El doncel de Don Enrique el DolienteCAPITULO XXXII.En Castilla está un castilloque se llama Rocafrida;tanto relumbra de nochecomo el sol al medio dia.Rom. de Montesinos.Existeá cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era una de las primerasque se habian declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio tenia. En el sigloXVpresentaba el aspecto, que aun en el dia suelen presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina. En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros.A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido, y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos tiempos de ignorancia solia frecuentementesuceder, mil vagas tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero le habia dejado despues sinverdadero motivo por otro y otros moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y eratodo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia entoncesel redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador. Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: no bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el moro: desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á que se decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, donde decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de amor y fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada Zelindaja;pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza, cuando llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el aire, como potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la conquistada libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual leccion de sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió entonces lo que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y volvia siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay moro! le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se daba á un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta principal del interior del castillo, que decia efectivamente en letras gordas arábigas, y en árabe dialecto:es tarde.No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas á poder de sus desprecios: habia decidido por el contrario que Zelindaja viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no podia evitar que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra recorriendo perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, pidiendo á las piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho envida, y á los ecos su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, sobre todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de tormentas, una voz de muger que pedia á los elementos todos su esposo; y no faltaba quien añadia haber visto con sus propios ojos, que habian de comer la tierra por mas señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida y desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como quien busca efectivamente alguna cosa que no encuentra.Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo ni esperanza amorosa que aquel fatales tarde, que á la fundacion y suerte del castillo presidia.Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. No habia padre que no creyese deberle lapalidez de su hija, esposo que no imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado que no le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la revocacion de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais en que habia vivido.Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en unos tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser muy mora, ni muy hechicera porcierto, para hacer otro tanto cada y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpacion alguna al inocente moro.Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se veía el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. Era esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de las que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, pero verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de Arjonilla.Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba, aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en el cual servia laoscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba á una cuadra, pasábase de esta á otra peor que la primera, y de alli á la gloria, como suele comunmente decirse, es decir, á la cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea era todo el mueblage, si se esceptúan dos fementidas mesas, digámoslo asi, que comparáramos de buena gana en lo largas y estrechas con el alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como todas las cosas malas en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos en su instabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes mas que bancos parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa, y hacia cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente que haria un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de cada mesa era tan desigual, como la superficie del mar en un dia de tormenta: se tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma flexibilidad que un periódico ministerial del dia. La construccion de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque cuando se sentaba una persona sola en una estremidad levantábase la otra irritada de la presion como si fuera á hablar con su huésped, y era preciso sujetar al rebelde si no queria dar consigo en tierra el recien sentado, cualidad en que parecia cada banco una balanza.La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche detal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del sigloXVIcon el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y como si digéramos ocupando el estrado y sirviendo de divan, un corpulento arcon que asi era de paja como de cebada, y adonde acudia no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes, á los cuales no podia favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner la cebada, del horadado harnero se desprendia. En dias de viento tenia la cocina la singular ventaja de parecerse al olimpo, mansion de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y rechazado en el cañon de la chimenea por las corrientes de aire que en la region atmosférica discurrian.Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, por lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale primeramente en persona, mientras que servia á los demas, ó no los servia, una robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia la palabra; lo cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo, con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer lugar reíase á la menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto le habia sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin, del que tenia menos agua en su bodega.El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; pero, fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un esterior tan cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial del hombre de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el comportamiento del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince para inferir que este era hombre que disponia de mas que medianas facultades, y que aquel seprometia una lucida paga de sus esmeradas y particulares atenciones.—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á su derecha habia puesto el posadero.—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en toda la tierra.—El pan es el que es malo, dijo el viajero.—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido. Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente que he tenido que recurrir á un vecino...—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que cenaba.—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una sonrisa agradable el amo.—¿Teneis mucha familia?—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, señor caballero; como gusteis, dijo el flexible.—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta por lo visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió á sepultarse en su distraido cuanto importante y misterioso silencio.—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á preguntar el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido la conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en renovarla.—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose á su vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del ventero.—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que llegaron ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer demasiado pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su oficio; de los que... es decir, de la casa del señor maestre de Calatrava...—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre, levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro. Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa merced...—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe que en estas casas...—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama. ¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, ni de cama, ni cuarto, ni...—Ni diablos que te lleven.—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer por vos si urge...—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui; pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no veis que escucho? ¡Voto va!—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia: llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno lo que es suyo.—¡Ah! de ese modo... porque de otro...—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy cansado.—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes, añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil en la casa, contando con este.Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que cenaban.—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que siguiera viendo.—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el color de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen párroco, es decir, á oscuras.—¿Y sabeis quién sea el forastero?—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: despues de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse escusado lo mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse las manos con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransurez, llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en cuenta, ¿no nos podriais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondia, acerca deese misterioso personaje que albergais en vuestro bien alhajado establecimiento?