo, que no sirve para nada, ni se pesca ni se come, ha disminuido bastante en tamaño y en número. ¡Cuánto más, pues, el crustáceo, cuya carne es tan suculenta y que agrada á toda la Naturaleza!

Diríase que lo saben. Los más débiles entre ellos inventan, no diremos artes para resguardarse, pero sí pequeñas mañas groseras, ingeniándose é intrigando. Esta última palabra les es aplicable, pues hacen el efecto de unos intrigantes, de gentes desclasificadas que, sin oficio conocido, viven de expedientes, de recursos poco dignos. Factótums bastardos, ni carne ni pescado, acomódanse un poco de todo, de los muertos, de los moribundos, de los vivos, y en ocasiones hasta de los animales terrestres. El oxistomo fabrícase una careta, una visera y vuela entre tinieblas. El birgo, llegada la noche, abandona el mar, merodea, se encarama hasta en los cocoteros, y come frutas si no encuentra cosa mejor. Las dromias se disfrazan con el traje de un cuerpo extraño. El Bernardo-Ermitaño, que nunca ve dura su cáscara, imagina, para mejor resguardar la parte blanda, convertirse en falso molusco; al objeto apodérase de una concha que le venga bien; devora á su dueño, y se acomoda en la casa robada, arrastrándola consigo. De noche, con este disfraz, va á caza de víveres: óyesele y se reconoce al peregrino al ruido que mueve con su concha, pues sólo consigue arrastrarla cojeando y dando tropiezos.

Otros, en fin, más honrados, descorazonados del movimiento y de sus luchas con el mar, prefieren la tierra, no tan aguerrida y agitada. En invierno (y también en las otras estaciones) la habitan casi siempre y fabrican madrigueras. Tal vez cambiarían por completo y se trocarían en insectos si no les fuese tan caro el mar, como patria de sus amores. Así como una vez al año las doce tribus de Israel encaminábanse á Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos, vese en algunas playas á esos fieles hijos del mar que se dirigen en grupos de población, á rendirle sus homenajes, á confiar sus tiernos huevos á la grande y buena nodriza, encomendando sus pequeñuelos á aquélla que meció sus antepasados.

Los peces.

El libre elemento, el mar, debe tarde ó temprano crearnos un ser á su semejanza, un ser eminentemente libre, escurridizo, onduloso, flúido, que se deslice á imagen de las ondas, pero en quien la movilidad maravillosa proceda de un milagro interior, todavía más grande, de una organización central, fina y sólida, muy elástica, no parecida á la de ninguno de los seres conocidos hasta el día.

El molusco que se arrastra sobre su abdomen fué el pobre siervo de la gleba. El pulpo, con todo su orgullo, su hinchazón, su ronquido, mal nadador y andarín nulo, no deja de ser por eso el siervo de la casualidad: sin su potencia de embotamiento no hubiese podido vivir. El bélico crustáceo, sucesivamente tan grande y tan pequeño, ya terror, ya irrisión de los demás, sufre las muertes alternativas en que hace el papel de esclavo, de presa y aun de juguete de los más débiles.

Enormes y terribles servidumbres. ¿Cómo librarnos de ellas?

La libertad está en la fuerza. Desde el origen, buscando la vida, aunque á tientas, á la fuerza, parecía soñar confusamente con la futura creación de un eje central que haría del ser uno, decuplicando el vigor del movimiento. Así lo presintieron los radiosos y los moluscos, y bosquejaron algunos ensayos. Empero traíalos harto distraídos el abrumador problema de la defensa exterior. La corteza, siempre la corteza: he aquí lo que preocupaba grandemente á esos pobres seres. En dicho género fabricaron obras maestras: bola espinosa del esquino, concha abierta y cerrada á la vez del haliótido, en fin, la armadura del crustáceo compuesta de piezas articuladas, perfección de la defensa, y terriblemente ofensiva. ¿Qué más se quiere? ¿Hay algo que añadir? Parece que no.

¿Que no? Mucho que sí. Necesítase un ser que todo lo fíe al movimiento, un ser audaz que desprecie á todos los mencionados como enclenques ó tardígrados, que considere la corteza como cosa subordinada y concentre la fuerza en sí.

El crustáceo rodeábase de una especie de esqueleto exterior. El pez háceselo en el centro, en su íntimo interior, sobre el eje donde los nervios, los músculos, todos los órganos, en fin, se reunirán.

Invención fantástica, al parecer, y contraria al buen sentido: colocar lo duro, lo sólido, precisamente en el sitio que tan bien resguarda la carne. El hueso, tan útil al exterior, instalado en un punto donde de poco ó nada servirá su dureza.

