IV.
Raskolnikoff se puso a seguirle.
—¿Qué significa esto?—preguntó, volviéndose, Svidrigailoff—. Creo haberle dicho a usted...
—Esto significa que estoy decidido a acompañarle.
—¿Qué?
Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.
—En la semiembriaguez de usted—replicó Raskolnikoff—me ha dicho lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...
Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería convencerse.
—¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?
—Llámela usted.
Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y amistoso.
—¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré, montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas... ¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?
—Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy, sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido a las exequias de su madrastra.
—Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual labariniaen cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.
—No importa, de todos modos entraré en su casa.
—Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le recompense de ese modo!...
—¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?
—¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta observación—respondió riendo Svidrigailoff—. Si cree usted que no está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.
—No pienso en tal cosa—replicó desdeñosamente Raskolnikoff.
—Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral, como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso lo que tiene el propósito de hacer?
—Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así le libraré de mi presencia.
—¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa. ¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro; quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted? Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted? Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.
Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás. Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie, a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano, Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud; durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía rápidamente hacia ella.
Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.
—Vamos más de prisa—le dijo por lo bajo este último—. Es preciso que Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?
—Ya hemos dado vuelta a la esquina—interrumpió Dunia—. Ahora mi hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la calle.
—En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.
Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a Svidrigailoff.
—¿Qué teme usted?—observó tranquilamente éste—. La ciudad no es el campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a usted.
—¿Sofía Semenovna está avisada?
—No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa. Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí, en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué tengo yo de terrible?
Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió. Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.
—Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame usted—dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema palidez de su semblante.
Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.
—Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas. Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas, el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un conocimiento exacto de todos los lugares.
Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió Svidrigailoff la explicación.
—¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla, escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?
—Que ha sido un espía.
—Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff, acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta. Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
—Aquí tiene usted su carta—comenzó a decir, depositándola encima de la mesa—. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas; hable, pues; pero le advierto que no le creo.
Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
—Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
—No me atormente más y hable, hable usted.
—Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
—¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
—No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna. Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel, entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que, palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.
—¡Eso es imposible!—balbuceó Dunia, jadeante—; no tenía la menor razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una mentira.
—El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha atrevido a utilizarlo.
—¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este pensamiento?—exclamó Dunia levantándose vivamente—. ¿Usted lo conoce? ¿Le cree usted capaz de ser ladrón?
—Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia; he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?
—Voy a ver a Sofía Semenovna—respondió con voz débil la joven—. ¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero verla en seguida. Es menester que ella...
Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.
—Según todas las apariencias, SofíaSemenovna no estará de vuelta hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.
—¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que mentiras... no te creo... no te creo—exclamó Dunia en un arranque de cólera que la ponía fuera de sí.
Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se apresuró a acercarle.
—¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua; beba usted un poco.
Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.
«Esto ha producido efecto»—murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo el entrecejo—. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso. ¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen, su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo está usted? ¿Cómo se siente?
—¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!
—¿A dónde quiere usted ir?
—A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo la ha cerrado usted?
—No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese, vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a venir a mi casa; pero siéntese usted.
Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.
—¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?
—Todo depende de usted—comenzó a decir en voz baja.
Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.
Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
—Una sola palabra de usted y se salva—continuó él todo tembloroso—. Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco. Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire usted de ese modo, que me mata!
Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a sacudirla con todas sus fuerzas.
—¡Abrid, abrid!—gritó, creyendo que la oirían fuera—. ¡Abrid! ¿No hay nadie en esta casa?
Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
—No hay nadie aquí—dijo lentamente—. La patrona ha salido y usted se equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
—¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
—La he perdido y no puedo encontrarla.
—¿De modo que esto era un lazo?—gritó Dunia pálida como una muerta, y se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
Después se calló; pero sin apartar losojos de su enemigo, espiando hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio. Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
—Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto, la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas. Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte, nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de una violación, Advocia Romanovna.
—¡Miserable!—dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
—Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra. Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos. Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su resolución.
De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento hacia adelante.
—¿Esas tenemos?—dijo con maligna sonrisa—. La situación cambia por completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin? ¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán sido inútiles.
—Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso, te juro que te mato!
Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si llegaba el caso.
—Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple curiosidad—dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
—Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
—¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
—Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
—Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías sido la causa.
—¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
—Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la luna, mientras cantaba el ruiseñor.
—¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes, calumniador!
—¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que se les recuerden ciertas cosillas—repuso sonriendo—. ¡Sé que tirarás, precioso monstruo; pues bien, anda!
Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer fuego; el rostro de la joven estaba cubiertode mortal palidez. Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff! Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff se detuvo.
—Una picadura de abeja—dijo riéndose—. Apunta a la cabeza... ¿Qué es esto? Tengo sangre.
Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
—Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez; espero—prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de siniestro—; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla antes de que pueda usted defenderse.
Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.
—¡Déjeme usted!—dijo con desesperación—; ¡le juro que voy a disparar otra vez! ¡Le mataré!
—A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero si no me mata, entonces...
En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el tiro.
—No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene ésta aún una cápsula; espero.
En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente, que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre moriría antes que renunciar a su designio.
Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
De repente la joven tiró el revólver.
—¡No quiere usted tirar!—dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró libremente.
No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo la naturaleza del alivio que experimentó.
Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
—¡Suéltame!—suplicó Dunia.
Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.
—¿De modo que no me amas?—preguntó en voz baja.
Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
—¿Y no podrás amarme... nunca...?—continuó él con acento desesperado.
—¡Nunca!—murmuró la joven.
Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.
—Ahí está la llave—dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse hacia Dunia)—. Tómela usted, y váyase pronto.
Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la mesa para tomar la llave.
—¡Pronto, pronto!—repitió Svidrigailoff.
No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra «pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no dejaba lugar a dudas.
Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del canal, en la dirección del puente***.
Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía sangre en la mano, la miró con cólera,y luego mojó un paño y se lavó la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta. Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.