CAPITULO III.Ellos en aquesto estandosu marido que llegó:—¿Qué haceis la blanca niña,hija de padre traidor?—Señor, peino mis cabellos:péinolos con gran dolor,que me dejais á mí solay á los montes os vais vos.Anónimo.Hallábaseconcluida la parte principal del alcázar de Madrid, y habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le aconteció algunas veces en su corto reinado.Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos de la época, era tio del reydon Enrique III, y descendiente por línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II, habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente reputársele uno de losmas ricos señores de Castilla. No habia pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo, en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos: pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdadservirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario. No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida.Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable porsu madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento, y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgadosy sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian. Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta envidia te tengo!—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad.—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte...—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un hidalgo particular...?—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces, doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo con ella á los tres años que á los tres dias.—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira, lanzando un suspiro. ¿Dónde está?—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique?—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este vínculo en sí verdaderamente.—No te entiendo, Elvira.—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores?—¿Qué dices?—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad segura empero deque en Castilla dificilmente pudierais encontrar matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera, ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos. En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de haberse enlazado para siempre.—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi conducta irreprensible.—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis!—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una corneta?—Imposible: llevan solo tres dias y fueron para cuatro.—No importa; no he podido equivocarme: no, no me he equivocado: ¿oís las pesadas cadenas del puente?—¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.—¿Qué decís?—Sí, llama á mis dueñas.Acercáronse dos dueñas de las que en la estremidad de la sala bordaban, á la indicacion que Elvira les hizo levantándose, y prosiguió la condesa.—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir dignamente á mi esposo: probablemente nos dará lugar: nunca que viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para informarle de su llegada. Jamas me parecerá bastante todo el cuidado que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algun dia avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas que ahora te parecen infundadas.Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con una rica diadema de esmeraldas,sustituyendo asimismo al sencillo vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata.Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz, llegad hasta el alabardero de la cámara del rey, y ved de inquirir si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le acababa de dar.—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un dia antes de lo que esperaba? ¿acaso habrá amenazado su vida algun riesgo inesperado?—No lo temas, señora. En el dia y en este punto de Castilla ningun miedo puede inspirarnos ni el moro granadino, ni el portugués: y por parte de los demas grandes, don Enrique está bien en la actualidad con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algun asunto de Estado podrá reclamar su presencia.—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr entró estamañana en el alcázar pudiera tener algo de comun con esta sorpresa...—¿Qué motivos... tienes, señora, para... presumir...?—Motivos... ningunos... pero mi corazon me engaña rara vez; y aun si he de creer á sus presentimientos, nada bueno me anuncia este suceso.—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?—Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava.—¿De Calatrava? ¿y no sabes mas...?—Dicen que es un caballero que viene todo de negro...—¿De negro?—Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa noticia que apenas basta para fijar mis ideas: ¿conoces algun caballero de esas señas...?—No señora... son tan pocas las que me dais...—Estás sin embargo inmutada...—Guiomar está aqui ya, interrumpió Elvira, como aprovechando esta ocasion quela libraba de tener que dar una esplicacion acerca de este reparo de la condesa... ella nos dará cuenta de...—Guiomar, dijo levantándose doña María de Albornoz al ver entrar á su mensagera de vuelta de su comision, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha llegado?—Sí señora, es don Enrique de Villena...—Elvira, nuestros esposos.—No señora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero del negro penacho que llegó esta mañana al alcázar.—Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro... ¿Y por qué tarda en llegar á los brazos de su esposa, Guiomar?—Señora, no puedo satisfacer á tu pregunta: ni yo he visto á tu señor, ni le han visto en la cámara del rey todavía...—¿No?—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la habitacion del caballero recien venido de Calatrava.—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado.Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas, y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para dar entrada al esperado esposo.—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la vista de su consorte anhelante.—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...?—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido caballero.—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu presencia, y que solo para tí existo...—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte?—Y si solo tu venida...—Me es indiferente, señora...—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y á mí...—Acabad...—Sí, acabaré... á mi necedad...—Basta; no estamos solos, señora.—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada de dolor.—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara...Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de Calatrava habia alimentado inútilmente.—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar: esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros... tenemos quetratar materias en que no habemos menester testigos.—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas solitarias como la que al parecer de intento le preparaba.—Ya estamos solos, esclamó don Enrique levantándose. Estrañareis este paso sin duda, la de Albornoz... al llegar aqui calló como sino estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados.—Perdonadme si no os he respondido mas pronto, contestó su esposa despues de una ligera pausa: creí que íbais á seguir hablando. ¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro corazon, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿habeis pensado ya decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada union?—¿Desdichada? maldecida, debierais decir; murmuró entre dientes el conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á su afligida mitad.—Si tal es vuestro intento, continuó sin oirle la de Albornoz, ¿qué tardais en venir á los brazos de la muger que mas os ama, y que no ha amado nunca sino á vos...? Desechad esa dura indiferencia... si algun rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os lo perdono todo.—Perdon... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que lo sacó de su letargo. Perdon... vos á mí... ¿Y sabeis antes si os perdono yo á vos?—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable jamas? ¿en amaros demasiado, en sufriros...? ¡ah! perdonad, pero soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á vuestra consideracion.—No se trata ya de amor.—¿Se ha tratado con vos alguna vez?—Lo ignoro: solo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María...! ¿Y qué causa podreis alegar para tan indigna conducta...?—¡María...! gritó don Enrique.—Sí, sacad el puñal todo: no os contenteis con apretarle en vuestra mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero antes saber el motivo que os conduce á...—Ya lo podeis haber conocido: el estudio que ocupa las horas de mi vida me impide que me entregue como debiera á la contemplacion de una belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto importante de mis tareas misteriosas...—¿Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma esposa...? ¡Delirios!—Bien, señora; pues si no os satisface esa respuesta, os diré secamente:mi voluntad.—Para ese divorcio que pretendeis, necesitais de la mia...—Y esa es precisamente la que vengo á pediros...—¿Yo dar mi consentimiento...?—Vos... sí.—Jamas.—¡María! ¿conoces mi furor? Tú me le darás...—¡Ah! vos ocultais mal vuestra perfidia: vos amais á otra; no, no puede tener otro origen ese estraño interes que manifestais...—¿A otra muger? interrumpió rojo de cólera don Enrique... Cuando don Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará á una muger...—Mentís, don Enrique...—¿Mentís, María, habeis dicho? ¿mentís?—Nada temo ya: mentís como fementido caballero: yo os he visto mas de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra: yo he leido en vuestros ojos el pecado: no me lo ocultareis...—¡Silencio!—Los ojos de una muger que quiere ven mas de lo que pensais los hombres insensatos é ignorantes en medio de vuestra sabiduría.—¡Silencio, repito! dijo en voz roncadon Enrique: oid: quiero conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendeis, imaginais vencer mi repugnancia á fuerza de amor? si tanto sabeis, no podeis ignorar que vuestra solicitud sería inútil...—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con mis propias manos yo os hiciera pagar...—Teneos, María, y acabemos... si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo habeis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de Salmeron, Alcocer y Valdeolivas que me tragísteis al matrimonio pagarán espléndidamente vuestra dote.—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé, sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os juro de muerte...—María, es en vano: desprecio tus baladronadas: mira este pergamino: tu firmahace falta al pie...—Dejadme... soltad...—No os ireis sin firmarle.—¿Cuál es su contenido?—Una demanda de divorcio que pedís vos misma.—¿Yo? Soltad.—No; esclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la enseñaba el pergamino estendido sobre la mesa con la otra, en que relucia su agudo puñal.—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa, huyendo hácia la cámara.—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida: callad, ó temblad este puñal.Pero ya era tarde: la condesa habia llegado al colmo de su indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho dela condesa, y resonaban por los ámbitos del salon: en valde trataba el conde de sujetarla á sus plantas; la condesa, de rodillas conforme habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian.—¿No firmareis? repitió cuando la tuvo mas sujeta don Enrique: ¿no firmareis...?En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos, iba á dar entrada en el salon á Elvira, que asustada acudia á las voces de su señora.—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde; sí, firmaré, firmaré; y añadiendopero de esta manera; y precipitándose sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera evitarlo don Enrique estupefacto, á quien habia quitado la accion la inesperada vista de Elvira.—¿Qué teneis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira echando una mirada esploradora de desconfianza hácia el conde, que con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal, parecia su propia estátua enclavada en medio de su casa.Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro avergonzado.Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta espresion sardónica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus señores habia pasado; anduvo varios pasos; escondió su puñal en la vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte. Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared, ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó despues de su desaparicion la menor señal de fractura, raya ó llave por donde pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento.
CAPITULO III.Ellos en aquesto estandosu marido que llegó:—¿Qué haceis la blanca niña,hija de padre traidor?—Señor, peino mis cabellos:péinolos con gran dolor,que me dejais á mí solay á los montes os vais vos.Anónimo.
Ellos en aquesto estandosu marido que llegó:—¿Qué haceis la blanca niña,hija de padre traidor?—Señor, peino mis cabellos:péinolos con gran dolor,que me dejais á mí solay á los montes os vais vos.Anónimo.
