VI

Las tempestades.

«El mar experimenta de vez en cuando conmociones que parecen tener por objeto asegurar las épocas de sus trabajos. Tales fenómenos pueden considerarse como los espasmos del mar.» (Maury).

El ilustre autor se refiere especialmente á los bruscos movimientos que al parecer proceden de debajo, y que en los mares asiáticos equivalen á verdaderas tempestades. Diversas son las causas que les señala: 1.º El encuentro violento de dos mareas, de dos corrientes; 2.º La súbita superabundancia de aguas pluviales en la superficie; 3.º La ruptura y rápido derretimiento de los hielos, etc. Otros añaden la hipótesis de los movimientos eléctricos, las conmociones volcánicas, que pueden sobrevenir en el fondo.

Es, con todo, verosímil que el fondo y la gran masa acuática sean asaz pacíficos; de lo contrario, el mar no sería apto para llenar su gran función de madre y nodriza de los seres. Maury le llama, no recuerdo dónde, un grancriadero. Un mundo de seres delicados, más frágiles que los de la tierra, son mecidos, amamantados con sus aguas. Esto da una idea muy apacible de su interior, y mueve á creer que no son frecuentes en él las agitaciones violentas.

Por naturaleza el mar suele ser puntual, estando sometido á grandes movimientos uniformes, periódicos. Las tempestades son pasajeras violencias que le promueven los vientos, las fuerzas eléctricas ó ciertas crisis violentas de evaporación. Estos accidentes se verifican en la superficie, no revelando de ningún modo la verdadera, la misteriosa personalidad del mar.

Juzgar de un temperamento humano por algunos excesos de fiebre, sería una insensatez. Y con más razón seríalo juzgar el mar por sus movimientos momentáneos, externos, que, al parecer, sólo afectan á capas de algunos centenares de pies.

Donde el mar es profundo, su vida está equilibrada, perfectamente contrapesada, tranquila y fecunda, enteramente entregada á sus reproducciones. No siente los pequeños accidentes que sólo ocurren arriba. Las grandes legiones de sus hijos que viven (á pesar de cuanto se ha dicho) en el fondo de su tranquila noche y no suben más que una vez al año, á lo sumo, hacia la luz y las tempestades, deben adorar á su gran nodriza como la verdadera armonía.

Sea como fuere, esos accidentes interesan en alto grado á la vida del hombre para que no ponga el mayor cuidado en observarlos. No es esto muy fácil, pues no sabe conservar su serenidad de ánimo. Las más serias descripciones sólo nos dan rasgos vagos y generales, y muy poco de lo que constituye la parte original de cada tempestad, de lo que la individualiza como resultante imprevisto de mil circunstancias obscuras, imposibles de desembrollar. El observador colocado en sitio seguro y que contempla desde la playa, ve indudablemente más claro, puesto que nada tiene que temer por su persona. Empero, ¿puede juzgar del conjunto lo mismo que aquel que se encuentra en el centro del torbellino y goza por todos lados del sublime panorama?

Los profanos en el arte de navegar debemos á los marinos la atención de escuchar con gran benevolencia los hechos que relatan, como actores y víctimas que han sido. Me ha disgustado siempre la ligereza escéptica con que los sabios de bufete suelen acoger lo que los marinos nos dicen, por ejemplo, de la altura de las olas. Búrlanse de los navegantes que las hacen ascender á cien pies. Algunos ingenieros han creído poder medir una tempestad, y de sus cálculos resulta que el agua no se eleva á más de veinte pies. Un excelente observador nos afirma, muy al contrario, haber visto sin ningún género de duda, desde la playa y en lugar seguro, montones de olas más altas que las torres de Nuestra Señora de París y hasta que el mismo Montmartre.

Es evidente que se trata de cosas distintas: de ahí la contradicción. Si se refiriesen á lo que forma como el campo de la tempestad, su lecho inferior, si se quiere hablar de las largas filas de olas que ruedan alineadas guardando cierta regularidad en su furor, la opinión de los ingenieros no puede ser más exacta. Con sus crestas redondas y los valles alternados que presentan una y otra vez, revientan á lo sumo á la altura de veinte á veinticinco pies. Pero las olas que se entrechocan y no ruedan juntas se elevan mucho más: al topar adquieren una prodigiosa fuerza de ascensión, se lanzan, y caen con una pesadez increíble, capaz de maltratar, de hundir, de hacer trizas la embarcación. Nada tan pesado como el agua de mar. A esas olas en lucha, á esas espantosas montañas de agua se refieren los marinos, fenómenos cuya verdadera grandeza no es dado al hombre calcular.

Cierto día, no tempestuoso, sino un poco conmovido, en el cual preludiaba el Océano por medio de agrestes alegrías, me encontraba tranquilamente sentado sobre un bello promontorio de unos ochenta pies. Entreteníame en ver el mar, en una línea de un cuarto de legua, asaltando mi roca, redondear la verde melena de su dilatada onda y empujarla como á la carrera. Azotaba con fuerza, haciendo retemblar el promontorio: tenía el trueno bajo mis plantas. Mas, esa regularidad se desmintió de repente. Ignoro qué ola del Oeste vino de través á herir traidoramente mi gran ola que con la mayor regularidad llegaba del Mediodía. En medio de ese conflicto, de improviso dejé de ver el sol; mi elevado promontorio fué invadido, no por un vapor erizado de espuma, sino por una enorme ola negra que, cayendo pesadamente sobre mí, me empapó de pies á cabeza. Allí hubiera querido ver á los señores académicos é ingenieros que miden con tanta precisión los combates del Océano.

Nadie debe, sentado en su bufete, poner en cuarentena con tal ligereza la veracidad de tanto hombre intrépido, encallecido por el trabajo y resignado, que ve con demasiada frecuencia la muerte á su lado para tener la pueril vanidad de exagerar sus peligros. Tampoco hay que comparar las tranquilas narraciones de los navegantes de profesión que corren las grandes vías trazadas, con las descripciones, á veces conmovedoras, de los audaces descubridores que las visitaron por vez primera, que señalaron, describieron los arrecifes, los escollos, atentos por ver de cerca y estudiar el peligro, al paso que el marino vulgar, el rutinario, trata de evitarlo. Los Cook, los Perron, los d'Urville y otros descubridores, corrieron peligros reales en las aguas, entonces apenas frecuentadas, del mar de Coral, de la Australia, etc., obligados á afrontar de cerca bancos que cambian incesantemente de sitio, corrientes contrariadas que se cruzan y producen horrorosas luchas interiores en los pasos estrechos.

«Sin tempestad, y sólo con el balance, soplando el viento directamente por la popa, una ola de través produce tan fuerte sacudida, que la campana del buque toca por sí sola, y si durase el balance con sus falsos movimientos, la embarcación sufriría averías y aun se iría á pique.

«En los ácoros del banco de las Agujas—añade d'Urville,—las olas llegaban á la altura de ochenta y hasta cien pies. Nunca había visto el mar tan enfurecido. Afortunadamente que esas olas sólo esparcían sobre nosotros el líquido de sus crestas, ó si no, la corbeta habría sido tragada... En tan terrible combate quedó inmóvil, no sabiendo á quién obedecer. Los marineros que permanecían sobre cubierta, á cada momento quedaban anegados. ¡Espantoso caos que duró cuatro horas y de noche... un siglo, lo bastante para hacer criar al pelo canas!...—Así son las tempestades australes; tan terribles, que hasta en tierra los naturales que las presienten se llenan de pavor y se esconden en sus cavernas.»

Por más interesantes y exactas que sean esas descripciones, no me siento con ánimo para copiarlas. Ni mucho menos me atrevo á imaginar ó arreglar lo que no han visto mis ojos. Sólo referiré sucintamente las tempestades que he presenciado: siquiera en éstas interpreté, á lo menos así lo creo, los distintos caracteres que distinguen el Océano del Mediterráneo.

