CAPITULO XXIII.

CAPITULO XXIII.¿Qué mal teneis, caballero?¿Querédes me lo contare?¿Teneis heridas de muerte?¿O teneis otro algun male?—Háme herido Carloto,su hijo del emperante,porque él requirió de amoresá mi esposa con maldade;porque no le dió su amor,él en mí se fué á vengare,pensando que por mi muertecon ella habia de casare.Rom. del marques de Mántua y Valdovinos.CuandoElvira fue sacada de la mano por el astrólogo fuera de su cámara, á la inesperada entrada de Fernan Perez de Vadillo, apenas tuvo tiempo aquel de indicarla que habiendo informado ya á su alteza de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á su habitacion tranquilamente hasta el dia en que, realizándose el combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio deDios su acusacion, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que habia escogido por campeon. Pero por una parte ella esperaba ya este resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podia dar lugar á la reflexion; asi que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un esceso de amistad poco comun, y animada del espíritu caballeresco y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en aquella época, se habia lanzado á un acto de generosidad que nadie podia reprocharle con razon fundada. Conociendo que no podia vengar á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde, de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza le habia inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se habia añadido otra importante consideracion: no conocia en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á grangearse; pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la posicion en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa para no tratar de huir de toda ocasion en que pudiese aventurar aquel verbalmente una declaracion que ya tantas veces le habian hecho sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no habia, pues, en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella especie de reserva que con él habia guardado, reserva tanto mas disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que no podia por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo, puesto que solo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él, y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabia, y el lector sabe perfectamente, que no podia ser argumento contra ella. Pero el lector sabia acaso una cosa que Elvira no sabia por lo visto, ó que no habia reflexionado bastante, y es que no hay posicion mas falsa que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para otraque tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio hace aparecer culpables las cosas mas inocentes, y por otra parte es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables, acaso no podia ella decir otro tanto de sus pensamientos, por mas que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por inocentes. Si solo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creido perdida al ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo: y segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo: una muger menos virtuosa que Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella misma su seguridad, porque hubiera calculado mas y dominado mejor sus emociones.Su primer pensamiento fue huir sin saber adonde; pero á poca distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginacion las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento antes: era inocente; declararia á su esposo francamente suposicion, y esta franqueza le grangearia mas y mas su aprecio. ¿Y adónde podia dirigir sus pasos sino á su habitacion? Cualquiera otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en último resultado nada podia echársele en cara, pues que habia sabido resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada habia en su conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no sin luchar algun tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre mas peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecision.Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya mas libremente á reflexionar sobre su verdadera posicion.La primera idea que entonces le ocurrió fue el riesgo de un próximo rompimiento en que habia dejado á Macías y á su esposo. Segura empero de que en nada habia ofendido á este último, é ignorante al mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algun tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo suficientepara comprometer su existencia; á lo cual se agregaba la reflexion de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro dia se prometia haber desvanecido ya todo género de duda en el corazon de Vadillo con respecto á su conducta, porque en esta materia las mugeres suelen contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Mas serena con estas reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad que en su posicion cabia, si bien sin hacer caso de las continuas interrupciones con que el pagecillo cortaba de cuando en cuando el hilo de su meditacion. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra ocasion mas propicia de averiguar las penas que debian afligir á su hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincon de la pieza por ver si le llamaba al cabo de un rato dedesvío, pero no habiendo surtido tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente dormido con aquel sueño que tan facilmente se toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro page alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin despues de horas enteras de ansiosa espectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo que esperaba!Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la vista de Elvira fue Fernan, llevado en brazos de dos siervos del conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no pudo rechazar por mas tiempo la horrible realidad, arrojóse hácia él exhalando un ¡ay! que salia de lo mas hondo de su corazon, y que hizo abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse casi en el mismo instante. ¡Vive! ¡vive! esclamó la desdichada esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le traían mil preguntas, que se sucedian tan rápidamente unas á otras que apenas dejabanentre sí espacio para las respuestas. ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernan Perez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas, acercaba estas otra vez á su corazon por ver si palpitaba todavia... en una palabra, en aquel momento Macías entero habia desaparecido de su imaginacion: su esposo, herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la ocupaba toda. Toda lucha habia desaparecido, y el mas débil, el mas necesitado triunfaba entonces en su corazon de muger.Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del doliente hidalgo: otros personages de nuestra historia reclaman por ahora nuestra atencion. Con respecto al caballero, no habia salido tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus heridas algun cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á las puertas de Madrid y al alcázar poco despues que su adversario. Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el dia cirujanos, el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo supiera. Aplicóle las yerbas que mas convenientes le hubieron de parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocia en lo distraido desde su vuelta de Calatrava, habia tenido un duelo singular en el soto de Manzanares, de cuyas resultas debia guardar el lecho por algunos dias. Y en atencion á que el escudero de don Enrique Villena habia necesitado tambien los ausilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era dificil que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas no necesitaron mas para asegurar que éste, cuya natural prudencia era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable de responder á la acusacion intentada contra él, y sostenida por el doncel, habia determinado á su escudero á acometer á aquel, acompañado de otros varios, una tarde que habia salido á alconear por el soto de Manzanares; relacion á que daba bastante verosimilitud la circunstancia de haber vuelto Hernan en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías que habian notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habian creido interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de la condesa, no se sabia por quién, tuvieron lo bastante para decir que el doncel habia puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le habia parecido bien, segun ellos, al hidalgo, que aunque no era caballero, era marido, y segun malas lenguas un si es no es zeloso. A esta version daba algun peso tal cual sonrisa maligna que el judío Abenzarsal habia dejado escapar en algunos corrillos de la corte, donde se habia referido el duelo singular. El propalar estas especies no era en verdad servir amistosamente la pasion de Macías, ni hacer gran favor á la buena opinion y fama de Elvira; pero hay autores que aseguran que la amistad no escluye la envidia, de donde infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las mas favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinion arriesgada, creemos mas bien que algun amigo de Macías sospechó aquella esplicacion como la mas satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido: este en confianza comunicaria su idea á algun otro amigo, quien la trasladaria á otro bajo la misma fé del secreto, de cuyo modo fue corriendo la noticia; y como somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales creemos, como en nuestra salvacion, nos atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca, siempre irian acompañadas de aquellas espresiones cariñosas, tales como: “¡Pobre Macías! ¿Sabeis que el desafío fue por Elvira?—¿Qué decís?—Sí, no lo digais; pero es indudable: está perdido de amores por ella; y es lástima ciertamente,” y otras semejantes, que descubren á cien leguas la mas pura amistad hácia el objeto de tales conversaciones.Lo cierto es que esas voces corrieron, ycomo fieles historiadores nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta, que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquel estaba harto interesado en guardar el mas rigoroso silencio sobre punto tan delicado; y á éste no podia convenirle en manera alguna poner en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó mas de una vez el vado con Macías, usando de las espresiones mas afectuosas, pero nunca pudo recabar nada de él; y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesion de aquello mismo que él sabia ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que despues de los escrúpulos que habian atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, habian salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en aquellos tiempos solian practicarlo los poderosos con los débiles, y encerrándole despues en alguno de los castillos del conde; desde donde no hubiera podido volver á poner obstáculos en su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si este proyecto se habia malogrado, no habia sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, penetracion y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien luego que habia visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, no habia dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas habia podido distinguir en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que notó que uno de ellos habia caido, creyó que en todo caso lo mas seguro era separarlos, y solo al asir del que era realmente su amo le habia conocido. No sabemos si era su intencion favorecer, como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se habia provisto antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan tambien nuestros lectores.

CAPITULO XXIII.¿Qué mal teneis, caballero?¿Querédes me lo contare?¿Teneis heridas de muerte?¿O teneis otro algun male?—Háme herido Carloto,su hijo del emperante,porque él requirió de amoresá mi esposa con maldade;porque no le dió su amor,él en mí se fué á vengare,pensando que por mi muertecon ella habia de casare.Rom. del marques de Mántua y Valdovinos.

¿Qué mal teneis, caballero?¿Querédes me lo contare?¿Teneis heridas de muerte?¿O teneis otro algun male?—Háme herido Carloto,su hijo del emperante,porque él requirió de amoresá mi esposa con maldade;porque no le dió su amor,él en mí se fué á vengare,pensando que por mi muertecon ella habia de casare.Rom. del marques de Mántua y Valdovinos.

¿Qué mal teneis, caballero?¿Querédes me lo contare?¿Teneis heridas de muerte?¿O teneis otro algun male?—Háme herido Carloto,su hijo del emperante,porque él requirió de amoresá mi esposa con maldade;porque no le dió su amor,él en mí se fué á vengare,pensando que por mi muertecon ella habia de casare.Rom. del marques de Mántua y Valdovinos.

¿Qué mal teneis, caballero?

¿Querédes me lo contare?

¿Teneis heridas de muerte?

¿O teneis otro algun male?

—Háme herido Carloto,

su hijo del emperante,

porque él requirió de amores

á mi esposa con maldade;

porque no le dió su amor,

él en mí se fué á vengare,

pensando que por mi muerte

con ella habia de casare.

Rom. del marques de Mántua y Valdovinos.

CuandoElvira fue sacada de la mano por el astrólogo fuera de su cámara, á la inesperada entrada de Fernan Perez de Vadillo, apenas tuvo tiempo aquel de indicarla que habiendo informado ya á su alteza de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á su habitacion tranquilamente hasta el dia en que, realizándose el combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio deDios su acusacion, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que habia escogido por campeon. Pero por una parte ella esperaba ya este resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podia dar lugar á la reflexion; asi que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un esceso de amistad poco comun, y animada del espíritu caballeresco y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en aquella época, se habia lanzado á un acto de generosidad que nadie podia reprocharle con razon fundada. Conociendo que no podia vengar á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde, de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza le habia inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se habia añadido otra importante consideracion: no conocia en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á grangearse; pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la posicion en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa para no tratar de huir de toda ocasion en que pudiese aventurar aquel verbalmente una declaracion que ya tantas veces le habian hecho sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no habia, pues, en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella especie de reserva que con él habia guardado, reserva tanto mas disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que no podia por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo, puesto que solo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él, y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabia, y el lector sabe perfectamente, que no podia ser argumento contra ella. Pero el lector sabia acaso una cosa que Elvira no sabia por lo visto, ó que no habia reflexionado bastante, y es que no hay posicion mas falsa que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para otraque tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio hace aparecer culpables las cosas mas inocentes, y por otra parte es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables, acaso no podia ella decir otro tanto de sus pensamientos, por mas que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por inocentes. Si solo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creido perdida al ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo: y segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo: una muger menos virtuosa que Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella misma su seguridad, porque hubiera calculado mas y dominado mejor sus emociones.

Su primer pensamiento fue huir sin saber adonde; pero á poca distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginacion las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento antes: era inocente; declararia á su esposo francamente suposicion, y esta franqueza le grangearia mas y mas su aprecio. ¿Y adónde podia dirigir sus pasos sino á su habitacion? Cualquiera otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en último resultado nada podia echársele en cara, pues que habia sabido resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada habia en su conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no sin luchar algun tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre mas peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecision.

Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya mas libremente á reflexionar sobre su verdadera posicion.

La primera idea que entonces le ocurrió fue el riesgo de un próximo rompimiento en que habia dejado á Macías y á su esposo. Segura empero de que en nada habia ofendido á este último, é ignorante al mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algun tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo suficientepara comprometer su existencia; á lo cual se agregaba la reflexion de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro dia se prometia haber desvanecido ya todo género de duda en el corazon de Vadillo con respecto á su conducta, porque en esta materia las mugeres suelen contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Mas serena con estas reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad que en su posicion cabia, si bien sin hacer caso de las continuas interrupciones con que el pagecillo cortaba de cuando en cuando el hilo de su meditacion. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra ocasion mas propicia de averiguar las penas que debian afligir á su hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincon de la pieza por ver si le llamaba al cabo de un rato dedesvío, pero no habiendo surtido tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente dormido con aquel sueño que tan facilmente se toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro page alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin despues de horas enteras de ansiosa espectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo que esperaba!

Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la vista de Elvira fue Fernan, llevado en brazos de dos siervos del conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no pudo rechazar por mas tiempo la horrible realidad, arrojóse hácia él exhalando un ¡ay! que salia de lo mas hondo de su corazon, y que hizo abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse casi en el mismo instante. ¡Vive! ¡vive! esclamó la desdichada esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le traían mil preguntas, que se sucedian tan rápidamente unas á otras que apenas dejabanentre sí espacio para las respuestas. ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernan Perez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas, acercaba estas otra vez á su corazon por ver si palpitaba todavia... en una palabra, en aquel momento Macías entero habia desaparecido de su imaginacion: su esposo, herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la ocupaba toda. Toda lucha habia desaparecido, y el mas débil, el mas necesitado triunfaba entonces en su corazon de muger.

Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del doliente hidalgo: otros personages de nuestra historia reclaman por ahora nuestra atencion. Con respecto al caballero, no habia salido tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus heridas algun cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á las puertas de Madrid y al alcázar poco despues que su adversario. Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el dia cirujanos, el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo supiera. Aplicóle las yerbas que mas convenientes le hubieron de parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocia en lo distraido desde su vuelta de Calatrava, habia tenido un duelo singular en el soto de Manzanares, de cuyas resultas debia guardar el lecho por algunos dias. Y en atencion á que el escudero de don Enrique Villena habia necesitado tambien los ausilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era dificil que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas no necesitaron mas para asegurar que éste, cuya natural prudencia era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable de responder á la acusacion intentada contra él, y sostenida por el doncel, habia determinado á su escudero á acometer á aquel, acompañado de otros varios, una tarde que habia salido á alconear por el soto de Manzanares; relacion á que daba bastante verosimilitud la circunstancia de haber vuelto Hernan en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías que habian notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habian creido interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de la condesa, no se sabia por quién, tuvieron lo bastante para decir que el doncel habia puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le habia parecido bien, segun ellos, al hidalgo, que aunque no era caballero, era marido, y segun malas lenguas un si es no es zeloso. A esta version daba algun peso tal cual sonrisa maligna que el judío Abenzarsal habia dejado escapar en algunos corrillos de la corte, donde se habia referido el duelo singular. El propalar estas especies no era en verdad servir amistosamente la pasion de Macías, ni hacer gran favor á la buena opinion y fama de Elvira; pero hay autores que aseguran que la amistad no escluye la envidia, de donde infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las mas favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinion arriesgada, creemos mas bien que algun amigo de Macías sospechó aquella esplicacion como la mas satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido: este en confianza comunicaria su idea á algun otro amigo, quien la trasladaria á otro bajo la misma fé del secreto, de cuyo modo fue corriendo la noticia; y como somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales creemos, como en nuestra salvacion, nos atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca, siempre irian acompañadas de aquellas espresiones cariñosas, tales como: “¡Pobre Macías! ¿Sabeis que el desafío fue por Elvira?—¿Qué decís?—Sí, no lo digais; pero es indudable: está perdido de amores por ella; y es lástima ciertamente,” y otras semejantes, que descubren á cien leguas la mas pura amistad hácia el objeto de tales conversaciones.

Lo cierto es que esas voces corrieron, ycomo fieles historiadores nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta, que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquel estaba harto interesado en guardar el mas rigoroso silencio sobre punto tan delicado; y á éste no podia convenirle en manera alguna poner en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó mas de una vez el vado con Macías, usando de las espresiones mas afectuosas, pero nunca pudo recabar nada de él; y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesion de aquello mismo que él sabia ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.

Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que despues de los escrúpulos que habian atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, habian salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en aquellos tiempos solian practicarlo los poderosos con los débiles, y encerrándole despues en alguno de los castillos del conde; desde donde no hubiera podido volver á poner obstáculos en su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si este proyecto se habia malogrado, no habia sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, penetracion y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien luego que habia visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, no habia dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas habia podido distinguir en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que notó que uno de ellos habia caido, creyó que en todo caso lo mas seguro era separarlos, y solo al asir del que era realmente su amo le habia conocido. No sabemos si era su intencion favorecer, como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se habia provisto antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan tambien nuestros lectores.


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