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Amigo: te felicitamos por haber dado á tu fe republicana hasta el último aliento de tu vida, hasta el último latido de tu corazón. Te felicitamos por haber sufrido, por haber muerto.V. Hugo.

Amigo: te felicitamos por haber dado á tu fe republicana hasta el último aliento de tu vida, hasta el último latido de tu corazón. Te felicitamos por haber sufrido, por haber muerto.

V. Hugo.

Leandro Valle es una de las figuras más prominentes de la revolución progresista.

Esa figura, que yace alumbrada por la luz de la historia, dice á la actual generación que surge la juventud en la tormenta revolucionaria, como el rayo que va á incendiar los escombros del pasado, para echar los cimientos del porvenir.

Valle apareció en la revuelta arena de nuestro anfiteatro guerrero bajo los estandartes de laReforma, cuando el clero era una potencia y parapetaba en sus ciudadelas á sus soldados para defender sus tesoros y prominencias.

Cuando para escándalo del siglo y vergüenza de la historia, nos encontrábamos como en la Edad Media, en plenofeudalismo,las escuadras invasoras arrojaban sobre la ciudad heroica sus primeras bombas en 1847, y la capital se envolvía en las llamas de la guerra civil, á la voz deReligión.

Valle combatía por primera vez al lado de los reformistas, arrebatado por ese espíritu gigante, que no le abandonó ni en los últimos instantes de su existencia.

Aquel niño cuya frente serena se ostentó en esos días á la luz resplandeciente de los cañones, se dejó ver en el combate con el extranjero, en cuyo estadio se trazaban los preliminares de una carrera de gloria y de heroicidad.

La fortuna negó á nuestras armas la victoria, pero fué impotente para borrar las hazañas de nuestros héroes; se veneran aún en aquellos campos de recuerdos patrióticos las cenizas sagradas de nuestros mártires.

¡Gloria á vosotros, que llevasteis vuestra sangre como una ofrenda á los altares de la patria!

¡Gloria á vosotros, que rindiendo un homenaje al patriotismo, caísteis en la arena lanzando vuestro último grito como un saludo eterno á la libertad!

¡Gloria á vosotros, que sobrevivís á esos días de prueba y arrastrais una existencia de olvido; vosotros sois los templos vivos de nuestras memorias, la tradición palpitante de las batallas; cada vez que las descargas anuncianque uno de vosotros baja al sepulcro, nos parece que se arranca una hoja de ese libro histórico de nuestras glorias!

Cuando una sociedad encalla, se necesitan los choques de la revolución para sacarla de los arrecifes.

El torrente irresistible del siglo destruye y crea al mismo tiempo; por eso vemos al mundo antiguo desaparecer con sus tradiciones, con sus hombres, con su filosofía y si invocamos como un derecho las creencias de nuestros padres, no recordamos las de nuestros mayores.

La independencia de las naciones no trae siempre consigo la idea de la libertad.

México, independiente, cayó bajo el poder del clero, y la sociedad yacía esclava de las prácticas religiosas en su orden político y su construcción administrativa.

Acabó launciónde los reyes; pero el presidente iba á consagrar su cabeza bajo el palio y á arrodillarse en los mármoles de la catedral, y á inclinar la frente agobiada, al resonar en las bóvedas el canto de los Salmos.

El poder civil desaparecía ante la potestad canónica, ante esa vara mágica que abre á su contacto las puertas del cielo y las del abismo.

Desde las aldeas hasta las ciudades, ostentaban,templos y monasterios, sitios de tormento para las vírgenes, foco de pereza y de histérico para los cenobitas, rompiendo de continuo losvotosesas cadenas que el ascetismo de los siglos medios ha querido imponer á la naturaleza.

Avasallada la sociedad por el sentimiento religioso, subyugada por el fanatismo y ultrajada por una soldadesca inmoral y desenfrenada, sintió la necesidad del sacudimiento; la prolongación del letargo podía llegar hasta la muerte.

Brotó la idea de la Reforma como una fosforescencia de su cerebro; la idea necesitaba armarse, combatir, triunfar.

Los que habían puesto el dogma de laintoleranciaen las cartas políticas, no eran seguramente los hombres de la revolución.

Los que habían combatido al lado del estandarte dela fe, pertenecían al pasado. No quedaba sino la nueva generación para realizar el pensamiento reformador de la sociedad.

Pero la juventud necesitaba una guía en el terreno práctico de sus aspiraciones patrióticas.

Hidalgo había dado el grito de libertad cuando su cabeza estaba cubierta con el hielo de la vejez; era necesario buscar para laReformaotra organización privilegiada que no cediera á los embates de la revolución, que se presentaría terrible como nunca.

Un antiguo caudillo de la libertad daría con su voz autorizada el prestigio de la revolución. En el mapa de nuestros recuerdos se encuentra señalado con una estrella roja el pueblo deAyutla, punto de la erupción cuya lava debía extenderse sobre los campos todos de la República.

