VII

VIILA VANGUARDIA DE LA MUERTE

LA VANGUARDIA DE LA MUERTE

A

Asílas cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo, ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa, hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades.

Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días; en los paseos, á los dos meses.

—Debede estar enfermo,—dicen sus contertulios una vez sola, sin mostrar otro interés porsu vida, ni cansarse en enviar un triste recado á su casa.

—Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este banco todos los días?—pregunta un observador en el paseo.

—Hace más de dos meses que falta de aquí.

—¿Qué señor?—se le responde.

—Pues uno de estas señas y de las otras.

—¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de casa... si es que no se ha muerto...

—¡Para la falta que hace en el mundo!...

Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres como nuestro personaje.

Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos, no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al desaparecer, dejan libre y desembarazado.

Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.

Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios! Jurara en su febrildesasosiego, que los muebles bailan; que las figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas. Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda; porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria.

Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.

Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló de su agonía, yá la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.

El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda consideración con el enfermo.

Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.

—¡Señor!—dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.

—¿Quién me llama?—balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el sueño.

—Yo... Regla...

—¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!

—Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...

—Déjame... ¡vete!

—Además, tenía que hablarle á usted...

—¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo no ansío más que dormir!

—También hay otras cosas en qué pensar...

—¡Déjame!

—¡Y muy sagradas!

—¡Vete!

—Me parece que estoy en mi derecho...

Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.

Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él.

Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin testar en el primer acceso que le acometa.

En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla, y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del gabinete.

Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama.

—¡Gedeón! ¡Gedeón!—dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de éste.

—¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?—responde á los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.

Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los dientes y lanza saetas por los ojos.

—¡Soy yo, Gedeón!—continúa diciendo la encubierta.—¡Mírame!

Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz rechupada y angulosa de Solita.

El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse más invisible, para dormir impunemente.

—¿No me conoces?—añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.

—¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?—grita iracundo y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.

—Pero ¿no ve usted que descansa?—ruge entonces Regla, dirigiéndose á Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma no acabara de cometer el mismo delito!

—Y á usted ¿qué se le importa?—ruge á su vez Solita encarándose con Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos también.

—¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que padece!—contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.

—¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si lo sabes, cuando también me has despertado,—exclama Gedeón.

—¿Lo oye usted?—dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.

—¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?—pregunta el enfermo.—Quiero saber su nombre para maldecirle.

—Soy yo: Solita...

—¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!

—¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...

—No, si me traes lo que necesito—exclama el desventurado, aspirando con ansia un pocode aire;—pero si no me lo traes, ¡maldita seas!

—Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.

—Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad para mis tormentos?

—Sí.

—Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco me conformo! ¡Cuán poco te pido!

—Sí, pobre Gedeón, poco me pides.

—¡Pues ni eso han querido darme!

—Porque no saben comprender...

—Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.

—Para que durmieras luégo más descansado.

—Lo estaré, si tú te marchas.

—Del cuerpo, pero no del espíritu.

—¿Qué quieres decir?

—Que piensesen lo que debespensar, antes de entregarte al sueño.

—¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?

—No, pero...

—¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes?

Y cuando dice esto, Gedeón no encuentraya postura cómoda en la cama; su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo, y los ojos se le inyectan de sangre.

—Señora—exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido con Solita,—yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto con lo que le ha dicho...

—¿Y qué?—la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.

—Que no consentiré que usted continúe atormentándole.

—¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!

—¿Lo oye usted,mala mujer?

—¡Mala mujer yo!—brama Solita arrojando espuma por la boca.—¡Y eso me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!

—Silencio... maldecidas!—grita Gedeón ahogándose.

—¿No oye usted lo que me dice?—responde Regla, á punto de coger del moño á Solita.

—¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?—continúa ésta.—Pues bueno: yo saldréal balcón y lo publicaré todo; y lo que tú, desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por mi boca.

—¡No, por caridad, Solita!—exclama Gedeón, viéndola dispuesta á cumplir en el acto su amenaza.—Vete de aquí... déjame descansar... y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo... ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!

—¡El demonio que le lleve á usted!—le contesta Regla por todo consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana pelea.

—He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...

—¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...

Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una persona en el gabinete.

Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana.

Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como ociosas.

Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar.

Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya sospechado.

Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los oídos.

Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.

—He visto aquí una cara que me es desconocida,—dícele el Doctor después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más sosegado y en reposo.

—Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!

—¿La serpiente, ó la manzana?

—Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la hiel de todas mis amarguras...

—¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve?

—No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted? gusano de mi conciencia.

—¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted?

—Hasta cierto punto, Doctor.

—Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas...

—Cabalmente.

—Y quizá exponiendorazonesde esas que, por lo mismo que son hijas de unadebilidad, son las más fuertes.

—Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á fuertes, no, señor.

—Pues no lo entiendo.

—Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha disfrazado la verdad.

—Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarmedemasiado, para no sentir después un nuevo remordimiento.

—No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesitodesahogarme con alguien de estas pesadumbres!

—Adelante, pues, con la historia.

—Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos, precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto, si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer: intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me entiende usted, Doctor?

—Perfectamente.

—No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?

—Sospecho que sí.

—Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre en que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me autorizara para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron los años; crecieron los vínculos con ellos... ¡crecieron, Doctor!... que á tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he llegado hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la debo, é invocandotestimoniosque yo no quiero ver, ni jamás he visto ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien, el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.

—Graves son, en efecto, las razones de esa mujer—dice el Doctor después de permanecer unos instantes silencioso.—Pero, ¿y la otra? ¿por qué se quejaba de usted?

—¿La otra?—responde Gedeón muy contrariado.—La otra... Ya sabe usted lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del oficio... La costumbre de mandar en todo...

—¡Ya!—replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.

—Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura compatible con el descanso.

—Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia de usted?

—Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.

—Y sobre losvínculosposteriores á esa primera situación, ¿cómo piensa?

—Piensa cuando se fija en losindiciosaquéllos, que yo tengo perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son un castigo palpable de mi insensatez.

—¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?

—Nada, Doctor: quimeras, delirios que medeslumbran y me aturden y me martirizan.

—¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa y la que así aconseja?

—¿Y qué otra cosa puede ser?

—La vanidad, la soberbia...

—¿Es posible?

—Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor propio.

—Concedido.

—Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.

—Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.

—¡Defenderle!¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena justicia, no es defendible su causa de usted?...

—¡Que no!

—Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.

—¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?

—Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada más, aunque alguna vez me haya metido á filósofode afición. En cuanto al segundo... busque usted y hallará.

—¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!

—Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.

—Todas están cerradas para mí.

—Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.

—¿Qué puerta es?

—La de Dios.

—¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?

—No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos crueles.

—Entonces ¿por qué ese consejo?

—Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puedehacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la historia que acaba usted de confiarme.

—Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?

—¿Es usted tan desventurado que no la ve?

—He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!

—¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?

—Creo que no.

—Algo es eso.

—Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.

—No importa, si queda fuego con qué hacer luz.

—Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.

—¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.

—Seguro estoy.

—Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la vea, llame.

—¿Y después?

—Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá á usted todas esas cosas y otras muchas.

—¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?

—¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.

—¡Herodes!...

—¿Qué le admira?

—En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted me ayudara á dar los primeros pasos...

—Desde hoy mismo, si usted quiere.

—Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.

—Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana estaré á sus órdenes.

—Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!

Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.


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