En los seis meses que pasé á dos leguas de Génova, á orillas del mar más pintoresco del Universo y el más abrigado, en Nervi, sólo disfruté de una pequeña tempestad de corta duración; mas, en tan poco tiempo,rabiócon inusitada furia. No pudiendo contemplarla á mis anchas desde la ventana de mi vivienda, la abandoné y por callejuelas tortuosas entre altospalazzi, aventuréme á dirigirme, no á la playa (ésta no existe), sino á una cornisa, de negras rocas volcánicas que orillan el mar, angosto sendero, el cual en ciertos puntos no tiene tres pies de anchura, y que, unas veces subiendo, bajando otras, desplomándose á menudo sobre el mar, le domina á la altura de treinta y hasta cuarenta y sesenta pies. La vista no podía fijarse á gran distancia. Continuados torbellinos obstruían la visión. Poco se vislumbraba, y ese poco tenía sus límites y era espantoso. La aspereza, los ángulos frágiles de esa costa de guijarros, sus puntas y sus picos, sus entradas súbitas y abruptas, imponían á la tempestad saltos, botes, esfuerzos increíbles, torturas infernales. Rechinaba de blanca espuma, pareciendo responder con una sonrisa execrable á la ferocidad de las lavas que desapiadadamente la rompían. Oíanse ruidos insensatos, absurdos; nada de seguido, sino truenos discordantes, silbidos tan ásperos como los de las máquinas de vapor, al extremo de tener uno que taparse los oídos. Aturdido de un espectáculo que entorpecía los sentidos, traté de recobrarme: apoyándome en un muro que se internaba y no hubiera consentido que la furiosa me arrastrara, comprendí mejor aquella algarabía. Aspera y corta era la onda, y la dureza del combate se debía á lo extraño de aquella costa, tan abruptamente cortada, á sus ángulos crueles que apuntaban á la tempestad, desgarraban la ola. La cornisa por debajo, á uno y otro costado, hundíala en sus profundidades atronadoras.

Los ojos quedaban heridos al igual del oído por el contraste diabólico de esa nieve deslumbradora azotando las negrísimas lavas.

En fin, en aquel momento comprendí que más culpa tenía la tierra que el mar en lo terrible del cuadro que acabo de pintar. Lo contrario sucede en el Océano.

La tempestad del mes de octubre de 1859.

La tempestad que he observado mejor es la que hizo estragos en el Oeste, el 24 y 25 de octubre de 1859, que se renovó con más furor y con imponente grandiosidad el viernes 28 del mismo mes, durando el 29, el 30 y el 31, implacable, infatigable, seis días con sus noches, á excepción de un corto intervalo. Innumerables fueron las embarcaciones perdidas en nuestras costas occidentales. Antes y después, se experimentaron muy graves perturbaciones barométricas; los alambres del telégrafo quedaron rotos ó inservibles, interrumpidas las comunicaciones. Algunos años cálidos habían precedido á esa tempestad, y después de ella hubo una gran variedad de tiempo, ya frío ya lluvioso. Y el presente año de 1860, hasta el día en que escribo estas líneas, está entregado á la obstinada anegada de los vientos Oeste y Sur, que parece quieren traer sobre nosotros todas las lluvias del Atlántico y del grande Océano Austral.

Contemplaba esta tempestad de un sitio grato y apacible, cuya dulzura no daba el más pequeño indicio de lo que iba á acontecer. Hablo del puertecito de Saint-Georges, junto á Royan, en la desembocadura del Gironde. Allí habían transcurrido cinco meses de mi existencia en completa calma, sumido en la meditación, interrogando mi corazón, y buscando responder al asunto que traté en 1859, asunto tan delicado, tan grave. El sitio, el libro, se mezclan agradablemente á mis recuerdos. ¿Me habría sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo que puedo afirmar es que el perfume agreste del país, su severa suavidad, los olores de vivificante amargura que constituyen el encanto de sus matorrales, la flora de las landas, la de los méganos, mucho han contribuido á dar animación al libro en cuestión, prestándole su sabor, que nunca desaparecerá.

Los moradores están en su sitio en medio de aquella naturaleza. No son vulgares ni groseros. El campesino es grave, de rectas costumbres. Los marineros son todos pilotos, pequeña tribu protestante librada del furor de las persecuciones religiosas. Allí existe la honradez primitiva (son desconocidos todavía en ese país los cerrojos); nada de ostentación. Obsérvase una modestia no acostumbrada entre los hombres de mar, la discreción y el tino que no siempre se encuentran en las clases más elevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos, tuve, sin embargo, el reposo y tranquilidad requeridos para trabajar á mis anchas. Esto hizo que me interesara más y más por aquellos hombres y sus peligros. Sin hablarles, todos los días les acompañaba con mis votos en su oficio de héroes. El estado del tiempo me inquietaba, y con frecuencia me preguntaba al contemplar el paso peligroso, si el mar, durante largo tiempo terso y tranquilo, no se trocaría de repente en montuoso y cruel.

Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada mañana desde mi ventana veía enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por la aurora, de un sinnúmero de barcos mercantes que aguardaban la brisa favorable para partir. Allí, el Gironde no tiene menos de tres leguas de ancho: tan solemne como los grandes ríos americanos, ostenta, sin embargo, la animación de Burdeos. Royan es un pueblecito de recreo adonde acuden gentes de toda la Gascuña. Su bahía y la de Saint-Georges disfrutan del espectáculo gratuito que dan los marsuinos al entregarse alegremente á la caza de los bañistas en pleno río, zambulléndose y dando saltos fuera del agua hasta la altura de cinco ó seis pies. Parece como que saben perfectamente que en aquel país nadie se libra á la pesca; que en el sitio de combate, donde lo que preocupa al marinero es la dirección y salvamento de su embarcación, nadie hace caso de lo que puede valer el aceite de un marsuino.

Añadid á esa alegría de las aguas la preciosa é incomparable armonía de ambas riberas. Los pingües viñedos del Medoc se ostentan enfrente de las mieses de la Saintonge, de su variada agricultura. El cielo no tiene la belleza fija, y á veces monótona, del Mediterráneo. El de ese país es muy variable. Aguas saladas y dulces se elevan de las nubes iríseas, proyectando, sobre el espejo de donde proceden, extraños colores, verde-claro, rosado y violeta. Creaciones fantásticas, que pasan como una exhalación para ser después más deplorada su pérdida, adornan la puerta del Océano en forma de monumentos originales, atrevidas arcadas, puentes sublimes y á veces arcos triunfales.

Las dos playas semicirculares de Royan y de Saint-Georges, con su fina arena, constituyen para los pies delicados el más suave paseo, que se prolonga sin cansancio por el sendero de pinos que alegran la duna con su verdor. Los magníficos promontorios que separan esas playas y las landas del interior, envían, aun á lo lejos, salutíferas emanaciones. La que domina las dunas es un tanto medical, emanación suave de las siemprevivas, donde parecen concentrarse todos los rayos solares y el calor de las arenas. En las landas florecen las plantas amargas, con un encanto penetrante que desentumece el cerebro y revive el corazón. Allí se ostentan el tomillo y el sérpol, la mejorana amorosa, y la salvia bendecida de nuestros padres por sus grandes virtudes. La menta que sabe á pimienta y, sobre todo, la clavellina silvestre, exhalan los finos perfumes de las especias de Oriente.

Parecíame que, en medio de aquellas landas, el canto de las aves tenía más armonía que en parte alguna. Nunca he visto una calandria como la que se posó en el mes de julio sobre el promontorio de Vallière. Animada del espíritu de las flores, subía por el espacio, reflejando sobre su plumaje los rayos del sol poniente bajo el Océano. Su voz que venía de tan alto (tal vez se encontraba á mil pies de tierra), á pesar de su potencia conservaba toda su modestia y dulzura. Al nido, al humilde surco, á los pequeñuelos que la contemplaban dirigía visiblemente su canto agreste y sublime: hubiérase dicho que con su armonía se hacía la intérprete del espléndido sol, de la gloria do se cernía, sin orgullo, y que animaba á sus pequeñuelos diciéndoles: «¡Subid, hijitos míos!»

De todo esto, canto y perfumes, brisa suave y mar dulcificado por el agua del plácido río, fórmase una armonía infinitamente agradable, aunque sin grande ostentación. La luna parecíame luminosa sin despedir gran claridad, las estrellas muy visibles, pero poco brillantes. Un clima agradabilísimo, completamente humanizado, y que sería voluptuoso á no estar saturado de un no sé qué que da lugar á la reflexión, aleja de la mente los ensueños y nos vuelve á la realidad.

¿Cómo es esto? ¡Acaso se debe á las arenas movedizas, á las veleidosas dunas, á los calizos poco firmes y cubiertos de fósiles, que os advierten la movilidad universal? ¿Es el recuerdo silencioso, pero no borrado, de las persecuciones protestantes? La causa de aquel interior agreste débese más que á otra cosa á la solemnidad que reviste el país, á los continuados naufragios, á la proximidad de un mar terrible cual ninguno.

