Su teniente Parry, que tenía la seguridad de poder pasar, hizo al efecto cuatro esfuerzos desesperados, unas veces por la bahía de Baffin y el Oeste, y otras por el Spitzberg y el Norte. Parry llegó á descubrir algo, avanzando atrevidamente en un trineo-barca, que unas veces flotaba y otras recorría los hielos. Pero éstos invariables en su camino del Sur, le llevaban siempre hacia atrás, de suerte que tampoco logró franquear el paso.
El año 1832 un joven valeroso, de nación francés y llamado Julio de Blosseville, quiso que la gloria de ese paso perteneciera á la Francia, y, al efecto, puso á disposición de la empresa su vida y sus caudales, pereciendo en la demanda. Su primera dificultad fué obtener un buque á gusto suyo: diósele elLilloise, que empezó á hacer agua el mismo día de su partida. (Véase el informe de su hermano). Blosseville reparó la embarcación de su propio peculio, empleando en ello ocho mil pesos, y en tan peligroso vehículo acometió la empresa de abordar la Costa de Hierro, la Groenlandia oriental. Todo indica que ni siquiera llegó á verla, pues jamás se ha tenido noticia de aquella expedición.
Las de los ingleses eran otra cosa: hacíanse los preparativos con gran prudencia, aunque el resultado fuese idéntico. En 1845 el malogrado Franklin se perdió entre los hielos. Por espacio de doce años se le buscó, demostrando en ello Inglaterra una obstinación muy honrosa. Todos ayudaron en esta empresa, que costó la vida á americanos, á franceses y á súbditos de otras naciones. Los picos, los cabos de la región desolada, al lado del nombre de Franklin ostentan el de nuestro Bellot y tantos otros que abandonaron el dulce regalo de la vida normal para salvar la de un inglés. Por su lado John Ross habíase ofrecido á dirigir á los nuestros en busca de Blosseville, organizando por sí mismo la expedición. La sombría Groenlandia se engalana con tales recuerdos, que el desierto deja de serlo cuando se leen esculpidos en él esos nombres, mudo testimonio de la fraternidad universal.
Lady Franklin ha demostrado una fe admirable. Nunca llegó á imaginarse viuda; incesantemente solicitó el equipo de nuevas expediciones. Esta señora juraba y perjuraba que su esposo no había muerto, y defendió tan bien su causa, que al cabo de siete años de haberse perdido recibía el título de contralmirante. Tenía razón lady Franklin; su marido vivía. En 1850 viéronle los esquimales (dicen ellos) en compañía de unos sesenta hombres: luego, sólo fueron treinta, privados de andar y de cazar y alimentándose con la carne de los que morían. Si se hubiese creído á lady Franklin, el gran explorador inglés no pereciera en medio de los hielos. Decía la señora (y el sentido común lo indicaba también) que debía buscársele al Sur: que un hombre, en la situación desesperada de su marido, no sería tan loco de agravarla encaminándose hacia el Norte. El Almirantazgo, al cual probablemente inquietaba menos la suerte de Franklin que el famoso paso, indicaba siempre á sus expedicionarios el camino del Norte. Desesperada la pobre señora acabó por emprender ella misma lo que se le rehusaba con tal tenacidad, y equipando con gran desembolso un buque, emprendió el camino del Sur. Mas, era tarde: lo único que se encontró del célebre Franklin, fueron sus huesos.
Mientras tanto, llevábanse á cabo algunos viajes más largos al par que más afortunados hacia el polo antártico. Aquí, nada de esa mezcla de tierra, mar, hielos y deshielos tempestuosos que constituyen la faz horrible de la Groenlandia; sino un gran mar sin límites, con oleaje fuerte y violento. Osténtase en esa región un inmenso ventisquero mucho más extenso que el nuestro, y poca tierra. La porción de ésta que se ha visto ó creído ver deja en la duda si serán playas variables, una simple faja de hielos continuos y acumulados. Todo cambia allí al compás de los inviernos. Morel en 1820, Wedell en 1824 y Ballerry quince años después, encontraron una sesgadura, penetraron en un mar libre que otros muchos no han podido hallar después.
El francés Kerguelen y el inglés James Ross lograron resultados positivos, encontrando tierras verdaderas.
El primero descubrió en 1771 la gran isla Kerguelen, llamadaDesolationpor los ingleses. De doscientas leguas de extensión, tiene fondeaderos excelentes, y, á pesar del clima, una vida animal bastante rica en focas y aves, con las que puede aprovisionarse cualquiera embarcación. Este descubrimiento glorioso, que Luis XVI al subir al trono recompensó con un grado, causó la pérdida de Kerguelen, á quien se atribuyeron varios crímenes; ensañándose contra él la furiosa rivalidad de los oficiales nobles, sus émulos declararon en contra suya. Desde el fondo de un calabozo de seis pies en cuadro firmó Kerguelen la narración de su descubrimiento (1782).
En 1838 Francia, Inglaterra y América hicieron tres expediciones en interés de las ciencias. El ilustre Duperrey había abierto el camino de las observaciones magnéticas, que se deseaba continuar bajo el mismo polo. Los ingleses confiaron esta misión á una expedición al mando del ya citado James Ross. Fué aquella expedición modelo, donde todo estuvo calculado, escogido, previsto. James regresó á su paíssin perder un sólo hombre ni haber tenido un enfermo siquiera.
El americano Wilkes y el francés Dumont d'Urville no iban tan bien provistos, de suerte que tuvieron que soportar mil peligros y las enfermedades los diezmaron. Más afortunado James, dando la vuelta al círculo antártico, penetró en medio de los hielos y halló una tierra real. El mismo confiesa con notable modestia, que el éxito de su empresa fué debido únicamente al modo admirable con que habían sido preparados los dos barcos que llevaba, elErebusy elTerror, con máquinas de gran potencia, sierras para cortar el hielo, proa á propósito, lintel de hierro, que les permitió navegar á través de la costa rechinante, encontrando al otro lado un mar libre, lleno de focas, aves y ballenas. Un volcán de doce mil pies de elevación, tan grande como el Etna, despedía llamas. Nada de vegetación, ningún punto de reposo: sólo se ofreció á su vista una escarpada masa de granito donde ni la nieve se sostiene. No hay duda que aquello es la tierra. El Etna del polo, al que se dió el nombre deErebus, allí queda con su columna de fuego para dar testimonio de este aserto.
Así, pues, un número terrestre centraliza los hielos antárticos (1841).
En cuanto á nuestro polo ártico, los meses de abril y mayo de 1853 son para él una fecha notable.
En abril encontróse el paso que durante trescientos años se buscara, hecho que fué debido á un afortunado exceso de desesperación.
El capitán Maclure había penetrado por el estrecho de Behring, y encerrado en medio de los hielos, hambriento, imposibilitado de volverse atrás al cabo de dos años, aventurose á avanzar. Sólo llegó á andar cuarenta millas, mas encontró en el mar del Este algunos buques ingleses. Su atrevimiento le salvó, consumándose de esta suerte el gran descubrimiento.
Casi en el mismo momento (mayo de 1853), salía una expedición de Nueva-York para el extremo Norte. Un marino que todavía no contaba treinta años y ya había recorrido toda la tierra conocida, Elíseo Kent Kane, acababa de proclamar una idea atrevida, pero magnífica, que había exaltado vivamente la ambición americana. Así como Wilkes prometiera descubrir un mundo, Kane se comprometía á encontrar un mar, un mar libre bajo el polo. Mientras los rutinarios ingleses exploraban de Este á Oeste, Kane se proponía remontar en derechura al Norte y tomar posesión de aquella concha inexplorada. Su proyecto llamó la atención general. Un armador neoyorkino, Mr. Grinell, dió generosamente dos embarcaciones, auxiliando la empresa las sociedades científicas y el público todo. Las señoras trabajaban con sus propias manos en los preparativos, animadas de religioso celo. Elegidas las tripulaciones, que las formaron voluntarios, juraron tres cosas: obediencia ciega, abstinencia de licores y de todo lenguaje profano. El mal éxito que tuvo la primera expedición no logró desanimar á Mr. Grinell ni al público norteamericano; organizóse otra con los socorros prestados por ciertas sociedades de Londres que tenían en mira, ó la propagación bíblica, ó una postrera investigación respecto al malogrado Franklin.