No seguiremos en esta vez la marcha trabajosa de esa revolución hasta su triunfo definitivo, porque vamos en pos de la huella de un hombre, objeto de nuestro artículo.

El gobierno democrático quedó instalado, y la idea de laReformaaceptada como una conquista del siglo y de la civilización.

El gigante se sintió herido; alzóse terrible en sus convulsiones; rota su armadura, aun podía empuñar la clava y provocar una reacción momentánea; pero qué diría de sus esfuerzos sobrehumanos antes de declararse vencido y humillado ante sus adversarios.

El motín, la conspiración tenebrosa, la tribuna eclesiástica, la cátedra, todo, todo se puso en juego para falsear los principios victoriosos.

El 11 de Enero de 1858, la reacción tornó á enseñorearse de la capital, comunicando su movimiento á los puntos más distantes de la República.

Juárez, después de una marcha trabajosa y de vicisitudes por el interior del país, se embarcó en el Manzanillo, y atravesando elistmo de Panamá, entró sereno, como la barca que le conducía, á las aguas del Golfo, y estableció su gobierno en Veracruz hasta el triunfo definitivo de la idea progresista.

La revolución tronaba como la tempestad en el cielo de la República.

Se alzaron cien patíbulos, corrió la sangre, se consumaron venganzas inauditas, el clero se arrancó la máscara, y se entró en la lucha más terrible que registran nuestros anales.

Volvamos á nuestra individualidad. Leandro Valle quedó fiel á su bandera, quemó sus últimos cartuchos en las calles de la capital, y marchó después á unirse con el ejército al interior de la República.

La reacción había tenido un éxito inesperado, el ejército del clero ganaba batallas por doquiera, y cosechaba triunfos, de los cuales él mismo se sorprendía.

Estrechos son los márgenes de este artículo para narrar las vicisitudes de los demócratas y sus grandes sacrificios por la causa de la libertad.

Aparecía un hombre empujado por el huracán revolucionario, se hacía célebre por su heroicidad, y desaparecía después en una oleada de muerte y de exterminio.

De esa peregrinación de combates queda una estela de sangre, como una marca de fuego, sobre los campos y las montañas.

El terrible sitio de Guadalajara y las jornadas de Silao y Calpulalpam anunciaron al mundo de lareacción, que había muerto para siempre, hundiéndose en el pasado con el anatema de los buenos.

Valle venía en ese ejército victorioso, de cuartel-maestre, distinguiéndose por su arrojo y pericia militar. El 25 de Diciembre de 1860 el ejército liberal ocupó la plaza de México, y los prohombres del partido clerical huyeron despavoridos, unos al extranjero y otros á las encrucijadas, donde se hicieron á poco de los restos desmoralizados de su ejército, entregándose al pillaje desenfrenado y á las escenas de sangre más repugnantes.

Juárez estaba de regreso en su palacio presidencial, como el pensamiento de la revolución triunfante.

Convocóse desde luego la Asamblea Nacional, y el nombre de Valle surgió en las candidaturas populares, y el joven caudillo tomó asiento en los escaños de la Cámara.

Arrebatado por su carácter fogoso, fué uno de los que propusieron la Convención, cuya idea no pudo llevarse hasta su término. Valle se había colocado entre los exaltados, y votaba los proyectos de reforma más avanzados en nuestra política.

En aquellos días de efervescencia, cuando las pasiones estaban desbordadas, se supo en la capital que D. Melchor Ocampo, uno de los hombres más prominentes de nuestro país, había sido asesinado alevosa é impíamente por la reacción acaudillada por Márquez, ese miserable que está fuera de la compasión humana, entregado al desprecio y vilipendio del mundo entero.

El pueblo se sintió herido por aquel rudo golpe, y se lanzó á la cárcel de reos políticos, en busca de víctimas: entonces Leandro Valle se apresuró á contener el desórden, habló al pueblo en nombre de su honra sin mancha, de la gran conquista que acababa de alcanzar en su gran revolución de reforma, y de su porvenir.

La tempestad se calmó; pero de aquellas olas inquietas todavía se desprendió una voz fatídica como la de un agorero:Cuando el general Valle caiga en poder de los reaccionarios, no le perdonarán.

Hay palabras que las inspira la fatalidad y las realiza el destino.

El general D. Santos Degollado, de cuya biografía vamos á ocuparnos próximamente en la galería delLibro Rojo, pidió ir en busca de los asesinos de Ocampo. Desgraciadamente una mala combinación militar le hizo caer en poder de sus enemigos, que derramaron aquella sangre que dejó ungida la tierra.

El Gobierno dispuso que Leandro Valle saliera en persecución de los asesinos.

Hay detalles que recargan las sombras tenebrosas de un drama.

