CAPITULO XXXIII.

CAPITULO XXXIII.Bien sabedes, vos, señora,que soy cazador real;caza que tengo en la manonunca la puedo dejar.Tomárala por la manoy para un verjel se van.Rom. del conde Claros.¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo?—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren, y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometidoayudarme en la montería que me trae á este bendito lugar.Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero no llevara y su espada.Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrian muerto?No, porque estuviera alli su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el rastro del doncel.Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió elmontero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. ¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer por acariciar al animal.—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; que habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debian llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! dije yo entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, yel que lo prende el conde de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia servido su alteza señalar el dia quinceno para el combate que debia tener con el doncel Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego quise mas fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y supe que la corte salia al otro dia; sabedor de que don Luis Guzman era el que, por su posicion con Villena, debia interesarse mas por mi amo, víme con él y espúsele mis dudas: declaréle mi intento; aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menage á Otordesillas las prendas de mi amo y mias; entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para el aplazado combate. Armado despues de mi ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Bravonel, y disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel. Hé aqui la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordais, amigo mio de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre de pelo crespo y rojo...?—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he visto subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabeis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea la empresa?—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del suelo en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo, discurramos el medio mas prudente...—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro de juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo, queel buen montero, riñon cubierto, y mañana amanecerá Dios, y con su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos! Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.

CAPITULO XXXIII.Bien sabedes, vos, señora,que soy cazador real;caza que tengo en la manonunca la puedo dejar.Tomárala por la manoy para un verjel se van.Rom. del conde Claros.

Bien sabedes, vos, señora,que soy cazador real;caza que tengo en la manonunca la puedo dejar.Tomárala por la manoy para un verjel se van.Rom. del conde Claros.

Bien sabedes, vos, señora,que soy cazador real;caza que tengo en la manonunca la puedo dejar.Tomárala por la manoy para un verjel se van.Rom. del conde Claros.

Bien sabedes, vos, señora,

que soy cazador real;

caza que tengo en la mano

nunca la puedo dejar.

Tomárala por la mano

y para un verjel se van.

Rom. del conde Claros.

¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo?

—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren, y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometidoayudarme en la montería que me trae á este bendito lugar.

Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:

—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero no llevara y su espada.Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrian muerto?No, porque estuviera alli su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el rastro del doncel.

Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió elmontero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. ¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!

—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer por acariciar al animal.

—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; que habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debian llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! dije yo entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, yel que lo prende el conde de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia servido su alteza señalar el dia quinceno para el combate que debia tener con el doncel Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego quise mas fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y supe que la corte salia al otro dia; sabedor de que don Luis Guzman era el que, por su posicion con Villena, debia interesarse mas por mi amo, víme con él y espúsele mis dudas: declaréle mi intento; aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menage á Otordesillas las prendas de mi amo y mias; entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para el aplazado combate. Armado despues de mi ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Bravonel, y disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.

Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel. Hé aqui la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordais, amigo mio de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre de pelo crespo y rojo...?

—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...

—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he visto subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabeis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea la empresa?

—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del suelo en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo, discurramos el medio mas prudente...

—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro de juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?

—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?

—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.

—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo, queel buen montero, riñon cubierto, y mañana amanecerá Dios, y con su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.

—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos! Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.

Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.


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