..................¿Y enmudeceaquella lengua que en el ancho forodefendió la verdad...........................(Navarrete.—Elegía en honordel Lic. Verdad.)
..................¿Y enmudeceaquella lengua que en el ancho forodefendió la verdad...........................(Navarrete.—Elegía en honordel Lic. Verdad.)
..................¿Y enmudeceaquella lengua que en el ancho forodefendió la verdad...........................
(Navarrete.—Elegía en honordel Lic. Verdad.)
El aliento de fuego de la revolución francesa había hecho brotar á Napoleón.
Pero si las revoluciones son como Saturno, que devoran á sus propios hijos, también es cierto que aquellas madres encuentran siempre un hijo que los sofoque entre sus brazos.
Llegó un tiempo en que Napoleón hizo desaparecer las grandes conquistas de la revolución: la República se tornó en imperio, el pueblo volvió á gemir bajo el despotismo, una nobleza improvisada, la nobleza del sable, vino á substituir á la aristocracia de la raza, y de allí de donde los pueblos esperaban el rayo de luz que alumbrara su camino, salieron torrentes de bayonetas que llevaron hasta Egipto la conquista y la desolación; Bonaparte se constituyó árbitro de la suertede las naciones: sin llevar en sus banderas más que orgullo, sacrificó millones de hombres á su ambición, la Francia perdió á sus hijos más valientes, su tesoro quedó exhausto, y un cometa de sangre se elevó sobre el horizonte de la política europea.
Los reyes temblaban ante el enojo del nuevo César, y palidecían cuando volvía el rostro hacia sus dominios.
Llegó por fin su turno á la España. Débil y cobarde Fernando VII, conspiró contra su mismo padre, é imploró como un favor inmenso la protección de Bonaparte.
Los franceses invadieron completamente la España, y de debilidad en debilidad Fernando, acabó por abdicar el trono de sus abuelos, y Napoleón colocó sobre él á su hermano José Bonaparte.
Pero el pueblo español, abandonado por su rey, traicionado por muchos de sus principales magnates, sorprendido casi en su sueño por los ejércitos franceses que habían penetrado hasta el corazón del país, merced á la ineptitud ó á la cobardía de sus gobernantes, comprendió que le habían vendido; el león que dormía lanzó un rugido; se estremeció y oyó sonar sus cadenas; entonces vino la insurrección.
Los jefes se improvisaban, brotaron soldados de las montañas y de las llanuras, una chispa se convirtió en incendio, el viento delpatriotismo sopló la hoguera, y la nación toda fué un campo de batalla.
Santo, divino espectáculo el de un pueblo que lucha por su independencia: cada hombre es un héroe, cada corazón es un santuario, cada combate es una epopeya, cada patíbulo un apoteosis.
Aquella historia es un poema, necesita un Homero; todos los hombres de corazón pueden comprenderla, sólo los ángeles podrían cantarla.
La sangre de los mártires fecundiza la tierra; el que muere por su patria es unescogidode la humanidad, su memoria es un faro, perece como hombre y vive como ejemplo.
La grandeza de una causa se mide por el número de sus mártires; sólo las causas nobles, grandes, santas, tienen mártires; las demás sólo cuentan con sacrificios vulgares, sólo presentan uno de tantos modos de perder la existencia.
España luchaba, luchaba como lucha un pueblo que comprende sus derechos, como lucha un pueblo patriota.
Los hombres salían al combate, las mujeres y los ancianos y los niños fabricaban el parque y cultivaban los campos.
El ejército francés era numeroso, bien disciplinado, tenía magnífico armamento, soberbia artillería, abundantes trenes, y además brillantes tradiciones de gloria.
Y sin embargo, las guerrillas españolas atacaban y vencían, porque el patriotismo hace milagros.
Entonces comenzó á organizarse la insurrección, y se formaron en España las juntas provinciales.
Las noticias de los acontecimientos de la metrópoli llegaron á la colonia, y los mexicanos, indignados, olvidaron por un momento su esclavitud para pensar en la suerte de España y en la injusta opresión de Bonaparte.
Hay momentos supremos para los pueblos generosos, en que el texto de su derecho internacional es el evangelio, y olvidando las reglas de la diplomacia y los sentimientos de conveniencia, sienten la gran confraternidad de las naciones, olvidan sus rencores, y brota colectivamente en las masas una especie de caridad, de pueblo á pueblo, de nación á nación.
El duque de Berg, Lugarteniente de Napoleón, comunicó sus órdenes al virrey de México que lo era entonces Don José de Iturrigaray, teniente general de los ejércitos españoles; pero el virrey no se atrevió á acatar aquellas órdenes ni á desobedecerlas abiertamente; quiso consultar, quiso saber si contabacon algún apoyo, y citó á la audiencia para tratar sobre esto con los oidores.
Reunióse en efecto el acuerdo. El virrey les hizo presente el motivo con que los había citado, y aquellos hombres palidecieron como si vieran á la muerte sobre sus cabezas, y apenas se atrevieron á dar su opinión.
Entonces el virrey tomó la palabra, y con un acento conmovido, protestó que antes perdería la existencia que obedecer las órdenes de un gobierno usurpador; que aun podía ponerse á la cabeza de un ejército, y combatir por la independencia y el honor de su patria. Los oidores se retiraron avergonzados y cabizbajos.
La Audiencia aborrecía al virrey y le hacía una guerra sorda, y sin embargo, en aquél momento le había tenido que contemplar con respeto.
Ellos eran el vulgo delante del héroe; sólo el patriotismo pudo haber dado al indigno Fernando VII, vasallos y capitanes como los que pelearon en España y los que gobernaron sus colonias.
La noticia de estas ocurrencias se difundió bien pronto por la ciudad, y el Ayuntamiento quiso también tomar y tomó parte en la cuestión.
En el año de 1701 la monarquía española cambió de dueño; el fanático Carlos II legó los extensos dominios que conquistaran y gobernaransus abuelos á la casa de Anjou, y Felipe V se sentó sobre el trono del vencedor de Francisco I.
Aquél cambio de dinastía se verificó sin que las colonias españolas de la América hubieran dado la menor muestra de disgusto; un rey al morir dejaba á un extraño pueblos y naciones por herencia, como un particular lega un rebaño ó una heredad, porque sus súbditos eran cosas; pero esto acontecía en 1701.
La abdicación de Fernando VII y la usurpación de Bonaparte se sabían en México en 1808, es decir, entrado ya el siglo XIX.
Los nietos conocían mejor sus derechos que los abuelos; México protestó contra la usurpación: México era colonia, por eso aborrecía las conquistas; los mexicanos eran víctimas, por eso detestaban á los verdugos.
Una tarde, el Ayuntamiento de México, en cuerpo, presidido de las masas de la ciudad, se presentó en palacio, las guardias batían marcha, la muchedumbre se agrupaba en derredor de los regidores, el virrey salió al encuentro de la corporación, y el alcalde puso en manos de Iturrigaray una representación.
En aquella representación el Ayuntamiento, á nombre de la colonia, pedía la formación de un gobierno provisional; el virrey la leyó con agrado y la pasó en consulta á la Audiencia.
El Ayuntamiento se retiró en medio de las ovaciones del pueblo, que tenía ya noticia de lo que acontecía.
Esto pasaba en el mes de Julio de 1808.
La Audiencia de México, compuesta en aquella época de hombres tímidos, intrigantes y que debían sin duda el puesto que ocupaban más al favoritismo que á sus propios méritos, no podía estar á la altura de su situación.
