CAPITULO XXVI.Mucho os ruego de mi parteme lo querais otorgar,pues que de nigromancíaes vuestro saber y alcanzar,que me digais una cosa,que yo os quiero demandar.La mas linda muger del mundo¿dónde la podria hallar?Rom. de Roldan y Reinaldos.La situacionde los principales personages de nuestra historia era bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que en el dia ocupan nuestra atencion, habia mas de uno que no tenia motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar llevaba continuamente clavado en el corazon el dardo que se ahondaba mas mientras mas esfuerzos hacia por arrancarle, y tenia no pocos motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien echaba menos entonces mas que nunca, le recordaba sin cesar que teniapendiente una acusacion, en el éxito de la cual se hallaba comprometida no solo la vida del hombre á quien no podia menos de amar, sino la suya propia, pues era condicion de tales juicios que habia de morir el acusado ó el acusador, si no en el combate, despues de él. Elvira se hallaba libre en su cámara, pero lo debia á la buena opinion que habia merecido siempre en la corte. Luego que se habia dado á conocer á Abenzarsal, y éste habia espuesto á su alteza sus circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar secreto, se la habia dejado en libertad bajo su palabra, con la única condicion de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el dia que su alteza tuviese á bien señalar, dia que se retardaba ya demasiado, segun lo que solia en tales casos practicarse. El vulgo de las gentes sobre todo, que no habia podido dar esplicacion ninguna á la acusacion y circunstancias de la tapada, no sabia á qué achacar semejante tardanza, sino era á las brujerías de don Enrique de Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debia estar en la mas cruel espectativa. La conducta de su esposo era incomprensible al mismo tiempo para ella: nunca le habia dicho una palabra delencuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á aquella tristeza misteriosa que le habia dominado hasta el dia en que habia recibido la orden de caballería, manifestaba que tenia oculto algun proyecto, idea que no podia menos de hacerla temblar.Hernan por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era mas feliz. Habia llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de su esposa: la pequeña escena que habia pasado entre los dos en la capilla del alcázar no le podia dejar duda acerca de este particular: asi, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos entonces, que ya tenia permiso de su señor para defender su parte en el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debia estar seguro ya de que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese paso, tampoco la habia hablado de este asunto, y como tan complicado con el otro que en un mismo dia habia él de morir, ó castigar al atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasion de Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que esta era la única razon porque no habia temblado al considerar que ó habia de morir en el combate, ó habia de morir su esposa si él vencia. Triste alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego los zelos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura á su esposa, porque creía que este era, si habia alguno, el medio de asegurar mas la aclaracion de sus sospechas. No viendo ella en él ninguna señal alarmante, se abandonaria mas facilmente y caeria en el lazo que le tenia astutamente tendido.Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando habia conseguido romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unian á su esposa, cuando tenia asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel aventurero y una dama estravagantemente heróica se habian atravesado en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente, nada mas facil que haber quitado de enmedio á toda costa tan importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío; pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga sobre su conciencia con la desaparicion de doña María de Albornoz. El juicio de Dios le hacia temblar, no precisamente porque él estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no podia estar nunca de su parte, sino porque creyendo mas, como creía, en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la participacion de la justicia divina, no podia menos de asustarle la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razon entre las gentes por caballero mucho mas perfecto y cumplido que Hernan Perez. Este debia ser víctima probablemente de su temerario y generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona de su campeon, tendria que recurrir á medios muy violentos, y que le repugnaban sobremanera, para conservar no solo el maestrazgo, sino tambien la vida. Hasta entonces habia tenido la fortuna de retardar el señalamiento del dia, pero esto no podia durar porque la otra parte instaria, y porque la acusacion habia sido demasiado pública y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse en el asunto. ¿Habria algun medio de evitar que la parte contraria compareciese el dia aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso, tanto Elvira como Macías serian declarados infames, y reputados culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que habian reclamado en nombre de la ley contra el conde.Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el mas desgraciado. Él debia pelear por su amada; pero el que pendiese la vida de aquella del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese Villena, fuese otro mas valiente su contrario: y si Elvira no hubiera huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la mañana en que habia sido armado caballero Fernan Perez, mañana en que habia bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo habia llegado á concebir la mas leve sospecha, solo su estremada circunspeccion podia escusar á la desdichada Elvira mortalessinsabores. El mísero no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de saber del astrólogo lo que le habia querido decir la mañana de su presentacion en la corte, despues de su llegada de Calatrava, con sus misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto encuentro que en la cámara del judío tuviera, habia vuelto á visitar á este despues de su curacion. Abenzarsal, siguiendo el plan de enredar á los amantes en el laberinto de su pasion, aun á pesar del ciego temor del conde, pues trataba de salvar á este mal su grado, no dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.—Decidme, padre mio, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habeis anunciado siempre como un...—Sí, le contestó Abenzarsal, la primera vez que os ví conocí que la corte debia seros funesta.—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamais funesta vosotros? ¿Quereis decir que podrá acarrear mi muerte...? porque eso, Abenzarsal, no seria lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á pensar... quésecreto mio...? Mucho temo que esa ciencia de que os jactais sea vana y...—Escuchadme, jóven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar vuestra inesperta lengua, aprended á respetar lo que no entendeis. ¿Pensais que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros deseos, de vuestros mas secretos pensamientos? Decid: ¿os acordais del dia en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la satisfaccion de vuestras dudas?—Sí, sí: ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros, esta seria acaso escusada.—Y bien, ¿y qué encontrásteis en mi cámara?—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿seria...?—Jóven incrédulo, ¿no encontrásteis el verdadero astrólogo que buscábais? ¿quién os podia dar razon mas satisfactoria de lo que intentábais preguntarme?—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para si Macías. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra, Abenzarsal, tomad ese oro; es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, meama? ¡Callais, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temia!—¿Y qué hicísteis que no se lo preguntásteis? ¿A qué preguntarme á mí lo que ella debe saber mejor que yo?—Viejo artificioso, ¿os burlais de mi dolor? ¿no habeis conocido nunca una muger? ¿encontrásteis una jamas que haya respondidosí,no, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabeis que la ficcion y el silencio son el arte de las mugeres?—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente.—Y bien, si tanto sabeis, respondedme: ¿me ama, ó me desprecia? ¿son sus miradas las peligrosas redes que las mugeres desvanecidas suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es su corazon tambien el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo conocer jamas á una muger? ¿soy su juguete por ventura, soy solo su trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. ¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso.Si no me ama, callad. Yo he oido decir que conoceis los hechiceros mil medios que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo...? ¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitais mi cuerpo, mi sangre? hé aqui, herid y consultad mis venas... ¿necesitais mi alma? ¡maldicion, maldicion! haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla tambien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demas despues.—Moderaos, jóven arrebatado. ¿Qué motivos teneis para tanta desesperacion? ¿no arde siquiera en vuestro corazon una chispa de esperanza?—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazon del hombre? Yo la he visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenian sobre los mios, como se detienen los de un amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro airado...—¿Airado habeis dicho? ¿y qué mas fortuna pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando mas os ama; entonces, doncel, os teme.—¿Qué decís?—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habeis hablado?—¡Ah! por mi desgracia una vez...—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijísteis...?—Menos de lo que siento, pero le dije...—¿Y respondió?—¡Mas cómo respondió!!—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyéseis... que...?—¡Abenzarsal!