GUERRERO

Si Mina fué la tempestad y el rayo que hizo temblar al virrey en la silla dorada, Guerrero fué la luz de la independencia. Encendida siempre en las ásperas y ricas montañas del Sur, los mexicanos siempre tuvieron un punto adonde dirigirse, una esperanza que invocar y un representante que abogase siempre por la causa justa, pero al parecer perdida, por las victorias de las armas españolas. Si Guerrero hubiese sido uno de esos romanos que desde la obscuridad del campo se solían elevar hasta la gloria de la República, Tácito le habría consagrado un envidiable escrito como el que le dedicó á Julio Agrícola.

No vamos á escribir la biografía de Guerrero. Su vida fué un tejido de aventuras y una serie de rasgos heroicos, que están íntimamente unidos con nuestra guerra de once años.Sería necesario escribir la historia entera, pues Guerrero tuvo la fortuna de sobrevivir á su obra, y la desgracia de ser jefe de la República y de morir á manos de sus mismos compatriotas.

Nació Guerrero por los años 1783, en Tixtla. Su familia era de pobres labradores, restos escapados de la conquista, y que desde esos tiempos quizá buscaron una poca de libertad en las montañas del Sur. Los años primeros de Guerrero se pasaron en la fatiga y en el trabajo. ¿Qué educación, qué literatura, qué ciencias podían penetrar en esas apartadas montañas y en la casa rústica del campesino? El hombre era natural, el árbol con la corteza, la flor con todo y las espinas, el oro con el cuarzo. Pero la alma era en efecto de oro, y la aptitud moral, la inspiración de lo bueno, bastó para conducirle por el camino de la gloria y de la honra hasta los grados superiores de la milicia y hasta el primer puesto de la República.

En 1810, como todo el mundo sabe, Hidalgo proclamó la Independencia en Dolores. En 1811 ya encontramos que Guerrero había seguido la inspiración patriótica, figuraba como capitán, y servía á las órdenes inmediatas de D. Hermenegildo Galeana.

El hombre caminaba por una senda derecha, y con rapidez. En Febrero de 1812, Guerrero ya mandaba fuerzas no despreciables, ya se ponía frente á frente con los jefes españoles, ya alcanzaba en Izúcar una victoria sobre las tropas regulares que mandaba el brigadier Llano; ya, en fin, sin saber quizá entonces ni escribir en el papel, había, sin embargo, escrito su nombre en el libro misterioso de la posteridad. Esto es lo que se llamagenio. Mientras menos son los elementos primitivos, mientras más inculta es la educación, mientras más obscura es la personalidad, más mérito y más gloria refleja en el que abre las puertas de la sociedad, y grita á los tiranos con la justicia en el corazón y con la espada en la mano:Aquí estoy.

En 1814, Guerrero había hecho una laboriosa campaña en el Sur de Puebla, había militado á las órdenes del gran Morelos, había pasado muchas aventuras y peligros, y era ya por fin uno de losjefesde la Independencia; pero se hallaba en una singular situación.—Los azares de la guerra y la envidia de sus enemigos, le habían dejado reducido á un soldado asistente, á un fusil sin llave y á dos escopetas. Con estas terribles fuerzas emprendió una tercera campaña. ¡Es singular! Todos esos hombres, es fuerza que tengan algo del Hidalgo de la Mancha en el cerebro. Un sabio, en vez de lo que hizoGuerrero, entierra las escopetas, despide al soldado y se encierra en su casa.

Sin embargo, salió á los pocos días de su situación, de una manera inesperada.

Se presentó por el rumbo una fuerza española al mando de Don José de la Peña, de cosa de 700 á 800 hombres. En cuanto lo supo, imaginó que la Providencia le deparaba un armamento y un material de guerra, tal cual se lo había figurado.

En lo más silencioso y negro de la noche, recorrió el pueblo de Papalotla, despertó á los indígenas, los armó con palos; esas armas son fáciles de encontrar; y un puñado de hombres medio desnudos atravesó en silencio las humildes chozas del pueblecillo hasta la orilla del río. Allí, Guerrero dió el ejemplo, y todos se arrojaron al agua, y aquel cardumen de extraños peces dió en la orilla opuesta sin haber hecho el menor ruido. El campamento del enemigo estaba á poca distancia. Guerrero cae sobre él, y los soldados de España son despertados á garrotazos, quedando algunos muertos, otros atarantados, y los más, presas del pánico, pues no acertaban ni á concebir, como tan de repente tenían á los enemigos encima. Cuando amaneció el día, Guerrero, como lo había pensado, era dueño de 400 fusiles y de un abundante material de guerra.

En la larga campaña que hizo Guerrero en el Sur, habría necesidad de llenar un volumen si nos pusiéramos á referir todos los rasgos de su valor personal. Citaremos, sin embargo, otro, quizá más notable que el anterior.

Un día llegó con una corta fuerza al pueblo de Jacomatlán, y observando que un alto cerro dominaba la población, prefirió ocupar esa posición militar, como lo hizo en efecto, estableciendo su campamento. La tropa estaba cansada; en su larga marcha por las asperezas, se había mantenido con raíces y frutas silvestres, y además, tenían necesidad de bañarse, pues las enfermedades comenzaban á desarrollarse entre aquel puñado de valientes.

