CAPITULO VII.

CAPITULO VII.Ya se parte el pagecito,ya se parte, ya se va,llorando de los sus ojosque queria reventar.Topara con la princesabien oireis lo que dirá.Rom. del conde Claros.Cuandodon Enrique de Villena volviendo silenciosamente la espalda á su esposa á la aparicion de Elvira, que habia acudido con tanta oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto habia pasado, ésta empleó cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del estado de estupor y de profunda enagenacion en que la habia puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillon, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habian inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso habia detenido ya el esceso del dolor; le aflojó el vestido con que tan inútilmente se habia engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico.Al cabo de algun tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto que deseaba: comenzó la condesa á dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de alli á poco rompió de nuevo á llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producia á trechos y á pedazos en los huecos del llanto con un acento convulsivo y un tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor ó de músico puede atreverse á representar en el papel.Poco á poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde impetuosidad el torrente si una vez roto el dique que le enfurecia halla anchas y fáciles salidas á sus ondas por la tendida campaña; mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevacion y depresion de su agitado seno, semejante al mar,cuyas ondas, mucho tiempo despues de pasada la borrasca, conservan aunque decreciente la inquietud que el huracan les imprimió.Luego que estuvo en estado de hablar con mas serenidad, refirió á Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvia en su cabeza mil ideas encontradas: ora queria salir inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y refugiarse á sus villas, ora intentaba acogerse al amparo del mismo rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su esposo, y le impondría algun temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella consintiese en la separacion que el conde manifestaba desear era sueño, puesto que se habia casado enamorada de Villena: verdad es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes á hacer odioso al mas perfecto de los hombres; pero todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto mas en la condesa cuanto que habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella despues de su infausta boda, no habia dado jamas entrada al hastío que hubiera seguido á una larga y tranquila posesion. Aguijoneaba ademas á la infeliz condesa la saeta de los zelos: en varias ocasiones habia sorprendido al conde de Cangas en conquista ó persecucion de algunas bellezas, y aun una de las que habia considerado siempre como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenia puesta toda su confianza; mas como tenia pruebas de que ésta se habia negado constantemente á dar oidos á toda proposicion amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que cualquiera que á su lado viviese habia de escitar los deseos de su esposo, queria mas bien tener por camarera aquella de cuya lealtad y odio á la persona del conde no podia dudar en manera alguna.En esta ocasion se equivocaba la condesa en sus temores, porque no un amor adúltero, sino la ambicion era quien á tan descortés procedimiento á don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad: por una parte el amor, que á pesar de los desdenes de Villena en su corazon duraba, y por otra la creencia en que estaba de que soloproponia aquel rompimiento para entregarse mas á su salvo á alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.Logró por fin persuadirla Elvira á que se recogiese y tratase de poner un paréntesis á su pesar en el sueño, dejando para el dia siguiente el resolver lo que deberia hacerse. Hízolo asi la condesa, y Elvira se retiró á la cámara inmediata, en donde se proponia esperar al lado del fuego á que su señora se hubiese entregado completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse cerca de la lumbre despues de haber dado las oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose á leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenia don Enrique de Villena, por ser libro que á la sazon corria con mucha fama, y ser lectura propia de mugeres. Era éste el Amadis de Gaula. Hacia pocos años que su autor, Vasco Lobeira, habia dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba enCastilla y por su decidida aficion á las letras y relaciones que con los demas sabios de su tiempo tenia, habia podido facilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demas virtudes caballerescas que en aquel libro leía: hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba á su imaginacion ardiente un retrato de Amadis cuya fé la hubiera lisongeado mas que nada en el mundo: era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, á quien habia conocido desgraciadamente despues que á Fernan Perez de Vadillo. Habíase casado en verdad ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra nuestra historia se habia ensanchado considerablemente el círculo de sus ideas; Fernan Perez por el contrario era siempre el mismo que en otro tiempo habia cautivado sin mucho trabajo el inocente corazon de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se habia prendado de Fernan Perez: su carácter se habia desarrollado de una manera prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente en su corazon habia producido en su existencia un vacío de que ella misma no se sabia dar cuenta. Se habia formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltacion; y se complacia en personificar este bello ideal en tal ó cual jóven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la corte de Enrique III se distinguian. Uno entre todos habia avasallado ya su albedrío bajo esta personificacion, y Elvira, juguete de la naturaleza, que puede mas que sus criaturas, no sabia ella misma que iba tomando sobre su corazon demasiado imperio un amor ilícito y peligroso. Por desgracia su virtud misma era su mayor enemigo: la confianza en que estaba de que nunca podrian faltarle fuerzas para resistir la hacia entregarse sin miedo con criminal complacencia á mil ideas vagas, que cada dia iban ganando mas terreno en su imaginacion. Encontrábase en fin en aquel estado en que se halla una muger cuando solo necesita una ocasion para conocer ella misma y dar á conocer acaso á su propio amante la ventaja que sobre ellaha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto é ignorado en la armazon de una casa vieja, que no ha menester mas sino que descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre tenga entrada la mas mínima porcion de aire, entonces estalla de repente como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas, y viene al suelo el edificio desplomado, sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.No era, pues, la lectura de Amadis la que á la triste Elvira mejor pudiera convenirle; pero era tanto mas disculpable, cuanto que en el sigloXIVno habia muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz, y la soledad era el gran recurso de su imaginacion, deseosa de empaparse sin reserva ni testigos en la contemplacion de las seductoras ilusiones que se forjaba: esta disposicion de ánimo no era ciertamente lamas favorable para la virtud de Elvira en las escenas sobre todo en que aquella misma noche fecunda de acontecimientos debia colocarla.Poco tiempo podria hacer que con el primer libro de caballería en España conocido se entretenia la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta del salon, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó á su lado dándola las buenas noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.—¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones, y á estas horas? Ya deben ser cerca de las diez: vuelve á la cámara del conde, si es que no te envia, como su precursor, á anunciarnos nuevos pesares y desventuras.—Hermosa prima mia, contestó Jaime, depon el enojo; de aqui en adelante puedes volverme á llamar tu querido primo.—¿Qué novedad traes?—Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver al lado de mi amada prima: ¡me acordaba tanto de tí!Una lágrima de sensibilidad se asomó á los ojos de Elvira oyendo la ingénuamanifestacion del cariño del medroso pagecillo.—¿Y don Enrique te lo ha concedido?—Por mas señas que no he escogido la mejor ocasion; estaba tan distraido y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el enemigo... ¡Jesus!—¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado á hablar asi de tu señor?—Bien: no volveré á hablar; ahora ya no me importa. Ya estoy con mi Elvira, que me confiará sus penas, añadió el page tomando una de las manos de la hermosa camarera.—¿Qué anillo es ese? esclamó ésta dejando el voluminoso pergamino que hasta entonces habia leido, para examinar de cerca el hermoso brillante que relumbraba en un dedo del page. ¡Jaime!—¡Ah! este no se ve, gritó puerilmente Jaime retirando y escondiendo su mano. ¡Este no se ve! Es un regalito; á mí tambien me regalan, señora prima, no es á vos sola á quien...—Vamos, ven acá, Jaime, y dime quiénte ha dado ese anillo, ó si por ventura tienes que acusarte de algun...—¡Chiton! señora prima, interrumpió el page con indignacion.—¡Ah! ya le tengo, gritó Elvira aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del page le habia estorbado la precaucion; ya le tengo.—No, no me lastimes y te le daré, dijo el page viendo que se disponia la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido, no me importa, añadió; ¿qué vereis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no por eso sabreis quién me lo ha dado.Equivocábase el inesperto page: la perspicaz Elvira, que al principio habia sido inducida solo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesion no creía natural en el pagecillo, habia fijado notablemente en ella su atencion, y examinaba al parecer alguna señal ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.—No hay duda, esclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.El page, que habia alborotado la sala con sus risas y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la estraordinaria y no esperada esplicacion que daba á la sortija; y tanto mas confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta ocasion sino el juguete del doncel, que se habia valido de él para manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso page tenia ya no pocas sospechas.Nada mas comun en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de geroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos habia engarzado artísticamente á ruego de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traduccion habia acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazon. Habia perdido la significacion de una piedra, cosa nada estraña, no hallándose ella muy adelantadaen el arte del lapidario; pero en cambio habia entendido la equivocacion del platero, que habia significado lavcon lab, inicial de brillante; ni el qui proquo del platero ni el acierto de Elvira tenian nada de particular en un tiempo en que no sabian ortografia ni los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y la colocacion de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intencion del que habia mandado hacer la sortija.Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa queria satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba; y en segundo la alusion, que la habia puesto en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temia por otra oir un nombre indiferente.—¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?—¿Y qué diria, dijo el astuto page, el caballero que me le ha regalado?—¿Con que ha sido caballero...? interrumpió Elvira.—Y de los mejores y mas valientes de la corte de su alteza.—¡Santo cielo! decia Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.—¿Señas?—Espera; dime primero, esclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te le ha dado, y dónde?Comprendió el page al momento la doble intencion de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podia saber la llegada del doncel.—Hoy, y en el alcázar.—¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del page. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero mas vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraida y resignada.—¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, esclamóen su triunfo el page victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero jóven.—Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atencion á la voz chillona y triunfante del mozalvete.—No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta á caballo, es el mas fogoso el suyo, y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un torneo solo don Pero Niño...—Jaime, ese no puede ser mas que uno, esclamó levantándose Elvira.—Cierto que no es mas que uno, repuso el taimado page, que se divertia con su prima como el gato con el raton.—¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo que esta mañana un caballero...—¿Quién? contestó con cachaza el page fingiendo no entender.—Mira, Jaime, vete de aqui y no vuelvas, gritó furiosa Elvira; marcha, huye si temes mi...—Bien, primita, lo diré: ese es...—¿Quién? preguntó la atormentada belleza, ¿quién? acaba ó...—El doncel de...—Basta: ¿Estás cierto...?Acordóse de pronto el imprudente page del especial encargo que de guardar secreto le habia hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situacion de su amigo se habian verificado, las cuales volvian infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.—No me habeis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir mas. Ni una palabra mas.Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de él mas partido que una honrosa capitulacion: lo mas que pudo recabar de él fue que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejósele el pagecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiria vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida tambien trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á desnudarse del todo por miedo de quehubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.Bajóse para esto á su habitacion, que debajo de la de la condesa caía, despues de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del alcázar ocurriera.Echóse despues en su lecho, habiéndose despedido del page, y en vano procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.Revolvia una y mil veces en su cabeza las ideas del dia, y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí: empero agolpábanse todas á su imaginacion ferviente; la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadis, la indiscreta conversacion del page, las dudas que acerca del dueño del anillo habia dejado sin resolver despues de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusion á esoslienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre demesas revueltas. Pero á proporcion que el largo insomnio y el cansancio del dia fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de escenas parecidas á las que habian pasado por ella en el dia, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquellas, suelen producirse por sí solas en la imaginacion cansada de un calenturiento que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones estraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.