—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con respecto al forastero, no acostumbro á revelar...—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun pícaro...—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se cogen truchas...—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que paga... y que pagará...—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre honrado que ha cenado media despensa...?—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se traslada porque nos ha nacido un príncipe...—¡Oiga! Tendrémos mercedes.—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros pecheros...—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis de quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su alteza. ¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico que el mismo moro del castillo. ¿Yqué se le ha perdido al señorpelo rojoen Arjonilla?—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con todo el mundo.—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian en las medias.—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha cedido las llaves al señorpelo rojocomo le llamais, y que ha venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un prisionero...—¿Un prisionero?—¡Chiton!—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros encantados?—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de cristiana, ni...—Adelante, Nuño, adelante.—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que nadie los vió: desde entonces ha tornadoel run run de las cadenas y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: “Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza que no se cumple.—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio. ¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...?—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que mireis...—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas materias... bueno es mirar dos veces...—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo Hernando, el montero de su alteza!—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena, ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles. Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines, de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la punta de un venabloal mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el hostalero.—¿Y por qué no?—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y sacristan, montero y guardabosques.—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á Hernando, ni á nadie.—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de Andalucía.—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.—De buena gana, contestó Nuño.—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa, que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez acercáronse todos los que en el hogar estaban.—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y yo...—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un hombre de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho en el meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusion; ¡Peransurez!—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose precipitadamente al forastero.—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes, que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransurez, y de la interrupcion del recien venido. ¿Hablais seriamente, seor Peransurez? dijo éste tapando todavia su rostro con su capotillo pardo.—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel montero vuestro amigo...?—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?—¿Pero á qué viene...?—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su cara.—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?—¡Chiton! me importa no ser conocido.—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis entrar en el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el silencio.—Pero, ¡y mi honor!—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien puesto el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su buena fama y reputacion.
El doncel de Don Enrique el DolienteCAPITULO XXXII.En Castilla está un castilloque se llama Rocafrida;tanto relumbra de nochecomo el sol al medio dia.Rom. de Montesinos.
El doncel de Don Enrique el Doliente
En Castilla está un castilloque se llama Rocafrida;tanto relumbra de nochecomo el sol al medio dia.Rom. de Montesinos.
En Castilla está un castilloque se llama Rocafrida;tanto relumbra de nochecomo el sol al medio dia.Rom. de Montesinos.
En Castilla está un castillo
que se llama Rocafrida;
tanto relumbra de noche
como el sol al medio dia.
Rom. de Montesinos.
Existeá cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era una de las primerasque se habian declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio tenia. En el sigloXVpresentaba el aspecto, que aun en el dia suelen presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina. En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros.
A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido, y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos tiempos de ignorancia solia frecuentementesuceder, mil vagas tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero le habia dejado despues sinverdadero motivo por otro y otros moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y eratodo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia entoncesel redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.
No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador. Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: no bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el moro: desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á que se decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, donde decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de amor y fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada Zelindaja;pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza, cuando llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el aire, como potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la conquistada libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual leccion de sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió entonces lo que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y volvia siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay moro! le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se daba á un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta principal del interior del castillo, que decia efectivamente en letras gordas arábigas, y en árabe dialecto:es tarde.
No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas á poder de sus desprecios: habia decidido por el contrario que Zelindaja viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no podia evitar que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra recorriendo perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, pidiendo á las piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho envida, y á los ecos su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.
De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, sobre todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de tormentas, una voz de muger que pedia á los elementos todos su esposo; y no faltaba quien añadia haber visto con sus propios ojos, que habian de comer la tierra por mas señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida y desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como quien busca efectivamente alguna cosa que no encuentra.
Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo ni esperanza amorosa que aquel fatales tarde, que á la fundacion y suerte del castillo presidia.
Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. No habia padre que no creyese deberle lapalidez de su hija, esposo que no imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado que no le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la revocacion de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais en que habia vivido.
Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.
Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en unos tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser muy mora, ni muy hechicera porcierto, para hacer otro tanto cada y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpacion alguna al inocente moro.
Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se veía el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. Era esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de las que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, pero verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de Arjonilla.
Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba, aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.
Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en el cual servia laoscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba á una cuadra, pasábase de esta á otra peor que la primera, y de alli á la gloria, como suele comunmente decirse, es decir, á la cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea era todo el mueblage, si se esceptúan dos fementidas mesas, digámoslo asi, que comparáramos de buena gana en lo largas y estrechas con el alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como todas las cosas malas en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos en su instabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes mas que bancos parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa, y hacia cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente que haria un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de cada mesa era tan desigual, como la superficie del mar en un dia de tormenta: se tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma flexibilidad que un periódico ministerial del dia. La construccion de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque cuando se sentaba una persona sola en una estremidad levantábase la otra irritada de la presion como si fuera á hablar con su huésped, y era preciso sujetar al rebelde si no queria dar consigo en tierra el recien sentado, cualidad en que parecia cada banco una balanza.
