II

IICONTINUACIÓN DEL ANTERIOR

CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR

D

Dos díasbastaron á Gedeón para salir del aturdimiento que le produjeron la visita que hizo á su amigo espirante, y la noticia que le dió de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre que más le había empujado á él hacia el abismo en que se hallaba; el azote del hogar, la sátira de la familia, el prototipo de losbueyes sueltos, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres, devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los remordimientos! ¡Qué lección para él si desde muy atrás no se hallara convencido de que ese es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan, por su propio gusto, fuera de la ley!

Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; y por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problemade sus celos estaba resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le quitaba el sueño, ya no existía.

Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse á Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar por completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!

Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo decirle:—¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?

¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una cadena más!

¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!

El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder vivir menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la tuvo jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, cuando él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó áSolita á vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la ciudad tantos años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar.

El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez cada mes, de noche y con grandes precauciones.

En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para sus gastos, y paralo demásque andaba por el mundo y era causa de que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y resistiendo el otro.

—¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á la mía!—clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el método á que la sujetaba él.

—¡Nunca!—respondía Gedeón inexorable.

—¿Y quéhemosde comer cuando tus achaques no te dejen salir de la cama?

—¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!

—¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!

—¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi paso!

—¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?

—¡Mi corazón que te detesta!

Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de Solita.

Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón, á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara del solterón atribulado.

Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara, y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el pretexto de darse un paseo por las calles.

De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de Herodes.

Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y á Caifás, y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á bastonazos en medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás.

Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.

Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.

—¡No me hables de ese cerdo!—exclamó trémulo de ira Caifás.

—Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto: perdona la distracción.

—¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...

—Más vale que te le quitaran.

—¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!

—¿Tan grave fué el motivo de la riña?

—Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...

—¡Por eso nada más?

—Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora.

—Entonces no digo nada.

—¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!

—Lo será si te empeñas.

—Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.

—Te juro que no lo sé.

—Pues debieras saberlo.

—Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi ignorancia, si tú no me sacas de ella.

—Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos, y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.

—Á eso ya se resistiría.

—Como si callara: amenazóle la pícara con decírselotodoal sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería la carabinera!

—¡Qué me cuentas?

—La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma casa; dejándose llamarpadrinopor tres hombrachones ya casados, que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció, y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te garantizo que no la tiene.

—¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?

—Témome que sí.

—Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.

—Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y aprensiones:—«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por qué no haces lo que Gedeón?...»

—¿Eso le dijiste?

—Eso le dije.

—¿Y con qué derecho?

—Me parece que diciendo la verdad...

—¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!

—¡Oiga! Parece que te amoscas...

—Y me amosco con razón.

—Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por boca de tu ilustre padre político.

—¡Falso!

—Hijote llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.

—¡Mientes!

—¡Gedeón!...

—Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de pie...

—Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas, ¡grosero!

—¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me cantara!

Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar corrillo alrededor de los dosamigos.

El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo acerca de susocultosenredos, no le quitó el deseo de saber algo sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquélde los tresque le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente acababa de biografiarle á él.

Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle, como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole en su casa.

También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal vestido y poco limpio.

Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le preguntó por Caifás.

—¡Mal rayo le parta!—gritó Anás transformando su sombrío decaimiento en furor salvaje.

—Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.

—Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de ese infame.

—Entonces, más vale que se interpusiera la gente.

—¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!

—Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.

—No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo, y esa futesa la inflamó.

—De lamentar es el caso, de todas maneras.

—¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!

—Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...

—Pues qué, ¿no sabes cómo vive?

—Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...

—Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de dotarla rumbosamente.

Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre.

—Y ¿por qué las aguanta?

—Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.

—¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?

—Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.

—¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?

—Lo sospecha, como de tantos otros.

—¿Quiere decir que por eso fueron los palos?

—Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.—«Pero pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón, ¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?

—¡No es poco que digamos!

—Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo Gedeón?

—¡Yo! Y ¿por qué había de darle?

—Gajes del oficio son los motivos de esa clase.

—Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...

—Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al oficio...

—¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?

—¿Por qué te quemas?

—Porque me insultas.

—¿Porque te digo que tienes líos tapados?

—¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!

—Como cada hijo de vecino.

—¡Falso!

—¡Gedeón!

—¡Te repito que yo no tengo líos!

—Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que ya no viva!

—¿Y á ese entierro aludías antes?

—¡Ó á otro, canastos!

—¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!

—¡No me da la gana, soberbio!

—¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!

—¿Qué harías entonces?

—Molerte á bastonazos.

—Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...

—¡Difamador!

—¡Hipócrita!

—¡Bárbaro!

También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de granujas.

No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, poniendo todo su corazón en sus palabras:

—¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!

Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta tercera y última jornada de su vida.

Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus interioridades.

Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.

Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más que una carga de dolores.

Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado por el verdugo de sus remordimientos.

Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el desamparo.


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