CAPITULO VII.Ya se parte el pagecito,ya se parte, ya se va,llorando de los sus ojosque queria reventar.Topara con la princesabien oireis lo que dirá.Rom. del conde Claros.

Ya se parte el pagecito,ya se parte, ya se va,llorando de los sus ojosque queria reventar.Topara con la princesabien oireis lo que dirá.Rom. del conde Claros.

Ya se parte el pagecito,ya se parte, ya se va,llorando de los sus ojosque queria reventar.Topara con la princesabien oireis lo que dirá.Rom. del conde Claros.

Ya se parte el pagecito,

ya se parte, ya se va,

llorando de los sus ojos

que queria reventar.

Topara con la princesa

bien oireis lo que dirá.

Rom. del conde Claros.

Cuandodon Enrique de Villena volviendo silenciosamente la espalda á su esposa á la aparicion de Elvira, que habia acudido con tanta oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto habia pasado, ésta empleó cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del estado de estupor y de profunda enagenacion en que la habia puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillon, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habian inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso habia detenido ya el esceso del dolor; le aflojó el vestido con que tan inútilmente se habia engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico.

Al cabo de algun tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto que deseaba: comenzó la condesa á dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de alli á poco rompió de nuevo á llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producia á trechos y á pedazos en los huecos del llanto con un acento convulsivo y un tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor ó de músico puede atreverse á representar en el papel.

Poco á poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde impetuosidad el torrente si una vez roto el dique que le enfurecia halla anchas y fáciles salidas á sus ondas por la tendida campaña; mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevacion y depresion de su agitado seno, semejante al mar,cuyas ondas, mucho tiempo despues de pasada la borrasca, conservan aunque decreciente la inquietud que el huracan les imprimió.

Luego que estuvo en estado de hablar con mas serenidad, refirió á Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvia en su cabeza mil ideas encontradas: ora queria salir inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y refugiarse á sus villas, ora intentaba acogerse al amparo del mismo rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su esposo, y le impondría algun temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella consintiese en la separacion que el conde manifestaba desear era sueño, puesto que se habia casado enamorada de Villena: verdad es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes á hacer odioso al mas perfecto de los hombres; pero todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto mas en la condesa cuanto que habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella despues de su infausta boda, no habia dado jamas entrada al hastío que hubiera seguido á una larga y tranquila posesion. Aguijoneaba ademas á la infeliz condesa la saeta de los zelos: en varias ocasiones habia sorprendido al conde de Cangas en conquista ó persecucion de algunas bellezas, y aun una de las que habia considerado siempre como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenia puesta toda su confianza; mas como tenia pruebas de que ésta se habia negado constantemente á dar oidos á toda proposicion amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que cualquiera que á su lado viviese habia de escitar los deseos de su esposo, queria mas bien tener por camarera aquella de cuya lealtad y odio á la persona del conde no podia dudar en manera alguna.