Valle estaba en la fuerza de la juventud, en esa alborada de la vida en que la luz de la fantasía extiende pabellones de fuego en nuestro cerebro y envuelve el corazón en una densa nube de aromas: cloroformo que nos hace soñar en el encanto engañador de la existencia, y horas de amor en que el ángel de la dicha llama á las puertas del corazón y trasporta el alma al mundo bellísimo de las esperanzas!......

Valle amaba por la primera vez; su corazón, que parecía encallecido entre el rumor de las batallas y los trabajos del campamento, rindió su homenaje á la hermosura, palpitó lleno de cariño, y evocó los genios de la felicidad y del porvenir!...... Sarcasmo ruin de la existencia!...... Aquella alma virgen y llena de ilusiones, estaba ya en los dinteles de otra vida!......

Valle debía salir á la mañana siguiente.... á los desfiladeros de las Cruces, donde el enemigo le esperaba.

Al joven general, que acababa de asistir á combates de primer orden, le parecía de pocaimportancia aquella expedición; así es que se entregaba al esplendor de una fiesta en medio de sus ilusiones de amor y la efusión simpática de sus amistades.

Valle ofrecía á los pies de su prometida, traer un nuevo laurel de victoria, cosechar un nuevo triunfo, manifestarse héroe al influjo santo de aquella pasión.

Resonaba la música poblando de armonía aquella atmósfera de perfumes; las flores exhalaban su esencia, como el corazón sus suspiros y el hervidor champagne apagaba sus blanquísimas olas en los labios encendidos de la belleza!...... Ilusiones, amores, esperanzas; velas flotantes en la barca de la vida!

En medio de aquel mundo de ensueños, resonó una palabra que es de tristeza en todas circunstancias...... Adiós!

Frase misteriosa, exhalación pavorosa del alma, voz de agonía, acento desgarrador que anuncia la separación, parecido al choque de una ola que se aleja en el mar para no volver nunca!.......... Ay! ¡cuántas olas han desaparecido en ese mar siniestramente sereno de la existencia, dejándonos la huella imborrable de los recuerdos!

Valle partió emocionado al campo de batalla; oyóse el rumor de las cajas, el paso de los batallones, el rodar de la artillería......... después, todo quedó en silencio!

Estamos en la mañana del 23 de Junio de 1861: las nubes se arrastran entre los pinares del Monte de las Cruces, y una lluvia menuda cae en el silencio misterioso de aquellos bosques.

Todo está desierto; por intervalos se escuchan los golpes del viento que agita las pesadas copas de los árboles y arrastra á gran distancia el grito de los pastores.

Ni un viajero cruza por aquellas soledades, reciente teatro de una catástrofe.

El huracán de la revolución tiene yermos aquellos campos.

Se ignora la altura del sol, porque las montañas están alumbradas por luz de crepúsculo.

Repentinamente aquel silencio se turba; grupos de guerrilleros comienzan á aparecer en todas direcciones, posesionándose de las montañas y desfiladeros, indicando el movimiento de una sorpresa.

Unos batallones se sitúan en la hondonada de un pequeño valle, en actitud de espera.

Pasan dos horas de espectativa, cuando se dejan ver las primeras avanzadas de una tropa regularizada; se oyen los primeros disparos, y comienza á empeñarse un combate parcial; los soldados de Valle se extienden porlas laderas, desalojando á los reaccionarios, y con el grueso de sus tropas hace un empuje sobre las del llano, que resisten á pie firme algunos minutos y comienzan después á desordenarse.

Los guerrilleros de la montaña pierden terreno y se replegan á su campo.

Valle debía obrar en combinación con las fuerzas del general Arteaga que se le reunirían en aquel campo; pero alentado con el éxito de su primer movimiento, cree alcanzar, sin auxilio, una fácil victoria, y se lanza con arrojo sobre el enemigo que huye en desórden.

Una coincidencia fatal viene á arrebatarle su conquista.

Márquez llega al campo enemigo accidentalmente, con fuerzas superiores á las de Valle, le sorprende en ese desórden que trae consigo la victoria, y alcanza á derrotarle completamente.

Valle hace esfuerzos inauditos de valor; sus oficiales le quieren arrancar del campo; pero él prefiere la muerte, á presentarse prófugo y derrotado en una ciudad que le aguardaba victorioso.

El joven general cae prisionero después de disparar el último tiro de su pistola.

El tigre de Tacubaya, la hiena insaciable de sangre, tiene una víctima más entre sus garras y no la dejará escapar.

Está en su poder el soldado á cuyo frentehabía retrocedido tantas veces, el que le había humillado en los campos de batalla...... su sentencia era irremisible! Valle comprendió desde luego la suerte que se le reservaba, y escuchó con serenidad su sentencia de muerte.

Márquez quizo humillar en su horrible venganza al joven general, mandando que se le fusilase por la espalda como átraidor.