—¿De qué, pues, os quejais? ¿queríais, mozo inesperto y precipitado, que una muger virtuosa, una muger que debe á su esposo...?—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.—¿Y bien? ¿quereis que me ria en vuestra cara de esa locura? ¿no os enojais ahora porque...? yo creí que teníais muy sabido...—Sí, sabido, sí; ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!—En buen hora. ¿Queríais que esa muger, cuyas perfecciones adorais...?—Entiendo, entiendo.—Sed mas confiado, señor, y menos impaciente. Vos mismo la hubiérais apreciado en menos, y eso las mugeres lo saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que no encontrarian si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que realmente lo son?—Sí, pero no confundais á Elvira con...—En buen hora, doncel. Si os habeis prendado de un ángel, id á consultar ángeles: yo solo conozco el corazon humano.—Judío, ¿y qué me aconsejais?—¿Necesitais consejos despues de lo que os he dicho?—¿Es posible? Ah, padre mio, no me hagais entrever la felicidad para arrancármela despues mas amargamente de entre las manos. Si mi constelacion...—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frio en el invierno, y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el corazon de enero, ¿no habreis de sudar?—¡Cierto!—Andad, pues, y venced, si podeis vuestra constelacion. Ella se os anunció funesta. Hacedla vos venturosa.—Esplicaos mas claro, padre mio... ved que...—Doncel, os he dado cuantas esplicaciones puedo daros. Recapitulad mis palabras, y partid. Solo os añadiré, y ved que no os hablo mas en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por mas que muchos que peleen no venzan. Vuestra constelacion es funesta; en vuestra mano está, sin embargo, vencerla. Confianza y audacia. A Dios.—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías. ¡Santo Dios! ¿será mia? ¿será mia alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emocion y de la alegría que henchía su corazon, surcaron sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios podian ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vió mas que á Elvira en el mundo; y desde entonces pudiera haber conocido quien hubiera leido en su corazon que Elvira ó la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasion quedaba.
CAPITULO XXVI.Mucho os ruego de mi parteme lo querais otorgar,pues que de nigromancíaes vuestro saber y alcanzar,que me digais una cosa,que yo os quiero demandar.La mas linda muger del mundo¿dónde la podria hallar?Rom. de Roldan y Reinaldos.
Mucho os ruego de mi parteme lo querais otorgar,pues que de nigromancíaes vuestro saber y alcanzar,que me digais una cosa,que yo os quiero demandar.La mas linda muger del mundo¿dónde la podria hallar?Rom. de Roldan y Reinaldos.
Mucho os ruego de mi parteme lo querais otorgar,pues que de nigromancíaes vuestro saber y alcanzar,que me digais una cosa,que yo os quiero demandar.La mas linda muger del mundo¿dónde la podria hallar?Rom. de Roldan y Reinaldos.
Mucho os ruego de mi parte
me lo querais otorgar,
pues que de nigromancía
es vuestro saber y alcanzar,
que me digais una cosa,
que yo os quiero demandar.
La mas linda muger del mundo
¿dónde la podria hallar?
Rom. de Roldan y Reinaldos.
La situacionde los principales personages de nuestra historia era bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que en el dia ocupan nuestra atencion, habia mas de uno que no tenia motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar llevaba continuamente clavado en el corazon el dardo que se ahondaba mas mientras mas esfuerzos hacia por arrancarle, y tenia no pocos motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien echaba menos entonces mas que nunca, le recordaba sin cesar que teniapendiente una acusacion, en el éxito de la cual se hallaba comprometida no solo la vida del hombre á quien no podia menos de amar, sino la suya propia, pues era condicion de tales juicios que habia de morir el acusado ó el acusador, si no en el combate, despues de él. Elvira se hallaba libre en su cámara, pero lo debia á la buena opinion que habia merecido siempre en la corte. Luego que se habia dado á conocer á Abenzarsal, y éste habia espuesto á su alteza sus circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar secreto, se la habia dejado en libertad bajo su palabra, con la única condicion de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el dia que su alteza tuviese á bien señalar, dia que se retardaba ya demasiado, segun lo que solia en tales casos practicarse. El vulgo de las gentes sobre todo, que no habia podido dar esplicacion ninguna á la acusacion y circunstancias de la tapada, no sabia á qué achacar semejante tardanza, sino era á las brujerías de don Enrique de Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debia estar en la mas cruel espectativa. La conducta de su esposo era incomprensible al mismo tiempo para ella: nunca le habia dicho una palabra delencuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á aquella tristeza misteriosa que le habia dominado hasta el dia en que habia recibido la orden de caballería, manifestaba que tenia oculto algun proyecto, idea que no podia menos de hacerla temblar.