Pocos viajes hay más interesantes que éste, y se explica á maravilla el ascendiente que el joven Kane había ejercido sobre todos. A cada paso estaba indicada su fuerza de voluntad, su vivacidad brillante y su maravillosa potencia de¡avance!El lo sabe todo, está seguro de lo que emprende, es ardiente en sus cosas, pero positivo. Presiéntese que no flaqueará, ni le arredrarán los obstáculos, sino que irá lejos, tan lejos como puede irse. Es curiosa la lucha entre ese carácter y la desapiadada lentitud de la Naturaleza del Norte, murallas de obstáculos terribles. Apenas ha abandonado el puerto de partida cuando le acosan los fríos, viéndose precisado á invernar por espacio de seis meses entre hielos. Y en plena primavera marca el termómetro en aquellas latitudes ¡setenta grados bajo cero! A la aproximación del segundo invierno (día 28 de agosto), encuéntrase poco menos que abandonado, pues de diecisiete hombres no le quedan más que ocho. Empero, á medida que disminuyen sus hombres y sus recursos, más severo y duro en las fatigas se muestra, queriendo—dice,—hacerse respetar mejor. Sus buenos amigos, los esquimales, que le procuran provisiones de boca, y de los que se ve obligado á aceptar algunos objetos de poca monta (p. 440 de su narración), se han apropiado tres vasijas de cobre suyas, y Kane, en represalias, se apodera de dos de sus mujeres. Castigo excesivo, salvaje. No era prudente traerlas entre los ocho marineros que le quedan y en los cuales la disciplina comenzaba á relajarse: además, aquellas pobres criaturas eran casadas. «Sivu, mujer de Metek, y Aningna, consorte de Marsinga,» estuvieron llorando por espacio de cinco días. A Kane aparenta divertirle esto, y hace asomar la risa á nuestros labios cuando nos lo cuenta: «Lloraban—dice,—y entonaban todo género de lamentos, mas, no perdían el apetito.» Los maridos, los padres de los rehenes, devuelven los objetos sustraídos y toman la cosa buenamente, cual hombres inteligentes que no tienen para oponer á los revólvers norte-americanos otras armas que huesos de pescados. Así, pues, se pliegan á todo, prometen amistad, alianza; pero, al cabo de algunos días, huyen, desaparecen, ¿Qué sentimientos les animan respecto á los exploradores? No es difícil adivinarlo. En su camino irán diciendo á las tribus errantes cuánto hay que desconfiar del hombre blanco. De esta manera se cierran las puertas del mundo.
Lo que sigue es bien lúgubre. Las fatigas hácense tan crueles, que unos mueren, los otros quieren volverse á su país. Kane se mantiene firme; ha ofrecido un mar, y preciso es que lo encuentre. Conspiraciones, deserciones, actos de traición, vienen á hacer más horrible la existencia de aquellos desgraciados. Durante el tercer invierno, falto de víveres y de combustible, habría perecido si otros esquimales no lo alimentaran con su pesca; en cambio Kane cazaba para ellos. Mientras tanto, algunos de sus hombres enviados á explorar, tienen la buena suerte de descubrir el mar que así le preocupa. A su regreso cuenta haber visto una gran sábana de agua, libre de hielos, y alrededor aves, que al parecer hallaban abrigo en ese clima no tan rudo.
Era cuanto se necesitaba para hacer cobrar aliento al célebre navegante. Salvado Kane por los esquimales, que no habían sabido abusar de la fuerza que les daba el número, ni de la miseria extrema en que veían sumidos á los exploradores, déjales su embarcación en medio de los hielos.
Débil, extenuado, consigue por medio de un viaje, que duró ochenta y dos días, volver al Sur, empero allí encuentra la muerte. Este joven intrépido, que se acercó al polo más que ningún otro mortal, al morir ganó la corona con que adornaron su tumba las sociedades científicas de Francia: el primer premio de geografía.
En su relato, que encierra hechos tan terribles, hay uno conmovedor, el cual da la medida de los sufrimientos inauditos anejos á tal viaje: hablamos de la muerte de sus perros. Llevábalos de Terranova magníficos, y perros esquimales; á todos ellos teníalos por mejores compañeros que al hombre. En sus dilatadas estaciones, cuando las noches se prolongaban meses y meses, los canes vigilaban alrededor de la nave. Al pasearse Kane por entre horrorosas tinieblas, guiábalo el tibio aliento de aquellas fieles bestias, que calentaba sus manos. Primero, enfermaron los de Terranova, lo cual atribuía Kane á la falta de luz: si se les ponía ante los ojos una linterna encendida se aliviaban: mas, poco á poco fué consumiéndolos extraña melancolía y se volvieron locos. Los perros esquimales siguieron sus huellas, y hasta su perraFlora, «la más discreta,» la que reflexionaba mejor, comenzó á delirar como sus compañeros y sucumbió. En toda la áspera relación de sus aventuras no hay un solo pasaje, si no me engaño, exceptuando éste, en que su corazón se sienta conmovido.
Guerra á las razas marinas.
Recapitulando lo que antecede y la historia de todos los viajes, experiméntanse dos encontrados sentimientos:
1.º Admiración por la audacia y el ingenio con que el hombre ha hecho la conquista de los mares, subyugando su planeta.
2.º Sorpresa al ver su inhabilidad en cuanto se refiere al hombre mismo: al notar que, para la conquista de las cosas, no ha sabido emplear las personas; que por doquiera el navegante hase presentado cual enemigo, aniquilando los pueblos nuevos, los cuales bien llevados, hubieran llegado á ser, cada uno en su reducida esfera, un elemento especial para valorarla.
Ya tenemos al hombre en presencia del globo que acaba de descubrir; veisle cual músico novicio ante un órgano de grandes dimensiones, del que apenas hace brotar algunas notas. Salido de la Edad Media, reino de la teología y la filosofía, encuéntrase poco menos que salvaje; del sagrado instrumento sólo ha sabido romper las teclas.
Hase visto que los buscadores de oro comenzaron no queriendo más que oro, oro y siempre oro, y destruyendo al hombre. Colón, á pesar de ser el mejor de todos ellos, en suDiarionos indica lo que acabamos de manifestar con una candidez terrible que, anticipadamente, entristece el ánimo pensando en lo que harán sus sucesores. Desde el momento en que pone la planta en Haití: «¿Dónde está el oro? ¿Quién tiene oro?» son sus primeras palabras. Los naturales se sonreían, estaban como atontados de esa hambre de oro, y prometíanle buscarlo, deshaciéndose en el acto de sus sortijas para satisfacer cuanto antes apetito tan apremiante.
El almirante nos ha dejado un retrato conmovedor de aquella raza infortunada, de su belleza, su bondad, su ilimitada confianza. Y con todo, el genovés ha de satisfacer su avaricia, sus rudos hábitos. Las guerras turcas, los atroces galeones y sus forzados, las ventas de seres humanos, era la vida común de aquellos tiempos. El espectáculo de ese mundo tan joven é indefenso, aquellos pobres cuerpos de niños, de inocentes y lindas mujeres sin abrigo, todo esto sólo le inspira una idea mercantil, triste es decirlo, la idea de trocarlos en esclavos.
Sin embargo, no quiere Colón que sean arrebatados de sus hogares, «puesto que son propiedad del Rey y de la Reina.» Empero de sus labios se escapan estas palabras, harto significativas: «Son seres tímidos y nacidos para obedecer; harán cuantos trabajos se les manden. Bastan tres de los nuestros para poner en dispersión á mil de los suyos. Si Vuestras Altezas me ordenan traérselos ó avasallarlos aquí, nadie se opondrá: para ello son suficientes cincuenta hombres.» (14 octubre y 16 diciembre).
No tardará en llegar de Europa la sentencia general de ese pueblo. Ellos son los siervos del oro, los que tienen obligación de buscarlo, estando sometidos todos á trabajar por la fuerza. El mismo Colón nos hace saber que doce años más tarde habían desaparecido las siete octavas partes de la población, y Herrera añade, que al cabo de veinticinco años quedaba reducida de un millón á catorce mil almas.
La continuación, todo el mundo la sabe. El minero y el plantador exterminaron un mundo, repoblándolo incesantemente á costa de la sangre negra. ¿Y qué ha sucedido? Que sólo el negro vivió y vive en las tierras bajas y cálidas, fecundísimas. La América está destinada á ser su patrimonio exclusivo, ya que la Europa obró precisamente al revés de lo que pensara.
Su impotencia colonial descuella por todas partes. El aventurero francés llegaba sin familia á aquellos países, con sus vicios, confundiéndose con la masa salvaje, en vez de civilizarla; el inglés, exceptuando dos países templados adonde se dirigió en masa y con sus familias, tampoco se fija al otro lado de los mares, y dentro de un siglo la India no guardará memoria de que haya vivido en ella. El misionero protestante, el católico, ¿tuvieron alguna influencia? ¿Convirtieronun solosalvaje al cristianismo? «Ninguno,» decíame Burnouf, tan bien enterado de estos asuntos. Hay entre ellos y nosotros treinta siglos, treinta religiones. Si se quiere forzar su inteligencia, sucede la que Mr. de Humboldt observó en los pueblos americanos llamados todavíalas Misiones: habiendo perdido la savia indígena sin tomar nada nuestro, el cuerpo vivo pero muerto el espíritu, estériles, inutilizados para siempre, son toda su vida niños grandes, embrutecidos, idiotas.