Reiríase el crustáceo cuando vió por primera vez un ser blando, grande, rechoncho (los peces del mar de las Indias) que, ensayándose, se deslizaba, corría, sin cáscara, armadura ni defensa; teniendo concentrada interiormente toda su fuerza, protegido tan sólo por su fluidez viscosa, por el exuberantemucusque le rodea, y poco á poco se transforma en escamas elásticas. Blanda coraza que se presta y se pliega, cediendo sin ceder del todo.

Fué una revolución análoga á la de Gustavo Adolfo cuando aligeró á sus soldados de las pesadas armaduras de hierro, cubriendo el pecho con una coraza de sólido cuero de camello, aunque poco pesado y suave.

Revolución atrevida, pero prudente. No estando nuestro pez cautivo en su armadura como el cangrejo, vese libre al mismo tiempo de la condición cruel á que estaba sujeta dicha armadura, lamuda, del peligro, la debilidad, el esfuerzo, el desperdicio enorme de fuerza que hay en aquellos momentos. El pez muda poco y con lentitud, lo mismo que el hombre y los grandes animales, economizando, amontonando la vida, creándose el tesoro de un poderoso sistema nervioso dotado de innumerables alambres eléctricos que resuenan en la espina y el cerebro. Aunque carezca de hueso ó sea éste muy blando, si el pez tiene aún la apariencia embrionaria, no por eso está desposeído de su grande armonía merced á su rica madeja de hilos nerviosos.

No tiene el pez las debilidades elegantes del reptil y del insecto, tan esbeltos que puede cortárseles como un hilo por ciertas partes de su cuerpo. Está segmentado como ellos, mas esos segmentos los tiene debajo, perfectamente ocultos y resguardados, valiéndose de los mismos para contraerse, sin exponerse cual el reptil y el insecto á ser dividido fácilmente.

Lo mismo que el crustáceo, prefiere el pez la fuerza á la belleza, y para conseguirlo ha suprimido el pescuezo. Cabeza y tronco no constituyen más que una masa. Principio admirable de fuerza, que hace que para cortar el agua, elemento tan divisible, tenga que azotarla con mucha violencia, y si le place, mil veces más de lo necesario. Entonces conviértese en un dardo, una flecha, en la rapidez del rayo.

El hueso interior, que apareció único é informe en la sepia, aquí es un gran sistemauno, pero muy múltiple—uno por la fuerza de unidad,—múltiple por la elasticidad, por apropiarse á los músculos que, contraídos, dilatados sucesivamente, forman el movimiento. Maravilla, verdadera maravilla esa estructura del pez, tan compacta (vista desde afuera), y tan contráctil por dentro, esa carena de esbeltas y flexibilísimas costillas (en el arenque, en el sábalo, etc.), donde están unidos los músculos motores que empujan con choque alternativo. Así, pues, por afuera sólo expone remos auxiliares, cortas nadaderas que poco arriesgan, las cuales, consistentes, punzantes y viscosas, hieren, eluden, se escapan. ¡Cuán superior es esto al pulpo ó á la medusa, que ofrecen á todo el mundo blandos tentáculos de carne, apetitoso bocado para el hambre devoradora de los crustáceos y de los marsuinos!

En suma, ese verdadero hijo del agua, tan movible como su madre, se desliza á través por sumucus, divide con su cabeza, hiere con sus músculos (contraídos sobre sus vértebras, sobre sus esbeltas costillas ondulosas), y, finalmente, con sus sólidas nadaderas corta, rema y dirige.

Bastaría la más ínfima de esas potencias: él las reune todas, tipo absoluto del movimiento.

Hasta el pájaro es menos movible, supuesto que necesita posarse, y de noche está tranquilo. El pez nunca para: dormido y todo, flota.

Movible hasta tal punto, es al propio tiempo robusto y vivaz en el más alto grado. Por doquiera que hay agua, seguros estamos de encontrarlo: es el ser universal del globo. En los más elevados lagos de las cordilleras y de las montañas asiáticas, donde está tan rarificado el aire, donde cesa la vida de todos los seres, allí sólo el pez se obstina en vivir rodeado de soledad. En efecto, encuéntrase el gubio (pez colorado), á quien cabe la gloria de ver tendida á sus plantas toda la tierra. Del mismo modo en las grandes profundidades, bajo un peso espantoso, habitan los arenques, los abadejos. Forbes, que dividió el mar en diez capas ó pisos superpuestos, hallólas habitadas todas, y en la última, al parecer tan sombría, encontró un pez provisto de unos ojos admirables, que, por lo tanto, ve y tiene bastante luz en un sitio que nosotros nos imaginamos rodeado de tinieblas.