Un gran misterio se verifica en aquel sitio solemne, un tratado, un enlace, empero enlace mucho más importante que cualquiera himeneo real. Enlace, es verdad, de conveniencia entre esposos poco adecuados. La dama de las aguas del Suroeste, doblemente engrosada por el Tarn y el Dordogne, empujada por sus violentos hermanos los torrentes de los Pirineos, viene á ofrecerse (entiéndase que hablamos de la amable y soberana Gironde) á su gigantesco esposo el viejo Océano. Empero en ningún sitio éste es más áspero, más avinagrado. La triste barrera de lodos del Charante, y luego la dilatada faja de arenas que le detienen por espacio de cincuenta leguas, pónenle malhumorado. Cuando no desencadena su cólera sobre Bayona y San Juan de Luz, azota la pobre Gironde. No se desliza, como el Sena, abrigado por varias costas, sino que va en línea recta al ilimitado Océano. Las más de las veces éste le rechaza, y entonces retrocede y se desparrama á derecha é izquierda, escondiéndose por los pantanos de la Saintonge y hasta bajo los viñedos del Medoc, comunicando á sus vinos las cualidades de sobriedad y enfriamiento que constituyen el espíritu de sus aguas.

Ahora, figuraos el atrevimiento del hombre, que llega al punto de lanzarse entre los esposos en el fragor de la lucha, para ir, montado en una frágil barquilla, afrontando los golpes que se prodigan, en busca de la tímida embarcación detenida en la embocadura y no atreviendo á aventurarse. Ahí está el peligro que corre la vida de mis pilotos, vida modesta, pero tan gloriosa cuando se encuentre un Homero que cante su Odisea.

Compréndese fácilmente que el viejo soberano de los naufragios, el antiguo atesorador de tantos bienes sumergidos, no sabe agradecer ni poco ni mucho á los indiscretos que se presentan á disputarle su presa. Si en ocasiones les deja obrar, suele también con frecuencia, malicioso y cazurro como es, herirlos, vengarse, más contento de ahogar á un piloto que de engullirse las embarcaciones.

Con todo, tiempo hacía que no se citaba ningún accidente marítimo. El muy cálido verano de 1859 no ofreció otro siniestro en aquellos parajes que una barca destrozada en el mes de junio. Mas cierta agitación inexplicable hacía prever alguna desdicha. Llegaron septiembre y octubre. La turbamulta de visitantes que sólo pide sonrisas al mar, habíase eclipsado. En cuanto á mí, allí me estaba, clavado á causa de mi obra no terminada, á la par que por el singular atractivo que tienen esas estaciones intermedias.

Observábase la veleidad y rareza de vientos que pocas veces se ofrece: ejemplo, una brisa abrasadora del Este, una ráfaga huracanada procedente constantemente de la parte serena. En ocasiones, las noches eran calurosas (y más en septiembre que en agosto), sin poder nadie pegar los ojos; agitadas, nerviosas; el pulso latía aceleradamente, estaba conmovido sin causa aparente, el temperamento hacíase desigual.

Un día que nos encontrábamos sentados en laspinadas, azotadas por el viento, aunque un tanto abrigadas por la luna, oímos una voz juvenil, extraordinariamente clara y penetrante, de un timbre muy acerado. No obstante, era la voz de una casi niña, de perfil austero. Acertaba á pasar con su madre y cantaba con toda la fuerza de sus pulmones el refrán de una antigua canción. Suplicámosla que se sentara y cantase toda la canción.

Aquel poemita rústico expresaba á maravilla el doble espíritu de la comarca. La Saintonge es un país agrícola, amante del hogar doméstico. Carece del ánimo aventurero de los vascos. Pero, á pesar de sus gustos sedentarios, se convierte en marítima lanzándose al acaso. ¿Por qué? Con harta claridad lo explica la leyenda.

La preciosa hija de un rey que se entretenía en lavar su ropa, imitando en esto á la Nausicaa de laOdisea, deja que las aguas del mar le roben su sortija: el hijo de la costa se lanza al agua para recobrarla y se ahoga. Llora la joven y queda convertida en el romero de la playa, tan amargo y doloroso á la vez.

Esa balada de los naufragios, cantada en tan crítico momento y en medio de un bosque gimiendo por la inminencia de la tempestad, me conmovió, encantóme, empero vino á fortificar el presentimiento que me corroía el alma.

Podía estar seguro cada vez que iba á Royan, que la tempestad me sorprendería en el camino, á pesar de que el viaje sólo es de algunas horas. Desencadenábase sobre mí al llegar á los viñedos de Saint-Georges, y á la landa del promontorio que trepaba primero, y aumentaba su fuerza en la gran playa circular de Royan que yo seguía. A pesar de estar en el mes de octubre, la landa conservaba sus perfumes agrestes, que á cada instante me parecían más penetrantes. En la apacible playa, el viento, tibio y dulce, me azotaba el rostro, y con no menos dulzura á pesar de lo sospechoso de sus caricias, el mar lamía mis pies. Ni el uno ni el otro me engañaban, estando bien persuadido de la escena que preparaban.

Como preludio y después de veladas agradables, estallaban á mitad de la noche espantosos ventarrones. Esto aconteció varias veces, en particular el 26: la noche de ese día empecé á temer que se preparaban grandes desastres. Nuestros marinos se habían ausentado. En las dilatadas fluctuaciones de la crisis equinoccial se espera un poco; y, si las cosas se prolongan, el deber y el oficio discurren; se hace caso omiso de todo, y uno se arriesga, salga lo que salga. Tuve, pues, el presentimiento de una desgracia, y dije para mí: «Alguien perece.»

Y era la pura verdad.

Una embarcación de práctico, que á pesar de lo embravecido del mar había salido para librar del peligro del paso á un buque mercante, perdió uno de sus hombres, y aun la embarcación estuvo á punto de zozobrar. El desgraciado dejaba tres hijos y su mujer embarazada. Y lo más sensible del caso era que aquel hombre excelente, alentando en su pecho un amor generoso de que se dan muchos ejemplos entre los marinos, había tomado por compañera á una joven inútil para el trabajo, pues accidentalmente perdió varias falanges de los dedos. ¡Situación horrible la de esta mujer inválida, en cinta y viuda!

Hízose una colecta, y yo llevé á Royan mi pequeño óbolo. Encontré un piloto que me habló de aquel suceso con sincero dolor. «Este es nuestro oficio, caballero: cuando el mar ruge con toda su fuerza, entonces estamos obligados á salir.» El comisario de la marina, en cuyas manos están los registros de los vivos y de los muertos, y que conoce mejor que nadie la suerte de esas familias, me pareció hallarse también muy triste é inquieto. Todos veíamos perfectamente que la cosa apenas comenzaba.

Dirigíme á la playa, y en aquel trayecto asaz largo tuve ocasión de observar, de estudiar en una zona de nubes que, á mi entender, podía extenderse en todas direcciones cosa de ocho ó diez leguas. A mi izquierda vislumbrábase la Saintonge, cuyas orillas seguía, en espectación, triste é insensible; á mi derecha el Medoc, del que me separaba el río, ofrecía una calma sombría; y detrás de mí, viniendo del Oeste, del Océano, se elevaba un mundo de negras nubes; aunque, de frente, una fuerte brisa terrestre de Burdeos parecía querer detenerlas. Esa brisa bajaba por el Gironde, y hubiera podido esperarse que el poderoso río, merced á tan protectora é impetuosa corriente, haría retroceder la lúgubre cortina que levantaba el Océano.

En medio de mi incertidumbre miraba hacia atrás y consultaba á Cordouan, el cual parecióme sobre su escollo, de una palidez fantástica. Su torre asemejábase á un espectro que exclamara: «¡Desdicha!» «¡desdicha!»

Después de calcular mejor la situación, vi perfectamente bien que el viento terrestre no sólo sería vencido, sino que era el auxiliar de su enemigo. Aquel viento soplaba muy bajo sobre el Gironde, hundiendo, derribando todos los obstáculos inferiores, y despejando por debajo la vía los elevados y sombríos nubarrones que procedían del Océano: les formaba, como un rail deslizador, sobre el cual el camino era mucho más fácil. En poco tiempo, todo terminó por la parte de tierra; cesó la brisa, disolviéndose en tintas grises, reinando sin obstáculo desde aquel momento los vientos superiores.