Los oidores, hombres vulgares que no pasaban de ser, cuando más, viejos abogados llenos de orgullo y obstinación, no pudieron comprender ni la lealtad del virrey, ni el arranque de generosidad del Ayuntamiento de México, ni el esfuerzo patriótico de los españoles.
La medida propuesta por los regidores pareció, pues, al acuerdo muy avanzada, y vista á la luz de ese miedo que las almas pequeñas llaman prudencia, mereció la desaprobación de todos los oidores.
En los momentos supremos de la crisis de un pueblo, fiar el consejo ó la ejecución de las grandes medidas á hombres de poco corazón ó de mediana inteligencia, es comprometer el éxito, buscar en la inercia el principiode actividad, pedir arrojo al que sólo piensa en precaución.
El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento chocaron con la Audiencia; el virrey quiso renunciar el gobierno, y lo renunció en efecto, proponiéndose pasar á España á prestar sus servicios; pero este paso fué desaprobado por sus amigos y por el Ayuntamiento, y no insistió más.
El 26 de Julio la barcaEsperanzatrajo la noticia de que toda la España se había levantado contra la dominación francesa, proclamando la independencia, y esta noticia se recibió en México como el más plausible de los acontecimientos.
Salvas de artillería, músicas, cohetes, repiques, paseos, todo anunciaba el gozo de la colonia, porque en México se aplaudía instintivamente el esfuerzo de un pueblo que buscaba su salvación, porque toda tiranía tiene siempre, tarde ó temprano, una reacción de libertad, porque aquella lucha era ya la alborada del día de la independencia de los mexicanos.
El Ayuntamiento instaba por la formación de un gobierno provisional, y el virrey, mirando la resistencia de los oidores, citó una gran junta, á la que debían concurrir la Audiencia, el Ayuntamiento, los inquisidores, el arzobispo, y en fin, todas las personas notables de la ciudad.
El 9 de Agosto se celebró por fin esta célebre sesión, á la que concurrió la Audiencia, no sin haber protestado antes secretamente, que sólo asistía para evitar disgustos con el virrey.
Iturrigaray presidía la reunión, y con tal carácter invitó al síndico del Ayuntamiento, Licenciado Don Francisco Primo Verdad y Ramos, para que usase de la palabra acerca del asunto para el que habían sido llamados.
Verdad era un abogado insigne en el foro mexicano, dotado de una gran elocuencia y de un extraordinario valor civil. Habló, habló, pero con todo el fuego de un republicano; habló de patria, de libertad, de independencia, y por último, proclamó allí mismo, delante del virrey y del arzobispo y de la Audiencia, y de los inquisidores, el dogma de la soberanía popular.
Aquella fué la primera vez que se escuchó, en reunión semejante, la voz de un mexicano llamando soberano al pueblo.
El escándalo que esto produjo fué espantoso, el inquisidor Don Bernardo del Prado y Ovejero no pudo contenerse, y se levantó anatematizando las ideas de Verdad; el arzobispo se declaró enfermo y pretendió retirarse.
El velo del templo se había roto, la luz había brotado por la primera vez en la colonia;después de tres siglos de obscuridad, la estátua se animaba, pero el suplicio debía seguir al reto audaz del nuevo Prometeo; los tiranos no perdonan nunca.
El único resultado aparente de la primera junta, fué jurar á Fernando VII como monarca legítimo de España é Indias.
Poco tiempo después, el 30 de Agosto, se presentaron en México el brigadier de marina Don Juan Jabat y el coronel Don Tomás de Jáuregui, hermano de la mujer del virrey, comisionados ambos por la junta de Sevilla, para exigir del virrey de México que reconociese la soberanía de esa junta y pusiese á su disposición el tesoro de la colonia.
Reunióse con este motivo una segunda junta, y allí los comisionados presentaron sus despachos y sus autorizaciones que se extendían hasta aprehender al virrey en caso de que se negase á obedecer.
Las discusiones fueron acaloradas, la sesión se prolongó por muchas horas, y por fin llegó á resolverse definitivamente que no se reconocía á la junta de Sevilla.
Llegaron pliegos de la junta de Oviedo, conteniendo la misma pretensión; volvió el virrey á citar otra junta, leyólos en ella y agregó, que España estaba en la más completaanarquía, y que su opinión era no obedecer á ninguna de aquellas juntas.
Siguióse aún otra junta, tan acalorada como las anteriores, y el virrey insistía siempre en renunciar, á lo que se oponía con tenacidad el Ayuntamiento, y sobre todos el Lic. Verdad.
En fin, Iturrigaray se decidió á formar en México una junta y un gobierno provisional, á imitación de los de España; llegaron á expedirse las circulares á los ayuntamientos, y la villa de Jalapa nombró sus dos comisionados que se presentaron en la capital.
Los oidores no estaban conformes con esa resolución; pretendían indudablemente deshacerse del virrey con el objeto de que la Audiencia entrase á gobernar, y como en aquellos días el rey no podía nombrar otro virrey en lugar de Iturrigaray, y las juntas españolas no eran reconocidas en México, el poder quedaría durante largo tiempo en manos de la Audiencia.
Los oidores Aguirre y Batani eran el alma de esta conjuración; casi todas las noches se reunían á conspirar los de la Audiencia y sus amigos; el fiscal Borbón adulaba al virrey en su presencia, y conspiraba con tanto ardor como los demás; Iturrigaray estaba sobre un volcán.
El Ayuntamiento era partidario del virrey, porque el virrey sostenía la buena causa; peroel Ayuntamiento de México no pudo ó no quiso apoyar á Iturrigaray, y se abandonó, sin conocer que en medio de las tinieblas conspiraba la Audiencia, y que el virrey debía arrastrar en su caída á los regidores.
Los comisionados de la junta de Sevilla trabajaban también contra el virrey; Jáuregui, á pesar de ser su cuñado, y Jabat porque era enemigo personal de Iturrigaray desde que éste vivía en España.
La suerte favoreció en su empresa á los conspiradores.
El odio de los oidores al virrey no conoció límites; habían jurado perderle, y lo cumplieron.
El 15 de Septiembre en la tarde salía Iturrigaray á paseo, y al bajar las escaleras de palacio, una mujer del pueblo se arrojó á sus pies.
—En nombre del cielo, lea V. E. ese papel—le dijo presentándole una carta.
—¿Qué pides, hija mía?—preguntóle bondadosamente el virrey.
—Nada para mí, sólo que V. E. lea con cuidado ese papel.
La mujer se levanto y se alejó precipitadamente. El virrey, pensativo, montó en su carroza.
Tenía Iturrigaray la costumbre de ir todas las tardes á pescar con caña en las albercas de Chapultepec; así es que apenas entró en su carroza, los caballos partieron en aquella dirección y el cochero no esperó orden ninguna.
Durante el camino, Iturrigaray leyó la carta que la mujer le había entregado; era la denuncia de una conspiración que debía estallar aquella noche.
El virrey sonrió con desdén, guardó la carta y no volvió á pensar más en ella.
Sin embargo, no era porque no creyese que conspiraban contra él, sino porque esperaba los regimientos de Jalapa, de Celaya y de Nueva-Galicia, con los cuales contaba para sofocar cualquiera rebelión.
Pero la Audiencia se había adelantado. Don Gabriel Yermo, rico hacendado, se prestó á servir á los oidores en su complot, é hizo venir de sus haciendas un gran número de sirvientes armados.