Vaya otra libertad de los peces. Un buen número de especies (salmones, sábalos, anguilas, esturiones, etc.), soportan lo mismo el agua dulce que la del mar, alternan, y regularmente pasan de la una á la otra. Varias familias de peces cuentan especies marinas y especies fluviales (ejemplo, las rayas, los barbos).

Con todo, tal grado de calor, tal alimento, tal hábito, parecen fijarlos, acorralarlos en tan libre elemento. Los mares cálidos son como una muralla para las especies polares, que los encuentran inabordables: al contrario, los de los mares cálidos son detenidos por las frías corrientes del Cabo de Buena Esperanza. Sólo se conocen dos ó tres especies de peces cosmopolitas, y contadísimos son los que frecuentan la alta mar. La mayor parte son litorales y no se placen más que en ciertas costas. Los peces de los Estados Unidos pertenecen á otras especies que los que habitan en Europa. Añadid ciertas especialidades de gusto que aunque no los encadenan del todo, los retienen. La raya chapucea en el fango y el lenguado en los fondos arenosos, el coto se encarama sobre los bajo-fondos, la morena se place encima de las rocas, y la pértiga sobre los arenales, la ballesta en el agua poco profunda sobre un lecho de madréporas. La escorpena unas veces nada y otras vuela; perseguida por los otros peces se lanza, sostiénese en el aire, y si le dan caza las aves, se zambulle en seguida en el mar.

El proverbio popular: «Feliz como el pez en el agua,» expresa una verdad. Durante la calma, un globo de aire más ó menos cargado y que le permite graduar su peso, le hace navegar á su sabor suspendido entre dos aguas. Se adelanta tranquilo, mecido, acariciado por la onda, y mientras camina, duerme si quiere. Hállase á la vez ceñido y aislado por la sustancia untuosa que hace su piel y sus escamas escurridizas é impermeables. Su temperatura es poco variable, casi siempre la misma, ni muy fría ni muy caliente. ¡Qué terrible diferencia entre una vida tan cómoda y la que nos es dado gozar á nosotros, habitantes de la tierra! A cada paso que damos encontramos alguna aspereza, algún obstáculo. La ruda tierra nos pone piedras al paso, nos fatiga, nos aniquila, obligándonos á subir, á bajar y á volver á subir sus cuestas. El aire cambia según las estaciones, y á veces con harta crueldad. El agua, la fría lluvia cae despiadadamente días y noches enteros, penetra nuestro cuerpo, nos constipa, en ocasiones hiela nuestros cabellos y nos asedia calenturientos con las agudas puntas de sus cristales.

La felicidad del pez, su muy afortunada plenitud de vida se expresan bajo los trópicos por el lujo de sus colores, y en el Norte se traduce por el vigor de sus movimientos. En la Oceanía y el mar de las Indias juguetean, erran y vagamundean, bajo las formas más originales y los más fantásticos atavíos; teniendo sus alegres pasatiempos entre los corales, sobre las flores vivas. Nuestros peces de los mares fríos y templados son los grandes veleros, los remeros poderosos, los verdaderos navegantes: sus formas prolongadas y esbeltas conviértenles en flechas por su rapidez, pudiendo dar lecciones al mejor constructor de buques. Los hay que tienen hasta diez nadaderas, las cuales, remos ó velas á voluntad, pueden mantenerse abiertas ó á medio plegar. La cola, notabilísimo timón, es también el remo principal. La de los mejores nadadores es ahorquillada; toda la espina termina en ella y, contrayendo sus músculos, hace avanzar al pez.

La raya tiene dos nadaderas inmensas, dos grandes alas para azotar las olas; su cola, larga, flexible y desligada, es una arma para golpear, un látigo para hender y dividir la densidad de la ola. Delgada y desviando tan poca cantidad de agua, enfilando en sentido oblicuo, vese por lo tanto fácilmente mecida y le sobra la vejiga que sostiene á los peces densos. Así que, todos poseen aparatos apropiados á su centro. El lenguado es ovalado, plano, á fin de que pueda deslizarse entre la arena; la anguila, para poder revolcarse en el cieno, toma formas serpentinas y se convierte en larga cinta; las balderayas, que suelen vivir agarradas á las rocas, tienen nadaderas-manos que las asemejan más á la rana que al pez.

