IIEL CASO
EL CASO
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Momentosolemne fué para Gedeón el en que, por primera vez, se vió solo en el recinto de su hogar; pues aunque en él quedaba siempre la abundancia, ¡era tan duro, tan molesto, tan prosáico eso de administrarla y de atender con ella á las mil necesidades ordinarias de la existencia!...
Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones que no dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa experimentaba dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; algo que pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el puesto que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él por la misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, con sus fríos y hasta con el silencio pavoroso de las grandes soledades. Observaba que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó jamás en que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos, sentía un placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano envuelta en serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio, servido por tosca cocinera, le gustaba más que los refinados manjares de la fonda; venía á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando le buscaba después de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro puerto para la nave batida en el mar por los huracanes.
Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas rigorosamente lógicas.
—«El paladar—pensaba,—se estraga con los mejores guisos, si se los dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después de las tempestades de mi vida.»
Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? ¿Por qué hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de dilatársele el pecho al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el corazón, y el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba la falta de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera? ¿Qué era y en qué consistíaaquello? ¿Existía algo fuera de su sér, que, sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para expansión legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos que á la sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que antes no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en el hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celosoproveedorlo que únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban porimpertinentessus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud? ¿Sería cierto que en esepresidiollamado familia por los hombresvulgares, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los placeres?
Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los hechos, como en respuesta á la explicaciónlógicaque él se empeñaba en dar ásu nuevo yraromodo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la casa, le produjo, como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se había permitido semejantesdebilidades.
Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á la materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble empeño, más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones de costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á comparar estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas exploraciones en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si las circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.
Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones. Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo estado.
En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas, unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto que todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, losojos lúbricos, el talle flexible... y, además, habían de amarlecon delirio.
Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no había que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, todas le convenían.
Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en un cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... porel grupo, por de pronto, y aplazando elcuál de ellasparaen su día.
Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de pasar la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin término ni fatiga.
Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo los aleros de unhotelfuera de la patria, ó á la sombra del tejado paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos: para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso albergue conyugal.
Y ¿cómo sería ese albergue?
Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, sino con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo condos camas, ó una cama sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones, nuevas dudas, y al fin un punto más entre los varios que se quedaban sin resolver por el momento.
Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, por razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á todas luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los gabinetes.
Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de sillones, y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial sería de bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; si la luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó de Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.
Después, el tocador deella: sus mil objetos, untos y perfumes; y el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las rentas.
Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la imaginación del dibujante,veía éste pasar la esbelta figura de su mujer, y oía el crujir de la seda de la bata, y por debajo de los pliegues desmayados, distinguía la punta del diminuto pie calzado con artística, leve babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre el lascivo cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!
Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.
Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría á los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver á ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un incesante arrullo.
Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su médico sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto que su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...
Así un día, y otro y otro; y los meses y los años:ellacada vez más hermosa y enamorada, yél, que ya tenía canas al hacer este presupuesto, sin una sola arruga, ni un tristedestacamento, ni un mal retortijón.
También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como la rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había parido, ni el comadrón la había visitado...
Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera perpetua, sin lluvias ni ventiscas.
—¡Si esto fuera posible!—exclamaba, despidiendo centellas por los ojos.—Pero... ¿y laprosa?... ¿y mi libertad perdida?