Al llegar yo á los viñedos de Vallière, cerca de Saint-Georges, gran número de personas estaban en los campos, terminando á toda prisa sus faenas, pues creían no poder trabajar en muchos días. Comenzaban á caer las primeras gotas, mas, al poco rato, todo el mundo tuvo que recogerse á sus casas.

Había presenciado muchas tempestades, leído mil descripciones de ellas, y por lo tanto no creía tener motivo para asombrarme. Empero nada hacía prever el efecto que ésta me causó, tanto por su duración como por su sostenida violencia y su implacable uniformidad. Cuando hay su más ó su menos, un momento de reposo ó uncrescendo, en fin, alguna variación, el alma y los sentidos encuentran un no sé qué, que calma, que distrae, que responde á la imperiosa necesidad de la variedad. Mas, en la presente ocasión, fueron cinco días con sus noches, sin tregua, sin aumentar ni disminuir, siempre la misma furia y sin la menor variedad en lo horrible del cuadro. No hubo truenos, ni combates entre las nubes, ni el mar se desgarró. De improviso, una gran tinta cenicienta cerró el horizonte por todos lados; nos vimos envueltos en aquel fúnebre sudario, sin quedar por eso completamente á obscuras, y descubriendo un mar aplomado y blanquizco, aborrecible y desolador por su monotonía furiosa, sin entonar más que una nota. Parecía el alarido de un gran caldero que hierve: no hay poesía terrorífica capaz de parangonarse con aquella prosa. Continuamente, continuamente el mismo tono:¡Oh! ¡oh! ¡oh!ó¡uh! ¡uh! ¡uh!

Como habitábamos en la misma playa, éramos más que espectadores de la escena: constituíamos una parte de ella. En ciertos momentos, llegaba el mar hasta veinte pasos de nuestra habitación, no dando un solo golpe sin que temblara la casa. Nuestras ventanas tenían que soportar (por fortuna no completamente de frente) el inmenso viento del Suroeste que traía un torrente, digo mal, un diluvio, el Océano convertido en lluvia. Desde el primer día tuvimos precipitadamente, y no sin gran trabajo, que cerrar las ventanas y encender luz para poder distinguir los objetos en pleno día: en las habitaciones que daban al campo, el estruendo y la conmoción eran tan notables como en las demás. Yo persistí en trabajar, pues tenía curiosidad de saber si aquella fuerza salvaje lograría oprimir, poner trabas al libre albedrío, y conseguí no obstante mantener mi pensamiento en actividad, dueño de sí mismo. Escribía y me observaba. A la larga, sólo la fatiga y la falta de sueño consiguieron trastornar una de mis potencias, creo que la más delicada del escritor, el sentido rítmico. Mis frases se deslizaban inarmónicas, siendo ésta la primera cuerda de mi instrumento que se encontró rota.

El gran mugido no tenía otra variante que las voces, extrañas, fantásticas, del viento desencadenado sobre nosotros. La casa que habitábamos le estorbaba, siendo para él un blanco que asaltaba de mil maneras. Unas veces, era el golpear brusco del amo que llama á la puerta; sacudidas como de una mano de hierro que quisiese arrancar el marco; otras, agudos quejidos por la chimenea, lamentos por no poder penetrar, amenazas porque no abríamos la puerta, en fin, cóleras, horrorosas tentativas para arrancar el techo. Y sin embargo, esos ruidos eran ahogados por el grande¡oh! ¡oh!¡Tal era la inmensidad, el poder, lo espantoso de esto! El viento nos parecía secundario, si bien lograba hacer penetrar la lluvia. Nuestra casa (iba á decir nuestra embarcación) hacía agua: el granero, traspasado en varios puntos, derramaba el líquido elemento á raudales.

Ocurrió algo más grave: el huracán en su furia, y por un esfuerzo desesperado, logró arrancar el gozne de una de las ventanas, que desde entonces, aunque cerrada, temblaba, bamboleábase, se agitaba, y hubo necesidad de afirmarla atándola fuertemente por sus hierros al que estaba más sólido. Para esto fué preciso abrir la ventana: en el momento que lo hice, aunque abrigado por ella, sentíme como envuelto en un torbellino, medio ensordecido por la horrible fuerza de un ruido parecido á un cañonazo, á varios cañonazos que sin interrupción hubiesen disparado en mis oídos. Por los resquicios de la ventana observé una cosa que daba la medida de esas fuerzas incalculables, y era que las olas, cruzándose y rompiéndose unas con otras, con frecuencia no podían caer: por debajo la ráfaga las levantaba cual ligera pluma, desparramando por el campo aquellas pesadas moles. ¿Qué hubiera acontecido si desapareciendo la ventana, el viento embarcara, en nuestra casa aquellas imponentes olas que sostenía y empujaba con la rigidez de una tromba, y conducía á través de los campos, terribles y al aire?...

Teníamos la extraña suerte de poder naufragar en tierra firme: nuestra casa, tan cercana al mar, estaba expuesta á ver desaparecer su techo, ó tal vez todo un piso. Esto inquietaba no sólo á nosotros, sino á todos los habitantes del lugar, como nos lo confesaron, aconsejándonos la abandonásemos. Empero nosotros suponíamos que tan larga tormenta tendría fin, y contestábamos siempre:Mañana.

Las noticias que se recibían por la vía terrestre eran desastrosas: sólo hablaban de naufragios. El 30 de octubre, un buque procedente de los mares del Sur pereció á nuestra vista, en el paso, ahogándose cuantos lo tripulaban (una treintena de hombres). Después de haber evitado las rocas, los escollos, había llegado frente á una playecita de menuda arena, donde acostumbraban bañarse las mujeres. Pues bien: en aquella playa, levantado por el torbellino, indudablemente á grande altura, cayó con horrorosa pesadez y fué aporreado, derrengado, dislocado, quedando en aquel sitio como un cadáver. ¿Qué se hicieron sus tripulantes? No se encontró la menor traza de ellos, creyéndose que tal vez todos habían sido barridos de sobre cubierta.

Tan trágico suceso daba á suponer que hubiesen ocurrido otros muchos idénticos; de suerte que el pensamiento no soñaba más que desventuras. Y el mar, entretanto, parecía no estar harto todavía. Todos estábamos saciados; él no. Yo veía á nuestros pilotos aventurarse detrás de una muralla que les cubría por el Suroeste, observar con inquietud, mover la cabeza. Por fortuna para los pobres, ninguna embarcación se atrevió á penetrar, y por lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De lo contrario allí estaban, prontos á jugar sus vidas.

Por mi parte también contemplaba insaciablemente aquel mar que me causaba odio. No encontrándome realmente en peligro, mi fastidio y desconsuelo eran mayores. ¡Cuan feo era el mar! ¡Qué horrible su aspecto! Nada recordaba en aquel momento los vanos cuadros de los poetas; únicamente que, por un extraño contraste, cuanto más cundía mi desaliento, tanto más animado él se presentaba. Todas aquellas olas electrizadas por tan furioso movimiento hallábanse grandemente estimuladas y en posesión como de un alma fantástica. En el furor general, cada cual desempeñaba un papel distinto; y en la total uniformidad (cosa verdadera aunque contradictoria), notábase un diabólico hormigueo. ¿Acaso era esto visión de mis ojos y de mi fatigado cerebro, ó la pura verdad? Las olas me hacían el efecto de un espantosomob, de un horrible populacho; no hombres, sino perros ladrando, de miles y miles de dogos rabiosos, ó más bien, dementes... ¿Qué estoy diciendo? ¿Perros? ¿Dogos? no era esto, no; sino execrables é innominadas apariciones, bestias sin ojos ni orejas, sin otro órgano que sus espumantes bocazas.

¡Monstruos! ¿Qué queréis? ¿No estáis aún embriagados con los naufragios de que tenemos noticia á cada momento? ¿Qué más pedís?—«Tu muerte y la muerte universal, la supresión de la tierra y la vuelta del caos.»

Los faros.

Impetuosa es la Mancha con su estrecho do se sumerge el flujo del Océano del Norte; áspero es el mar bretón con los violentos remolinos de sus cortaduras basálticas; mas, el golfo de Gascuña, desde Cordouan á Biarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. En dirección al Mediodía se vuelve de repente extraordinariamente profundo, un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara á un gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapándose de allí bajo espantosa presión, se eleva á alturas de que no hay otro ejemplo en nuestros mares.