Entre aquella turba de miserables asesinos, no hubo una voz amiga que se alzara en favor del soldado que había perdonado cien veces la vida de los prisioneros, y evitado en la capital que la cólera del pueblo consumase una represalia en personajes de valía entre los reaccionarios.

El vaticinio popular se cumplía: «Caerá en poder de sus enemigos, y no le perdonarán.»

Cerraba la noche de aquel día aciago, cuando Valle fué conducido al lugar de la ejecución.

De pie, reclinó su frente sobre la tosca corteza de un árbol, se apoyó en sus brazos y esperó resuelto el golpe de la muerte.

Oyóse una descarga cuyos ecos repercutieron en el fondo de las montañas, y al disiparse el humo de la descarga, se vió en el suelo al general Valle tendido en un lago de su propia sangre, agitándose en las últimas convulsiones.

** *

El rencor de los hombres tiene por límite la muerte; pero hay seres que en mal hora han venido al mundo para deshonra de la humanidad. Aquel cadáver, mutilado por el plomo, provocaba aún las iras de su asesino; no le bastaba la sangre, no; aquello era poco á la venganza; le faltaba la ostentación del crimen, el alarde de la impiedad!

Aquel cadáver fué colgado á un árbol que han desgajado ya los huracanes, como el pregón, no del delito de Valle, sino de la infamia de sus verdugos.

Desde aquel leño ensangrentado pedía el cadáver justicia á Dios, cuya sombra se alza terrible delante de los malvados, como la amenaza del cielo en sus horas de inexorable justicia!

El cadáver de Leandro Valle fué recibido en la capital con pompa fúnebre, y se le tributaron los honores de los héroes.

Sus restos mortales descansan en el panteón de San Fernando, al lado de las cenizas venerandas de los mártires de la Libertad y de la Reforma.

Juan A. Mateos.

Hay seres á quienes el destino manifiesto, lanza en el mundo pavoroso de la adversidad, como relámpagos desprendidos de una nube de tormenta, para alumbrar el caos y quedar perdidos en los pliegues gigantes de la tiniebla.

Seres revestidos de una alta misión, apóstoles de una idea sobre el ancho camino de los mártires, glorificadores del pensamiento, honra de un siglo y veneración de la humanidad.

Ante esos seres del privilegio histórico, es necesario descubrirse la frente, como á la vista de un monumento que señala una conquista civilizadora, ó la revindicación de un derecho hollado.

Hay una palabra que asume el destino entero de una época, ya se opere en la religión, en la política ó en la filosofía: se llamaReforma.

Cuando esa idea grandiosa encarna en un hombre, hace de él un mártir, á veces un héroe.

El mundo oye decir: «ese hombre es un reformador,» y su mirada se posa en la tribuna, y después en ese gólgota donde ha caído gota á gota la sangre redentora de la sociedad humana!

¡El cadalso! trípode magnífica levantada sobre los gigantes círculos de la tierra, donde la voz, en sus últimas entonaciones, adquiere el poder de resonar en los ámbitos del globo.

Diez y nueve siglos vienen las palabras del ajusticiado de Jerusalem disputándose las lenguas, reapareciendo con los idiomas nuevos, incrustándose en los monumentos, porque esas palabras cayeron al pie de la cruz en los momentos supremos de la agonía.

Y es que al extinguirse el aliento del hombre, comunica á la idea ese soplo vivificante de la inmortalidad.

Delante de las cenizas de un reformador venimos á pronunciar las palabras del contemporáneo, para que sean recogidas en son de ofrenda por los historiadores del porvenir.

No vamos á buscar en la cuna del pontífice de la democracia mexicana la voz del augurio, ni la constelación dominante en la hora de su advenimiento al mundo; porque esos misterios los encerramos todos en laideaque opera transformaciones tan gigantes.

La democracia no cree más que en una raza, en una sangre: la que corre al través de la humanidad entera.

Dios arrojó sobre el globo las inquietas aguas del Océano; en vano el orgullo de los hombros les ha impuesto un bautismo; son tan salobres las ondas del mar Indico, como las del estrecho de Bering.

Sabemos que viene el hombre del sexto día del Génesis, y eso nos basta.

Negamos la profecía sobre el sér que despierta al aliento de la vida, como negamos la infalibilidad; porque sabemos que cederá á la influencia de su época en las transformaciones sociales.

Vemos al gladiador sobre la arena del anfiteatro sin preguntar si mecieron su cuna los vientos emponzoñados del Ganges, ó las brisas del Nuevo Mundo.

La filosofía no abre las hojas del pasado, sino para estudiar el fenómeno.

Hay tanta obscuridad en derredor nuestro, que apenas podemos determinar algo sin auxilio de otro misterio. Ver salir á un hombre á la vida social, apoderarse de una idea, convertirse en campeón, luchar, sufrir, sacrificarse y vencer al fin, con sólo el esfuerzo de su voluntad indomable, con sólo el magnetismo de la palabra, es más de lo que puede hacer el resto de los hombres; esto se consigna, se palpa, pero no se comprende.