Con este auxilio, y contando con el jefe de la artillería Don Luis Granados, que tenía su cuartel en San Pedro y San Pablo, determinaron dar el golpe.
El día 15 de Septiembre de 1808 los conjurados fueron al palacio del arzobispo, y allí el prelado los exhortó y los bendijo para que salieran airosos del lance.
Arrojáronse entonces los conjurados sobrepalacio, que tomaron sin dificultad de ninguna especie, porque además de que contaban ya con el oficial de la guardia, habían, por más precaución, hecho entrar allí desde la tarde á ochenta artilleros.
Llegaron, pues, hasta la alcoba de Iturrigaray, que dormía tranquilamente y que despertó rodeado de sus enemigos, que le intimaron darse á prisión.
El virrey no opuso resistencia; los sublevados se apoderaron de su persona, lo hicieron entrar en un coche, en el que iban el alcalde de corte Don Juan Collado y el canónigo Don Francisco Jaravo, y le condujeron á la Inquisición, á donde quedó preso en las habitaciones mismas del inquisidor Prado y Ovejero.
La virreyna, en compañía de sus dos hijos pequeños, fué conducida al convento de San Bernardo, y los oidores, presididos por el arzobispo, se reunieron al día siguiente muy temprano para comenzar su feliz gobierno.
Así se consumó aquella revolución, que dió por resultado la prisión de Don José de Iturrigaray y de su familia, y el secuestro de todos sus papeles y bienes.
Los individuos que formaban entonces la Audiencia y que fueron los directores de la conspiración, eran:
Regente: Catani.—Oidores: Carvajal, Aguirre, Calderón, Mesia, Bataller, Villafaña,Mendieta.—Fiscales: Borbón, Zagarzurieta, Robledo.
La caída del virrey debía producir indudablemente la del Ayuntamiento, y así sucedió.
Casi al mismo tiempo que aprehendieron á Iturrigaray, redujeron á prisión al Lic. Verdad, al Lic. Azcárate, al abad de Guadalupe Don Francisco Cisneros, al mercedario Fr. Melchor de Talamantes, al Lic. Cristo y al canónigo Beristain.
Fr. Melchor de Talamantes fué conducido á San Juan de Ulúa, y allí en un calabozo espiró, habiendo sido tratado con tanta crueldad que hasta después de muerto se le quitaron los grillos. Azcárate estuvo á punto de morir envenenado.
Pero entre todos los presos ninguno tenía sobre sí el odio de la Audiencia como el Lic. Verdad.
Verdad se había atrevido á hablar de lasoberanía del pueblodelante de los oidores, de los inquisidores y del arzobispo, y este era un crimen imperdonable.
En efecto, si se consideran las circunstancias en que esto aconteció, no puede menos de confesarse que Verdad, con un valor del que hay pocos ejemplos, lanzó el más tremendoreto á los partidarios delderecho divino, hablando por primera vez en México de la soberanía del pueblo: este sólo rasgo basta para inmortalizar á un hombre.
El Lic. Verdad fué encerrado en las cárceles del arzobispado, y una mañana, el día 4 de Octubre de 1808, se supo con espanto en México que había muerto.
¿Qué había pasado? nadie lo sabía; pero todos lo suponían, y Don Carlos María de Bustamante, en el suplemento que escribió á los «Tres siglos de México,» asegura que Verdad, amigo íntimo suyo, murió envenenado.
Bustamante refiere que él fué en la mañana del mismo día 4 y encontró á Verdad muerto en su lecho.
Pero indudablemente Bustamante se engañó: he aquí el fundamento que tengo para decir esto.
Cuando en virtud de las leves de Reforma el palacio del arzobispo pasó al dominio de la nación, de la parte del edificio que correspondía á las cárceles se hicieron casas particulares, una de las cuales es la que hoy habita como de su propiedad, uno de nuestros más distinguidos abogados, Don Joaquín María Alcalde.
El comedor de esta casa fué el calabozo en que murió Verdad, y cuando por primera vez se abrió al público, yo ví en uno de los muros el agujero de un gran clavo, y alderredorde él, un letrero que decía sobre poco más ó menos:
Este es el agujero del clavo en que fué ahorcado el Lic. Verdad.
Y todavía en ese mismo muro se descubrían las señales que hizo con los pies y con las uñas de las manos el desgraciado mártir, que luchaba con las ansias de la agonía.
Allí pasó en medio de la obscuridad una escena horriblemente misteriosa—el crimen se perpetró entre las sombras y el silencio.
Los verdugos callaron el secreto: Dios hizo que el tiempo viniese á descubrirle.
La historia encontró la huella de la verdad en unos renglones mal trazados, y en un muro que guardó las señales de las últimas convulsiones de la víctima.
Vicente Riva Palacio.
¿Quién era Hidalgo? ¿de dónde venía? ¿en dónde había nacido? ¿qué hizo hasta el año de 1810?
¿Qué nos importa? Quédese el estéril trabajo de averiguar todos esos pormenores al historiador ó al biógrafo que pretendan enlazar la vida de un heroe con ese vulgar tejido de las cosas comunes.
Hidalgo es una ráfaga de luz en nuestra historia, y la luz no tiene más origen que Dios.
El rayo, antes de estallar, es nada; pero de esa nada brotó también el mundo.
Hidalgo no tiene más que esta descripción: Hidalgo eraHidalgo.
Nació para el mundo y para la historia la noche del 15 de Septiembre de 1810.
Pero en esa noche nació también un pueblo.
El hombre y el pueblo fueron gemelos: no más que el hombre debía dar su sangre para conservar la vida del pueblo.
Y entonces el pueblo no preguntó al anciano sacerdote: ¿Quién eres? ¿de dónde vienes? ¿cuál es tu raza?
—«Sígueme»—gritó Hidalgo.
—«Guía»—contestó el pueblo.
El porvenir era negro como las sombras de la noche en un abismo.
Encendióse la antorcha, y su rojiza luz reflejó sobre un mar de bayonetas, y sobre ese mar de bayonetas flotaban el pendón de España y el estandarte del Santo Oficio.
Del otro lado estaba la libertad.
El hombre anciano y el pueblo niño no vacilaron.
Para atravesar aquel océano de peligros, al pueblo le bastaba tener fe y constancia; tarde ó temprano su triunfo era seguro.
El hombre necesitaba ser un héroe, casi un dios, su sacrificio era inevitable.
Sólo podía iniciar el pensamiento. En aquella empresa, la esperanza sólo era una temeridad.
Acometerla era el sublime suicidio del patriota.
El hombre que tal hizo merece tener altares—los griegos le hubieran colocado entre las constelaciones.
Por eso entre nosotros Hidalgo simboliza la gloria y la virtud.
La virtud ciñó su frente con la corona de plata de la vejez.
La gloria le rodeó con su aureola de oro.
Entonces la eternidad le recibió en sus brazos.
** *
Hay proyectos inmensos, que por más que el hombre los madure al fuego de la meditación, siempre brotan informes.
Porque una inteligencia, una voluntad, un sólo corazón, no pueden desarrollar ese pensamiento.
Porque el iniciador arroja nada más el germen que debe fecundarse y brotar y florecer en el cerebro y en el corazón de un pueblo entero.
Porque aquel germen debe convertirse en un árbol gigantesco que necesita para vivir de la savia que sólo una nación entera puede darle.
Estas son las revoluciones.
Germen que se desprende, con la palabra, de la inteligencia delescogido.
Arbol que cubre con sus ramas á cien generaciones, cuyas raíces están en el pasado, cuya fronda crece siempre con el porvenir.