La vista es el sentido del pájaro, el olfato el del pez. El halcón lanzado en el espacio lo abarca con una sola mirada y divisa la casi invisible caza; así la raya desde las profundidades del Océano, al olor de una presa tentadora sube diligente en su busca. En ese mundo semi-obscuro, mundo de luces dudosas y engañadoras, sus habitantes fíanse en el olfato y en ocasiones al tacto. Los que, como el esturión, excavan el fango, tienen un tacto exquisito. El tiburón, la raya, el abadejo (con sus ojazos separados) ven mal, mas huelen y sienten: es tan sensible el olfato en la raya que tiene un velo exprofeso para taparlo á voluntad y anular su potencia, que indudablemente la importunaría y atacaría el cerebro.

A tal potencia media de caza añadid unos dientes admirables, acerados, á veces en forma de sierra, multiplicados en algunos de ellos en varias hileras, al extremo de solar la boca, el paladar y la garganta, y hasta la lengua está armada con ellos. Esos dientes, delicados y frágiles, tienen otros detrás dispuestos á reemplazarlos si llegan á romperse.

Lo hemos dicho al comenzar este libro segundo: el mar ha tenido que producir esos seres terribles, esos destructores omnímodos, para combatir y curar por sí mismo el extraño mal que le trabaja, su exceso de fecundidad. La Muerte, cirujano caritativo, por medio de una sangría perseverante, de abundancia inmensa, le alivia de esa plétora que le hubiese aburrido. El espantoso torrente de generación que allí se produce, el diluvio del arenque, los miles y millones de huevos del abadejo, tantas y tan horrendas máquinas de multiplicación que, decuplicando, centuplicando, llenarían los océanos, ahogarían la Naturaleza, encuentran una barrera en el rápido devoramiento de la máquina de muerte, el nadador armado, el pez.

Bello espectáculo, grande, conmovedor. El combate universal de la Muerte y del Amor no parece nada sobre la tierra cuando se le parangona con el que existe en el fondo de los mares. Allí, inconcebible en su grandeza, horroriza por su furia, empero contemplándolo más despacio vésele muy armónico y de sorprendente equilibrio. Este furor es necesario. Ese cambio de la substancia, tan rápido (¡ hasta el punto de deslumbrar!), esa prodigalidad de la muerte, es la salvación.

Nada de tristeza; una alegría salvaje reina al parecer en todo aquello. De la vida del mar, áspera mezcla de las dos fuerzas que parecen destruirse entre sí, brota una salud maravillosa, una pureza incomparable, una belleza terrible y sublime á la par: ella triunfa lo mismo de vivos que de muertos. Sin gran predilección ni por los unos ni por los otros, les presta y vuelve á tomarles la electricidad, la luz, extrayendo ese fuego de chispas y ese infinito de pálidos resplandores que, hasta bajo las noches polares, constituye su magia siniestra.

La melancolía del mar, en su indolencia no tiene por tarea multiplicar la muerte, sino que, impotente, tiende á conciliar el progreso con el exceso de movimiento.

Es cien y mil veces más rico que la tierra, más rápidamente fecundo. Edifica y fabrica. La extensión que toma la tierra (hémoslo visto en los corales), débela al mar, y sólo al mar, no siendo éste otra cosa que el globo en su obra de construcción, en su más activa concepción. Su único obstáculo consiste en esa rapidez, y su inferioridad parece ser la dificultad que tiene (él tan rico en generación) para la organización del Amor.

Caúsanos tristeza al recordar que los miles de millones de seres que habitan el mar sólo poseen el amor vago, elemental, impersonal. Esos pueblos que, cada uno á su turno, suben y van en peregrinación hacia la dicha y la luz, dan á raudales lo más sustancioso de ellos mismos, su propia vida, el desconocido azar. Aman, y sin embargo nunca conocerán al ser amado do se encarnara su ensueño, su deseo. Paren sin serles dada la felicidad de renacer que se encuentra en su posteridad.

Pocos, muy pocos, de los más vivaces, de los más aguerridos, de los más crueles, procrean á semejanza nuestra. Esos monstruos tan temibles (el tiburón y su hembra), tienen necesidad de juntarse. Hales impuesto la Naturaleza el peligro de darse un abrazo; abrazo terrible y sospechoso. Acostumbrados á devorar, á engullirse á lo ciego cuanto alcanzan (animales, madera, piedras, no importa lo que sea), en aquella ocasión, ¡cosa admirable! moderan sus apetitos. Por sabrosas que puedan ser sus carnes á sus propios ojos, híncanse sus sierras y sus mortíferos colmillos. La intrépida hembra déjase agarrar, acogotar, por los terribles arpeos que el macho le lanza; y, en efecto, sale impune de la lucha. Ella es la que absorbe al compañero y lo arrastra consigo. Confundidos en una sola masa, los furiosos monstruos van dando tumbos semanas enteras, no pudiendo, á pesar del hambre que les devora, resignarse al divorcio, ni desprenderse el uno del otro, y hasta en plena borrasca, véseles invencibles, invariables en su salvaje abrazo.