Las excursiones de nuestros sabios, que tanto honran á la generación presente, el contacto de la Europa civilizada que va á todas partes, ¿en qué han aprovechado á los salvajes? No sé verlo. Mientras las razas heroicas de la América del Norte perecen de hambre y de miseria, las razas perezosas y afables de la Oceanía se consumen, con gran vergüenza de nuestros navegantes que allí, al extremo del mundo, arrojan la careta de la decencia, no conteniéndose más. Población cariñosa y débil, en la que notó Bougainville el exceso del abandono, y entre la cual los mercaderes apóstoles de la Inglaterra ganan dinero pero no almas, se extingue míseramente devorada por nuestros mismos vicios y nuestras enfermedades.
La dilatada costa de la Siberia estuvo habitada en otro tiempo. Bajo aquel durísimo clima vivían tribus nómadas, cazando los animales de preciosa piel, que les procuraban sustento y abrigo. La pérfida y mañosa política obligóles á establecerse ó á convertirse en agricultores en un país donde no es posible el cultivo. Así es como la muerte se ceba en ellos, y en particular sobre los varones. Por otra parte el comercio, insaciable, imprevisor, no respetando á los animales en la época del celo, halos exterminado también. Hoy reina el silencio, el más completo silencio en una costa que se extiende por espacio de mil leguas. No importa que silbe el viento, que se hiele el mar, ni que la aurora boreal transfigure la interminable noche: al presente la Naturaleza no tiene otro testigo que ella misma en aquellas antes bulliciosas regiones.
El primer cuidado que se hubiera debido tener en los viajes árticos de la Groenlandia, era entablar relaciones amistosas con los esquimales, dulcificar su trabajosa existencia, adoptar á sus hijos educándolos si no todos, parte de ellos en Europa, formar colonias en aquellos apartados climas, escuelas de descubridores. Tanto en las obras de John Ross como en todas las que se refieren al mismo asunto vese que están los esquimales dotados de inteligencia y muy aprisa se asimilan las artes de Europa. Hubiéranse efectuado enlaces entre sus hijas y nuestros marinos, naciendo de esas uniones una población mixta dueña por derecho propio de aquel continente Norte. Este era el medio verdadero de encontrar sin dificultades, de regularizar el paso tan deseado. Bastaban para ello treinta años: hanse empleado trescientos, y al fin y al cabo nada se ha conseguido, pues atemorizando á esos pobres salvajes que van al Norte y mueren, ¡habéis excluido de allí definitivamente alhombre de la regióny el genio de la comarca! ¿Qué importa haber visto ese desierto, si lo hacéis inhabitable é inabordable para siempre?
Fácil es pensar, que si el hombre ha tratado con tanta rudeza á su semejante, no habrá sido más clemente ni mejor para con los animales. Cebóse furiosamente en las especies más tímidas, convirtiéndolas en salvajes y agrestes.
Todas las relaciones antiguas están contestes en asegurar que, al vernos por primera vez, sólo demostraban confianza en nosotros y una curiosidad simpática. Los viajeros pasaban por entre las pacíficas familias de los lamantinos y de las focas, que se dejaban tocar. Los pingüinos y los mancos seguían á los navegantes, aprovechándose de sus comestibles, y, llegada la noche, guarecíanse bajo las ropas de los marineros.
Nuestros padres estaban creídos, y no sin cierto grado de verosimilitud, que los animales sienten como nosotros. Los flamencos atraían el sábalo con el ruido de las campanillas. (Valenc., 20,327). Cuando se tañía algún instrumento en las embarcaciones, presentábase en seguida la ballena (Noël, 223), siendo la jubarta[3]la que más se complacía con la sociedad del hombre, puesto que jugueteaba y brincaba alrededor del barco.
Lo mejor de los animales, y que se ha llegado á destruir casi del todo á fuerza de persecuciones, era elmatrimonio. Aislados, fugitivos, ahora sus amoríos son pasajeros, viéndose compelidos á guardar un mísero celibato, de cada día más estéril.
Elmatrimonio, fijo, real, es la vida de la Naturaleza que se encuentra en casi todas las cosas. El matrimonio, amor único, fiel hasta la muerte, existe entre el corzo, entre la urraca, entre la paloma, entre el inseparable (especie de lindo papagayo), entre el intrépido camique, etc. Respecto á las demás aves, dura á lo menos hasta que los pequeñuelos están en estado de manejarse por sí mismos: entonces la familia vese precisada á separarse necesitando extender el radio donde se procura su sustento.
La liebre en medio de su vida agitada y el murciélago que vive envuelto en tinieblas, son tiernísimos para su familia; y hasta los crustáceos, los pulpos, se quieren y se auxilian: cuando se pesca la hembra, el macho se precipita sobre ella y déjase agarrar.
¡Y cuánto más conocidos son el amor, la familia, la unión ó matrimonio, en la verdadera acepción de estas palabras, entre los tiernos anfibios! Su paso tardo, su vida sedentaria, favorecen la unión fija. La morsa (elefante marino), ese animal enorme y de tan extraña facha, es intrépido en amor: el marido se sacrifica hasta la muerte por su mujer, y ésta por el hijo. Mas, lo que no tiene ejemplo, lo que no se ve en ninguna otra parte, ni aun entre los animales de la escala superior, es que el pequeñuelo, en salvo y escondido por la madre, al verla combatir en defensa suya, acude á defenderla á su vez, y ¡noble corazón! se ensaña contra su enemigo y muere por la que le diera el ser.
Steller vió entre una familia de otarios (anfibios también) una escena casera absolutamente humana:
Una hembra habíase dejado robar su cachorro; furioso el marido, le pegaba, y la pobre se encaramaba, besábale, lloraba á lágrima viva,al extremo de tener inundado el pecho con el llanto que vertía.
Las ballenas, que carecen de la vida fija de esos anfibios, van, sin embargo, de dos en dos en sus errantes paseos á través del Océano. Duhamel y Lacépède dicen que, en 1723, dos de estas ballenas que estaban heridas no se separaron nunca, y cuando estuvo muerta la una, la otra se abalanzó sobre su cuerpo lanzando horrorosos mugidos.
Si hay en el Universo un ser cuya sangre debiera economizarse, es la ballena franca, tesoro admirable, donde la Naturaleza ha amontonado tantas riquezas. Ser, además, inofensivo, que á nadie persigue ni vive de especies que sustentan al hombre. Exceptuando su temible cola, carece de armas defensivas. Y no obstante, ¡cuántos enemigos tiene! Todos se atreven con ella; innumerables especies se acomodan en su lomo y viven á sus expensas, llegando su descaro hasta el punto de roer su lengua. El narval, armado de traidoras defensas, las hunde en sus carnes; los delfines saltan y la muerden, y el tiburón, al vuelo, de un golpe de sierra le arranca un sangriento jirón.
Otros dos seres, ciegos y feroces, ensáñanse con el fruto de sus entrañas, haciendo una guerra cobarde á las hembras preñadas; hablamos del cachalote y del hombre. El primero, con su horrible cabeza, que constituye la tercera parte del cuerpo, todo dientes (tiene cuarenta y ocho), todo quijadas, muérdela en el vientre, devora el hijo dentro de su mismo cuerpo, y luego, sin apiadarse de sus acerbos dolores, trágase á la madre. El hombre la hace sufrir más tiempo, pues la sangra, y golpe tras golpe hiérela bárbaramente. Dura en la muerte, en su dilatada agonía la pobre tiembla, hace desesperados esfuerzos y se queja lastimeramente. Muerta y todo, su cola se mueve, no siendo prudente en aquellos momentos acercarse á ella. Los pobres brazos de la desventurada, antes calientes por el fuego del amor, vibran aún; parece que no ha dejado de existir y que está buscando á su cachorro.
No es posible figurarse lo que fué esa guerra hace cien ó doscientos años, cuando abundaban las ballenas, navegando por familias; cuando las tribus anfibias cubrían todas las costas. Llevábanse á cabo carnicerías inmensas, derramábase la sangre en abundancia, como no se había visto ni en las más grandes batallas. En un solo día llegaban á matarse ¡quince ó veinte ballenas y mil quinientos elefantes marinos! Es decir, que se mataba por el placer de matar; pues ¿de qué aprovecharían todos esos despojos de coloso, uno solo de los cuales da tanta cantidad de aceite y de sangre? ¿Qué se intentaba con diluvio tan sangriento? ¿Enrojecer la tierra? ¿Ensuciar el mar?
Queríase el pasatiempo de los tiranos, de los verdugos; herir, destrozar, gozar de su fuerza y de su furor, saborear el dolor, la muerte. Con frecuencia divertíanse en martirizar, encolerizar, hacer morir lentamente á animales demasiado tardos ó apacibles para defenderse. Perón vió un marinero que se encarnizaba en una foca hembra, la cual lloraba como una mujer, gemía: cada vez que el animal abría su ensangrentada boca, el bárbaro golpeábala con un grueso remo y le rompía los dientes.
