II.

II.

—¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?

Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las alhajas, que en junto eran ocho.

Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser una condecoración.Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió, dejando la puerta abierta de par en par.

Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?

Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.

Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se ocupaba en él.

Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración importante, estaría más lejos de su barrio.

—¿En qué consiste—se preguntó, con asombro Raskolnikoff—, que desde hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi resolución en un momento de delirio.

Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era preciso apresurarse.

Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba andando, se le ocurrió otra idea.

—¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo? Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder reconocerlo más tarde.

Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió llevarla a cabo.

Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.

No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan. Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que lo menos pesaría sesenta libras.

Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por consiguiente, le convenía apresurarse.

Se inclinó sobre la piedra; la aferrócon ambas manos por arriba, y, reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes; lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y nada podía notarse.

Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi imposible de soportar.

—Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda, ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!

Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.

Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.

—¡Vaya al diablo todo ello!—se dijo en un repentino acceso de cólera—. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!

Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión hasta entonces inesperada y excesivamente simple.

—Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?

Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff, se detuvo cerca del puente.

—¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?

Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.

Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo estupor.

—¡Caramba! ¿Tú por aquí?—exclamó, mirándole de pies a cabeza, e interrumpiéndose empezó a silbar—. ¿Es posible que tan mal vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este servidor—continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos de su compañero—. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.

Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.

—¿Sabes que estás enfermo de verdad?

Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.

—Es inútil—dijo—. He venido porque... no tengo lecciones... y quisiera...¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?

—¿Sabes una cosa? Que estás disparatando—observó Razumikin mirando atentamente a su amigo.

—No, no disparato—repuso levantándose Raskolnikoff.

Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado el umbral de Razumikin.

—¡Adiós!—dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.

—¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!

—Es inútil—replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había tomado.

—Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa y no te dejaré marchar.

—Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que me dejen en paz es lo que deseo!

—¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes. Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original, pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?

Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina, volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar los labios.

—¡Tú estás loco!—vociferó Razumikin, ya colérico—. ¿Qué comedia estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios has venido?

—No tengo necesidad de traducciones—murmuró Raskolnikoff empezando ya a bajar la escalera.

—Entonces, ¿de qué tienes necesidad?—le gritó Razumikin desde el rellano de su puerta.

El otro, callado, siguió bajando.

—Dime siquiera dónde vives.

Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.

—¡Ea! ¡vete a freír espárragos!

Raskolnikoff estaba ya en la calle.

El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó dormido...

Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible. ¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.

La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más! La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente, Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.

—¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro, no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué? El mundo está revuelto.

De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se cerraban con estrépito.

—Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?—decía creyendo seriamente que la locura tomaba posesión de su cerebro.

Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...

—Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por lo de ayer... ¡Oh Señor!

Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la puerta; el terror le helaba el alma...

Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas. Finalmente, se calló también y no se oyó más.

—¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha venido aquí ese hombre?

Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia. Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.

—Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de Dios a pesar de la fiebre...

—Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?

La criada le miró fijamente.

—¿Que han pegado a la patrona?

—Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?

Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó turbado.

—Anastasia, ¿por qué no me contestas?—preguntó tímida y débilmente.

—Es la sangre—murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.

—¡La sangre!... ¿Qué sangre?—balbució Raskolnikoff poniéndose más pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.

Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.

—Nadie ha pegado a la patrona—dijo, al fin, con sequedad.

El joven la miró, respirando apenas.

—Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván—repuso con voz más temblorosa aún—. He escuchado durante largo rato... Ha venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos a la escalera...

—Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?

El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le miraba con ojos furiosos.

—Dame agua.

La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de agua fría desmayándose en seguida.


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