Preténdese que aun separados prosiguen sus amoríos, y que el fiel tiburón, enamorado de su compañera, la sigue hasta que pare, ama á su presunto heredero, único fruto de aquel enlace, y jamás, jamás se lo come, sino que le acompaña siempre y vigila sus pasos, y, caso de peligro, este padre excelente se lo traga y le da abrigo en su anchurosa boca, pero no lo digiere.

Si la vida de los mares tiene algún ensueño, un ahinco, un deseo confuso, es el de la fijeza. El medio violento, tiránico, del tiburón, sus acerados asideros, ese arpeo sobre la hembra, la furia de su unión, dan idea de un amor de endemoniados. En efecto, ¿quién sabe si en otras especies, más tímidas y aptas para la vida de familia, quién sabe si esa impotencia de unión, esa fluctuación interminable de un viaje eterno sin objeto, no es causa de tristeza? Esos hijos de los mares enamóranse de la tierra: muchos entre ellos remontan los ríos, aceptan la insipidez del agua dulce, tan pobre y poco nutritiva, para confiarle, lejos de las tempestades, la esperanza de su posteridad. Cuando no, se acercan á las orillas del mar, buscando algún sinuoso ancón, y utilizando su industria, con un poco de arena, de limo, de hierba, tratan de fabricar pequeños nidos. Esfuerzo conmovedor. Ellos carecen de los instrumentos del insecto, maravilla de la industria animal, y están más desprovistos que el pájaro. Sólo á fuerza de perseverancia, careciendo como carecen de manos, de patas y de pico, y únicamente con su pobre cuerpo, llegan á reunir un montón de hierba, y pasando y repasando por medio, logran darle cierta cohesión (véase á Coste sobre los espinosos). Empero ¡cuántos obstáculos tienen que vencer! La hembra, ciega y glotona, turba la obra, amenaza los huevos; el macho no los deja, defiéndelos, más madre que la madre misma.

Tal instinto encuéntrase en varias especies, particularmente entre los más humildes (el gobio), pececillo ni bello ni sabroso; tan despreciado, que nadie se digna pescarlo, ó si se agarra es rechazado. Y con todo, ese ínfimo entre los ínfimos es un tierno y laborioso padre de familia: tan pequeño, tan débil, tan desheredado, es ingenioso arquitecto, el obrero del nido, y con sola su voluntad, su ternura, consigue fabricar la protectora cuna.

Lástima grande, sin embargo, que tal esfuerzo de ánimo no obtenga mejor recompensa, que aquel ser se vea detenido en ese primer fervor del arte por la fatalidad de su naturaleza. Al contemplarlo, se apodera de nosotros nuevo ensueño, presintiendo que ese mundo acuático no se basta á sí mismo.

Poderosa madre que empezaste la vida y no puedes terminarla; permite que tu hija, la Tierra, continúe la obra comenzada. Ya lo ves: en tu mismo seno y en el momento sagrado, tus hijos sueñan con la Tierra y su fijeza; abórdanla, la rinden homenaje.

A ti te toca volver á empezar la serie de los nuevos seres por un prodigio inesperado, por un bosquejo grandioso de la cálida vida amorosa, de sangre, de leche, de ternura, que tendrá su desarrollo en las razas terrestres.

La ballena.

«El pescador, á quien ha sorprendido la noche en medio del mar del Norte, ve una isla, un escollo, como la espalda de una montaña, que se cierne, enorme, sobre las olas. Allí echa el ancla, y la isla comienza á andar y le arrastra. El escollo se ha convertido en Leviatán.» (Milton).

Error muy natural, que engañó al experto Dumont d'Urville. Veía de lejos una rompiente y alrededor remolinos, y mientras avanzaba, unas manchas blancas indicaban al parecer una roca. En derredor de ese banco la golondrina y el ave de las tempestades (el petral), se divertían, recreábanse y daban vueltas. La roca sobrenadaba, venerable de antigüedad, ostentando una capa gris de corónulas, de conchas y madréporas. Pero la masa se mueve. Dos enormes chorros de agua, que parten de su frente, revelan á la ballena desperezada.

