IV

IVEL JUICIO

EL JUICIO

S

Serenoera, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes términos:

—Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á mi gusto, me caso mañana con ella...

Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando la rocían con una hisopada de agua bendita.

—Supongamos—recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;—supongamos, repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué me sucederá?

—¡Tu ruína!

—¡Tu muerte!

—¡Tu ignominia!

—Eso no es responder—dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las tres feroces respuestas de sus amigos.—Quiero detalles; quiero que discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si me caso?

—¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y tancompleja?—contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar todos los dientes.

—Lo que sepáis.

—¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?

—Si te concretaras á un punto determinado...—añadió el celoso.

—Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno de ellos: yo deduciré el resto.

—Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto, pasa en el mundo porcatálogo de vulgaridades.

—Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando. Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra

«esa grotesca fusiónque se llama matrimonio,»

«esa grotesca fusiónque se llama matrimonio,»

«esa grotesca fusión

que se llama matrimonio,»

sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de la memoria ni de la luzcon que habría de guiarla para buscar los hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»

—¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te sucederá, por ejemplo, en los primeros días?—dijo echando chispas el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel estrafalario desconcierto.

—Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,—exclamó sonriendo Gedeón.

—¿Por qué lo dices?

—Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por la muestra de «los primeros días.»

—Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya serán más largos, para desgracia del marido.

—Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me sucederá en ellos.

—Nada que no sea envidiable: sorpresasencantadoras, dulzuras, mimos, arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas imaginarte!

—Y ¿cuánto dura?—preguntó Gedeón relamiéndose.

—Cuarenta y ocho horas,—respondió secamente el interpelado.

—Me parece mucho,—gruñeron los otros dos jueces.

—¿No me concedéis siquiera una semana?

—Vaya la semana—dijo el atildado,—pues días más ó menos, poco suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana, no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú, ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar, si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu felicidad.

—Eso suponiendo—añadió el usurero,—que en los pormenores de la dote no haya habido serios altercados.

—Ó que la recién casada—expuso el celoso,—no deje, en la vecindad que abandona,su primer amor.

—Todo es posible—continuó el pulcro;—pero hemos de prescindir de lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos sólo en lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible. Con esto nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que pasabas la primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un motivo, entre los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De todas maneras, en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las intimidades matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan á caer en desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta allí guardadas entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la elección de un criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de las horas del día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un serio enojo y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen á las casas las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva; pues la esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades, necesita murmurar con alguien de las rarezas de su marido, y murmura con su madre, si la tiene, y si no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de aquélla tal cual disertación sobre el tema de la tolerancia que deben tener los caballeros con las señoras; verás que en estos conflictosinternacionalesjamás se te da á tí la razón; te llevarán los demonios cuando consideres que cosas tan fútiles y remediables en casa, son ya del dominio público, y en centuplicado tamaño, por la insensatez de tu mujer; que están tu reposo y la paz de tu casa á merced de la menor divergencia de pareceres entre vosotros dos, y sobre todo, cuando veas que tu esposa se va mostrando tan dispuesta á desechar los tuyos más sensatos, como á aceptar los ajenos más absurdos.

Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sílasreconciliaciones vehementes; y quizá insistiendo en el procedimiento adoptado, y sin más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin de la carrera, no sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los primeros barruntos de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los días, tienes que añadir las impertinencias propias delestado.

El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, huelesá hombre: tampoco entras así.

Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.—Cuando concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento de loslabios y de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el prólogo, en fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual no dormirás sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás camisa bien planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo extermina, lo barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y hasta mucho después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes, el hatillo, y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la novena á San Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó á otras horas tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á obscuras y en silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos de puntillas, y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados á la puerta, y la obligación de contestarlos, y la colineta para el cura, y los padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y los chicos de la calle cantando el ¡pelón!... y hasta el consonante, que es harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la copla se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco... ¡y el demonio desencadenado en tu casa!—Después, la cuarentena, y los retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes, y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas á puñados, y el dinero trasellas á carretadas... Por último, el restablecimiento...

—Y, por fin—interrumpió Gedeón, respirando con ansia,—volvemos á aquellos ocho días...

—¡Quiá!—dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras, si las víboras hablaran del matrimonio;—aquellos días se fueron para no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con las visitas, ó has pecado de expresivo conalgunas que ella sabe; y luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche, allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te entre un torozón y te pongas á la muerte...

—Bueno; pero... después...

—Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto, con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada alumbramiento.

—¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando está lleno de chiquillos?

—¡Oh, es encantador uno de esos cuadrosde familia! Aquí una silla rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu mujer, que andará ya enmeses mayores; de modo, que cuando el último retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las enumeradas desazones.

—Pero, hombre, ¿cuándo concluye...eso?

—Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes; ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido, y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela, y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho decuando tú faltes... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte en vida!

—¡Pero eso es feroz!

—Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: los inconvenientes deun matrimonio hecho á pedir del deseo y con el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las indispensables exigencias del estado!

—¡Ni el infierno es comparable con ello!—exclamó aquí el avaro.—El escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va, se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles, y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida quecuando el hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana. Después, la horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo, de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho un patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, lepartió con una mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad; hijos que fueron otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en pocos días hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer su propia hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable regodeo, porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar aquellas bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula debilidad que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido ayer, lo heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo para coger otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria del primero; vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara en tres montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su vecino, si le convenía para amante...

—¡Esa es la fija!—gritó entonces el celoso.—Pero tú supones viuda, cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos queel marido.—Esto prueba lo que empequeñece y desprestigia al hombre, á los ojos de su mujer, el oficio de casado.—El marido paga, el marido provee, el marido atesta el ropero y abarrota el tocador y colma el bolsillo... pues para el marido las chancletas, la bata sucia, la papalina y el pelo desgreñado; para el amante los perfumes, las batistas, los voluptuosos rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la estirada media; para el dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas las frialdades; para el ladrón, todos los encantos de la coquetería y todo el fuego de una pasión tan vehemente como infame. Al marido, á quien se despluma á cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y por grosero; el amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del marido á quien deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, elcaballero... ¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más inicuo y más infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia semejante? Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque todas, todas son iguales... menos las que no sirven para el oficio, por haberles negado sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales has de casarte, pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.

—Ya lo oyes, Gedeón—añadió el atildadocélibe, rasgando su boca hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;—todos, aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de los que nos heredan; esostiernísimospedazos de nuestro corazón, llamados hijos.

—¡Adelante!

—Y ¿para qué?

—¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?

—¿Pues no hemos de tener?—respondió el pulcro:—á toneladas te lo diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.

—Oliéndole estoy, rato hace.

—Y ¿á qué huele?

—¡Á demonios corrompidos!

—Entonces ¿á qué vino la consulta?

—Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún tanto insubordinadas estos días porla loca de la casa, llamada imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe, le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia; ser libre, libre como el pájaro y elviento; y pues, como dice el adagio,el buey suelto bien se lame, suelto quiero morir como he vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada fantasía...

Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente hubieran tratado la cuestiónen serio, y el mundo no fuera otra cosa que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los cerdos de las consabidas piaras.

JORNADA SEGUNDA


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