VLA POESÍA DE UN SOLTERÓN
LA POESÍA DE UN SOLTERÓN
R
¡Regla!... ¡Regla!
—¡Señor!
—¿Dónde mil demonios estás metida?
—¿Cuántas veces me ha llamado usted?
—Más de mil.
—No han llegado á tres.
—Tanto me da.
—Pero no es lo mismo.
—¡No me repliques!
—Cuando se dice lo que no es...
—¿Te rebelas?
—Me disculpo como debo.
—Tu deber es complacerme, y nada más.
—Eso he hecho siempre.
—¡Pero no lo haces ya!
—¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve!
—¡Regla... no me provoques!
—Si usted no me maltratara...
—Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y acabarme aquí, solo y abandonado.
—¿Para qué me llamaba usted, señor?
—Para que me traigas los chirimbolos.
Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde la punta del pie hasta medio muslo.
Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos en una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo.
Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las ataduras de los que Gedeón tiene puestos.
—¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las estrellas...
—No tenga usted cuidado.
—¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á poco! Así... ¡Ay!...
—¡Si no le he tocado á usted!
—No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedohasta los pies... ¡Alto! arrolla toda la venda suelta.
—Saque usted el pie más afuera...
—Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?
—Algo más deshinchada me parece...
—Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...
—Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.
—¿Cómo le hallas?
—Lo mismo.
—Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para mezclarle con este otro...
—Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.
—¡Dios ponga tiento en tus manos!
Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar frascos, á mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre la palma de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo conveniente, ó porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.
—¿Acabaste con ésta?
—En cuanto anude las cintas... Ya están.
—Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?
—¿Por qué, señor?
—¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo más de que entre un joven abandonado á sus propias inclinaciones y una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Deleusted cuerda á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?
—Allá se van.
—¡Vaya un consuelo de tripas!...
—Pues si es la verdad...
—¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...
—¿De qué modo lo he dicho yo?
—Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.
—Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!
—¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!
—Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...
—¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!
—¡Si llevo la mano al aire, señor!
—Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.
—Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que yo estoy haciendo...
—¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!...¡Ufff... qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.
—Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...
—No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya dicho contra tí. ¿He dicho alguno?
—No ha dejado usted de decirlos...
—No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí, y no sé lo que digo.
—Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos.
—Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras?
—Ya puede usted presumirlo.
—¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...
—Póngase usted en mi caso.
—¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á tiempo.
—¿Tan mal le ha ido á usted conmigo?
—¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!
—También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro porvenir...
—Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?
—Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.
—¿Por tan desalmado me tienes?
—Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.
—Eso es decir que temes que yo me muera de repente.
—Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta más que en sus palabras...
—Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea conocida y respetada.
—Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.
—Luego ¿desconfías de mí?
—No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa cuenta, por lo que pudiera tronar.
—Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo; ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado, pudriéndome en este rincón...
—Yo no pretendo semejante cosa.
—¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á tiempo!
—¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?
—¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!
—Todavía puede usted hacerlo.
—¡Tendría que ver!
—No creo que se opusiera nadie.
—¡Ahí me duele!
—¿En lo que le digo á usted?
—¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me antojara?
—Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos viejos!...
—Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo entiendes?
—No lo dudo, señor.
—Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?
—Sí, señor.
—Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con la untura... ¡Qué toseranoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio, dormirías como una marmota.
—Como usted no me llamó...
—¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus quejidos el asma del ratonero!...
—Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana...
—Pues en seguida vas tú tras ella.
—Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la habitación?
—Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge... Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces hablar.
—¡Para él estaba!
—¡No seas ingrata, Regla!
—Más me debe él á mí, que le traje á casa.
—También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...
—Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.
—Tráeme ahora una camisa limpia.
—¿Va usted á salir?
—¿Qué tal está el día?
—Regular.
—¿Hace viento?
—No, señor.
—¿Hay humedad?
—Tampoco.
—Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace.
Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con tantos envoltorios y ataduras.
Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales y se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó cuatro esencias de botica.
Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.
Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la que aguarda á su amo cruzada de brazos.
Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de alhajas estamos!»
Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y, bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para sus envolturas:
—No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo me lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada ha de ser tu muerte como la mía!