Guerrero no pudo desentenderse de estas necesidades, y así, accedió á las súplicas de la tropa, y les permitió que pasasen al pueblo á proveerse de algunos víveres para surtir el campamento, donde pensaba permanecer una ó dos semanas, y los que se hallaban enfermos, se bañasen en un arroyo que á la sazón tenía una hermosa corriente de agua. La tropa, pues, descendió del cerro, se diseminó entre las casas del pueblo, y otra parte de ella se dirigió al arroyuelo. Guerreroquedó solo con el tambor de órdenes y el centinela que cuidaba el armamento.

Así, á las seis de la tarde y cuando Guerrero dormitaba en el recodo de una peña que le había proporcionado alguna sombra, un muchachuelo llegó casi sin aliento.

—Señor, el enemigo ha entrado al pueblo y está matando y haciendo prisioneros á los soldados y á todas las gentes.

Guerrero da un salto, monta en su caballo que tenía ensillado, deja al centinela con orden de dejarse matar antes de entregar las armas, monta á la grupa al tambor, armado de un fusil, y se lanza á todo escape por aquellos breñales.

Pero en vez de huír, como el tambor lo había pensado, Guerrero entra á las calles del pueblo. El tambor se apea y comienza á tirar de balazos sobre los enemigos. Guerrero, con espada en mano, se lanza sobre ellos, y asustados de la intrepidez de un hombre que se atreve solo y tan denodadamente á pelear, dejan el botín que estaban recogiendo, sueltan á los prisioneros y huyen. Guerrero reune entonces á los soldados, y con algunas armas que los españoles habían dejado tiradas, los persigue y los derrota completamente.

Guerrero había peleado contra 400 hombres mandados por un jefe valiente que se llamaba D. Félix Lamadrid.

En pocos días se encontraron dos vecesGuerrero y Lamadrid en el campo de batalla, y en Xonacatlán la lucha fué á la bayoneta y cuerpo á cuerpo, como en las guerras de la antigüedad. Guerrero, aunque con fuerzas inferiores, salió siempre vencedor.

Después de estas campañas, Guerrero había aumentado mucho sus tropas, porque su nombre, su fortuna y su trato amable le granjeaban amigos por todas partes. Tenía, pues, necesidad de vestuario, de municiones, de armamento y de multitud de otras cosas necesarias para tener en orden y en servicio á su gente. No tenía más arbitrio sino proveerse á costa de sus enemigos.

Sin dar cuenta á nadie de su designio, se dirigió con mucho sigilo al cerro delAlumbre, y allí, al parecer, permaneció ocioso y sin objeto durante muchos días. Una noche puso en movimiento su tropa y la situó convenientemente en la cañada del Naranjo. Una madrugada salió personalmente de Acatlán, á la cabeza de una fuerza, toda decidida y valiente, y antes de que amaneciera el día sorprendió un rico convoy que Don Saturnino Samaniego conducía de Oaxaca para Izúcar, haciendo huír al jefe y á los soldados, que escaparon.

Samaniego se reunió en Izúcar con Lamadrid, el eterno antagonista de Guerrero, y volvieron juntos á la carga, atacándole furiosamente en Chinantla. La acción duródesde que rompió el día hasta muy entrada la noche; pero Guerrero quedó vencedor, y Lamadrid y Samaniego, llenos de rabia, huyeron, dejando en el campo cuantos pertrechos y equipajes tenían.

Guerrero, que al día siguiente examinó todo el botín, volviéndose á sus soldados, les dijo: «nuestros almacenes están ya bien provistos, y nuestros enemigos nos traen los efectos hasta la puerta de nuestra casa, y ni aun el flete tenemos que pagar.»

El amor propio de Lamadrid se hallaba excitado al más alto punto; así que buscó nuevos encuentros con Guerrero; pero en todas ocasiones salió derrotado, teniendo á veces que huír, á uña de caballo, como suele decirse.

Los últimos sucesos de esta especie de desafío á muerte entre el jefe español y el caudillo insurgente, fueron en los años de 1815 y 1816. Lamadrid estaba en la orilla izquierda del río Xiputla, y Guerrero llegó y ocupó la derecha. Desde las dos orillas, las tropas se estuvieron tiroteando y prodigando durante dos días toda clase de improperios. Guerrero, en una noche obscura pasó el río, dió furiosamente sobre el campo enemigo y destrozó á su rival. En Piaxtla y Huamuxtitlán,corrió una suerte igualmente adversa Lamadrid, á mediados de 1816.

La prisión y muerte de Morelos, y el indulto á que se acogieron algunos jefes notables, arruinó por ese tiempo la causa de la Independencia. Guerrero era ya un hombre formado en la guerra y en las fatigas, atrevido para las sorpresas é impetuoso para el ataque. El gobierno español conoció su importancia, y llamó al padre de nuestro héroe, le puso un indulto amplio y completo en la mano, facultándole para que hiciese á su hijo todo género de promesas, ya de empleos, ya de dinero.

El anciano se encaminó hacia el rumbo donde creía encontrar á su belicoso hijo, hasta que al fin dió con él.