El habitante de otro planeta que descendiese al nuestro en globo, y de gran altura observase la superficie del orbe, queriendo saber si está poblado, pensaría: «Los únicos seres que me es dado descubrir desde mi observatorio son de un tamaño bastante regular: ciento á doscientos pies de largo y sus brazos sólo tienen veinticuatro, pero en cambio su soberbia cola (treinta pies) se gallardea con majestad real por el mar, le azota, se señorea de él. Merced á su cola esos seres avanzan con una rapidez, una comodidad majestuosa, reconociéndose perfectamente en ellos á los soberanos del planeta.»

Y añadiría: «Lástima que la parte sólida de ese globo esté desierta, ó sólo contenga animalillos insignificantes para poder divisarse. Unicamente el mar está habitado, y por una raza buena y apacible. La familia vese muy honrada allí: la madre amamanta con ternura, y á pesar de la cortedad de sus brazos, sin embargo, durante la borrasca, logra con ellos amparar á su hijuelo.»

Las ballenas no tienen inconveniente en viajar juntas. Antes se las veía navegando dos á dos, á veces en grandes familias de diez ó doce, por los mares solitarios. Nada tan espléndido como esas grandes masas, iluminadas en ocasiones por su fosforescencia, lanzando columnas de agua de treinta á cuarenta pies, que en los mares polares despedían humo. Se acercaban pacíficas, curiosas, al buque, mirándolo como á un hermano de nueva especie: agradábalas, festejaban al recién venido. Jugueteando se erguían y volvían á caer al agua, produciendo un poco estrépito y formando una hirviente sima. Su familiaridad llegaba al punto de tocar la embarcación, las pequeñas lanchas. ¡Confianza imprudente, que tan cara les costara! En menos de un siglo la grande especie de la ballena ha desaparecido casi.

Sus hábitos, su organismo son idénticos á los de nuestros herbívoros. Como los rumiantes, poseen una sucesión de estómagos donde se elaboran los alimentos; dientes, apenas los necesitan y no tienen. Pacen fácilmente las vivas praderas del mar, quiero decir, los gigantescos fucos, suaves y gelatinosos, las capas de infusorios, los bancos de átomos imperceptibles. No hay necesidad de cazar para la adquisición de tales alimentos. No teniendo ocasión de combatir, háselas dispensado de armarse de las horrorosas quijadas y sierras, esos instrumentos de muerte y de tortura que el tiburón y tantos otros animales débiles adquirieron á fuerza de consumar asesinatos. A nadie persiguen. (Boitard). El alimento más bien acude á su alcance, traído por el oleaje. Inocentes y pacíficas, se engullen un mundo organizado apenas y que muere antes de haber vivido, pasando dormido á ese crisol de la universal mudanza.

No existe la menor relación entre esa apacible raza de mamíferos que, lo mismo que nosotros, tienen la sangre roja y leche, y los monstruos de la edad precedente, horribles abortos del primitivo fango. Mucho más modernas las ballenas, encontraron un agua purificada, el mar libre y el globo tranquilo.

Este había soñado su antiguo sueño discordante de los lagartos-peces, los dragones alados, el pavoroso reino de los reptiles: salía de la niebla siniestra para penetrar en la amable aurora de las concepciones armónicas. Nuestros carnívoros aun no habían nacido. Hubo un momento fugaz (tal vez unos cien mil años) de gran dulzura é inocencia, en que aparecieron sobre la tierra los seres excelentes (didelfos, etc.), tan encariñados con su familia, que la llevan encima y dentro de sí mismos, y, si es preciso, hácenla penetrar en su seno. En el agua aparecieron los gigantes pacíficos.

La leche del mar, su aceite, superabundaba; su cálida grasa, animalizada, fermentaba con inaudito poderío, quería vivir. Hinchóse, pues, tomó forma orgánica en esos colosos, niños mimados de la Naturaleza, dotándolos de fuerza incomparable y de lo que vale más todavía, de preciosa y ardiente sangre roja. Y la ballena fué hecha.

Esta es la verdadera flor del mundo. Toda la creación de sangre pálida, egoísta, lánguida, vegetativa relativamente, parece que no tiene alma cuando se la compara con la vida generosa que hierve en esa púrpura y enciende la cólera y el amor. La fuerza del mundo superior, su encanto, su belleza, es la sangre. Por ella empieza una juventud toda reciente en la Naturaleza, por ella una llama de deseo, el amor, y el amor de familia, de raza que, propagado por el hombre, producirá el divino remate de la vida, la Piedad.

