VIII

VIIILOS PARIENTES DE GEDEÓN

LOS PARIENTES DE GEDEÓN

L

Lospronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino «para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida.

Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita apelar á ciertosextremosalarmantes? Hasta se arrepiente de haber sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus fuerzas y movimiento.

Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y de una señora.

Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en casa; que vuelvan otro día.»

Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella,

—Que pasen adelante,—dice.

Y los anunciados pasan á la sala.

Dos son, como dijo Regla.

El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.

La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en el modo de ser como en el de vestir.

Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.

—¿El señor don Gedeón?—pregunta desde la puerta de la sala el caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.

—Servidor de ustedes,—responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros doloridos.

—Beso á usted su mano,—dice por su parte la señora, abanicándose el rostro y retorciéndose mucho.

—Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis respetos,—añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la diestra.

—Lo mismo digo, caballero,—responde Gedeón, dejándose estrechar la mano.

—Mi señora...—continúa el otro, señalando á la que le acompaña y mirando á Gedeón.

—Mi marido...—dice la señora haciendo una exagerada cortesía á Gedeón, y apuntando á su acompañante.

En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubieraolvidado en tantos años como ha pasado sin reirse.

Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su visita.

—Va usted á saberla—responde el caballero, estirando las manoplas y colocando el bastón entre las piernas.—Pues, señor, yo soy, para cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.

—Muy señor mío...

—Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no muchos, y allí casé con ésta mi señora...

—Beso á usted su mano,—vuelve á decir la aludida.

—Diónos el cielo un heredero—continúa su marido,—uno no más, don Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su elecciónparticular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce usted á toda la familia de mi casa.

—Sin contar—añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su abanico,—seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de usted.

—Cierto es eso—repone su marido;—pero como dijo el otro, «con agua pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad, don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser; pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad, don Gedeón?

—Cierto es, en efecto,—responde éste mirando al uno y á la otra, como pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.

—Pero vamos al asunto—continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse las manoplas;—yel asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer también en sana salud.

Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado; pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de aquellos originales, sonríese y contesta:

—¿Parientes míos dice usted?

—Sí, señor... y bastante cercanos.

—¿Por qué parte?

—Por los Gazapones.

—Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?

—Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era Gazapón.

—Luego no somos parientes.

—Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón, de segundo apellido.

—Podrá ser, cuando usted lo asegura.

—Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de unos con otros,que yo no pude casarme con ésta sin dispensa.

—¿También es Gazapín?

—No, señor: ésta es de los Gazaperas.

—¡Demonio!

—Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.

—Hombre, es muy interesante todo eso.

—Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir, sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo escudo en la ejecutoria.

—¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!

—¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?

—No por cierto; y ahora me pesa.

—Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «Os alumbro el camino;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo os muestro la retirada, si viene el amo.»

—Es curioso el lema...

—Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la nuestra fué siempre familia muy aprovechada.

—Ya se conoce.

—Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas, por no sé qué préstamo que le hizo.

—No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.

—Pues sí, señor, todo eso hay.

—Y no es poco.

—Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!

—No es mala.

—¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!

—¿Tan mal lo está?

—Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.

—Verdad es.

—Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo, nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella, ¡cuánto no tendrá ese hombre!»

—Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?

—Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?

—Mucho que sí; y es una lástima que miseñora doña Radegundis, que tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras.

—¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía—exclama aquí la señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,—¿á qué obra mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi educación y de nuestro parentesco?

—Justo—añade su marido,—¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo eso?

—En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en acompañarle á ella.

—¡En eso, mi buen pariente!—exclama don Ruperto.—¡Es posible que una persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?... Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto, Radegundis?

—Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos!

—No comprendo...

—No caigo...

—Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí á ustedes á pocode haberlos oído, y esto baste. Conque estimando la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he consagrado.

—¡Pero don Gedeón!...

—¡Pero pariente!...

—¡Ni una palabra más!

—Para explicarle á usted...

—Para que no crea...

—¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he tenido?

—Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto, estorbamos aquí.

—Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso á usted su mano...

Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus propósitos por donde al lector pluguiere.

En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en aquel hogar.

Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella provincia, y no lejano, y dice así:

«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca han ido ha ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son sus parientes cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que acostumbraban á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia que están á pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son gente de mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que le habrán hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en la cárcel.

»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la provincia, otros que con mi familia, por parte de losLupianes, que casaron con losLupinos, provenientes en línea recta de losLoberasprimitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno esLupián, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse), como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de esta casa hay, entre otros animales dañinos, unlobatoque también debe de hallarse en las de usted.

»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de ninguna clase; sino para que se vea la diferencia que va de parientes á parientes, ó séase de losLupianesde Taconucos á losGazapinesde Cascaruca.

»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este pueblo, de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba usted á las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre á su lado á quien dejar sus caudales opulentos.—«Pobre soy (esto dije); cargado de familia y de necesidades me hallo; pero así me iré á la sepultura antes que darle á sospechar que le visito con miras interesadas. Si él quiere acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á servirle en cuanto yo pueda, y agradecerle los beneficios que tenga á bien dispensarme.»

»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable oportunidad.

»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,

Lupercio Lupián de la Lobera.»

—Todo esto que hoy me sucede con mis parientes—piensa Gedeón en cuanto acaba de leer la carta,—me haría muchísima gracia si no lo viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un fondo endemoniado.Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis parientes vienen á ser los buitres que revolotean á mi lado esperando el regodeo que van á darse. Éste es el hecho innegable.

En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre como yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que sus hijos y su esposadesearanheredarle... vale más no hacerlos. ¡Qué gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse cuando empieza á leerle con provecho!

Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes, y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos.


Back to IndexNext