** *
México había olvidado ya, que en un tiempo había sido nación independiente; los hijos oían á sus padres hablar del rey de España, como rey de los padres de sus padres.
El hábito de la obediencia era perfecto.
Dios había ungido á los reyes; ellos representaban al Altísimo sobre la tierra; elderecho divinoera la base de diamante del trono; para llegar á las puertas del cielo era preciso llevar el título de lealtad en el vasallaje; los reyes no eran hombres, eran el eslabón entre Dios y los pueblos; atentar contra los reyes, era atentar contra Dios, por eso la majestad era sagrada.
La obediencia era, pues, una parte de la religión.
Pero la religión no se circunscribía entonces al consejo y á la amenaza; no eran las penas de la vida futura ni los goces del cielo el premio ó el castigo del pecador, no; entonces la Iglesia dejaba que Dios juzgase y castigase más allá de la tumba, pero ella tenía sobre la tierra sus tribunales.
El Santo Oficio velaba por la religión, y la obediencia al rey era parte de la religión.
Leyes, costumbres, religión, todo estaba en favor de los reyes.
¿Cómo romper de un sólo golpe aquella muralla de acero?
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La historia de la Independencia de México puede representarse con tres grandes figuras.
Hidalgo, el héroe del arrojo y del valor.
Morelos, el genio militar y político.
Guerrero, el modelo de la constancia y la abnegación.
Quizá ningún hombre haya acometido una empresa más grande con menos elementos que Hidalgo.
¡Ser el primero! ¡ser el primero y en una empresa de tanta magnitud y de tanto peligro!
Cuando un hombre se reconcentra en sí mismo, y cuando medita en todo lo que quiere decir «ser el primero,» entonces es cuando comprende la suma de valor y de abnegación que han necesitado poseer los grandes «iniciadores» de las grandes ideas.
Entonces, al sentir ese desconsolante calosfrío del pavor, que nace, no más, ante la idea del peligro, entonces puede calcularse cuál sería este peligro, entonces se mide la grandeza del espíritu de los héroes.
Colón al pretender la unión de un nuevo mundo á la corona de España, tenía la fe de la ciencia y el apoyo de dos monarcas.—Hidalgo al querer la libertad de México, no contaba más que con la fe del patriotismo.
Colón buscó la gloria, Hidalgo el patíbulo; el uno fió su ventura á las encrespadas ondas de un mar desconocido; el otro se entregó á merced del proceloso mar, de un pueblo para él también desconocido.
Hidalgo comprendió que la religión fulminaría los rayos del anatema contra su empresa; que el rey lanzaría sobre él sus batallones; que los ricos y los nobles se unirían en su contra; que los plebeyos, espantados, escandalizados, ignorantes, huirían de él; que el confesonario se tornaría en oficina de policía; que el clero y la inquisición no dormirían un solo instante; que la calumnia tronaría contra él en las tribunas, en los púlpitos y en las cátedras; todo lo comprendió, y sin embargo, en un rincón de Guanajuato, en el pueblo de Dolores proclamó la independencia.
** *
Dolores es, en la geografía, una pequeña ciudad del Estado de Guanajuato.
Dolores, en la historia, es la cuna de un pueblo.
El pedernal de donde brotó la chispa que debía encender la hoguera.
La roca herida por la vara del justo, de donde nació el torrente que ahogó á la tiranía.
Al pisar por la primera vez un mexicano aquella tierra de santos recuerdos para la patria, siente latir con más violencia su corazón.
Al llegar frente á la modesta casa que ocupaba el patriarca de la independencia; al penetrar en aquellas habitaciones; al encontrarseen la estancia, que en solitarios paseos midió tantas veces el respetable anciano, se siente casi la necesidad de arrodillarse.
Instintivamente los hombres se descubren allí con veneración, y alzan el rostro como buscando el cielo, y las miradas se fijan en aquel techo, en cuyas humildes vigas tuvo mil veces clavados sus ojos el virtuoso sacerdote, mientras la idea de la esclavitud de su patria calcinaba su cerebro.
¡Cuántos días de congoja! ¡cuántas noches de insomnio! ¡cuántas horas de tribulación!
Aquellos muros guardaron el secreto del héroe, ahogaron los suspiros del hombre, se estremecieron con el grito del caudillo.
Aquella pobre casa, tan pequeña, podía contener en su recinto todo el ejército de Hidalgo en la noche del 15 de Septiembre de 1810. Y sin embargo, con sólo eso se iba á derribar un trono, á libertar un pueblo, á fundar una nación.
Hernán Cortés fué un gran capitán, porque con un puñado de valientes conquistó el imperio de Moctezuma.
Hidalgo, con un puñado también de valientes, proclamó la libertad de ese mismo imperio, por eso fué un héroe.
La superstición y la superioridad de las armas aseguraron el triunfo de Cortés.
El fanatismo y la superioridad de las armas anunciaron la derrota de Hidalgo.
Pero uno y otro triunfaron; Cortés plantó el pendón de Carlos V en el palacio de Moctezuma.
Hidalgo murió en la lucha, pero sus soldados arrancaron ese pendón, y México fué libre.
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Hidalgo pasó como un meteoro, y se hundió en la tumba, pero el fulgor que esparció en su rápida carrera, no se extinguió.—Unas cuantas fechas bastan para recordar esa historia cuyos pormenores viven en la memoria de todos.
Hidalgo proclamó la independencia el 15 de Septiembre, el 28 del mismo mes entró vencedor en Guanajuato. Triunfó en las Cruces el 29 de Octubre, y en Aculco el 7 de Noviembre.
El 30 de Julio de 1811 moría en Chihuahua en un patíbulo.
Para hablar de Hidalgo, para escribir su biografía, sería preciso escribir la historia de la independencia.
Débiles para tamaña carga, apenas podemos dedicarle un pequeño homenaje de admiración y gratitud, y creeríamos ofender su memoria, si para honrarle quisiéramos recordar, si fué buen rector de un colegio ó si introdujo el cultivo de la morera.
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Hidalgo es grande porque concibió un gran proyecto, porque acometió una empresa gigantesca, porque luchó contra el fanatismo religioso que apoyaba el supuesto derecho del rey de España, contra los hábitos coloniales arraigados con el transcurso de tres siglos, contra el poder de la metrópoli que podía poner millares de hombres sobre las armas.
Hidalgo es héroe porque comprendió que su empresa se realizaría, pero que él no vería nunca la tierra de promisión.
Hidalgo será siempre en nuestra historia una de las más hermosas figuras, y á medida que el tiempo nos vaya separando más y más de él, se irá destacando más luminosa sobre el cielo de nuestra patria, y para nosotros llegará un día un que su nombre sea una religión.
Vicente Riva Palacio.
Un día, hace ya algunos años, caminaba yo por las montañas. Era la estación de primavera; los campos habían vestido su verde ropaje, las florecillas asomaban tímidas sus corolas por las grietas de las rocas. Las unas eran rojas como el pudor de la mujer á los diez y seis años, las otras moradas como la tristeza que se apodera del corazón en cierta época fatal de la vida, las otras amarillas color de oro como la alegría de la juventud. ¿Habéis visto los pajarillos volar de una roca á otra, colgarse después de una rama, recoger, batiendo las alas, el alimento que Dios derrama en las praderas para sus lindas criaturas? ¿Habéis visto al insecto dorado besar amoroso á las flores y sacar su néctar y llevarse su pólen......? Todo era fiesta y regocijo en la naturaleza. El cielo azul, el campo con los ruidos misteriosos de la naturaleza, el viento arrojando la delicia y la voluptuosidad con sus frescas alas en medio de los rayosdel sol, las montañas unas tras otras, altas, azules, majestuosas, dejando ver en sus eternas cimas los pinos viejos y añosos y los cedros tiernos y verdes; grandes y solitarias alamedas plantadas por la mano de la naturaleza.........