Pero con ese don magnífico aumenta infinitamente la sensibilidad nerviosa, y uno es mucho más vulnerable, mucho más capaz de gozar y de sufrir. Como la ballena no tiene el sentido del cazador, ni el olfato, ni los órganos de la audición muy desarrollados, aprovecha el tacto para todo. La gordura, que la preserva del frío, no la libra, sin embargo, de ningún choque. Su piel, preciosamente organizada con seis tejidos distintos, tiembla y vibra al menor contacto. Las tiernas papilas que tiene son instrumentos de tacto delicado. Y todo está animado, vivificado por un rico caudal de sangre roja, que, aun teniendo en cuenta la diferencia de tamaño, sobrepuja infinitamente en abundancia á la de los mamíferos terrestres. Herida la ballena, inunda el mar con su sangre, enrojeciéndolo gran trecho. Nosotros la derramamos á gotas, mientras que ella prodígala á torrentes.

La hembra lleva en su vientre el fruto de sus amores nueve meses. Su leche agradable, un poco azucarada, tiene la tibia pastosidad de la leche de mujer. Mas, como debe cortar constantemente la ola, si tuviera las mamas colocadas sobre el pecho, expondría al pequeñuelo á chocar constantemente; por lo tanto están un poco más bajas, en sitio más apacible, en el vientre de do salió. Al chicuelo le sirven de abrigo, aprovechándose de la ola ya abierta.

La forma del vaso, inherente á su género de vida, aprieta la cintura de la madre privándola de la admirable cintura de la mujer, ese milagro adorable de una vida sentada, fija y armónica, en que todo se vuelve ternura. La ballena, ó sea la gran mujer de los mares, á pesar de su ternura vese compelida á hacer depender todos sus actos de su lucha con las olas. Por otra parte, el organismo es idéntico bajo esa extraña careta: igual forma, la misma sensibilidad. Pez encima, mujer debajo.

Es la ballena animal extremadamente tímido. Basta en ocasiones un pájaro para espantarla y hacerla zambullir con tanta precipitación, que se lastima en el fondo del mar.

Sometido el amor entre ellas á condiciones difíciles, requiere un lugar do reine profunda paz. Así como el noble elefante teme las miradas profanas, la ballena sólo se encuentra bien en los sitios solitarios. Sus reuniones son hacia los polos, en los desiertos ancones de la Groenlandia, en medio de la bruma del estrecho de Behring, é indudablemente también en el tibio mar descubierto junto al mismo polo. ¿Se volverá á encontrar ese mar? No hay otro paso para llegar á él que á través de los pavorosos desfiladeros que abre el hielo, cierra y cambia todos los inviernos, como si quisiese impedir nuevas visitas importunas. Por lo que toca á las ballenas, créese que pasan por debajo los hielos, del uno al otro mar, por la vía tenebrosa. Viaje temerario. Forzadas á respirar cada quince minutos, aunque tenga hecha provisión de aire que baste para algunos momentos más, se exponen grandemente bajo aquella enorme costra que tiene apenas algunos respiraderos. Si no los hallan á tiempo, es tan sólida y compacta dicha costra, que no hay fuerza capaz ni cabezada que pueda romperla. Allí pueden ahogarse con la misma facilidad que Leandro en el Helesponto. Pero como las ballenas no conocen la historia de ese Leandro, engólfanse atrevidamente en su empresa y pasan.

La soledad de aquellos parajes es grande; teatro singular de muerte y de silencio para esa fiesta de ardiente vida. Un oso blanco, alguna foca, un zorro azul, testigos respetuosos, prudentes, tal vez observan á cierta distancia. Las arañas y girándulas, los espejos fantásticos, no faltan. Cristales azulados, picos, garzotas de deslumbrante hielo, nieves vírgenes, son los mudos testigos que rodean el espectáculo y le contemplan.

Lo que hace conmovedor y grave el himeneo, es que para ello se requiere la expresa voluntad, ya que la ballena carece del arma tiránica del tiburón, de los arpones que se enseñorean del más débil. Al contrario, sus resbaladizos forros las separan, aléjanlas la una de la otra. Se desvían á su pesar y despréndense por aquel obstáculo desesperante. En medio de un acorde tan grande, diríase que macho y hembra se combaten. Hay balleneros que pretenden haber disfrutado de este espectáculo único. Los dos amantes, en sus ardientes transportes, se encaraman por momentos cual las dos torres de Nuestra Señora de París, y con sus cortos brazos y en medio de suspiros tratan de abrazarse. Empero su enorme mole les priva de mantenerse así largo rato, y caen otra vez al agua con grande estrépito... El oso y el hombre huían despavoridos al oírlos suspirar.