Abrazó Guerrero con efusión al autor de sus días; pero así que se enteró de su misión, tomó la mano del anciano, la besó respetuosamente, y acaso la humedeció con una lágrima; recibió el papel en que estaba escrito su perdón, quedó un rato pensativo, y después le dobló y le entregó tristemente á su padre.

—He jurado que mi vida sería de mi patria; y no sería el digno hijo de un hombre honrado, si no cumpliera mi palabra.

El viejo abrazó á su hijo, le bendijo y se retiró silencioso, tomando de nuevo el camino, para poner en conocimiento del virrey el mal éxito de su comisión.

En el año de 1817 Mina desembarcó en Soto la Marina, y en pocos días hizo la brillante campaña de que hemos dado idea en nuestro anterior artículo; pero una vez fusilado este caudillo, el desaliento más completo se apoderó del ánimo de los mexicanos.

Un párrafo de la biografía del general Guerrero, que escribió el Sr. Lafragua, pinta perfectamente este período, y da una idea de cuánta era la energía moral del caudillo del Sur.

«La muerte de Morelos, Matamoros y Mina; la prisión de Bravo y Rayón, y el indulto de Terán y otros jefes, habían derramado el desaliento y el pavor en toda la Nueva España, que aunque más cercana que nunca á la libertad, gemía más que nunca atada á la metrópoli.

«Un hombre solo quedó en pie, en medio de tantas ruinas: una voz sola se oyó en medio de aquel silencio. Don Vicente Guerrero, abandonado de la fortuna muchas veces, traicionado por algunos de los suyos, sin dinero, sin armas, sin elementos de ninguna especie, se presenta en ese período de disolución, como el único mantenedor de la santa causa de la Independencia.

«Solo, sin rival en esa época de luto, Guerrero, manteniendo entre las montañas aquella chispa del casi apagado incendio de Dolores, trabajaba sin tregua al poder colonial, cuyossangrientos himnos de victoria eran frecuentemente interrumpidos por el eco amenazador de los cañones del Sur.

«Lindero de dos edades, Guerrero era el recuerdo de la generación que acababa, y la esperanza de la que iba á nacer.»

En el año de 1820, Guerrero era ya un general habituado á la metralla, familiarizado con la sangre de las batallas, heredero legítimo del valor, de la constancia y del genio militar del gran Morelos. Triunfante, al fin, aunque lleno de cicatrices, levantaba la cabeza como los colosos de los Andes, para anunciar á las Américas la buena nueva de la Independencia.

Fué en ese año cuando pudo conocerse la grandeza de su alma y la elevación del carácter del hombre oscuro que vió la luz en un pobre pueblecillo de las montañas.

Nombrado D. Agustín Iturbide comandante del Sur, salió de México el 16 de Noviembre de 1820, resuelto á proclamar la Independencia. El general español Armijo atacaba á Guerrero; y éste, recobrando su buena estrella, salía siempre triunfante como años antes del desgraciado Lamadrid.

Iturbide creyó que era necesario contar de todas maneras con un hombre de tanta importancia,y le dirigió una carta realmente diplomática. Guerrero le escribió otra llena de franqueza, que se resumía en estas palabras: «Libertad, Independencia ó Muerte.»

Esta correspondencia dió por resultado una entrevista de los dos caudillos en el pueblo de «Acatempan.» Se hablaron, se explicaron, se dieron un sincero y estrecho abrazo. A pocos meses la sangrienta lucha había cesado, la Independencia estaba consumada, México tenía un Gobierno Nacional.

Guerrero en la campaña había sido valiente. EnAcatempanfué grande; se inscribió, por la generosa inspiración de su alma, en el catálogo de los hombres ilustres de Plutarco. Entregó el mando de las fuerzas á Iturbide, y puso el sello con este acto raro de confianza, de modestia y de abnegación, á la Independencia de su patria.

El destino de algunos hombres ilustres, es como el de ciertos astros brillantes que recorren la bóveda del cielo, y parece que al amanecer el día se hunden y mueren en un horizonte sangriento.

Hemos sólo, á grandes rasgos, apuntado las cualidades militares de Guerrero. Los partidos trataron de manchar con mil calumnias y cuentos malévolos este gran carácter queen lo familiar era sencillo como un niño, consecuente con sus amigos, humilde en la prosperidad, generoso con los enemigos, y grande y noble con la patria. Llegó feliz á los linderos de la independencia, y tuvo la fortuna de ver á la patria libre, pero no dichosa. Apenas terminó la lucha de independencia, cuando comenzó la guerra civil que todavía no cesa. Guerrero fué arrastrado en sus muchas y tenebrosas combinaciones. Herido y abandonado en una barranca, en Enero de 1823, por defender el principio republicano, vuelve á aparecer en la escena en 1828. La elección presidencial fué uno de los acontecimientos más notables de esa época, y en la cual los partidos trabajaron y combatieron terriblemente, divididos y perfectamente marcados por los ritos masónicosescocesesyyorkino.

Don Manuel Gómez Pedraza, que era el caudillo de los escoceses, salió electo legalmente presidente de la joven y turbulenta República. El partido yorkino no se dió por vencido ni por derrotado, apeló á las armas y colocó en la presidencia á su jefe, que era el general Guerrero, el cual entró á funcionar con este alto carácter en Abril de 1829.