La marejada del Noroeste es el motor de la máquina, y si es un tanto más Norte empuja hacia el fondo del golfo, va á aplastar San Juan de Luz. Más Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas al infortunado Cordouan.

No se conoce bastante á ese respetable personaje, á ese mártir de los mares; y creo que de todos los faros de Europa es el más viejo. Uno solo puede disputarle su antigüedad, la célebre linterna de Génova; mas la diferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentada tranquilamente sobre una roca excelente y muy sólida, puede reirse de las tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeado continuamente de agua. En verdad que fué mucha audacia edificar sobre la misma onda, ¿qué digo? sobre la violenta onda, en medio del eterno combate de un río y un mar semejantes.

Estos, le prodigan á cada momento ó sendos latigazos ó pesados bofetones que truenan sobre él como un cañonazo. Aquello es un eterno asalto. El mismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes de los Pirineos, combate por momentos á ese portero del paso, como si fuera responsable de los obstáculos que le opone el Océano.

Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar: todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, corre peligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terrible como tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe al navegante, ni hay un solo punto de abrigo.

Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas, mi contemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era Cordouan. Perfectamente comprendía que su posición de guardián de los mares, de vigilante constante del estrecho, constituían aquella mole en una especie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, se ofrecía á mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona de gloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible, flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negro manto la noche, cuando aparecía bruscamente su luz roja y lanzaba sus miradas de fuego, parecía un inspector celoso que vigilaba las aguas, penetrado é inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el mar sucediese, él siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, solía arrancar alguna víctima de sus brazos, y no obstante él tenía la culpa de la furia de los elementos. Así es cómo la ignorancia acostumbra á tratar al genio, acusándole de los males que descubre. Me acuso en este sitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encendía á la hora acostumbrada, si sobrevenía el mal tiempo, le acusaba, le reprendía. «¡Ah! ¡Cordouan! ¡Cordouan! ¿No puedes traernos, blanco fantasma, más que huracanes?»

Y, sin embargo, creo que debimos á él, en la tempestad de octubre, la salvación de nuestros treinta hombres. La embarcación se hizo trizas, mas se salvaron los que la tripulaban.

Gran cosa es ver do se naufraga, irse á pique en plena luz, con conocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de que se puede echar mano. «¡Dios todopoderoso! ¡Si es nuestro destino perecer, que á lo menos perezcamos de día!»

Cuando la embarcación, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje, llegó de noche cerca de las costas, había mil probabilidades contra una de no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave le advertía que evitase el Medoc; á la izquierda, el pequeño faro de Saint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado de la Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre el escollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indica el paso.

Por un esfuerzo desesperado logró pasar la embarcación, pero fué todo. El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: la benéfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Los treinta vieron do estaban, que iban á encallar en la arena y que tal vez podrían salvar sus vidas si abandonaban á tiempo el frágil leño. Puesto en práctica su pensamiento, confiáronse á la tormenta, al furor del viento; y, efectivamente, los trató éste como á esas olas que arrastra hacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topándose unos con otros, magullados, fueron arrojados no sé dónde, pero es lo cierto que salieron del peligro con vida.

¿Quién es capaz de contar el número de hombres y de barcos que salvan los faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusión en que los más animosos se turban, no sólo indica el camino, sino que presta valor, impidiendo al ánimo extraviarse. Es un gran apoyo moral decirse en el trance supremo: «¡Persiste! ¡un esfuerzo más!... Si el viento y el mar son tus contrarios, no estás solo, la Humanidad vela por ti.»

Los antiguos, que seguían las costas y las tenían á la vista incesantemente, necesitaban más que nosotros alumbrarlas. Dícese que los etruscos fueron los que empezaron á entretener los fuegos nocturnos sobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; una columna, una torre. Los celtas también fabricaron, existiendo todavía importantesdolmensprecisamente en los puntos favorables de donde pueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano había iluminado, de promontorio en promontorio, todo el Mediterráneo.

El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de la sombría Edad Media, apagan todo eso, cuidándose de auxiliar los desembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco es un enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del náufrago constituye una de las rentas del señor: es el noblederecho de fractura. Conocido es el Conde de León enriquecido por su escollo, «piedra preciosa—decía,—más que cuantas causan la admiración del vulgo en las coronas de los reyes.»

En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores han causado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que se veían desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado alguna catástrofe cuando se han confundido entre sí. Una luz tomada por otra inmediata, á veces dió motivo á terribles equivocaciones.

Después de sus grandes guerras, la Francia tomó la iniciativa del nuevo arte de luces y de su aplicación en beneficio del género humano. Armada con el rayo de Fresnel (una lámpara de la potencia de cuatro mil y que se distingue á doce leguas de distancia), erigió una cintura de esas poderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas á otras. Así desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.

Para el marino que se guía por las constelaciones, este invento fué como un nuevo cielo que se le ofreció, creando á la vez los planetas, estrellas fijas y satélites, y dando á esos astros de invención, los matices y caracteres diversos de los de arriba. Asimismo varió el color, la duración, la intensidad de su centelleo. A los unos, dió la luz tranquila que basta para las noches serenas; á los otros, una luz movible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro lados del horizonte: éstos, como los misteriosos animales que alumbran el mar, tienen la viviente palpitación de una llama que relumbra y palidece, que brota y muere. En las sombrías noches de tormenta, se conmueven, parecen tomar parte en las convulsiones del Océano, y, sin sorprenderse, devuelven fuego por fuego á los resplandores celestes.

Es preciso recordar que en aquella época (1826), y hasta 1830, todo el mar estaba en tinieblas. Contados eran los faros en Europa; en Africa sólo existía el del Cabo; en Asia había tres: los de Bombay, Calcuta y Madrás, y ni uno solo en el espacio inmenso de la América del Sur. Desde entonces acá, todas las naciones han seguido imitando á la Francia. Poco á poco se hace la luz.

Quisiera llevar á cabo con el lector en una sola noche, y sin movernos de este sitio, la circunnavegación de nuestro Océano, entre Dunkerque y Biarritz, y la revista de los grandes faros. Empero sería esto tarea muy larga.

Calais hace señales hospitalarias á la Inglaterra, á la muchedumbre que pasa por aquel país, con sus cuatro faros de colores diversos, que deben verse desde el mismo Douvres. El magnífico golfo del Sena, entre la Hève y Barfleur, alumbrado por faros amigos, abre el Havre á la América, recibiéndola directamente en el hogar, en el corazón de la Francia.

El mismo Sena se adelanta hacia el mar para recoger las embarcaciones, iluminando con gran esmero todas las puntas de la Bretaña. En la vanguardia de Brest, en Saint-Mattbieu, en Penmark, en la isla de Sen, se ostentan luces distintas que resplandecen por minutos y aun por segundos, gritando al navegante: «¡Atención! Observa esa roca... Huye de ese escollo... Vira hacia aquí... ¡Perfectamente!... ya estás en el puerto.»

Notad que todas esas torres levantadas en sitios peligrosos, edificadas á menudo sobre las rompientes y en medio de las tempestades, establecían al arte el problema de la absoluta solidez. Muchos faros se levantan á alturas inmensas. La tan decantada arquitectura de la Edad Media no se aventuraba á edificar tan alto si no daba al edificio apoyos exteriores, contrafuertes, botareles, y hacia la cima de las torres ya no se fiaba de la piedra, sino que recurría al auxilio no muy artístico de los grapones de hierro que enlazaban entre sí las piedras, como puede verse todavía en la aguja de la catedral de Strasburgo. Nuestros arquitectos desprecian tales medios. El faro de los Héaux, construido últimamente por M. Reynaud sobre el peligroso escollo de las Espadas de Tréguier, tiene la sencillez sublime de una gigantesca planta marina. Poco se cura de los contrafuertes: hunde en la roca viva sus cimientos tallados al cincel, y sobre una base de sesenta pies de anchura, se yergue su columna de veinticuatro pies de diámetro. Sus anchas piedras de granito están embutidas la una en la otra; además, en la parte inferior, las hiladas se encuentran unidas por medio de dados (también de granito) que penetran á la vez en otras piedras superpuestas. Toda la obra está tan bien ajustada que el cimiento fué cosa superflua. De abajo arriba, mordiendo cada piedra á su inmediata, según se ha dicho, el faro constituye una sola mole, más compacta que la roca sobre que se asienta. La ola no sabe qué lado atacar: azota, rabia, pero resbala. Todo lo que consigue ganar con sus prolongados truenos es que el faro oscile y se incline un tanto. Empero no hay que alarmarse por esto; la misma ondulación presentan las más antiguas y sólidas torres.

