XIVLAS PULGAS DE GEDEÓN
LAS PULGAS DE GEDEÓN
P
Por ellaadelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin, en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él por lapuerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra persona con una luz en la mano.
—¡Hola!—dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.
—Buenas noches,—contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón por toda la longitud de un sofá...
¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?
Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas, aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de ánimo.
Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.
Solita, entre tanto, parece la imagen de lamelancolía, con los brazos cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.
—Conque... ¿qué me cuentas?—pregunta éste cuando ya no tiene colilla que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.
—Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.
—¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...
—Te vas cargando mucho de ellos.
—Como siempre.
—No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la casa.
—¿También zumbona, Solita?
—¡Ojalá pudiera serlo!
—Pues cualquiera lo diría.
—No quien, como tú, debe saber lo que padezco.
—¿Ya empezamos?
—Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.
—¿La historia de qué?
—De mis pesadumbres.
—¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?
—¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme... todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.
—También me has cantado esa letanía más de cien veces.
—Señal de que no te corriges.
—Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.
—Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.
Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.
—Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras—continúa Solita limpiándose los ojos,—no podía yo esperar que llegara un día en que tu abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.
—(Melodrama puro.) Adelante.
—Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde no se me conocería; yque, para mayor disimulo, admitiera algunos trabajos de costura.
—Proposición muy cuerda, Solita.
—Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener fin.
—Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo conducto.
—Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, Gedeón, ¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en la escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en sus bocas mi honra... y la tuya!
—¡La mía!
—¿Piensas que no te han visto entrar y salir?
—Pero como no me conocen...
—¿Y eso te tranquiliza?
—De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.
—¿Cuál es?
—Mudarte de casa y de barrio.
—¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvarnuestrasituación!
—Latuya, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.
—¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!
—¿Volvemos á las lagrimitas!
—¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?
—¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?
—¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes, Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio, donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me conozcan á mí fuera de él.
—(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han de ir por sus pasos contados.
—¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y gozas y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si hasta de tu presencia me privas ya?
—Te he dicho que los negocios...
—¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?
—¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?
—Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.
—¡Solita!
—¿Crees que me equivoco?
—¿No he de creerlo?
—Pues dame pruebas de ello.
—Ya te las estoy dando.
—Alejándote cada vez más.
—¿No me tienes ahora á tu lado?
—Después de seis días de ausencia.
—Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y conforta.
—¿Y cuál es lootro?
—Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando, interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme dónde he estado, de dónde vengo y adóndevamos; porque soy de un temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si me preguntan por ellos antes derealizarlos; y en fin, Solita, porque mucha de la estimación en que tenemos á una persona, consiste en el buen concepto que ella forma de nosotros.
—No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.
—Lo cual es decir que yo no las hago buenas.
—Ya me has oído.
—También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como quien oye llover.
—Palabras, Gedeón.
—Pues mira, Solita, por tí lo deploro.
—Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo que siento?
—¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?
—Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.
—Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.
—¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!
—Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.
—Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!
—Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.
—¿Tampoco á ser desgraciada?
—¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?
—Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.
—Pero ¿cómo he de ponerle?
—¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su marido.
—¡Solita!
—¡Gedeón!
—¡Esas tenemos!
—Pues ¿qué pensabas, desalmado?
—¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!
—¡Bien se te conoce!
—¡Tales caricias me haces tú!
—¿Dónde están mis agravios?
—¡Pues digo!...
—¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena para manceba?
—Lo que á mí me parece, Solita, es queesas distinciones no cuadran aquí enteramente.
—Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya, cuando se la robaste con engaños.
—Yo nunca te prometí...
—¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!
—En eso, casi tienes razón.
—Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin entrañas!
—¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á parirte.
Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea completa del final del diálogo referido.
Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el matrimonio, aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la escena en que acaba él de figurarcon el papel de galán, y aun después de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente que Gedeón conserva siemprecierta inclinacióná Solita, por más que le duela verse cogido por ella portan arriba, lógico y natural es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con Solita, dándole las debidas satisfacciones.
Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada, gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para sacudírselas.