Sale del humilde pueblo Nazaret un inspirado, se hace oír en la tribuna, desciende á las márgenes del Galilea, inquieta á la sociedad pagana, funda una doctrina, sube con serenidad las rocas del Calvario, acepta por completo su misión de mártir, y el mundo antiguo sobrevive apenas á la agonía del Crucificado. El catolicismo se apodera del mundo moderno y le encadena; ya no son los cristianos los que entran en el circo; de víctimas se tornan en verdugos que arrojan al fuego á sus enemigos. Entonces se levanta de la humilde celda de un convento de la Alemania la voz terrible de Martín Lutero, iniciando la reforma religiosa y la idea protestante; señala ya al siglo XIX como el crepúsculo del catolicismo.—Decididamente Martín Lutero vale tanto como Mahoma y Sakia-Muni.

Estos grandes movimientos religiosos coinciden con los cambios políticos, porque la idea civil y religiosa se tocan en la práctica de las sociedades.

No entraremos en esas apreciaciones históricas y filosóficas, porque es otro el objeto de nuestro artículo.

Don Santos Degollado fué el Moisés de la revolución progresista; murió señalando latierra prometida, al pueblo á quien había guiadoen el desierto ensangrentado de los combates.

Salió de las obscuras sombras de una catedral, donde la curia eclesiástica le veneraba como á uno de los servidores más leales de la iglesia; seguramente aquella soledad despertó en su cerebro la idea de la reforma, vió al pueblo encadenado á los hierros de la tiranía, y pesando sobre la frente de la sociedad la mano inexorable del clero. Le pareció ese abatimiento la abyección deshonrosa de una nación, el envilecimiento del sér humano, y el síntoma precursor del desaparecimiento en la absorción conquistadora.

Sintióse humillado en su calidad de hombre y de ciudadano, operóse en su alma una metamórfosis heroica, arrojó de sí la pluma, empuñó la espada y sentenció en el alto juicio de su patriotismo las ideas condensadas durante medio siglo en el cielo de la sociedad.

La Iglesia le cerró sus puertas como á unrelapso; entonó los salmos Penitenciales al condenado, le excomulgó á su vez, diciéndole anatemas y borrándole de los registros católicos.

Pero el pueblo formó valla á su paso, respondió á su voz que le llamaba al combate, y le aclamó el campeón de sus libertades.

Entonces se desarrolló á la vista del mundo entero un espectáculo magnífico. La juventudse apoderó de aquellos estandartes que debían llegar al último reducto acribillados por la metralla. Hubo una sucesión de combates sangrientos en que los ejércitos de la Reforma desaparecían en medio de los desastres más sangrientos; pero el bravo campeón parecía llevar en sus labios elfiatde la creación, porque sus filas aparecían como por encanto sobre los mismos campos de la derrota.

Luchaba contra la fatalidad; pero hay algo que está sobre el fatalismo: la constancia y la abnegación.

Aquel ejército, impulsado por el aliento sobrehumano del patriotismo, recorrió los campos escarbados de la República en una sucesión de duelos y de batallas que registran las páginas más terribles de nuestra historia.

El 11 de Abril de 1859 las huestes se presentaron al frente de la capital después de sostener en su tránsito tres combates formidables. Don Santos Degollado creyó dar un golpe de mano tomando por asalto la ciudad; pero Dios no había señalado aún el término de aquella lucha.

Mientras una parte del ejército republicano conquistaba el laurel de la victoria á bordo de la «Saratoga» en las aguas de Antón Lizardo, y rechazaba á los reaccionarios desde los muros de la Ciudad Heroica, una nuevacatástrofe tuvo lugar en las lomas de Tacubaya.

El ejército de Degollado se retiraba después de un combate sangriento, dejando en poder de los soldados del clero un grupo de jóvenes que no quisieron separarse del campo, unos por asistir á la batalla hasta el último trance, y otros por estar en calidad de médicos, prestando auxilios á los desgraciados que yacían en la arena, víctimas del plomo.

Dice la sombría historia de aquella noche memorable, que los prisioneros fueron ejecutados en medio de una saturnal espantosa de sangre y de venganza.

El autor de la hecatombe yace proscripto y con la maldición de Dios vibrando sobre su frente, perseguido de los espectros de las víctimas que no le han abandonado desde entonces, ni en las apartadas regiones europeas, ni en su peregrinación á la Tierra Santa, ni en su ostracismo en los hielos del Norte[2].

Esas augustas sombras presenciarán la trabajosa agonía del malvado, tomarán asiento sobre la piedra de su sepultura, y permanecerán allí serenas, inmóviles, impasibles, hasta que el soplo de Dios pase sobre esos huesos maldecidos, y los mártires pidan justicia en la hora solemne de la resurrección!