En esa época los españoles invadieron á Tampico. Santa-Anna y Terán triunfaron, y la independencia se consolidó; pero la seguridad del país exigía un ejército cerca de lacosta, y se estableció un cantón en Jalapa, á las órdenes del general D. Anastasio Bustamante, que era vicepresidente.

Bustamante se pronunció contra Guerrero, con las tropas que mandaba. ¡Extrañas anomalías de la historia, y funestas inconsecuencias de las Repúblicas! Guerrero, que habíasido capaz de hacer la independencia, fué declaradoincapazpor el congreso; Bustamante entró á gobernar, y el caudillo del Sur volvió desengañado, triste, enfermo de sus heridas, á sus montañas del Sur, donde tuvo que tomar las armas para defenderse de la venganza y de la negra y ponzoñosa saña de sus enemigos.

Ninguna fuerza pudo vencer á Guerrero en las montañas, en tiempo de la colonia; ningunas fueron bastantes tampoco en tiempo de la República. Fué necesario apelar á la más negra y la más odiosa de las traiciones. «La historia de México tiene algunas páginas oscuras.» Esta es negra; y ni los años, ni el polvo del olvido, serán bastantes para borrarla.

A principios del año de 1831 se hallaba fondeado en la hermosa bahía de Acapulco el bergantín genovés «Colombo.» Era su capitánFrancesco Picaluga, amigo íntimo de Guerreroy quizá de toda su confianza. Un día apareció un magnífico banquete preparado á bordo del bergantín. Guerrero fué convidado, y sin recelo ni sombra de desconfianza pasó á bordo. La comida fué alegre y espléndida; y concluída, los convidados salieron sobrecubierta á respirar las brisas de la magnífica bahía. Picaluga, con una sangre fría que honraría á Judas, declaró á su huésped que estaba preso, levó las anclas y se dió á la vela, dirigiéndose al puerto de Huatulco, donde entregó á Guerrero por sesenta mil pesos que le había dado el traidor y feroz ministro de la Guerra, D. José Antonio Facio. Guerrero fué conducido por el capitán D. Miguel González á Oaxaca, y juzgado en consejo de guerra ordinario.

El caudillo de la Independencia, el mantenedor del fuego sagrado de la libertad, el hombre que tenía destrozado su cuerpo por las balas y las lanzas españolas, fué condenado á muerte por unos miserables oficiales subalternos, y fusilado en el pueblo de Cuilapa el 14 de Febrero de 1831.

Picaluga fué declarado enemigo de la patria, y condenado á muerte por el almirantazgo de Génova, en 28 de Julio de 1836; pero bergantín y capitán desaparecieron como si un monstruo del Océano los hubiera devorado.La existencia de Picaluga es en efecto un misterio. Unos dicen que se le ha visto años después en las calles de México; otros que se hizo mahometano y vive en un serrallo de Turquía, y otros aseguran que varios mexicanos le han visto en un convento de la Tierra Santa, con una larga barba y un tosco sayal, haciendo una vida de penitencia para expiar en esta tierra el horrendo crimen que cometió, y que el Señor misericordioso pueda á la hora de su muerte abrirle las puertas del cielo.

Manuel Payno.

Una noche, cerca de las once, Don Melchor Ocampo salía de la casa de una persona con quien tenía íntima y respetuosa amistad, y que entonces vivía en la calle de ***

Cuando cerró tras sí la pesada puerta del zaguán, un hombre, embozado hasta los ojos con un capotón negro, pasó rápidamente, y después otro. Ocampo no hizo caso, y siguió lenta y tranquilamente hasta la esquina. Atravesó la bocacalle, y entonces advirtió que los dos embozados se habían reunido y marchaban delante á pocos pasos, á la vez que otros dos venían detrás, á algunas varas de distancia. Comprendió, aunque tarde, que había caído en una emboscada. Si retrocedía á la casa de donde salió, ó seguía, á la suya, se hallaba siempre en el centro. Registró maquinalmente sus bolsas, y encontró que no tenía armas; pero sí un reloj de oro, unas cuantas monedas y un lapicero. Siguió su camino derecho,pero muy despacio y sin dar muestras ningunas de que había observado á los que le seguían, y decidido á entregarles el reloj y el poco dinero que traía.

¡La rara casualidad! En todo el largo tránsito que la vista podía abarcar, no había ningúnsereno, ni una alma se encontraba en la calle. En este orden, Ocampo y los embozados caminaron dos ó tres calles, y Ocampo se creyó en salvo cuando divisó ya á pocos pasos la luz de su habitación. Llegó por fin á la puerta, tocó, y con la prontitud que acostumbraba el portero le abrió; pero notó, con la poca luz que pudo entrar de la calle, que el portero estaba también embozado. Esto podía ser una casualidad. Ocampo vivía solo, y aunque preocupado y curioso, subió á su habitación sin miedo alguno. Al entrar en el pequeño salón encendió una luz y se encontró sentados en el sofá á otros dos embozados. Ocampo sonrió entre resignado y colérico.