Dice Dumont d'Urville que en las Nuevas Shetlands del Sur, los ingleses y los americanos exterminaron las focas en el transcurso de cuatro años. En su ciego furor, degollaban á los recién nacidos y mataban las hembras preñadas. A menudo, sólo las matan para utilizar la piel, desperdiciando enormes cantidades de aceite.
Tales carnicerías son una escuela detestable de ferocidad que deprava indignamente al hombre, estallando los más abominables instintos en medio de esa embriaguez de carniceros. ¡Vergüenza para la humana naturaleza! Entonces vese en todos (aun entre las personas más delicadas), vese surgir algo de inesperado, de horrible. Un pueblo apreciable, en la costa más encantadora que se conoce, practica una extraña fiesta: reúnense allí quinientos ó seiscientos atunes para quitarles la vida á todos en un mismo día. En un vasto recinto de barcas, la larga red, la almadraba dividida en varios compartimientos, levantada por cabrestantes, hácelos llegar pausadamente y meter en elcuarto de la muerte. A su alrededor hay en acecho doscientos hombres de rostro bronceado, provistos de arpones y ganchos. De veinte leguas á la redonda llega el mundo elegante, mujeres bonitas y sus adoradores, quienes se colocan á la orilla del mar y lo más cerca posible para mejor ver la matanza, formando un círculo encantador. Dada la señal, el pescador hiere. Aquellos peces, que parecen hombres, saltan, punzados, atravesados, abiertas las carnes, tiñendo el agua con su sangre por momentos. Su dolorosa agitación, el furor de que están poseídos sus verdugos, el mar que ya no es mar, sino un no sé qué espumoso que vive y humea, todo esto produce el vértigo. Los que han venido sólo por mirar obran, patalean, gritan, y encuentran que la carnicería es demasiado lenta. Finalmente, circunscriben el espacio. La hormigueante masa de heridos, muertos, moribundos, se concentra en un solo punto: saltos convulsivos, golpes furiosos: el agua chorrea, y el rocío enrojecido...
Y esta escena ha hecho subir de punto la embriaguez. Hasta la mujer delira y se olvida de su sexo, vese poseída del frenesí que asalta á los demás espectadores. Cuando todo ha terminado, la más bella mitad del género humano lanza un suspiro rendida de fatiga, mas no satisfecha, y exclama al abandonar aquel sitio: «¡Cómo!, ¿y para esto hemos venido?»
El derecho del mar.
Un gran escritor popular que da á cuanto pone la mano un carácter de sencillez luminosa y sorprendente, Eugenio Noël, ha dicho: «Puede convertirse el Océano en fábrica inmensa de víveres, en laboratorio de subsistencias más productivo que la misma tierra; fertilizarlo todo, mares, ríos, riachuelos, estanques. Hasta el presente sólo se ha cultivado la tierra; y he aquí que se ofrece el arte de cultivar las aguas... ¡Oídlo bien, pueblos!» (Piscicultura).
¿Más productivo que la tierra? ¿Cómo es esto? M. Baude lo explica perfectamente en un importante trabajo sobre la pesca que ha dado á luz. Es el pez, entre todos los seres, el más susceptible de propagarse ayudado por una pequeña cantidad de alimento, bastando muy poco, casi nada para sustentarlo. Refiere Rondelet que una carpa que guardó metida por espacio de tres años dentro de una botella de agua sin darle de comer, aumentó, sin embargo, su tamaño al extremo que no hubiera podido salir de la botella. En los dos meses que el salmón estaciona en el agua dulce, se abstiene casi del todo de alimento y, sin embargo, no perece; su permanencia en las aguas salobres dale por término medio (¡acrecentamiento prodigioso!) seis libras de carne. Esto es muy distinto del lento y costoso progreso de nuestros animales terrestres. Si se amontonara lo que come para engordar un buey, ó siquiera un puerco, sorprenderíanos el ver la montaña de alimentos que necesita para conseguirlo.
De manera que el pueblo en donde la cuestión de subsistencias hase presentado más amenazadora, los chinos, tan prolífico, tan numeroso, con sus trescientos millones de habitantes, tuvo que valerse directamente de esa gran potencia de generación, la más rica manufactura de vida nutritiva. En toda la extensión de sus grandes ríos, muchedumbres prodigiosas han buscado en el agua un alimento más regular que el del cultivo de las plantas. El agricultor está de continuo con el alma en un tris: un ventarrón, una helada, el más pequeño accidente les deja sin nada y produce el hambre en su familia; mientras que, al contrario, la cosecha viviente que crece en el fondo de esos ríos sustenta invariablemente el sinnúmero de familias que los surcan con sus barcas, las cuales, seguras de obtener su provisión cotidiana de pescado, saben al mismo tiempo ser aquél un manantial inagotable.
En el río central del Imperio, hácese en el mes de mayo un comercio inmenso de freza de pescado, comprada por traficantes, quienes la revenden por todo el país á cuantos quieren depositar en sus viveros domésticos el elemento de fecundación. Así todos tienen su reserva, que sustentan sencillamente con los restos de la comida del hogar.
Los romanos obraron de la misma manera, habiendo llevado el arte de la aclimatación al extremo de hacer abrir en el agua dulce las huevas de los peces de mar.
La fecundación artificial descubierta el siglo pasado en Alemania por Jacobi, y practicada en el presente en Inglaterra con el más fructuoso resultado, fué reinventada entre nosotros hacia el año 1840 por un pescador de la Bresse, Remy, y desde entonces hase popularizado así en Francia como en toda Europa.
En manos de nuestros sabios, Coste, Pouchet, etc., esta práctica se ha convertido en ciencia, llegando á descubrirse, entre otras cosas, las relaciones regulares del mar y del agua dulce; esto es, los hábitos de algunos peces de mar que pasan á nuestros ríos en ciertas estaciones del año. La anguila, no importa cuál sea su cuna, desde el momento en que ha adquirido el grueso de un alfiler, apresúrase á remontar el Sena, en tanto número, que forma á lo largo del río una capa blanca. Tal tesoro que, bien cuidado, produciría millares de millones de peces del peso cada uno de algunas libras, vese devastado indignamente, vendiéndose á vil precio y á cubetas esos gérmenes tan preciosos. No es menos fiel el salmón, regresando invariablemente del mar al río do naciera. Aquellos que han sido marcados se presentan nuevamente sin faltar á la lista casi uno solo, siendo tan grande su amor hacia el río natal, que si ven cortado el paso por alguna barrera, aunque ésta sea una cascada, lánzanse por encima de ella haciendo esfuerzos sobrehumanos para saltarla.
El mar, que dió comienzo á la vida sobre nuestro globo, sería todavía su benéfica nodriza si el hombre supiese respetar siquiera el orden que allí reina y se abstuviese de perturbarle.
No debemos olvidar que tiene vida propia y sagrada, sus funciones enteramente independientes para la salvación del planeta: él contribuye poderosamente á crear la armonía, al mismo tiempo que asegura su conservación y la salubridad. Y todo esto efectuábase tal vez por millones de siglos, antes de que el hombre naciera. La Naturaleza pasábase á maravilla de él y de su sabiduría. Sus antepasados, hijos del mar, llenaban perfectamente entre sí la circulación de substancia, las metamorfosis, las sucesiones de vida, que son el movimiento rápido de purificación constante. ¿Qué puede el hombre con respecto á ese movimiento, continuado á tal distancia de él, en ese mundo obscuro y profundo? Poco para el bien, más para el mal. La destrucción de tal especie puede ser un sensible atentado contra el orden, la armonía de todas las cosas. Que haga una siega razonable de las que pululan superabundantemente: está muy bien que viva á expensas de los individuos; mas, que conserve las especies. En cada una de ellas debe respetar el papel que desempeñan reunidas, el de funcionarios de la Naturaleza.
Hemos atravesado ya dos edades de barbarie.
En la primera, diremos como Homero: «El mar estéril.» Es surcado únicamente para buscar al otro lado tesoros fabulosos ó grandemente exagerados.
En la segunda, notóse que la riqueza del mar consiste sobre todo en él mismo, y quisimos arrancársela, pero de una manera ciega, brutal, violenta.
Al odio á la Naturaleza que tuvo la Edad Media hase añadido la aspereza mercantil, industrial, armada de máquinas terribles, que matan desde lejos, sin peligro, á montones. A cada nuevo progreso en las artes, nuevo progreso de barbarie feroz, progreso de exterminio.