La solución de este drama es desconocida, pues las que se le han dado parecen absurdas. En lo que no cabe duda es, que para todo (el amor, el amamantamiento y aun para su propia defensa), la infortunada ballena sufre la doble servidumbre de su peso y de la dificultad que tiene para respirar, puesto que sólo respira fuera del agua y si no sale al aire libre queda asfixiada. ¿Es, pues, un animal terrestre, pertenece acaso á la tierra? Ciertamente que no. Si, por algún accidente, se para en alguna playa, el enorme peso de sus carnes, de su grasa, la aniquila; sus órganos se rinden y queda asimismo asfixiada.

En el único elemento respirable para ella, la asfixia la mata lo mismo que en el agua no respirable do vive.

Abreviemos razones. De la creación grandiosa del mamífero gigante ha salido un ser imposible, primer retoño poético de la fuerza creadora, que al principio tuvo fija la vista en lo sublime y luego por grados pasó á lo posible, á lo duradero. El admirable animal teníalo todo: tamaño y fuerza, sangre caliente, sabrosa leche, bondad; lo único que le faltaba era la manera de vivir. Había sido formado sin tener en cuenta las proporciones generales de ese globo ni la imperiosa ley de la pesadez de los cuerpos. No le valió haberse fabricado por debajo una osamenta enorme: sus gigantescas costillas no son bastante consistentes para mantener suficientemente libre y abierto el pecho. Desde el momento que se desprende de su enemiga el agua, encuéntrase con otra enemiga, la tierra, y su pesado pulmón le aplasta.

Sus magníficos orificios auriculares, la espléndida columna de agua que lanza á treinta pies de altura, son indicios, testimonios de una organización infantil y bárbara. Arrojándola al firmamento por un tan poderoso esfuerzo, elsoplador soplado(éste es el nombre verdadero del género) parece decir: «¡Oh, Naturaleza! ¿por qué me has criado siervo?»

Su vida fué un problema, y no parecía que el espléndido bosquejo (pero frustrado) pudiera durar. El tan difícil amor furtivo, el amamantamiento en medio de las borrascas, entre la asfixia y el naufragio, los dos grandes actos de la vida convertidos casi en un imposible, haciéndose por medio de un esfuerzo y por voluntad heroicos: ¡qué condiciones de existencia!

La madre no tiene nunca más que un pequeñuelo, y es mucho. Ella y él son importunados por tres cosas: el trabajo de la natación, el amamantamiento y la fatal necesidad de subir. La educación es un verdadero combate. Azotado, arrollado por el Océano, el pequeñuelo mama como al vuelo, cuando la madre puede tenderse de lado, deber que practica admirablemente, pues sabe que si aquél tuviese que hacer el más pequeño esfuerzo para amamantarse, dejaría las mamas. En ese acto en que la mujer se mantiene pasiva, dejando obrar á la criatura, la ballena, por el contrario, es activa. Aprovechando el momento, por medio de un poderoso émbolo le lanza un tonel de leche.

El macho no suele abandonarla, y grande es su embarazo cuando el pescador feroz ataca al ballenato. Se clava el arpón á éste para que sigan los grandes, y, en efecto, hacen esfuerzos increíbles para salvar á su hijo, para llevárselo, subiendo y exponiéndose á ser heridos para traerlo á la superficie y hacerle respirar. Y lo defienden muerto y todo. Pudiendo zambullirse y escapar, permanecen sobre el agua desafiando el peligro para seguir el cuerpo flotante del ballenato.

Entre las ballenas son comunes los naufragios, por dos motivos. No pueden como el pez, mantenerse durante las borrascas en las capas inferiores y tranquilas; y luego no quieren separarse, siguiendo los fuertes el destino del débil. Se ahogan, pues, en familia.

En diciembre de 1723 zozobraron ocho hembras en la desembocadura del Elba, y cerca de sus cadáveres se encontraron sus ocho machos. Otro tanto aconteció en marzo de 1784 en Audierne (Bretaña). Primero se presentaron despavoridos en la costa buen número de peces y de marsuinos; luego, oyéronse extraños, espantosos mugidos: era una crecida familia de ballenas que la tempestad empujaba, y que luchaban, gemían y se resistían á morir. También en esta ocasión los machos perecieron al lado de sus hembras. En gran número, preñadas y sin defensa contra el implacable azote, unos y otras fueron lanzados á la costa y destruidos por el porrazo.

Dos de las hembras parieron en la playa, lanzando gritos desgarradores, ni más ni menos que nuestras mujeres, y con sus lamentos parecían querer indicar que se preocupaban de la suerte que cabría á sus hijuelos.


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