—Señores, si es para broma, basta ya, les dijo. Yo no he gastado bromas con nadie; pero bien se puede permitir á los amigos que se diviertan alguna vez; y si es alguna otra cosa, acabemos también. La casa y todo está á disposición de los que no tienen valor para descubrirse la cara.

Al decir esto, echó á los pies de los embozados un manojo de llaves pequeñas, arrimó un sillón y se sentó.

Uno de los embozados se inclinó, tomó las llaves, encendió otra vela y se dirigió á la alcoba y á las demás piezas de la casa. A este tiempo los embozados de la calle se presentaron en la puerta del salón.

—Lo había adivinado, dijo Ocampo con voz firme. Este es un golpe de mano, de acuerdo con el portero. Lo siento, porque le tenía yo por hombre honrado. Advertiré á vdes., continuó dirigiéndose á los embozados, que sin duda han recibido malos informes de mi portero, y se han pecado un buen chasco. Yo no soy hombre rico, y aunque lo fuera, aquí no tengo gran cosa. Encontrarán vds. cincuenta ó sesenta pesos, alguna ropa que no vale mucho, y libros que no han de servir á vdes. de nada, porque si tuviesen amor á la lectura, seguramente no tendrían afición al robo. Acaben, pues, no vale la pena de que pierdan así su tiempo ni me desvelen. Tengo sueño.

Los embozados contestaron con una respetuosa cortesía, y se sentaron; solo uno de ellos se dirigió á las otras piezas. Al cabo de algunos minutos, los dos hombres que habían entrado á registrar salieron con un baulito de viaje y un legajo de papeles.

Ocampo volvió á sonreír.

—Otra equivocación tal vez, les dijo. Creerán que yo tengo papeles reservados. ¡Qué error! Todo lo que vds. traen no contienemás que apuntes sobre diversas plantas de Michoacán, y sentiré mucho que se extravíen.

Los embozados, al oír esto, descansaron el baul en el suelo, le abrieron y metieron cuidadosamente los papeles.

—Esto sí es singular, pensó Ocampo; y luego, dirigiéndose á ellos, les dijo: Como habrán vdes. observado, no soy hombre que tengo miedo, ni menos trato de armar escándalos ni de procurar que la policía intervenga. Esto sería lo más molesto para mí. Deseo únicamente que vdes. me digan lo que tengo yo que hacer, y que vdes. hagan breve lo que les convenga, y me dejen en paz. Les aseguro que en el acto que se marchen, me acuesto en mi cama y no vuelvo á ocuparme más de lo que ha pasado.

Uno de los embozados se descubrió. Era un hombre de una fisonomía dura, y se podía reconocer al momento, que lo que dijese lo llevaría á cabo irremediablemente. Ocampo le examinó de pies á cabeza con mucha sangre fría, y no pudo reconocer quién era, si bien recordaba haber visto quizá esa misma figura alguna otra ocasión.

—Supongo que no me he equivocado, y que vd. es el Sr. D. Melchor Ocampo, le dijo el hombre misterioso.

—Jamás he negado ni negaré mi nombre en ninguna circunstancia de mi vida; peroahora me permitiré saber por qué razón me veo asaltado por gentes que se cubren el rostro. ¿Se trata de algún atentado?

—Tiempo hemos tenido para cometerlo, le respondió el desconocido con alguna dureza.

—¿Pues entonces?

—Aquí están las llaves de los roperos. Hemos encontrado un baul á propósito y hemos únicamente acomodado en él la ropa necesaria. El dinero que estaba en una tabla del ropero, y todo lo demás, queda en el mismo estado y tendríamos mucho gusto si el Sr. Ocampo pasa á cerciorarse de que lo que digo es la verdad.

—Me doy por satisfecho.

—Entonces, dijo el hombre misterioso, el Sr. Ocampo tendrá la bondad de seguirme.

—Y si no es mi voluntad, ¿qué sucederá? preguntó Ocampo con calma.

—No quisiera yo que llegáramos á ningún extremo, y sentiría de veras hacer cualquiera cosa que pudiera ofender á vd.

Ocampo se puso un dedo en la boca, bajó la cabeza y se quedó pensando un rato, y luego dijo:

—Creo comprender perfectamente, y como un caballero protesto que sin oponer resistencia alguna estoy decidido á seguir con toda calma esta aventura. Vamos.............. ¿supongo que se me permitirá tomar un abrigo?

—Había ya pensado en ello, pues que la noche está un poco fría, respondió el hombre presentándole una capa que tenía en el brazo.

Ocampo se embozó en ella, entró á sacar á su ropero el dinero que tenía, y tomando la delantera bajó el primero. En el patio estaban los otros hombres embozados, y el cuarto del portero oscuro y silencioso.