Ellos en aquesto estandosu marido que llegó:—¿Qué haceis la blanca niña,hija de padre traidor?—Señor, peino mis cabellos:péinolos con gran dolor,que me dejais á mí solay á los montes os vais vos.Anónimo.
Ellos en aquesto estando
su marido que llegó:
—¿Qué haceis la blanca niña,
hija de padre traidor?
—Señor, peino mis cabellos:
péinolos con gran dolor,
que me dejais á mí sola
y á los montes os vais vos.
Anónimo.
Hallábaseconcluida la parte principal del alcázar de Madrid, y habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le aconteció algunas veces en su corto reinado.
Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos de la época, era tio del reydon Enrique III, y descendiente por línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II, habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente reputársele uno de losmas ricos señores de Castilla. No habia pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo, en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos: pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdadservirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario. No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida.
Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable porsu madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento, y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgadosy sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.
En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian. Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.
—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta envidia te tengo!
—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad.
—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte...
—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un hidalgo particular...?
—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces, doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo con ella á los tres años que á los tres dias.
—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira, lanzando un suspiro. ¿Dónde está?
—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique?
—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este vínculo en sí verdaderamente.
—No te entiendo, Elvira.
—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores?
—¿Qué dices?
—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad segura empero deque en Castilla dificilmente pudierais encontrar matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera, ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos. En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de haberse enlazado para siempre.
—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...
—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi conducta irreprensible.
—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis!
—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una corneta?
—Imposible: llevan solo tres dias y fueron para cuatro.
—No importa; no he podido equivocarme: no, no me he equivocado: ¿oís las pesadas cadenas del puente?
—¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.
—¿Qué decís?
—Sí, llama á mis dueñas.
Acercáronse dos dueñas de las que en la estremidad de la sala bordaban, á la indicacion que Elvira les hizo levantándose, y prosiguió la condesa.
—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir dignamente á mi esposo: probablemente nos dará lugar: nunca que viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para informarle de su llegada. Jamas me parecerá bastante todo el cuidado que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algun dia avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas que ahora te parecen infundadas.
Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con una rica diadema de esmeraldas,sustituyendo asimismo al sencillo vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata.
Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz, llegad hasta el alabardero de la cámara del rey, y ved de inquirir si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.
Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le acababa de dar.
—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un dia antes de lo que esperaba? ¿acaso habrá amenazado su vida algun riesgo inesperado?
—No lo temas, señora. En el dia y en este punto de Castilla ningun miedo puede inspirarnos ni el moro granadino, ni el portugués: y por parte de los demas grandes, don Enrique está bien en la actualidad con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algun asunto de Estado podrá reclamar su presencia.
—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr entró estamañana en el alcázar pudiera tener algo de comun con esta sorpresa...
—¿Qué motivos... tienes, señora, para... presumir...?
—Motivos... ningunos... pero mi corazon me engaña rara vez; y aun si he de creer á sus presentimientos, nada bueno me anuncia este suceso.
—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?
—Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava.
—¿De Calatrava? ¿y no sabes mas...?
—Dicen que es un caballero que viene todo de negro...
—¿De negro?
—Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa noticia que apenas basta para fijar mis ideas: ¿conoces algun caballero de esas señas...?
—No señora... son tan pocas las que me dais...
—Estás sin embargo inmutada...
—Guiomar está aqui ya, interrumpió Elvira, como aprovechando esta ocasion quela libraba de tener que dar una esplicacion acerca de este reparo de la condesa... ella nos dará cuenta de...
—Guiomar, dijo levantándose doña María de Albornoz al ver entrar á su mensagera de vuelta de su comision, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha llegado?
—Sí señora, es don Enrique de Villena...
—Elvira, nuestros esposos.
—No señora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero del negro penacho que llegó esta mañana al alcázar.
—Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro... ¿Y por qué tarda en llegar á los brazos de su esposa, Guiomar?
—Señora, no puedo satisfacer á tu pregunta: ni yo he visto á tu señor, ni le han visto en la cámara del rey todavía...
—¿No?
—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la habitacion del caballero recien venido de Calatrava.
—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado.
Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas, y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para dar entrada al esperado esposo.
—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la vista de su consorte anhelante.
—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...?
—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido caballero.
—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu presencia, y que solo para tí existo...
—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte?
—Y si solo tu venida...
—Me es indiferente, señora...
—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y á mí...
—Acabad...
—Sí, acabaré... á mi necedad...
—Basta; no estamos solos, señora.
—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada de dolor.
—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara...
Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de Calatrava habia alimentado inútilmente.
—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar: esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros... tenemos quetratar materias en que no habemos menester testigos.