Repentinamente cambió todo este paisaje, y el camino, por una angosta vereda, me condujo á una de esas mesas interminables de la Sierra Madre, donde la vegetación es mezquina, donde las rocas asoman sus calvas cabezas y donde las aves pasan rápidas en parvadas, porque su vista no descubre ni árboles ni flores. El calor era cada vez más fuerte, los rayos del sol de medio día reflejaban sobre las superficies blancas y producían una especie de vértigo que entraba por los ojos y se respiraba en la atmósfera abrasada. Ni un árbol, ni un animal, ni siquiera una choza en aquella inmensa soledad que se perdía en el horizonte tembloroso y lleno de vapores, que no alcanzaba á percibir la vista: era el verdadero desierto de la Syria.
¡Qué encanto! ¡qué sorpresa, qué sensación tan inesperada y tan agradable! El desierto desaparece repentinamente, se trasforma, se hunde á mis pies, y allá en una profundidad diviso una cosa maravillosa. Es un jardín, ydentro de ese jardín una ciudad con altas cúpulas resplandecientes, con casas encarnadas y blancas, con sus almenas feudales y sus balconerías, con calles como si fueran sembradas entre las peñas, y luego diviso los arroyos cristalinos que corren como cintas plateadas, siento la deliciosa humedad, sube hasta mi rostro el perfume de las flores, y se llenan mis pulmones de ese aire embalsamado y vivificante que emana de los mejores amigos del hombre, de los hermosos árboles que crió y cultiva con tanto primor la maravillosa mano del Grande y Excelso Jardinero del mundo.
Unos cuantos minutos más, y estoy ya dentro de San Miguel el Grande, dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos encarnados atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves ó con sus manojos de flores.
San Miguel el Grande es en el interior lo que es Jalapa en la costa del Golfo y lo que es Tepic en el mar del Sur. Ciudades que son al mismo tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo á la vez, y participan en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de la ciudad grande, otras de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y de la belleza de los jardines.
San Miguel, además de su posición, de su hermosura y de su clima, es todo él un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los sucesos de la Independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en los patíbulos de Chihuahua.
Allende fué el mosquetero de la revolución. Comenzó batiéndose con la espada y la pistola, y pocos días antes de morir todavía arrojó sus balas á la frente de los jefes españoles. Los historiadores que lo conocieron lo describen como un hombre alto, bien hecho, hermoso, fuerte, ágil en el manejo de las armas, guapo y airoso disparándose en su caballo contra los enemigos, resuelto y pronto en sus ataques, excelente militar para su época y hombre de previsión. No siempre se siguieron sus consejos y sus inspiraciones, y quizá por esto la guerra de Independencia no terminó en el primer período en que hizo el mismo empuje terrible que la pólvora que se prende encerrada en una mina.
La idea de la Independencia y de la Libertad aparece depositada en el cerebro de Allende mucho antes del año de 1810. ¿Fué el verdadero autor de la idea, ó el colaboradorde Hidalgo? Parece que lo primero es más probable; pero la gloria reflejó de una manera más intensa en el anciano de Dolores, mientras la muerte y la tumba fueron igualmente negras é inexorables para los dos.
Allende era hijo de ese pintoresco pueblo de San Miguel, de que he hablado, y su familia y su posición social, tan distinguidas que llegó á ser Capitán de dragones de la Reina. Sirvió en San Luis á las órdenes de Calleja, y después en el célebre cantón de las Villas.
En principios del año de 1810 ya se registran diversas historias y tradiciones que comprueban que Allende, en unión de otros oficiales de su cuerpo, habían pensado en la Independencia, y que de todo esto tenía conocimiento Hidalgo. La conjuración se descubre, el intendente Riaño, de Guanajuato, manda prender á todos los que según la denuncia estaban comprometidos; pero Allende intercepta por una rara casualidad la orden, manda ensillar sus caballos, y en medio de las sombras y saltando peñascos y barrancas, corre veloz como el viento, llega á las doce de la noche á Dolores, despierta á Hidalgo, hablan los dos un momento, se deciden á arrojarse á lo desconocido de las aventuras, á lo lúgubre y sangriento de la guerra; en una palabra, allí abren su sepulcro, labran su ataúd, al saludar á la libertad dicen adiósá la vida, se despiden de la bella naturaleza, y dan con cuatro ó cinco miserables del pueblo el tremendo é histórico grito de Dolores, el 16 de Septiembre de 1810. Hé aquí la Independencia, historia sencilla, rápida, magnífica, sorprendente, inesperada como todas las grandes cosas.
Comenzaron esta obra terrible media docena de hombres. Los mexicanos nunca han medido los acontecimientos, y una vez decididos, no han conocido tampoco ni la magnitud de las dificultades, ni han podido ya comprender ese triste fenómeno nervioso que se llama miedo. Se lanzan, se arrojan á una aventura, sin temor de estrellar su frente contra ese obstáculo de fierro que se llama lo imposible.
De Dolores marcharon Hidalgo y Allende á San Miguel el Grande. Lo primero que hicieron fué entrar á una iglesia y sacar el lábaro alderredor del cual había de reunirse el pueblo oprimido y desheredado. De San Miguel, la marcha fué á Celaya. Ya no eran seis los personajes, sino sesenta mil. En momentos habían aumentado en una progresión decimal asombrosa y nunca vista.
Hidalgo era el generalísimo. Allende era su segundo; pero estas distinciones poco importabanentre masas que no podían tener organización. Eran masas, instrumentos, fuerzas depositadas durante siglos, y empujadas por el huracán de la guerra. En vez de seguir á la capital esta avalancha humana, retrocedió y se dirigió á Guanajuato.
En el curso de este libro hemos referido historias bien trágicas; pero la primera cosa verdaderamente terrible que se vió en Nueva España, fué el choque del pueblo desbordado contra la autoridad secular. Es lo mismo en la naturaleza: el río rompe el dique, el mar traga á las playas, el huracán arrebata los árboles, el volcán hunde las ciudades bajo sus lavas. La revolución arrebata á la autoridad y la destroza. Las fuerzas todas de la naturaleza se parecen. El orden físico tiene una hermandad, una alianza con el orden moral.
Los seis hombres, multiplicados, centuplicados, fueron á romper con sus pedazos de miembros, con sus cabezas erizadas por la rabia, con su sangre derramada por mil heridas, las fuertes murallas del castillo de Granaditas, colocado como un gigante fabuloso, como un cancerbero, á la entrada de ese Guanajuato que encerraba tanta plata, tanto oro, tanta pedrería acumulada por la paz y arrancada á las entrañas de la tierra durante tres siglos.
En la peregrinación á que nos referimos alescribir este artículo, nuestros pasos fueron por todos los lugares donde había algún recuerdo. Recogidos dentro de nosotros mismos, un árbol, la casa de una hacienda, la barranca, la vereda ó la loma nos daban materia para pensar en todos aquellos acontecimientos trágicos y extraños que precedieron á nuestra existencia como nación independiente. Así, de rancho en hacienda, y de hacienda en pueblo llegamos á Guanajuato, y no volviendo de pronto la vista ni á las tahonas que molían el metal, ni á las minas profundas ni á los tejos de plata que caminaban á la Casa de Moneda, nos detuvimos delante del sangriento castillo de Granaditas. Con la historia en la mano y con muchos testigos á nuestro lado que nos contaban las cosas como si acabaran de pasar, escribimos entonces algunas líneas. No las podemos hoy ni variar ni escribir de otra manera. Las trasladamos aqui para que formen parte de esta gran colección, donde hemos resumido las misteriosas lecciones y las tristes enseñanzas de la suerte de los hombres y de los pueblos.
No olvidemos que estamos el 28 de Septiembre de 1810, delante de Guanajuato, en compañía de Hidalgo, de Allende, de Abasolo, Camargo, y de la multitud que seguía este movimiento terrible de la Independencia.
«Luego que cundió la noticia de la llegada del ejército insurgente, la conmoción fué grande; aquellas calles angostas y pendientes de Guanajuato se llenaron de gente que corría en todas direcciones, se atropellaban y preguntaban, temerosos cuál sería la suerte de la población. Muchos españoles que calcularon que las cosas no habían de pasar muy bien, tomaron su resolución definitiva, y recogiendo parte de sus intereses y poniendo en seguridad el resto, se marcharon de la ciudad por los caminos no ocupados por las tropas insurgentes. Esta emigración produjo una consternación difícil de pintar; pero fué forzoso que quedaran los que no tenían posibilidad de huir, ó los que demasiado entusiasmados por la causa del rey creían en la victoria.
Por entonces el conflicto hubiera sido mucho mayor, si un hombre, sobreponiéndose al peligro, y aun á sus opiniones privadas é íntimas, no hubiera, con su actividad y sangre fría, asegurado medianamente á la ciudad. Este era el intendente Riaño, y del cual es forzoso hablar dos palabras. Riaño era uno de esos tipos raros, donde por una feliz concurrencia de circunstancias están reunidas las cualidades más brillantes, tanto físicas comomorales. Hombre de instrucción, de experiencia y de buen juicio, comprendía perfectamente que los pueblos, como las familias, es forzoso que, trascurriendo un número dado de años más ó menos corto, se emancipen y formen otra sociedad. Esta reproducción continua, esta indispensable formación es la que ha creado las naciones y ha dividido el mundo en pequeñas porciones. Así, pues, en el fondo de su conciencia no sólo opinaba por la causa de la Independencia, sino que calculaba que una vez encendido el fuego, sólo se apagaría con los escombros y las ruinas del gobierno colonial; más español y caballero, y leal ante todo, como esos soldados casi fabulosos é increíbles que seguían á Gonzalo de Córdoba, en los momentos de peligro acalló la voz de su corazón, y no escuchando más que el grito del deber, que como primer funcionario público, le obligaba á defender al gobierno, se preparó á una obstinada resistencia, calculando que el resultado no podía ser otro sino sucumbir. Así sucedió: Riaño trazó el plan para fortificar el fuerte de Granaditas, sin pensar que erigía su sepulcro. Siempre es un dolor que el destino reserve un fin trágico á esos hombres que, cualquiera que sea su creencia política, son un modelo de honor y de virtudes. Mas volvamos á nuestra narración.
Riaño, con una actividad increíble, mandóabrir fosos en las calles, construir trincheras, animó á los moradores ya decaídos y abatidos, y puso sobre las armas cuanta fuerza le fué posible. Ejecutadas estas medidas, en las que empleó tres días y tres noches, sin dedicar ni una sola al descanso, pasó revista á sus tropas y aguardó más tranquilo los acontecimientos. Una circunstancia vino á alarmar al jefe y á los propietarios. Pensaron, y racionalmente, que la fuerza era muy corta para defender la ciudad, y que en este concepto las tropas insurgentes se derramarían por algunas calles, entregándose á la matanza y al saqueo. La cosa era urgente; así es que, después de un largo debate entre los personajes de más categoría y Riaño, se decidió que los caudales del gobierno y los de los particulares que quisieran, se encerrarían en el fuerte de Granaditas, y allí la defensa se haría con éxito. La medida no hubiera sido del todo mala, si Granaditas no se hallara dominado por el cerro del Cuarto y otros edificios; pero como ya no era posible más dilación, se adoptó la medida que va referida. Inmediatamente comenzó á trasportarse dinero, plata y oro en pasta, baúles de efectos preciosos, alhajas, ropa, y, en una palabra, cuanto tenían de más valor y estima los riquísimos comerciantes, mineros y propietarios de la ciudad. En los días 25 y 26 una cadena no interrumpida de cargadores estuvo entrando al fuertey depositando los tesoros en las salas más cómodas y seguras del edificio. Esta tarea concluída, ya que no había más tesoros que encerrar, se introdujo maíz y otros víveres, y los dueños, con sus armas y municiones, entraron en el edificio, cerraron con dobles cerrojos y con fuertes trancas las puertas, y esperaron al enemigo.
Este no se hizo aguardar. En cuanto al pueblo, no era difícil pensar lo que haría, tanto más cuanto que también tenía un caudillo esforzado que lo guiara. Este era un muchachillo de poco más de 21 años, pelo rubio, ojos azules y fisonomía inteligente y picaresca. Había sido peón en las minas, y después barretero; poseía, como toda esta gente ocupada en recios y peligrosos trabajos, un grado de valor y de audacia casi prodigiosos. Luego que el cura Hidalgo se aproximó á Guanajuato, el atrevido muchacho salió á reconocer la clase y número de gente de que se componía el ejército invasor, y con aquel instinto natural que muchas veces excede á los cálculos de la ciencia y de la política, pensó que el negocio iba á ser funesto á los guanajuatenses. En consecuencia, el muchacho se dirigió á Mellado, allí tomó una tea, y descendiendo rápidamente por aquellas lóbregas cavernas, comenzó á gritar «afuera, muchachos; ya tenemos independencia y libertad». Los barreteros no comprendían absolutamenteel sentido de estas palabras; mas el muchacho les añadió: «que una vez entrado el cura Hidalgo, como de facto entraría vencedor en Guanajuato, los tesoros encerrados en Granaditas serían del pueblo.» Desde aquel momento no hubo más que una voz:afuera, muchachos: á Granaditas. Aquellos hombres, ya preparados á la furia y á la matanza abandonaron sus trabajos, desoyeron la voz de los capataces y salieron de las minas vociferando palabras de muerte y de exterminio. Algunas bandadas de hombres se dirigieron al cerro del Cuarto, al de San Miguel y á diversas alturas, y otros se desparramaron por las calles de Guanajuato y cercanías de Granaditas, formando grupos silenciosos y afectando una especie de indiferencia fría y terrible. Riaño, que había contado con el auxilio de la plebe, miró con pavor estas masas de gentes que lo amenazaban con su silencio, y se convenció que no tenía ya que esperar más auxilio que el de Dios.
El 28 se presentaron como comisionados de Hidalgo el coronel Camargo y el teniente coronel Abasolo. En la trinchera de la calle de Belén fueron detenidos, y habiendo manifestado el primero que deseaba entrar al fuerte y hablar verbalmente á Riaño, se le vendaron los ojos y en esta forma se le condujo hasta la sala, donde reunida una especie de junta de guerra, se discutía lo que sería convenienteresolver. Abasolo no quiso aguardar, y se retiró al campo insurgente.
—¿Estáis en disposición de hablar, señor coronel? dijo Riaño á Camargo con voz afable y serena; decid el objeto de vuestra comisión.