Ejemplo: el arpón lanzado por una máquina rápida cual el rayo. Nuevo ejemplo: la draga, red destructora, usada desde el año 1700, red que arrastra inmensa y pesada, y siega hasta la esperanza, habiendo barrido el fondo del Océano. Nos estaba prohibido; empero llegaba el extranjero ydragabaá nuestra vista. (Véase Tifaigne). Algunas especies huyeron de la Mancha, trasladándose al Gironde; otras dejaron de existir para siempre. Lo mismo va á suceder con un pez excelente, magnífico, el escombro, que es perseguido bárbaramente en toda estación. (Valenc.,Diction.X, 352). La prodigiosa generación del abadejo no por esto lo pone á salvo de extinguirse, puesto que va en disminución aun en los mismos bancos de Terranova. Tal vez se destierra voluntariamente en medio de soledades desconocidas.
Preciso es que las grandes naciones se entiendan para substituir condición tan salvaje con otra más humanitaria y civilizada, de suerte que el hombre reflexione mejor y deje de desperdiciar sus bienes, y de perjudicarse á sí mismo. Necesítase que Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, propongan á las demás naciones y las decidan á promulgar, todas juntas, unDerecho del mar.
Los vetustos reglamentos especiales de las pescas ribereñas no son adaptables para la navegación moderna. Requiérese un código común de las naciones, aplicable á todos los mares, un código que regularice no tan sólo las relaciones del hombre con el hombre, sino las del hombre con los animales.
Lo que se debe á sí mismo y lo que debe á ellos es: no hacer por más tiempo de la pesca una caza ciega, bárbara, en la cual se mata más de lo que puede aprovecharse, inmolando sin provecho el pescador á los pequeñuelos que, dentro de un año, habríanlo alimentado espléndidamente; y ahorrando la vida á uno habríase dispensado de dar muerte á una infinidad.
Lo que el hombre se debe á sí mismo y debe á ellos, es no prodigar sin motivo la muerte y el dolor.
Los holandeses y los ingleses tienen la precaución de matar inmediatamente el arenque; los franceses, más negligentes lo tiran en el barco amontonándolo y dejando que muera asfixiado. Esta prolongada agonía lo malea, quítale gran parte de su sabor, de la dureza de su carne; vese macerado de dolor, acontécele lo que se observa entre las bestias que mueren de alguna enfermedad. En cuanto al abadejo, nuestros pescadores lo cortan en el acto de agarrarlo: el que se enreda durante la noche en las redes, cuyos esfuerzos y agonía desesperada se prolongan por varias horas, no valen nada en comparación del cortado en el acto (excelentes observaciones de M. Baude).
En tierra están reglamentadas las estaciones de caza, y lo mismo debe hacerse con la pesca, teniendo en consideración el tiempo en que cada especie se reproduce.
Debe ser economizada, como la corta de las maderas, dejando á la producción el tiempo de repararse.
Los cachorros y las hembras preñadas han de ser respetadas, sobre todo en las especies que no abundan mucho y entre los seres superiores no tan prolíficos,—cetáceos y anfibios.
Nos vemos obligados á matar: nuestros dientes, nuestro estómago, demuestran que fatalmente necesitamos inmolar. Preciso es, pues, compensar esto multiplicando la vida.
En tierra, creamos, defendemos los rebaños, hacemos multiplicar muchos seres que no nacerían, serían menos fecundos ó perecerían jóvenes, devorados por las bestias feroces. Es una especie de derecho que sobre ellos tenemos.
En el agua hay aún más vidas tiernas anuladas: defendiéndolas, propagándolas, haciéndolas muy numerosas, nos creamos un derecho de vivir sobre lo inconmensurable. La generación es susceptible de dirección como un elemento aumentado indefinidamente. El hombre, sobre todo en aquel mundo, se aparece como el gran mágico, el promotor poderoso del amor y la fecundidad. Es el adversario de la muerte, pues si bien se aprovecha de ella, la parte que se adjudica nada es en comparación de los torrentes de vida que puede crear á voluntad.
Tocante á las preciosas especies próximas á desaparecer, la ballena más que ninguna, el animal más grande, la vida más rica de toda la Creación, debe dejárselas en paz, á lo menos durante medio siglo. Así podrá reparar sus desastres. No sintiéndose perseguida, regresará á su clima natural, la zona templada, encontrando allí su inocente vida de apacentar la viviente pradera, los pequeños seres elementales. Vuelta á sus antiguos hábitos y á sus propios alimentos, reflorecerá, recobrará otra vez sus gigantescas proporciones, y volveremos á ver ballenas de dos y trescientos pies de largo. Que sus pasados lares do tenía sus amoríos sean sagrados. Esto ayudará no poco á hacerla nuevamente fecunda. En otros tiempos placíase en las bahías de California. ¿Por qué no dejarla en ellas? Así no se encaminaría en busca de los atroces hielos polares, de las míseras guaridas donde locamente se la persigue, impidiéndola juntarse y procrear.
¡Paz para la ballena franca! ¡Paz para el dugongo, la morsa, el lamantín, especies preciosas que no tardarían en desaparecer! Necesitan muchos años de paz, cual la que tan discretamente hase ordenado en Suiza para el revezo, precioso animal que había sido batido y destruido casi: creíasele perdido, mas no tardó en presentarse de nuevo.
Para todos, así anfibios como peces, requiérese una época de reposo; unaTregua de Dios.
El mejor modo de multiplicarlos es ahorrar su sangre en la época de su reproducción, en la hora que la Naturaleza desempeña en ellos su obra de maternidad.
Parece como que los pobres adivinan que son sagrados en aquellos momentos, pues pierden su timidez, muéstranse á la luz del día, acércanse á la playa: diríase que se creen con derecho á ser protegidos.
Están entonces en el apogeo de su belleza, de su fuerza. Sus brillantes libreas, su fosforescencia, indican el supremo resplandor de la vida. En todas aquellas especies cuyo exceso de fecundidad no es amenazante, deben respetarse con religiosidad esos momentos. Que mueran después, no importa. Si hay que matarlos, ¡matadlos! mas, primero, dejadles vivir.
Toda vida inocente tiene derecho á disfrutar momentánea dicha, cuando el individuo, por inferior que sea la escala en que la Naturaleza le haya colocado, rompe el estrecho límite de su Yo individual, quiere una perpetuación de sí mismo, y en medio de su obscuro deseo penetra en el infinito do debe perpetuarse.
Que el hombre coopere á su deseo; que auxilie á la Naturaleza, y recibirá las bendiciones de todos los seres, desde los que pueblan los abismos hasta los que se remontan al firmamento. Dios le mirará compasivo si se constituye con El en promotor de la vida, de la felicidad; si distribuye á todos la parte que, aun á los más pequeños, corresponde aquí abajo.
RENACIMIENTO POR EL MAR
Origen de los baños de mar.
El mar, tan maltratado por el hombre en esa guerra inhumana, ha pagado el daño recibido con generosidad y benevolencia. Cuando la tierra, su bien amada, la ruda tierra le consumía, agotábale, él, ese mar temible, maldito, la acogía sin odio, alojábala en su seno, devolvíale la savia y la vida.
¿Acaso no es del mar que surgió la vida primitiva? El mar posee para ella todos los elementos en una maravillosa plenitud. ¿Por qué, cuando nos sentimos desfallecidos, no ir á rehacernos al desbordado manantial que nos invita á beber?
El es bueno y generoso para todos, empero más benéfico, al parecer, más simpático para las criaturas menos distantes de la vida natural, para la inocente niñez que sufre los pecados de sus padres, para las mujeres, víctimas sociales, cuyas principales faltas son debidas á su facultad de amar, y que, menos culpables que nosotros, llevan, no obstante, sobre sí la parte más grande del peso de la vida. Teniendo cierto parentesco con ellas el mar, complácese en realzarlas, dando fuerza á su debilidad, disipando sus penas del espíritu, rehaciéndolas y devolviéndolas su belleza, y, jóvenes, prestándoles su eterna frescura. Venus que salió de en medio de sus ondas, renace del mar todos los días—no la Venus enervada, la llorosa, la melancólica,—sino la Venus verdadera, victoriosa, con su poder triunfal de fecundidad, de deseo.
¿Cómo efectuarse la reconciliación entre esa gran fuerza, saludable pero áspera, salvaje, y nuestra gran debilidad? ¿ Qué enlace podía haber entre dos partidos á tal punto desproporcionados? Cuestión inmensa era ésta: fué preciso para resolverla un arte, una iniciación. Para comprenderlos debe conocerse el tiempo y la ocasión en que ese arte comenzó á revelarse.