Echaron á andar por las calles solas y lúgubres, desperdigándose y colocándose á ciertas distancias los embozados, mientras el hombre con quien Ocampo había tenido el diálogo que acabamos de bosquejar, le tomó del brazo y marchaba unido con él, como si fuera su íntimo amigo. Así llegaron hasta el barrio escampado y triste de San Lázaro, sin haber atravesado una sola palabra en todo el camino. Cerca de la garita estaba un coche con un tiro de mulas. La portezuela se abrió, y Ocampo, el hombre misterioso, y dos más, subieron al carruaje. Contra las prevenciones usuales de la policía y de la aduana, las puertas de la garita se abrieron y el coche pasó, tomando el camino de Veracruz. En el tránsito Ocampo recibió todo género de atenciones de sus compañeros, que se descubrieron naturalmente, pero á los cuales no pudo reconocer. Los alimentos eran buenos, dormían en las mejores posadas; pero evitaron la entrada á Puebla y á Jalapa. Llegaron á las afueras de Veracruz una tarde á la hora del crepúsculo.Se dirigieron á pie al muelle, é inmediatamente se transladaron á una barca que estaba ya con las velas henchidas y el piloto á bordo. Antes de anochecer sopló un viento favorable, y á la media noche apenas distinguían ya el faro de San Juan de Ulúa. A los sesenta y cinco días llegaron á Burdeos.

—Antes de que nos separemos, dijo el hombre misterioso á Ocampo, quiero pediros perdón. He tenido que cumplir un encargo difícil, y lo he hecho de la mejor manera posible. Ninguno de nosotros ha traspasado los límites de la buena educación, y me atrevo á creer que nuestra compañía no ha sido tan molesta como era de esperarse, atendida la situación rara en que nos hemos encontrado.

—Los viajes y los matrimonios deben hacerse repentinamente, dijo Ocampo con cierto acento irónico; pero en verdad, yo no estoy enfadado con ninguno de vds. Me resta preguntar qué es lo que me falta que hacer, y si la compañía de vds. debe aún continuar algún tiempo más.

—Aquí nos debemos separar, y solo espero que en cambio de nuestros cuidados nos prometa vd. no pasar á tierra sino hasta que haya salido aquel barco que cabalmente comienza á levantar sus anclas. Aquí está una cartera que suplico á vd. reciba y no abra ni examine hasta que se halle instalado en la posada que elija en Burdeos.

—Prometí seguir lo que los mahometanos llaman el destino, y á nada me opongo, contestó.

Los hombres estrecharon cordialmente la mano de Ocampo, y con sus ligeros equipajes se trasladaron al barco que habían indicado, el cual antes de dos horas había ya salido del puerto y perdídose entre las ondas y el horizonte de la mar. Ocampo entonces desembarcó y se dirigió al hotel que le pareció más modesto y apartado del centro. Allí abrió la cartera y se encontró con una orden de una casa de comercio de México á otra de París, para que pudiese disponer de una mesada equivalente á 250 pesos. La cartera, además, tenía otro papel de una letra que quizá no fué desconocida para Ocampo, en que se le aconsejaba que viajase, que observase el mundo y que no volviese á México sino cuando personas que se interesaban sinceramente por él, se lo indicasen.

Esta aventura la refirió á mi padre una persona respetable y formal, y yo no he hecho más que evocar recuerdos que, aunque de época lejana, se conservan frescos y vivos en mi memoria. No salgo garante de la verdad, y de la cual tuve el mayor empeño en cerciorarme.

Muchos años después, y platicando yo familiarmente con Ocampo, hice rodar la conversación sobre los viajes, y me atreví á preguntarlesi era cierto lo que había oído referir respecto á su primer viaje á Europa. Ocampo sonrió de la manera triste y sarcástica que le era peculiar, y desvió la conversación preguntándome si conocía yo una flor que, aunque se la daban por nueva, era originaria de México y muy conocida de todo el mundo. Comprendí que no debía instarle más; pero sí me llamó la atención el que no me dijese que era una fábula lo que se contaba: así, ni negó ni confirmó la narración.

El hecho fué que Ocampo permaneció muchos meses en Francia, que probablemente no hizo uso de la carta de crédito, pues vivió no sólo con economía, sino hasta con miseria, y se dedicó á estudiar las ciencias naturales, y con especialidad la botánica, en lo que fué muy notable.

Otra anécdota ha llegado á mi noticia, y quien pudo conocer el carácter de Ocampo, no dudará de ella. Entró una noche en Burdeos á un café donde acostumbraba tomar un frugal alimento. Sabía ya y entendía perfectamente el francés, y habiendo oido decir algo de México, fijó la atención en un grupo que se hallaba á poca distancia. Entre otras cosas graves é injurias relativamente á México, uno de los tertulianos fijó esta proposición general:Los mexicanos todos son ladrones.

Ocampo se levantó de su asiento, y dirigiéndose al grupo, dijo en muy buen francés:

«Señores, alguno de vds. ha dicho que todos los mexicanos son ladrones. Yo soy mexicano, y con mi conciencia les aseguro que no soy ladrón; en consecuencia, el que ha sentado tal proposición,¡miente!»

Ocampo se retiró lenta y tranquilamente á su asiento y siguió tomando su café.

Entre los del grupo hubo un momento de silencio y de estupor, pero á poco comenzaron á discutir y á vociferar. Ocampo les volvió la espalda en señal del más soberano desprecio. Ya no pudieron sufrir, y uno se levantó, y dirigiéndose á Ocampo, le dijo:

—Espero que mañana, antes de las seis, os presentareis aquí con vuestros testigos.

—Ahora mismo es mucho mejor, y dos de los señores serán mis testigos.

Dos de los concurrentes se levantaron, estrecharon la mano á Ocampo y se pusieron á su disposición.