Camargo sacó un pliego cerrado, y sin contestar palabra lo entregó á Riaño; éste lo abrió, lo recorrió rápidamente con la vista, y luego, volviéndose á los que componían la junta les dijo:
—El cura Hidalgo me manifiesta que habiéndose pronunciado por la libertad, un numeroso pueblo lo sigue......
Un rumor sordo circuló entre los circunstantes: Riaño, que lo advirtió, prosiguió con calma:
—Hidalgo quiere evitar la efusión de sangre, y nos amonesta para que nos rindamos; garantizando nuestras vidas y propiedades: leed:
El oficio se leyó en voz alta por un individuo; un silencio profundo sucedió; ni el aleteo de una mosca se escuchaba, y si acaso sólo se oía el ténue ruido que provenía del latido del corazón de aquellos hombres cuyos rostros lívidos y descompuestos, cuyas miradas tristes y descarriadas anunciaban que estaban poseídos de espanto y de pavor.
Riaño, que notó estos sentimientos, continuó con voz tan tranquila y dulce como si estuviera en una conversación familiar:
—Mi deber como magistrado me ha obligado á tomar algunas medidas de defensa; pero esto no quiere decir que Udes. deban sacrificarse á mis ideas, á mis caprichos. El ejército de Hidalgo puede ser muy numeroso; traerá sin duda artillería, y en este caso la resistencia es inútil, y pereceremos......
—Es verdad, dijeron dos ó tres voces.
—En ese caso vale más rendirse que no hacer una necia resistencia......
Hubo un silencio de algunos instantes, durante los cuales Riaño y Camargo cambiaron una mirada de alegría, hasta que una voz ronca y firme gritó:
—No, nada de capitulación, nada:vencer ó morir.
—Sí,vencer ó morir, clamaron también los demás, animándose súbitamente......
—¿Conque estáis decididos? preguntó Riaño tristemente......
—Sí, enteramente......
—Entonces, como español y como jefe, veréis que sé cumplir con mi deber. Una vez que sé vuestra opinión, no tendréis que quejaros de mí. Al decir esto sentóse en una mesa y escribió la contestación negativa, y levantándose la dió al coronel Camargo, sin que una sola facción de su rastro se alterara; sin que su voz perdiera ni su firmeza ni su dulzura, sin que una sola de sus miradas pudiese revelar lo que pasaba dentro de aquelhombre que veía ya el sacrificio muy cercano.
—¿No habrá ya medio de allanar estas cosas mejor? dijo Camargo.
—Ninguno: esta gente no vuelve atrás, y yo no puedo tampoco hacerles más instancias: dirían que soy un cobarde. Camargo fué llamado á almorzar en compañía de Iriarte y de algunos otros españoles; cuando hubo concluido se dirigió á Riaño:
—Conque por fin.........
—Está ya dada la respuesta, le dijo Riaño; pero añadid á Hidalgo, que á pesar de la desgraciada posición en que nos encontramos, por la diferencia de nuestras opiniones, le agradezco en mi corazón su amistad, y acaso aceptaré más tarde su protección y asilo.
Camargo y Riaño se estrecharon la mano; después vendaron los ojos al primero y lo condujeron así hasta afuera de la trinchera.
—Ahora, dijo Riaño con voz de trueno y mirando que todos permanecían en la inacción, es menester defenderse; y pues no hay otro remedio, morir como buenos españoles. Inmediatamente dió sus disposiciones y formó á toda la tropa disciplinada en la plazoleta de la Alhóndiga; á los que tenían mejores armas los colocó en las troneras del edificio, y otra porción la destinó á la noria y azotea de la hacienda de Dolores que se comunicabacon Granaditas y dominaba la calzada.
En cuanto al ejército insurgente, luego que llegó Camargo con la contestación negativa, un solo grito se dejó oír, y fué el de «mueran los gachupines,» y aquella masa enorme de hombres armados con picas, palos y machetes comenzó á moverse. Era una larga serpiente la que retorciéndose por los cerros y por el camino se dirigía a Granaditas. A la una del día ya la multitud había ocupado todas las alturas que dominan á Guanajuato, y los sitiados podían oír los gritos de furor que de vez en cuando lanzaban los enemigos, y ver las banderolas azules, amarillas y encarnadas formadas con mascadas, y que eran los estandartes á cuyo rededor se agrupaba todo el populacho. Los españoles de la hacienda de Dolores dispararon algunos tiros y mataron á tres indios. Esta sangre fué como la chispa que necesitaba esta inmensa cantidad de combustible. Un clamor tremendo se escuchó, que fué reproduciéndose desde las cercanías del fuerte hasta la vanguardia de los insurgentes, y una lluvia de piedras cayó inmediatamente sobre los sitiados.
El ejército se dividió en dos trozos: uno de ellos se dirigió al cerro del Cuarto y á las azoteas y alturas vecinas, y otro al cerro de San Miguel. Los grupos de barreteros que habían aguardado inmóviles y silenciosos el principiode este sangriento festín, se levantaron como impulsados por una máquina, y corrieron á reunirse con los insurgentes y á hacer altísimas trincheras de piedras. Un trozo de caballería, se dirigió a las prisiones, puso á los criminales en libertad, y recorriendo las calles, rompiendo puertas y arrollando cuanto encontraba á su paso, volvió finalmente, aumentado con mucha plebe, al lugar del combate. A las dos de la tarde todo el pueblo de Guanajuato se había hecho insurgente: los únicos realistas eran los que estaban en la Alhóndiga. En cuanto á las gentes temerosas y pacíficas, se habían encerrado en sus casas, asegurando las puertas con los colchones y trastos, y esperaban, con la agonía en el corazón, el desenlace de este horrible drama.
Puede asegurarse que desde la conquista hasta hoy, el único movimiento verdaderamente popular que ha habido en México, es el de Guanajuato. Quiero que por un momento el lector se figure colocado en un punto dominante de Guanajuato, y trasladándose con la imaginación al momento en que estos sucesos pasaban, contemple aquellas masas enormes de gente, gritando furiosas, conmoviéndose agitadas como las olas de un mar tempestuoso, cayendo en un profundo y momentáneo silencio, para tronar después de la explosión de las armas de fuego que disparabanlos enemigos, como las nubes que con el contacto eléctrico revientan lanzando mil rayos........................................
En efecto, aquellas montañas se movían, aquellos edificios tenían voz, de aquellas profundas grutas salían aullidos horribles, aquellas calzadas parecían agitarse, levantarse y estrellarse contra el punto defendido por los españoles. Eran los elementos, eran las materias inertes las que se animaban; eran los peñascos los que pretendían lanzarse solos en el aire y caer sobre los enemigos. Cualquiera que á sangre fría hubiera visto estas escenas, habríase creído presa de un vértigo, al contemplar una visión que tenía mucho de sobrenatural y de fantástico...... A las dos de la tarde el ataque estaba en toda su fuerza: las descargas de piedras no cesaban y contínuamente se veía en el aire una nube de pequeños peñascos que caía en la azotea de Granaditas, como si los cerros hubieran estado haciendo una erupción. En cuanto á los sitiados, no recibían mucho daño físico, por estar á cubierto en las troneras y bardas. De tiempo en tiempo se suspendía instantáneamente la lucha, y sitiados y sitiadores guardaban un silencio profundo: un casco de fierro de azogue hendía los aires y caía sobre la multitud, que se apartaba, se postraba en tierra; después, cuando el frasco relleno de pólvora reventaba y hacía un estrago espantoso,rompiendo el cráneo y los brazos y piernas de los desgraciados que estaban cerca, aquella masa infinita se oprimía, se lanzaba hasta las trincheras, arrojando alaridos de venganza. En estos momentos, los españoles, aterrorizados, no tenían fuerza ni para mover el gatillo de sus fusiles. A poco, el ruidoso estruendo de la fusilería, los gritos y algazara se aumentaban de una manera tal, que se oía en todo Guanajuato. Riaño, entretanto, con la serenidad y sangre fría que le caracterizaban, recorría los puntos de mayor peligro, animaba á los defensores del fuerte, y hacía escuchar su voz de trueno para dar sus disposiciones: su valor llegó al grado que, habiendo visto que un centinela había abandonado el puesto y dejado el fusil, lo tomó y comenzó á hacer fuego. Allí terminó la existencia de este leal español: una bala certera le atravesó la frente, y cayó moribundo y cubierto de sangre.