Entre dos edades de fuerza, la fuerza del Renacimiento y la de la Revolución, hubo una época de postración, cuando graves signos acusaron una enervación moral y física. El mundo antiguo que desaparecía y el nuevo que tardaba en presentarse, dejaron entre ellos un intermedio de uno ó dos siglos. Concebidas del vacío, nacieron generaciones débiles y enfermizas; al paso que las diezmaba el exceso de goces y el exceso de miseria. Francia, arruinada tres veces de uno á otro extremo en el espacio de un siglo, lanzó las últimas boqueadas en una orgía de enfermos: la Regencia. Inglaterra, que, sin embargo, se engrandecía en aquellos momentos á costa de nuestras ruinas, estaba al parecer tan enferma como su vecina: la idea puritana habíase ido debilitando y no acudía otra á reemplazarla. Aplastada en el reinado de Carlos II, atravesó después el fangoso pantano de Walpole. En medio de la pública postración, salieron á relucir los instintos de la baja plebe: el precioso libro tituladoRobinsóndeja entrever la aparición inminente del alcoholismo. Otro libro (terrible), en el cual la medicina se prevalía de todas las amenazas bíblicas, denunció el sombrío suicidio de depravación egoísta que rechazaba el matrimonio.
Ideas desordenadas, malos hábitos, vida de holgazanería y nociva á la salud, todo esto se traducía físicamente por la relajación de los tejidos, la postración mórbida de las carnes, las escrófulas, etc. Las mejores encarnaciones ocultaban los males más repugnantes. Ana de Austria, cuyas carnes eran citadas como un modelo de frescura, moría de una úlcera; la Princesa de Subiza, una rubia deslumbradora, se derritió, si vale decirlo así, cayendo sus carnes á jirones.
Un gran señor inglés, harto curioso, el Duque de Newcastle, pregunta cierto día al doctor Russell por qué se altera la raza y va degenerando; por qué aquellos lirios y rosas se cubren de escrófulas.
Muy raro es que una raza empezada á gastar se rehaga; no obstante, en la raza inglesa obróse este milagro. Recobró (durante setenta ú ochenta años) una fuerza extraordinaria y una actividad extrema; debiendo su renovación, primeramente á sus grandes negocios (nada hay tan sano como el movimiento), y al mismo tiempo, preciso es confesarlo, al cambio de sus hábitos. Los ingleses adoptaron alimentos distintos, distinta educación, distinta medicina; todos quisieron ser robustos para obrar, comerciar, ganar dinero.
No se requirió mucho ingenio para esto; las grandes ideas de dicha renovación poseíalas la Inglaterra, y sólo se necesitaba aplicarlas. El moravo Comenius, adelantándose un siglo á Rousseau, había dicho: «Acordaos de la Naturaleza como en otros tiempos y adoptad su sistema para la educación.» Y dijo el sajón Offmann: «Acordaos de la Naturaleza, adoptando su sistema para la medicina.»
Hoffmann había llegado á tiempo, en la época de la Regencia, después de la orgía de los placeres y de la orgía de los medicamentos con que se agravaba á la primera. Aquel sabio dijo: «Huíd de los médicos: sed sobrios y no bebáis más que agua.» Fué una reforma moral. Así, pues, vimos á Priessnitz (1830), después de las bacanales de la Restauración, imponer á la alta aristocracia de Europa la más ruda penitencia, alimentarla con el pan de los campesinos, tener en pleno invierno á las más delicadas señoras bajo las cascadas de agua de nieve, en medio de los pinares del Norte, en un infierno de frío que, por reacción, truécase en uno de fuego. Tan violento es en el hombre el amor á la vida, tan fuerte el temor que le causa la muerte, su devoción por la Naturaleza, cuando espera de ella una moratoria.
Y después de todo, ¿por qué no sería el agua la salvación del hombre? Según Berzelius, no somos más que agua (las cuatro quintas partes de nuestro cuerpo), y el día de mañana convertirémonos en agua. En la mayor parte de las plantas encuéntrase en iguales proporciones que en el cuerpo humano. Y asimismo cubre el agua salada las cuatro quintas partes del globo. Es el agua para el elemento árido una constante hidroterapia que le cura de su sequedad; ella apaga su sed, le da el sustento, hincha sus frutos, sus mieses. ¡Extraña y prodigiosa hada! Con poco, lo produce todo; con poco, todo lo destruye: basalto, granito y pórfido. Ella es la gran fuerza si bien la más elástica, que se presta á las transiciones de la universal metamorfosis. Ella envuelve, penetra, traslada, transforma la Naturaleza.
¡En qué desierto horroroso, en qué selva sombría no vamos á buscar las aguas que brotan del centro de la tierra! ¡Qué culto más supersticioso no profesamos hacia esos temibles manantiales que nos traen las escondidas virtudes y los espíritus del globo! He visto fanáticos que no tenían más Dios que Carlsbad, esa milagrosa reunión de las aguas más contradictorias. He visto devotos de Baréges; y yo mismo tuve el ánimo turbado ante los hirvientes fangos do hormiguea el agua sulfurosa de Acqui, obrando por sí misma con extrañas pulsaciones que sólo se notan entre los seres animados.
Las termas es cuestión de vida ó muerte; su acción es decisiva. ¡Cuántos enfermos se hubiesen consumido lentamente y merced á ellas han pasado con rapidez á la otra vida! A menudo esas poderosas aguas devuelven la salud momentáneamente al paciente, haciendo un temible llamamiento á las pasiones causa del mal. Entonces éstas vuelven á presentarse violentas, á grandes borbotones, como los hirvientes manantiales que las despiertan. Humaredas, vapores sulfurosos, aire embriagador de la comarca, todo esto aseméjase al aura que hinchaba, turbaba á la Sibila y la forzaba á hablar. Es una erupción de nuestro cuerpo que hace salir afuera lo que más empeño se hubiera tenido en ocultar. Nada hay oculto en aquellasBabelesdonde bajo el pretexto de la salud, se vive fuera de las leyes de este mundo, adoptando las libertades del otro. Semimuertos y semimuertas véseles en las mesas del juego, pálidos y macilentos, engolfarse en placeres desenfrenados, de los que con frecuencia no despiertan.
El soplo del mar es otra cosa, puesto que por sí solo purifica.
Esa pureza procede también del aire, y especialmente del cambio rápido que se hace del uno al otro, de la mutua transformación de los dos océanos. Nada de reposo; en ningún sitio languidece la vida ni dormita. El mar la hace, deshácela y la rehace. A cada momento pasa, salvaje y vivaz, por el crisol de la muerte. El aire aun más violento, azotado una y otra vez por el viento, arrastrado por los torbellinos, concentrado para estallar en trombas eléctricas, está continuamente en revolución.
Vivir en la tierra, es el reposo; en el mar, una lucha eterna, pero lucha vivificadora para el que puede soportarla.
Los hombres de la Edad Media tenían en gran aversión y aborrecimiento al mar, «reino del Príncipe de los vientos.» Así nombraban al diablo. Al noble siglo XVII disgustábale vivir entre la ruda marinería. El castillo de aspecto monótono, con un tosco jardín, estaba casi siempre situado lejos, lo más lejos posible del mar, en algún sitio sin aire, privado de vista, rodeado de húmedas arboledas. Asimismo, el caserío inglés, perdido entre la sombra de copudos árboles y entre la pesada niebla, reflejaba con frecuencia su silueta en el fango de algún insalubre pantano. Lo que hoy llama la atención en Inglaterra, sus numerosas quintas marítimas, la afición á vivir á orillas del mar, los baños hasta en lo más crudo del invierno, todo esto es cosa moderna, premeditada y deseada.
Las poblaciones de las costas que sustenta el mar, eran más simpáticas para el inglés. Su instinto presagiábale en ellas una gran potencia de vida, teniendo en primer término, en su favor, su virtud purgativa. Aquellos habitantes no habían dejado de observar que esa purgación ayudaba á neutralizar los males de la época, las escrófulas y las llagas que son su consecuencia; al paso que su amargor parecíales un excelente antídoto contra las lombrices que atormentan á los niños. También comían sin ningún escrúpulo las algas y ciertos pólipos (Haleyonia), adivinando el yodo que contienen y su potencia constrictiva para sanar y consolidar los tejidos. Esas recetas populares llegaron á noticia y fueron recogidas por Russell, abriéndole el camino y ayudándole grandemente á contestar á la grave pregunta que le dirigía el Duque de Newcastle. De su respuesta, hizo un libro importante y curioso titulado:Tabe glandulari, seu de usu aquæ marinæ, 1750.
En él se encuentra la siguiente ingeniosa sentencia: «No se trata de curar, sino de rehacer y crear.»
Russell se propone un milagro, pero un milagro hacedero: fabricar carnes, crear tejidos. De suerte que trabaja preferentemente sobre la criatura, que, aunque comprometida desde el vientre de su madre, todavía puede ser rehecha.
Era el momento en que Bakewell acababa de inventar la carne. Las bestias que hasta entonces puede decirse sólo sirvieran para producir leche, iban á dar en lo sucesivo más generoso alimento. El insípido régimen lácteo, debía ser abandonado por aquellos que se lanzaban en acción cada día más.
Por su lado Russell, con gran oportunidad, inventó el mar por medio de su librito, quiero decir, le puso en boga.
El todo se resume en cuatro palabras; mas, esas palabras, son á la vez un sistema médico y de educación: 1.º Débese beber el agua del mar, bañarse en él y comer cuanto produce que tenga concentrada su virtud: 2.º Los niños no deben ir muy abrigados, y tenerlos siempre en contacto con el aire.—Aire, agua, y nada más.
El último consejo es bien atrevido. Mantener á la criatura casi desnuda, bajo un clima húmedo y variable, era resignarse anticipadamente al sacrificio de los débiles. Sobrevivieron los fuertes, y perpetuada la raza sólo por éstos, rehízose más y mejor. Añadid á esto, que los negocios, el movimiento, la navegación, arrancando al niño de las escuelas y emancipándolo temprano, lo libró de la educación sedentaria y de la vida de estropeado, que reservó la Inglaterra únicamente para los hijos de sus lores, para los nobles educandos de Oxford y de Cambridge.
En su libro ingenioso, en que brilla el instinto popular, Russell estaba muy distante de adivinar que dentro de un siglo todas las ciencias se mancomunarían para darle la razón, y que, revelando cada una de ellas alguna nueva faz del asunto, descubriríase en el mar un tratado completo de la terapéutica.
Los más preciosos elementos de la animalidad terrestre se encuentran superabundantemente en el mar, enteros é invariables, salubres, vivos, en depósito para rehacer la vida.
Así que, la ciencia pudo decir á todos: «Acudid, pueblos, acudid, agobiados trabajadores, acudid, jóvenes mujeres de fuerzas agotadas, criaturas castigadas con los vicios de vuestros padres; acércate, macilenta humanidad, y díme francamente, á presencia del mar, lo que necesitas para reanimarte. Ese principio reparador, sea cual fuere, el mar lo posee.»
La base universal de vida, elmucusembrionario, la viviente gelatina animal de donde nació y renace el hombre, donde tomó y toma sin cesar la jugosa consistencia de su ser, ese tesoro, enciérralo el mar hasta tal punto que es su propia vida. Con él fabrica, satura sus vegetales, sus animales, prodigándoselo ampliamente. Su generosidad hace burla á la mezquindad de la tierra. Ya que dan con tanta abundancia, sabed si quiera recoger sus dones. Su riqueza alimenticia va á amamantaros por torrentes.
«Más—dicen aquéllos;—precisamente carecemos nosotros de lo que constituye el sostén y como la armazón del hombre. Nuestra osamenta se dobla, se encorva, se comprime, gracias al harto débil alimento que sólo sirve para engañar el hambre. Se pone blanda, vacila.» Perfectamente: el calizo que les falta abunda de tal suerte en el mar, que cubre todas sus conchas y madréporas constructoras, hasta formar continentes. Sus peces, la hacen viajar por bancos y por flotas inmensas, tan inmensas, que desparramado por las costas ese rico alimento, sirve de abono.
Y usted, joven enfermiza que, sin ánimo para quejarse, se encamina hacia el sepulcro (¿quién no lo ve?) derritiéndose, yéndose á pique por sus propios pasos; ahí tiene usted (en el mar) la triple potencia tónica, la saludable tonicidad que afirma todo tejido viviente. Tiénela diseminada en sus aguas yodadas á la superficie; se la encuentra en su varech, que, sin cesar, se impregna de ella; la hay animalizada, en su más fecunda tribu, losgades(abadejos, etc.). El abadejo y sus millones de huevas bastarían por sí solos para yodar toda la tierra.
¿Le hace á usted falta calor? El mar lo tiene, y el más perfecto de todos, ese calor insensible que despiden los cuerpos crasos, latente, pero tan poderoso, que si no era repartido, balanceado, equilibrado, derretiría todos los hielos, convirtiendo el polo en Ecuador.
La preciosa sangre roja, la sangre caliente, es el triunfo del mar. Por ella ha animado y armado incomparable fuerza á sus gigantes, tan por encima de toda creación terrestre. Y si fabricó ese elemento, bien puede, en obsequio suyo, fabricarlo nuevamente, hacer adquirir á usted un tinte rosado, reanimarla, pobre flor marchita, descolorida. Ella rebosa, sobreabunda de lo que tanta falta hace á usted. En los hijos del mar la sangre misma es otro mar, que, al primer impulso corre y humea, purpureando á gran distancia el Océano.
He aquí revelado el misterio. Todos los principios que en ti están unidos, esa gran persona impersonal los ha dividido. Ella posee tus huesos, tu sangre, tu savia y tu calor representado cada uno de esos elementos por tal ó cual de sus hijos.
Y ella tiene lo que á ti te falta, la demasiada plenitud y el exceso de fuerza. Su aliento produce no sé qué alegría, actividad, espíritu creador, lo que podríamos llamar heroísmo físico. Y á pesar de su violencia, la gran generadora no derrama por esto en menor grado la agreste alegría, la jovialidad viva y fecunda, la llama de amor salvaje que palpita en su seno.
Elección de playa.
La tierra es su médico; cada clima un remedio. La medicina será más y más cada día una emigración.
Pero, emigración previsora. Obraráse para el porvenir; no se permanecerá inerte, cobijando males incurables, sino que se les prevendrá por medio de la educación, la higiene y en especial los viajes—no rápidos y disparatados, perjudiciales, como los que se hacen ahora, sino hábilmente calculados, para aprovecharse de los auxilios, de las poderosas vivificaciones que por todas partes tiene en conserva la Naturaleza.
La fuente de la juventud del porvenir encontraráse en estas dos cosas:la ciencia de la emigración y el arte de aclimatarse. Hasta el presente, el hombre es un cautivo como la ostra sobre su roca. Si emigra algunos pasos más allá de su zona templada, sólo encuentra la muerte. No será libre y hombre en toda la acepción de la palabra, hasta que ese arte especial lo constituya en verdadero habitante de su planeta.
Corto número de enfermedades se curan en circunstancias y lugares donde han nacido y adquirido su desarrollo, dependiendo de ciertos hábitos que aquellos sitios perpetúan y hacen invencibles. No hay reforma (física ó moral) para aquel que se mantiene obstinadamente en su pecado original.
La medicina, iluminada por todas las ciencias auxiliares, logrará darnos métodos, direcciones para conducirnos con prudencia á esa nueva ruta. Importa sobre todo, ahorrar las transiciones. ¿Se puede acaso, sin prepararse, sin modificar algún tanto la costumbre, el régimen de vida, trasladarse de un clima central (París, Lyon, Dijon, Strasburgo) á un clima marítimo? ¿Es dado, sin haber respirado por mucho tiempo los aires de la costa, empezar á tomar baños de mar? ¿Puédese, sin poseer algún hábito de prudente hidroterapia, comenzando en el interior, ir á desafiar al aire libre, la constricción nerviosa, la horripilación de una agua fría que lleva uno encima á su regreso y á menudo en medio de un fuerte vendaval? Estas cuestiones previas, llamarán más y más cada día la atención de los iniciados en la ciencia de curar.
La extrema rapidez de los viajes por ferrocarril es cosa antimedical. Ir, como se hace, en veinte horas de París al Mediterráneo, atravesando un clima tan diverso cada sesenta minutos, es el colmo de la imprudencia para una persona nerviosa. Llega ésta ebria á Marsella; agitadísima, poseída del vértigo.—Cuandomadamede Sevigné empleaba un mes en ir de la Bretaña á la Provenza, salvaba paso á paso y por grados, la violenta oposición de estos dos climas, pasando insensiblemente de la zona marítima del Oeste á la del Este, en el clima exclusivamente terrestre de la Borgoña. Luego, caminando con paso lento por las alturas del Ródano en el Delfinado, afrontaba con menos trabajo la región de los fuertes vientos, Valence y Aviñon. Finalmente, descansando en Aix (Provenza interior), lejos del Ródano y de las costas, acostumbraba su pecho y su respiración al clima provenzal: y entonces, sólo entonces, aproximábase al mar.
Francia tiene la admirable ventaja de verse bañada por los dos mares. De ahí la facilidad de alternar según las estaciones, los temperamentos, los grados de la enfermedad, entre la tonicidad salada del Mediterráneo y la tonicidad más húmeda, más suave (salvas las tempestades), que nos ofrece el Océano.
En cada uno de estos dos mares hay una escala graduada de estaciones, más ó menos blandas, más ó menos fortificantes. Es muy interesante observar esa doble gama, y á menudo el seguirla, yendo del tono más débil al más fuerte.
La del Océano, que parte de las aguas fuertes y fortificantes, venteadas, agitadas, de la Mancha, se dulcifica en extremo al Mediodía de la Bretaña, humanizándose todavía más en Gironde, y es muy apacible en la cerrada concha de Arcachón.
