III

IIILOS JUECES

LOS JUECES

E

En dosépocas de la vida sienten los hombres, con respecto al matrimonio, eso que los célibes recalcitrantes llamanmalas tentaciones: la primera, cuando la imaginación, salida apenas del horizonte de la pubertad, lo ve todo de color de rosa. Entonces nos casaríamos todos los hombres si fuéramos dueños de nuestra voluntad y de algunos maravedíes. La segunda, después de trasmontar la cúspide de este sendero espinoso; cuando todavía nos atrevemos á dudar si vamos dando el primer paso del descenso, ó el último de la subida.

Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le era insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba á sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.

No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro mortal menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es indudable que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, su, digámoslo así,punto de sazón, y el repentino cambio en un tan largo como inalterado método de vida, era más que suficiente motivo para obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de raciocinio.

Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. Entonces ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus conveniencias hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, en definitiva, qué habíaallíque temer ó que esperar. Como buen egoísta, no quería dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo peor por falta de reposado consejo.

Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre, el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo, todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle? Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarleá fondo, según él deseaba?

Por eso no fué larga su meditación; mas como el resultado de ella no le satisfizo por completo, aunque le agradaba no poco, quiso encomendar el resto al dictamen de acreditados peritos en la materia. En desacuerdo con ellos, lícito le era apelar á otros pareceres; en perfecta concordancia, ya no cabían escrúpulos.

Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan delicado litigio.

Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como ustedes saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay siquiera diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez que se dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; veinte que ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, á predicadores, es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; cincuenta que van dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, finalmente, otros diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, como estorninos atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de la banda. De estos diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres contemporáneos suyos, ociosos como él, egoístas como él y solterones aún más que él, pues todos le excedían en edad, y particularmente en aversión al matrimonio.

Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro eran amigos...Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos estaban siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás, ninguno de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de un cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban, no se toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto violento. Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo. Ninguno de los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo único que no ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los demás, porque esto aun en la calle se veía: era el carácter.

Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía su odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el riesgo de llegar á tener herederosforzosos.

Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa, con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras, no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello lo que le diera la gana.

Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía. Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano;metíalos renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía cercenaba media pata á cadamy los puntos á lasii. Comía, paseaba y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden, el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras.

El tercero era celoso, como una bestia en sus períodosálgidos; y porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara de la fidelidad de su mujer, si capazhubiera sido de atreverse á elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido.

Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.

Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en casa propia.

No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos, sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba no le satisfacía; era en sus vicios algún tantoartista, y bastante pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla de los tiempos.

Tales eran los jueces á cuyos dictámenes yconsejos sometió Gedeón el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones matrimoniales al entregarsepor última vezá ellas.

Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro solteronesAnás,Caifás,HerodesyPilatos, aplicándose los nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y no sé por qué.


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