En esta ocasion se equivocaba la condesa en sus temores, porque no un amor adúltero, sino la ambicion era quien á tan descortés procedimiento á don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad: por una parte el amor, que á pesar de los desdenes de Villena en su corazon duraba, y por otra la creencia en que estaba de que soloproponia aquel rompimiento para entregarse mas á su salvo á alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.

Logró por fin persuadirla Elvira á que se recogiese y tratase de poner un paréntesis á su pesar en el sueño, dejando para el dia siguiente el resolver lo que deberia hacerse. Hízolo asi la condesa, y Elvira se retiró á la cámara inmediata, en donde se proponia esperar al lado del fuego á que su señora se hubiese entregado completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse cerca de la lumbre despues de haber dado las oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose á leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenia don Enrique de Villena, por ser libro que á la sazon corria con mucha fama, y ser lectura propia de mugeres. Era éste el Amadis de Gaula. Hacia pocos años que su autor, Vasco Lobeira, habia dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba enCastilla y por su decidida aficion á las letras y relaciones que con los demas sabios de su tiempo tenia, habia podido facilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demas virtudes caballerescas que en aquel libro leía: hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba á su imaginacion ardiente un retrato de Amadis cuya fé la hubiera lisongeado mas que nada en el mundo: era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, á quien habia conocido desgraciadamente despues que á Fernan Perez de Vadillo. Habíase casado en verdad ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra nuestra historia se habia ensanchado considerablemente el círculo de sus ideas; Fernan Perez por el contrario era siempre el mismo que en otro tiempo habia cautivado sin mucho trabajo el inocente corazon de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se habia prendado de Fernan Perez: su carácter se habia desarrollado de una manera prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente en su corazon habia producido en su existencia un vacío de que ella misma no se sabia dar cuenta. Se habia formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltacion; y se complacia en personificar este bello ideal en tal ó cual jóven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la corte de Enrique III se distinguian. Uno entre todos habia avasallado ya su albedrío bajo esta personificacion, y Elvira, juguete de la naturaleza, que puede mas que sus criaturas, no sabia ella misma que iba tomando sobre su corazon demasiado imperio un amor ilícito y peligroso. Por desgracia su virtud misma era su mayor enemigo: la confianza en que estaba de que nunca podrian faltarle fuerzas para resistir la hacia entregarse sin miedo con criminal complacencia á mil ideas vagas, que cada dia iban ganando mas terreno en su imaginacion. Encontrábase en fin en aquel estado en que se halla una muger cuando solo necesita una ocasion para conocer ella misma y dar á conocer acaso á su propio amante la ventaja que sobre ellaha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto é ignorado en la armazon de una casa vieja, que no ha menester mas sino que descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre tenga entrada la mas mínima porcion de aire, entonces estalla de repente como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas, y viene al suelo el edificio desplomado, sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.

No era, pues, la lectura de Amadis la que á la triste Elvira mejor pudiera convenirle; pero era tanto mas disculpable, cuanto que en el sigloXIVno habia muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.

Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz, y la soledad era el gran recurso de su imaginacion, deseosa de empaparse sin reserva ni testigos en la contemplacion de las seductoras ilusiones que se forjaba: esta disposicion de ánimo no era ciertamente lamas favorable para la virtud de Elvira en las escenas sobre todo en que aquella misma noche fecunda de acontecimientos debia colocarla.

Poco tiempo podria hacer que con el primer libro de caballería en España conocido se entretenia la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta del salon, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó á su lado dándola las buenas noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.

—¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones, y á estas horas? Ya deben ser cerca de las diez: vuelve á la cámara del conde, si es que no te envia, como su precursor, á anunciarnos nuevos pesares y desventuras.

—Hermosa prima mia, contestó Jaime, depon el enojo; de aqui en adelante puedes volverme á llamar tu querido primo.

—¿Qué novedad traes?

—Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver al lado de mi amada prima: ¡me acordaba tanto de tí!

Una lágrima de sensibilidad se asomó á los ojos de Elvira oyendo la ingénuamanifestacion del cariño del medroso pagecillo.

—¿Y don Enrique te lo ha concedido?

—Por mas señas que no he escogido la mejor ocasion; estaba tan distraido y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el enemigo... ¡Jesus!

—¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado á hablar asi de tu señor?

—Bien: no volveré á hablar; ahora ya no me importa. Ya estoy con mi Elvira, que me confiará sus penas, añadió el page tomando una de las manos de la hermosa camarera.