Hernan por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era mas feliz. Habia llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de su esposa: la pequeña escena que habia pasado entre los dos en la capilla del alcázar no le podia dejar duda acerca de este particular: asi, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos entonces, que ya tenia permiso de su señor para defender su parte en el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debia estar seguro ya de que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese paso, tampoco la habia hablado de este asunto, y como tan complicado con el otro que en un mismo dia habia él de morir, ó castigar al atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasion de Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que esta era la única razon porque no habia temblado al considerar que ó habia de morir en el combate, ó habia de morir su esposa si él vencia. Triste alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego los zelos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura á su esposa, porque creía que este era, si habia alguno, el medio de asegurar mas la aclaracion de sus sospechas. No viendo ella en él ninguna señal alarmante, se abandonaria mas facilmente y caeria en el lazo que le tenia astutamente tendido.
Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando habia conseguido romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unian á su esposa, cuando tenia asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel aventurero y una dama estravagantemente heróica se habian atravesado en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente, nada mas facil que haber quitado de enmedio á toda costa tan importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío; pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga sobre su conciencia con la desaparicion de doña María de Albornoz. El juicio de Dios le hacia temblar, no precisamente porque él estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no podia estar nunca de su parte, sino porque creyendo mas, como creía, en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la participacion de la justicia divina, no podia menos de asustarle la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razon entre las gentes por caballero mucho mas perfecto y cumplido que Hernan Perez. Este debia ser víctima probablemente de su temerario y generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona de su campeon, tendria que recurrir á medios muy violentos, y que le repugnaban sobremanera, para conservar no solo el maestrazgo, sino tambien la vida. Hasta entonces habia tenido la fortuna de retardar el señalamiento del dia, pero esto no podia durar porque la otra parte instaria, y porque la acusacion habia sido demasiado pública y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse en el asunto. ¿Habria algun medio de evitar que la parte contraria compareciese el dia aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso, tanto Elvira como Macías serian declarados infames, y reputados culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que habian reclamado en nombre de la ley contra el conde.
Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el mas desgraciado. Él debia pelear por su amada; pero el que pendiese la vida de aquella del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese Villena, fuese otro mas valiente su contrario: y si Elvira no hubiera huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la mañana en que habia sido armado caballero Fernan Perez, mañana en que habia bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo habia llegado á concebir la mas leve sospecha, solo su estremada circunspeccion podia escusar á la desdichada Elvira mortalessinsabores. El mísero no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de saber del astrólogo lo que le habia querido decir la mañana de su presentacion en la corte, despues de su llegada de Calatrava, con sus misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto encuentro que en la cámara del judío tuviera, habia vuelto á visitar á este despues de su curacion. Abenzarsal, siguiendo el plan de enredar á los amantes en el laberinto de su pasion, aun á pesar del ciego temor del conde, pues trataba de salvar á este mal su grado, no dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.
—Decidme, padre mio, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habeis anunciado siempre como un...
—Sí, le contestó Abenzarsal, la primera vez que os ví conocí que la corte debia seros funesta.
—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamais funesta vosotros? ¿Quereis decir que podrá acarrear mi muerte...? porque eso, Abenzarsal, no seria lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á pensar... quésecreto mio...? Mucho temo que esa ciencia de que os jactais sea vana y...
—Escuchadme, jóven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar vuestra inesperta lengua, aprended á respetar lo que no entendeis. ¿Pensais que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros deseos, de vuestros mas secretos pensamientos? Decid: ¿os acordais del dia en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la satisfaccion de vuestras dudas?
—Sí, sí: ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros, esta seria acaso escusada.
—Y bien, ¿y qué encontrásteis en mi cámara?
—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿seria...?
—Jóven incrédulo, ¿no encontrásteis el verdadero astrólogo que buscábais? ¿quién os podia dar razon mas satisfactoria de lo que intentábais preguntarme?
—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para si Macías. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra, Abenzarsal, tomad ese oro; es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, meama? ¡Callais, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temia!
—¿Y qué hicísteis que no se lo preguntásteis? ¿A qué preguntarme á mí lo que ella debe saber mejor que yo?
—Viejo artificioso, ¿os burlais de mi dolor? ¿no habeis conocido nunca una muger? ¿encontrásteis una jamas que haya respondidosí,no, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabeis que la ficcion y el silencio son el arte de las mugeres?
—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente.
—Y bien, si tanto sabeis, respondedme: ¿me ama, ó me desprecia? ¿son sus miradas las peligrosas redes que las mugeres desvanecidas suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es su corazon tambien el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo conocer jamas á una muger? ¿soy su juguete por ventura, soy solo su trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. ¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso.Si no me ama, callad. Yo he oido decir que conoceis los hechiceros mil medios que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo...? ¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitais mi cuerpo, mi sangre? hé aqui, herid y consultad mis venas... ¿necesitais mi alma? ¡maldicion, maldicion! haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla tambien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demas despues.
—Moderaos, jóven arrebatado. ¿Qué motivos teneis para tanta desesperacion? ¿no arde siquiera en vuestro corazon una chispa de esperanza?
—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazon del hombre? Yo la he visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenian sobre los mios, como se detienen los de un amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro airado...
—¿Airado habeis dicho? ¿y qué mas fortuna pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando mas os ama; entonces, doncel, os teme.
—¿Qué decís?
—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habeis hablado?
—¡Ah! por mi desgracia una vez...
—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijísteis...?
—Menos de lo que siento, pero le dije...
—¿Y respondió?
—¡Mas cómo respondió!!
—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyéseis... que...?
—¡Abenzarsal!
—¿De qué, pues, os quejais? ¿queríais, mozo inesperto y precipitado, que una muger virtuosa, una muger que debe á su esposo...?
—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.
—¿Y bien? ¿quereis que me ria en vuestra cara de esa locura? ¿no os enojais ahora porque...? yo creí que teníais muy sabido...
—Sí, sabido, sí; ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!
—En buen hora. ¿Queríais que esa muger, cuyas perfecciones adorais...?
—Entiendo, entiendo.
—Sed mas confiado, señor, y menos impaciente. Vos mismo la hubiérais apreciado en menos, y eso las mugeres lo saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que no encontrarian si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que realmente lo son?
—Sí, pero no confundais á Elvira con...
—En buen hora, doncel. Si os habeis prendado de un ángel, id á consultar ángeles: yo solo conozco el corazon humano.
—Judío, ¿y qué me aconsejais?
—¿Necesitais consejos despues de lo que os he dicho?
—¿Es posible? Ah, padre mio, no me hagais entrever la felicidad para arrancármela despues mas amargamente de entre las manos. Si mi constelacion...
—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frio en el invierno, y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el corazon de enero, ¿no habreis de sudar?
—¡Cierto!
—Andad, pues, y venced, si podeis vuestra constelacion. Ella se os anunció funesta. Hacedla vos venturosa.
—Esplicaos mas claro, padre mio... ved que...
—Doncel, os he dado cuantas esplicaciones puedo daros. Recapitulad mis palabras, y partid. Solo os añadiré, y ved que no os hablo mas en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por mas que muchos que peleen no venzan. Vuestra constelacion es funesta; en vuestra mano está, sin embargo, vencerla. Confianza y audacia. A Dios.
—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías. ¡Santo Dios! ¿será mia? ¿será mia alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emocion y de la alegría que henchía su corazon, surcaron sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios podian ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vió mas que á Elvira en el mundo; y desde entonces pudiera haber conocido quien hubiera leido en su corazon que Elvira ó la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasion quedaba.