—¿Cuáles son vuestras instrucciones?

—Todo lo que queráis convenir lo acepto sin observación ninguna.

Al día siguiente, en un lugar aislado y apartado de Burdeos, tuvo lugar el duelo. Ocampo, que era menos diestro en la esgrima, salió herido y tuvo que estar en cama cerca de un mes. Su adversario le visitó y le satisfizo amplia y públicamente. Otros refieren que hubo un segundo encuentro, en que el adversario recibió una herida grave; pero de unamanera ó de otra, Ocampo dejó bien puesto su honor y el de la patria. No vaya á creerse que era espadachín, pero sí hombre muy pundonoroso y delicado, y cuando creía tener razón y obrar conforme á su conciencia y á su deber, no conocía el miedo.

Algo más hay que contar de la vida privada de Ocampo. Tocóle en herencia una grande y productiva hacienda de campo en el Estado de Michoacán, que se llamaba Pateo. Era aún muy joven, y de pronto no se le juzgó á propósito para la dirección de sus propios negocios. A los pocos días de haber recibido sus bienes dió pruebas evidentes de su aptitud, y más que todo de su rara probidad.

La finca era extensa y valiosa; pero reportaba muchos gravámenes, y había, además, una cantidad de deudas pequeñas que satisfacer. La primera providencia de Ocampo fué llamar á todos sus acreedores.

—Esta hacienda, les dijo, es más bien de ustedes que no mía. Examínenla á su gusto, y convengamos en la parte de ella que cada uno quiera tomar para pagarse su deuda.

La mayoría de sus acreedores consentían en renovar las escrituras. Ocampo rehusó yquiso pagar. Los acreedores eligieron convencionalmente las fracciones que les pareció, y quedó á Ocampo un potrero sin casa ni oficinas. Sus acreedores se mostraron satisfechos y fueron pagados, y él comenzó materialmente la vida ruda y laboriosa del colono.

Fijó su residencia debajo de un grande y frondoso árbol que todavía existe, y ayudado personalmente de los sirvientes que le eran adictos, comenzó á levantar una casa pequeña, á cavar las zanjas, á formar las cercas, á establecer las tierras de labor, á formar, en una palabra, de una tierra salvaje una hermosa propiedad que literalmente regó con el sudor de su frente. En el discurso de pocos años había ya una casa modesta, pero cómoda; un jardín cubierto de las flores más exquisitas, y unas tierras de labor benditas por Dios, y abonadas con el sudor y el trabajo de un hombre honrado, y no sólamente admirador de la naturaleza, sino muy inteligente en la agricultura. A esta nueva propiedad le puso por nombrePomoca, anagrama de su apellido.

Vulgarmente se decía: «Ocampo es un hombre raro.» En efecto, no era común, y en este sentido había razón para calificarle así. Tenía un sistema de filosofía peculiar que no pertenecía realmente á ninguna de las escuelas antiguas ni modernas. Era el conjunto de todas ellas, modelado en su propio cerebro, con independencia de toda preocupación. Ocampo pensaba en la misión del hombre sobre la tierra, y para él, esta misión era la de hacer el bien y propagar la libertad en toda su mayor y más aceptable latitud; así, la política tenía necesariamente que formar parte de sus creencias íntimas. ¡Pueden hacer tanto bien los gobiernos! ¡Pueden proporcionar una suma de libertades tan apetecibles y preciosas! El constituir una parte de esa entidad que podía dispensar los más grandes beneficios á la sociedad, era para un ciudadano un grande honor y un motivo de legítima aspiración. He aquí el aspecto bajo el cual Ocampo miró siempre las cosas públicas; y no hacemos más sino recordar hoy muchas de las conversaciones que tuvimos con él.

Con unos precedentes tan sinceros y generosos, jamás pudo entrar, ni aun remotamente, en sus ideas, ni la consideración de unsueldo, ni el deseo del mando, ni la necia vanidad de figurar. Desde el momento que se persuadía que no podía hacer el bien en un puesto público, lo dejaba positivamente, y omitía esas fórmulas y esas ceremonias propias de los que no obran con la firmeza de una conciencia ajena de todo interés.

Ocampo escribió para el público menos que Otero, que Rosa, que Morales y que otros muchos hombres distinguidos del partido liberal, y sin embargo, ejerció en su época mayor influjo que ellos en la marcha de las cosas políticas. Cuando se establecía en México el gobierno conservador y dictatorial, Ocampo, ó era perseguido y desterrado, ó desaparecía de la escena pública y se encerraba en su hacienda á leer ó estudiar, y á cuidar sus pocos intereses, que tenía en un perfecto estado de orden. Cuando triunfaba el partido liberal, inmediatamente era llamado á ocupar algún puesto distinguido. Se prestaba á servir los cargos populares ó políticos; jamás quiso recibir ningún empleo, aun cuando le instaron para que aceptara muchos y muy buenos, entre ellos el de director del Montepío.

Así, fué gobernador de Michoacán, cuyo Estado ha añadido el nombre de Ocampo á su antigua denominación Tarasca. Gobernó bien, estableció prácticamente sus doctrinas de libertad; fué, como en todos los actos desu vida, nimiamente honrado y delicado, y se puede asegurar que jamás tomó un solo peso que no fuese adquirido con su personal trabajo.