La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.
Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche detal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del sigloXVIcon el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y como si digéramos ocupando el estrado y sirviendo de divan, un corpulento arcon que asi era de paja como de cebada, y adonde acudia no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes, á los cuales no podia favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner la cebada, del horadado harnero se desprendia. En dias de viento tenia la cocina la singular ventaja de parecerse al olimpo, mansion de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y rechazado en el cañon de la chimenea por las corrientes de aire que en la region atmosférica discurrian.
Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, por lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale primeramente en persona, mientras que servia á los demas, ó no los servia, una robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia la palabra; lo cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo, con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer lugar reíase á la menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto le habia sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin, del que tenia menos agua en su bodega.
El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; pero, fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un esterior tan cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial del hombre de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el comportamiento del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince para inferir que este era hombre que disponia de mas que medianas facultades, y que aquel seprometia una lucida paga de sus esmeradas y particulares atenciones.
—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á su derecha habia puesto el posadero.
—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en toda la tierra.
—El pan es el que es malo, dijo el viajero.
—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido. Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente que he tenido que recurrir á un vecino...
—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.
—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.
—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que cenaba.
—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una sonrisa agradable el amo.
—¿Teneis mucha familia?
—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, señor caballero; como gusteis, dijo el flexible.
—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta por lo visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió á sepultarse en su distraido cuanto importante y misterioso silencio.
—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á preguntar el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido la conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en renovarla.
—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose á su vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del ventero.
—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que llegaron ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer demasiado pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su oficio; de los que... es decir, de la casa del señor maestre de Calatrava...
—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre, levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro. Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.
—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa merced...
—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?
—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe que en estas casas...
—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama. ¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?
—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, ni de cama, ni cuarto, ni...
—Ni diablos que te lleven.
—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer por vos si urge...
—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui; pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no veis que escucho? ¡Voto va!
—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.
—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?
—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia: llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno lo que es suyo.
—¡Ah! de ese modo... porque de otro...
—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.
—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy cansado.
—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes, añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil en la casa, contando con este.
Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.
—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que cenaban.
—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que siguiera viendo.
—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el color de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen párroco, es decir, á oscuras.
—¿Y sabeis quién sea el forastero?
—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.
Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: despues de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse escusado lo mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse las manos con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.
—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransurez, llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en cuenta, ¿no nos podriais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondia, acerca deese misterioso personaje que albergais en vuestro bien alhajado establecimiento?
—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con respecto al forastero, no acostumbro á revelar...
—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun pícaro...
—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!
—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se cogen truchas...
—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que paga... y que pagará...
—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre honrado que ha cenado media despensa...?
—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se traslada porque nos ha nacido un príncipe...
—¡Oiga! Tendrémos mercedes.
—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros pecheros...
—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...
—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis de quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.
—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.
—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su alteza. ¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico que el mismo moro del castillo. ¿Yqué se le ha perdido al señorpelo rojoen Arjonilla?
—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con todo el mundo.
—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian en las medias.
—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha cedido las llaves al señorpelo rojocomo le llamais, y que ha venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un prisionero...
—¿Un prisionero?
—¡Chiton!
—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...
—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros encantados?
—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de cristiana, ni...
—Adelante, Nuño, adelante.
—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que nadie los vió: desde entonces ha tornadoel run run de las cadenas y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: “Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza que no se cumple.
—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.
—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.
—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio. ¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...?
—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que mireis...
—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?
—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas materias... bueno es mirar dos veces...
—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo Hernando, el montero de su alteza!
—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena, ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.
—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles. Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines, de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la punta de un venabloal mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...
—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el hostalero.
—¿Y por qué no?
—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y sacristan, montero y guardabosques.
—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á Hernando, ni á nadie.
—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de Andalucía.
—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.
—De buena gana, contestó Nuño.
—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa, que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.
Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez acercáronse todos los que en el hogar estaban.
—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y yo...
—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un hombre de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho en el meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusion; ¡Peransurez!
—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose precipitadamente al forastero.
—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes, que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransurez, y de la interrupcion del recien venido. ¿Hablais seriamente, seor Peransurez? dijo éste tapando todavia su rostro con su capotillo pardo.
—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.
—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel montero vuestro amigo...?
—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...
—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?
—¿Pero á qué viene...?
—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su cara.
—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?
—¡Chiton! me importa no ser conocido.
—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...
—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis entrar en el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el silencio.
—Pero, ¡y mi honor!
—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien puesto el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.
—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.
—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.
Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su buena fama y reputacion.