El cuerpo de Riaño fué conducido al interior del fuerte, y retirándose también la tropa situada en la plazoleta, cerraron la puerta y la atrincheraron cuanto fué posible. El hijo de Riaño estaba en el fuerte. Luego que vió el cuerpo de su padre desfigurado y cubierto de sangre, se arrojó á abrazarlo, lo regó con sus lágrimas y exhaló las más dolorosas quejas, y luego, acometido de un furorinaudito, quiso esprimirse una pistola en el cráneo.
—¿Qué hacéis? le dijo uno: vale más que antes de morir venguéis á vuestro padre. Cerca están los enemigos; id, la sangre y la matanza calmarán vuestro dolor.
—Decís bien, decís bien, contestó soltando la arma: necesito sangre, necesito venganza. Al acabar estas palabras se dirigió á la azotea, desde donde continuamente arrojaba frascos de azogue llenos de pólvora.
El generalísimo Hidalgo miraba pasmado esta conmoción horrible del pueblo, en que todas las pasiones hervían, ardientes é imponentes en los corazones, y conocía que no podían concluirse estas escenas sino con la toma del fuerte; así, dirigiéndose al leperillo vivaracho de que se ha hablado al principio, le dijo:
—Sería bueno quemar la puerta de la Alhóndiga, Pípila.
—Ya se vé que sí, contestó el muchacho, dejando asomar una sonrisa en sus labios.
—Pues la patria necesita de tu valor.......
Pípila, sin contestar una palabra, tomó una gran losa, y poniéndola en sus espaldas cogió una tea en las manos, y así se fué acercando á la puerta. Los espectadores contuvieron el resuello, y todos los ojos se fijaron en el atrevido muchacho. En cuanto á los del fuerte, hicieron caer una lluvia de balas sobrePípila; pero todas se estrellaban en la losa, de suerte que llegó á la puerta y arrimó la tea.
En este momento una bandera blanca flotó en lo alto de las almenas, y varias voces gritaron: «se han rendido; paz, paz»; pero algunos de los que guarnecían la hacienda de Dolores, ignorando esto hicieron fuego. Entonces un grito terrible de «traición» se hizo oír, y los insurgentes se agolparon á la puerta, que ya incendiada, no tardó en arder y caer á pedazos.
Por en medio de las llamas y de los escombros se precipitó el pueblo con puñales y hachas en la mano, y derramándose por patios, escaleras y salones, comenzó á ejecutar una horrible matanza. Unos se defendían obstinadamente; otros, abrazados de las rodillas de algunos sacerdotes, pedían á Dios misericordia y sucumbían traspasados á puñaladas. Los que guarnecían la hacienda de Dolores, viendo que los enemigos habían destruído un puente de madera de la puerta falsa, se replegaron á la noria, y allí se defendieron desesperadamente; pero acosados y oprimidos por la multitud, tuvieron que sucumbir, arrojándose muchos en el pozo.
A las cinco de la tarde un río de sangre corría por las escaleras y patios de Granaditas, y uno que otro había escapado ocultándose debajo de los cadáveres. En cuanto á las riquezasque había encerradas, fácil es concebir lo que sucedería con ellas. En una hora desapareció el inmenso caudal aglomerado durante muchos años por los propietarios de Guanajuato.
En la noche, toda esta multitud frenética se desbandó por las calles que recorría con teas y puñales en la mano, saqueando las casas, sacando de las tiendas los barriles de licores y entregándose á todo género de excesos.
Hidalgo y Allende tuvieron mucho trabajo para contener estos desórdenes con que se anunció la Independencia de México. Como si el pueblo en aquella vez hubiera tenido presentes los tiempos primeros de la conquista, la matanza de Santiago y el asesinato de Guatimoc, se vengaba de una manera inaudita.»
Hidalgo y Allende, después de permanecer en Guanajuato algunos días, salieron para Valladolid y se posesionaron de la ciudad sin dificultad ninguna. Allí aumentaron y organizaron su tropa tanto como fué posible, y en el mes de Octubre todo ese grande ejército independiente, que en su mayor parte se componía de indígenas mal armados, se dirigió á la capital tomando el rumbo de Maravatío, la Jordana. Ixtlahuaca y Toluca.
En México reinaba no sólo la consternación sino el terror. El virrey Venegas creyó en su última hora; pero haciendo un esfuerzo, logró reunir una división de tres mil hombres que puso al mando de D. Torcuato Trujillo, el que salió al encuentro de los insurgentes; pero su número sólo le agobiaba, y á medida que Hidalgo avanzaba, el jefe español retrocedía, hasta que en el monte de las Cruces tomó posiciones que la naturaleza hacía inexpugnables, y se resolvió á esperar.
Fué en esta célebre batalla donde Allende mostró todo su valor personal. Comenzó la acción por el encuentro y tiroteo de las caballerías, y á poco fué ya haciéndose general en toda la montaña. Las masas desorganizadas de indios, formando una algazara terrible, que recordaba los días de la conquista, se arrojaban sobre las tropas españolas, y eran destrozadas por la fusilería y la metralla. Las tropas de Trujillo eran pocas, como hemos dicho, pero disciplinadas, resueltas y bien situadas en alturas, y cubiertas con la misma fragosidad del terreno y con los árboles y malezas del bosque. Sin embargo de esto, se repetían las cargas confusas, y la muerte y la sangre no hacía más efecto sino irritar y hacer más tenaz á la raza indígena. Era, á poco más ó menos, el mismo ataque que sufría Cortés en los cuarteles de la ciudad de México en 1521. Es un hecho bien averiguado quelos indios de Hidalgo llegaban hasta las baterías españolas y pretendían tapar con sus sombreros de palma las bocas de los cañones.
Allende, al recorrer los puntos de más peligro, tratando, aunque en vano, de organizar el ataque y de reducirlo á las reglas de la táctica española, observó que los enemigos habían enmascarado unas piezas de artillería con unas ramas, de manera que las columnas que atacaban llegaban hasta cierta distancia, y allí eran desbaratadas por la metralla.
En el instante, sin calcular el peligro ni los obstáculos, dice á los que le rodean:
—«Es menester quitar esas piezas, y la batalla será nuestra: seguidme:»
Desata el lazo que llevaba en la grupa, pone las espuelas á su caballo, y seguido de algunos rancheros corre sobre aquel horno de fuego que cubría la verdura de los árboles.
Se oye una detonación que reproducen los ecos de las montañas, y el intrépido caballero y los que le seguían quedan envueltos en una nube rojiza de humo. ¡Todo se ha perdido!
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