La del Mediterráneo, circular casi, tiene su nota más elevada en el seco y penetrante clima de la Provenza y de Génova; dulcifícase hacia Pisa; se equilibra en Sicilia, mientras que en Argel obtiene un grado notable de fijeza. De retorno, gran suavidad en Valencia y Mallorca, y en los puertezuelos del Rosellón, tan bien abrigados por el Norte.
Dos caracteres hacen agradable el Mediterráneo sobre todas las cosas: su plan tan armónico y la vivacidad, la transparencia de la atmósfera y de la luz. Es aquél un mar azul muy amargo, saladísimo; perdiendo por la evaporación tres veces más de agua que la que le traen los ríos. Sólo sería sal y convertiríase en tan acre como el Mar Muerto, si corrientes inferiores, tales como la de Gibraltar, no lo templaran incesantemente por medio de las aguas del Océano.
Cuanto he visto de sus playas era magnífico, mas un tanto áspero. Nada vulgar. La traza de los fuegos subterráneos que se descubre por todos lados, sus sombrías rocas plutonianas, jamás fatigan, cual sucede con las interminables dunas de arena ó los sedimentos acuosos de las costas bravas. Y si los famosos naranjales parecen un tanto monótonos, en cambio los abrigados recodos do domina la vegetación africana, áloes y cactos, los campos de setos exquisitos sembrados de mirto y de jazmín, por último, las odoríferas landas agrestemente perfumadas, causan vuestra admiración. Verdad es que las más de las veces se ciernen sobre vuestra cabeza calvas y estériles montañas: sus largos pies, sus vastas raíces que van continuando hasta el mar, refléjanse en el fondo de las aguas. «Parecíame que mi barquilla—dice un viajero,—nadaba entre dos atmósferas, como si estuviese impelida por el aire arriba y abajo.» Y prosigue describiendo el mundo variado de plantas y de animales que contemplaba bajo ese cristal en las costas de Sicilia. Menos afortunado yo que él, paseándome por el mar de Génova sobre un agua tan transparente como la descrita, sólo veía el desierto. Las enjutas rocas volcánicas de la playa, de mármol negro ó color blanco todavía más lúgubre, me representaban en el fondo del brillante espejo monumentos naturales, especie de sarcófagos antiguos, iglesias en ruinas. A veces figurábame distinguir ciertas reproducciones de las catedrales de Florencia ó de Pisa; otras, creía ver silenciosas esfinges ó monstruos innominados, ¿acaso ballenas? ¿elefantes? lo ignoro: quimeras de mi fantasía, sí, y sueños extraños. Nada de realidades.
Ese mar, tal como es, con sus climas poderosos, templa admirablemente al hombre, dándole la fuerza seca, la más resistente, y formando las razas más sólidas. Nuestros hércules del Norte son tal vez más fuertes, empero indudablemente no tan robustos ni aclimatables como el marino provenzal, el catalán, el de Génova, el de Calabria, el de Grecia. Estos, curtidos y bronceados, pasan, al estado de metal: rico color que de ningún modo es un accidente de la epidermis, sino una inhibición profunda de sol y de vida. Un discreto médico, amigo mío, mandaba á sus clientes descoloridos de París, de Lyon, á aquellas costas á tomar baños de sol, y él mismo lo desafiaba hora tras hora sobre una roca, no resguardando más que la cabeza; lo restante de su cuerpo adquiría un bello matiz africano.
Los enfermos de veras dirigíanse á Sicilia, Argel, Madera y las Canarias; empero la regeneración de los débiles, de los fatigados, de los descoloridos habitantes urbanos, se efectuará tal vez mejor en los climas más desiguales. Debe esperarse en primer término de los países que han dado al Universo los más altos ejemplos de energía—el acero del género humano, la Grecia,—y la raza de sílex, fina, ejercitada, indestructible, de los Colón y los Doria, los Massena y los Garibaldi.
Nuestros puertos del extremo Norte, Dunkerque, Boulogne, Dieppe, azotados por los vientos y corrientes de la Mancha, son también una fábrica de hombres que los hace y rehace. Aquel gran soplo y aquel gran mar, en su eterno combate, basta para resucitar á los muertos: y en efecto, allí se operan renacimientos inesperados. El que no tiene lesión grave se recobra en un instante. Toda la máquina humana funciona con fuerza de buen ó mal grado; digiere, respira. La Naturaleza es exigente y sabe el medio de hacerla andar. Los robustos vegetales que forman una sábana de verdura bajo el influjo de los más fuertes ventarrones marinos, nos hacen asomar la vergüenza al rostro cuando los comparamos con nuestra languidez. Cada puertezuelo normando es un agujero de la costa brava por el que se introduce el infatigable Noroeste (elNorouaisen buen normando), silbando y haciéndonos revivir. Por supuesto, que no sopla con tanta violencia á la embocadura del Sena, á la sombra de los bosques de manzanos de Honfleur y de Trouville. Al partir el manso río, se desliza suavemente á la izquierda, trayendo el influjo de su carácter agradable y pacífico.
Hase descrito en otro sitio de esta obra el mar vehemente, con terrible frecuencia, de Granville, Saint-Malo, Cancale. Aquella es la mejor escuela para la gente joven. Allí está el reto del mar al hombre, la lucha en que los fuertes conviértense en fortísimos. La grande gimnasia naval ha de verificarse en esos parajes entre normandos y bretones.
Si, por el contrario, se tratara de una existencia gastada, frágil, de un niño débil y enfermizo, ó de una mujer agotada en las luchas del amor, buscaríamos un sitio más suave para abrigar ese tesoro. Una playa enteramente tranquila con el agua no tan fría, sin engolfarnos mucho al Mediodía, son cualidades de las islitas y penínsulas del Morbihan: todos aquellos islotes forman un laberinto más intrincado que aquel en que un rey ocultó á su Rosmunda. Confíe, pues, usted la suya á ese mar discreto. Nadie lo sabrá, exceptuando las vetustas piedras druídicas que, con algunos pescadores, constituyen los únicos habitantes de sitio tan agreste y bonancible.—«Pero—pregunta nuestra dama,—¿de qué se vive allí?—Sobre todo, de pesca, señora.—¿Y de qué más?—- De pesca.» No dista mucho Saint-Gildas, la abadía adonde, según dicen los bretones, fué Eloísa para reunirse con su Abelardo. Poco les bastó para vivir á los célebres amantes: adoptaron el sobrio y solitario régimen de Robinsón, comida de viernes. En dirección del Mediodía se encuentran algunos lugares más civilizados, agradables y deliciosos, tales como Pornic, Royan y Saint-Georges, Arcachón, etc.
Ya he mentado en otra ocasión Saint-Georges, la dulce playa de los olores amargos. Arcachón es asimismo muy apacible en medio de suspinadasresinosas cuyos perfumes vivifican. Sin la mundana invasión de la populosa y rica Burdeos, sin la muchedumbre que afluye y se atropella en ciertas épocas, mucho nos agradaría ocultar allí nuestros adorados enfermos, los tiernos y delicados objetos para quienes tememos el bullicio mundanal. Mientras estuvo ese sitio encerrado en su concha interior, ofrecía el contraste de un mar tranquilo y profundo, absoluto, á dos pasos de un mar terrible. Más allá del faro, el furioso golfo de Gascuña; dentro, el agua soñolienta y la languidez de una ola muda, que no causa más estrépito que el que producir puede un piececito sobre la elástica almohada del alga marina con que se afirma una capa de arena muy reblandecida.
En un clima intermedio que no es ni Norte, ni Mediodía, ni Bretaña, ni Vendée, he visto y vuelto á ver con alegría el precioso y grave abrigo de Pornic, sus excelentes marinos, sus agraciadas muchachas, encantadoras bajo sus gorras puntiagudas. Es un lugarcillo de reposo, que teniendo enfrente la dilatada isla (península más bien) de Noirmutiers, llégale el mar oblicuamente, de una manera indirecta y con mesura, y apenas ha entrado, se humaniza, hilando por medio de su rizada onda lino, al parecer, ó muer. En aquella concha de algunas leguas de extensión, ha fabricado el mar otras pequeñas, ancones angostos de suave pendiente para las mujeres, ó bañeras para los niños. Esas lindas playas enarenadas, separadas entre sí, ocultas á las miradas indiscretas por rocas respetables, tienen sus pequeños misterios para divertir á los que en ellas se bañan. Vese alguna vida marina, pero mucho más pobre que en otro tiempo: el abrigo es inútil, y también perjudicial. El mundo de las aguas no recibe en esa concha harto tranquila, rica alimentación; por lo tanto, la abandona. Dicho mar se enajena de día en día el gran oleaje del Océano, haciéndose sordo á sus gritos, que sólo se oyen muy debilitados. Semi-silencio que tiene gran encanto. En ningún otro punto he hallado con más dulzura la libertad de soñar despierto, ni el encanto de los mares moribundos.