—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas solitarias como la que al parecer de intento le preparaba.
—Ya estamos solos, esclamó don Enrique levantándose. Estrañareis este paso sin duda, la de Albornoz... al llegar aqui calló como sino estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados.
—Perdonadme si no os he respondido mas pronto, contestó su esposa despues de una ligera pausa: creí que íbais á seguir hablando. ¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro corazon, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿habeis pensado ya decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada union?
—¿Desdichada? maldecida, debierais decir; murmuró entre dientes el conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á su afligida mitad.
—Si tal es vuestro intento, continuó sin oirle la de Albornoz, ¿qué tardais en venir á los brazos de la muger que mas os ama, y que no ha amado nunca sino á vos...? Desechad esa dura indiferencia... si algun rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os lo perdono todo.
—Perdon... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que lo sacó de su letargo. Perdon... vos á mí... ¿Y sabeis antes si os perdono yo á vos?
—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable jamas? ¿en amaros demasiado, en sufriros...? ¡ah! perdonad, pero soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á vuestra consideracion.
—No se trata ya de amor.
—¿Se ha tratado con vos alguna vez?
—Lo ignoro: solo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.
—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María...! ¿Y qué causa podreis alegar para tan indigna conducta...?
—¡María...! gritó don Enrique.
—Sí, sacad el puñal todo: no os contenteis con apretarle en vuestra mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero antes saber el motivo que os conduce á...
—Ya lo podeis haber conocido: el estudio que ocupa las horas de mi vida me impide que me entregue como debiera á la contemplacion de una belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto importante de mis tareas misteriosas...
—¿Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma esposa...? ¡Delirios!
—Bien, señora; pues si no os satisface esa respuesta, os diré secamente:mi voluntad.
—Para ese divorcio que pretendeis, necesitais de la mia...
—Y esa es precisamente la que vengo á pediros...
—¿Yo dar mi consentimiento...?
—Vos... sí.
—Jamas.
—¡María! ¿conoces mi furor? Tú me le darás...
—¡Ah! vos ocultais mal vuestra perfidia: vos amais á otra; no, no puede tener otro origen ese estraño interes que manifestais...
—¿A otra muger? interrumpió rojo de cólera don Enrique... Cuando don Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará á una muger...
—Mentís, don Enrique...
—¿Mentís, María, habeis dicho? ¿mentís?
—Nada temo ya: mentís como fementido caballero: yo os he visto mas de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra: yo he leido en vuestros ojos el pecado: no me lo ocultareis...
—¡Silencio!
—Los ojos de una muger que quiere ven mas de lo que pensais los hombres insensatos é ignorantes en medio de vuestra sabiduría.
—¡Silencio, repito! dijo en voz roncadon Enrique: oid: quiero conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendeis, imaginais vencer mi repugnancia á fuerza de amor? si tanto sabeis, no podeis ignorar que vuestra solicitud sería inútil...
—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con mis propias manos yo os hiciera pagar...
—Teneos, María, y acabemos... si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo habeis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de Salmeron, Alcocer y Valdeolivas que me tragísteis al matrimonio pagarán espléndidamente vuestra dote.
—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé, sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os juro de muerte...
—María, es en vano: desprecio tus baladronadas: mira este pergamino: tu firmahace falta al pie...
—Dejadme... soltad...
—No os ireis sin firmarle.
—¿Cuál es su contenido?
—Una demanda de divorcio que pedís vos misma.
—¿Yo? Soltad.
—No; esclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la enseñaba el pergamino estendido sobre la mesa con la otra, en que relucia su agudo puñal.
—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa, huyendo hácia la cámara.
—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida: callad, ó temblad este puñal.
Pero ya era tarde: la condesa habia llegado al colmo de su indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho dela condesa, y resonaban por los ámbitos del salon: en valde trataba el conde de sujetarla á sus plantas; la condesa, de rodillas conforme habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian.
—¿No firmareis? repitió cuando la tuvo mas sujeta don Enrique: ¿no firmareis...?
En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos, iba á dar entrada en el salon á Elvira, que asustada acudia á las voces de su señora.
—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde; sí, firmaré, firmaré; y añadiendopero de esta manera; y precipitándose sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera evitarlo don Enrique estupefacto, á quien habia quitado la accion la inesperada vista de Elvira.
—¿Qué teneis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira echando una mirada esploradora de desconfianza hácia el conde, que con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal, parecia su propia estátua enclavada en medio de su casa.
Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro avergonzado.
Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta espresion sardónica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus señores habia pasado; anduvo varios pasos; escondió su puñal en la vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte. Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared, ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó despues de su desaparicion la menor señal de fractura, raya ó llave por donde pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento.