XXIVLO QUE ERA DE ESPERAR
LO QUE ERA DE ESPERAR
E
En estose despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.
Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla, Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una salmodia entre lúgubre y desesperada.
Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.
Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue,y Adonis, al verse á tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo.
Entonces se fija éste en lo que sucede.
—¿Qué hay?—pregunta á Regla, alzando la cabeza.
—Pues hay, señorito—contesta Regla, torciendo y estirando entre los dedos un pico de su manto,—que he ido á buscarle y que... aquí está.
—¿Quién?
—Merto.
—¡Merto?
Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.
—¡Calla, condenado animal!—exclama Gedeón con gesto avinagrado y largando un castañetazo al ratonero.
—¡Guaaayyy!—late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.
Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impidelanzar una mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.
¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán pedirle cuentas de él el día menos pensado?
Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á Gedeón, dice:
—Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más... ¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!
—¡Yo!—exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de semejante criatura.
—Me parece...
—Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?
—Le he traído ya.
—¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?
—Eso he querido decir á usted.
—Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.
—¿Lo oyes?—dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á su hijo enfrente de Gedeón.
Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca de las fauces.
—¡Conque estabas tan cerca?—dícele Gedeón con sequedad al verle.—Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu madre.
—Se escondía—replica ésta,—porque está muy avergonzado de lo que ha hecho...
Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,
—¡Largo de aquí!—dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de su hijo.
Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto.
—¡Habrá destino más perro que el mío?—exclama de repente Gedeón, levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.—¿No es una burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa? ¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!
Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella vomitando maldiciones.
Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que ha costado un triunfo impedirle que suba.
—¡Haberle roto el bautismo!—ruge Gedeón marchando hacia la calle.
Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha resentido la rodilla y no puede correr.
Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.
Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo, sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad de su sonrisa en aspereza y rigor.
Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!
Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de ésta, álo otro; delo otro, á Herodes; de Herodes, á él; de él, á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera él, porlo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle.
Felizmente no está en ella el remendón.
¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar con Solita de lootro, y hasta la del riesgo que corre de dar una campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas horas há; y entra.
Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y aparece Solita con una jícara en la mano.
—¿Dónde estabas?—la pregunta azorado.
—Sacando los garbanzos para mañana,—responde Solita muy serena.
—¿Á ver?—añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.
Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.
Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta, y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato departamento.
—Pero ¿qué diablos buscas?—le pregunta Solita, que va siguiendo todos sus pasos.
—Busco—responde el preguntado, algo arrepentido ya,—la... petaca que se me perdió esta mañana.
—¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...
—¡En el infierno!
Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.
De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían mucho más.