VILA TIENDA DE LA ESQUINA
LA TIENDA DE LA ESQUINA
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Regéntala, como dueño de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se apresura.
Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y escaparates, los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar por la índole de las mercancías que están á la vista, y con las cuales cree el tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos los antojos del público.
Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:
—¿Tiene usted tachuelas?—pregunta un marchante acercándose al empolvado mostrador.
—¿Tachuelas?—repite el tendero poniéndose á meditar.—Precisamentetachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted más.
—¿Clavillos, quizá?
—No, señor: clavos romanos.
¿Y qué es eso?
—Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar las cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué hermosos!
—¡Pero si yo quiero tachuelas!
—Pues de eso no tengo ahora.
Y así hasta el infinito.
Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador; pero precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir lo que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba del relato ó de la disputa,
—¡No tengo!—responde con desabrimiento y sin volver la cara.
Por eso digo yo que no sécómovive este buen hombre, que sólo vivede lo que vende.
En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por la tarde; en verano, hasta que cierra la noche, y en invierno, hasta que se cierra la tienda.
Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de la fachada.
Componen la tertulia, comúnmente:
Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos, si el Estado no solicita la preferencia, elDiariode su larga vida, comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete les lee de punta á cabo el curioso mamotreto.
En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para todas las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces impúber, para aprender de memoria el «peritus, sabio,juris,» bajo la férula sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que le daba su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había habido azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron de jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en que se colocó y pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado jamás de veinticuatro reales cada díalaborable; allí los zapatos que le compraban, y si eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos que estrenaba, y el día en que por primera vez se puso calzoncillos; allí el efecto que causaba y la revolución que producía en el pueblo cada moda nueva; allí, entre mil prolijidades de su vida social y privada, los fríos notables, las nevadas de más duración, las lluvias más copiosas, la legión inglesa, la biografía de Bonnet; y si su amigo Pedro se casó, y con quién, y con qué dote; si falleció elnotableseñor don Pedro, y cuántos curas asistieron á sus funerales, y hasta la lista nominal de losparticularesque le acompañaron al cementerio.
Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más, excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en la tertulia. Fechas dudosas, casosanálogos, estadística antigua... Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza para resolverlo, comentarlo y diluirlo.
Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera,tanquam tábula rasa, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos, y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.
Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios, porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso, tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame del estanco:
—¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de contestar al muy sinvergüenza!
Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.
Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los discursos de las Cortes, que leen enLa Correspondencia; siendo el uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado.
Pero la salsa de aquel condumio es un donAcisclo Berruguete, que ha resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día. Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle, tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y ahorra para luz é imprevistos.
Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio, más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad, comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la caída le trae desazonado y en perpetua meditación.
De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan, cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las ocupan.
Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre, comomenta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal más próximo.
De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces se permite echar una cana al aire con media docena de amigos, acompañándolos á comerde campo.
Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por barba; y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al llegar la comida á los potajes,—«¡raya!»—dice al tabernero,—«y venga la cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche, pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.
Quédanos por explicar el misterio del vestido.—¿Con qué se viste?—preguntará el lector.—Con nada; porque uno de los grandes problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el delvestido eterno.
Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó mucho tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar de sus ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y medio, se vistió depies á cabeza, tan completamente como quien no piensa volver á hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco de dos caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares de botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas. Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver, ver á don Acisclo en ropas menores.
Las botas.—¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no mojándolas ni manchándolas, ni paseándolas mucho? Después, unas puntadas á tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el remiendito en la grieta; al otro, la puntera...
Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su vida!
El gabán.—Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, y lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí todo es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.
Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.
El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, del tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera le hubiera arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, inventó el ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á la vida más duro que una peña. Todavía le gasta, y con ánimo de seguir gastándole hasta que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece menos al de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni los rayos parten aquella cúpula atrevida.
Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque no sea el máscurioso, dela tienda de la esquina.
Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le permite salir de casa.
También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que allí se sustentan, para llamarcabraá don Acisclo;melonesá los especieros;estúpidoal indianete;simpleal joven de medio siglo;momiaal septuagenario, yalcornoqueal amo de la tienda.
Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante, sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados á título decosas de don Gedeón, y danle el puesto de preferencia en la tertulia.
Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de bestias.» Pero vuelve.
Acaso le mueve á ello una necesidad de sutemperamento, que se desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia, tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido una vez siquiera.