Fué llamado al ministerio de Hacienda en Marzo de 1850, durante la administración del general Herrera.

En Octubre de 1855 entró á desempeñar el ministerio de Relaciones, siendo presidente el general Don Juan Alvarez.

En 1858 volvió á desempeñar el mismo ministerio, siendo presidente el Sr. Juárez, y en 1859 y 1860 estuvo encargado al mismo tiempo de los ministerios de Guerra y Hacienda. Fué en esta última época cuando desplegó Ocampo toda la energía de que era capaz, y participando de los inconvenientes y peligros de toda la época tormentosa de la guerra de la Reforma, firmó en Veracruz el célebre manifiesto del gobierno constitucional, y las leyes se expidieron una tras otra hasta completar la serie de providencias y circulares necesarias para consumar la obra que había costado tanta sangre y tantos trastornos en los últimos años.

Triunfante el gobierno del Sr. Juárez, volvió con él á México el Sr. Ocampo; pero á pocos días fué organizado otro Gabinete, y el infatigable Ministro de la Reforma, sin ninguna aspiración, sin llevar un solo peso, sin pretender, y antes bien rehusando todas las posiciones que se le brindaron, se retiró á su hacienda de Pomoca, donde se ocupaba de poner en orden sus negocios, y en cultivar sus hermosas flores, que fueron el encanto de su vida.

Llevó á su hogar sus manos limpias. Ni el dinero ni la sangre les habían impreso algunas de aquellas manchas que, como dice Shakespeare, no pueden borrar todas las aguas del Océano.

Los restos del ejército reaccionario, pasados los primeros momentos, volvieron á aparecer con las armas en la mano; y en la República, que por un momento pareció tranquila, volvió á aparecer la guerra civil.

En la hacienda de Arroyozarco había un español llamado Lindoro Cajiga. Por motivos más ó menos fundados, que no es del caso calificar, se separó del servicio de los Sres. Rosas, y reuniéndose con una colección de hombres desalmados, formó una de esas temiblesguerrillas que han sido el espanto de las poblaciones pequeñas y de las haciendas de campo.

Un día, el menos pensado, se presentó Cajiga en Pomoca y encontró á Ocampo desprevenido, inerme, confiado y tranquilo, en medio de sus hijas y de sus sirvientes. Bruscamente le intimó que se diera por preso; y á pie, y según se dijo con generalidad, tratándole de una manera indigna, le condujo hasta donde había una fuerza mandada inmediatamente por D. Leonardo Márquez, y que también estaba á las órdenes de D. Félix Zuloaga, que se decía Presidente de la República. Lindoro Cajiga obró de su propia cuenta, ó fué enviado expresamente por Márquez ó Zuloaga? El caso fué que, apenas este hombre respetable cayó en manos de estos jefes militares, cuando determinaron que fuese fusilado.

Ocampo no suplicó, no pidió gracia, ni aun algunas horas para disponer sus negocios; recibió con una completa calma la noticia de su próximo suplicio.

Pidió únicamente una pluma y una hoja de papel, y escribió, en pocas líneas, el testamento que ponemos á continuación, con una mano tan firme y un carácter de letra tan regular y tan correcta como si en medio de su vida tranquila del campo hubiese estado describiendo las maravillas de la naturaleza.

Fué fusilado y colgado en un árbol el día 3 de Junio de 1861, frente á la hacienda de Caltengo.

«Próximo á ser fusilado según se me acaba de notificar, declaro que reconozco por mis hijas naturales á Josefa, Petra, Julia, i Lucila, i que en consecuencia las nombro mis herederas de mis pocos bienes.

«Adopto como mi hija á Clara Campos, para que herede el quinto de mis bienes, á fin de recompensar de algún modo la singular fidelidad i distinguidos servicios de su padre.

«Nombro por mis albaceas á cada uno in solidum et in rectum á D. José María Manzo de Tajimaroa, á D. Estanislao Martínez, al Sr. Lic. D. Francisco Benítez, para que juntos arreglen mi testamentaría i cumplan esta mi voluntad.

«Me despido de todos mis buenos amigos i de todos los que me han favorecido en poco ó en mucho, i muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno.

«Tepeji del Río, Junio 3 de 1861.—M. Ocampo.

«Firman este, á mi ruego, cuatro testigos, i lo deposito en el Sr. General Taboada, áquien ruego lo haga llegar á mis albaceas ó á D. Antonio Balbuena, de Maravatío.

«En el lugar mismo de la ejecución, hacienda de Jaltengo, como á las dos de la tarde, agrego, que el testamento de Dª Ana María Escobar está en un cuaderno en inglés, entre la mampara de la sala i la ventana de mi recámara.

«Lego mis libros al Colegio de San Nicolás de Morelia, después de que mis señores albaceas i Sabás Iturbide tomen de ellos los que les gusten.—M. Ocampo.—J. I. Guerra.—Miguel Negrete.—Juan Calderón.—Alejandro Reyes.»

Así terminó su carrera, á la edad de 54 á 56 años, uno de los hombres más distinguidos, más honrados y mejores de la República[1].

Manuel Payno.


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