Así, pues, en lugar de los tristes bastiones que antiguamente amenazaban al mar, como los que todavía he visto en la costa de Berbería, la civilización moderna edifica las torres de la paz, de la hospitalidad benévola. Preciosos y nobles monumentos, á veces sublimes á los ojos del arte y que siempre conmueven el ánimo. Sus luces de colores distintos, donde se representan el oro, la plata de las estrellas, ofrecen el seguro firmamento que una providencia humana ha organizado sobre la tierra. Cuando están velados todos los astros, es dado al marino contemplar éstos y recobrar el perdido ánimo, reconociendo en ellos su estrella, la estrella de la Fraternidad universal.

¡Cuánto agrada sentarse junto á uno de esos faros, bajo esas luces amigas, verdadero hogar de la vida marítima! El más moderno de entre ellos es ya venerable por las preciosas vidas que ha salvado. Su vista produce más de un recuerdo; rodéalo la tradición y es objeto de sabrosas leyendas, pero leyendas verdad. Dos generaciones bastan para que un faro tome carta de antigüedad y se convierta en sagrada su memoria. Frecuentemente dirá la madre á la joven: «Este salvó á tu abuelo, y sin él no hubieras venido al mundo.»

¡Cuántas visitas le hace la intranquila esposa que aguarda la vuelta de su marido! Al anochecer, y también á media noche, la hallaréis allí sentada, aguardando y pidiendo que la bienhechora luz que brilla en lo alto traiga al ausente, lo conduzca á puerto con seguridad.

Con justicia, los antiguos honraban el altar de los dioses salvadores del hombre en sus piedras sagradas. Para el corazón atribulado que tiembla y espera, los tiempos no han variado, y en medio de la obscuridad de la noche, la que llora y ruega ve en el faro el altar y el mismo Dios.

GÉNESIS DEL MAR

Fecundidad.

La velada de San Juan (del 24 al 25 de junio), cinco minutos después de haber dado la media noche ábrese la gran pesca del arenque en los mares del Norte. Luces fosforescentes ondulan ó bailan sobre las ondas; «son losrelámpagosdel arenque,» la señal consagrada que parte de todas las embarcaciones. Acaba de subir un mundo de seres vivientes de las profundidades á la superficie, siguiendo el atractivo del calor, del deseo y de la luz. La que produce la luna pálida y suave, agrada á la gente tímida, siendo el fanal que al parecer les alienta para su gran festín amoroso. Y van subiendo, subiendo todos juntos, sin que uno solo se quede atrás. La sociabilidad es la ley de esa raza; siempre se presentan en masa. Reunidos viven envueltos en las tenebrosas profundidades; juntos acuden en la primavera á participar de la alegría universal, á ver la luz del día, á gozar y morir. Apretados, comprimidos, jamás se encuentran bastante cerca los unos de los otros, navegando en bancos compactos. «Es lo mismo (decían los flamencos), que si nuestras dunas comenzaran á bogar.» Entre Escocia, Holanda y Noruega parece que ha surgido una inmensa isla y que un continente esté pronto á emerger. Destácase un brazo al Este que se mete por el Sund, obstruyendo la entrada del Báltico. En ciertos pasos estrechos, el remo no puede abrirse paso; el mar constituye una masa sólida. Millones y más millones, ¿quién sería osado á contar el número de esas legiones? Dícese que en una ocasión, cerca del Havre, halló un pescador en sus redes ochocientos mil arenques, y en un puerto de Escocia se pescaron once mil barriles en una sola noche.

Surgen como un elemento ciego y fatal, sin que los desanime la destrucción. Hombres y peces son sus contrarios; nada les inquieta y bogan sin cesar. Esto no debe sorprendernos, puesto que mientras navegan se aman, y cuanto más mueren, más producen y se multiplican sin detener su marcha. Las columnas compactas, profundas, en la electricidad común, flotan entregadas únicamente á la grande obra de la procreación. El todo va impulsado por las olas y por la ola eléctrica. Escoged entre la masa al acaso y encontraréis los fecundos, otros que lo fueron, y otros deseosos de serlo. En medio de ese mundo que desconoce la unión fija, el placer es una aventura, el amor un viaje. Sobre la ruta que recorren siembran torrentes de fecundidad.

A dos ó tres brazas de profundidad desaparece el agua bajo la increíble abundancia del flujo materno do nadan las huevas del arenque. Cuando el sol empieza á extender sus dorados rayos sobre la tierra, es curioso ver, hasta donde alcanza la vista, por espacio de muchas leguas, el mar blanco del germen de los machos.

Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en la levadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud, parece aquello un volcán de leche, y de leche fecunda que ha hecho erupción y ahogado al mar.

Lleno de vida á la superficie, el mar veríase obstruido si esa increíble potencia de producción no fuese violentamente combatida por la áspera liga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenque lleva en sí cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerte violenta no acudía á remediarlo, multiplicándose por término medio cada arenque en cincuenta mil, y cada uno de éstos en otros tantos, en algunas generaciones lograrían llenar, solidificar el Océano, ó putrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto al Universo. La vida reclama aquí imperiosamente la asistencia, el indispensable auxilio de su hermana la muerte. Ambas se combaten y entregan á una lucha inmensa que es armonía y la salvación del género humano.

En la gran cacería universal contra la raza maldita, los ojeadores, los encargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan hacia la playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetáceos no desdeñan semejante presa; persíguenla, se introducen en los bancos; con sus bocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuir por eso huye en dirección de las costas. Allí se opera otro género de destrucción mayor todavía. Primero, los pequeños entre los pequeños, los pececillos microscópicos se tragan la freza y huevas del arenque, hartándose de germen, comiéndose el futuro; en cuanto al presenté, es decir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un género glotón que, con sus ojos separados, ve y come mejor, género todo estómago, la golosa tribu de losgades(pescadilla, abadejo, etc.). La pescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucede con el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso de fecundidad vuelve á presentarse más terrible aún. ¡El abadejo! Este sí que es más fecundo que el arenque: ¡llega á tener nueve millones de huevas! Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas, ¡la tercera parte de su peso! Añadid que á esos animalitos, de tan temible maternidad, la época del celo les dura nueve meses en el año. El bacalao llegaría á poner en peligro al Universo. ¡A ellos, pues! Lancemos buques al mar, equipemos flotas. Sólo Inglaterra envía á su exterminio veinte ó treinta mil marineros. ¿Y cuántos envía la América, y la Francia, y la Holanda, y el mundo entero? El abadejo por sí solo ha creado colonias, fundado factorías y ciudades. Su preparación es un arte, y ese arte posee una lengua, idioma técnico usitado entre los pescadores de bacalao.

Empero, ¿qué puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestros pequeños esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada serían para su objeto, que el bacalao vencería al hombre. Así, pues, no se fía de él, sino que llama en su auxilio á fuerzas de muerte mucho más enérgicas. Desde el fondo de los ríos llega al mar uno de los más activos, de los más resueltos comedores: el esturión. Encaminándose á los ríos para procrear, sale de allí enflaquecido y áspero, y poseído de un apetito inmenso, introdúcese nuevamente en el mar para regalarse. ¡Qué dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se ha asimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la substancia y puede morder á su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque no tan fecundo, tiene sin embargo, un millón quinientas mil huevas. Un esturión de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, ó cuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha el arenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, y el esturión amenaza todavía.

Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedor admirable y productor pobre, de digestión inmensa y avaro de generación. Monstruo benéfico y terrible que siega esa plaga invencible de fecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorción, que se lo traga todo indistintamente: muertos, vivos, ¿qué digo? cuanto encuentra á su paso.El magnífico comedorde la Naturaleza, comedor privilegiado: el tiburón.

Mas, tan terribles destructores están vencidos de antemano: á pesar de su furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturión no es tan fecundo como el bacalao, y el tiburón es estéril comparado con los demás habitantes del líquido elemento. No se vierte como ellos en torrentes por los mares: vivíparo, elabora en su seno el tiburoncito, su heredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.

Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de los destructores que él mismo produce, bien seguro de procrear cada vez más. Su riqueza principal desafía los furores de esos seres tragones, siendo inaccesible á su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de átomos vivientes, de animales microscópicos, verdadero abismo de vida que fermenta en su seno.

Hase dicho que la falta de luz solar excluía la vida, y no obstante, en lo más profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellas marinas. Las olas están pobladas de infusorios y de gusanos microscópicos é infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas. Cangrejos bronceados, radiantes anémonas, nevadas porcelanas, dorados ciclóstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. Allí pululan los animálculos luminosos que, atraídos momentáneamente á la superficie, aparecen formando regueros, serpientes de fuego ó resplandecientes guirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar acá y acullá con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo, una semi-luz que se nota sobre los peces, así vivos como muertos. Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y sus estrellas.

A todo el mundo es dado observar en las salinas la fecundidad del mar. Las aguas concentradas constituyen depósitos violáceos que no son otra cosa que infusorios. Cuentan todos los navegantes que en tal ó cual dilatado viaje no han atravesado más que aguas vivientes. Freycinet vió sesenta millones de metros cuadrados cubiertos de un rojo escarlata que no es otra cosa que un animal-planta, tan diminuto, que en un solo metro cuadrado viven cuarenta millones de ellos. En el golfo de Bengala, en 1854, el capitán Kingman, navegó por espacio de treinta millas sobre una enorme capa blanca que daba al mar el aspecto de una llanura cubierta de nieve. No se veía una sola nube; el cielo estaba aplomado formando contraste con la brillantez del mar. Vista de cerca esa agua blanca era una gelatina, y observada al lente una masa de animálculos que al moverse producían singulares efectos luminosos.

Cuenta Perón, que durante veinte leguas navegó á través de una especie de polvo gris, lo que, visto al microscopio, resultó ser una capa de huevas de especie desconocida que, sobre un espacio inmenso, cubría y no dejaba ver el agua.

En las desamparadas costas de la Groenlandia, donde el hombre se figura que va á expirar la Naturaleza, el mar está pobladísimo. Se navega en una longitud de doscientas millas por quince de latitud, sobre aguas negruzcas, cuyo color deben á cierta medusa microscópica. En cada pie cúbico de aquellas aguas viven más de ciento diez mil de dichos animalillos. (Schleiden).

Esas aguas nutritivas están densas de todo género de átomos crasos, apropiados á la muelle naturaleza de los peces, que perezosamente abren la boca y aspiran, sustentados como un embrión en el seno de la madre común. ¿Sabe el pez lo que se traga? Apenas. El alimento microscópico es como una especie de leche que se le ofrece sin solicitarlo. La gran fatalidad del mundo, el hambre, sólo existe en la tierra; en el mar está evitada, se desconoce. Ningún esfuerzo de movimiento; nadie se cura de buscar la comida. La vida debe flotar como un sueño. ¿En qué empleará sus fuerzas el ser? En nada puede gastarlas, y las reserva para el amor.

La obra real, el trabajo del gran mundo de los mares es: amar y multiplicarse. El amor llena su noche fecunda; súmese en las profundidades, pareciendo mucho más rico todavía entre los infinitamente pequeños. Mas, ¿cuál es, en realidad, el átomo? Cuando creéis estar en posesión del más pequeño, el indivisible, observáis que también ama y divide su existencia para producir otro ser. En el grado más bajo de la vida, donde falta todo otro organismo, encontraréis completas las formas genéricas.

Tal es el mar. Al parecer es la gran hembra del globo, cuyo infatigable deseo, concepción permanente y alumbramiento son eternos.

El mar de leche.

El agua de mar, hasta la más pura, tomada mar adentro y lejos de toda mezcla, es ligeramente blanquizca y un poco viscosa. Si se la detiene entre los dedos,hace hebray resbala con lentitud. Los análisis químicos no explican ese carácter: existe en ella una substancia orgánica que sólo se analiza destruyéndola, quitándole su especialidad, y haciéndola volver violentamente al número de los elementos generales.

Las plantas, los animales marinos, están revestidos de esa substancia, cuya mucosidad, consolidada á su alrededor, produce el efecto de gelatina, unas veces inmóvil y otras temblorosa. Plantas y animales aparecen á través como bajo una capa diáfana, y nada contribuye tanto á las ilusiones fantásticas que nos produce el mundo de los mares. Sus reflejos son singulares y á menudo extrañamente iríseos, por ejemplo, sobre las escamas de los peces y sobre los moluscos, que al parecer reciben por ese medio toda la ostentación de sus nacaradas conchas.

Es lo que más llama la atención del niño que por primera vez ve un pescado. A mí me sucedió esto siendo muy pequeño, aunque recuerdo como ahora la impresión que me produjo. Aquel ser brillante, resbaladizo, con sus plateadas escamas, me causó sorpresa y entusiasmo difíciles de explicar. Traté de agarrarlo, pero esto fué tan difícil para mí, como retener el agua en mis manos. Parecióme idéntico al elemento do nadaba, y me imaginé confusamente que no era otra cosa que agua, agua animal, organizada.

Más tarde, ya hombre, no fué menor mi sorpresa al ver en una playa cierto animal luminoso. A través de su cuerpo transparente, divisaba los morrillos y la arena. Incoloro como el cristal, un poco consistente, temblando al tocarlo, aparecióseme como á los antiguos y como al célebre Reaumur, que llamaba sencillamente á esos seres aguagelatinificada.

Y la impresión es más fuerte todavía cuando se encuentran en estado de formación primitiva las cintas color blanco amarillento que muellemente bosqueja el mar y constituyen las ovas, las laminarias que, trocando su color en pardusco, alcanzarán la solidez de las pieles. Mas, cuando tiernas, al estado viscoso, elásticas, tienen á manera de la consistencia de una ola solidificada, tanto más fuerte cuanto más blanda es.

Lo que se sabe actualmente de la complicada generación y organización de los seres inferiores, vegetales ó animales, nos veda la explicación dada por los antiguos y por Reaumur. Pero todo esto no nos impide repetir la pregunta que fué el primero en hacer Bory de Saint-Vincent: «¿Qué es elmucusdel mar? ¿La viscosidad que presenta el agua en general? ¿No es acaso el elemento universal de la vida?»

Preocupado con tales ideas, encaminéme en busca de un químico ilustre, espíritu positivista y sólido, novador tan prudente como atrevido, y sin preámbulos establecíex abruptomi pregunta: «Caballero, ¿qué es, á vuestro entender, ese elemento viscoso, blanquizco, que ofrece el agua del mar?»

—La vida.

Luego volviendo á tocar el asunto para corroborar esta frase demasiado sencilla y absoluta, añadió: «Quiero decir una materia semiorganizada y ya perfectamente organizable. En ciertas aguas, no es más que una densidad de infusorios, en otras lo que va á serlo, lo que puede trocarse en ello. Por otra parte semejante estudio no se ha emprendido aún, pues á nadie ha preocupado seriamente.» (17 de mayo de 1860).

Al salir de su casa fuí á la de un gran fisiólogo cuyas opiniones en la materia no son menos valiosas á mis ojos. Le cuestionó sobre lo mismo, y su respuesta fué larga y bellísima. Hela aquí en extracto: «Tan ignorante se está de la constitución del agua como de la sangre. Lo que con más claridad se entrevé relativamente almucusdel agua del mar, es que, á la vez, es el fin y el principio. ¿Resulta de los innumerables residuos de la muerte que los cedería á la vida? Indudablemente que sí, es una ley natural; mas, de hecho, en ese mundo marítimo de rápida absorción, la mayor parte de los seres son absorbidos vivos; no se arrastran en estado cadavérico como acontece en la tierra, donde son más lentas las destrucciones. El mar es elemento purísimo; la guerra y la muerte provéenlo y nada dejan en él de repugnante.

»Empero la vida, sin llegar á su disolución suprema, muda sin cesar, trasuda de sí cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animales terrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas, á que es dado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de los mares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vida naciente, encontrando en suspensión la superabundancia oleosa de esa trasudación común, las partículas todavía animadas, los líquidos vivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve á caer en estado inorgánico, sino que entra rápidamente en los nuevos organismos. De todas las hipótesis, ésta es la más verosímil; si se rechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.»

Las opiniones que acaban de exponerse, debidas á los hombres de ideas más avanzadas y más serios del día, no son inconciliables con las que profesaba hará cosa de treinta años, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre elmucusgeneral, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida. «Es—dice aquel sabio,—la sustancia animalizable, el primer grado de los cuerpos orgánicos. No hay seres, animales ó vegetales, que no la absorban ó la produzcan en la primera época de la vida, por débiles que sean, aumentando su abundancia más bien en razón de su debilidad.»

Esta última frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar. La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, que absorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dándolas la fecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentan nuevos recién nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.

Asistamos á la obra divina; tomemos una gota de agua de mar. Allí veremos cómo comienza la primitiva creación. Dios no opera hoy de un modo y mañana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sus transformaciones me va á contar la historia del Universo. Esperemos, y á observar.

¿Quién es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua? Planta-animal, animal-planta, ¿cuál debe salir primero?

Dicha gota ¿será el infusorio, lamónadeprimitiva que agitando y vibrando no tarda en convertirse envibrador; el que, de escalón en escalón, pólipo, coral ó perla, llegará, tal vez, en el transcurso de diez mil años á la dignidad de insecto?

Lo que surgirá de esa gota ¿es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedoso plumión que nadie creería un ser, y no obstante es el primer cabello de una joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedadcabello de Venus?

Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fábula, no: es historia natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal y animal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse el primogénito de la vida.

Mirad al fondo de un manantial: primero nada veis, y luego observáis algunas gotas un poco turbias. Con un buen anteojo, lo turbio se convierte en una nubécilla, ¿gelatinosa ó coposa? Vista al microscopio el copo se vuelve múltiple, como un grupo de filamentos, de caballitos. Se les considera mil veces más delgados que el más delgado cabello femenino. He aquí la primera y tímida tentativa de la vida que quisiera organizarse. Esas confervas, como se les llama, se encuentran incesantemente en el agua dulce y en la salada cuando está inmóvil, empezando por ellas la doble serie de plantas originarias del mar y de las que adquirieron carta de naturaleza en la tierra cuando ésta emergió. Fuera del agua críase la numerosísima familia de los hongos, y dentro de las confervas, algas y otras plantas análogas.

Es el elemento primitivo, indispensable, de la vida, encontrándosele donde parece imposible que pueda medrar. En las sombrías aguas marciales cargadas y sobrecargadas de hierro, en las muy cálidas aguas termales, encontraréis ese ligeromucusy esas criaturillas que se asemejan á gotas apenas desarrolladas, pero que oscilan y se mueven. No importa cómo se las clasifique, ni que Candolle las honre con el nombre de animales, y que Dujardin las relegue al último rango de los vegetales. No tienen más misión que vivir, que empezar por su modesta existencia la dilatada serie de seres que sólo ellos pueden producir. Esos pequeñuelos, vivos ó muertos, les sustentan con su propio ser, administrándoles desde abajo la gelatina de vida que sacan incesantemente del agua materna.

No hay verosimilitud en indicar como muestra de la creación primitiva fósiles ó piedras diluvianas de animales ó vegetales complicados: animales (los trilobitos) que ya poseen sentidos superiores, por ejemplo, ojos; vegetales gigantescos de poderosa organización. Es muy probable que seres mucho más sencillos precedieron y prepararon aquéllos, mas su muelle consistencia no ha dejado ningún vestigio. ¿Cómo habrían podido resistir la acción de los tiempos tan débiles seres, cuando las más duras conchas son trituradas ó disueltas? En el mar del Sur se han visto peces de acerados dientes ramoneando el coral, lo mismo que un carnero ramonea la hierba. Los blandos esbozos de la vida, las gelatinas animadas, aunque sólidas apenas, se han fundido millones de veces antes de que la Naturaleza pudiese fabricar su robusto trilobito, su indestructible helecho.

Restituyamos á esos pequeñuelos (confervas, algas microscópicas, seres flotantes entre dos reinos, átomos indecisos que se truecan por momentos de vegetal en animal y de éste en aquél), restituyámosles su derecho de primogenitura que, según parece, les corresponde.

Sobre ellos, y á su costa, comienza á elevarse la inmensa, la maravillosa flora de los mares.

Y no me es dado en este punto ocultar la tierna simpatía que por ella siento. Por tres motivos la bendigo.

Pequeñas ó grandes, esas plantas tienen tres caracteres simpáticos:

Primero su inocencia. Ni una sola produce la muerte. El mar no encierra ningún veneno vegetal. En las plantas marinas todo es salud y salubridad, bendición, de la vida.

Esas inocentes sólo quieren alimentar la animalidad. Algunas (por ejemplo las laminarias), son dulces como el azúcar; otras, tienen un amargor saludable (como el precioso ceramio purpúreo y violáceo, llamado musgo de Córcega). Todas concentran un mucílago nutritivo, especialmente varios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en la China, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todos los casos en que hoy día se prescribe el yodo, antiguamente se daban en Inglaterra confituras de fuco.

El tercer carácter que llama la atención en aquella vegetación, es su amor inmenso. Dan ganas de creer que es el género más amoroso que existe al ver sus extrañas metamorfosis de himeneo. El amor es el esfuerzo de la vida para ser más allá de su ser y poder más que su potencia. Obsérvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hasta producir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas y las algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpando un rango superior y esforzándose por trocarse en animales.

¿Dónde empezaron tales maravillas? ¿Dónde se verificaron los primeros esbozos de la animalidad? ¿Cuál debió ser el teatro primitivo de la organización?

Antiguamente, esto dió margen á grandes controversias: empero hoy día nótase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabios europeos.

Podría contestar valiéndome de infinidad de libros aceptados, autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoria premiada recientemente por la Academia de Ciencias de París y por lo tanto apoyada en su gran autoridad.

Encuéntranse seres vivientes en las aguas á una temperatura de ochenta á noventa grados de calor: y cuando el globo enfriado bajó á esa temperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua había absorbido en parte el elemento de muerte, el gas ácido carbónico. Se pudo respirar.

Al principio, los mares se asemejaron á esas porciones del Océano Pacífico cuya profundidad es escasa y que están sembradas de islotes bajos; estos islotes son antiguos volcanes, cráteres extintos. Los viajeros sólo los distinguen merced á los picos que salen de las aguas y á los trabajos practicados por los pólipos. Empero el fondo entre esos volcanes debe ser también volcánico, y durante los ensayos de la creación primitiva sería un receptáculo de vida.

Por largo tiempo la tradición popular consideró á los volcanes comoguardadoresde los tesoros subterráneos y que de vez en cuando desparraman el oro escondido en sus entrañas. Falsa poesía con sus puntas de verdad. Las regiones volcánicas encierran en sí los tesoros del globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las que dotaron á la tierra estéril, pues debió brotar la vida del polvo de sus lavas, de sus cenizas siempre calientes.

Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etna en las dilatadas raíces que empuja hacia el mar; conocido es también el paraíso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcánico del valle de Cachemira, y otro tanto sucede á cada paso en las islas del mar del Sur.

En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes y las cálidas corrientes que les son anejas continúan la vida animal en los sitios más desolados. Bajo la horrible devastación del polo antártico, no lejos del volcán Erebus, James Ross encontró corales vivos á mil brazas bajo el mar helado.

En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que está sembrado tenían una acción submarina mucho más poderosa que ahora. Sus fisuras, sus valles intermedios, permitieron almucusmarítimo acumularse por capas, electrizarse de las corrientes. Sin duda que allí se asió la gelatina, fijóse, se afirmó, inquietóse y fermentó con toda su vigorosa potencia.

La levadura fué el atractivo de la substancia en provecho propio. Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaron combinaciones, matrimonios iba á decir, apareciendo vidas elementales para evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron; seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquel momento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricación y la prosiguen á nuestra vista.

El mar, que á todos los sustentaba, distribuía á cada cual lo que mejor le convenía. Descomponiéndolo cada uno á su manera, en provecho propio, los unos (pólipos, madréporas, conchas) absorbieron el calizo; otros (los infusorios del trípoli, las colas de caballo rugosas, etc.) concentraron el sílice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron la sombría desnudez de las rocas vírgenes, hijas del fuego, que arrancaran del núcleo planetario lanzándolas ardientes y estériles.

Cuarzo, basaltos y pórfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibió de esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves y fecundos que extraían de la leche materna (llamo leche almucusmarítimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra. En esos medios más favorables pudo realizarse el mejoramiento, la ascensión de las especies primitivas.


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