—¿Qué anillo es ese? esclamó ésta dejando el voluminoso pergamino que hasta entonces habia leido, para examinar de cerca el hermoso brillante que relumbraba en un dedo del page. ¡Jaime!

—¡Ah! este no se ve, gritó puerilmente Jaime retirando y escondiendo su mano. ¡Este no se ve! Es un regalito; á mí tambien me regalan, señora prima, no es á vos sola á quien...

—Vamos, ven acá, Jaime, y dime quiénte ha dado ese anillo, ó si por ventura tienes que acusarte de algun...

—¡Chiton! señora prima, interrumpió el page con indignacion.

—¡Ah! ya le tengo, gritó Elvira aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del page le habia estorbado la precaucion; ya le tengo.

—No, no me lastimes y te le daré, dijo el page viendo que se disponia la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido, no me importa, añadió; ¿qué vereis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no por eso sabreis quién me lo ha dado.

Equivocábase el inesperto page: la perspicaz Elvira, que al principio habia sido inducida solo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesion no creía natural en el pagecillo, habia fijado notablemente en ella su atencion, y examinaba al parecer alguna señal ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.

—No hay duda, esclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.

El page, que habia alborotado la sala con sus risas y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la estraordinaria y no esperada esplicacion que daba á la sortija; y tanto mas confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta ocasion sino el juguete del doncel, que se habia valido de él para manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso page tenia ya no pocas sospechas.

Nada mas comun en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de geroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos habia engarzado artísticamente á ruego de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traduccion habia acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazon. Habia perdido la significacion de una piedra, cosa nada estraña, no hallándose ella muy adelantadaen el arte del lapidario; pero en cambio habia entendido la equivocacion del platero, que habia significado lavcon lab, inicial de brillante; ni el qui proquo del platero ni el acierto de Elvira tenian nada de particular en un tiempo en que no sabian ortografia ni los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y la colocacion de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intencion del que habia mandado hacer la sortija.

Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa queria satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba; y en segundo la alusion, que la habia puesto en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temia por otra oir un nombre indiferente.

—¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?

—¿Y qué diria, dijo el astuto page, el caballero que me le ha regalado?

—¿Con que ha sido caballero...? interrumpió Elvira.

—Y de los mejores y mas valientes de la corte de su alteza.

—¡Santo cielo! decia Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.

—¿Señas?

—Espera; dime primero, esclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te le ha dado, y dónde?

Comprendió el page al momento la doble intencion de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podia saber la llegada del doncel.

—Hoy, y en el alcázar.

—¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del page. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero mas vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraida y resignada.

—¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, esclamóen su triunfo el page victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero jóven.

—Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atencion á la voz chillona y triunfante del mozalvete.

—No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta á caballo, es el mas fogoso el suyo, y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un torneo solo don Pero Niño...

—Jaime, ese no puede ser mas que uno, esclamó levantándose Elvira.

—Cierto que no es mas que uno, repuso el taimado page, que se divertia con su prima como el gato con el raton.

—¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo que esta mañana un caballero...

—¿Quién? contestó con cachaza el page fingiendo no entender.

—Mira, Jaime, vete de aqui y no vuelvas, gritó furiosa Elvira; marcha, huye si temes mi...

—Bien, primita, lo diré: ese es...

—¿Quién? preguntó la atormentada belleza, ¿quién? acaba ó...

—El doncel de...

—Basta: ¿Estás cierto...?

Acordóse de pronto el imprudente page del especial encargo que de guardar secreto le habia hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situacion de su amigo se habian verificado, las cuales volvian infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.

—No me habeis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir mas. Ni una palabra mas.

Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de él mas partido que una honrosa capitulacion: lo mas que pudo recabar de él fue que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejósele el pagecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiria vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida tambien trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á desnudarse del todo por miedo de quehubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.

Bajóse para esto á su habitacion, que debajo de la de la condesa caía, despues de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del alcázar ocurriera.

Echóse despues en su lecho, habiéndose despedido del page, y en vano procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.

Revolvia una y mil veces en su cabeza las ideas del dia, y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí: empero agolpábanse todas á su imaginacion ferviente; la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadis, la indiscreta conversacion del page, las dudas que acerca del dueño del anillo habia dejado sin resolver despues de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusion á esoslienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre demesas revueltas. Pero á proporcion que el largo insomnio y el cansancio del dia fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de escenas parecidas á las que habian pasado por ella en el dia, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquellas, suelen producirse por sí solas en la imaginacion cansada de un calenturiento que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones estraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.


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