El doncel de Don Enrique el DolienteCAPITULO XXII.Cuando la noche cerró,ambos se fueron armare,cabalgaron á caballo,salieron de la ciudade,armados de todas armasá guisa de peleare.Rom. del marques de Mántua.Con ferozespresion de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: gran parte habia tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo asi al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena alprincipio de su narracion, pero fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinacion, ésta podria estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era dificil inferir que á pelear y no á otra cosa habian salido en aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando habia admitido para este asunto los ausilios del astrólogo judiciario, ó se habia lisonjeado de que este conseguiria colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es mas probable, no se habia tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el leon de la jaula, porque una vez suelto ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, habiaprocurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En valde trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debia ser realmente; en valde le citó mil ejemplos de desafios empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por cualquiera estraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, á costa solo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasion del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la arrojada decision del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, solo cariño y respeto le podian merecer. Si hubiera sido posible que por una causa agena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez; pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, en cuyo corazon domina todavia el conocimiento, de lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto corria y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, Abenzarsal, me habeis perdido. Nada habeis hecho por mi, si muere alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto.—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavia con la indecision del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro corta un brazo para salvar los demas miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelacion por otra parte esmorir, ¿qué poder tendrémos para contrastar los astros?—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje, quereis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?—Eso querrá decir don Enrique, que su constelacion era que los perdiese mi intriga.—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de ningun hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero que su constelacion no ordene su muerte: venid conmigo...—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos enmedio de las tinieblas de la noche dos locos, que...?—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no tienen mas que una vida, y esa la perderán si los dejamos.—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale tanto una hermosura pasagera como la vida del hombre? Si no han aprendido á conocer á la muger, ¿será nuestra la culpa de su muerte? ¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido, no merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura mas felices cuando la conserven para vivir esclavos, y fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un injusto desden? Su muerte será acaso su felicidad.—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos atrincheramientos, es decir...—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?—Si por eso lo decís, en nada. De valde los salvaré.—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolson, parecido al que poco antes le habia dado, tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de aqui. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos faltarán medios despuespara deshacernos de ellos de un modo menos culpable.Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana á la violencia que se le hacia.—¡Hé aqui el hombre! salió diciendo entre dientes detras de Villena, que á pasos precipitados se lanzó fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos, dos hombres! Sin embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente con nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y nosotros entre tanto con remordimientos!Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban hácia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la Almudena, se habia vuelto á Macías, que le seguia con la indiferencia y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto á todo, y le habia dicho: “Caballero, mientras mas apartados de la poblacion, reñirémos con mas libertad.” Al decir estas palabras, que fueron sin duda oidas, aunque no contestadas, hizo un ademan con la mano dando á entender que debian seguir algun trecho mas adelante camino de la casa del Pardo, que á la sazon edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á tal proposicion siguiéndole á pocos pasos. Asi anduvieron largo trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio; parecian en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso estraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habian hecho su carga en aquel parage derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, “Aqui, dijo con voz alterada por la cólera,aqui.” Imitó el doncel su accion, y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que le acometiera su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya tambien el escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba,—No creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer lugar, deseo preguntaros si teneis noticia de una música que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de Cangas y Tineo.—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.—Esperad. ¿Y sabeis quién era el músico?—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, volviendo á hacer ademan de dar principio al combate.—¿Y quereis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana en pública corte á mi señor el conde?—Los mismos datos teneis para conocerla que yo.—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa?—Los que creí justos.—¿Cómo os he encontrado solo con ellaen el laboratorio del judío? ¿Sabeis que soy su esposo?—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.—Probádmelo.—Con la punta de mi espada al momento.—¿No teneis, pues, otras pruebas...?—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza.—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...—Os prevengo, hidalgo, que no me vencereis sino matándome. Por lo demas, recordad que no estais armado caballero, y que cuando me sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros.—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no desconozco la orden de caballería...—Probadlo, pues.Bien vió el hidalgo que en valde intentaria obtener de su adversario mas ámplias esplicaciones. Meditó un momento buscando en su imaginacion algun medio que pudiera hacerle conocer si era realmente tan culpada su esposa como él lo habia imaginado, ó si habria procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud de acometer sin proferir mas palabra, y dentro de pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y temeroso ruido. La oscuridad no permitia una defensa tan hábil como la exigia la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos á dos tiraban mas bien á ofender al contrario que á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte los dos manejaban las armas y las conocian perfectamente. Imposible nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en mas de un parage con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; una esclamacion involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al conocer que su estocada habia dado en el cuerpo del contrario, y el aullido de algun lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran trecho á la redonda se percibia.De alli á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra la punta de su espada,—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habeis oido algo?—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.—Imaginé haber oido pies de caballos en el camino inmediato, y aun si mi oido no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos matorrales.—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estais cansado?—De vivir y de que me resistais. Espero que no podré temer una emboscada ni...—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?—Perdonad.—¿Estais herido?—No, contestó Macías con voz que reprimia el dolor, tal vez, de los golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernan; sintiera que nos interrumpiesen.—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. A buen tiempo llegan; enterrarán al vencido.—Acabemos, respondió Fernan.Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose segun las reglas de la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas simultáneamente sin cuidar mas de la defensa que si tuvieran dos vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su rabia no le permitian usar de ella, y el hidalgo reñia conzelos. La casualidad empero quiso que Hernan Perez al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un parage del suelo humedecido con la sangre que ambos habian perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le habia sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caido.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, mas fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no solo le detuvo en su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvia el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caido hidalgo cómo le duraba la vida todavia.Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrian paso por entre la espesura de la selva.—¡Aqui estan, decian unos á otros, aqui!—Llegándose en seguida dos de los ginetes, que para alumbrarse traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el resplandor, y no debia deestar muy bien parado segun lo indicaba su estrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina de gentes estrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, habia abierto mas sus heridas, y asi permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella estraordinaria interrupcion. Macías en tanto buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, al atrevido que habia osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:—El caido es Fernan Perez, dijo el que parecia principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose tres ginetes sobre el doncel, que se dirigia ya hácia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un leon acosado á la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida; sino tu persona.—Jamas, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en número de otros tres al ausilio, y era evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.—Date, repitió el mismo que habia hablado al ver llegar el socorro, date ó eres...No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo, con no poca admiracion del doncel, que entretenido con otro, no habia podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de alli á un momento el que mas acosaba á Macías.—¡Mueren por sí solos mis enemigos! esclamó Macías. Villanos, prosiguió cobrando ánimo con la invisible proteccion que el cielo le daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traido. Si sois salteadores...—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! Yo darécuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado á tocarle,—¡Cielos! esclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan largo era.Al oir esta esclamacion tan inesperada, llenos de terror sus compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le defiende!Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que seria vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecia haberle salvado aquel dia de tantos peligros.—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una voz ronca que parecia hablar sola enmedio de las tinieblas dijo con reposado continente:—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas cuando puede cazar venado mas noble.—¡Cielos! esclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á tí á quien debo esta noche la existencia acaso...?—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabiami amo el doncel Macías que donde está la fiera, alli está Hernando.—¡Hernando! esclamó Macías arrojándose en sus brazos.—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debeis la vida, yo os la estoy debiendo todo el año, pues me manteneis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa que estaba ahí tendida?—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está vencido, y debemos dar treguas al rencor.Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.—¡Esta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella presa! ¿No dije yo, señor, que no podia salir nada bueno de ese astrólogo? A mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...—¿Tambien eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en estamaldita corte que se separe un punto de su amo y señor.Concluida esta imprecacion hicieron otro rebusco por si á una parte ú otra podrian encontrar vivo ó muerto al escudero. Y yendo apoyado Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningun vestigio habian dejado los de los caballos, si es que por él habian pasado.
El doncel de Don Enrique el DolienteCAPITULO XXII.Cuando la noche cerró,ambos se fueron armare,cabalgaron á caballo,salieron de la ciudade,armados de todas armasá guisa de peleare.Rom. del marques de Mántua.
El doncel de Don Enrique el Doliente
Cuando la noche cerró,ambos se fueron armare,cabalgaron á caballo,salieron de la ciudade,armados de todas armasá guisa de peleare.Rom. del marques de Mántua.
Cuando la noche cerró,ambos se fueron armare,cabalgaron á caballo,salieron de la ciudade,armados de todas armasá guisa de peleare.Rom. del marques de Mántua.
Cuando la noche cerró,
ambos se fueron armare,
cabalgaron á caballo,
salieron de la ciudade,
armados de todas armas
á guisa de peleare.
Rom. del marques de Mántua.
Con ferozespresion de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: gran parte habia tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo asi al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena alprincipio de su narracion, pero fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinacion, ésta podria estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era dificil inferir que á pelear y no á otra cosa habian salido en aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando habia admitido para este asunto los ausilios del astrólogo judiciario, ó se habia lisonjeado de que este conseguiria colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es mas probable, no se habia tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el leon de la jaula, porque una vez suelto ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, habiaprocurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En valde trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debia ser realmente; en valde le citó mil ejemplos de desafios empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por cualquiera estraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, á costa solo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasion del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la arrojada decision del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, solo cariño y respeto le podian merecer. Si hubiera sido posible que por una causa agena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez; pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, en cuyo corazon domina todavia el conocimiento, de lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto corria y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, Abenzarsal, me habeis perdido. Nada habeis hecho por mi, si muere alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto.
—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavia con la indecision del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro corta un brazo para salvar los demas miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelacion por otra parte esmorir, ¿qué poder tendrémos para contrastar los astros?
—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje, quereis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?
—Eso querrá decir don Enrique, que su constelacion era que los perdiese mi intriga.
—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de ningun hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero que su constelacion no ordene su muerte: venid conmigo...
—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos enmedio de las tinieblas de la noche dos locos, que...?
—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no tienen mas que una vida, y esa la perderán si los dejamos.
—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale tanto una hermosura pasagera como la vida del hombre? Si no han aprendido á conocer á la muger, ¿será nuestra la culpa de su muerte? ¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido, no merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura mas felices cuando la conserven para vivir esclavos, y fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un injusto desden? Su muerte será acaso su felicidad.
—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!
—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos atrincheramientos, es decir...
—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?
—Si por eso lo decís, en nada. De valde los salvaré.
—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolson, parecido al que poco antes le habia dado, tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de aqui. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos faltarán medios despuespara deshacernos de ellos de un modo menos culpable.
Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana á la violencia que se le hacia.—¡Hé aqui el hombre! salió diciendo entre dientes detras de Villena, que á pasos precipitados se lanzó fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos, dos hombres! Sin embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente con nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y nosotros entre tanto con remordimientos!
Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban hácia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la Almudena, se habia vuelto á Macías, que le seguia con la indiferencia y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto á todo, y le habia dicho: “Caballero, mientras mas apartados de la poblacion, reñirémos con mas libertad.” Al decir estas palabras, que fueron sin duda oidas, aunque no contestadas, hizo un ademan con la mano dando á entender que debian seguir algun trecho mas adelante camino de la casa del Pardo, que á la sazon edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á tal proposicion siguiéndole á pocos pasos. Asi anduvieron largo trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio; parecian en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso estraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habian hecho su carga en aquel parage derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, “Aqui, dijo con voz alterada por la cólera,aqui.” Imitó el doncel su accion, y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que le acometiera su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya tambien el escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba,—No creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer lugar, deseo preguntaros si teneis noticia de una música que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de Cangas y Tineo.
—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.
—Esperad. ¿Y sabeis quién era el músico?
—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, volviendo á hacer ademan de dar principio al combate.
—¿Y quereis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana en pública corte á mi señor el conde?
—Los mismos datos teneis para conocerla que yo.
—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa?
—Los que creí justos.
—¿Cómo os he encontrado solo con ellaen el laboratorio del judío? ¿Sabeis que soy su esposo?
—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.
—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...
—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.
—Probádmelo.
—Con la punta de mi espada al momento.
—¿No teneis, pues, otras pruebas...?
—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.
—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza.
—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.
—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...
—Os prevengo, hidalgo, que no me vencereis sino matándome. Por lo demas, recordad que no estais armado caballero, y que cuando me sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros.
—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no desconozco la orden de caballería...
—Probadlo, pues.
Bien vió el hidalgo que en valde intentaria obtener de su adversario mas ámplias esplicaciones. Meditó un momento buscando en su imaginacion algun medio que pudiera hacerle conocer si era realmente tan culpada su esposa como él lo habia imaginado, ó si habria procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud de acometer sin proferir mas palabra, y dentro de pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y temeroso ruido. La oscuridad no permitia una defensa tan hábil como la exigia la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos á dos tiraban mas bien á ofender al contrario que á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte los dos manejaban las armas y las conocian perfectamente. Imposible nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en mas de un parage con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; una esclamacion involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al conocer que su estocada habia dado en el cuerpo del contrario, y el aullido de algun lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran trecho á la redonda se percibia.
De alli á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra la punta de su espada,—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habeis oido algo?
—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.
—Imaginé haber oido pies de caballos en el camino inmediato, y aun si mi oido no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos matorrales.
—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estais cansado?
—De vivir y de que me resistais. Espero que no podré temer una emboscada ni...
—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?
—Perdonad.
—¿Estais herido?
—No, contestó Macías con voz que reprimia el dolor, tal vez, de los golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.
—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernan; sintiera que nos interrumpiesen.
—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. A buen tiempo llegan; enterrarán al vencido.
—Acabemos, respondió Fernan.
Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose segun las reglas de la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas simultáneamente sin cuidar mas de la defensa que si tuvieran dos vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su rabia no le permitian usar de ella, y el hidalgo reñia conzelos. La casualidad empero quiso que Hernan Perez al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un parage del suelo humedecido con la sangre que ambos habian perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le habia sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caido.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, mas fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no solo le detuvo en su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvia el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caido hidalgo cómo le duraba la vida todavia.
Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrian paso por entre la espesura de la selva.—¡Aqui estan, decian unos á otros, aqui!—Llegándose en seguida dos de los ginetes, que para alumbrarse traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el resplandor, y no debia deestar muy bien parado segun lo indicaba su estrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina de gentes estrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, habia abierto mas sus heridas, y asi permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella estraordinaria interrupcion. Macías en tanto buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, al atrevido que habia osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:—El caido es Fernan Perez, dijo el que parecia principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose tres ginetes sobre el doncel, que se dirigia ya hácia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un leon acosado á la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.
—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida; sino tu persona.
—Jamas, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en número de otros tres al ausilio, y era evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.
—Date, repitió el mismo que habia hablado al ver llegar el socorro, date ó eres...
No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo, con no poca admiracion del doncel, que entretenido con otro, no habia podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de alli á un momento el que mas acosaba á Macías.
—¡Mueren por sí solos mis enemigos! esclamó Macías. Villanos, prosiguió cobrando ánimo con la invisible proteccion que el cielo le daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traido. Si sois salteadores...
—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! Yo darécuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado á tocarle,—¡Cielos! esclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan largo era.
Al oir esta esclamacion tan inesperada, llenos de terror sus compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le defiende!
Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que seria vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecia haberle salvado aquel dia de tantos peligros.
—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una voz ronca que parecia hablar sola enmedio de las tinieblas dijo con reposado continente:
—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas cuando puede cazar venado mas noble.
—¡Cielos! esclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á tí á quien debo esta noche la existencia acaso...?
—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabiami amo el doncel Macías que donde está la fiera, alli está Hernando.
—¡Hernando! esclamó Macías arrojándose en sus brazos.
—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debeis la vida, yo os la estoy debiendo todo el año, pues me manteneis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa que estaba ahí tendida?
—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está vencido, y debemos dar treguas al rencor.
Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.
—¡Esta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella presa! ¿No dije yo, señor, que no podia salir nada bueno de ese astrólogo? A mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.
—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...
—¿Tambien eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en estamaldita corte que se separe un punto de su amo y señor.
Concluida esta imprecacion hicieron otro rebusco por si á una parte ú otra podrian encontrar vivo ó muerto al escudero. Y yendo apoyado Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningun vestigio habian dejado los de los caballos, si es que por él habian pasado.