La época del obscurantismo entraba en agonía; su causa estaba sentenciada, pero le daba aliento la sangre, como si refrescase los labios de un moribundo. Las huestes de la Reforma sitiaban las ciudades, se apoderaban de los puertos en el Pacífico y el Atlántico, y atravesaban el centro del país reconquistando las plazas en son de guerra.

La revolución moral estaba efectuada. D. Santos Degollado era el héroe de aquel gran movimiento; tenía por soldado á Zaragoza.

El reducto inexpugnable de la reacción acababa de capitular ante las armas republicanas. Guadalajara estaba recuperada.

No queremos recordar la combinación política que motivó la separación del general Degollado de la dirección de un ejército levantado por él, y por él llevado á los campos de victoria. El insigne patriota rindió un homenaje á la autoridad constitucional, y bajó en silencio de su alto puesto, sin pronunciar una palabra, sometiéndose á las eventualidades de un proceso.

Le faltaba la última decepción para llenar la vida de un héroe. En cuanto á su muerte, el destino se ocuparía de realizarla.

Desde aquel momento su estrella se empañó en el cielo del oráculo, y comenzó á resbalar sobre la huella que termina en el desastre.

Solo, pobre y abandonado, sin más compañía que aquella espada que le había acompañado durante tantos años de vicisitudes, partió del campo de la ingratitud con la faz serena, pero con el corazón hecho pedazos.

Aquel hombre extraordinario tenía un consuelo: la religión; era como Morelos: se persignaba y decía oraciones momentos antes de la batalla.

Se le vió atravesar por los pueblos que respetaban el grande infortunio, viendo aquella figura histórica como el paso del alma de la revolución, que iba peregrinante por el suelo de los combates.

Unióse á la división Berriozábal que venía de triunfo del Puente de Calderón, y tomó hospedaje en la ciudad de Toluca.

La reacción no se dejaría arrebatar el poder sino hasta el último momento; así es que haciendo un esfuerzo supremo, organizó sus fuerzas y cayó sobre aquella división avanzada, dándole una sorpresa.

El general Degollado fué hecho prisionero y conducido como un trofeo entre los estandartes de la reacción.

El pueblo se agolpó á su tránsito, deseaba conocer á aquel hombre que había llenado las páginas de cuatro años con sus milagros y sus hazañas.

El ilustre prisionero aceptó por completo su destino; sabía que el genio de la vicisitud batíalas alas sobre su existencia, y estaba resignado.

La victoria de Calpulálpan vino á decidir el triunfo completo de la idea reformista; sobre aquella arena quedó vencida para siempre la reacción. Un monumento sería en aquel lugar histórico el sarcófago de la sociedad antigua.

El ejército de la reforma clavó sus estandartes vencedores en la capital de la República, el día 25 de Diciembre del año memorable de 1860.

Las puertas del calabozo que guardaban á Don Santos Degollado se abrieron, y aquel mártir de la fe republicana se refugió en un silencio heroico, sacando su barca del mar borrascoso de las agitaciones políticas.

Un golpe inesperado vino á herirle cuando yacía en el silencio de su hogar. Las hordas salvajes de la reacción, esos grupos de miserables asesinos, marea infecta en el lago obscuro de los motines, perpetraban el más cobarde de los asesinatos en la persona ilustre de Don Melchor Ocampo, en el hombre del pensamiento, en el salvador de la idea, en el cerebro de la revolución reformista.

Los restos ensangrentados del mártir de Tepeji, colgados á un árbol del camino, yagitándose al soplo del viento, eran desde el suplicio el pregón de la infamia de sus verdugos, el ejemplo palpitante, la enseñanza heroica á las generaciones del porvenir.

La sociedad entera se estremeció ante ese drama pavoroso. La hiena de Tacubaya, ese miserable, hecho del barro de Troppman, y animado por el soplo del crimen, era el autor de ese atentado, que rechaza con indignación la severidad humana.

El pueblo se agolpó á las galerías de la Cámara, buscando un eco bajo aquellas bóvedas, y se encontró con un espectáculo que no esperaba, y que se registra en la sesión del 4 de Junio de 1861.

En medio de la terrible fermentación de los ánimos, cuando todas las voces se convertían en un alarido de venganza, se vió aparecer sobre la tribuna á un hombre de aspecto siniestramente sereno, dejando ver, no obstante, las señales marcadas del dolor sobre su rostro.

El aparecimiento repentino de aquella figura solemne aplacó la tempestad desencadenada; entonces se dejó oír el acento patriótico, que había resonado tantas veces en los campos de batalla y la tribuna revolucionaria: era la voz de Don Santos Degollado, que vibraba con una entonación lúgubre, demandando de sus jueces el permiso para vengar la sangre del patriarca de la democracia.Ave, Cæsar, moriture te salutant!

El 15 de Junio, ese año histórico de 1861, el general Degollado presentaba batalla á la reacción en el monte de las Cruces.

El enemigo le tendió un lazo horrible, aparentó retroceder é hizo caer en una emboscada á los soldados republicanos. En medio del desórden que sigue siempre á una sorpresa, el general quiso reconquistar lo perdido y llamó con su voz de trueno á sus huestes, que se perdían entre los pinares y rocas de la montaña.

Aquella voz atrajo la atención del enemigo, que se precipitó sobre el general, á quien el caballo le faltó en los momentos supremos, rodando sobre las piedras.—Pocos momentos después, la reacción llevaba en triunfo el cadáver de Don Santos Degollado, horriblemente mutilado y como un despojo de la batalla.

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¡Descansa en paz, sublime mártir de la libertad republicana! Los pendones enlutados de la patria sombrearán tu sepulcro en son de duelo, y el libro de la historia guardará tu nombre en esa página reservada á los mártires y á los héroes!

Juan A. Mateos.

El huracán sombrío de las revoluciones arrastra á su paso los despojos de las sociedades, desquiciándolas y hundiéndolas en un abismo, tumba abierta al extravío humano!

El libro ensangrentado de nuestra historia es uno de aquellos monumentos terribles donde se ve la expiación y el castigo que deja caer la mano vengadora de Dios, sobre los pueblos á quienes azota la guerra fratricida.

Medio siglo de combates, de duelos, de asesinatos, han sembrado de tumbas el territorio de la República, y es, que al descarrilarse nuestra sociedad de la vía tenebrosa de la conquista, ha llevado en su paso á dos generaciones con el tren inmenso de sus costumbres, de su superstición y de sus creencias.

La Reforma ha pasado, como en todos los pueblos, sobre un campo de muerte; porquelas sociedades antiguas se hunden en medio de la catástrofe.

Reaparece la sociedad moderna bajo la luz de la civilización y de la nueva idea, y sentada sobre los escombros ensangrentados, pasea su mirada en torno, y entonces la historia se escribe, y el gran libro de la experiencia llena sus páginas con el relato de los desastres.

Registramos hoy en las hojas delLibro Rojola hecatombe más pavorosa que llenó de indignación al mundo civilizado, y determinó la caída de la usurpación armada.

He aquí el relato de ese hecho que pasa ya entre los romances populares con todas sus sombras é invencible horror.

La hora había sonado para las antiguas preocupaciones; el poder del clero se hundía alDies iræde la revolución en los avances del siglo, y los últimossoldados de la feluchaban desesperados en nombre de una causa sentenciada en el tribunal augusto de la civilización.

El pueblo combatía bajo los pendones del progreso, y oponía su sangre como en los días primeros de su emancipación, á los golpes postreros de sus enemigos.

El patriarca de la Libertad que como el mito de la religión pagana convertía las piedras en hombres, levantando ejércitos con sólo el esfuerzo de su aliento y la fe de suconstancia, acercó atrevido sus trágicos estandartes á la capital de la República, clavando su bandera sobre ese cerro histórico de Chapultepec, como un cartel de desafío á sus adversarios.—Menguaba el astro de aquel hombre sublime, mientras ascendía en el cielo de la patria el sol de sus libertades. La historia señalaba el 11 de Abril de 1859 como una fecha siniestramente memorable para la República.

Libróse una batalla sangrienta en que las huestes del pueblo quedaron derrotadas sobre aquel campo. Hasta ahí, nada presentaba de particular el lance de guerra, sino la heroicidad de los vencidos.

Abrimos un paréntesis para dar lugar al relato escrito en la misma noche del 11 de Abril, y bajo las impresiones dolorosas de aquel suceso.

** *

El 11 de Abril de 1859 trabóse una batalla en las lomas de Tacubaya, y el general Degollado resolvió emprender una retirada, señalando una corta sección que resistiera el empuje de los soldados de la guarnición de México. Esta sección combatió con valor hasta agotar sus municiones; la villa fué invadida, el palacio arzobispal ocupado por los soldados de la reacción, que viendo vencidos ásus enemigos les hicieron fuego y los lancearon en todas partes, sin hacer distinción entre los heridos.

Algunos jefes y oficiales quedaron prisioneros al terminar la acción del 11. Los heridos no pudieron seguir la retirada, y quedaron en hospitales improvisados en el Arzobispado y en algunas casas particulares. Con ellos quedó el jefe del cuerpo médico-militar del ejército federal y tres de sus compañeros que creyeron inhumano y desleal abandonar á hombres cuyas vidas podrían salvar, cuyas dolencias podrían mitigar.

Un día antes de la acción se supo en México que eran muy pocos los profesores que venían en el ejército federal, y que esta escasez podía hacer mucho más funestos los resultados de una batalla. Esta noticia hizo que algunos jóvenes estudiantes formaran y llevaran á cabo el noble proyecto de ir á Tacubaya á ayudar gratuitamente á los facultativos y á cuidar y operar á los heridos de los dos ejércitos.

Terminada la acción, varios vecinos recorrían el teatro de la batalla para informarse de lo ocurrido y auxiliar á los moribundos.

Otros jóvenes llegaban en aquel momento á la población, viniendo de tránsito para México á completar su educación.

La contienda había concluido; contienda entre compatriotas y hermanos, no quedabapara el vencedor más que el triste y piadoso deber de curar á los heridos, de sepultar á los muertos y endulzar la suerte de los prisioneros: esto habría hecho cualquier caudillo que hubiera tenido de su parte el derecho y la legitimidad. Pero pocas horas antes había llegado á México D. Miguel Miramón como primer disperso del ejército que anunció iba á tomar Veracruz y retrocedió espantado de los muros de aquella heroica ciudad, sin haberse atrevido á atacarla. Humillado, caído en el ridículo, prófugo, quiere vengar los desastres que debe á su impericia, y vuela á Tacubaya. El genio del mal, el demonio del exterminio y del asesinato, cayó sobre aquella población!

Durante el desorden de la ocupación de la villa, se oían tiros por todas partes. Unos huían, otros se defendían vendiendo caras sus vidas, otros sucumbían; pero, aunque desigual, había lucha todavía.

Miramón reune en San Diego á Márquez y Mejía; sabe allí los nombres de algunos de los prisioneros, y estos tres hombres reunidos en un claustro decretan la muerte de los vencidos y de cuantos se encuentren en su compañía. Estos tres hombres pronuncian el vae victis! de los tiempos más bárbaros. Varios jefes palidecen al recibir las órdenes de los asesinos; pero hay cobardes que se encargan gustosos de la ejecución de la matanza.

Los soldados caen sobre los heridos; penetran hasta los lechos que les ha preparado la caridad, y allí los acaban á lanzadas animados por la voz de Mejía.

Los médicos, pocas horas antes, habían dicho á un oficial que estaban prestando socorros urgentes á los heridos. El oficial les dijo que hacían muy bien en cumplir con su deber, y desde entonces los auxilios de la ciencia se impartieron por ellos, sin distinción, á liberales y reaccionarios.

Llegó la noche, y comenzó á cumplirse la orden de los jefes de asesinos.

En el jardín del Arzobispado sucumbió la primera víctima, elGeneral D. Marcial Lazcano, antiguo militar, que acababa de batirse con un valor admirable, y que al ser conducido al suplicio fué insultado por oficiales que habían sido sus subalternos y á quienes había corregido faltas de subordinación y disciplina. El general les dijo: «Hay cobardía y bajeza en insultar á un muerto.»

Inmediatamente corrieron la misma suerte

El joven D. José M. Arteaga,El capitán D. José López,El teniente D. Ignacio Sierra.

El joven D. José M. Arteaga,El capitán D. José López,El teniente D. Ignacio Sierra.

El joven D. José M. Arteaga,El capitán D. José López,El teniente D. Ignacio Sierra.

Los cuatro murieron con valor y fueron fusilados por la espalda; los cuatro animaron á sus verdugos diciéndoles que no temblaran al hacerles fuego.

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Los médicos oyeron los tiros, conocieron lo que pasaba y sin embargo seguían haciendo vendajes y practicando amputaciones. Hubo quien dijera á D. Manuel Sánchez que huyera, y él, mostrando un instrumento quirúrgico que tenía en la mano, y el enfermo á quien operaba, dijo: «No puedo abandonarlo.»

La soldadesca llega hasta las camas de los heridos, arranca á los médicos y á los estudiantes de las cabeceras de los pacientes, y un momento después caen acribillados de balas

D. Ildefonso Portugal,D. Gabriel Rivero,D. Manuel Sánchez,D. Juan Duval (súbdito inglés),D. Alberto Abad.

D. Ildefonso Portugal,D. Gabriel Rivero,D. Manuel Sánchez,D. Juan Duval (súbdito inglés),D. Alberto Abad.

D. Ildefonso Portugal,D. Gabriel Rivero,D. Manuel Sánchez,D. Juan Duval (súbdito inglés),D. Alberto Abad.

Portugal pertenecía á una de las familias más distinguidas de Morelia, era notable por su ciencia y por su filantropía, y era primo hermano de D. Severo Castillo, el llamado Ministro de Guerra de Miramón.

Rivero ejercía las funciones de jefe del cuerpo médico del ejército federal, y no quiso retirarse cuando salieron las tropas.

Sánchez fué el que permaneció al lado delos enfermos, aunque se le advirtió el peligro que corría.

Duval era un hombre estimado por su caridad, por la conciencia con que ejercía su profesión, y que jamás se había afiliado en nuestros bandos políticos.

Con estos hombres eminentes que así terminaron una carrera consagrada á la ciencia y á la humanidad, perecen los dos estudiantes


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